El prisionero de Zenda (capítulo 22 / final), novela de Anthony Hope



Anthony Hope por Alfred Ellis & Walery

XXII. Presente, pasado ¿y futuro?

Los detalles de mi regreso al hogar, son poco interesantes. Fui directamente al Tirol, donde pasé quince días en la mayor quietud y buena parte de ellos en cama, con fuerte fiebre; fui también víctima de una reacción nerviosa, que me dejó débil como un niño. Tan luego me hospedé, escribí a mi hermano, anunciándole mi próximo regreso; lo cual bastaba para poner término a las investigaciones que se hacían para averiguar mi paradero, y que probablemente traerían ocupado todavía al jefe de policía de Estrelsau. Dejé crecer de nuevo bigote y perilla, y ambos eran ya de respetable dimensión cuando bajé del tren en París y me presenté en casa de mi amigo Jorge Federly. Mi entrevista con él fue notable, principalmente por el número de falsedades tan involuntarias como inevitables que le dije; y me burlé cruelmente de él cuando me confesó que me había sospechado de haber ido a Estrelsau en seguimiento de Antonieta de Maubán. Supe que ésta se hallaba de regreso en París, pero vivía muy retiradamente; cosa que los murmuradores explicaban con la mayor facilidad. ¿Acaso no eran conocidas de todos la traición y la muerte del duque Miguel? Sin embargo, Jorge aconsejó a nuestro común amigo Beltrán que no perdiese toda esperanza, porque, como él decía con la mayor frescura, «un poeta vivo vale más que un Duque muerto.» Después preguntó, dirigiéndose a mí:

—¿Qué le ha pasado a tu bigote?

—La verdad es—dije con mucho misterio,—que las circunstancias obligan a veces a un hombre a modificar su aspecto todo lo posible y… Pero va creciendo que es un gusto.

—¡Hola!—exclamó Jorge.—Luego no andaba yo tan descaminado, y si no ha sido la hermosa Antonieta, se tratará de otra sirena.

—Siempre hay por medio alguna sirena, Jorge—dije sentenciosamente.

Pero Jorge no se contentó hasta que me hubo arrancado (con gran elogio de su propia destreza) los pormenores de una aventura amorosa con sus puntas y ribetes de escándalo, que me había detenido todo aquel tiempo en las tranquilas regiones del Tirol. En cambio de mis revelaciones, me favoreció Jorge con lo que él llamaba «detalles ocultos» (conocidos sólo de los diplomáticos), sobre la verdadera marcha de los sucesos en Ruritania, las tramas y conspiraciones de aquel país. En su opinión, podía decirse a favor de Miguel el Negro mucho más de lo que el público sospechaba y también me indicó sus bien fundadas sospechas de que el misterioso prisionero de Zenda, a quien los periódicos habían dedicado no pocos sueltos, no era un hombre (y aquí tuve que hacer un esfuerzo para no reírme), sino una mujer disfrazada de hombre; y que la verdadera causa de las discordias entre el Rey y su hermano, era el favor de aquella dama, que ambos se disputaban.

—Quizás fuese la mismísima señora de Maubán—sugerí.

—¡No!—exclamó Jorge resueltamente.—La señora de Maubán estaba celosa de ella y para vengarse del Duque lo denunció al Rey. Y en confirmación de lo que digo, añadiré que la princesa Flavia se muestra ahora muy indiferente para con el Rey, después de haber estado con él lo más afectuosa y amante.

Llegados aquí, cambié de conversación y me libré de los informes «inspirados» de Jorge. Si los diplomáticos no han obtenido datos más exactos que los de mi amigo, bien puedo decir que, por lo menos en esta ocasión, no ganaron su sueldo.

Durante mi permanencia en París escribí a la señora de Maubán, pero no me atreví a visitarla. Y en contestación recibí una carta muy sentida, en la que me decía que la generosidad del Rey y su gratitud hacia mí la obligaban a guardar el más profundo secreto. También manifestaba el propósito de retirarse por completo de la sociedad e ir a residir en el campo. No sé si realizó este propósito, pero es muy probable, porque no he vuelto a verla ni oído hablar de ella. Es innegable que amaba al duque de Estrelsau; y su conducta al morir éste, demostró que ni aun conociendo el verdadero carácter de aquel hombre había cesado su estimación por él.

Me quedaba por librar una última batalla, en la que tenía la seguridad de salir completamente derrotado. ¿No regresaba del Tirol sin haber hecho el menor estudio de sus habitantes, instituciones, topografía, fauna ni flora? Había malgastado mi tiempo de la manera usual, frívolamente, como diría mi cuñada; y contra veredicto basado en tales pruebas, no me quedaba defensa posible. Puede imaginarse el lector la cara con que me presentaría en nuestra casa de Londres, pero, en suma, no tuve tan mal recibimiento como esperaba. No había hecho lo que Rosa deseaba, es verdad, pero sí lo que ella había profetizado; no había tomado notas, hecho observaciones ni recogido materiales de ninguna clase. En cambio mi hermano había tenido la debilidad de creer y asegurar todo lo contrario.

