Sobre el maestro de Lovecraft, el gótico y sus consecuencias, por Vicente Battista

05/03/2012



Arthur MachenPrometeo –cuentan los antiguos griegos– fue quien les robó el fuego a los dioses para dárselo a los seres humanos. Zeus no soportó esa afrenta: ordenó que el magnánimo Titán fuese encadenado a una roca. Durante el día un águila insaciable le devoraría el hígado, a la noche le crecería otra vez y la mañana siguiente el águila se lo volvería a devorar, así por toda la eternidad.

Nuestros remotos antepasados, junto con el fuego tuvieron noticia del horror. Ese elemento nutriría a las antiguas narraciones, plagadas de fantasmas, de duendes y de criaturas monstruosas. Pero hubo que esperar algunos siglos para que esas narraciones se convirtieran en un género literario.

El mérito se lo debemos a Horace Walpole, hijo de Sir Robert Walpole, más tarde Lord Orford, uno de los políticos más violentos y exitosos de su tiempo y figura dominante en la Inglaterra de mitad del siglo XVIII.

Horace Walpole heredó muy poco del carácter de su padre, jamás tuvo la feroz energía de aquel; se dice que era un niño suave, enfermizo, tal vez algo afeminado. Tanta delicadeza no le impidió escribir una novela singular, El castillo de Otranto, que apareció en 1764.

La historia sucede en el medioevo y cuenta con todos los elementos que más tarde caracterizarán a las narraciones de terror: tormentas repentinas, mazmorras sangrientas, subterráneos fatales, cuevas, bosques, gigantes terroríficos, calaveras con hábitos de fraile, cuadros que se desprenden de las paredes, estatuas que lloran sangre, espadas que se desenvainan solas. Walter Scott dijo que “Walpole propuso en El castillo de Otranto el arte de despertar el horror y la sorpresa”.

Horace Walpole murió en 1797, sin sospechar siquiera que iba a ser el fundador de un nuevo género literario: el gótico. Muy pronto se multiplicaron los castillos tenebrosos, los cementerios por donde deambulaban espíritus malignos, monstruos y fantasmas. Invariablemente la acción era nocturna: el terror exigía brumas y tinieblas.

Un escritor galés, Arthur Machen, decidió poner fin a ese hábito. A comienzos del siglo XX consideró necesario revisar a fondo el “cuento de miedo” y se propuso darle una vuelta de tuerca a la llamada literatura gótica. Rafael Llopis en el prólogo a Los Mitos de Cthulu, lo resume con estas palabras: “Empezó a eliminar una serie de elementos caducos: el castillo medieval, el muerto en todas sus infinitas variedades y subespecies, la noche… En una palabra, sepultó la tramoya romántica y se puso a escribir cuentos de miedo a base de luz, de campo, de verano, de cantos de insectos, de piedras y de montes”.

En 1914, Machen se ganaba la vida como periodista de The Evening News, de Londres. Se había declarado la Gran Guerra y el diario decidió enviarlo como corresponsal. El 10 de setiembre de 1914, Machen fue testigo de la feroz batalla de Mons. Allí, en una acción casi suicida, los soldados del káiser Guillermo II obligaron a retroceder a los tommies de su Majestad Británica.

No hay rastros de la crónica que Machen pudo haber escrito. Pero ese enfrentamiento fue el escenario y el tema de uno de sus cuentos más célebres: “Los ángeles de Mons”.

La narración se ofrece como una crónica del combate, aunque con un elemento fantástico: en mitad de la lucha los tommies británicos reciben auxilio celestial. San Jorge y una valerosa legión de ángeles guerreros ayudan a que los ingleses tengan un repliegue honorable.

El cuento se publicó en The Evening News. Pocos días después, al diario llegaron numerosas cartas, estaban firmadas por veteranos de Mons y todas, esencialmente, aseguraban lo mismo: lo que Machen había narrado era rigurosamente cierto. Los ex-combatientes del bando contrario también hicieron su aporte: hubo cartas con sello postal de Alemania confirmando la presencia de los serafines de San Jorge en aquella célebre batalla.

The Evening News duplicó sus ventas y en las librerías se agotaban los hasta ese momento desatendidos libros de Machen. Todo hacía suponer que por fin había logrado la fama. Sus recientes lectores exigían más historias reales con el ejército celestial como protagonista.

En lugar de complacerlos, Machen declaró públicamente que “Los ángeles de Mons” había sido exclusivo fruto de su imaginación. Dijo que lo único real fue la batalla, pero que ni San Jorge ni sus querubines habían participado en ella. Para que no quedasen dudas, escribió: “En un principio, mi ficción liviana fue tomada como el más sólido de los hechos por una congregación de una iglesia; entonces empecé a darme cuenta de que si había fracasado en el arte de las letras, al menos había triunfado en el arte del engaño.”

Esa sinceridad lo condenó al ostracismo. Cada título que publicó después de aquella confesión fue sistemáticamente ignorado. Lo abrumó la miseria y nadie se molestó en darle trabajo. Sus amigos George Bernard Shaw y T.S.Eliot debieron organizar una colecta para que soportara dignamente sus últimos días. Murió en 1947.

Hoy se lo considera un digno heredero de Poe y el definitivo maestro de Lovecraft, pero continúa siendo un escritor de culto: lo admiran unos pocos y lo ignoran casi todos.


Télam

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Los niños felices, cuento de Arthur Machen 

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