El prisionero de Zenda (capítulo 21), novela de Anthony Hope



Anthony Hope por Alfred Ellis & Walery

XXI. ¡Hay algo más que amor!

Había cerrado la noche y me hallaba en la celda que acababa de ser prisión del Rey en el castillo de Zenda. Había desaparecido el tubo apodado «Escala de Jacob» por Ruperto Henzar, y en la obscuridad brillaban las luces de una habitación situada al otro lado del foso. Reinaba profundo silencio, en contraste con el fragor de la reciente lucha. Yo había pasado el día en el bosque, con Federico, después de separarme de la Princesa, a quien dejamos en compañía de Sarto. Protegido por la obscuridad, me habían conducido al castillo e instalado en la celda. Nada me importaba el recuerdo de que un poco antes habían muerto allí tres hombres, dos de ellos por mi mano. Me había arrojado sobre un colchón inmediato a la ventana y contemplaba las negras aguas del foso. Juan, pálido todavía a consecuencia de su herida, me había servido la cena. Me dijo que el Rey iba reponiéndose, que había visto a la Princesa y conferenciado largamente con Sarto y Tarlein. El General había regresado a Estrelsau, Miguel el Negro yacía en su ataúd y junto a él velaba Antonieta de Maubán. Desde mi retiro había oído el fúnebre canto y las preces de los religiosos.

Fuera circulaban extraños rumores. Decían unos que el prisionero de Zenda había muerto; otros que había desaparecido pero estaba vivo; aseguraban algunos que era un buen amigo del Rey a quien había prestado valioso servicio en Inglaterra, en cierta aventura; y no faltaba quien sabía que, habiendo descubierto las tramas del Duque, se había éste apoderado de él y arrojádolo en una mazmorra. Pero los más avisados prescindían de suposiciones y comentarios, limitándose a decir que sólo se sabría la verdad cuando el coronel Sarto tuviese a bien revelarla.

Así charló Juan hasta que lo despedí, y me quedé solo, pensando no en lo porvenir, sino, como sucede a menudo después de las grandes crisis, en los sucesos de aquellas últimas semanas, pasándoles mental revista con verdadero asombro. Allá en lo alto se oía, interrumpiendo el silencio de la noche, el ruido producido por las banderas del castillo flotando al viento o golpeando sus astas. En una de éstas, ondeaba el estandarte del Duque y sobre él la real insignia, el pabellón de Ruritania. Y nos acostumbramos tan pronto a todo, que me costó algún esfuerzo convencerme de que ya no ondeaba, como hasta entonces, en honor mío.

No tardó en presentarse Federico de Tarlein. Me dijo brevemente que el Rey deseaba verme, y juntos cruzamos el puente levadizo y entramos en la que había sido cámara del duque Miguel.

El Rey yacía en el lecho, tendido por el médico que nosotros habíamos llevado a Tarlein y que se apresuró a decirme en voz baja que abreviase mi visita. El Rey me tendió la mano y estrechó la mía. Federico y el médico se apartaron, dirigiéndose a una de las entreabiertas ventanas.

Retiré el anillo del Rey que tenía en mi dedo y lo puse en el suyo.

—He procurado llevarlo con honra, señor—le dije.

—No puedo hablar mucho—repuso con voz débil.—He tenido una viva discusión con Sarto y el General, quienes me lo han dicho todo. Yo quería llevarlo a usted a Estrelsau, tenerlo allí a mi lado y decir a todos lo que ha hecho; quería que usted fuese mi mejor y más querido amigo, primo Rodolfo. Pero me dicen que no debo hacerlo y que se ha de guardar el secreto… si tal cosa es posible.

—Tienen razón, señor. Permítame partir Vuestra Majestad. Mi misión aquí ha terminado.

—Sí, y la ha cumplido usted como ningún otro hombre hubiera podido hacerlo. Cuando vuelvan a verme habré dejado crecer mi barba, sin contar que estaré desfigurado por mi enfermedad. Nadie se sorprenderá de que el Rey parezca tan cambiado. Pero fuera de eso, procuraré que no noten en mí ningún otro cambio. Usted me ha enseñado a ser Rey.

—Señor—dije,—no merezco ni puedo aceptar los elogios de Vuestra Majestad. Sólo a la bondad del Cielo debo el no ser hoy un traidor mayor aún que el mismo Duque.

Me miró con alguna extrañeza, pero no es de enfermos graves descifrar enigmas y renunció a interrogarme. Su mirada se fijó en la sortija de Flavia que yo llevaba puesta. Creí que iba a hablarme de ello, pero después de tocar distraídamente el anillo algunos instantes, dejó caer la cabeza sobre la almohada.

—No sé cuándo volveré a verle—dijo con voz apenas perceptible.

—Tan luego vuelva a necesitarme Vuestra Majestad—contesté.

Cerró los ojos. Tarlein y el médico se acercaron. Besé la mano del Rey y salí con Tarlein. No he vuelto a ver al joven soberano.

Ya fuera de la habitación, noté que Federico, en lugar de dirigirse a la derecha y al puente levadizo, torció a la izquierda y sin decir palabra me hizo subir una escalera y nos hallamos en un amplio corredor del castillo.

