Hotel Dacia, cuento de Jacobo Fijman



Jacobo Fijman por Francisco HernándezOpinión del cuarto 25: Es terrible el problema de la estima.

Dante amaba la cruz del sur. Me parezco a Dante mirando la cruz del sur; parecido que me ha hecho perder la canción infantil Frére Jacques, del cuarto 6, marquesa Duvernois, y las campanas de la Sorbonne.

Todas las Torres, aquel señor escapado de un vitrail de Chartres,

el joven que se va a las Indias, el médico…
Pero hay dos médicos muertos. He pasado mala noche, o la mañana es húmeda, de humedad que ensucia.

—Los patitos, los patitos, los patitos. Repito las palabras de la señora Jeane Lolong del 13. Se las he oído en Rambouillet.

Los hoteles de París son siniestros. Así como suena: siniestros. Pasan por ellos matrimonios, de una hora, de una semana, de un mes.

Me ha robado mis zapatos. Me quedaré en casa. Adán Iraola a quien no describiré nunca, me ha encontrado la venta de un cuadro de Toulouse Lautrec.

Examino mi guardarropa. Curioso guardarropa: frac muerto, tabaquera de muerto. El público de Comedie Fancaise hubiera preferido verme de traje de golf, aunque sea en el cuarto 4, señor Alain. Los francos que repartió Mergault, 18. el apetito en sí, según la alemana del 10, me obligaran a ver al señor del “El Universal”, joven sanjuanino que compra artículos.

El noruego del 23 entra a mi cuarto. Extiende un mapa. En tanto murmura despacito:

—Yo trabajo para perder mi nacionalidad. Ya la he perdido. Sólo tengo derecho a la protección de los cónsules.

—¿Por qué?

—No quiero tener nacionalidad. Amo el espíritu francés.

París baila demasiado los derechos del hombre.

Francia tiene la dulzura de Cristo, pero esta noche guillotinan a tres hombres. Ovejero, 5, que lee al Poverello, se paseará reposada y digna­mente, como cuadra a su estatura, y a su bastón de malaca, por la rue de la Paix; alguna ciclista irá en dirección de Versailles, y no se le ocurrirá pensar que tres hombres verán por última vez la claridad latina.

Yo debería contar la historia del cepillo para que supieran los motivos de mi antipatía por Ovejero, pero en este preciso instante, Eduardo Lezica me ha traído barajas criollas, me cuenta los incidentes de las fiestas de a bordo, y vistas de una condesa alemana.

—En Jonville encontré la novela de Ohnet que se llama Serge Paiune.

Nuestro amigo Sergio Méndez firmaba sus artículos con ese pseudónimo— le digo a Lezica. Méndez es muy amigo de Lezica.

—¿Y tu primer noche en París? —pregunta.

—He tenido muchas primeras noches. Una de ellas fue la noche en que me echaron de “La casa de los estudiantes” por cantar vidalitas.

Ayer he subido hasta el quinto piso, examiné los botines apostados en cada puerta y sin embargo no soy aquel zapatero que conocía el espíritu de los individuos por las deformaciones de sus zapatos.

Esperá que mientras escribo mi diario y referencias no minuciosas sobre los tipos que habitan el hotel “Dacia”‘ no todos se hayan marcha­do

La mujer del 15 se parece hoy a las que dan examen de canto en la municipalidad, para tener derecho de mendigar. Tiene las medias de café claro y embarradas, y la voz suficientemente lúgubre para poder explicar a los turistas el nombre de cada tumba del cementerio de Quartier. Es intérprete y hace muñecas. Habla mal todos los idiomas y sabe que la vida es dura.

Por preguntarle algo de Holanda, le digo:

—¿Los holandeses cantan?

No ha entendido ni seca: pero contesta:

—Son demasiado limpios.

—¡Uf, qué asco! Estos entierros parisinos. La gente que acompaña al muerto, bajo los paraguas. Nombro la selva virgen, los ríos, las islas de mis pagos. He visto enterrar en el Chaco…

Los domingos son iguales en todas las partes del mundo.

