Espasmo (capítulo 8), novela de Federico de Roberto


Federico de Roberto por Pietro RizzoVIII – La carta

Cuando los periódicos publicaron la noticia de que, cerrada la instrucción, resultaba de las acordes confesiones de la Natzichet y de Zakunine que la Condesa d’Arda había sido asesinada por la nihilista, y que la acusación defería a la reo al juicio de los jurados, la curiosidad del público, que había crecido desmesuradamente en los últimos días, se aquietó por fin. Los que negaban el suicidio, triunfaban al ver confirmados los razonamientos que habían opuesto a la increíble hipótesis: pero en el otro lado no era muy grande el desencanto, pues a pesar del secreto de la instrucción judicial, se sabía que Alejandra Natzichet, al matar a la Condesa, no había hecho más que obedecer al deseo, casi a la intimación de su desesperada víctima.

Esto no mitiga los juicios de que la homicida era objeto. Sólo en parte se creía en el motivo aducido por ella: que hubiese muerto a la desgraciada italiana únicamente para devolver la libertad al correligionario y restituirle al partido, parecía creíble a los que tenían una alta idea del celo sectario; pero los más reconocían que a éste se habían unido los celos de la mujer amante para determinar el delito. Y si la ferocidad de la rebelde inspiraba terror, nadie perdonaba los celos de la mujer: hasta los más indulgentes para con los delitos de amor, negaban a la pasión de la nihilista toda buena cualidad; la juzgaban fría, dura, salvaje.

Y mientras la nihilista aparecía de ese modo bajo una triste luz, los detractores de Zakunine, sin desdecirse del todo, reconocían la inocencia de éste. No podían arrepentirse enteramente de sus juicios, porque veían que él era el origen de todos los males, y decían que sólo podía relevársele de la responsabilidad material del delito. Los más indulgentes le acreditaban sus tentativas de salvar a la asesino; pero los más severos, por el contrario, le acusaban aún de eso: al correr el riesgo de ser condenado con ella intentando salvarla,¿ no confirmaba él mismo, de la manera más evidente, que ambos eran pasibles de idéntica pena? El sentimiento unánime daba razón, por fin, a Roberto Vérod, que contra todas las apariencias había insistido en creer en el delito, y conseguía, por último, vengar a su amada.

Y mientras los curiosos esperaban más tranquilos el momento de ver la última escena del drama en los debates públicos, Vérod era, sin embargo, el único que continuaba en la angustia.

Si ante el cadáver de Florencia había sentido desgarrársele el corazón; si la increíble idea de no verla más le había casi enloquecido; si la impotencia para vengarla le había roído las entrañas; si el miedo de haber sido él la causa de su muerte había ido a agravar con atroces remordimientos su dolor ya harto grave, todo eso podía haberle hecho creer que ya había llegado al término de una prueba tan cruel; pero un nuevo sentimiento de horror le asaltaba de pronto. En el momento de acusar a los dos rusos, había sentido una secreta turbación, una especie de temor de revelar su amistad por la Condesa; pero el sentimiento de pudor moral, que le impedía referir esa historia íntima, había sido ahogado y vencido por el ímpetu de la venganza. Al referirla había temido que el magistrado no creyera en la pureza de su pasión desgraciada; pero, aun demostrada esa pureza, le había parecido que, en cierto modo, la manchaba. ¿Tenía derecho él de revelar el secreto de una alma? Si esa alma había ocultado no solamente a las otras, sino a sí misma, su propio secreto, ¿podía él revelarlo? Y él, él que conocía los escrúpulos del ser adorado, que le había comprendido y respetado, llegaba a este resultado: que todos le señalaban como un nuevo amante de la muerta…

Al formular la acusación no había pensado que lo que iba a decir al magistrado llegaría un día a ser conocido por la multitud; que él mismo tendría que repetirlo en presencia de un gentío henchido de curiosidad malsana: que el nombre del ser amado correría de boca en boca, que la demostración de la inocencia de su amor no obtendría crédito; que después de haber causado en vida tantas tristezas a su amada, contribuiría personalmente a envilecer su recuerdo. En la necesidad de la venganza, en su odio a los dos malhechores, no había previsto esas consecuencias naturales de su conducta, y al verlas sobrevenir, su tormento había aumentado más allá de toda medida. ¡La víctima inocente caía envuelta, en el concepto de muchos, en el mismo desprecio que pesaba sobre sus victimarios, y algunos iban hasta decir que si la italiana había sido asesinada, merecía su triste muerte por la desordenada vida que había llevado!…

¿Y todo eso para que al final no se supiera la verdad? ¿Cómo vindicar la memoria de la inocente, profanada y envilecida? ¿Debía él, en presencia de todos, el día de los debates, jurar por la Cruz la inocencia de la muerta? ¿O debía más bien desear que el proceso no se llevara adelante, y declarar que se había engañado, y reconocer que la inocente se había dado muerte ella misma evitando así el verse obligada a revelar ante la multitud curiosa, el secreto del ser amado?