Al regresar yo con las manos vacías, fue tal el afán de Rosa para demostrar a mi hermano su error, que se olvidó de reñirme, dedicando casi todas sus quejas al silencio que yo había guardado en mi ausencia, no dándoles la menor noticia de mi paradero.

—Hemos malgastado un tiempo precioso buscándote—dijo.

—Ya lo sé—respondí.—La mitad de nuestros embajadores han perdido el sueño por culpa mía. Jorge Federly me lo ha dicho. Pero ¿a qué viene tanta ansiedad? Como si yo no me bastara…

—¡Oh, no es eso!—exclamó desdeñosamente.—Lo único que yo quería era darte noticias de sir Jacobo Borrodale. Ya sabes que ha conseguido una embajada, de la que tomará posesión dentro de un mes, y nos ha escrito diciendo que espera llevarte consigo.

—¿Adónde va?

—Lo han nombrado para suceder a lord Tofán en Estrelsau. No podías desear mejor destino fuera de París.

—¡Estrelsau! ¡Tate!—dije mirando a mi hermano de reojo.

—¡Oh! ¡Eso no importa!—continuó Rosa impaciente.—Conque ¿vas o no?

—No, creo que no.

—¡Eres capaz de desesperar a un santo!

—No creo deber ir a Estrelsau, querida Rosa. ¿Te parece que sería… conveniente?

—¡Bah! ¿Quién se acuerda ya de esas vetustas historias?

Por toda respuesta saqué del bolsillo un retrato del rey de Ruritania. Había sido hecho un mes antes de subir al trono y llevaba toda la barba. Lo puse en manos de Rosa y le pregunté:

—Por si no has visto el retrato de Rodolfo V, ahí lo tienes. ¿Crees todavía que nadie se acordará de aquella vieja historia si me presento en la Corte de Ruritania?

Mi cuñada miró el retrato y después a mí.

—¡Cielo santo!—exclamó arrojando la fotografía sobre la mesa.

—¿Y tú qué dices, Roberto?—pregunté.

Mi hermano se dirigió a un velador, y empezó a rebuscar en un montón de periódicos, hasta dar con un número de La Ilustración. Abriéndolo, nos señaló un grabado de doble página que representaba la coronación de Rodolfo V en Estrelsau. Puso la fotografía junto al grabado y yo me senté frente a ellos; al lado opuesto de la mesa, contemplándolos. Recordé a Sarto, al general Estrakenz, al cardenal con su ropaje púrpura; vi luego el rostro de Miguel el Negro y por último la esbelta figura de la Princesa. Permanecí largo tiempo absorto en mis recuerdos, hasta que mi hermano me puso la mano sobre el hombro, mirándome fijamente.

—La semejanza, como ves, es grande—le dije.—Creo que no debo de ir a Ruritania.

Rosa, aunque medio convencida, rehusó rendirse.

—No es más que una excusa—dijo.—Lo que hay es que no quieres tornarte el menor trabajo. ¡Cuando pienso que podrías llegar a ser Embajador!

—Pero es que no quiero ser Embajador.

—No te apures, que no llegarás a tanto.

¡Yo que había sido Rey!

Mi linda Rosa nos dejó, muy enojada; y mi hermano, encendiendo un cigarrillo, volvió a mirarme con la mayor curiosidad y fijeza.

—La persona representada en ese grabado…—comenzó a decir.

—¿Y qué?—le interrumpí.—Lo que prueba es que el rey de Ruritania y tu modesto hermano se parecen como dos gotas de agua.

Roberto movió la cabeza negativamente.

—Sí; lo supongo—dijo.—Pero lo que es yo, distingo perfectamente la diferencia entre tu cara y la que esa fotografía representa.

—¿Pero no entre mi cara y la del grabado?

—La fotografía y el grabado se parecen, pero…

—¿Pero qué?

—El grabado se parece más a ti.

Mi hermano es todo un hombre, y a pesar de ser casado y de adorar a su mujer, nunca vacilaría yo en confiarle un secreto mío. Pero aquel secreto no me pertenecía y no podía revelárselo.

—Pues yo—dije resueltamente,—creo que la cara del retrato se me parece más que la otra. Pero de todos modos, Roberto, no iré a Estrelsau.

—No, Rodolfo, no vayas a Estrelsau—dijo mi hermano.

Y no sé si sospecha algo, o si ha llegado a descubrir una parte de la verdad. En tal caso se lo tiene muy callado y ni él ni yo aludimos jamás al asunto. Sir Jacobo Borrodale tuvo que procurarse otro agregado.

