Espasmo (capítulo 5), novela de Federico de Roberto


Federico de Roberto por Pietro RizzoV- Duelo

La lectura de las memorias había demostrado al juez Ferpierre que la Condesa d’Arda se encontraba en situación de tener que pensar en la muerte como el único término de su desventura. Pero esto no impedía al magistrado comprender que debía considerar el otro aspecto del problema y profundizar los argumentos aducidos por Vérod contra la hipótesis del suicidio. En ese nuevo amor que la Condesa combatía con la previsión de la caducidad y más aún con la conciencia del mal, había grandes perspectivas de gozo, la mayor incitación a vivir; el mismo empeño con que ella se imponía su privación, demostraba su fuerza y además no existía una explícita confesión del intento del suicidio, y, por lo tanto, quedaba siempre la posibilidad de que, no habiéndose matado al principio, en el largo tiempo transcurrido desde que había conocido a Vérod, tampoco se hubiera dado la muerte al último, sino que hubiera sido asesinada por uno de los rusos: el asesino aprovechaba así la verosimilitud del suicidio y escaparía a la acusación.

Para aclarar el misterio, convenía conocer con precisión las relaciones que habían mediado en los últimos tiempos entre la Condesa y el joven, cuáles habían sido las instancias de él, cuáles las promesas de ella. Las cartas escritas por Vérod a la Condesa, dos o tres por todo, nada decían de notable: expresaban solamente la gratitud del joven por la visita al sepulcro de su hermana, y el deseó y la esperanza de verla de nuevo. Ninguno de los otros papeles de la difunta arrojaba la menor luz: los más importantes eran un legajo de cartas de aquella sor Ana a quien la Condesa había escrito la mañana misma de la catástrofe.

Sor Ana la trataba verdaderamente como a hija, y en sus palabras de consuelo, en sus llamamientos a la fe cristiana, se comprendía que contestaba a algunas cartas en que la muerta le hablaba de sus dolores y de su desesperación.

Ferpierre había dispuesto ya, por intermedio de la legación inglesa en Berna, que se buscara a la hermana Brighton en Nueva Orleans, donde estaban fechadas sus cartas, para saber por ella lo que su antigua discípula la había escrito el día de su muerte. También había ordenado que el domicilio de la difunta en Niza y el del nihilista en Zurich fuesen registrados, y había pedido informaciones sobre Zakunine a la legación de Rusia.

Mientras tanto, hizo el magistrado llamar a Vérod, para que le explicara con precisión cuál había sido su situación tocante a la Condesa. El acusador había dicho, en el primer interrogatorio, que la víspera de la tragedia se había encontrado con ella y que nada le había hecho sospechar lo que iba a suceder al día siguiente: el juez consideraba urgente saber lo que se habían dicho en este último coloquio.

Cuando Vérod se le presentó, Ferpierre se sintió impresionado por su palidez cadavérica, por el abatimiento que toda su persona revelaba. Aquella noche de angustia había pasado por sobre el joven como una década entera: se había envejecido diez años.

—¿Sigue usted todavía—comenzó a preguntarle el juez—en la misma opinión de ayer? ¿Cree usted todavía que su amiga ha sido asesinada?

—¡Lo creo!—contestó Vérod con energía, estremeciéndose como el herido que siente el hierro revolverse en la llaga.

—¿Y ha encontrado usted otras pruebas o argumentos que confirmen su acusación?

—Todavía no.

—Pues bien: conversemos un momento. Sí no encontramos alguna demostración material de la verdad, lo que parece demasiado probable, resulta que estamos empeñados en un proceso indicador, cuya solución depende de un problema psicológico. Lo que importa ante todo, es conocer el estado de espíritu de la Condesa en los últimos días. Pero dígame usted primero: ¿se acuerda usted bien de todo lo que aconteció entre usted y ella desde que la conoció?

—De todo. Cada una de sus palabras está impresa en mi memoria de una manera indeleble, y nada podrá hacerme olvidar jamás una sola de ellas.

—¿Qué día la conoció usted?

—El 13 de julio del año pasado.

—¿Recuerda usted alguna fecha saliente en la historia de su amistad con ella? ¿Sucedió algo entre ustedes el 12 de agosto?

Roberto Vérod se pasó una mano por los ojos antes de contestar, y luego dijo en voz baja:

—Sí. Estuvimos juntos. La acompañé a la montaña.

—¿Qué le dijo usted?

—Nada. Había otras personas con nosotros. Yo hablé poco, y además, si hubiéramos estado solos, no le habría dicho nada. Esto no quiere decir que yo no experimentara el deseo de decirle cuáles eran mis sentimientos, pero las palabras eran ese día más superfinas que de costumbre. En el bosque de Comte, bajo la luz verde, entre las altas columnas de los árboles, se me aparecía como una prodigiosa flor animada, su belleza florecía como la flor de la vida. El aire estaba lleno de perfumes. Yo cogí muchas, muchas flores para ella, y sólo éstas podían decirla mi pensamiento, cuando se las ofreció mi mano temblorosa, después de haberlas cogido en las faldas de los montes. Pronto tuvo la cintura enteramente florida, y en su mirada florecía también una sonrisa…

—Pues bien; mire usted, lea…

Ferpierre tomó el diario, lo abrió en la página en que había encontrado las flores y lo pasó al joven.

«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un nuevo dolor.—La noche del 12 de agosto.»

Roberto Vérod contemplaba las flores muertas, y releía con los ojos enjutos aquel mortal pensamiento. Ya no podía llorar.

