El prisionero de Zenda (capítulo 16), novela de Anthony Hope



Anthony Hope por Alfred Ellis & Walery

XVI. Un plan desesperado

Desde el día en que recorrí a caballo las calles de Zenda y hablé en público con Ruperto Henzar, me fue forzoso prescindir de todo pretexto de enfermedad. El efecto de mi presencia se notó desde luego en la guarnición de Zenda, cuyos oficiales y soldados desaparecieron de la población y sus cercanías para encerrarse en el castillo, donde reinaba la más perfecta vigilancia, como pudieron observarlo mis amigos en sus exploraciones. No veía medio practicable de socorrer al Rey y a la señora de Maubán. El Duque me retaba sin disimulo. Se había mostrado fuera del castillo, no tomándose siquiera la molestia de explicar o excusar su ausencia. El tiempo apremiaba. Por una parte me preocupaban los rumores e investigaciones de que he dado cuenta, con motivo de la desaparición de Raséndil; y por otra, sabía que mi ausencia de la capital ocasionaba vivo descontento. Mayor hubiera sido éste sin la presencia de Flavia a mi lado y sólo por esta razón le permitía yo seguir en Zenda, rodeada de peligros y aumentando con sus encantos la pasión que me dominaba. Como si esto no bastase, mis celosos consejeros, el Canciller y el general Estrakenz se presentaron en Zenda, instándome a que designase día para la solemnización de mis esponsales, ceremonia que en Ruritania es casi tan obligatoria y sagrada como el matrimonio mismo. Tuve que hacer lo que me pedían, con Flavia sentada a mi lado oyéndolo todo, y les anuncié que el acto se celebraría quince días después, en la catedral de Estrelsau. La noticia fue recibida con extraordinarias manifestaciones de aprobación y alegría en todo el Reino, y supongo que sólo dos hombres la deploraron: el Duque y yo. Cuanto al Rey, lo único que me atreví a esperar fue que no llegase a sus oídos.

Juan volvió a salir ocultamente del castillo tres días después, a riesgo de su vida pero impulsado por la codicia. Nos dijo que cuando el Duque supo la noticia de la próxima ceremonia se puso furioso; que su exasperación aumentó al declarar Ruperto que yo era muy capaz de casarme con la Princesa y que así lo haría indudablemente; y que Ruperto acabó felicitando a la señora de Maubán, allí presente, porque pronto se vería libre de Flavia, su rival. El Duque echó mano a la espada, sin que al joven noble pareciese importarle un bledo la cólera de su señor, a quien felicitó también por haber proporcionado a Ruritania un Rey como no lo había tenido en muchos años. «Y lo que es la Princesa, terminó diciendo Henzar (según el relato de Juan), tampoco puede quejarse porque el diablo le manda novio más galán que el que le había deparado el Cielo.» El Duque le mandó retirarse de su presencia, pero Henzar no obedeció hasta haber obtenido de la dama el permiso de besar su mano, como lo hizo rendidamente ante las miradas furiosas de Miguel.

Noticia de más importancia para mí fue la que también nos dio Juan sobre la grave enfermedad del Rey. Juan le había visto, demacrado y débil; su estado llegó a ser tan alarmante que el Duque llamó al castillo a un médico de Estrelsau, el cual examinó al Rey, salió del calabozo pálido y temblando y rogó a Miguel que le permitiese volver a la capital y no mezclarse más en el asunto; pero Miguel se lo prohibió, anunciándole que quedaba preso con el Rey y que respondía de la vida de éste hasta el día en que el Duque quisiera quitársela. A instancias del médico permitió que la señora de Maubán visitase al Rey, a quien prestó solícitos cuidados. La vida del monarca se hallaba, pues, en peligro inminente, a la vez que yo seguía sano y vigoroso; contraste que exasperó a los moradores del castillo ocasionando continuos disgustos y reyertas. Sólo Ruperto Henzar continuaba tan contento como siempre, y según decía Juan, riéndose a carcajadas porque el Duque ponía siempre de guardia a Dechard cuando la señora de Maubán se hallaba en la celda del Rey; precaución no del todo inútil por parte de mi prudente hermano.

Tal fue el relato de Juan, que le valió buena recompensa; y aunque me pidió que le permitiese quedarse en Tarlein, conseguí que regresase al castillo, donde lo necesitaba mucho más, encargándole anunciase a la señora de Maubán que estaba procurando auxiliarla y que ella dijese al Rey en mi nombre algunas frases de esperanza y de consuelo.

—¿Cómo vigilan ahora al Rey?—pregunté, recordando que dos de los Seis habían muerto y que igual suerte había cabido a Máximo Holf.