El contraste de los dos deberes que pesaban sobre su conciencia, el de vengar a la muerta, insistiendo en la acusación, y el de respetar su memoria callándose, debía haberse borrado al anunciarse la confesión de la reo; pero lejos de eso, en aquel mismo punto se agravaba.

La incertidumbre moral de la imposibilidad del suicidio lo había impulsado a acusar a los dos rusos, aunque sin que por eso pudiera decir sobre cuál de los dos debía recaer principalmente la sospecha. Pero cuando oyó decir que la Natzichet asumía la responsabilidad del delito, semejante resultado le produjo tanto descontento, como el que le habría causado la confirmación del suicidio. Al ver probada la inocencia de Zakunine, veía que había lanzado la acusación por odio directo a él, bajo la inspiración de una voz secreta que le decía que ese era el asesino: a ese hombre, no a la mujer, tenía que pedir cuentas de la muerte de la infeliz. Y, por fin, se determinaba la ambigua sospecha: Vérod reconocía que había cometido un error al no dirigir desde el principio las investigaciones del magistrado solamente contra el hombre…

¿Podría reparar aún el mal? Si, por alguna razón secreta, por salvar a su correligionario, la nihilista se había confesado autora de un delito que no había cometido ¿no debería insistir él, Vérod, en la acusación contra Zakunine?

Pero ¿cómo, cuando la justicia y la opinión públicas ya se calmaban, viendo lógicamente explicado el misterio, podía surgir él otra vez para refutar esa explicación y denunciar el supuesto heroísmo de la joven, la supuesta infamia del asesino que por salvarse dejaba sufrir a una inocente?… Al hacer tal cosa, habría dado la razón a los que le creían amante afortunado de la muerta y celoso rival del Príncipe! Cuanto mayor fuera el celo que desplegara al acusar a éste, cuando su inocencia parecía ya demostrada, tanto más naturalmente se habría creído que sólo un odio ciego lo animaba, y su amor por la Condesa habría sido la explicación de ese odio, de su deseo de venganza! ¡La confesión de la Natzichet había hecho olvidar su pasión y le permitía hasta evitar el mencionarla de nuevo; pero para proclamar mentida aquella confesión, debía intervenir aún más activamente que antes, insistir en el sentimiento que lo había unido a la Condesa, exponerlo a las sospechas profanadoras!… ¡Sí; mas, para evitar tan intolerable daño, debía calladamente admitir la inocencia de Zakunine!… ¡Y ante esa idea se sublevaba todo su ser: ¡no! si había un culpable era él! ¡Nadie más que él podía serlo!…

¡Si había un culpable!… Efectivamente: suponiendo que Vérod denunciara al juez la mentira de la Natzichet, ¿cómo podría convencerle de la culpabilidad de Zakunine? Si la inocente se acusaba por salvar al reo, ¿cómo inducir al reo a confesar? A falta de testimonios, solamente la confesión de uno de los dos acusados podía excluir la idea del suicidio; ¡negado el valor de la declaración de la nihilista, y no pudiendo obligar a su compañero a inculparse, el resultado inevitable sería que el juez volviera a afirmarse en la opinión de la muerte voluntaria!

Así, a cualquier lado que el joven se volviera, cualquiera que fuese el partido que pensara tomar, el daño era cierto. Que el instinto lo engañara, que solamente el odio lo lanzara contra Zakunine, eran cosas que Vérod se negaba a sí mismo: si hubiera podido inspirar al juez una certidumbre tan firme como la suya, la condena de aquel hombre habría sido segura. Demasiado grave, demasiado triste era que el homicida se fuera impugne; pero más triste y más grave era que otra persona pagara su crimen.

Aquel amor a la justicia, aquella sed de verdad que había animado a la víctima, ¿no se sentirían descontentos y ofendidos por el triunfo de la mentira? ¿No era, por consiguiente, deber suyo confundir esa mentira? Y aunque no hubiera idolatrado en vida a la víctima y ansiado después vengarla, ¿no debían incitarle a salvar a la inocente y desenmascarar al culpable ese amor a la justicia y esa sed de verdad que la difunta le había inspirado?…

Entonces, de lo más profundo del corazón, de los íntimos repliegues de su alma, surgía otro recuerdo débil, pero no por eso menos claro: la víctima se había inspirado siempre, no solamente en la verdad y en la justicia, sino en otros sentimientos más fuertes, más poderosos; los sentimientos cristianos del perdón y la compasión… Y la ansiedad del joven seguía aumentando, crecía continuamente.