—¿Comprende usted, el significado de estas palabras?—repuso Ferpierre.—Me parece que es demasiado evidente. Mientras se encontraba junto a usted, ante el homenaje que usted le rendía, al descubrir el amor que usted le profesaba, se sentía aliviada de su larga opresión y pensaba por virtud de su nuevo gozo olvidar el dolor; pero más tarde, en la noche, reflexionando a solas sobre su condición, reconocía que no podría corresponder a la pasión de usted, que tenía que renunciar a la felicidad tan esperada, y que, si su antiguo dolor se desvanecía, esto no era obra del gozo, sino muy al contrario la de un dolor más grande.

La tristeza de este pensamiento es en verdad mortal, y ella ha sabido expresarla en una forma incisiva que daría envidia a cualquier escritor de profesión.

Ya al leerlo había sospechado que se refiriese a sus relaciones con usted, y ahora, después de lo que usted me ha referido, la verdad me parece evidente. Vea usted, pues, que el nuevo amor no era para la desgraciada señora un motivo de esperanza, sino de desesperación extrema.

Vérod había escuchado inmóvil, teniendo todavía apretado entre las manos el diario de la difunta, y no pudo contestar de otro modo que balbuceando, confuso, y casi despavorido:

—¿Usted cree?…

—¿Cómo dudarlo? Lea usted las páginas siguientes.

Mientras el joven leía mentalmente, el juez trataba, en vano, de descubrir en su rostro el efecto de la lectura. Tal era la alteración de las facciones, tan torva la mirada, las ojeras tan profundas, los labios habían tomado una expresión tan dolorosa que la tristeza no podía ya extraer una lágrima de los ojos ni trazar una nueva arruga en el rostro.

—Ya ve usted que mis inducciones de ayer resultan confirmadas por estas confesiones. Su amor acrecentó la pena de esa pobre mujer, lejos de consolarla. ¿Usted no sospechó nunca esto?

Vérod dejó el libro, apoyó la frente en la mano, y contestó lentamente, como hablando consigo mismo:

—Yo esperaba, y creía que ella también mantuviera esperanzas. Precisamente de las esperanzas, hablamos un día y yo dije que no todas tenían la misma fuerza. Las hay tan firmes como la certidumbre más cabal: éstas se pierden en el dolor, en la miseria. Pero hay también una esperanza lejana, tenue, frágil, que mantenemos siempre oculta porque un soplo la desvanecería: esa es la esperanza que jamás muere, que nada impide abrigar. Esto la dije yo. Ella asintió. Y al asentir ¿no participó de mi secreta idea, de que para nosotros lucía aún una esperanza como aquélla?

—Usted me dijo ayer que, aparentemente libre, la Condesa había contraído consigo misma un compromiso irrevocable, en el cual encontraba el obstáculo para su nuevo amor. Tal era, en el hecho, su sentimiento y en muchos párrafos de este diario se encuentra su evidencia. Pero la fuerza del escrúpulo era en ella mucho mayor de lo que sin duda usted creía. Si no, oiga usted…

Y Ferpierre leyó en voz alta las páginas de la memoria más significativas. El sentido de las confesiones le parecía esa segunda vez más claro, la lucha de aquella conciencia más grave. Para demostrar a Vérod la sinceridad de la narradora, leyó todavía otros párrafos, aquellos en que estaban descriptas las ingenuas impresiones de la adolescente y de la esposa. Poco a poco iba reconstruyendo para Vérod la historia completa de aquella alma, como la había reconstruido para sí durante la primera lectura.

—Hay que creer lo que ella misma escribió aquí. Si a usted no le dijo estas cosas, si usted pudo comprender que no desesperaba, eso se explica humanamente. Ni la mente ni el corazón se mantienen siempre en una sola idea, en un solo sentimiento, sin mutación: la fuerza moral crece y disminuye de un momento a otro. En presencia de usted la Condesa podía sentirse menos armada contra las ilusiones: pero a solas, cara a cara con su conciencia, volvía a hallar la fuerza de resistir. Fíjese usted también en esta circunstancia: ella, que consignaba en las páginas de su diario todas sus impresiones, no habla directamente de su amor por usted: a no ser por las palabras escritas la noche del 12 de agosto y el juicio copiado de Verdad y Poesía, no sabríamos, guiándonos por este libro, lo que había agravado su condición. Eso demuestra con claridad que tenía miedo de esta pasión…

—¿Y no demuestra también la fuerza de la misma pasión?

—Sí, es cierto; pero para saber por que partido debía por fin decidirse, es preciso que yo le exhorte a usted a ser sincero: ¿qué fue lo que le pidió usted, y hasta qué punto llevó usted sus demandas?

Antes de poder contestar, tuvo Vérod que oprimirse la frente con ambas manos. Mientras el juez le leía el libro, él iba penetrando los secretos del ser amado, casi reviviendo su vida, y se sentía invadir por un amargo encanto. Su adoración por la belleza de aquella mujer, su compasión por sus sufrimientos aumentaban y le embargaban hasta el punto de olvidar cualquier otro sentimiento: poco faltaba para que olvidara que estaba muerta. Al oír otra vez la acusación de haber sido él quien la había muerto, se despertó bruscamente de su ensueño.

—¿Qué podía pedirla? ¿Se imagina usted que yo fuera exigente con ella, yo que huí de su presencia apenas temí que mis miradas me vendieran? ¿Cree usted que yo intentara violentarla, y que se haya muerto por substraerse a mi violencia?

Esa era, efectivamente, la sospecha del juez. La condición en que la Condesa y Vérod se encontraban podía durar, por más que fuera bastante ambigua, siempre que nada interviniera de la parte del joven para alterarla. Y al juez no le parecía increíble que Vérod, sintiéndose amado, se satisficiera con sólo la amistad pura: si el artista había puesto en juego el sutil expediente de la poesía para seducir a aquella mujer, si había ennoblecido con la magia de la expresión literaria su descontento y sus deseos, la Condesa d’Arda había podido, despertándose del sueño de un afecto paternal, encontrándose inevitablemente en el terrible dilema de vivir pecando o de morir para evitar la culpa, aferrarse al más desesperado, pero menos indigno de los extremos.