—¿Adónde vamos?—pregunté.

—Ella ha enviado a llamarle—respondió Tarlein sin mirarme.—Cuando haya terminado esta entrevista, vuelva usted al puente. Allí lo esperaré.

—¿Qué desea?—dije respirando agitadamente.

Me indicó con un ademán que no podía contestar a mi pregunta.

—¿Lo sabe todo?

—Sí, todo.

Abrió una puerta, me hizo entrar impulsándome suavemente y cerró tras mí. Me hallé en una sala pequeña y lujosamente amueblada. Al principio creí hallarme solo, porque las dos velas encendidas sobre una mesa tenían pantallas y despedían escasa luz. Pero casi en seguida vi a una mujer, en pie, cerca de la ventana. Me dirigí a ella, doblé una rodilla y tomándole una mano la llevé a mis labios. No habló ni se movió. Me levanté y, a pesar de la indecisa luz, noté la palidez de sus mejillas, vi la aureola que le formaban sus hermosos cabellos y sin darme cuenta de ello pronuncié dulcemente su nombre:

—¡Flavia!

Se estremeció ligeramente y miró en torno.

Después se lanzó hacia mí y asiéndome el brazo dijo:

—¡No estés en pie! ¡No, siéntate! Estás herido. ¡Aquí, siéntate aquí!

Me hizo sentar en el sofá y apoyó la mano en mi frente.

—¡Cómo te arde la frente!—dijo cayendo de rodillas a mi lado.

Reclinó la cabeza sobre mi pecho y la oí murmurar:

—¡Pobre amor mío! ¡Cómo te arde la frente!

Por mi parte había ido allí con el propósito de humillarme, de implorar su perdón; pero lejos de eso, lo único que dije fue:

—¡Te amo, Flavia, con todas mis fuerzas, con toda mi alma!

Porque el amor nos permite leer en el corazón del ser amado, porque lo que la turbaba y la hacía sentirse avergonzada, no era su amor por mí, sino el temor de que así como yo había sido fingido Rey, hubiera representado también el papel de amante y recibido sus besos burlándome interiormente de ella.

—¡Con todas mis fuerzas, con toda mi alma!—repetí, y su rostro oprimió más fuertemente mi pecho.—¡Siempre, desde el primer instante en que te vi, allá en la catedral! Para mí no ha existido desde entonces más que una mujer en el mundo y jamás existirá otra. ¡Pero Dios me perdone el engaño de que te he hecho víctima!

—¡Te obligaron a ello!—dijo prontamente; y luego, alzando la frente y fijos sus ojos en los míos, añadió:

—Quizás hubiera sucedido lo mismo aun revelándome la verdad. ¡Porque mi amor eras siempre tú, no el Rey!

Y levantándose, me dio un beso.

—Me proponía confesártelo todo—dije.—Iba a hacerlo la noche del baile, en Estrelsau, pero Sarto me interrumpió. Después… no pude, no me atreví a correr el riesgo de perderte antes… ¡antes de que llegase el momento en que por fuerza había de perderte! Adorada mía, ¿sabes que por ti pensé dejar al Rey abandonado a su suerte?

—¡Lo sé, lo sé! Y ahora…¿qué vamos a hacer ahora, Rodolfo?

La atraje hacia mí, y abrazándola la dije:

—Voy a partir esta noche!

—¡Ah, no, no!—exclamó.—¡No esta noche!

—Tengo que irme, antes de que me vean otros. ¿Y cómo quieres que me quede, alma mía, a no ser?…

—¡Si pudiera partir contigo!—murmuró.

—¡En nombre del Cielo!—exclamé bruscamente.—¡No digas eso!

—¿Por qué no? Te amo. ¡Eres tan caballero tan noble como el Rey!

Entonces falté a todos mis principios, hice traición a cuanto debía respetar. La tomé en mis brazos y le supliqué con palabras que no puedo reproducir aquí, que me siguiera, que desafiase al mundo entero a arrancarla de mis brazos. Y por algún tiempo me escuchó, sorprendida y dominada. Pero cuando me miró empecé a avergonzarme de mi conducta, me faltó la voz, balbuceé algunas palabras y por fin guardé silencio.

Flavia se apartó de mí, buscando apoyo en la pared, y yo quedé humillado y tembloroso, sabiendo lo que había hecho, despreciándome a mí mismo, pero también resuelto a no desdecirme. Así permanecimos largo tiempo.

—¡Estoy loco!—dije tristemente.

—Aun loco te adoro, amor mío—contestó.

Tenía inclinado el rostro, pero vi el brillo de las lágrimas que surcaban sus mejillas. Tuve que buscar apoyo en el respaldo del sofá.

—¡Hay algo más que amor!—dijo en voz baja, con dulcísimo acento.—Si el amor lo fuese todo, yo podría seguirte hasta el fin del mundo, aunque tuviese que vestir harapos, porque mi corazón te pertenece. Pero ¿no existe algo más que el amor?