Su placer y su orgullo habían sido pensar, creer, proceder como el ser amado pensaba, creía y procedía. Lo único que le importaba, sobre todas las cosas, era su aprobación. Su pensamiento había sido su guardia y su tutela. Y muerta ella, ¿no debía todavía y siempre inspirarse en su memoria y seguir sus enseñanzas? ¿No era ese el modo de hacerla revivir?… Y ¿cuál habría sido su consejo, si él hubiera podido pedírselo y ella hubiera podido dárselo? ¿Cómo habría obrado ella en una situación semejante a la que él se encontraba?

Sí: el odio le animaba, le inspiraba el ansia de la venganza. Ante la idea de no poder oír la voz de su amada, de tener que contentarse con un recuerdo invisible, el odio contra el hombre que se la había arrebatado lo dominaba hasta ahogar la voz de todos los demás sentimientos. Si ella no podía inculcarle la idea del perdón, si su recuerdo era ineficaz, la culpa era enteramente de ese hombre.

En los primeros días, Vérod no se había siquiera planteado el problema moral que en ese momento acrecentaba su tormento. Pero cuando el primer ímpetu del dolor comenzó naturalmente a calmarse, como él tenía que habituarse de manera fatal a la idea de la muerte; como todas las fuerzas de su alma se concentraban a recoger, a custodiar, a inmortalizar la memoria del ser que se había alejado para no volver, en su mente comenzó a apuntar la reflexión de si la muerte no se compadecería de aquel odio ciego y de su deseo de venganza. En el instante en que la bala homicida le atravesaba las carnes, en que sus ojos se cerraban a la luz, ¿había aparecido en su cerebro la sombra de un reproche? ¿Podría haber sido reprochable el último pensamiento de su vida?

Cuando Vérod se hacía estas preguntas, la respuesta no era para él dudosa: la difunta había perdonado. Y él ¿debía, a su vez, perdonar? Si quería ser digno de ella, ¿no debía seguir su ejemplo?…

A veces cerraba los ojos e inclinaba la frente, invadido por los recuerdos de sus buenas enseñanzas, casi avergonzado de haberlas olvidado un momento. Otras veces se rebelaba: ¡la vida no puede ser enteramente de amor! Si al mal se opone el perdón, ¿cuál será el premio del bien?… Pero en seguida acudían a su memoria las palabras de su amada: «Si no se concede perdón al mal, si se le opone también el mal, ¿dónde está el bien cuando se le aplica?» Ella decía también que hay que amar la justicia, pero que esta sola no basta en la vida. Puesto que las criaturas humanas son demasiado débiles y pecan aún cuando tienen la presciencia de sus pecados, es necesario ser indulgente para con la suma demasiado grande de sus errores. «¡La justicia indulgente no es justa!…» había replicado él; y ella: «La justicia estricta es impotente: sólo la bondad puede vencer al mal.»

Y él había asentido. ¿Por qué había asentido? ¿No había sido sincero en ese momento? Y si la había dado sinceramente la razón; si había acogido sin segunda intención su precepto, ¿no debía perdonar en ese trance? Al no perdonar era porque entonces no había sido sincero: ¡había fingido para ganársela, para vencerla! ¿De qué debía acusarse: de la pasada hipocresía o de la debilidad presente?

De esa duda salía pensando que la verdad no es siempre la misma, que los contrastes de la vida ponen al hombre en oposición consigo mismo sin que se les pueda imputar mala fe. No, no había mentido al reconocer que la bondad es necesaria: ¿no demostraba, solamente con recordar su prédica del perdón, que la había comprendido? Pero ¿cómo acogerla cuando su razón, su pasión, todo su ser quería y debía necesariamente querer el castigo? Entonces oía estas otras palabras, con tanta claridad y tan firmes, como cuando ella las había proferido: «La verdad es una: el reconocerla en absoluto vale poco, y en ello no hay mérito si no lo afirmamos contra nuestros propios intereses…»

Una noche la vio: le salía al encuentro con los brazos extendidos, las manos abiertas, el rostro alzado al cielo, y profirió esta palabra: «Perdona.» La ilusión fue tan intensa, que el joven se despertó con los ojos bañados en lágrimas.

Pero despierto, pensando que en lo sucesivo tenía que conformarse únicamente con las vanas visitas de los sueños, volvió a sentirse sublevado por el ímpetu de la pasión vengadora. Vagando por los lugares donde había estado con ella, buscando aún algo de ella bajo el cielo, volvía a oír aquella voz que le decía muy quedo: «Perdona.»

Y él se decía: «No puedo.»

No podía. Perdonar sinceramente, con el corazón, no podía, no había podido jamás. Pero ¿dejaría que la justicia procediera a su modo, se abstendría de intervenir? O seguro como estaba del nuevo engaño, ¿no debía revelarlo?