—No quiero decir que usted haya sido violento con ella, ni tampoco tratándose de un espíritu como el de su amiga, con la dolorosa sensibilidad que la aquejaba, la violencia habría tenido eficacia para dominarla. Con sólo la natural vivacidad de la pasión, con una de aquellas ardientes palabras que el amor inventa y a ustedes los poetas no les cuesta mucho emplear, debía bastar para arrancarla de la ilusión que la seducía, para demostrarle que era inevitable la transformación de la amistad que la ligaba con usted, y a darle, con la previsión del mal, la idea de substraerse finalmente a una vida demasiado afligida por el dolor. Eso no habría hecho que usted descendiera en su concepto: ella debía pensar que en usted, como hombre, era natural la impaciencia del deseo, que el error había sido suyo, por no haberlo previsto.

—Tiene usted razón—contestó Vérod, meneando lentamente la cabeza.—Eso era natural. Usted no puede creer que una cosa natural no hubiera llegado a realizarse. Usted no creerá que huí de ella, que la respeté, que la obedecí. Usted no sabe la transformación que por la virtud de esa mujer se ha operado en mí.

—Hábleme usted de eso.

—Es difícil. Porque yo tengo la costumbre de dar forma literaria al pensamiento, usted encuentra probablemente en mis palabras la exageración del artista. ¿No ha sospechado usted ya que he recurrido a los artificios del arte para expresarle mis sentimientos?

Era verdad. Por más que Ferpierre se inclinara a compadecerse sinceramente del dolor de Vérod, desconfiaba de él. Aquel hombre parecía mejor que sus obras, pero su arte era demasiado amargo y desesperado. Del más noble y eficaz instrumento, de la palabra, se servía para una obra disolvente. ¿Cómo creer en su bondad?

—No digo—contestó el juez, sorprendido, mal de su grado, por el clarovidente temor del joven,—no digo que, deliberadamente, con estudio, se hubiera usted dedicado a seducirla. Pero todos los hombres…

—No crea usted que yo sea un hombre distinto de los demás—interrumpió Vérod.—La naturaleza de cada uno de nosotros es doble, y las fuerzas morales están latentes hasta en los espíritus incultos: para que puedan obrar se necesita que sean educados y guiados por otros espíritus naturalmente mejores y más fuertes. Aquel ser me reveló cosas que yo ignoraba. Si usted cree en la verdad, la verdad es ésta…

Y con voz trémula, fija la vista en el suelo, le refirió la historia de su amistad con la Condesa. El magistrado le escuchaba con atención más indulgente; pero todavía le quedaba el temor de que por vengar a la muerta y perder al rival, el acusador callara alguna circunstancia y se exhibiera mejor de lo que era en realidad.

—Usted abrigaba, pues, una esperanza, por débil y remota que fuera. Pero ¿cómo no pensó usted que para ella era motivo de temor lo que para usted era motivo de esperanza? Un nuevo vínculo amoroso tenía que envilecerla.

Roberto Vérod miró a su interrogador cara a cara.

—Yo quería hacerla mi mujer ante Dios y los hombres.

Ferpierre hizo un movimiento de cabeza con el que parecía indicar que en tal caso retiraba su observación.

—Pero—repuso,—ella quería ser digna del respeto de usted y no podía esperar conseguirlo sin la aprobación de su propia, conciencia. Note usted que lo que atenuaba la ilegalidad de sus relaciones con el Príncipe, era precisamente la idea, la certidumbre de estar unida con él irrevocablemente. Y al dejarlo, aun cuando fuera para contraer una unión legítima, ¿no había de ver que contrariaba esa idea y destruía aquella certidumbre? El obstáculo, si usted cree en la rectitud del alma de la Condesa, debió parecerle enorme. ¿No es cierto?

Vérod no contestó. Francisco Ferpierre vio que había acertado el golpe.

—Considere usted que el camino en que se había aventurado no tenía salida—continuó el juez al cabo de una pausa.—La única esperanza lícita para ella era que el Príncipe, reconociendo sus propias faltas y repudiando la obra cruenta a que se había consagrado, correspondiese por fin al amor y a la confianza que ella había puesto en él. Entonces, ese habría sido el rescate de su pasión: aunque mala en su origen, habría durado largo tiempo y producido un efecto bueno. Sin duda ya era tarde, pero aunque no pudiera seguir amándole, debemos creer que habría vivido ciertamente tranquila, si no serena. Fuera de eso, no existía el bien para ella. Cuanto más débil era a los ojos del mundo la palabra que la unía a aquel hombre, tanto más fuerte debía ser para su conciencia; puesto que faltaba a esa unión la sanción social y sagrada, más fuerte tenía que ser la sanción moral. No obstante los desengaños, los dolores, los ultrajes sufridos por ella, debía permanecer fiel a aquel que había aceptado como compañero de su vida. ¿Acaso las faltas del marido, por extremadas que sean, autorizan a la esposa desgraciada a buscar la felicidad con otros hombres? Si piensa usted en que el sentimiento de este deber existía en ella reforzado por el empeño de demostrar a ese incrédulo el poder de los escrúpulos escarnecidos por él, reconocerá que la muerte debía presentársele de nuevo y fatalmente como el término de su desventura. Para creer que pudiera consentir en unirse con usted, debe usted admitir que sus escrúpulos no fueron muy sinceros… que fuesen, más bien dicho, muy débiles. Yo sé que la pasión razona de diferente manera; que, según el criterio común, nada debe resistir a la fuerza de amor; pero si esto puede ser cierto en algún caso, lo será tratándose de un amor primero, único: la continua renovación de semejantes triunfos no se efectúa sino a costa de la dignidad, del respeto, del honor, de una cantidad de otras cosas que importan muchísimo en sí mismas. La amiga de usted había seguido ya su camino, extraviada con no prestar oídos más que a la voz del amor, y si en el fondo de su alma existía el laudable sentimiento del rescate que se proponía operar, no por eso dejaba de comprender que había errado. El amor de usted tenía que hacerla ver el abismo ya presentido por ella. Usted mismo con la confianza y la única esperanza de poderla hacer suya un día, la empujaba hacia ese abismo. Quería usted hacerla su esposa; pero ¿era verosímil que, incitados ambos por la pasión y dadas las condiciones en que ella se encontraba, hubieran sabido esperar? Quería usted entrar en la vía recta, pero, ¿no habría sucedido que, infaliblemente, se dirigieran los dos juntos por el camino extraviado? ¿No había ella de prever que le iba a ser imposible resistir?… Usted es poeta; usted conoce la vida, usted estudia el corazón de los hombres ¿de qué le sirve su arte, si no le hizo ver anticipadamente todo esto?

