El prisionero de Zenda (capítulo 20), novela de Anthony Hope



Anthony Hope por Alfred Ellis & Walery

XX. El prisionero y el Rey

Para que se comprenda bien lo ocurrido en el castillo de Zenda, tengo que completar el relato de lo que yo en persona vi e hice aquella noche con una breve reseña de lo que más tarde supe por Tarlein y la señora de Maubán. Esta me explicó por qué el grito que yo le había mandado dar como señal se había convertido de estratagema en siniestra realidad y oídose mucho antes de la hora convenida; grito que por un momento apareció ser la ruina de todas nuestras esperanzas, pero que vino a favorecerlas en definitiva. La desgraciada mujer, impulsada, según creo, por verdadero afecto al duque de Estrelsau, no menos que por la brillante perspectiva ofrecida a su ambición, había seguido al Duque, a petición de éste, de París a Ruritania. Era Miguel hombre de violentas pasiones, pero de voluntad más poderosa todavía. Con frío egoísmo lo tomó todo sin dar cosa alguna en cambio, y Antonieta no tardó en descubrir que tenía una rival en la princesa Flavia; desesperada, no reparó en medios para conservar el amor del Duque. Al propio tiempo se vio mezclada en las audaces maquinaciones de éste. Resuelta a no abandonarlo, unida a él por los lazos de su impura pasión y por sus propias esperanzas, no quiso, sin embargo, servirle de pretexto para llevarme a la muerte. De aquí las cartas que me había escrito revelándome el peligro. No pretenderé averiguar si las líneas dirigidas a Flavia las habían dictado el afecto o el odio, la compasión o los celos: pero nos fueron también de gran servicio. Cuando el Duque fue a Zenda ella le acompañó; y allí pudo comprender por primera vez la crueldad de Miguel en toda su extensión y se apiadó su alma del desgraciado Rey. Desde aquel instante estuvo de nuestra parte. Pero por lo que ella misma me dijo comprendo que, mujer al fin, seguía queriendo al Duque y esperaba obtener del Rey la vida de aquél, cuando no su perdón, en recompensa de sus propios servicios a nuestra causa. No deseaba el triunfo de Miguel, abominaba su crimen y mucho más el premio que con él se proponía alcanzar el Duque, la mano de su prima, la princesa Flavia.

Otros elementos que figuraron en el drama de Zenda fueron el libertinaje y la audacia de Ruperto. Quizás se sintió atraído por la belleza de Antonieta; quizás le bastara saber que ésta pertenecía a otro hombre y le odiaba a él. Por muchos días habían menudeado los conflictos y las discusiones entre Miguel y Ruperto, acrecentándose su odio, y la reyerta que yo presencié entre ellos en la habitación del Duque no fue más que una de tantas. Cuando revelé a la señora de Maubán las ofertas que me había hecho Ruperto, no se mostró admirada; ella misma había aconsejado a Miguel que desconfiase de Ruperto, aun en los momentos en que me escribía rogándome que la rescatase del poder de ambos. Aquella noche resolvió Ruperto realizar sus inicuos designios y proporcionándose una llave de la habitación de Antonieta, la había sorprendido en ella. Sus gritos atrajeron al Duque, lucharon ambos en la obscuridad, dio Ruperto un golpe mortal a su señor y al precipitarse los criados en la habitación, escapó él por la ventana, como dejo referido. Ignorando la muerte del Duque, había regresado al puente para renovar el combate. No sé lo que se propondría hacer con los otros tres secuaces de Miguel y cómplices suyos, pero creo que no había formado plan alguno, porque la muerte del Duque fue impremeditada por su parte. Sola Antonieta con el herido, procuró restañar la sangre, pero inútilmente; y habiendo expirado el Duque poco después, oyó ella las voces de reto de Ruperto y acudió a castigarlo y vengarse. A mí no me vio hasta que me lancé al foso, en persecución de nuestro común enemigo.

