Espasmo (capítulo 4), novela de Federico de Roberto


Federico de Roberto por Pietro RizzoIV – Historia de un alma

La incertidumbre del juez Ferpierre acerca del drama de Ouchy iba en aumento. Los resultados de la autopsia no arrojaban luz alguna: el examen de la herida redonda, ennegrecida por el humo del arma, demostraba que el tiro debía haber sido disparado de un distancia de cerca de medio metro, y si esto confirmaba la hipótesis del suicidio, no excluía la del asesinato, que el homicida habría podido tirar de cerca. Tampoco las lesiones internas, el camino seguido por el proyectil, que iba por una línea inclinada de abajo arriba, permitían formarse una opinión precisa. En la persona de la muerta, ningún rastro de la violencia: ni en las manos, ni en las muñecas, ni en el cuello.

Faltando, por consiguente, las pruebas reales que pudieran confirmar una de las dos suposiciones, Ferpierre esperaba encontrar alguna prueba moral en el libro de memorias secuestrado con otros papeles en el domicilio de la difunta. Y la misma noche de la autopsia lo dejó con la fiebre de la curiosidad suscitada en él por el misterio.

Las primeras páginas no tenían fecha, pero se referían evidentemente a la adolescencia de la Condesa. Comenzaban con las impresiones de la niña al salir del colegio, con las manifestaciones del júbilo que la había embargado al volver a ver su casa, al encontrarse de nuevo con su padre. Sin embargo, no se olvidaba del tiempo que había pasado lejos; las páginas donde expresaba la dulzura de su nueva vida estaban todavía llenas de los recuerdos de la antigua.

«A esta hora están mis compañeras en el jardín. Sor Ana se pasea en torno de la fuente, leyendo en ese libro que jamás termina, cuidando la pobrecilla a sus hijitas. Las inseparables se pierden, la una del brazo de la otra, por entre los tilos; Rosa Blanca se queda sola con sus pensamientos; las locas corren, gritan, juegan. ¿Quién se acordará de mí como yo me acuerdo de ellas?»

El sentimiento predominante era su adoración por su padre.

«He llegado a saber que papá me ha tenido en el colegio porque creía no poder atender suficientemente, por ser hombre, a mi educación y a mis distracciones. Y ahora, siempre nos entendemos, en todas las cosas: él dice que soy demasiado seria, cuando ve que estamos de acuerdo en las ideas graves, y yo por mi parte digo que él es demasiado bueno cuando participa de mis pensamientos fútiles o simplemente locos. La verdad es más sencilla, y mañana se la voy a decir ¿cómo no lo he pensado antes? Soy su hija; ¿por qué asombrarse de que me parezca a él?

»¡Me gusta tanto tomar su brazo cuando salimos! Pero, naturalmente, mucho mejor es cuando él torna el mío. Entonces me siento casi orgullosa de que mi papacito, un hombre tan fuerte y grande, se apoye en mí; me parece que le sirvo de algo; pero después me entra un terrible miedo de no servir en realidad para nada…

»Es necesario que yo diga a papá una cosa que noto desde hace días. Está temeroso de que yo me aburra al verme sola en esta enorme casa: se le ve el empeño que tiene en distraerme, en proporcionarme placeres y diversiones. Hoy ha reprendido a Juan, porque tardó en ir al teatro, y cuando llegó ya no encontró ni un palco disponible: se ha enojado porque no puede llevarme a esta función, no porque quiera ir él, Julia me ha dicho que cuando estaba solo nunca iba al teatro. ¡Pobre papacito, cuánto me duele que se sacrifique por mí! Antes iba todas las noches al club: ahora ya no va más. ¡He tenido que rogarle tanto para que no abandone demasiado a sus amigos por mí!…

»He dicho mal: papá no hace sacrificios por mí, como yo tampoco los hago por él. Dar gusto a las personas a quienes se quiere es el mayor placer. Pero yo quisiera persuadirlo de que está en error al temer que me fastidie. Yo no me he fastidiado nunca. Paola Leroni repetía siempre estas palabras:—¡Hija mía, qué fastidio tan grande!—A todas nos llamaba hijas, aunque fuéramos mayores que ella, y se aburría siempre de todo. Sus parientes tardaban en sacarla del colegio, pero ella no se quejaba:—¡Hija mía, qué fastidio tan grande!—Se fastidiaba jugando, estudiando, paseando, trabajando, si salía a la calle, si se quedaba sin salir: no se sabía qué hacer para curarla de su aburrimiento. Debía sufrir de alguna enfermedad la pobrecilla. Probablemente papá me cree a mí también enferma…»

En seguida hablaba de sus males físicos, de la inquietud de su padre por su salud: la habilidad de éste para curar a los enfermos era mayor que la de una hermana de caridad.

«Casi deseo sufrir alguna indisposición para verle asentado a mi cabecera, para oírle narrar las historias con que me distrae, para verle ir de aquí para allá en el cuarto, preparar la medicinas, acercar la mesita a mi cama, quitar a Julia todas las cosas de las manos y hacerlo él mismo todo, ¡mejor que sor Ana!…

»¡Oh, no! ¡Pobre papacito mío, no quiero estar más en la cama; quiero sentirme siempre bien y tener buen semblante, y hacer mucho ruido en la casa, para que tú te tranquilices, para que no te aflijas tanto por mi causa! ¡El otro día, mientras los doctores me examinaban, lo vi en el espejo: no se imaginaba que yo lo miraba, y se apretaba una mano con la otra e inclinaba la cabeza hacia nosotros, respirando fatigosamente, como si la persona que esperaba la sentencia del médico, fuera él mismo!…

»A veces me parece, cuando me duele la cabeza, o estoy resfriada, o no como algo porque me desagrada, que mi papacito tuviera mis dolencias y sintiera mis náuseas: si toso, me parece que a él también le duele el pecho; si siento frío, que él también lo siente. ¡Qué bueno es quererse así!»

Era tan alta y su papá todavía tan joven, que quizás los creían hermanos, y ese error de la gente le causaba inmenso placer. Además en su opinión el error no era tan grande como parecía:

«¿Podría un hermano hacer más por mí? El hermano de Virginia no la da más que disgustos a ella y a toda la familia. Los hombres, aun cuando son buenos, no comprenden tantas cosas, las cosas que no se piden; mientras que mi papacito…»

Y también de este hecho encontraba una explicación:

«Como quiso tanto a mi pobre mamá, tomó todos sus gustos, sus hábitos, su modo de pensar y de sentir. Y todo el cariño que ella me tenía cuando yo estaba en pañales, lo heredó él, y lo supo conservar, y ahora me lo da. ¡Qué desgracia tan grande, la muerte de mi mamá! Siempre hablamos de ella, siempre la tenemos presente: ¡Si yo pudiera verla un día! Pero cuando papá se lamenta de no ser suficiente para atenderme, no tiene razón, yo doy gracias al Señor de haberme dado un padre como el mío, que me quiere tanto, que satisface hasta mis menores deseos.»

También ella temía no bastar al contento de su padre, y no era tanto por sí misma como por él que pensaba que si hubiera tenido una hermana, entre las dos habrían conseguido mejor hacerlo feliz. Las familias muy numerosas y unidas le daban envidia.