El juez había hablado con mucha severidad. Roberto Vérod guardaba silencio, inclinada sobre el pecho la cabeza.

—Pero volvamos a lo que urge por el momento; ¿no me ha dicho usted que la vio la víspera de su muerte?

—Sí, por la tarde.

—¿En su casa?

—Sí.

—¿Qué le dijo usted?… ¿La habló usted de su amor?

Viendo que Vérod vacilaba en contestar, el magistrado insistió:

—Es necesario, repito, que usted sea sincero. El hecho que parezca menos importante, una palabra, una nonada, pueden ponernos en el camino de la verdad. Si la pasión impulsa a usted a castigar a un asesino, la conciencia debe recordarle que la justicia no reconoce pasiones. ¿La habló usted de su amor?

—Sí.

Y Roberto Vérod temblaba.

El último coloquio con su amiga, el más apasionado, el más íntimo, aquel coloquio después del cual había esperado con nuevo fervor, era para él la prueba de más peso contra los asesinos. ¿Podía pensar jamás en la muerte de la mujer que lo había dejado hablar de un porvenir mejor? Pero Vérod comprendía que, según las inducciones del magistrado, el valor de aquella prueba resultaba invertido; que la contemplación de una próxima felicidad, en la que creía, pero que sentía no poder alcanzar, era justamente lo que la había determinado a dar el último paso. Y si el magistrado tenía razón, la severidad de sus palabras estaba justificada; pero más aún que la severidad de aquel hombre, lo confundía de manera indecible la íntima conciencia del mal causado al ser por quien él debía y había querido velar con todas sus fuerzas. Ya no gritaba de dolor, como la víspera; pero sentía una mano de hierro que le oprimía, le estrujaba y retorcía el corazón: se ahogaba, las palabras expiraban en sus labios, pues tenía que decir la verdad y comprendía que ésta se iba a volver en su contra.

—Sí, la hablé de mi amor… Hablamos de la nueva estación, del frío que pronto nos ahuyentaría de aquí… Yo quería saber adonde pensaba ir, dónde y cuando podría verla otra vez. Ella me dijo: «No sé todavía adonde iré: tal vez a Niza, tal vez a Biarritz. ¿No será mejor ignorarlo, por usted y por mí?…»

—¿Ve usted?… ¿Y después?

—Yo la dije: «Sea como usted quiera. De lejos, de cerca, piense usted en que mi vida es suya…» Ella cerró los ojos. Yo continué: «Es la verdal. ¿Debería ocultarla? ¿No me ha enseñado usted a decir siempre la verdad? Por otra parte, ¿no la sabe usted ya?…» Ambos nos callamos. El cielo se había obscurecido: ella miraba los vapores grises que subían por las cuestas de las montañas y envolvían la vegetación: miraba el lago gris y encrespado, que parecía de plomo; los árboles se doblegaban al impulso del viento, perdían sus primeras hojas. Yo la acompañaba mentalmente en su pensamiento elegíaco delante de la visión otoñal. Le dije: «El color que parece del cielo está en nuestros ojos: el azul es negro en la tristeza; en la alegría, el gris es celeste.» Una nube azulina cruzaba por entre los vapores que rodeaban la montaña y parecía un trozo de cielo. Ella contestó: «Sí, pero ese es un engaño: el cielo está cerrado.» Yo repliqué: «Pronto se abrirá.» Poco a poco se fue cubriendo todo el paisaje, todos los colores habían desaparecido, no se veían otros tonos que el del blanco y el del negro: las montañas negras, el agua plomiza, la espuma plateada; las nubes cenicientas, albas nubecillas, nubecillas pálidas, nubes de color de hierro. Ella dijo: «¿No parece una acuarela?» Yo aprobé, y luego añadí: «En esto hay tanta belleza como cuando el sol resplandece.» Seguí hablando. Agregué que una luz interior iluminaba mi vida entera, que mis ojos no veían ya por todas partes más que formas de la belleza. Su pálida hermosura era en este momento maravillosa, parecía reflejar toda la palidez de la Naturaleza que nos rodeaba. La tomé de una mano. Un calor de vida se transmitía de esa mano a todo mi cuerpo. Ella la retiró, palideciendo más. Yo no dije nada, pero el llanto se me agolpó a los ojos. Ella me dijo: «Comprenda usted que tenemos que separarnos.» Mi respuesta fue: «Su voluntad será cumplida siempre. Si usted quiere, mañana partiré. Esperaré desde lejos. Y si usted quiere que no espere, que no alimente más esperanzas, trataré de olvidarla. Difícil ha de ser destruir la esperanza que rige nuestra vida; y piense usted que mi placer, mi orgullo, mi vanidad, consisten en ser tal como usted desea…» Todo había desaparecido de nuestra vista: la blancura de las nubes, la negrura de los montes se borraban y se confundían en un gris uniforme. La lluvia comenzaba a caer. Ella se estremeció. Yo volví a tornar su mano. Quería decirla que ese era el último saludo, que podía dejar su mano en la mía por última vez. No pude hablar. Ella no retiraba la mano, y yo seguía sin pronunciar una sílaba: un tumulto de ideas me confundían…

