La isla del tesoro (capítulo 34 – final), novela de Robert L. Stevenson


Robert Louis Stevenson

Capítulo 34 – El fin de todo

Al día siguiente, muy de mañana, empezamos a acarrear aquella inmensa fortuna hasta la playa, que distaba cerca de una milla, y desde allí, otras tres millas mar adentro hasta la Hispaniola. La tarea fue muy pesada para tan corto número como éramos. Los tres forajidos que aún erraban por la isla no nos preocupaban; uno de nosotros vigilando en la cima de la colina bastaba para protegernos de cualquier repentina agresión; y además, no dudábamos de que estarían más que hartos de cualquier querella.

Hicimos nuestro trabajo con entusiasmo. Gray y Ben Gunn fueron los encargados de tripular el bote, y los demás, en su ausencia, íbamos apilando el oro en la playa. Dos de los lingotes, atados con un cabo, eran ya de por sí carga más que suficiente para un hombre fornido; tan pesada, que exigía un lento transporte. En cuanto a mí, como no servía por mi fortaleza para estos trabajos, me destinaron a ir envasando las monedas de oro en los sacos de galleta, y pasé el día en la cueva.

Aquélla era una extraña colección de monedas, como la que había encontrado en el cofre de Billy Bones, por la diversidad de cuños, y tan fascinante, que jamás he gozado tanto como al ir clasificándolas. Había piezas inglesas, francesas, españolas, portuguesas, georges y luises, doblones y guineas de oro, moidores, cequíes, y en fin, toda la galería de retratos de los reyes de Europa en los últimos cien años junto a monedas orientales de raro diseño, acuñadas con dibujos que parecían retazos de telas de araña, monedas cuadradas en lugar de redondas y taladradas algunas en su centro como para poder colgarlas de un collar.

Formaban el más variado museo del dinero, y, en cuanto a su cantidad, creo que eran más que las hojas en el otoño, o que lo digan mis riñones, que con dificultad soportaban aquel trabajo, y mis dedos, que no daban abasto a ir clasificándolas.

Ese trabajo duró varias jornadas, y cada atardecer una fortuna iba siento estibada junto a otra en nuestro barco y otra aún mayor quedaba aguardando su traslado para el siguiente día. Durante todo ese tiempo no vimos ni señales de los tres amotinados que habían huido.

Sólo una vez -creo que fue a la tercera noche-, cuando el doctor y yo paseábamos por la colina contemplando desde allí todas las tierras bajas de la isla, la densa oscuridad nos trajo en el viento un rumor de risas y gritos. Sólo un instante. Y de nuevo se hundió en el silencio.

-¡Que los cielos se apiaden de ellos! -dijo el doctor-. ¡Son los amotinados!

-Y borrachos, señor -oímos la voz de Silver detrás de nosotros.

Porque debo decir que Silver estaba en completa libertad, y que, a pesar de los constantes desaires a que era sometido, poco a poco parecía ir recobrando sus antiguos privilegios. Verdadera mente resultaba admirable cómo encajaba todas las humillaciones y con qué incansable cortesía y afabilidad no cesaba de intentar congraciarse con todos. Sin embargo, no conseguía que se le tratara mejor que a un perro, salvo por parte de Ben Gunn, que parecía conservar ante su antiguo cabo el mismo pavor de siempre. Y también por lo que a mí se refiere, que realmente me sentía agradecido con él, aunque no me faltasen razones para dudar de su conducta, pues hasta en el último momento, en la meseta, le había visto planear una nueva traición. Por eso el doctor le respondió desabridamente:

-Borrachos o delirando.

-Lleváis razón, señor-replicó Silver-; lo que para vos o para mí viene a importar lo mismo.

-Supongo que no pretenderá que a estas alturas le considere un hombre compasivo –le dijo el doctor irónicamente-, y si mis emociones le resultan ciertamente incomprensibles, señor Silver, he de decirle que, si estuviera convencido de que sus compinches están delirando, lo que no me extrañaría, porque uno de ellos al menos debe ser pasto de las fiebres, saldría ahora mismo de aquí y, aunque me jugase la piel, no dudaría en prestarles los auxilios de mi profesión.