«Cuando se está entre tantos, cada uno dice algo, cada uno piensa algo, los caracteres diversos obran los unos sobre los otros y se modifican, mientras que, una persona sola, ¿puede ser a la vez seria y alegre, puede pensar en todo, preverlo y hacerlo todo? Cuando me siento mal, siento con más fuerza la falta que me hace una hermana que contentase a papá, que le distrajera de sus preocupaciones y cuidados… A él mismo se lo he dicho; y él dice que está contento conmigo sola, no quisiera dividir el cariño que me tiene. No, papacito mío, en tal caso el cariño no se dividiría: se sumaría…»

Pero por más que el cariño hacia su padre la dominara, sentía que en su corazón había un puesto para un afecto distinto. Confesaba este sentimiento por primera vez, al hablar de la vergüenza que le causaba la idea de que su padre pudiese leer aquel diario:

«Papá no sabe que por la noche, antes de acostarme, me pongo de vez en cuando a escribir en este libro. Anoche, a las once, cuando él me creía en la cama, cayó una fuerte lluvia; supo que estaba despierta, y vino a preguntarme si me sentía mal. Fácilmente lo tranquilicé, pero le dije que estaba tan buena; que me había quedado levantada para poder escribir en este libro. Hago mal en ocultárselo. A veces formo el propósito de confiarme a él, de hacerle leer lo que escribo. ¿No es lo mismo que le digo de palabra todos los días? Pero, no sé: tengo vergüenza y miedo. Hay momentos en que hasta me parece que hago mal con escribir estas memorias. Camila Sesgondi me hizo venir la primera vez, en el colegio, esta idea de escribir nuestra vida, pero nunca empezamos. Todas las noches, al dar gracias al Señor por el día que había pasado con felicidad, yo pensaba en las cosas que habían sucedido, en lo que había dicho, en lo que había pensado; pero en cuanto a escribir no sabía por qué parte comenzar; pues todos los días eran iguales. Entonces esperé a hallarme en casa; y por fin comencé. Ahora me arrepiento, porque no me atrevo a confiar esto a papá, y además hay veces, como ahora, en que me parece inútil escribir estas cosas: no siempre las cosas que se piensan necesitan ser escritas; y otras, no sé escribirlas o no lo puedo… ¿Por qué habrá ciertas cosas que no se pueden escribir, ni siquiera decir? ¡Pero si yo tuviera una hermana! ¡A ella se lo diría todo, estoy segura!…»

Un día, por último, no pudiendo guardar por más tiempo ese secreto con su padre, le había revelado que escribía su diario. Para fortificar la memoria solía copiar las poesías que más la agradaban: versos de Patri, de Aleardi, de Manzoni, de Shelley, de Byron, y ese día, recitando el papa una poesía de Víctor Hugo, copiada de un periódico, no la recordó bien y fue a buscar su libro.

«Dije a papá que copio bellas poesías y escribo mis impresiones. Estaba resuelta a decirle todo, pero esperaba que no manifestara deseos de leerlo. Cuando me preguntó: ¿Me dejas ver? le di el libro, pero creo que me ruboricé mucho. Leyó algunas líneas, de dos o tres páginas solamente, luego cerró el libro y me abrazó estrechamente, besándome en la frente, él también con los ojos enrojecidos. Entonces me sentí muy valiente, casi me arrepentí de haber tenido miedo antes, y le rogué que lo leyera todo; pero él no quiso.

»Tuve que leerlo yo, y así la vergüenza se me ha disipado, y ahora me siento como librada de un gran peso, y contenta, contenta.»

La primera vez que nombraba al Conde Luis d’Arda lo hacía al hablar de poesía y de arte, y ese nombre volvía después con más frecuencia, siempre con motivo de libros y cosas literarias. Íntimo amigo de su padre, compañero de su juventud, el Conde era una de las rarísimas personas que frecuentaban la casa Abizzoni. La jovencita emitía a su respecto juicios muy favorables.

«¡Cuánto se quieren papá y el Conde! Se parece a papá, su amigo; es bueno como él, y casi tiene su mismo aspecto…

»Hoy me ha mandado el Conde las novelas de Walter Scott… Hoy he recibido de nuestro buen amigo los dramas de Metastasio…

»Todavía se ejercita el Conde en la esgrima, mientras que papá la ha dejado desde hace mucho tiempo. Han hablado del asunto con motivo del duelo que Tasso describe en Jerusalén libertada: el Conde ha desafiado en broma a papá, pero éste ha contestado meneando la cabeza: «Esas no son ya cosas de nuestra edad!…» ¡Esta respuesta me ha disgustado tanto! ¿Entonces se cree viejo? ¡Y apenas tiene cuarenta y nueve años! Esa contestación debe haber desagradado también a su amigo, pues éste no le ha dicho nada, y se marchó más temprano que de costumbre…

»Nuestro amigo ha mandado hoy a casa tantos libros ingleses, que no sé dónde ponerlos. Noto que casi siempre somos de la misma manera de pensar respecto a los libros que escogemos; pero él ha leído y estudiado tanto, que yo no me arriesgo a decir mi opinión cuando me la pide; entonces él me dice la suya, y a mí no me queda más que aprobar…

»Ahora comienzo a crear valor y a emitir mis juicios de cuando en cuando, y él alaba mi gusto…

»¡Todavía libros! Papá ha dicho en broma que el Conde es mi librero.

»Ahora sí que es mi librero: me ha pedido permiso para colocar el escudo de la casa Albizzoni sobre su librería, y yo se lo he acordado. ¡Cómo se ha reído!

»¡Me gusta tanto ver reír a papá y a su amigo! En las personas que ordinariamente son serias, la risa tiene otro valor, no alegra tanto cuanto enternece.

»El Conde ha dibujado hoy nuestro escudo, «para ponerlo sobre su librería:» dibuja muy bien y con una facilidad extraordinaria. Me ha explicado que el escudo para las señoritas es de forma distinta del de las señoras y de los caballearos: toda la noche ha hablado de heráldica y de nobleza, y yo he aprendido una cantidad de cosas que ignoraba.

»Papá, que se ocupa siempre de mis vestidos con tanta escrupulosidad, no hace lo mismo respecto a los suyos, y yo he tenido que rogar a su amigo que le persuada de que debe ocuparse algo de sí mismo.

»Conversando entre ellos de las cosas de la moda, papá ha observado, y yo también, porque es verdad, que su amigo se viste, desde hace algún tiempo, con una elegancia exquisita. Siempre me dice, ya haciéndome ver el corte de su «jaquette», ya los pliegues de su corbata: «Esta es la última palabra de Gironi. Esta es la última palabra de Vassier…» Gironi es el sastre. Vassier el fabricante de corbatas.

»Hoy tenemos más libros; pero esta vez vienen acompañados de una tarjeta como las que reparten los negociantes para difundir su dirección. Arriba está nuestro escudo, dibujado con perfección, y luego estas palabras: «Librería internacional de Luis d’Arda; proveedor de Su Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi…» ¡Cómo se ha reído papá! «¡Esperamos la factura!» le ha dicho, siguiendo la broma, y el Conde, muy serio, ha contestado: «Nuestra casa cobra a fin de año.»

»Ahora, hasta papá me llama «Vuestra Gracia», y cuando hablan de mí entre ellos dicen siempre: «Su Gracia la Marquesita.» ¡Mi Gracia está muy agradecida a tanta gracia!…

»El Conde—lo he sabido hoy,—es más joven que papá: tiene cuarenta y cuatro años. No sé si esto me agrada o me desagrada…»

Una página blanca interrumpía el diario en este punto. El manuscrito volvía a comenzar después, con otra tinta y hasta con letra algo modificada:

»Hoy partimos. Hace seis meses que no escribo. ¡Cuántas cosas en este tiempo! No importa que nada haya escrito en estas páginas: todo está aquí, en la memoria, en el corazón. Luis ha llorado, papá trataba de mostrarse fuerte, pero no lograba contener su emoción. Y cuando los he visto abrazarse, con ojos risueños, y llorosos, entonces he llorado yo también. Su Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi no existe ya…»

Y el juez Ferpierre, deteniéndose, pues el manuscrito se interrumpía de nuevo, reconstruía con la imaginación lo que la narradora había callado.