—¿No notaba usted la terrible lucha que ella sentía en su interior?

Al oír esta interrupción, Vérod movió vivamente la cabeza.

—No sé, no sé… Demasiados pensamientos me asaltaban, y querían salir a un tiempo, pero una idea me preocupaba sobre todas las demás: «Si hablo va a retirar su mano.» El velo de niebla se iba evaporando ya, y cuando el lago aparecía, las olas espumosas que se alzaban y se deshacían en seguida, producían la misma impresión que dejan las ascensiones rápidas, aturdidoras. Un trozo de cielo se mostró, como una sonrisa. Yo la dije: «¿Ve usted el firmamento azul?…» Ella se levantó.

—¿Y después?—preguntó el juez al ver que el narrador se callaba.

Lo que el joven tenía que decir debía ser más grave, tenía que ser contrario a la acusación, para que lo hiciera interrumpir así su relato.

—¿Y después? ¡Diga usted todo; es preciso decirlo todo!

—Ella habló del otro. Yo sabía que ya no era el amor, sino el deber lo que la ligaba a él. Al levantarse me dijo estas palabras: «Yo no merezco el amor de usted. La sinceridad que aplaudo y exijo a otros me ha faltado a mi. Usted sabe, y yo le he dicho, que no soy libre… Pero el hombre con quien estaba unida me había dejado, usted no le veía a mi lado, ambos podíamos creer que no volvería más. Ahora… está aquí. Si usted quiere que yo continúe estimándole, no me diga más nada…»

—¿Ve usted? ¿Ve usted?

—Yo la contesté: «Sea como usted quiera; pero ese hombre le va a dejar a usted otra vez…»

—¿Ve usted? ¿Ve usted?—repitió el magistrado.—Si usted la dijo esas palabras con el duro acento que usted me las refiere, ¿no pensó usted que el odio que usted manifestaba tener a Zakunine debía inspirarle miedo?… ¿No era natural que se dijese que, a pesar del respeto que usted la tenía, su afecto por ella disminuiría ante la idea de que en el hecho pertenecía al Príncipe? ¿Y qué contestó?…

Vérod había inclinado la frente. Bajando mucho la voz, dijo:

—Ocultó su rostro entre las manos.

—¿Y no se dijo usted en ese momento que ella tenía razón; que entre usted y ella el amor estaba condenado a una triste vida? ¿No comprendió usted que era necesario dejar a aquella mujer entregada a su destino, a fin de evitar uno peor?

—¡No diga usted eso!—prorrumpió Vérod, fijando una mirada entre humilde y ardiente en el rostro del magistrado.—¡No diga usted eso!… Yo no sé, no puedo decir a usted lo que sentí… Sí, tal vez, esa idea, y otras menos definibles, ocupaban mi mente: pero yo la amaba, veía que ella pensaba en mí, que sufría por mí, y huir, dejarla sola, no decirla el ímpetu de mi gratitud, de mi ternura, de mi compasión; no decirla que temblaba por ella, que quería morir por ella, no mezclar mis lágrimas con las suyas, ¡eso era imposible!

—¿Y la dijo usted eso?

—Debía decírselo. Ella me oyó. El temporal había terminado, el sol resplandecía sobre la lozana verdura. La dije que la tempestad de su vida se tenía que calmar algún día, y que ese día yo sería aún suyo. Ella suspiró: «¡Si nos hubiéramos conocido antes!…» Yo seguí hablando. Nada la pedía, pero deseaba y debía decirla que en el mundo nada hay irreparable; que esta vida sería verdaderamente demasiado amarga si la esperanza no la hiciera soportable. Otra cosa más cierta la dije, una cosa muy triste: que hay más gozo en la expectación que en la obtención; que por eso la esperanza es el mayor bien. La pregunté: «¿No cree usted que es así?» Y ella me contestó: «Sí.» Esta palabra, la palabra del asentimiento, fue la última que me dijo.

Ferpierre dejó que el eco de aquella voz apasionada se perdiera. Y cruzando los brazos sobre el pecho, habló lentamente, después de un breve silencio:

—Resumamos. Todavía no tenemos testimonios que nos iluminen con la verdad, pero quiero creer que de un momento a otro se podrá hallar la prueba irrecusable de la acusación formulada por usted. Quiero conceder que cuando hayamos leído la carta dirigida a sor Ana Brighton, en esa hoja escrita por la Condesa dos horas antes de su muerte, encontraremos que no solamente no hablaba de morir, sino que, por el contrario, expresaba su certidumbre de una felicidad inmediata. Pero hoy por hoy, si la lógica ha de valer algo, tenemos que creer en el suicidio.