El temor de profanar la memoria de su amor lo detenía. Mas, ¿no lo había dejado ya profanar? ¿No quería escuchar la voz del perdón, no tenía necesidad de que la muerta le perdonase?… Para sostener la acusación contra Zakunine le era menester explicar que éste había estado celoso de él y había creído fundados sus celos. Eso no era posible. ¿Qué hacer?

«Perdona,» seguía diciendo la voz.

Y él oía, y no ya en secreto, no ya en sueño, sino con toda claridad, en plena luz. Un día, errando por la misma montaña donde había servido de guía a su nueva hermana, se encontró delante de la capillita que ella no había podido abrir con su débil mano. La puerta estaba cerrada, como entonces. El joven se detuvo tembloroso; sus pestañas se agitaban sobre los ardientes ojos. En esa tosca llave mohosa se había posado su blanca mano. Quiso abrir, y luego se contuvo, temeroso de borrar las trazas de aquella mano. Pero su brazo se extendió otra vez, y la puerta gimió sobre sus goznes. Su temblor aumentó. Allí, en la capilla la veía delante de él, arrodillada, la cabeza baja, las manos juntas, vuelta hacia el altar, cubierta con un vestido color de fuego…

Vérod cayó de rodillas, rompiendo a llorar. Y en medio de su llanto oyó claramente la voz que le decía: «Perdona…»

Al día siguiente le llamó el juez. Era la primera vez que se encontraba ante el magistrado desde el día en que éste, después de triunfar sobre sus argumentos, le había dicho que creyera en el suicidio. La confusión del joven era extrema, pues no sabía qué podían querer de él todavía.

—Necesitaba, ante todo—le dijo Ferpierre,—reconocer mi error y decir a usted que tenía razón. Ha sido providencial que usted insistiera en la acusación, a despecho de la evidencia, porque sin la insistencia de usted, sin la confianza de que le vi animado, yo habría probablemente dejado de mano las indagaciones ulteriores que me han conducido al descubrimiento de la verdad. Sin duda a estas horas usted sabe ya lo que ha pasado; pero yo he querido confirmarle personalmente que su amiga ha sido asesinada. La Natzichet ha confesado su delito, y el Príncipe, que se había callado en la esperanza de poder salvarla, ha confirmado su confesión.

Roberto Vérod permanecía mudo y confuso.

—¿Está usted contento ahora?

El joven no contestó.

—Ha prestado usted un servicio a la justicia. Sin usted, el asesinato habría quedado impune, o lo que es peor, un inocente habría pagado la culpa ajena. Había un culpable y el instinto que se lo advertía a usted no le engañaba: la única diferencia es que las acusaciones de usted contra el Príncipe han resultado infundadas.

Ferpierre se calló otra vez un momento para dar a Vérod tiempo para decir algo, y luego, como éste siguiera silencioso, continuó:

—El Príncipe no podía querer la muerte de la Condesa cuando volvía a amarla, con un amor vehemente y tímido a la vez, que obligaba, a un rebelde como él, a desistir de su propaganda revolucionaria, a renegar de su pasado, de su fe política, de sus cómplices. Y eso era porque sabía que usted estimaba y había obtenido el afecto de la Condesa, aquel afecto antes desdeñado por él. ¡Así razona el corazón humano!… Entonces su cómplice le vio perdido, no solamente para el partido sino aun para ella misma, porque le amaba y sufría al pensar en que era de otra, al verse confidente de aquel amor resucitado. Y fue en busca de la rival, a imponerla que le dejara, y tuvo con ella una tempestuosa explicación que terminó con el delito. Todo lo ha confesado.

Hubo una nueva pausa del juez, a la que Vérod opuso todavía silencio.

—¿Está usted contento?—le preguntó el juez.

—¿Por qué me lo pregunta usted?

Y los dos hombres se miraron fijamente.

—Debería usted estar contento, me parece, de haber vengado la memoria de su amiga, confundiendo a la reo y obteniendo el triunfo de la verdad y de la justicia.

Ambos volvieron a mirarse en silencio.

—¿Y usted no está contento?…—dijo por fin Vérod.

En la pregunta del juez había visto una especie de incitación, casi una provocación a decir por entero su secreto pensamiento, como si su pensamiento secreto fuera el mismo del juez.

—Yo no tengo pasiones que satisfacer—respondió éste.—Un solo amor me guía: el amor de la justicia…

—Si se ha hecho justicia…

—¿Lo duda usted?