Las caricaturas sarcásticas de Groz darían gráficamente mis iinpresiones vy los cabellos rojizos de la noruega y los regalos de muñecas de la intérprete a cada nuevo amante y el monito del cuarto 3, señorita Dreyfus, que hablaba de la vida primitiva, de algo potente: todo este mundo demolido por la cortesía, discutidora y absurda. ¿Qué hace la Torre Eiffel?

—Quisiera entrar en el laberinto de su espíritu—. Puede ser que nos entendamos, Ha intercalado en la conversación palabras italianas. Para enternecerme me habla de una biblia ilustrada por Fouquet.

—La podemos vender por cien mil francos, o sino buscaré un viejo que me mantenga y de tanto en tanto nos veremos para conversar de teosofía.

La señorita Dreyfus desvió mis ideas hacia la señora del ministro mejicano en Indo-China. La señora del ministro mostraba por todas partes su carita granujienta y hablaba con fervor del bolcheviquismo.

—¿Hay algo más terrible que una boda de pobres en París?

—El éxtasis antes de Jesucristo. —Habla el cuarto 24—. Voy a jugar con las estrellas como con bolas de billar.

Mis sujetos no trabajan: sólo tienen nostalgia. Puede que havan trabajado; puede que se decidan a trabajar.

Debería irme a las Indias. El cuarto 14 perdió el miedo de la muerte en las Indias.

Las quenas de una peruana, los huacos de mi amigo Laprida y las balalaycas del restorán Knam, los cielos grises y las corbatas y pañuelos me han enloquecido de terror.

En este momento yo sabría qué hace el cuarto 24, si no me hubieran robado los zapatos.

Entonces Dakar sólo existía para mí en las estatuitas negras y en los cuadros de Matisse. Absurda comparación, pero es la única venganza que se merece la pintura, ya que es tan difícil de comprender. Diez y siete días me he paseado con el primer tomo de la Suma de Santo Tomás por todos los cabarets y lugares de diversión, por culpa del saxofón que trajo las aldeas negras del Senegal a las ciudades de piedra, y que me hizo gustar los platos de porcelana decorados de Cristos de vientres largos, larguísimos. Por eso decía mi amigo Osvaldo, del 16. que la Edad Media era una época en broma.

Ahora veo cada tipo a través de determinado caos. A la señora del 22, señora Rabinovich, por la voz, por el sistema de malestar; a la inglesa del 8, por lo que afirmaba los domingos a sus amigas francesas (Shakespeare es un buen autor), a Vélez, que habita el 21, en busca de la alsaciana que se la soplo al amigo griego con cara de sirio y tonada cordobesa; a Puñi, dueño de dos manzanas de casas de Leningrado y actualmente habitante del 17 y a…

En París, ciudad donde he comido faisán y he festejado el centenario de la enfermera Cammembert, mis tipos cambian según el barrio que frecuentan, hasta que se me familiarizan una vez que se han habituado a comer manises.

El relojero suizo, cuarto 25, no usaba, pero hablaba de la geometría de lo sensible, de faroles y coches que daban vueltas hasta romper el día. Me entraban tentaciones de decirle a la señora Rabinovich:

—Yo se que tiene usted las patas sucias, y mejor sería que hablara su lengua materna. ¿Por qué cree que es distinguido hablar francés? La señora Rabinovich berreaba tan alto que me impedía formarme un juicio de Suiza. Pero la cruz y las Florecillas del Poverello no me dejaban dar libré curso a mi indignación.

He cenado en el Grand Hotel, y me he convencido que la multitud es todo, motivo por el cual decidí el catorce de Julio, puesto que toda Francia baila los derechos del hombre, leer Esquilo.

Las manos de los Cristos de las catedrales se parecen a las mías. Con ellas y latas de yerba Flor de Lis, me hago la atmósfera de Buenos Aires.