Como Vérod no contestara y siguiera mirándole tímidamente, el juez continuó:

—Ese último coloquio, cuya importancia no quiere usted reconocer, es suficiente para explicar la catástrofe. Yo presentía que entre ustedes debía haber ocurrido algo que a los ojos de ella fuera un obstáculo que se cruzaba en su camino. Si la desgraciada se había forjado ilusiones sobre la posibilidad de una amistad pura, las últimas palabras de usted debieron desengañarla. Todos los argumentos que usted la adujo, son sofismas consuetudinarios de la pasión. Usted nada la pedía: lo mismo había dicho el hombre por quien ella se perdió. La lógica de la vida era, en realidad, la que éste le había revelado con crudeza: «Quien tiene hambre debe saciarla.» Si es verdad que la esperanza es el mayor bien, no gozamos de él sino mientras creemos seguir el objeto: nadie en el mundo se consuela imaginándose un bien que jamás obtendrá. Lógicamente, necesariamente, la Condesa debía caer en un nuevo error. Y digo error, aunque también podría decir culpa. Yo no dudo de la honradez de las intenciones de usted; pero su debilidad y la de ella, habrían hecho que, llegado el momento, cayeran en el olvido. El ardor del deseo impulsaba a usted a contraer un compromiso del que forzosamente se habría arrepentido después. Y aun sin la previsión del arrepentimiento de usted, ella veía cerrado a su paso el camino que conducía al nuevo gozo. Todas estas ideas que la desgraciada había examinado detenidamente, debían presentársele con mayor urgencia, más impertinentes, más funestas después de lo que usted la dijo. ¿Qué momento escogió usted para hablar? El más grave. El hombre con quien estaba ligada volvía a su lado, y se había reformado: tenemos la declaración de Julia Pico, de la que resulta que el Príncipe comenzaba a portarse mejor con ella. Si, pues, la Condesa había podido pensar antes que sus vínculos con el Príncipe se habían desatado con el abandono en que éste la había dejado, ya en ese momento no podía considerarse libre. El deber de continuar con el hombre a quien se había entregado para siempre, y que demostraba por fin saber apreciar su amor, ese deber tenía que surgir de nuevo más imperioso. Al dejar a un hombre que la traicionaba, podía haber encontrado alguna justificación, y, además, éste no había de echarle en cara la instabilidad de aquella fe a que había querido convertirle: por otra parte, en el caso de que hubiera querido dirigirla algún reproche, ella habría sabido cómo contestarle, dadas las circunstancias. Pero abandonándole cuando él volvía en su busca, habría sido doblemente culpable. Y seguir con él era cosa que no podía hacer, pues ya no le amaba; su amor era para usted. Y en los ojos de usted, en su voz, donde al principio, cuando estaba sola, había leído únicamente el amor y la compasión hacia ella, vio de improviso palpitar el odio contra el hombre que se presentaba a impedir la felicidad ambicionada. Entonces, no sólo pensó en que iba a perder en la estima de usted, sino que temió también ser causa de otros males al empujar a dos hombres a odiarse, probablemente a matarse. Pocas horas después de semejante tempestad moral, aquella mujer, que además se halla incurablemente enferma, cuyo pecho está atacado de un mal sin remedio, que no tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni hermano, aleja con un pretexto a la compañera que siempre ha velado por ella, y en seguida la encontramos muerta, con una arma al lado, el arma que la pertenecía, que ella misma guardaba el arma con que ya había pensado buscar el último reposo: ¡yo tengo que decir, usted tiene que reconocer que esa mujer se ha matado!

Ferpierre había hablado con mayor dureza aún, cual si el hombre que se hallaba en su presencia fuera el acusado, no el acusador. Y la actitud de Roberto Vérod era la de un culpable: inclinada la frente, una mano en el pecho, parecía doblegarse bajo el peso de la reprobación de los demás, de su propio remordimiento.

—¿Nada dice usted? ¿No reconoce usted la justicia de mis razonamientos?

—¡No!—prorrumpió el joven, levantándose de un salto y casi en actitud de desafío.—¡No es así! ¡Yo no puedo creerlo, jamás lo creeré!… Esas fueron sus ideas, cierto; pero sobre sus ideas de muerte, más alto, más potente, debía estar y estuvo, el pensamiento de la vida y del amor. A mí tampoco me habría costado nada darme la muerte antes de conocerla. Yo tenía razones para odiar la existencia…

—¿Las mismas razones que se la hacían odiar a los veinte años?

Perpierre dijo estas palabras casi movido por un ímpetu inconsciente. Aunque la severidad de su cargo debía impedirle recordar sus antiguas relaciones con el acusador, una instintiva curiosidad por saber si el joven se acordaba todavía de él, lo hacía invocar lo pasado.

—Las mismas—contestó Vérod, mirándole en los ojos;—pero más urgentes, más desconsoladoras que las que usted recuerda. Usted me conoce, ¿no es cierto? Yo también lo he reconocido en el acto. Usted sabe que yo vi demasiado temprano la miseria, el vacío, el horror de la vida.

—¿Por qué causas? ¿Es usted pobre? ¿Ha sufrido usted injusticias de los hombres o del destino? ¡Sí, me acuerdo de usted; pero no sé, ni cómo iba a saber lo que le han hecho!

El magistrado experimentaba una especie de placer en hostigar al pesimista, en obligarle a reconocer su error.

—Nada me han hecho. Pero yo lloraba por todo. Estaba enfermo, sí, no cabe duda: pero enfermo del alma, no del cuerpo. Ella fue mi salvación. Después de haberla visto me sentí renacer. Tal es el poder del amor: la sola existencia de un ser amado es una razón, la más poderosa razón para vivir.

—¿Y eso es verdad, tratándose de cualquier amor?