—A mí no me tocar dudar…

—¿Quiere usted decir, entonces, que yo debo dudar? ¿Y por qué?… Usted ha denunciado un crimen: el crimen está probado. Usted no ha sabido decir cuál de los dos posibles autores del delito fuese realmente culpable, toda vez que ambos eran capaces de delinquir: ¡la culpable se acusa a sí misma!… ¿Querría usted decir quizás que la sola confesión no basta? ¡Yo lo sé! Pero eso es cuando no está comprobada. Un loco puede declararse autor de un delito, mas no podrá dar las razones de su acto, ni explicar sus circunstancias. Pero aquí ¿no está explicado todo? ¿La declaración del otro no la confirma?… ¿O niega usted fe a esta prueba?

—Sí—prorrumpió Vérod, cuyas dudas habían ido creciendo hasta manifestarse con precisión, robustecidas por las curiosas preguntas del juez.—Sí; le niego fe, como usted también se la niega, porque esa declaración no es desinteresada, desde que el que la dio tenía en mira su propia libertad; porque no solamente un loco puede declararse autor de un delito que no ha cometido, sino también aquel que quiere sacrificarse…

—¿Entonces, usted sostiene?…

—Sostengo—añadió el joven rápidamente, como si quisiera no darse el tiempo de pensar en lo que decía, y para hablar se venciera a sí mismo:—sostengo que esa mujer se sacrifica por amor, por celo sectario; que el asesino aprovecha de su sacrificio para asegurarse la impunidad. Digo que el asesino es él, que no puede ser otro que él…

Sí; Vérod tenía que decir eso. La voz del perdón se callaba; esa voz jamás había hablado. Aquello había sido un sueño, una alucinación. La verdad era otra: el ser amado yacía bajo tierra, las manchas de su sangre no se habían borrado aún; la sangre pedía venganza, y él debía obtenerla.

—¿Por qué no lo dijo usted antes? ¿Por qué vaciló al principio?

—Porque aún no sabía, porque no había reflexionado lo bastante; porque usted no creía en el delito y todas mis fuerzas se concretaban a negar el suicidio.

—¿De modo que no sólo ese hombre habría matado, sino que llevaría su infamia hasta dejar condenar a una inocente?

—¿Se asombra usted? ¿No es natural que ese individuo esté lleno de júbilo?

—¡Esa idea es horrible! Comprendo que el odio lo ciegue a usted, pero yo no soy ciego. Ese hombre no es tan perverso como usted cree: en su vida hay actos de valor, y su actitud en presencia del cadáver y en los primeros días de la prisión no ha sido de júbilo.

—En los primeros días… ¿Y en los demás?

Al oír aquella pregunta, el juez reflexionó un momento antes de contestar.

Era verdad. Cuando la nihilista confesó, él había prestado crédito inmediato a su confesión; pero la duda comenzaba ya a asaltarlo de nuevo. Si la joven se sacrificaba, ¿qué valor debía acordar a su confesión y a la confirmación de ésta por el Príncipe?… No obstante, él había interrogado de nuevo a uno y a otro, separadamente y juntos, y ambos se habían mantenido firmes en sus declaraciones.

En el careo les había descubierto algunas contradicciones: mientras la Natzichet aseguraba que en el punto culminante de su explicación con la Condesa, oyendo la voz conturbada del Príncipe que llamaba, había disparado el tiro, temerosa de que al aparecer él ya no se le hubiera presentado otra oportunidad de deshacerse de su rival, el Príncipe afirmaba, por el contrario, haber acudido al oír el tiro desde lejos. Puestos nuevamente el uno frente al otro, la Natzichet se había corregido, declarando que creyó oír su voz, pero sin duda en su sobreexcitación se había engañado. Otros pequeños pormenores habían afirmado a Ferpierre en la sospecha de que, como en los anteriores interrogatorios, en ese también la joven tomaba en cierto modo la iniciativa de la explicación del drama, e incitaba al Príncipe a seguirla; pero, con todo, estaba decidido a enviarla ante los jueces para que el debate público acabara de arrojar la luz sobre aquel misterio.

Antes, sin embargo, había querido llamar a Vérod para ver si también él dudaba, para discutir con él sus nuevas sospechas.

—En los primeros días estaba oprimido por el dolor—contestó, después de haber examinado todo aquello mentalmente una vez más;—pero después se vio que la prisión le hacía sufrir.

—¿Ve usted?—exclamó Vérod.—Al principio comprendió el error de su crimen; más tarde, vio que su libertad era segura. ¡El medio ha sido demasiado fácil!

Así había pensado también Ferpierre. Aquel hombre, en quien se sucedían repentinamente diversas impulsiones, que no era totalmente incapaz de practicar el bien, pero que obedecía con mayor prontitud a las insinuaciones del mal, había estado, sin duda, próximo a confesar; pero la disposición de su espíritu había cambiado de un momento a otro, y entonces, ansioso de libertad, no había tenido escrúpulo para aferrarse a la tabla de salvación.