En aquel instante entraron mis amigos en escena. Habían llegado al castillo nuevo a la hora convenida, y esperaron cerca de la puerta, que no se abrió porque Juan se vio arrastrado con los otros en auxilio del Duque; es más, deseoso de disipar toda sospecha, se había distinguido muy especialmente atacando a Ruperto en persona, lo que le había valido una estocada de éste. Sarto esperó hasta cerca de las dos y media, y después, en cumplimiento de mis órdenes, había enviado a Tarlein a buscarme por las cercanías del foso. No hallándome, habían conferenciado ambos, proponiendo Sarto seguir al pie de la letra mis instrucciones y regresar a escape a Tarlein; pero el buen Federico se negó rotundamente a abandonarme, cualesquiera que fuesen las órdenes recibidas. Discutieron algunos minutos, cedió Sarto, envió un destacamento mandado por Berstein al palacio de Tarlein en busca del general Estrakenz, y el resto de la fuerza atacó furiosamente la gran puerta del castillo. Resistióles ésta unos quince minutos y cayó por fin, en el momento mismo en que Antonieta disparaba su revólver contra Ruperto. Sarto y ocho de sus soldados se precipitaron en el castillo; la primera habitación a que llegaron fue la de Miguel, que yacía tendido en el suelo, atravesado de una estocada. Entonces lanzó Sarto el grito que yo había oído: «¡El Duque ha muerto!» y atacó a los servidores de Miguel, que aterrorizados se rindieron a discreción. Antonieta se arrojó sollozando a los pies de Sarto, a quien sólo pudo decir que me había visto lanzarme al agua desde el otro extremo del puente.

—¿Y el prisionero?—le preguntó el coronel.

Pero ella se limitó a mover negativamente la cabeza, y Sarto, Federico y sus acompañantes cruzaron en silencio el puente, hasta tropezar con el cadáver de De Gautet.

Escucharon ávidamente, pero ningún rumor llegó hasta ellos desde las celdas, lo que les hizo temer que el Rey había sido asesinado por sus guardianes y su cuerpo arrojado al foso, escapando aquéllos a su vez por la «Escala de Jacob.» Sin embargo, el hecho de haber sido visto ya cerca de allí les infundía alguna esperanza (así me lo dijo el buen Tarlein); por lo que volviendo a la habitación de Miguel, en la que estaba orando Antonieta, hallaron un manojo de llaves y entre ellas la de la puerta de la prisión que yo había cerrado tras mí al salir. Abrieron; la escalera estaba a obscuras y al principio no quisieron encender una antorcha, temiendo servir de blanco a sus enemigos. Pero no tardó en exclamar Federico: «¡La puerta está abierta! ¡Y hay luz en la celda!» Bajaron resueltamente y en la primera celda sólo hallaron el cadáver de Bersonín, lo que les impulsó a dar gracias a Dios, exclamando Sarto: «¡No hay duda! ¡Raséndil ha pasado por aquí!»

Precipitándose después en la inmediata estancia, vieron el cuerpo exánime de Dechard sobre el del médico y a pocos pasos el del Rey, tendido de espaldas, junto a su derribada silla. «¡Muerto!» exclamó Tarlein; y Sarto los hizo salir a todos, excepto Tarlein, y arrodillándose junto al Rey no tardó en descubrir que vivía y que con solícitos cuidados su salvación era segura. Le cubrieron el rostro, lo transportaron a la habitación de Miguel, en cuyo lecho lo pusieron y Antonieta suspendió sus preces para bañar la ensangrentada frente del Rey y vendar sus heridas, en tanto llegaba un médico. Y Sarto, convencido más que nunca de mi reciente presencia allí y habiendo oído el relato de Antonieta, envió a Tarlein en mi busca, por foso y bosque. Federico halló primero mi caballo, tembló por mi suerte y me descubrió al fin, guiado por el grito con que yo había retado a Ruperto. Su gozo fue tan intenso como si de su propio hermano se tratara, y en su cariño y ansiedad por mí, desdeñó cosa tan importante como la muerte de Ruperto Henzar. Sin embargo, yo hubiera sentido no haberlo castigado por mi propia mano.