El Conde d’Arda, que había visto nacer a la hija de su amigo y de niña la había querido como un segundo padre, en presencia de la jovencita debía haberse sentido dominar por un sentimiento distinto, más dulce y atormentador. Había tratado primero de resistir, pensando en la gran desproporción de la edad, sufriendo en secreto y casi avergonzándose cada vez que su amigo, todavía ignorante de lo que le pasaba, aludía a la juventud de ambos como cosa lejana; pero el amor había sido el más fuerte y había impuesto sus persuasivos razonamientos. ¿Podía llamarse viejo, cuando sólo tenía cuarenta y cuatro años? Si su persona y su carácter no desagradaban a la jovencita, ¿qué importaba la diferencia de edad? ¿La experiencia que había adquirido con los años, no hacía de él un partido más conveniente que tantos otros?… Pero sobre todo, la amistad que lo unía al padre, ¿no era una garantía de que consagraría toda su vida a hacer feliz a la hija? Con su asidua e íntima frecuentación de aquella familia ¿no era ya como si hubiera entrado a formar parte de ella?…

Y este argumento debía haber persuadido a la niña. Sin duda el Marqués, asombrado al darse cuenta de lo que su amigo deseaba, había vacilado antes de apoyar su pretensión, y en todo caso había dejado a su hija libre de acogerla o refutarla; pero con igual certidumbre se podía pensar que la idea de confiar la joven a un corazón probado ya como el de aquel amigo, debía haberle sido grata. La jovencita, leyendo en el alma de su padre como en la suya propia, comprendiendo su secreta inclinación, segura del afecto del Conde, debía haber sufrido, por esas dos personas queridas, y también algo por sí misma, ante la idea de que su intimidad de tantos años, pudiera concluir un día, y por lo tanto había aceptado el partido que iba a hacer imperecedera esa relación: no conocía a otros hombres, todavía no sabía establecer las diferencias entre un amor y otro amor, y había consentido.

Ferpierre veía confirmadas sus deducciones en las páginas posteriores. Aunque éstas tampoco tenían fecha, debían haber sido escritas después del viaje de novios:

»Nada ha cambiado, pues, estamos juntos como antes. Entonces, Luis iba a nuestra casa: ahora papá viene a vernos. No ha querido que viviéramos todos en una casa: ¡a mí me habría gustado tanto! Y a Luis también. Todo lo que me gusta a mí le gusta a Luis: nuestro acuerdo respecto a las cosas del arte y del pensamiento continua en lo relativo a la vida.

»Papá me pregunta si estoy contenta: yo doy gracias al Señor, de la felicidad que me acuerda. Que nos acuerda: él no quiere creer en lo que ha sucedido. La idea de que casándome pudiera sentirme desgraciada, era su tormento.

»Luis me pregunta si lo amo: yo no sé cómo probárselo.

»Me parece que ambos dudan, el uno de mi felicidad, el otro de mi amor. Ellos no insisten en pedirme seguridades, pero en sus miradas, leo una secreta ansiedad, como si creyeran que les oculto algo. ¡Todo eso porque mi marido tiene cuarenta y cuatro años! ¡Si tuviera treinta y cuatro, no dudarían!…

»¡Qué placer! ¡qué placer! Por fin he podido persuadir de la verdad a Luis. Le había dicho, en el viaje, que en este libro tenía escritos mis recuerdos del día en que salí del colegio, y le había prometido dárselo para que los leyera. Su deseo era saber sí hablaba de él, qué decía de su persona, qué opinión me había inspirado. Cuando regresamos del viaje, no volvió a pedirme el libro, y el otro día, que le habló yo misma de éste, me contestó que no quería leer mi diario. La razón que me dio no me pareció buena: decía que lo que yo había confiado al papel no debía estar muy claro. La verdad es que seguía teniendo miedo de descubrir que no me había parecido bastante joven, que me había agradado poco. Entonces le rogué que se sentara a escucharme, y comencé la lectura. Cuando llegué a las últimas líneas me rogó, con los ojos humedecidos, que se las explicara. Las últimas líneas, anteriores a nuestro matrimonio, dicen así:

»El Conde es más joven que papá: tiene cuarenta y cuatro años. Yo no sé si esto me agrada o me desagrada.

»Yo se las he explicado como mejor he podido. Al saber que era más joven que papá, sentí pena por mi papacito, pues veía que su vejez se aproximaba; pero después, pensando en que papá me tenía a mí, mientras que su amigo era solo, me consolé y hasta me pareció justo que éste fuese más joven, para que pudiera casarse también y formar familia.

»¡Cómo me ha abrazado Luis! ¡Qué ojos tan risueños! ¡Qué palabras de amor! ¡Nunca lo he visto tan feliz, ni el día que le di el sí! Ahora no puede creer que sus cuarenta y cuatro años me parezcan demasiado: ya está hasta persuadido de que la idea de casarme con él no debió parecerme tan extravagante como él y papá temían. Lo cierto es que me pareció bastante natural, y aunque hubo un momento en que me fijé en que Luis tenía doble edad que yo, después reflexioné que la edad de los hombres no se cuenta como la de las mujeres. Y además ¿quién calcularía cuarenta y cuatro años a mi marido? Lo que importa no es la edad, son las cualidades del alma, y de la bondad de Luis yo tenía esta prueba: que es amigo de papá. Todo lo que le había oído decir en dos años de intimidad me demostraba que su manera de asentir era delicada, fina, exquisita, que su inteligencia era elevada y selecta, que su cultura era variada y profunda.

»Y ahora comprendo que la cuestión es otra. Luis no temía tanto no parecerme suficientemente joven, como desagradarme como persona, como cara.

»Pues bien, si algunas veces he considerado estúpida mi costumbre de escribir estas notas, y, si en cambio, en otras ocasiones las he aprobado, hoy me parece que ha sido en realidad una fortuna haberlas escrito, porque he podido, mediante ellas, convencer a Luis de lo que pensaba de él en ese tiempo. ¡Y ojalá hubiera escrito bien todas mis precisas impresiones de aquella vez que, desafiando a papá en chanza, tomó del trofeo un florete y se puso en guardia! Estaba tan bien con el arma luciente en la mano y la mirada relampagueando como la espada; era tan fuerte y ágil, que me pareció verdaderamente un ser destacado de una de esas novelas de Walter Scott que tanto me agradan. No se me había ocurrido aún que pudiera casarme con él, pero sí pensaba con gusto en que podía ser la dama por la cual ese caballero descendía a la arena. ¡Y si supiera qué placer de otro género, no experimentado aún, sentí cuando me envió aquella tarjeta en que se titulaba en broma: Proveedor de Su Gracia la Marquesita Florencia. En esa tarjeta se hallaban juntos nuestros nombres, como en un parte nupcial; ¡estaba escrito! Tampoco entonces pensó con precisión que un día hubiéramos podido unirnos como estamos ahora; pero noté, sí, que nuestros nombres estaban en el mismo trozo de cartulina, que él era quien los había juntado, que me había llamado Su Gracia, y sentí que el corazón me latía con fuerza, con mucha fuerza…

»¡Ah! Si hubiera escrito todo esto, Luis no dudaría ahora. Poco me ha faltado para contárselo, pero me he callado, en parte porque él se encontraba en una de esas horas de duda, en parte porque he creído que mejor sería escribirlo en este libro, donde él lo leerá algún día. Puesto que no me cree, no merece que le diga nada: mejor lo confío a estas páginas, que están destinadas a desengañarlo. El hecho de que lo escriba más tarde de lo que he pensado no quiere decir que no sea verdad…»

Y debajo de aquellas palabras, en caracteres más gruesos, más irregulares, trazados con mano temblorosa, estaba escrito esto:

«¡Ha leído! ¡Ha creído!…»

Así continuaban aquellas memorias, llenas de expresiones de una alegría íntima, reveladoras de una alma amante, cándida y sincera, de lo que el juez Ferpierre estaba casi enamorado.