—Si él es tan infame, ¿quiere decir que la Natzichet posee un corazón heroico?

—¿Qué le impide a usted admitirlo?

Lejos de negarlo, el magistrado había reconocido expresamente que por el ardor de su fe, por la tenacidad de sus sentimientos, la joven era capaz del heroísmo.

—Pero ¿cómo sorprenderla? ¡Su explicación del delito era completa! Tenía dos razones para cometerlo: el amor y el fanatismo.

—¿Uno y otro no debían aconsejarla que salvara al hombre amado y al correligionario?

También eso era cierto. Si el Príncipe había muerto a la Condesa, la joven debía intentar salvarle, tanto por amor al hombre, como por amor al partido.

—Bien; pero ¿y la prueba?

—¡Ah! ¡la prueba! ¡Hay que encontrarla todavía!

—Pues entonces, y mientras encontramos esa prueba, tanta razón tiene usted de insistir en su sospecha, como yo en volver a mi primera opinión.

—¿Por qué?

—¡Porque sí! ¡Yo vuelvo a creer que la Condesa se ha matado!

—¿Después que ellos admiten la existencia del delito?

—¿Y cómo la admiten? ¡Usted no sabe cómo, en qué circunstancias se ha declarado culpable la Natzichet! ¡Confesó cuando yo la dije que el Príncipe había confesado! ¡Le vio perdido y quiso salvarle!

—¿Y eso no le demuestra a usted de una manera luminosa que él, sólo él es el asesino?

—¡Pero él nada ha confesado! ¡Yo fui quien dije eso, como recurso desesperado!

—¡Y no ve usted que dijo la verdad!—arguyó Vérod.—¡Si esa mujer hubiera sabido que Zakunine era inocente, se habría reído al oírle a usted! ¡No lo habría creído! ¡Habría descubierto el ardid! ¿Cómo podría creer que su amigo había confesado una culpa jamás cometida por él? Si esa mujer creyó lo que usted la dijo, ello significa que usted dijo inconscientemente la verdad. ¡Y ha querido salvarle, porque le ha visto realmente perdido!

Ferpierre no contestó.

Estaba maravillado de no haberse hecho aún esa obvia observación entre tantas otras. Y sentía todo el peso de la clarísima observación, y veía, además, que si ésta correspondía a la verdad, él se había extraviado por un falso camino.

—¡Hipótesis o presunción como todas las demás!—exclamó bruscamente, deseoso de negar, por medio de la confusión, la importancia que en su interior atribuía a las palabras del joven. Lo único que hacemos es pasar de una hipótesis a otra, ¡Si la Condesa no se ha matado, ha sido asesinada; si no ha sido asesinada, se ha dado la muerte por su mano! El delito es obra de la nihilista, si no ha sido cometido por Zakunine; ¡si la nihilista es inocente, Zakunine es el reo! ¡El apasionamiento de usted no constituye una prueba! ¡Mientras no me traiga usted una prueba más válida de sus apasionadas afirmaciones, por muy severos que queramos ser con los acusados, no podremos hacer otra cosa que absolverlos a ambos, por falta de indicios!

Y casi bruscamente, le dijo que podía retirarse.

Cuando se quedó solo dio orden de que no se dejara entrar a nadie más. La gravedad de sus pensamientos en ese instante y la irritación que sentía contra sí mismo, no le permitían ocuparle de otro asunto.

La observación que le había hecho Vérod era justísima: ¿Cómo negar su valor? Si tantas dudas había concebido ya él mismo sobre la confesión de la Natzichet, ¿cómo no admitir aquélla? Era la más considerable de todas. ¿Así, pues, la pasión del joven servía de algo, mientras que la sangre fría que él estaba obligado a mostrar de nada servía, puesto que el joven era quien veía con mayor claridad?

Cierto; sin el ardid que había empleado con la nihilista, el Príncipe y ella misma habrían continuado negando, escudándose con la verosimilitud del suicidio. Era también evidente que de los dos, el más cuidadoso de la salvación común había sido, desde los primeros días, la Natzichet. En todos los interrogatorios se había esforzado visiblemente por empujar al Príncipe a la defensa. Había reconocido ser su querida y le había exigido que confirmara esta declaración, deseosa de impedir que se descubriera la resurrección de su amor por la Condesa, resurrección que podía hacer sospechar que la causa del delito fueran los celos. Después, creyendo que Zakunine se había confesado celoso y reo, había inventado su propia intervención entre los dos actores del drama. ¿El silencio y la tristeza de Zakunine, no podían ser, no eran, el remordimiento del culpable? Como quiera que fuese, el Príncipe se había mostrado, durante los primeros días, tal vez en fuerza de tanto dolor, indiferente a su suerte.