Una vez realizado tan felizmente el rescate del Rey, le tocaba a Sarto ocultar a todos el cautiverio de éste. Antonieta de Maubán y Juan el guardabosque (bastante malparado este último por el momento para andar en chismes) habían jurado guardar secreto; y Tarlein se había adelantado en busca, no del Rey, sino del ignorado amigo del monarca que se había aparecido por un momento en el puente, ante los sorprendidos servidores del Duque. Se había verificado la sustitución, y el Rey, herido gravemente, según a todos se dijo, por los carceleros que tenían cautivo a uno de sus fieles amigos, había vencido por fin y se hallaba en la habitación de Miguel el Negro. Allí lo habían conducido, cubierto el rostro, desde su prisión subterránea y allí se había dado orden de llevarme sigilosamente tan luego me encontrasen. También se despachó un mensajero al palacio de Tarlein, con encargo de anunciar al general Estrakenz y a la Princesa, que el Rey se hallaba en salvo y deseaba conferenciar con el General sin pérdida de momento. Cuanto a Flavia, debía permanecer en Tarlein hasta que el Rey le enviase nuevas instrucciones. Así había preparado Sarto las cosas mientras se reponía un tanto el Rey, después de haber escapado casi por milagro de las asechanzas de su inicuo hermano.

El ingenioso plan del astuto coronel prosperó sin tropiezo, hasta encontrar un obstáculo que a menudo trastorna los proyectos mejor combinados: la voluntad o el capricho de una mujer. En este caso, cualesquiera que fuesen las órdenes del Rey, las instrucciones de Sarto y los consejos del General, Flavia se negó a permanecer en Tarlein mientras su amado se hallaba herido en Zenda, y el carruaje de la Princesa siguió de cerca al General y su escolta cuando éste se puso en camino del castillo. Así pasaron por el pueblo, donde se decía ya que habiéndose dirigido el Rey al castillo la noche anterior, para reconvenir amistosamente a su hermano por el trato dado a uno de los amigos del Rey prisionero en la fortaleza, se había visto atacado a traición; que tras una lucha desesperada habían perecido el Duque y varios caballeros suyos, y que el Rey, aunque herido, había logrado apoderarse del castillo. Todos estos rumores causaron, como se comprenderá, profunda sensación; empezó a funcionar el telégrafo, pero cuando las noticias llegaron a la capital, ya se había recibido allí la orden de poner tropas sobre las armas, e impedir toda manifestación hostil en los barrios donde predominaban los partidarios del Duque.

Subía el carruaje de la princesa Flavia el pendiente camino del castillo, con el General cabalgando al estribo y rogándole todavía que volviese a Tarlein, a tiempo que Federico y el supuesto prisionero de Zenda llegaban al lindero del bosque. Al recobrar el sentido me puse en marcha, apoyado en el brazo de Federico, y próximos ya a salir del bosque vi a la Princesa. Una mirada de mi amigo me hizo comprender repentinamente que no debía verme ni hablar otra vez con Flavia y caí de rodillas tras unos arbustos. Pero habíamos olvidado a la joven campesina, que nos había seguido y no estaba dispuesta a perder aquella ocasión de congraciarse con la Princesa y de ganar unas monedas de oro; así fue que apenas nos ocultamos, salió corriendo al camino y saludando, exclamó:

—¡Señora, el Rey está allí, detrás de aquellas matas! ¿Quiere Vuestra Alteza que la guíe hasta él?

—¿Qué tontería es esa, muchacha?—dijo el General.—El Rey está en el castillo, herido.

—A que no. Herido sí, pero está allí, con el conde Federico, y no en el castillo—insistió la moza.

—¿Está en dos lugares a la vez, o es que hay dos Reyes?—preguntó Flavia sorprendida.—¿Cómo sabes que está allí?

—Lo vi persiguiendo a un caballero, señora, y pelearon hasta que llegó el conde Federico; el otro me quitó el caballo de mi padre y se escapó, pero el Rey está allí con el Conde. ¡Cómo, señora! ¿Hay acaso otro hombre como el Rey en Ruritania?

—No, hija mía—contestó Flavia dulcemente, (me lo dijeron después); y se sonrió y dio dinero a la muchacha.—Voy yo misma a ver a ese caballero—dijo haciendo ademán de bajar del coche.