Todo es bello en el deseo. Qué vine a buscar a París? El amor. No Yo amo a mi novia salteña, casi india. ¿A Pascal? He visto la torre de Saint Jacques donde él hizo la experiencia de la pesadez de los cuerpos. ¿Qué he venido a buscar? El Sena está siempre frío bajo los cielos grises, y en todas partes, Dios.

Ah, ¡qué admirable sería matar! El crimen. Yo conocí al señor que se llamaba Tortiello, que amaba a Darwin y hablaba de patricios. Aquella vez que guillotinaron al bandido Michel, él siguió pensando que era necesaria la guillotina.

¡La alegría que me dan las cosas!

La alemana del 10, señorita Schtainer, se ha caído del último piso. De ella tenía referencias del 26, señor Schveiberg, argentino naturalizado chileno La alemana amaba la “aventura de la palabra”, frase de Balsac, los puentes y sobre todo los símbolos puentes. El médico chileno, Barros, coleccionista de tarjetas postales, observa:

—Ha escupido la masa encefálica.

Yo le digo al médico chileno, cuarto 27:

—Había resuelto llevarla hasta el Arco de Triunfo y hacerle conocer la tumba del “soldado desconocido”.

En ese momento llegaba la noruega del 2, vestida de baile y con hambre de tres días.

—Ha vomitado la masa encefálica— repitió el médico chileno—. ¿No ve la espuma?

La belga del 9, ciudadana de Brujas, lleva un gran ramo de flores y pasa corriendo.

Padre, Hijo y Espíritu Santo; meditó en los tres portales de Notre Dame. El señor Friedman, ex ministro mejicano, del 14, ya no tiene miedo de la muerte. Por todo el hotel entra la Semana Santa de Sevilla: Fabiano, el gitano español, canta saetas. Bendita sea su madre.

Con la vida y las almas no se puede hacer lo que con las palabras ¿Cómo sacarle a la Marquesa Duvernols que no piense en su marido muerto durante la guerra y a Castro, 28, sacarle la manía de su apellido y la de buscar sillones del siglo trece? A los dos les curarían las buenas costumbres cosmopolitas de una inglesa y noruega que encontré en el Wikinks, cafe de Mortpamasse

—Tomaremos café con leche y medias lunas— me dijo Ofelia, la ofelia gorda, que venía de dejar sus dientes de oro en la casa de préstamos.

Yo oía el bullicio del fondín de Montrouge y la voz de la patrona: Sopa, sopa.

Ofelia, ofelia, ofelia, cuarto 1. Es la más vieja de los pensionistas del Hotel “Dacia”.

—El violinista hondureño hace ocho horas que se empeña en tocar el concierto de Viotti. Lo ha tocado 20 veces y habita en el 20; estúpida coincidencias. Le ama la lavandera del hotel y le admira Manekatz, del 19

—Puedo prestarle cinco francos—, le dijo un día.

Ahora vuelvo a recordar la belga de Brujas, ciudad mística. En la ciudad mística después de escuchar explicaciones, mejor dicho, datos sobre la catedral, puente, lago, almorcé carne de caballo, y supe que los habitan­tes de la ciudad mística eran profundos jugadores de football. Con razón el guardián del museo Memling, me dijo:

—Brujas no está muerta; Brujas está viva… Lo único que ha desapareci­do son los cardenales que sabían ochenta y cuatro dialectos.

—Ah, la pobre belga, lo que tiene que aguantar.

—Todos mis amigos insultan a Dios y se suicidan— decía el pintor lisboeta del 7.

Gautchot —Mis amigos me reprochan de que ya no soy hombre de acción.

Gautchot es el 12.

Amigos, la amistad; Vélez en busca de la alsaciana.

—Ofelia, ofelia —canto. Tengo hambre.

El saxofonista negro se desternilla de risa. El saxofón se ha metido en todos los cuartos del hotel.


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