Todo esto hacía pensar a Ferpierre que en realidad había cometido un error al emplear su ardid contra la joven: más bien debía haber dicho al Príncipe que la Natzichet se confesaba culpable. Y debía haberlo dicho cuando Zakunine estaba aún bajo el peso del dolor; entonces, probablemente, no habría tolerado que otra persona sufriera por él, y habría confesado la verdad.

¡La verdad!… Si esta era la verdad verdadera, ¿cómo saberlo? Puesto que la Natzichet quería salvar al Príncipe, ¿no habría hecho, después de que éste se hubiese confesado en realidad culpable, lo mismo que hizo al oír el relato capcioso del juez? ¡Y entonces, acusándose uno y otro, la confesión habría sido mayor! O ¡quién sabe si el careo habría sido fructuoso!

Pero ya los careos eran inútiles. Decidido a aprovechar de la generosidad de la joven, Zakunine la reconocía culpable, y desde que ella insistía en su confesión, ¿cómo desmentirlos?

Ferpierre pensó en volver a llamar a la Natzichet y decirla: «¿Usted cree haberle salvado? ¡Lejos de eso, le ha perdido usted! ¿Por qué ha confesado usted? ¿Porque yo la dije que él mismo me había confesado haber muerto a la Condesa? Pues bien: ¡eso no es cierto; él no ha confesado nada! Yo he dicho una mentira. Pero ahora veo que ésta que yo creía mentira, es verdad, y usted misma, sin quererlo, o mejor dicho, queriendo lo contrario, me lo ha probado. Si hubiera sido mentira, usted se habría reído al oiría. Y, en cambio, ha temblado usted por él, y ha tratado de salvarle, aunque en vano…»

Pero Ferpierre se detuvo bruscamente, previendo que la joven no se habría quedado sin contestar: «No me reí de la mentira, porque en vez de risa tenía que causarme pena. Creyendo que usted me decía la verdad, pensó que Zakunine se acusaba por salvarme, y como él es inocente y yo soy la culpable, no me reí, sino que temblé y dije a usted la verdad…»

¿Qué contestar a eso? ¿Y cómo probarla que mentía?… ¿Y si no mentía? ¿Si era realmente culpable? ¿Si su conducta no era la de una heroína salvadora, sino la de una reo confesa? ¿Cuál era la razón para no creerla verdaderamente culpable? ¿Era posible que con tanta habilidad hubiera construido y descripto con tantos colores un falso desenlace del drama; que hubiera sabido relatar un cúmulo de mentiras con voz tan turbada, con expresión tan sincera?

Entonces Ferpierre volvía a medir las probabilidades, a ahondar las presunciones, a rehacer la tarea de todos aquellos días, deteniéndose ya en una, ya en otra hipótesis, reconociendo una vez más las inextricables dificultades del caso.

¿Debía renunciar positivamente a toda investigación ulterior? ¿Había que perder en realidad la esperanza de obtener una prueba incontrovertible? ¿Y cómo concluir el largo y ya vano sumario? ¿Rechazando la acusación, afirmando que la Condesa se había matado, y que la Natzichet se acusaba solamente por el temor de ver condenado al Príncipe, aunque era tan inocente como él, y que por esta razón las versiones de uno y otra no habían estado de acuerdo?… ¿O volviendo a la hipótesis, ya excluida como la más improbable, de que ambos fuesen culpables, de que la Natzichet hubiera ayudado a su amante a ejecutar el asesinato con el robo por móvil, y tratado después de salvarle, acusándose?

Cada una de estas conclusiones repugnaba al magistrado; pero éste necesitaba decidirse por alguna, y ya pensaba en hacer una última tentativa cerca de los dos rusos, cuando, no obstante las órdenes que había dado, oyó llamar a la puerta. El ujier, pidiendo disculpa por la contravención, le entregó un pliego del procurador general: dos palabras subrayadas en un ángulo del sobre, indicaban que la comunicación era urgente.

Ferpierre rompió distraídamente el sobre, pues nada le parecía urgente si no era salir de una situación tan ambigua. Dentro había dos papeles: un telegrama y una nota del procurador general. Este le escribía:

«Transmito a usted inmediatamente el despacho que se acaba de recibir del cónsul helvético en Edimburgo. Ahora podremos, por fin, saber con precisión algo sobre el misterio de Ouchy.»

Y con mano que la ansiedad hacía temblar, Ferpierre abrió la otra hoja, que decía:

«Sor Ana Brighton vive en Stonehaven, Condado de Kincardine, Escocia. Ya se ha acordado lo necesario con la magistratura inglesa para recibir su declaración.»