-Perdonadme, señor, pero creo que haríais muy mal -respondió Silver-. Podríamos perder vuestra vida, que es preciosa, no os quepa duda. Yo estoy ahora metido hasta el cuello en vuestro partido, y no me gustaría verlo disminuido, y menos aún tratándose de vos, a quien tanto debo. Esos que aúllan ahí abajo no son hombres de palabra, no, ni siquiera aunque lo pretendieran; y lo que es más, no entenderían la vuestra.

-No -dijo el doctor-. En cuanto a palabra, ya sé que sólo usted es capaz de mantenerla, ¿no es verdad?

No volvimos a saber de los tres piratas. En una ocasión escuchamos el estampido de un mosquete en la lejanía, y nos figuramos que estaban cazando. Entonces celebramos un consejo y se decidió abandonar la isla, lo que provocó la alegría de Ben Gunn y la más rotunda aprobación por parte de Gray. Dejamos allí, para que pudiera ser aprovechado por los piratas, una buena provisión de pólvora y municiones, gran cantidad de salazón de cabra y algunas medicinas, así como herramientas y ropa y una vela y un par de brazas de cuerda, y, por especial indicación del doctor, un espléndido regalo de tabaco.

Eso fue lo último que hicimos en la isla. El tesoro estaba embarcado y habíamos hecho acopio de agua y cecina. Y así, en una mañana de limpio aire, levamos anclas y zarpamos de la Cala del Norte enarbolando el mismo pabellón que nuestro capitán izara orgulloso en la empalizada.

Los tres forajidos debían estar espiándonos con más atención de la que nosotros suponíamos, pues, al navegar por la bocana de la bahía, lo que nos obligó a acercarnos a la punta sur, los vimos en el arenal, juntos y arrodillados implorando con sus brazos en alto. Creo que lograron que nuestros corazones se apiadaran de su miserable suerte, pero no podíamos correr el riesgo de otro motín; y conducirlos a la patria, donde serían ajusticiados, también hubiera sido un acto cruel en su humanitarismo. El doctor les dijo a gritos que les habíamos dejado suficientes provisiones y útiles y dónde podían encontrarlos. Pero ellos siguieron llamándonos, y por nuestros nombres, y suplicándonos por Dios que tuviéramos compasión y no los abandonásemos en aquellos parajes. Cuando se convencieron de que el barco no se detendría y que no tardaríamos en estar fuera de su alcance, uno de ellos -no sé quien- se levantó, se echó el mosquete a la cara y disparó contra nosotros; la bala silbó sobre la cabeza de Silver y atravesó la vela mayor.

Nos protegimos tras la borda y, cuando volví a mirar, ya no estaban en la franja de arena, y hasta la misma restinga casi no se percibía en la distancia. Habíamos acabado con ellos, y, antes de que el sol estuviera en su cenit, pude ver, con la más inmensa alegría, cómo la cima de la Isla del Tesoro se hundía tras la curva azulísima del horizonte marino.

Sufríamos tal escasez de marineros, que todos a bordo tuvimos que hacernos a la maniobra, menos el capitán, que ordenaba desde su lecho, una colchoneta situada en popa, pues, aunque ya estaba bastante repuesto, todavía precisaba esa quietud. Pusimos proa hacia el puerto más cercano de la América española, porque no podíamos arriesgarnos a emprender el regreso a la patria sin enrolar una nueva tripulación; sufrimos un par de temporales y tuvimos vientos contrarios antes de llegar a nuestro primer destino, al que arribamos con muchas dificultades.