No contesté. Ahora me avergüenzo de no haber asentido, de no haber facilitado sus esfuerzos con mis palabras.

Se me acercó y me puso la mano sobre el hombro, mano que torné y oprimí entre las mías.

—Bien sé—continuó,—que se habla y se escribe como si el amor lo fuese todo. Quizás lo sea para algunos. Pero si lo fuera también para ti, Rodolfo, hubieras dejado morir al Rey en su prisión.

Llevé su mano a mis labios.

—¿Y la honra de la mujer, Rodolfo? ¿Ella me manda ser fiel a mi patria y a mi cuna? ¡No sé por qué Dios me ha hecho amarte; pero también sé que me ordena quedarme!

Seguí guardando silencio y ella continuó tras una pausa:

—Llevaré siempre tu anillo en mi dedo; tu corazón estará eternamente junto al mío, tu beso en mis labios. Pero debes partir y yo debo quedarme. Y quizás deba yo también hacer algo más, algo cuya sola idea es ahora para mí peor que la muerte…

Comprendí lo que quería decir y temblé. Pero no quise mostrarme menos animoso que ella. Me levanté y tomé su mano.

—Haz lo que quieras o lo que debas—dije.—Creo que a seres como tú, Dios mismo les indica el camino que han de seguir. Mi carga es más ligera que la tuya, porque yo también llevaré siempre tu anillo, y tu corazón estará eternamente junto al mío; pero jamás habrá en mis labios otro beso que el tuyo. ¡Dios te dé fuerza y consuelo, alma mía!

Llegó a nuestros oídos un canto solemne. Eran las preces que elevaban los sacerdotes en la capilla por las almas de los muertos. Aquel canto fúnebre resonaba como un adiós tristísimo a nuestra pasada dicha, como una súplica en nombre de nuestro eterno amor. Con sus manos entre las mías, escuchamos las dulces y melancólicas notas.

—¡Mi Reina y mi Cielo!—dije.

—¡Mi amante y leal caballero!—respondió Flavia.—Quizá no volvamos a vernos. ¡Un beso y parte!

Le di un beso, pero se abrazó a mí, murmurando mi nombre una y cien veces. Por fin me separé de ella.

Dirigí mis rápidos pasos al puente, donde me esperaban Sarto y Federico. A indicación suya, cambié de traje, y ocultando el rostro como lo había hecho antes varias veces, montamos a caballo a la puerta del castillo y cabalgamos todo el resto de la noche. Al amanecer nos hallamos en una pequeña estación inmediata a la frontera. Faltaba algún tiempo para la llegada del tren y nos dirigimos por una pradera al cercano arroyuelo. Me prometieron enviarme noticias y me colmaron de atenciones y elogios; aun el viejo Sarto estaba afectado y Tarlein profundamente conmovido. Escuché como en sueños cuanto decían, pero aquella dulce voz «¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Rodolfo!» resonaba todavía en mis oídos, como un grito de amor y desesperación. Comprendieron por fin que mi pensamiento estaba lejos de allí y nos paseamos en silencio, hasta que Federico tocó mi brazo y vi a gran distancia el azulado humo de la locomotora. Entonces les tendí las manos.

—Hoy nos conducimos como niños—dije;—pero en días recientes nos hemos portado como hombres ¿verdad, Sarto, Federico, amigos míos?

—Hemos vencido a los traidores e instalado al Rey sólidamente en su trono—repuso Sarto.

De repente Tarlein, antes de que yo pudiese adivinar su propósito, se descubrió, se inclinó como solía hacerlo y me besó la mano, que retiré vivamente.

—¡No siempre—dijo,—hace Reyes el Cielo a quienes deberían llevar la corona!

El rostro de Sarto se contrajo al estrechar mi mano.

—El diablo se mezcla en muchas cosas y las echa a perder—dijo.

Las personas que estaban en la estación, miraban con insistencia al desconocido de alta estatura y encubiertas facciones, pero no hicimos el menor caso de su curiosidad. Volvimos a estrecharnos las manos en silencio, y aquella vez ambos—cosa extraña por parte de Sarto,—se descubrieron y permanecieron descubiertos hasta que desapareció a su vista el tren que me conducía. Todos creyeron que algún alto personaje, deseoso de guardar el incógnito, había tomado el tren en aquella insignificante estación; cuando en realidad no era otro que Rodolfo Raséndil, caballero inglés, segundón de buena casa; pero, en fin, hombre de no gran fortuna, posición ni rango. Profundo hubiera sido el desencanto de muchos al saberlo, pero no tanto como su curiosidad y su sorpresa de haberlo sabido todo. Porque, cualesquiera que fuese mi condición presente, había sido Rey por tres meses; prueba a la que se han visto sometidos muy pocos hombres. Y sin duda, hubiera yo dedicado mayor atención a este tema, si no la hubiese embargado casi por completo aquella voz que parecía salir de las torres de Zenda, visibles todavía en lontananza; aquel grito de amor de una mujer, que llegaba a mis oídos, que penetraba hasta mi corazón y que decía: «¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Rodolfo!»

¡Todavía me parecía oirlo!


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