El oficinista, de Saccomanno: entre Blade Runner y Dostoievsky



El oficinistaPara los asiduos lectores familiarizados con el devenir de la obra del autor argentino Guillermo Saccomanno, no es difícil recuperar la génesis de El oficinista; será suficiente remontarse a los cuentos que conforman el volumen llamado Animales domésticos, para encontrar al mismo personaje insatisfecho con la rutina laboral, plenamente alienante, de la oficina y frustrado por un matrimonio que le resulta una cárcel, asfixiado —literal y metafóricamente— por el encierro del espacio que habita y la monotonía de los circuitos ciudadanos que transita. Sólo que entre aquellos y éste, el oficinista de la premiada novela del autor, la escritura ha profundizado en aspectos inéditos hasta el momento en su narrativa y la imaginación ha gestado monstruos en el diseño de una siniestra ciudad del futuro. Es así que, si por una parte, esta novela se inscribe en la estela de las distopías que constituyen una ladera importante de la modernidad narrativa, muy presente en algunas literaturas como la inglesa y la norteamericana (de allí la mención de Blade Runner), con ejemplos memorables como 1984, de George Orwell, o Un mundo feliz, de Aldous Huxley; por otra parte obedece a una poética que no es deudora de la que sustenta al género llamado ciencia ficción, sino del realismo.

Cada vez que usamos la palabra “realismo” deberíamos circunscribir estrictamente lo que queremos decir: tal es la vastedad de sentidos que el término puede adquirir. En rigor, esta amplitud es lógicamente esperable pues está determinada  por el hecho de haberse tramado inextricablemente con el devenir histórico de la cultura occidental; desde Cervantes, puede decirse que la observación del mundo social está vinculada con la narración misma. Dado que el relato existe en toda cultura por cuanto el intercambio social es, en gran medida, una circulación de relatos, los géneros característicamente narrativos, como la novela y el cuento, serían una determinada manera, dominante en la cultura de occidente, de concebir el relato y ponerlo en escritura. Por ello, llamar “realistas” a estos géneros narrativos es, para algunos, una redundancia, por cuanto, habiendo acompañado la hegemonía de la burguesía, cuya historía y forma culminan en el siglo XIX, serían intrínsecamente realistas.

Hay grandes nombres que, más allá de la ortodoxia realista a lo Zola o, entre los argentinos, Manuel Gálvez y los narradores de Boedo, se inscriben en esta tradición pero modificándola sustancialmente, es el caso de Proust, Joyce, Kafka o Musil, nombres que esgrimen, así, el blasón de la modernidad. En nuestra serie literaria, las variables narrativas de cómo se concibe ese registro del mundo —es decir, las modulaciones del realismo— trazan una sinuosa línea en la historia del relato: desde el precursor Echeverría de El matadero, pasando por los cuadros de costumbres, el particular naturalismo de Cambaceres, que contradice la ideología del movimiento francés al que imita, el sentimentalismo boedista y, en el otro extremo, la fuerte denegación macedoniana de la posibilidad de representar, cuya teoría se escenifica en el programático antirrealismo de Borges, modulaciones que, aún situándose en las antípodas del realismo, lo presuponen al denegarlo. Pero podría decirse que al realista siempre, sea como fuere, le interesa el acontecer social y eso apunta necesariamente a la dimensión política de la literatura, sea que el autor se lo haya propuesto deliberadamente o sea que lo que fragua su imaginario deje transparentar la ideología. Esta es la línea donde podríamos inscribir las modulaciones que adopta el realismo contemporáneo, entre las que Saccomanno sin duda imprime su marca personal, pero donde sigue siendo nuclear esa vertiente política. Así, La lengua del malón, novela que instaura su narración desde las primeras escenas —sangrientas, vívidas, bárbaras—  en el bombardeo a Plaza de Mayo en junio de 1955. Esta es la  escena primigenia pues constituye el arché desde el que la escritura vuelve al mismo lugar, que ya es otro, pero siempre haciéndolo mediante el obsesivo regressus de la memoria del protagonista cuya subjetividad ancla en ese momento congelado una historia plena de desvíos, de cavilaciones, de reflexiones sobre la cultura y la política, sobre el erotismo y la sexualidad, que extrae su poder de dos motores irresistibles: el deseo y la pasión y así nos ofrece un modo de sentir el país, la violencia en su historia y sus contradicciones y antagonismos sociales. Obsesión que para el profesor Gómez, protagonista que retorna en la siguiente novela del autor, El 77, puede explicar, desde ese origen, la dictadura iniciada en 1976, razón que sostiene el título elegido, como recordatorio del año más duramente represivo.