Desde que ocurrieron los sucesos aquí referidos, he vivido tranquilo y muy retiradamente en una casita de campo. Para mí no tienen ya interés los móviles que de ordinario atraen a hombres de mi posición y de mi edad. No me agradan el brillo y los placeres de la sociedad, ni las emociones de la política. La condesa de Burlesdón dice que no tengo remedio y mis vecinos me creen indolente, soñador y arisco. Pero soy joven, y a veces me imagino—los supersticiosos lo llamarán quizás un presentimiento,—que mi papel en esta vida no ha terminado aún; que, algún día, de una ú otra manera, volveré a participar en asuntos y sucesos de alta importancia, y tendré que oponer mi astucia a la de mis enemigos y la fuerza de mi brazo a los golpes del contrario. Tales son a menudo mis pensamientos cuando con mi escopeta o mi caña de pescar vago solitario por el bosque o las orillas del río. No sé si llegarán a convertirse en realidad, y menos aún si en tal caso tendrán por teatro el que yo me imagino; sólo sé que anhelo vivamente verme otra vez en las concurridas calles de Estrelsau, o a los pies de los sombríos muros del castillo de Zenda.

Y ya, perdido en mis meditaciones, suelo prescindir de lo futuro y recordar aquel pasado extraño e inolvidable. Presentando ante mi vista, en larga serie de cuadros, la primera y alegre francachela con el Rey, mi furioso ataque con la mesita de hierro en el cenador, la noche en el foso, la persecución por el bosque; amigos y enemigos, los que aprendieron a respetarme y quererme y los que procuraron arrancarme la vida. Y entre estos últimos, descuella el único que de ellos vive, no sé dónde, aunque estoy seguro de que donde se halle, continuará siendo el malvado de siempre, el seductor de mujeres, el tormento y enemigo jurado de otros hombres. ¿Dónde, dónde está Ruperto Henzar, aquel adolescente que estuvo tan próximo a vencerme? Siempre que recuerdo o pronuncio su nombre, la sangre circula más rápida por mis venas y cierro maquinalmente los puños; entonces también me parece oir con más claridad aquella voz del hado, que a manera de presentimiento me anuncia futuros encuentros con Ruperto. Por eso sigo ejercitándome en el manejo de las armas y no quiero pensar siquiera en que algún día he de perder el vigor de la juventud.

Una vez al año interrumpo la monotonía de mi sosegada vida. Entonces voy a Dresde, donde me espera mi amigo y compañero querido, Federico de Tarlein. El año pasado lo acompañaban su bonita mujer, Elga, y un precioso y robusto niño. Esas visitas duran una semana, que Federico y yo pasamos siempre juntos y durante las cuales me refiere todo lo que ocurre en Estrelsau; por las noches, mientras paseamos fumando, hablamos de Sarto, del Rey y con frecuencia de Ruperto Henzar; y ya tarde, a lo último, hablamos también de Flavia. Porque Federico lleva consigo a Dresde todos los años una cajita; en ella una rosa y, rodeando el tallo, una esquela diminuta que sólo contiene estas palabras: «Rodolfo—Flavia—siempre.» Yo le envío con Federico idéntico mensaje. Estos y los anillos que ella y yo llevamos, constituyen todo lo que hoy me une a la reina de Ruritania. Porque—más noble y grande, como yo mismo le dije, por ese acto,—ha llevado el cumplimiento de su deber para con su país y su regia estirpe hasta el punto de contraer matrimonio con el Rey, conquistando para éste el amor de sus subditos, asegurando la paz y concordia del país a costa de su propio sacrificio.

Hay momentos en que no me atrevo a pensar en ello, pero en cambio hay otros en los que me pongo a la altura de su abnegación; y entonces doy gracias a Dios por haberme concedido amar a la mujer más noble que existe, a la vez que la más hermosa, y por haber impedido que mi amor llegase a ser un día obstáculo insuperable para el cumplimiento de la altísima misión de Flavia.

¿Volveré a contemplar sus adoradas facciones, aquel pálido rostro y la hermosa cabellera rubia? No lo sé; sobre esto nada, me dice el hado, nada los presentimientos. No lo sé. En este mundo, probablemente—casi con seguridad,—no volveré a verla. ¿Y en otras regiones, en otra vida, de la que hoy no podemos formar concepto ni idea, llegaremos a vernos algún día, juntos, sin nada, que pueda separarnos ni contrariar nuestro amor? Tampoco lo sabemos, ni yo ni nadie. Pero si así no fuese, si nunca he de poder dirigirle la palabra, ni contemplar su dulce rostro, ni oir sus frases de amor, entonces, a este lado de la tumba, viviré como debe vivir el hombre a quien ella ama; y después, lo único que anhelo y pido para el más allá, es el sueño de los sueños.


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