Casada la jovencita en aquellas condiciones, con un hombre que podía ser su padre, ¿no era de prever que al renunciar a la felicidad ardiente, y obtener, en la mejor de las hipótesis, una dicha tranquila, se sintiera tarde o temprano inquieta por la idea de un bien mayor?…

Las confesiones de la muerta destruían esa sospecha. Ferpierre opinaba que si la narradora no hubiera sido feliz, si hubiera visto que se había engañado al casarse con el Conde d’Arda, lo habría confesado sincera, completamente; pero ya una vez había reconocido que sentía algo que no podía escribir, y sin duda no habría declarado redondamente su engaño, pudiendo creerse también que, en vez de velarlo habría preferido no escribir nada: el silencio habría sido entonces más elocuente. Mas, lejos de callarse, lejos de aludir a su desengaño, insistía tanto en las manifestaciones de un afecto a la par ingenuo y ardiente, que el juez no podía dudar de su sinceridad.

Por otra parte, ¿era en realidad increíble aquel amor de una joven de veinte años por un hombre de más de cuarenta? Ferpierre, para explicárselo no tenía tanto en cuenta las cualidades morales del esposo, como las físicas: entre los papeles encontrados en la casa de la difunta había visto algunas fotografías de parientes y amigos, dos de las cuales, según declaración de Julia Pico, eran del Conde: la figura de aquel hombre era hermosa, fuerte y noble, y tenía tanta expresión, que el amor de la joven esposa estaba justificado. Y en páginas y más páginas no hablaba más que de él: refería, orgullosa, todas las pruebas de amor que le daba su marido, transcribía sus palabras enamoradas, se alegraba al ver que ya creía en su amor, al saber que su padre estaba seguro de su felicidad.

Otra página blanca interrumpía de nuevo el diario bruscamente; y en la que seguía no había más que este escrito:

«¡Padre, padre mío, vive! ¡Vive para mí!…»

Y nada más.. A Ferpierre le parecía oír el grito del desesperado ruego que desde la cabecera del padre agonizante, exhalaba el pecho de la hija amorosa. Pero en vano: en la página siguiente había un mechón de cabellos grises, sujeto por medio de dos cortes, en la hoja, y en el margen una fecha: 3 de junio de 1886. Después, el libro estaba llenos de recuerdos del muerto: la Condesa confiaba a aquellas páginas sus más caros recuerdos de hija, con un dolor tan acerbo, pero al mismo tiempo consolado por la esperanza cristiana, que en ciertos párrafos parecía hablar aún del padre vivo, como al principio del libro. Pero el juez recorría rápidamente esas páginas, impaciente por llegar al drama que presentía ineludible.

¿No era fatal que con el tiempo, con la vejez del marido, la calma feliz de esa mujer tuviera un fin? ¿Cómo haría para hablar de la tentación?

No hablaba de ella. Había, sin embargo, en el diario, una laguna más grande que las precedentes, la letra aparecía, después de una interrogación, todavía más modificada, y el sentido de las nuevas anotaciones resultaba incomprensible.

«…Ahora estoy segura de ello. Todas sus palabras me vuelven a la memoria. Entonces yo sonreía, me ensoberbecía al oírlas: hoy pago mi soberbia. Pero hay momentos en que temo que la culpa sea mía. ¿Qué habría hecho otra en mi lugar? La culpa la tiene ciertamente mi ignorancia, mi inexperiencia…

»¿No quería o no podía hablar? Sin duda no quería ni podía. Una sola vez le pregunté: ¿Pero cómo? ¿Cómo ha sido?… Todavía lo oigo contestarme, desviando la mirada: «Otro día…»

«En su opinión, el matarse no era un mal imperdonable. Matarse por no poder vivir era una vileza; pero en otros casos la muerte voluntaria no era para él condenable. Muchas veces discutimos este problema, y él me demostró que el mundo honra justamente a quien se substrae con la muerte a la servidumbre, a la vergüenza, al deshonor; a quien, con matarse, salva o ayuda a sus semejantes. Matarse para castigarse—decía también,—es un acto de justicia…»

La incertidumbre de Ferpierre sobre el significado de estas palabras duró poco: el pensamiento de la narradora se iba precisando de página en página. Creía la Condesa que su marido no había muerto por casualidad sino deliberadamente; que al hallar una muerte tremenda bajo las ruedas de un tren él la había buscado.

«Las personas que estuvieron presentes decían, y dicen todavía, que no comprendían cómo no había oído los gritos que todas ellas lanzaban, ni visto sus ademanes desesperados. Uno de esos vértigos que sufría en el último año, sería la explicación de lo sucedido, si yo no supiera…

»Lo embargaba una mortal tristeza. Cuando le preguntaba el motivo de ésta, me miraba tan dolorosamente como si temiera perderme en seguida. Un día, muy lejano ya, cuando por primera vez me habló de su vida de soltero, ¡había tanto desdén en sus palabras! Y la convicción de haberse apartado por fin del error, de la culpa, ¡lo reconfortaba tanto!…

»No obstante su bondad, era severo y casi implacable para los extravíos de las pasiones. La ruina de un amigo suyo que había abandonado a su familia le parecía merecida, y ni su muerte en la soledad y en la pobreza lo inclinaban a ser indulgente para con él…

»Yo me daba cuenta de lo que pasaba, pero no hablé. Tenía miedo, tenía miedo hasta de pensar.

»No soy sincera, no lo digo todo…»

Y Ferpierre, viendo que ya en las páginas siguientes no hablaba del drama, se detuvo una vez más, para meditar lo que había leído.

Entre aquellas dos almas se había insinuado la tentación; pero quien la había acogido ¡era el hombre, no la mujer! Las últimas palabras: «No soy sincera, no lo digo todo…» ¿significaban acaso que no acusaba a su marido, porque tampoco ella, por su parte, se sentía limpia de pecado? Por más que el juez con su experiencia creyera pocas cosas imposibles, por más que hubiera previsto ya el día en que el tranquilo afecto de un marido demasiado viejo no bastaría a la esposa demasiado joven, la idea de que la Condesa hubiera podido caer le repugnaba. Había cobrado Ferpierre tal afecto a la persona de la difunta al leer su historia, la veía tan noble y pura, sentía en todas las páginas de aquella confesión una sinceridad tan ingenua, que el sentido de la reticencia aparecía naturalmente justificado. «Tenía miedo de pensar. No soy sincera, no lo digo todo…» ¿No pensaría, en el momento de escribir esas palabras, que la traición del marido a quien ella había dedicado todo su amor, la traición de quien había dudado de su amor creyéndole indigno de poseerlo, de quien había prometido dedicar toda su vida a merecerlo, a conservarlo, era en él una grave culpa, y para ella un castigo inmerecido? ¿No pensaba que aquel hombre había mentido o se había vanagloriado de una fuerza que le faltaba? Si también sobre ella habían obrado turbadoras seducciones, y había sabido domarlas y alejarlas, ella, que a juicio del mundo habría sido más excusable al acogerlas, ¿no era natural que juzgara severamente la debilidad de ese hombre? Todo el dolor que el desengaño, que la ciencia del mal hasta aquel día inesperado iban despertando en el alma de la esposa, se expresaba en aquella frase: «Tenía miedo de pensar…» y Ferpierre, leyéndola otra vez, se afirmaba en su explicación, reconocía que la imprevista solución era lógica: ilógico, o por lo menos poco atento a los antecedentes, había estado él mismo al prever un desenlace contrario.

¿Era acaso muy natural que el Conde d’Arda, después de haber llevado hasta los cuarenta y cuatro años la vida necesariamente disipada del soltero rico, sin sentir más temprano la necesidad de un afecto legítimo, se redujera permanentemente a la existencia del marido ejemplar y se contentara con el ingenuo amor de aquella jovencita? ¿Y era inadmisible, inverosímil, que la esposa enamorada, ignorante del mundo, circunscribiera todo el gozo de la vida a su nuevo estado?