Naturalmente, Saccomanno está muy distante ya del realismo tradicional, tal como lo entendía por ejemplo, la gran novela del siglo XIX francés; no pretende plasmar un fresco de la totalidad social, pero vaya si en sus novelas advertimos la impronta de otros grandes que iniciaron la modernidad del personaje y como es evidente, me estoy refiriendo a Dostoievsky, cuya huella es dominante en El oficinista, novela del 2010. El “realismo” saccommaniano —y advierta el lector que uso las comillas— asume aquí la singular hibridez de una dura metáfora social cuya suciedad se maquilla con los abalorios de la ciencia ficción. Los laberintos del deseo, la compulsión, la obsesión del oficinista, su personalidad contradictoria, pues mientras en la superficie es tímido y sometido, en su interior late la tendencia criminal sin reparos morales; por eso cree ver, en el exterminio de su mujer e hijos, la única opción de libertad para poder ser feliz con la mujer de quien está enamorado, son lo que impone su dirección semiótica al relato.  El amor es una ilusoria proyección que sólo conduce a una trampa, porque todo lo es: desde la deteriorada ciudad llena de inmundicias, perros clonados que atacan al que se acerca, muertes absurdas, miseria y animalidad, en tanto la lluvia ácida no lava sino ahonda el desastre, hasta las intrigas oficinescas donde el temor a perder el trabajo sin explicaciones ni motivos evidentes transforma a todos en potenciales delatores de sus compañeros, en enemigos encubiertos, en oblicua alegoría del modus vivendi al que lleva esta coyuntura global.

Esta novela del autor da una vuelta de tuerca sobre su producción anterior, sin abandonar los “núcleos duros” de sus motivos centrales: así, si por una parte nos encontramos con esa imagen distópica que despliega el horizonte atroz de un futuro de fragmentarios detritus, restos de la imaginación progresista de la modernidad, por otra parte, persisten incómodamente otros restos sobre los que siempre vuelve su escritura en pos de un sentido inalcanzable: el trasfondo de una atmósfera social de opresión, temor y represión inexplicables, por la que asoma la interrogación sobre nuestra historia reciente.

Así, entonces, esa interrogación que recorre con diferentes modalidades las novelas de Saccomanno, cobra un estuto narrativo diferente, pero no por eso menos denso. El autor parece haber dejado de lado, por el momento, la necesidad de explicar o entender el horror, que constituía el núcleo obsesivo del profesor Gómez, protagonista de sus dos novelas anteriores, a la vez que el motor que disparaba la escritura memorialística de este personaje; ahora, sólo la ciudad, con sus perros clonados y su lluvia ácida, cuyas causas no conoceremos nunca: acierto de una escritura que apela a la sinécdoque por la cual la parte funciona por el todo. Si lo que hace reconocible el registro de un escritor son “las costumbres de su sintaxis” (las comillas se explican porque la frase es de Borges), esta sintaxis de frases cortas y lapidarias, sin remansos descriptivos que no sean los imprescindibles para enmarcar las condiciones de la atmósfera creada por la ficción, permite fundamentar lo dicho sobre la sinécdoque, lo escueto del trazado elegido para crear este mundo. A su vez, esta marca constituye una de las diferencias significativas respecto de la ciencia ficción: no hay interés en describir un mundo tecnológico futuro ni sus condiciones precisas; se trata de crear un futuro impreciso que, como la pesadilla, deje en la playa de la memoria los restos del naufragio. Porque se trata de eso: una novela de amor que irónicamente plantea la imposibilidad del amor en un mundo de ficción pero que para su autor, es manifiesta consecuencia de esta fase del capitalismo que denominamos globalización.


Elisa Calabrese / Télam

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