Pero en aquel momento llegó Sarto al galope, procedente del castillo, y al ver a la Princesa resolvió sacar el mejor partido posible de las circunstancias y comenzó por decirle que el Rey estaba perfectamente atendido y fuera de peligro.

—¿En el castillo?—preguntó Flavia.

—¿Pues dónde había de estar, señora?—repuso el coronel inclinándose.

—Es que esta muchacha dice que ha visto al Rey allí, con el conde Federico.

Sarto miró a la moza sonríendose y con expresión de incredulidad.

—Estas chicas en cuanto ven un apuesto caballero, se creen que es el Rey—dijo.

—Pues entonces, el que yo digo y el Rey se parecen como si fueran hermanos—replicó la campesina, algo vacilante pero insistiendo todavía en su tema.

Sarto miró en torno. En el rostro del General se adivinaba muda interrogación. Los ojos de Flavia no eran menos elocuentes. La sospecha cunde con facilidad portentosa.

—Voy a ver quién es ese hombre—dijo Sarto.

—No, iré yo misma—exclamó la Princesa.

—Pues en tal caso, venga Vuestra Alteza sola—murmuró Sarto.

Y ella, obedeciendo a aquella extraña indicación y notando también la súplica que se veía en el rostro del veterano, rogó al General y su séquito que esperasen allí; dijo Sarto a la muchacha que se apartase a distancia, y él y Flavia se dirigieron a pie hacia donde estábamos. Cuando los vi acercarse, me senté, agobiado, en el suelo y oculté la cara entre las manos. No podía mirarla. Federico se arrodilló a mi lado, puesta la mano en mi hombro.

—Hable Vuestra Alteza en voz baja—dijo Sarto al llegar con la Princesa a nuestro lado; y después oí un grito ahogado, que parecía expresar alegría y temor a la vez, y su voz que decía:

—¡Es él! ¿Estás herido, sufres?

Corrió a mi lado y con suave esfuerzo apartó mis manos, pero yo seguí con los ojos fijos en tierra.

—¡Es el Rey!—exclamó.—¿Quiere usted decirme, coronel Sarto, qué significa la broma de que hace poco pretendía usted hacerme objeto?

Nadie contestó; los tres seguimos silenciosos ante ella. Prescindiendo de testigos, me abrazó y me dio un beso. Entonces dijo Sarto, con voz ronca y baja:

—No es el Rey. No lo acaricie Vuestra Alteza; no es el Rey.

—Pero, ¿acaso no conozco yo a mi amado? ¡Rodolfo, amor mío!

-No es el Rey—repitió Sarto; y el acongojado Tarlein no pudo reprimir un sollozo.

Entonces, al oir aquel sollozo, comprendió Flavia que había en todo aquello algo más que una chanza o una equivocación.

—¡Sí, es el Rey!—exclamó.—Es su cara; su anillo, el mío. ¡Oh, sí, es mi amor!

—Vuestro amor, señora, sí—dijo Sarto.—Pero el Rey está allí, en el castillo. Este caballero…

—¡Mírame, Rodolfo! ¡Mírame!—gritó, oprimiendo mi rostro entre sus manos.—¿Por qué permites que me atormenten así? ¡Dime, qué significa esto!

Entonces hablé, fijos mis ojos en los suyos.

—¡Dios me perdone, señora!—dije.—No soy el Rey.

Sentí en mis mejillas el temblor convulsivo de sus manos. Miró fijamente mi cara, escudriñándola, como no ha sido mirada jamás la cara de un hombre. Y yo, mudo otra vez, vi nacer y agrandarse en sus ojos el asombro, la duda, el terror. Disminuyó gradualmente la presión de sus manos; miró a Sarto, a Federico y volvió a clavar los ojos en mí; después, repentinamente, vaciló, cayó hacia adelante en mis brazos, y yo, con un grito de dolor, la estreché sobre mi pecho y besé sus labios. Sarto me tocó el brazo. Le miré, deposité suavemente el cuerpo de Flavia sobre la hierba, y de pie a su lado, contemplándola, maldije al Cielo por haberme salvado de la espada de Ruperto para hacerme sufrir aquel dolor tan intenso, tan atroz.


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