Los pormenores del drama escapaban a Ferpierre, pero éste los reconstruía con la imaginación. Otra mujer, una mujer en todo distinta de la Condesa, había seducido a Luis d’Arda: éste había tratado de resistir, persuadido de que cometería una infamia traicionando a la jovencita, dándole el ejemplo del mal, él, a quien no sólo el deber sino también el interés, aconsejaban seguir por el recto camino que al principio se había trazado; pero la tentación lo había vencido. ¿Qué se debía pensar de la sospecha de la Condesa, de que él mismo se había dado la muerte? ¿Que su alma elevada atribuía al esposo la decisión de castigarse, ya que había sido incapaz de evitar el error? ¿O más bien la imaginación romántica de la joven veía un suicidio donde no había más que un desgraciado accidente? Misterio en el misterio; pero éste debía permanecer impenetrable, puesto que el sello de la muerte había cerrado ya los labios de los dos autores del drama. La tentadora, si vivía aún, era la única que hubiera podido aclararlo; pero en verdad poco importaba ya, que el Conde, sucumbiendo a la culpa mal de su grado, hubiese querido castigarse con la muerte, y evitarse un peor castigo, como habría sido el de ver en vida la caída de la esposa a quien había enseñado el camino del mal, o que aun pensando en todo esto, su muerte hubiera sido obra de la casualidad. Ferpierre continuaba con redoblada curiosidad la lectura de las memorias, en busca de lo que más urgía.

Después de las rápidas alusiones a la catástrofe, el magistrado no encontró más que descripciones de países. La joven viuda llevaba su luto de lugar en lugar, por el Rhin, en Holanda, en Escocia, y sólo en este último país tenían fecha las memorias. Parecía que, así como la experiencia la había dado una madurez prematura, su pensamiento y su estilo se hubieran fortalecido en igual proporción: algunos paisajes estaban pintados con toques sobrios, pero vigorosos, las imágenes eran nítidas y evidentes. Aquí y allá, entre las descripciones, había esbozos a pluma y a lápiz, vistas de parajes, reproducciones de tipos; la mano de la dibujante era al mismo tiempo agraciada y firme. De trecho en trecho aparecían algunas sentencias morales sin relación aparente con las notas vecinas, y demostraban que detrás de la tranquilidad exterior una inquietud secreta atormentaba a la autora. Así, por ejemplo, decía:

«No basta saber regular nuestras acciones externas: sería necesario poder guiar el pensamiento íntimo.»

¿Quería decir con estas palabras que, libre y sola, se sentía, a su pesar, asediada por persuasiones tentadoras a las cuales sin embargo sabía resistir? ¿Y no era harto natural que así fuera?

«La ley del perdón es necesaria, porque el mal es universal, y sin ella nadie podría tener esperanzas de salvación.»

¿Se derivaba esta idea de una persuasión abstracta, o más bien de la conciencia de alguna culpa personal suya?

Poco a poco iban entrando en juego otros temas: en algunas páginas no se leían más que disquisiciones acerca de los problemas de la vida.

«La injusticia es grande en el mundo: nadie es más digno de encomio que el que se propone repararla.

»Hay dos especies de leyes, las de la Naturaleza y las del alma, y muchas veces la ley ideal consiste en operar contra las impresiones materiales. Hubo un tiempo en que esto me asombraba; ahora no. Librarse de las leyes naturales es la más elevada de las necesidades y el más noble de los esfuerzos: el mérito consiste en superar las dificultades.

»No muchas veces, sino siempre, hay oposición entre las dos especies de leyes, y en esta vida no es posible suprimirla, porque sin el esfuerzo nada existiría. Esta es la mayor de las pruebas.

»Los que dicen que es una tontería predicar la igualdad de los hombres porque éstos son naturalmente desiguales, no saben que dicen una heregía moral. Tanto valdría decir que es tonto predicar el sacrificio porque el egoísmo es ley de la Naturaleza. Si el amor hacia nosotros mismos es nuestra primer necesidad real, reprimirlo y posponerlo al amor por los otros debe ser la primera necesidad ideal. Los hombres son diversos desde su nacimiento, y esta verdad ingrata sugiere la idea de la igualización. Ideas son éstas que me parecen sencillas: pero él las califica de raras.»

La atención del juez aumentó en ese punto. Ese «él» ¿no sería el Príncipe Alejo Petrow? ¿No databan esos razonamientos respecto al problema social, del tiempo en que los dos amantes se habían conocido? La narradora parecía contestar a la pregunta que Ferpierre se hacía mentalmente, pues el tema de las memorias variaba de una página a otra y de las especulaciones abstractas pasaba a confesiones más íntimas.

«No; yo no había experimentado todavía una turbación semejante. Quisiera negarlo, pero no puedo. Esta ansiedad, esta fiebre, me eran desconocidas.

»Una vez leí que el amor no es uno solo, y me pareció que el escritor mentía o se equivocaba, pues yo creía que no hubiese más que un modo de amar. No: el escritor tenía razón. El efecto de entonces no se parece al tumulto de hoy: Luis, que tenía más experiencia que yo, lo sabía y no se contentaba con lo que yo le daba. Dudaba de mi amor porque no lo veía impetuoso y vehemente. Por eso, también, mi padre dudaba de mi felicidad. ¿Dudo yo también ahora?

»Las nubes avanzan sobre las cimas de los montes, toman formas caprichosas, se entrelazan como cintas, se extienden como velos: un lado del lago ha desaparecido detrás de ellas, las aguas no tienen ya límite, forman como un golfo abierto en un océano misterioso. Todavía oigo su voz. Soy feliz…

»Soy feliz. La llama se propaga de un alma a otra, como de un rostro a otro. Sus palabras son como el hálito de un fuego interno. ¿Podría ocultarle mi pensamiento? ¿Y si hubiese querido callarlo, no lo habría leído él en mis ojos?

»Cuando creemos en una cosa negamos todas las otras: cuando experimentamos un sentimiento, desconocemos los sentimientos opuestos o simplemente diversos. Tal es el primer instinto. Me parece que no hace más de un mes que comencé a vivir. La razón amonesta, el corazón recuerda. Eso es otra cosa…

»Sí hay varios modos de amar, ¿existe uno mejor, más deseable, más verdadero? ¿Es preciso que la voz de la razón no sea ya oída, que todos los recuerdos sean olvidados, que una sola idea venza a todas las otras y una sola necesidad rompa todos los obstáculos?…

»Su risa de hoy me ha hecho daño. No habría querido que se riera al oír el relato de un acto heroico. Tan grande como es su confianza, es profundo y amargo su escepticismo… ¿Quién lo ha hecho así? La vida, dice él.

»Mayor es la pena que he tenido al oírle reírse de sí mismo. Cuando se ríe con esa risa falsa, me parece que hubiera algo de desgarrado en su voz, en su pecho…

»Si es cierto que nuestros sentimientos viven uno por uno y si nosotros mismos negamos los que ya han muerto, el sentimiento que está vivo tiene necesidad de creerse eterno. Aquí está el error. La felicidad que yo sentía hace días me parecía indestructible. Hoy no está destruida, pero sí turbada…

»¡Qué dolor! ¡Qué dolor! ¡Jamás habría sospechado tantas miserias, tantos dolores! ¡Esta es la primera vez que los confío a alguien! ¡Y todavía se ríe! No quiero…

»Su carta de hoy me ha hecho palpitar de contento inefable. ¡Si fuera cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!…»

Con aquella expresión de duda volvía a quedar interrumpido el diario, como si la narradora hubiese querido, antes de continuarlo, hacer algún experimento. Pero en las páginas posteriores no había más orden en las confesiones.

«La vida es más difícil de lo que yo creía.»

Esta reflexión era lo único que se leía en una página, y más lejos, todavía otra duda:

«¿Será entonces presunción creer que se tiene razón?»

Después algunas frases de sentido obscuro.

«De ningún modo, pero agrada esperar…

»No es debilidad, no es sorpresa: he pensado detenidamente, la confianza me sonríe, veo la meta…

»Ahora me faltan las palabras…»

Debajo de una fecha: «18 de junio, 1890» estaba escrito esto:

«Ante Dios, para siempre.»