—Dechard y Bersonín están de guardia por la noche y Ruperto Henzar y De Gautet, de día—contestó Juan.

—¿No más que dos a la vez?

—Pero el resto de la guardia está en el primer piso, precisamente sobre la prisión del Rey, y allí puede oirse todo grito o señal dados desde abajo.

—¿Sobre la prisión del Rey? No sabía yo eso. ¿Existe alguna comunicación directa entre el calabozo y la sala de guardia?

—No, señor. Hay que bajar algunos escalones, cruzar el puente levadizo y desde allí bajar al encierro del Rey.

—¿Está cerrada la puerta que lleva al puente?

—Sólo los cuatro caballeros tienen la llave.

—¿Y también la de la reja de entrada a la prisión?—pregunté acercándome a Juan.

—Creo que esa únicamente la tienen Dechard y Henzar.

—¿Dónde habita el Duque?

—En la parte nueva del castillo, en el primer piso. Sus habitaciones quedan a la derecha del puente levadizo.

—¿Y la señora de Maubán?

—A la izquierda. Pero cuando se retira cierran la puerta por fuera.

—¿Para impedir que huya?

—Sin duda, señor.

—¿Y quizás también por otra razón?

—Es posible.

—¿Supongo que el Duque se reserva esa llave?

—Sí, señor. Y también la del puente, después de alzarlo, y nadie puede cruzar el foso por él sin que lo sepa y lo permita el Duque.

—¿Y tú, dónde duermes?

—En el cuarto que hay a la entrada del castillo nuevo, con otros cinco criados.

—¿Armados?

—Con picas, porque el Duque no quiere confiarles armas de fuego.

Aquellos informes me decidieron por fin y formé resueltamente un nuevo plan de ataque. Había fracasado cuando lo emprendí por la «Escala de Jacob,» y me dije que fracasaría también intentándolo contra el cuerpo de guardia. Resolví, pues, dirigirlo contra el lado opuesto del castillo.

—Te he prometido diez mil pesos—dije a Juan.—Te daré veinticinco mil si mañana por la noche haces lo que yo te diga. Pero ante todo ¿saben esos criados quién es el prisionero?

—No, señor; creen que es un caballero enemigo del Duque.

—¿Y no dudarán que yo soy el Rey?

—¿Cómo han de dudarlo, señor?

—Pues escucha, Juan: mañana, a las dos en punto de la madrugada, abre de par en par la puerta principal del castillo nuevo, la que da al frente ¿entiendes bien?

—¿Estará usted allí, señor?

—Nada de preguntas. Haz lo que te digo. Da cualquier excusa para salir de tu cuarto. Nada más exijo de ti.

—Y una vez abierta la puerta ¿puedo escaparme por ella?

—Sí, a todo correr. Toma esta esquela, que entregarás a la señora de Maubán. La he escrito en francés a propósito para que no puedas enterarte de ella. Y dile que si tiene en algo la vida de todos nosotros, no deje de hacer lo que en ella le indico.

Juan temblaba al oirme, pero no me quedaba elección posible y tuve que fiar en él. No me atreví a esperar más porque temí que el Rey muriese en su prisión.

Despedí a Juan y sólo entonces di cuenta de mi plan a Tarlein y Sarto. Este último manifestó su desaprobación desde luego.

—¿Por qué no espera usted?—me preguntó.

—Porque puede morir el Rey. Y si no muere puede llegar el día de los esponsales.

Sarto se mordió el blanco bigote, y Tarlein, poniéndome la mano sobre el hombro, exclamó:

—Dice usted bien. ¡Probemos!

—Con usted cuento, Tarlein—le dije.

—Corriente—contestó.—Pero lo que es usted, Raséndil, se queda aquí cuidando a la Princesa.

Los ojos de Sarto brillaron.

—¡Eso es, eso es!—exclamó.—Así burlaríamos los designios de Miguel cualquiera que fuese el resultado de nuestra empresa. Al paso que si usted tomase parte activa en ella y lo matasen, como matarían también al Rey ¿qué sería de todos nosotros?

—Servirían ustedes a la reina Flavia—repliqué,—y ojalá pudiese yo hacer otro tanto.

Siguió una pausa y después dijo el viejo Sarto, con expresión tan cómica, que Tarlein y yo nos echamos a reír:

—¿Por qué no se casaría el finado rey Rodolfo III con la bisabuela aquella de usted, Raséndil?

—Al grano, al grano—le dije.—Se trata del Rey actual.

—Es verdad—asintió Tarlein.

