La intensidad con la que el escritor Julio Cortázar cultivó el género epistolar convierte a los cinco volúmenes de Cartas —de los cuales Alfaguara acaba de publicar los primeros tres— en una suerte de autobiografía informal donde se perfila la trastienda de su creación literaria y los pormenores de su existencia.
Al margen de los cuentos y novelas que lo convirtieron en uno de los emblemas de la literatura latinoamericana, el autor de Rayuela se dedicó con similar intensidad a la escritura de una enorme cantidad de cartas, que la editorial Alfaguara decidió lanzar al mercado a partir de este mes en una versión corregida que adiciona más de mil textos inéditos a la edición presentada en 2000.
“Odio las cartas literarias, cuidadosamente preparadas, copiadas y vueltas a copiar; yo me siento a la máquina y dejo correr el vasto río de los pensamientos y los afectos”, escribe Cortázar en una de las misivas incluidas, una declaración que traza las bases para su ejercicio del intercambio epistolar.
El lanzamiento, organizado en cinco tomos que alcanzan el período comprendido entre 1937 y 1984, se presenta como una hoja de ruta que pone a disposición de los lectores el proceso de consolidación de su narrativa en sintonía con el surgimiento del llamado “boom” latinoamericano y hasta la única carta que le envió a su padre, reaparecido epistolarmente muchos años después de su abandono familiar.
La compilación estuvo a cargo de Aurora Bernárdez —primera esposa y albacea del escritor— y del filólogo español Carles Álvarez Garriga, quienes realizaron una tarea arqueológica que culminó con el rescate de cuantiosas páginas inéditas en las que Cortázar confronta su pensamiento con otros hombres ilustres de su generación, como Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Guillermo Cabrera Infante, Victoria Ocampo y Alejandra Pizarnik.
Hay aquí cartas de compromiso, de agradecimiento, simples acuses de recibo, pero hay también muchas otras en las que se ve la necesidad imperiosa de escribir, el recurso a la carta como vehículo irreemplazable de comunicación: las cartas de entusiasmo que envía después de visitar algún museo, ver alguna película, asistir a alguna representación teatral o leer algún libro”, había anticipado Alvarez Garriga en una entrevista concedida el mes pasado.
“Querido Mario: anoche acabé de leer tu novela La ciudad y los perros, que me ha conmovido profundamente. Tengo mucho que decirte sobre ella, y quisiera verte pronto para charlar. ¿Me llamas a casa para combinar un encuentro? Por ejemplo, si quisieras almorzar conmigo en la Unesco, podríamos arreglar una cita. O venir ustedes a casa. En fin, ya veremos. Un gran abrazo. Julio.”, escribe a Vargas Llosa el 13 de junio de 1962.
“En estas islas a veces terribles en que vivimos metidos los sudamericanos (pues la Argentina, o México, son tan insulares como su Cuba) a veces es necesario venirse a vivir a Europa para descubrir por fin las voces hermanas”, le cuenta al cubano José Lezama Lima.
En los textos, Cortázar no ahorra elogios a sus contemporáneos: “Con usted hay que tirarse a fondo, devolver golpe por golpe la paliza que nos pega a los lectores con cada página”, le dice a Carlos Fuentes a propósito de“La región más transparente, en tanto que sobre Cien años de soledad de Gabriel García Márquez consigna “En estos últimos años, no veo nada comparable a esa novela y aParadiso de Lezama Lima en nuestras tierras”.
Las Cartas suponen una crónica detallada de los primeros años de su instalación en Europa —decisivos en su formación estética y de los que apenas hay testimonio— las alternativas del alejamiento de Buenos Aires, los altibajos de sus primeros años en París, el nacimiento de los cronopios, los problemas en la traducción de la prosa de Edgar Allan Poe, los viajes por el mundo y su radicación en París.
“No me fui bien de Buenos Aires, después de haber creído que saldría de allí con pena pero sereno, ocurrió que me fui muy poco tranquilo, rodeado de sombras (…) Irse no es nada, la cosa es darse cuenta que hay una mecánica de chicle, que te has quedado adherido y te vas estirando”, registra.
“Por ahora soy un argentino que anda lejos, que tiene que andar lejos para ver mejor”, resume sus primeros años en Francia para luego retomar su mirada sobre la Argentina: “Nada ha cambiado básicamente desde que me fui del país, como no sean los nombres de los jugadores de fútbol, los diputados nacionales y los precios de los trajes”.
Entre las misivas, hay algunas de extrema angustia, como cuando expresa su preocupación por la salud de su tercera mujer, Carol Dunlop: “Estoy viviendo un momento harto angustioso de mi vida, porque Carol está muy enferma y por el momento no hay ninguna certeza de que pueda superar una situación que se prolonga desde hace más de dos meses”, relata Cortázar.
Más adelante, el autor de Bestiario habla de la insoportable soledad en la que lo sumió la muerte de su mujer: “Estoy en un pozo negro y sin fondo. Pero no pienses en mí, piensa en ella, luminosa y tan querida, y guárdala en tu corazón”, le escribe el 2 de noviembre de 1982 a la traductora de Rayuela, la serbocroata Silvia Monrós-Stojakovic.
La última carta está situada en Managua: “Poco te hablaré de mí, estoy tan deshabitado que me cuesta reconocerme cada vez que me despierto. Sólo el trabajo viene un poco en mi ayuda y no me ha faltado en Nicaragua. (…) Estos locos tan queridos decidieron galardonarme con la Orden de Rubén Darío”, anticipa meses antes de que la leucemia decrete su muerte, el 12 de febrero de 1984.
Julieta Grosso / Télam

El escritor catalán Luis Goytisolo ganó la 41 edición del Premio Anagrama de Ensayo por su obra Naturaleza de la novela, en el que plantea y desarrolla los aspectos fundamentales de la novela, como qué se entiende por ésta y cuáles son sus orígenes. El libro se publicará en mayo y Librerías –el otro ensayo finalista–, de Jorge Carrión, aparecerá en setiembre