Y Ferpierre trataba de desentrañar el sentido de aquellas palabras, relacionándolas de modo de reconstruir la historia íntima.

Lo que Vérod había dicho se confirmaba: la idea de hacer bien al alma enferma de Zakunine aparecía dominante en el pensamiento de la Condesa: con su suavidad y dulzura, por ley de atracción entre contrarios, debía sujetar la fuerza impetuosa, la fogosidad indomable del rebelde, como se recogen las riquezas brutas de las cuales se puede extraer un valor puro. Cierto era que algo más simple, el amor solamente, bastaba a explicar la relación estrecha que se había formado entre los dos, y ella daba una prueba elocuente de su amor cuando confesaba que comprendía las dudas de su marido y de su padre acerca de su felicidad en otros tiempos. El afecto del marido la había bastado: no había hecho un sacrificio al aceptarlo como marido, no obstante la gran diferencia de edades, y por más que la posibilidad del matrimonio se le hubiese aparecido tarde, era positivo que había sido verdaderamente feliz: la duda era póstuma, pero demostraba con gran evidencia, cuánto más fuerte y excitante era el nuevo sentimiento. Y también la emoción por los males que trabajaban al Príncipe, la esperanza y casi el deber de auxiliarle, habían debido determinarla y secundar su afecto.

«¡Si fuera cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!…»

Estaba de manifiesto que el Príncipe le había dicho que su amor era para él un consuelo, la alegría, su salvación, y ya fuese sincero, ya fingiese contando con el efecto de aquellas palabras, lo cierto era que ese efecto no podía fallar, tratándose de una alma amorosa. Libres los dos, nada hubiera impedido que se unieran legítimamente, si aquel rebelde no hubiera desconocido y odiado las leyes y hasta dirigido todos sus esfuerzos a destruirlas. Casándose con ella, la habría dado la mayor prueba de su conversión, pero probablemente no era sincero al decir que se había convertido. Lo más verosímil era que no hubieran hecho alusión alguna al porvenir: ni el Príncipe había prometido explícitamente convertirse al matrimonio, ni la Condesa le había impuesto rigurosamente que se pusiera en regla con el mundo. Ambos debían haberse amado castamente durante un cierto tiempo, ella en la esperanza de apaciguar y redimir al negador, él sin duda sonriendo de tal esperanza, y un día, la complicidad de las circunstancias, la dulce influencia de la hora, la debilidad de la mujer, la prepotencia del hombre habían cambiado repentinamente la naturaleza de sus relaciones. Ella había sufrido íntimamente al ver que la pureza de las intenciones no bastaba, pero no había expresado su propio dolor, cierta de haber contraído un compromiso ante Dios hasta la muerte, y confiada en hacerle reconocer tarde o temprano, aun siendo el hombre que era, la santidad del deber.

¡Cuánto debía haberla amargado el desengaño al descubrir la inutilidad de su entrega! Sin duda, el engaño no se le había presentado evidente de improviso: mientras el Príncipe había continuado amándola, ella había seguido esperando: creyéndolo, sintiéndolo su esposo en el alma, en la sinceridad de la conciencia, había esperado por largo tiempo, llena de esperanza. Y la desconfianza moral ¿había precedido, o seguido a la desilusión sentimental? Seguramente, ambas habían nacido a un tiempo.

En la letra, en la tinta, se notaba que las memorias habían sido interrumpidas otra vez. Y el esfuerzo en no creer la ingrata realidad, aparecía evidente en las nuevas confesiones. La narradora escribía:

«Es preciso creer. Es preciso esperar… Las más de las veces no nos conocemos, necesitamos que se nos revele a nosotros mismos lo que somos…»

Esta idea se refería sin duda al hombre que estaba cerca de ella, a su obstinada insistencia en la obra de destrucción, a la esperanza aun viviente de doblegarlo, de hacer que volviera a tener creencias, pues la Condesa proseguía, horrorizada:

«¡Todavía el odio, la sangre, el fuego! ¡No, jamás; jamás será ese el camino!… ¿Cómo es posible que un alma amante hable así? Dice él que el amor se paga con amor, el odio con odio; esto será justo, pero no es generoso. Y aquellos a quienes combate ¿odian verdaderamente? ¿No sufren, ellos también, de tener que recurrir a la violencia?…»

Parecía, pues, que la discordia entre el instinto de rebelión del Príncipe y la predicación de la paz por la Condesa había precedido al desengaño fundamental; pero en el momento de reconocer la inutilidad de sus propios esfuerzos, ¿no debía haber ella sospechado que aquel hombre no había sido sincero al asegurarla que por su amor había vuelto a creer? ¿Y semejante sospecha no debía herirla, no solamente en sus creencias, sino aun en sus esperanzas?

Ella no hablaba del destino reservado a su amor. ¿Guardaba eso silencio porque más le urgía apaciguar al rebelde que asegurar su propia felicidad? O por el contrario, ¿volvía su atención a la desilusión moral para distraerla de una visión más, pavorosa, de un desengaño que le habría sido mucho más funesto? Si el amor de ese hombre era mentira, ¿no fallaba la íntima sanción que la conciencia había dado a un vínculo contraído fuera de la ley? Para la cristiana a quien la culpa había parecido, si no excusada, por lo menos atenuada por la sinceridad del amor, por la honradez del acuerdo, por la pureza del compromiso ¿no debía implicar una condenación grave la falta repentina de esas condiciones?

Ferpierre veía que estas ideas debían haber preocupado a la difunta en aquel tiempo, casi lo leía entre las líneas. Y así como durante la audición de una frase musical se prevé el desenvolvimiento y la cadencia de la melodía, sus lógicas previsiones resultaban confirmadas por los siguientes párrafos de las memorias:

«No he tenido valor, pero es preciso que lo tenga. Ya otra vez tuve miedo de descender a mi interior para realizar un examen de conciencia, este deber que siempre me ha sido fácil, y agradable. Pero el miedo de entonces nada tenía que pudiera parangonarse con el de hoy.

»¿Me engaño a mí misma? ¿Y cómo pretender que los demás sean sinceros? ¿Me impide la soberbia confesarme que he podido engañarme? Pero Dios, que lee en mi corazón, sabe que yo he creído en el bien. Y todavía lo creo.

»Él no se conoce. Obedece a tantas y tan variadas impulsaciones. Su pensamiento es tan complejo, su experiencia ha sido tan vasta, que él mismo no sabe cuál es su verdadera naturaleza y por eso no la libra de pasajeros impulsos, no se hace distinto de sí mismo. Yo esperaba conseguir ponerlo otra vez en el camino de la verdad, pero la obra es más difícil y requiere más tiempo del que me había figurado. Sin embargo, todavía me mantienen la esperanza, la confianza que me animaban antes.

»Hay momentos en que dudo. Dudo, más que de él, de mi misma. Pienso que esta esperanza es falaz, que esta confianza no es sincera, que yo me sirvo de ambos para ocultar algo menos digno, para secundar un deseo menos puro.

»¿No es este el juicio que todos pronunciarían? ¿Se sirve acaso de medios ambiguos quien quiere alcanzar un fin recto? ¿Debía yo seguir vías tortuosas para ponerlo a él en el camino real? Yo, que debo darle el ejemplo de la virtud en que él no cree, le he dado más bien otra prueba de aquella debilidad acomodaticia que antes condenaba…

»No puedo siquiera decir que he sido sorprendida, que no he previsto lo que iba a suceder. ¡Cuántos sofismas! ¡Previendo la caída, me decía a mí misma que él no podía querer ni envilecimiento, pensaba confiarme a él para no practicar un acto de soberbia atribuyéndome exclusivamente la capacidad de regular nuestro amor!