Un atardecer anclamos en un bellísimo golfo bastante bien abrigado, y en seguida nos vimos rodeados de canoas tripuladas por negros, indios mexicanos y mestizos, que nos ofrecían frutas y verduras y que estaban dispuestos a bucear para recoger las monedas con que pagásemos aquellos presentes. La visión de aquellos rostros risueños (sobre todo los de los negros), aquellos frutos tropicales exquisitos, y la contemplación de las luces del poblado que empezaban a encenderse hacía un contraste encantador con nuestra trágica y sangrienta aventura en la isla; y el doctor y el squire, llevándome con ellos, fueron a tierra para pasar allí la velada. En el poblado encontraron a un capitán de la Marina Real inglesa con el que departieron largamente y que nos llevó a su navío; y, en resumen, lo pasamos tan agradablemente, que regresamos a la Hispaniola con las primeras luces del alba.

Encontramos a Ben Gunn solo en cubierta, y en cuanto nos vio a bordo empezó con grandes aspavientos a contarnos lo sucedido en nuestra ausencia. Silver se había escapado. Gunn confesó que había sido cómplice en su fuga, y que ya hacía unas horas que había partido en un bote, pero nos juraba que lo había hecho por salvar nuestras vidas, que estaba seguro hubieran peligrado si «aquel cojo permanecía a bordo». Y eso no era todo: el cocinero no nos había abandonado con las manos vacías. Había perforado un mamparo robando uno de los sacos de oro, que podía contener trescientas o cuatrocientas guineas, que bien habrían de venirle en su vida errabunda.

Creo que todos nos alegramos de habernos quitado ese peso y al más bajo precio.

Añadiré, para no alargar demasiado esta ya larga historia, que enrolamos algunos marineros, que nuestra travesía hasta Inglaterra fue feliz y que la Hispaniola arribó a Bristol cuando el señor Blandly estaba disponiendo un barco de socorro. Con ella regresábamos cinco de los que nos habíamos lanzado en aquella aventura. «La bebida y el diablo se llevaron el resto», y con ensañamiento; de cualquier forma, tuvimos más suerte que aquel otro barco del que cantaban:

Y sólo uno quedó
de setenta y cinco que zarparon.

Cada uno de nosotros recibió su muy considerable parte de aquel tesoro, y usamos de ella con prudencia o despilfarrándola, según la naturaleza de cada cual. El capitán Smollett se ha retirado de la mar. Gray no sólo supo conservar su dinero, sino que, habiéndole acuciado un súbito deseo de prosperar, se dedicó con afán a su profesión y hoy es piloto y copropietario de un hermoso barco, ha contraído matrimonio y es padre de familia.

En cuanto a Ben Gunn, se le dieron mil libras, que gastó o perdió en tres semanas, o para decir mejor, en diecinueve días, pues el que hacía veinte ya vino a nosotros mendigando. Entonces se le encomendó, para garantizarle su vida, un puesto de guardián en una hacienda, que era lo que tanto había temido él, en la isla; y ahí continúa sus días, siendo muy querido y popular entre los hijos de los campesinos y un notable solista en el coro de la iglesia los domingos y fiestas de guardar.

De Silver no hemos vuelto a saber. Aquel formidable navegante con una sola pierna ha desaparecido de mi vida; supongo que se reuniría con su vieja negra y que vivirá todavía, satisfecho, junto a ella y al Capitán Flint. Y ojalá así sea, porque sus posibilidades de gozo en el otro mundo son harto escasas.

Los lingotes de plata y las armas aún están, que yo sepa, donde Flint las enterró; y por lo que a mí concierne, allí van a seguir. Yuntas de bueyes y jarcias que me arrastraran no conseguirían hacerme volver a aquella isla maldita; pero aún en las pesadillas que a veces perturban mi sueño oigo la marejada rompiendo contra aquellas costas, o me incorporo sobresaltado oyendo la voz del Capitán Flint que chilla en mis oídos: «¡Doblones! ¡Doblones!»


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comentarios

3 comentarios sobre “La isla del tesoro (capítulo 34 – final), novela de Robert L. Stevenson

  • el 15/08/2012 a las 11:02
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    me encata esta historia,,,de niño lei la continuación de esta historia donde finalmente encuentran el super tesoro de flint,,pero en la actualidad no puedo rastraer como conseguirlo,,

    o como realmente es el titulo del mismo..
    alguna idea?

Comentarios cerrados.

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