Ya la curiosidad pública se había despertado, más ansiosa que nunca, al saberse que la instrucción no estaba cerrada aún como se decía primero; que el magistrado desconfiaba de la confesión de Alejandra Natzichet, y que todo volvía a quedar sujeto a nuevas dudas en el momento en que el misterio parecía descubierto. Las discusiones recrudecían, apasionadas e inútiles, entre los que sostenían la sinceridad de los nihilistas, los que veían en su conducta una nueva prueba de la culpabilidad del Príncipe y los que volvían con mayor confianza a la versión del suicidio, imputando a los métodos inquisitoriales del magistrado la confesión arrancada a una inocente. Pero los más reconocían que la justicia se encontraba en presencia de uno de aquellos casos dudosos de cuya solución hay que desesperar hasta que alguna circunstancia inesperada viene a aclararlos, y que con mayor frecuencia permanecen irresolutos para siempre.

La noticia de que por fin se había encontrado a Ana, llevó la curiosa expectación al grado de la fiebre. Su declaración, la última carta que le había dirigido la Condesa, pocas horas antes de su muerte, lo iban a explicar todo.

No era general, sin embargo, esta confianza, y el mismo Ferpierre, después de su primer movimiento de estupor y de placer al recibir comunicación del telegrama, temía no poder salir aún de la duda. Si la muerta hubiera confesado que iba a suicidarse, si había enviado a la hermana su último adiós, ésta, al recibir la carta, al leer aquel anuncio, ¿no habría debido acudir, o por lo menos contestar, o tratar de conseguir otras noticias, de saber si Florencia había puesto en ejecución su funesto propósito? Y puesto que todos los periódicos del mundo habían hablado de la catástrofe, de la acusación, de los arrestos y del sumario, ¿no era para la religiosa un deber de conciencia enviar la carta a la justicia? Esta nada había recibido; por consiguiente, la carta no anunciaba el suicidio.

Natural era, pues, considerar como singularmente empeorada la condición de los acusados. Si faltaba en la carta una explícita alusión al desesperado propósito de su autora, tenía que parecer menos probable que nunca el que, una hora después, ésta se hubiera matado; pero ¿a cuál de los dos acusados se debía imputar el delito? ¿Se podía abrigar la esperanza de que la Condesa hubiera expresado en la carta el temor suscitado en ella por la amenazadora actitud de uno u otra? ¿No era más probable que la carta no fuese explícita en sentido alguno, y que, aun confirmando la angustia que embargaba a la infeliz, no anunciara la intención de ésta de morir? En tal caso, la ambigüedad iba a subsistir.

Una primera noticia, dada por los diarios ingleses que anunciaban el descubrimiento del paradero de sor Ana Brighton, destruyó las dudas del magistrado. La religiosa, decían esas hojas, estaba atacada de una grave parálisis, había perdido el uso del cuerpo y de la palabra.

Un telegrama de Londres para el Journal de Genève precisó, al día siguiente, que la enfermedad databa de un mes, y que el ataque apoplético, según la declaración de la prima de sor Ana, su única parienta, la había sobrevenido al leer una noticia funesta.

Y cuando una semana después, recibió Ferpierre con la confirmación de estos rumores el expediente formado por el magistrado escocés, vio que una vez más se había equivocado en sus previsiones. Sor Ana no había podido contestar a la Condesa ni iluminar a la justicia porque al leer la carta de su antigua alumna predilecta había caído como muerta.

Aquella carta, hallada a su lado y unida al informe junto con otras que no tenían importancia, decía:

«Sor Ana, ruegue usted por mí. Ruegue usted mucho, con todo el fervor de su buena alma, porque tengo necesidad de mucho perdón.

»Esta es la última carta mía que usted recibe. Si un día sabe usted lo que he hecho, recuerde usted el nombre que siempre desde la primera vez que gocé de sus caricias quiso darme: recuerde usted que me ha llamado hija suya y como a tal me ha amado: para su hija siempre será usted indulgente.

»Dios lee en mi corazón. A usted no puedo ni quiero decir qué tempestad me destroza. ¡Bendita usted que no conoce el error! ¿Para qué hablarle de aquello con que yo lucho? Piense usted solamente esto: que si he pecado mucho, ahora quiero huir de otras culpas. Me encuentro reducida a una condición tal, que todo es para mí culpa y error. Sólo la muerte puede librarme: yo debería esperarla, porque no tardará; pero el mal no espera, no.

»Si la apeno, perdóneme usted. Piense usted que no tengo a nadie más en el mundo a quien decir estas cosas en esta hora extrema. Todavía quisiera dirigir a usted otro ruego: acepte usted mis memorias, que dejo para usted. Estoy segura de que las conservará usted con el amor que siempre me ha tenido.

»Sor Ana, ruegue usted por mí.»


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