Yo confieso: una novela sobre la genealogía del mal

05/04/2012


Yo confiesoEl escritor catalán Jaume Cabré dedicó ocho años de su vida a la escritura de Yo confieso, una voluminosa novela que traza una genealogía del mal —desde la Inquisición hasta el nazismo— a partir del derrotero de un violín que recorre distintas generaciones y llega a las manos de un niño privado de la felicidad familiar.
Cabré (Barcelona, 1947), uno de los escritores más importantes en la lengua catalana, se vale en esta ocasión de una estructura fragmentaria que fusiona tiempos y escenarios muy disímiles, con acento en la posguerra española y el horror de la Alemania nazi, mientras sobrevuela otros enclaves europeos como Amberes, Roma y el Vaticano.

Yo confieso, editada por Destino, narra en paralelo la historia de Adrià, escritor y descendiente de una familia de la alta burguesía española que en el último tramo de su vida decide escribir una larga carta en la que rinde cuentas con su pasado y la de un violín especial construido en el siglo XVII que atraviesa por distintos dueños hasta llegar a las manos del padre del narrador.

La novela plantea una paradoja: un violín, tradicionalmente asociado a la belleza del arte, en este caso aparece vinculado asociado al horror y a los motores del Holocausto: ¿La belleza puede disociarse de los “procedimientos” que han mediado para alcanzarla?, parece preguntarse el escritor de esta obra que a pesar de su volumen se ha convertido en best-seller en Europa.
Autor de obras como La telaraña, Libro de preludios y Las voces del Pamano, el escritor llegó a la Argentina para presentar su más flamante novela, que en diálogo con Télam definió como “una historia sobre la violencia en distintos grados y orígenes”.

-¿Cómo es el proceso de convivir ocho años con una misma obra literaria?

-Cuando me enfrento a una novela no pienso que escribiré una historia sobre determinado tema. Incluso no pienso en ningún argumento. Más bien me guío por intuición. Empiezo a escribir y le doy vueltas a los personajes a ver qué me pueden ofrecer. Por lo tanto, hay diversos frentes desde los que empiezo a atacar el principio de una novela. En un novela como ésta en la que estuve ocho años para terminarla pasé tantos estadios que me es difícil contestar con exactitud. Sí sé que es una novela imposible de escribir a los 20 años. Las novelas se hacen cuando se ha madurado como escritor. Recién allí, las lecturas aparecen sin darte cuenta. Lo que has conocido. Lo que te ha interesado. Lo que te interesa pero desconoces, o no entiendes demasiado, pero a lo que quieres llegar porque es un mundo que te apasiona. Y, si a ti te apasiona, puede apasionar al lector.

-En Yo confieso construye una suerte de genealogía del mal que uno no puede dejar de vincular a los textos de Hannah Arendt. En esa línea, la novela trabaja sobre la idea de que el mal forma parte de una dimensión ordinaria, una constatación que amplifica el horror de lo que se cuenta…

-Efectivamente, el infierno es que el diablo no existe. Esa es un poco la tesis del libro y de la propia Arendt. Son los personajes los únicos responsables de sus actos. No existe el lugar llamado infierno donde se concentra todo el mal. Por el contrario, todos podemos en un momento u otro ser malos.

-¿La operación de colocar en una línea de tiempo distintos episodios de maldad de alguna manera anticipa su mirada sobre el presente y sobre el futuro?

-Sí, y remite a ciertos equívocos relacionados con la memoria, como cuando se decía que nunca había que olvidar la Shoah. La idea era recordar para no volver a repetir. “Si no olvidamos esto no se repetirá jamás”, se pensaba. Pero luego de 1945 llegaron guerras muy crueles como la de Ruanda o el conflicto en los Balcanes que nos llevaron a replantear este concepto. ¿No decíamos que habíamos aprendido? En ese sentido avanza la novela: dejando una sensación de tristeza ante la constatación de que el horror siempre se repite. Creo que una de las raíces del mal es la falta de empatía, la falta de compasión por el otro, sea un niño de tres meses o un viejo de 80 años: ahí está en la base del horror.

-En una entrevista reciente sostuvo “hay cosas que debe explicar la literatura, el ensayo no basta”. ¿De qué herramientas dispone la ficción que la colocan por encima del los otros géneros a la hora de explicar ciertas cuestiones?

-(Theodor) Adorno dice que es imposible la poesía después de Auschwitz, una frase que se ha hecho muy célebre. Por el contrario, yo creo que hay que hacer poesía, porque las víctimas murieron, los verdugos también murieron o pronto lo harán, igual que los testigos de todos esos terribles episodios.
Entonces, lo único que queda el recuerdo en manos de los historiadores y los museos. En ese campo, lo que tenemos son datos pero de alguna manera el proceso de la memoria está incompleto. Ahí es donde cobra valor la función del arte, que tiene el poder de abordar esas cuestiones a partir de un poema o un cuadro. Quizá de esa manera se pierda algo de exactitud y la precisión, pero se ganará en intensidad, logrando que un lector se sienta parte de la historia.
El poder de la literatura y del arte en general radica en que puede sustituir a la reflexión cuando esta llega a un límite. Nos da la posibilidad de sentir en la piel la angustia y el dolor ajenos.


Télam

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