»Y no habría habido tal soberbia. Esta capacidad es nuestra, nosotras, mujeres somos responsables del bien y del mal. Nuestra resistencia debe dictar la ley a la energía exuberante y prepotente de los hombres. Pero otra idea me doblegó: la de que para las almas fuertes no hay ley escrita en un libro; basta comprenderla. El que las desconoce todas, me dice que por mí ha comprendido la ley del amor: la fidelidad. Ahora yo no puedo, no debo, no quiero sospechar que se haya burlado hasta de esa ley. Y sin embargo, ¿de qué me sirve pensar estas cosas, decirlas en alta voz, escribirlas, si la duda me embarga y me atormenta?

»Poco a poco, pero con claridad perfecta, la he visto surgir, crecer, agigantarse. La duda angustiosa se convierte en ciertos momentos en desesperada certidumbre. Entonces pienso que todavía me quedará una fuerza para ejercer, la fuerza extrema: el perdón. Presiento que no me costará hacerlo, y eso es malo, pues si me costara, habría en ello mayor mérito. Pero él puede hacer de mí lo que quiera, con tal de que no niegue todo y siempre…

»¡Ah, esa risa…!»

¿Era de esperar que Zakunine hubiera cumplido la única condición impuesta por la desventurada?… Al reconstruir con la ayuda de esas confesiones el carácter del acusado, veía Ferpierre que el juicio adverso a ese hombre, formulado por Roberto Vérod, no era fruto de la pasión. Detrás de su profesión de fe humanitaria, de su predicación de la justicia, de la igualdad, del amor, debía ocultar un egoísmo escéptico, bajos apetitos, intenciones malsanas, puesto que había sido capaz de reducir a semejante tormento a un ser que se le había rendido a discreción. Si la ilusión de inducirlo a una persecución más tranquila de la reforma social había fracasado ¿había respondido él por lo menos con actos de bondad, a esas demostraciones de amor?

Ferpierre volvió con mayor interés a la lectura del diario:

«Hoy me ha dicho estas mismas palabras que copio, sin cambiar nada en ellas:

«¿De modo que tú crees que el amor es inmortal? ¿No comprendes que un día cesarás de amarme, que ya no me amas como antes? Tú me juzgas indigno del amor: piensas que te has sacrificado; el sacrificio te duele, y quieres obtener su compensación: en otro amor lo buscarás, no lo dudes: alguno te lo ofrecerá… Al principio dirás que la culpa ha sido mía; más tarde reconocerás que yo no soy el culpable. Dentro de ti, dentro de mí, en los nervios, en la carne, en la sangre de nosotros todos, hay un fermento que nada ni nadie podrá calmar: cuando tengas hambre, te cebarás; una vez que hayas comido, te sentirás saciada. Fuera de esta verdad no hay otra. Es preciso decirla, repetirla, honrarla, y reconocer que tus leyes, tus mandamientos, tus escrúpulos, son mentira e hipocresía que debemos desenmascarar y confundir. Tus grandes nombres, el Amor, el Deber, el Derecho, tienen un sentido, pero no el mismo que tú crees. Nuestro deber y nuestro derecho se reducen a obtener y mantener el placer, que es la razón, el origen, el fin de la vida; mientras tu placer está en el mío, nos amamos; cuando ya no bastamos el uno para el otro, el amor termina. Tú pronuncias otra sonora palabra: el Honor. ¿ Dónde lo sitúas? Mi honor consiste en decir lo que pienso, en poner de acuerdo mis acciones con mis ideas. Todo el mundo está lleno de preocupaciones inicuas; pero más estúpidas que inicuas. La ciencia, que no miente, se ha apoderado de la verdadera, la única ley que hay en el cúmulo de las mentiras seculares: la ley de la lucha por la existencia.

»Ocultadla, echad al fuego los libros que la enseñan, si queréis que todavía se crea en vuestras mentiras. Pero una vez que la reconocéis ¿cómo podéis permanecer serios, oyendo repetir esas mentidas cantinelas? Hay que escoger entre la muerte y la vida: renunciar a la vida es preferible, pero vosotros no lo queréis, y ya que tengo que vivir, extermino a todo el género humano para procurarme aquello que a ti te parece la más fútil de las satisfacciones! Tú querías que formáramos una familia indisoluble. Pero ¿no estás contenta ahora de ser libre, no te parece bien estar en aptitudes de poder abandonarme si, habiéndome visto tal como soy, sientes que te inspiro horror? ¡Deja que los hijos ignoren lo que son sus padres, si no quieres que maldigan a los que les han dado vida! ¿Por qué deseabas que nos ligáramos indisolublemente, cuando cada uno de nosotros es autónomo, cuando nada impide—antes por el contrario todo concurre a ello,—que cada uno de los dos pueda amar a otro ser y un día llegue a hacerlo? Si tú me abandonas cuando yo no te ame ya, te lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía te ame, te mataré. Tú haz otro tanto. Mi derecho es igual al tuyo. Así proceden todos los hombres, a despecho de los códigos imbéciles y de las hipócritas predicaciones. La anarquía que nosotros queremos establecer existe ya en las costumbres, pero todavía no es más que una anarquía en el sentido que vosotros la dais, es decir, el desconocimiento y la lesión de las leyes. Lo que se necesita en vez de aquello, es una anarquía que se conforme a las leyes naturales, la uniformación consciente del instinto vital: fuera de eso no hay nada.»

«No he omitido la menor cosa: estas fueron sus propias palabras. Tiene razón. Fuera de eso, no hay nada…»

Y Ferpierre, a pesar de estar acostumbrado desde hacía largo tiempo al espectáculo del dolor, se sentía conmovido al pensar cuán amarga debía haber sido la pena de esa creyente. Para que transcribiera semejantes palabras, cada una de las cuales debía ofenderla como un insulto y espantarla como una blasfemia; para que reconociera que Zakunine tenía razón, era preciso que la infeliz se condenara sin ninguna excusa, que se juzgase perdida sin la menor esperanza. Debía haber reconocido, por fin, que la ilusión de redimir una alma y el deseo de hacer el bien habían sido simples pretextos, que en su amor, que en todos los amores, que en toda la vida, no oímos más voz que la de los instintos ínfimos. Y ese era el resultado: ella, que quería hacer que su amante volviera a tener creencias, ella que quería atraerle a su propia fe, se veía empujada a la duda, a la negación. ¡En vez de curar al enfermo, éste la había contagiado su mal; en vez de purificar al réprobo, se encontraba contaminada por su contacto!

Pero ¿podría, en realidad, renegar por largo tiempo las creencias de toda su vida? En esa frase en que daba la razón al negador ¿hasta qué punto intervenía la ironía? Mientras ella le hablaba de su amor, él aducía argumentos escépticos, cínicos y casi preveía que iba a ser traicionado; esto era suficiente para que la desgraciada se escarneciera a sí misma; pero ¿qué pensaba de la posibilidad de la traición? ¿Reconocía que, por una lógica fatal, a su primer error debía seguir un segundo y un tercero, o por el contrario, se rebelaba contra esta lógica? Allí estaba el problema moral, cuya solución habría aclarado el misterio judicial.

Y la curiosidad de Ferpierre crecía, la atención que prestaba a las confesiones de la muerta se redoblaba.

«¡Qué desastre para una madre, tener que despreciar a su propio hijo, al vivo fruto de sus entrañas, a la mejor parte de su ser!

»La desgracia de la vida consiste en la idea de la felicidad.

»La persona que sigue a la tumba a un ser adorado ¿será pasible de castigo? ¿Es un delito en un hijo, en un esposo, morir con el padre o con la esposa? ¿Un acto tan hermoso es condenable? ¡Si yo hubiese muerto con mi padre!

»Rogar a Dios que nos envíe la muerte, esperarla como una salvación, desearla como una recompensa, ¿no es casi como dársela? ¿Es acaso tan grande la distancia que separa la vocación ardorosa del acto? Si el acto es una culpa ¿cómo podrá ser consentida la intención suplicante?…

»No tendré que esperar mucho; la obra de destrucción está ya adelantada: el dolor muerde mi pecho con mayor saña. Pero cada día, cada hora que pasa, me hacen mucho daño.