—¡No me hable usted de los obstáculos! Sí; yo odio, yo execro, yo querría, como ya he querido, matar al hombre que me la arrebató, y el odio transpira en mis palabras. Sí; ella me dijo lo que usted ha pensado, todo lo que el razonamiento ha hecho a usted descubrir, y comprendiendo que la existencia de ese hombre era un obstáculo para nuestra felicidad, la hablé de mi odio. El amor, el amor recíproco crece en presencia de los obstáculos, trata de apartarlos, no cede. El amor aguarda, mantiene esperanzas. Es verdad: ella tembló cuando me oyó hablar así, pero eso no le impidió reconocer que podía, que debía esperar. Todavía no he dicho a usted todo lo que medió entre nosotros. Dos días antes de nuestra última entrevista, la acompañé al monte Chesand; bebimos en una fuente; yo después que ella hubo bebido, apuré de su copa el agua que había dejado: me pareció que oprimía sus labios con los míos. Ayer cuando me autorizó a esperar, la tomé una vez más la mano, y se la besé con avidez. Ella se estremeció, pero no la retiró. Yo conocí que ya era mía, que me habría sido fácil coger otro beso en la flor de sus labios. ¿Y al día siguiente, pocas horas después, se habría de dar la muerte?

—¡Pues sí! ¡Pues sí!—replicó prontamente el juez, viendo que en el calor de la defensa Vérod se descubría.—¡Pues sí, pocas horas después! Porque ¿sabe usted cuál es el amor que sugería a usted esa moderación que usted cree inspirada por el amor respetuoso y obediente? ¡El amor dominante, egoísta! ¡Porque, esos placeres, de que usted gozaba, que le hacían prever otros mayores, debían a ella aterrarla!… Ella era también de carne y hueso, y al verse junto a usted se sintió sin fuerzas para resistir a la pasión exigente: ¡después, a solas con su propia conciencia, oyó su voz imperiosa! Toda la última parte de su diario está llena de la idea de la muerte. ¿Se asombra usted de que, viéndose en un camino sin salida, pusiera esa idea en práctica?

—Lo dijo, lo escribió; pero, en el momento de ejecutar el acto, la idea de Dios debió detener su mano.

—¡La idea de Dios le detuvo muchas veces la mano; pero llegó un momento de dolor intolerable, y se mató!

—¿Sin dejarme una palabra? Ella que sabía que me había devuelto a la vida, ¿habría destruido de un golpe el efecto de sus enseñanzas? Usted dice que, matándose, ha querido substraerse al mal; pero ¿cree usted que al hacerlo ha hecho bien?

El magistrado a su vez se quedó sin responder, y Vérod, comprendiendo que por fin había obtenido en aquella lucha una ventaja, continuó:

—Ella pensaba y escribió que en algunos casos se puede huir de la vida sin merecer reproche; pero podrá darse muerte el que está solo, no aquel de quien depende otro. ¿No acaba usted de leer sus palabras? «Hay en el amor algo grave: que cada amante no es solamente responsable de sus propias acciones, sino también de aquellas a que impulsa a su amado.» ¿Y ella me habría dado el ejemplo de la muerte?… Yo creo en la hermosura de su alma; en otra cosa no creo. Y la certidumbre que tengo de que no se ha matado, aumenta mi culto por ella.

—¿De modo que el deber de no dejar a un hombre con quien se había desposado con el corazón, era un pretexto?

—No se había desposado realmente con él.

—¿Nada significaban entonces aquel vínculo, puesto que la ley no lo había sancionado?

—¿Usted cree en la bondad de las leyes humanas, en su perfección? ¿Cree usted que la salvación consista en observarlas fielmente?

—¿Lo duda usted? ¿Y esos son los principios que usted propaga con sus libros? ¿Y profesando esos principios tiene usted tanta aversión al nihilista? ¿No sabe usted que ustedes los negadores, los pesimistas, son los maestros, los incitadores de todos esos espíritus audaces a quienes no bastan las especulaciones abstractas, sino que traducen en actos, lógicamente, los razonamientos que ustedes predican?

—Yo no niego las leyes: lo que digo es que éstas no resuelven las dificultades dentro de las cuales estamos condenados a movernos; las agitan y nada más. Y aunque hubiera estado legalmente unida a ese hombre…

—¿Usted habría tenido el derecho de seducirla, de quitársela? ¿Podía ella haber faltado a su palabra?

—No se puede jurar un amor eterno…

—¿Y usted se lo juraba a ella?

—No se puede amar a quien no ama.

—¿Diría usted lo mismo si fuera usted el abandonado?

Y como ante esta sólida argumentación el joven permanecía mudo y confuso, el juez repuso en tono diferente:

