El corazón maligno del relato I, por Nicolás Rosa



Nicolás Rosa, luego de dialogar con María Coira para la revista Unicornio, escribió tres ensayos breves: uno, acerca de las relación entre crítica y literatura; otro de la relación entre ficción y verdad, y, el último, sobre el fenómeno de lectura. Estos valiosos escritos no fueron reeditados hasta la fecha. Hoy entregamos el primero de ellos.

Nicolás RosaSiempre he sostenido —tomen con cautela este “siempre”— que la crítica es un género, si aceptamos esta categoría, vinculada con la ciencia-ficción, o mejor, para no ser tan abrupto, con la fantasy. Si admitimos que el universo de la ficción regla todos los discursos y en el mundo actual gobierna sobre todo los discursos políticos, la crítica estaría tramada de incertidumbre en el plano ético y de indecibilidad en el plano lógico. La relación entre la crítica y la literatura por ende muestra que estos discursos son dos formas de la ficción, pero no son las mismas y entre ellas —el problema está en el entre—existe una disimetría substancial; la crítica dice aquello que la literatura no puede decir, no sólo porque está sometida a otras legalidades, sino porque su elemento esencial, y me arriesgo al decir esencial, es escudriñar en aquello que la literatura oculta. La crítica dice lo que la literatura calla y calla por muchas razones, políticas, ideológicas, pulsionales: Podríamos decir que ambas, literatura y crítica, son dos vergüenzas semióticas, que se anudan como las serpientes del Laoconte y por lo tanto puedo pensar que ese abrazo no es fraternal sino fratricida. Yo vivo de las operaciones de esos sujetos que la cultura llama escritores —¿qué raro no?, yo siempre escribo, pero nunca nadie me llama escritor— pero, si en realidad, la crítica dice lo oculto de la literatura, no es por lo tanto un complemento sino un suplemento. Diría sensatamente que la crítica no puede vivir sin la literatura, pero insensatamente que la literatura no tendría sentido sin la crítica. Todo el problema consiste en el valor que le otorguemos a ese suplemento. He escrito que la relación entre crítica y literatura es asintótica, pero los escritores no quieren entenderlo. Y está bien que así sea: los críticos son famélicos, los escritores son voraces, pero todos tienden a satisfacer un orden gástrico. El problema sería saber de qué alimento son privados los críticos y a qué banquete aspiran los escritores; la disputa, si la hay, pasa por los comensales y nunca por el pato de la boda. Escritores tan prestigiosos, y con razón, como Ricardo Piglia y César Aira, uno juicioso otro airado, y estos predicativos se aplican a sus juicios y no a sus personas, se formulan ciertas preguntas, o mejor respuestas, frente al papel de la crítica. Dice Piglia en un reportaje (La Maga, 10 de junio de 1992) refiriéndose a los problemas del escritor con la crítica: “un crítico puede hacer leer mal un libro, proponer una entrada falsa, no captar elmarco en el que fue escrito, anular suexpectativa favorable. Ese es el terreno de las grandes luchas literarias” (los subrayados son míos). Piglia nos da materia en qué pensar. Conjeturemos, parafraseando, que leer mal un libro es leerlo bien, leer el mal del sentido, el sentido malo del libro, el mal que dice y el mal que propaga; una lectura mala es una lectura malévola, maldiciente, aquélla que participa en la corrosión inaudita con que se hace el relato, mal-dicción subyugante con la que se construye un libro. ¿Cómo traducir las neoglosias de Artaud, o de Joyce, las lenguas futuras de Louis Wolffson, los esperántidos de la poesía contemporánea, o las lenguas arcaicas del deseo en Proust, o las interlenguas de Navokov, o las retrolenguas de Enrique Larreta, sino en la traición? Cuando el crítico lee y lee mal es cuando acierta en el desacierto, cuando propone una entrada falsa es cuando entra en el interior y cuando el crítico de la crítica cree que está en el exterior y si creemos en el desconcierto que anima a la hormiguita viajera de la famosa cinta, es cuando más cerca estamos de ese corazón maligno que es el centro imaginario de todo relato. Las falsas entradas —como las puertas falsas de la escenografía de estuco del neobarroco del art-nouveau—, son la verdadera entrada. Y cuando la crítica es profundamente falsa de toda falsedad porque dice la falsedad del texto —y no es fácil— es cuando dice no el sentido del texto sino la pérdida de sentido, del sentido a pura perdida. Leer a contra-pelo, a contra-faz, a contra-texto, es leer contra el sentido que ese texto pretende mostrarnos y cuando el crítico desarma el texto —y es una manera militar del decir—,cuando lo pliega y lo despliega —y es una manera fabril del hacer— fuera del marco textual (el género) —aunque el marco no es el género, como el marco no es el cuadro aunque lo recuadra y lo encuadra como con ciertos cuadros de Magrite donde el marco es el centro del cuadro, cuando el crítico y sobre todo si anula toda expectativa favorable, es cuando alcanza el secreto enigma de la escritura: falsa la escritura, falso el autor, falso el lector, que otra cosa puede ser un crítico. El crítico —ese lector que cree que el libro está escrito para él cuando en realidad está escrito para otros, para algunos otros— debe, imperativo categórico del goce, leer lo que el texto dice, pero también lo que no dice, y también la manera de decir y también lo el texto desdice, ese descontar que es la ley de la escritura. Un texto verdadero —más allá de las identificaciones detectivescas y policiales— desdice el género, lo corroe y cuando puede lo ignora, se promete a una lectura futura para desdecir su pasado. La crítica debe decir de qué marca, de qué conservatorio, de qué archivo, de qué inventario, de qué catálogo es el número que al faltar desordena la Biblioteca. En otros términos, ¿de qué biblioteca —macedónica para más datos— es el ejemplar que falta, que está en falta, de Respiración Artificial?


Télam

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