—Además—continué,—si he consentido ser impostor en beneficio del Rey, jamás lo seré en provecho propio. Y si el Rey no se halla vivo y en su trono antes del día fijado para la celebración de los esponsales, confesaré y proclamaré la verdad, sean cualesquiera las consecuencia.

—Irá usted con nosotros al ataque del castillo—dijo Sarto.

He aquí mi plan. Una numerosa fuerza mandada por Sarto se dirigiría sigilosamente a la puerta principal del castillo nuevo. Si se viese descubierta, la consigna sería matar a cuantos hallasen a su paso, empleando exclusivamente el arma blanca. Si no se presentase obstáculo imprevisto, Sarto y su gente se hallarían a la puerta al abrirla Juan. Suponiendo que su sola presencia y el nombre del Rey no bastasen para someter a los servidores del castillo, habría que apoderarse de ellos a la fuerza. Al mismo tiempo (y de esto dependía principalmente el buen éxito de mi plan) Antonieta de Maubán prorrumpiría en agudos gritos, pidiendo auxilio al Duque y alternando con el nombre de éste el de Ruperto Henzar. Mi esperanza estribaba en que el Duque saliese furioso de sus habitaciones, situadas al lado opuesto de las de Antonieta y cayese vivo en manos de Sarto. Continuarían los gritos, mi gente bajaría el puente levadizo y extraño sería que Ruperto, al oir su nombre a voces en tales circunstancias, no bajase de su cuarto y procurase cruzar el puente. Cuanto a De Gautet, su presencia dependía del azar.

Tan luego Ruperto pusiese el pie en el puente empezaría mi papel. Contaba yo tomar otro baño en el foso, llevando conmigo una pequeña escala que me serviría en primer lugar para esperar con relativa comodidad, poniendo la escala contra el muro y apoyando en ella manos y pies mientras estuviese en el agua. Llegada la hora, subiría por la escala al puente y de mí dependería que ni Henzar ni De Gautet lo cruzasen con vida. Muertos éstos quedarían tan sólo dos de los Seis, con los cuales esperaba acabar también a favor de la confusión y de una violenta acometida. Si ambos obedeciesen las órdenes recibidas del Duque, la vida del Rey dependería de la rapidez con que pudiésemos forzar la puerta exterior; y me felicito al pensar que Dechard y no Ruperto era el encargado de la guardia nocturna del Rey. Aunque Dechard tenía serenidad y valor, carecía del ímpetu y la osadía increíble de Henzar. También contaba yo con que, siendo Dechard el único entre ellos verdaderamente adicto al Duque, dejase solo a Bersonín guardando al Rey y se precipitase hacia el puente para tomar parte en la lucha al lado opuesto.

Tal era mi plan, verdaderamente desesperado. Para engañar al enemigo dispuse que aquella noche iluminasen vivamente todas las habitaciones de mi residencia, como si diera en ella una gran fiesta, congregando al efecto a muchos de nuestros amigos y mandando que la música tocase toda la noche. Estrakenz era uno de los que debían de hallarse allí, con encargo de hacer todo lo posible para que la Princesa no notase mi partida. Le ordené que si a la mañana siguiente no estuviésemos de regreso, se pusiese en marcha hacia el castillo con todas sus fuerzas y exigiese públicamente la entrega del Rey. Si Miguel el Negro no estuviese allí, el General llevaría a la Princesa a Estrelsau, para proclamar la traición de Miguel y la muerte probable del Rey, congregando en torno de Flavia a los mejores elementos del Reino. A decir verdad, esto era precisamente lo que yo esperaba que sucedería.

En mi opinión, ni al Rey, ni a Miguel ni a mí nos quedaba más que un día de vida. Me resignaba a morir, sobre todo si conmigo moría también Miguel el Negro y si por mi propia mano libraba a Ruritania de Ruperto Henzar, ya que no pudiese salvar la vida del Rey.

Nuestra conferencia terminó bastante tarde y pasé a las habitaciones de la Princesa. Se mostró algo pensativa, pero al despedirnos me abrazó cariñosamente, a la vez que deslizó una sortija en mi dedo. Usaba yo el anillo del Rey, pero tenía puesto también uno más pequeño, de oro liso, con la leyenda de las armas de mi familia: Nil Quæ Feci. Me lo quité y poniéndolo en el dedo de Flavia, le indiqué con un ademán que me permitiese retirarme. Comprendió, y apartándose un tanto me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Lleva puesto ese anillo aunque uses otro cuando seas Reina—le dije.

—Use o no otros, llevaré éste mientras viva y aun después de muerta—dijo besándolo.


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