—¡Ah! ¡No estamos tan lejos como probablemente usted cree, del objeto de nuestras indagaciones! Esas ideas, el contraste de la ilusión con la realidad, la lucha del deber con el placer hirieron de muerte a la desgraciada, haciéndola ver y sentir cuán difícil es la vida. Que quiso salir de ella es demasiado evidente. Falta sólo demostrar que realmente puso en práctica su propósito. No hay pruebas directas, pero todas las presunciones están contra usted. Considere usted fríamente, si se siente capaz, la suma de circunstancias que tenemos por delante, y verá usted que tengo razón de pensar así. Usted ha denunciado a las dos personas que estaban en la casa en el momento de la muerte; pero ¿contra cuál de las dos hay que dirigir las sospechas y las averiguaciones? ¡Ya sería hora de decidirse! ¿Es el Príncipe el culpable? ¿Y por qué habría muerto éste a la infeliz? ¿Por celos? Pero, ante todo, usted deberá acordarme que ese hombre, al cual no concede usted otras facultades que las del odio y del mal, había vuelto a amar a la Condesa y sufría al saber que había perdido su afecto. ¿Pero la Condesa era ya de usted? Correspondía a la pasión que usted tenía por ella. ¿Querría dejar al Príncipe e irse con usted? ¡No, al contrario! Hasta el último momento se declara vinculada al otro, rehúsa escucharle a usted, le conjura a que la deje! A duras penas, después de insistir empeñosamente, le arranca a usted el permiso de esperar: una esperanza ambigua, incierta, lejana; un permiso que puede usted hasta dar por no recibido, que ella no podía negarle, pero que a nada la compromete. Dado el carácter de la Condesa, la seriedad de sus escrúpulos, la sinceridad de sus remordimientos, debemos creer que, apenas usted se marchó, ella comenzó otra vez a acusarse, a prohibirse el mantenimiento de la esperanza que acababa de conceder y aceptar. En tal situación, ¿qué motivo tenía el Príncipe para matarla? Todavía la amaba, o si a usted le place, estaba celoso, tenía celos brutales, aquellos celos que significan la ofensa al sentimiento de propiedad y nada más. Pero ¿de qué podía acusarla? ¡No de haberse entregado a usted! Noticias tenía para estar seguro de que el más leve esfuerzo suyo para demostrarse bueno, una palabra de amor, una frase amable, habrían impedido que la Condesa fuera de usted. Quiero creer que no son los celos, que no es el odio, lo que hace que usted desestime tanto a ese hombre; admito que los buenos sentimientos no tengan cabida en el Príncipe y que, en realidad, éste sea capaz de un delito vulgar. Pero la malignidad más brutal tiene, sin embargo, necesidad de un pretexto, si no de una razón para armarse y herir. Y yo no veo aquí razones ni pretextos. ¿Usted supone probablemente que, después de haberle acordado a usted con tanto trabajo un consentimiento tan ambiguo, fue su amiga a provocar a Zakunine, a declararle de improviso que amaba a usted? No cabe duda de que, sin que en ello entre la voluntad de usted, el amor propio le sugiere tal razonamiento: eso es lógico. Pero si la Condesa hubiera querido entregarse a la inclinación que sentía por usted, nadie se lo habría impedido cuando Zakunine estaba lejos. Y ahora mismo, ¿necesitaba en verdad pedir licencia a ese hombre? Si el impedimento hubiera venido de él, ella habría podido rebelarse y desafiarlo; pero no venía de él, sino de ella misma, de su íntima conciencia. Por consiguiente, la hipótesis es absurda. Ahora, ¿quiere usted que haya sido la nihilista? Esta habría muerto a la Condesa porque amaba al Príncipe y estaba celosa de su rival. Pero en este caso, las dificultades no son menos que en el otro: ¡al contrario! Antes que todo, habría que demostrar que los dos rusos son amante y querida, cosa que ambos niegan, y después, aunque esto llegara a probarse, para que la Natzichet matara a la Condesa, se necesitaba que ésta fuera un obstáculo para su amor. ¿En qué forma lo era? ¿Podía, acaso, la infeliz, ni sabía cómo impedir al Príncipe que se fuera con otras mujeres? ¿De qué modo hacía sombra esa desgraciada a la nihilista? ¿No tenían los dos rusos plena libertad para permanecer juntos en Zurich? Y si racionalmente no se puede imputar el homicidio al uno ni a la otra, ¿podemos suponer que lo han cometido juntos? ¡El absurdo sería doble! Después, si la amiga de usted no hubiera tenido razones para huir de la vida, nos encontraríamos en el caso de acoger la sospecha del asesinato, por poco fundada que fuera, como lo es. Pero los motivos que pueden haberla impulsado al suicidio, no sólo no faltan, sino que abundan. Usted tiene, no obstante, un argumento de su parte, uno solo…

Ferpierre se detuvo un momento para respirar. Roberto Vérod permanecía en la misma actitud en que desde el principio lo había escuchado: la cabeza baja, las manos estrechamente apretadas, como quien espera un golpe mortal.

—Hay cientos y miles de mujeres que en la situación de la Condesa d’Arda, entre sus escrúpulos y las tentaciones de la pasión, no llegan al extremo de suicidarse. Esperan, y con el tiempo se acomodan a una vida que por un momento creyeron insufrible: transigen con sus escrúpulos; hallan en el ejemplo de los demás una excusa y confianza en la redención futura. Tal es la conducta de todas, de casi todas. Usted ha definido bien, desde el primer momento, la importancia de esta razón. Pero para creer eso, para sostener que la Condesa no ha querido matarse aun después de su última explicación con usted, ante la visión del mal inevitable, tiene usted que admitir que su amiga, que esa mujer, cuya grandeza de alma decanta usted y en que yo realmente creo por estas confesiones, por las declaraciones de las gentes que la conocieron, tiene usted que admitir, digo, que en vez de resistir hasta el último, fuera también capaz, como las otras, de esas cómodas transacciones de que somos testigos cotidianos. Es positivo que quien se mata no prueba tener una alma templada, ni muestra una fe indestructible; pero si, por obra de usted, la infeliz se encontró en la imposibilidad de adoptar un tercer partido, debo creer que de los dos escogiera el menos malo. ¿Y no le parece a usted extraño que yo deba sostener, contra usted mismo, la entereza de conciencia de esa mujer, la delicadeza de su honra?…

Vérod se levantó, y pasándose la mano por la frente, exclamó, vencido, perdido:—¡No diga usted eso!… Sí, es cierto… Tiene usted razón… Puede usted tener razón… ¡Pero no diga usted, no lo repita!… ¡Porque entonces, resulta que yo, yo mismo la he muerto!… ¡Muerta por mí!… ¡Por mí!… Mire usted… esta idea, esta sospecha, me destroza el corazón. ¡Siento que me vuelvo loco!


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