»Hay coincidencias que parecen, advertencias, consejos, complicidades, del destino. ¿Por qué ha venido esa arma a mis manos, precisamente cuando sentía su falta?…»

Todos estos párrafos en que la infeliz discutía consigo misma el problema del suicidio, demostraban que ya no tenía más esperanza que la de la muerte. Más allá transcribía una sentencia que había leído en un libro:

«Cuando vivo bajo las leyes, tengo la obligación de cumplirlas; pero, ¿pueden aún obligarme cuando estoy fuera de ellas?» (Montesquieu.)

Este juicio había debido parecerle singularmente adaptable a su propia situación. No obstante todos sus razonamientos contrarios, debía ver que el suicidio es un mal, y que la ley moral ordena soportar pacientemente la vida hasta el último día; pero este mandamiento podía valer para quien había obedecido a todos los otros; ella, que había infringido ya uno mucho más grave, debía sentirse desligada de esta obligación, y además, cuando pensaba en matarse, quería imponerse un castigo.

«¿Sería tiempo?» se preguntaba en otro párrafo. Cierto; cuando vea que todos los otros remedios son imposibles, cuando la esperanza haya muerto del todo, podré ejecutar este acto; pero ¿soy yo buen juez de la oportunidad del momento? ¿No parece con frecuencia que un cuerpo viviente está próximo a disolverse bajo la acción de un mal implacable, y después la Naturaleza encuentra en sí misma la fuerza necesaria para hacerlo revivir? La vida, tan abundante y fecunda ¿no puede resolver de un modo inesperado una situación al parecer sin salida? ¿No debería la esperanza ser la última en morir? ¿Me toca entonces esperar?…»

Persuadida de la conveniencia de hacerlo había esperado; pero ¿qué había conseguido con ello?

Después de algunas páginas en blanco, el juez halló este pensamiento que le llamó la atención:

«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un nuevo dolor.—La noche del 12 de Agosto

Entre las dos hojas había algunas flores secas, rígidas y descoloridas, a guisa de señal.

Esas flores y la fecha puesta debajo de aquellas palabras, hicieron pensar a Ferpierre que se trataba de algún suceso más digno de atención, al cual la Condesa atribuía especial importancia. Continuó leyendo y encontró otro párrafo en el que se detuvo mayor tiempo. La difunta no expresaba su propio pensamiento: copiaba otra vez algo de un libro:

«Nada contribuye tanto a hacer desagradable la vida, como un segundo amor. El carácter de eternidad, de la infinidad que lleva consigo el amor y lo levanta sobre todas las cosas, se ha desvanecido ya: el amor parece efímero como todo lo que comienza de nuevo.» (Goethe.)

Ferpierre recordaba muy bien este juicio del poeta alemán: ¿podía la difunta haberlo citado sin aplicárselo a sí misma? Y la duda que había expresado a Vérod comenzaba a tomar consistencia. ¡Sí la Condesa había copiado esa desconsolada sentencia después de haber conocido a Vérod cuando se encontraba turbada por una simpatía aun inconsciente, era necesario creer que no esperara hallar en el segundo amor una compensación sino un motivo de pena! Después de haber esperado, después de haber querido esperar en la vida ¿qué obtenía de esto? ¡No una ayuda, sino el último desastre!

La sentencia del poeta significaba que el segundo amor está condenado irremisiblemente, porque alucinarse con la profundidad del nuevo afecto no es posible para el corazón que ya ha visto la muerte del primero. Los salvajes de América creían inmortales a los primeros europeos que llegaron a conquistar el nuevo mundo, y por eso los juzgaban omnipotentes, hasta que al ver sucumbir el primer español reconocieron el engaño y cesaron de venerarlos…

Pero la certidumbre expresada por Goethe y afirmada después por la Condesa d’Arda ¿qué podía valer contra las persuasiones del instinto vital? ¿A cuántos impide amar nuevamente el saber que el nuevo amor terminará como el primero? La certidumbre de morir que se tiene ¿es acaso una razón para suicidarse? Aquel que concibe la triste verdad vive mal, pero sin embargo vive, porque los instintos son más persuasivos que las concesiones abstractas… la capacidad de refrenarlos consiste solamente en la sanción moral.

La condición en que se hallaba la Condesa, la falta de alguna obligación escrita que la vinculara indisolublemente al Príncipe, el ejemplo que le daba su indigno amante, tenía natural, humanamente, que impulsarla a buscar en el nuevo amor un consuelo y un goce cuya caducidad, común a todas las cosas humanas, no podía ni debía detenerla. Lo que ocurría consistía en que mientras era libre ante los hombres, se había vinculado ante su propia conciencia, sin el auxilio del rito, pero con sinceridad completa. Cierto que se había puesto fuera de las leyes, pero con el fin de hacer que volviera a ellas quien las había abandonado y desconocido, y si había recibido de éste el ejemplo del mal, había sido por darle el del bien. Alimentar ese nuevo amor no era, por lo tanto, posible, sin renunciar a las atenuaciones que, en la ambigüedad de su estado, la substraían a la condena o la permitían por lo menos, abrigar la esperanza de que podría evitar su rigor. «Esta idea me convenció: que para las almas, fuertes no se necesita que la ley esté escrita en un libro: basta comprenderla.» ¿Era posible que hubiera olvidado sus propias palabras, el sentimiento que se las había dictado? Si aquel sentimiento era sincero y sano; si el alma de aquella mujer fuera tan elevada y fuerte como aparecía en las declaraciones de los testigos y en las páginas del libro, no sólo era posible que se hubiese dado la muerte, sino que el suceso debía haber sido casi previsto.

Antes de haber encontrado a Vérod, su corazón estaba oprimido, su vida llena de amargura, todos sus esfuerzos habían fracasado; pero, sin embargo, aun podía respetarse. En la amargara del desengaño había podido, sí, censurarse y declararse vil, afirmando que se había unido con el Príncipe Alejo, no por cumplir un noble propósito, animada de un sentimiento purísimo, sino sencillamente por satisfacer su propia concupiscencia, y hasta debía decirse que ese su propio fallo era atenuado. Una segunda caída no solamente no tenía excusa alguna, sino que además habría confirmado ni escéptico juicio que se había formado de ella su primer amante:

«Tu sacrificio te duele; quieres obtener una compensación y la buscarás en otro amor: no lo dudes, alguien te lo ofrecerá…» Estas palabras de Zakunine que la habían humillado y ofendido cuando no eran más que una escéptica previsión, habrían sido confirmadas por el hecho, expresado la realidad, si ella hubiera cedido al amor de Vérod: entonces el escéptico, el negador, el blasfemador hubiera tenido razón; la fe en que la creyente se sostenía contra él se había reducido como él quería reducirla, a una mentira, a una hipocresía.

Ferpierre se repetía a sí mismo que el suicidio, en tales condiciones, no era solamente posible, sino hasta casi necesario. Ya por otras razones había reconocido su verosimilitud en una naturaleza melancólica y contemplativa como aquélla, en una alma habituada a mirar asiduamente dentro de sí misma, a estudiar sin miedo, y más bien con una especie de complacencia los problemas de la vida. Y a la luz de estas deducciones hallaba nuevos indicios en las últimas notas del diario, allí mismo donde por la mañana el juez de paz había buscado, sin encontrar, la confesión de la muerte voluntaria. La desgraciada no confesaba que se mataba; pero el significado de las últimas palabras parecía en ese momento más claro a Ferpierre:

«Es preciso que la fe sea muy robusta y busque y halle un modo de afirmarse contra la duda triunfante…

»La mayor tristeza consiste en tener que renunciar a la esperanza.

»La última esperanza…»

«…Al dilema pavoroso: vivir pecando, o…»

Estas eran las últimas palabras. ¿No debía completarse la frase de esta manera: «o morir para evitar el pecado?»


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