La isla del tesoro (capítulo 33), novela de Robert L. Stevenson


Robert Louis Stevenson

Capítulo 33 – La caída de un jefe

Jamás se vio revés semejante en este mundo. Cada uno de los seis hombres se quedó como si lo hubiera fulminado un rayo. Pero Silver reaccionó casi en el acto. Todos sus pensamientos habían estado dirigidos, como un caballo de carreras, hacia aquel dinero; pero se contuvo en un segundo y conservó la cabeza, trató de recuperar su humor y cambió sus planes antes de que los otros fueran presa del desengaño.

Jim -me susurró-, toma esto. Y pon atención, porque en un momento estallará la tormenta.

Y deslizó en mi mano un pistolón de dos cañones.

Empezó al mismo tiempo a deslizarse cautelosamente y sin perder la calma, hacia el norte, y con unos pocos pasos puso la excavación entre nosotros y los cinco piratas. Entonces me miró y movió su cabeza como diciéndome: «Estamos en un callejón sin salida», que era lo que yo también pensaba de aquella situación. Su mirada se había transformado y ahora era completamente amistosa; pero yo sentía ya tal repugnancia ante aquellos cambios constantes de actitud, que no pude evitar decirle:

-Ahora cambiará usted otra vez de casaca.

Pero no tuvo tiempo de responderme. Los bucaneros, con terribles maldiciones, empezaron a saltar al fondo del hoyo y a escarbar con sus dedos, tirando las tablas fuera. Morgan encontró una moneda de oro. La levantó por encima de su cabeza gritando una sarta de maldiciones horribles. Era una moneda de dos guineas, y empezó a pasar de mano en mano.

-¡Dos guineas! -gritó Merry mostrándole a Silver la pieza-. Estas son las setecientas mil libras, ¿no es así? Ahí tenemos al hombre de los pactos. Tú eres el que nunca estropea un negocio, ¿verdad?, ¡tú, estúpido marino de agua dulce!

-Seguid escarbando, muchachos -dijo Silver con el más insolente descaro-; seguramente encontraréis alguna criadilla.

-¡Criadillas! -respondió Merry dando un chillido-. ¿Habéis oído eso, compañeros? Tú lo sabías todo, John «el Largo». Miradlo. Se le nota en la cara.

-Ah, Merry -dijo Silver-, ¿otra vez con pretensiones de capitán? Verdaderamente eres un tipo de empuje.

Pero todos los piratas parecían pensar como Merry. Empezaron a salir de la excavación con furiosas miradas. Y observé algo que podía significar lo peor para nosotros: que todos subían y se situaban en la parte opuesta a Silver.

Y así nos quedamos: dos en un bando, cinco en el otro, el hoyo entre los dos grupos y nadie con el valor suficiente para dar el primer golpe. Silver no se movió: los observaba muy firme sobre su muleta y me pareció más decidido y sereno que nunca. No me cabe duda de que era un hombre valiente.

Merry seguramente pensó que una arenga podía decidir a sus compinches.

-Camaradas -dijo-, ahí delante tenemos a esos dos, solos; uno es un viejo inválido, que nos ha metido en esto, y suya es la culpa de estar como estamos; el otro es un cachorrillo, a quien yo mismo he de arrancar el corazón. ¡Vamos, compañeros!

Levantó su brazo al mismo tiempo que su voz, ordenando el ataque. Pero en aquel instante -¡zum! ¡zum! ¡zum!- tres disparos de mosquete relampaguearon en la espesura. Merry cayó de cabeza en el hoyo; el hombre de la cabeza vendada giró sobre sí mismo como un espantapájaros y cayó de costado, herido de muerte, aunque aún se retorcía; los demás volvieron la espalda y echaron a correr con toda su alma. Y antes de respirar siquiera, John «el Largo» descargó sus dos tiros sobre Merry, que, intentaba levantarse; volvió a caer y alzó sus ojos en el último estertor.

-George -le dijo Silver-, cuenta saldada.

En ese instante el doctor, Gray y Ben Gunn salieron del bosque de árboles de la nuez y se unieron a nosotros con los mosquetes aún humeantes.

-¡Corramos! -gritó el doctor-. ¡Corramos, muchachos! ¡Hay que impedir que lleguen a los botes!

Y nos lanzamos tras ellos, hundiéndonos a veces hasta el pecho en aquellos matorrales.

Silver no quería que lo dejásemos atrás. El esfuerzo que aquel hombre realizó, saltando con su muleta hasta que los músculos del pecho parecían estar a punto de reventar, no lo he visto nunca igualar por nadie; y lo mismo considera el doctor. Pero no pudo alcanzarnos, y corría rezagado unas treinta yardas, cuando llegamos a la meseta.

-¡Doctor! -gritó-, ¡mire allí! ¡No hay prisa!

Y verdaderamente no la había. En la zona más despejada de aquella altiplanicie pudimos ver a los tres piratas supervivientes, que corrían en una dirección equivocada, hacia el monte Mesana; así pues estábamos entre ellos y los botes. Nos sentamos a descansar los cuatro, mientras John Silver, enjugándose el sudor de la cara, casi se arrastraba hacia nosotros.

-Muchas gracias, doctor -dijo-. Habéis llegado en el momento preciso para Hawkins y para mí. ¡De modo que eras tú, Ben Gunn! -añadió-. Buena pieza estás hecho.

-Soy Ben Gunn; ése soy -contestó el abandonado, casi temblando como un anguila en su azoramiento-. Y -siguió después de una larga pausa-, ¿cómo está usted, señor Silver? Muy bien, muchas gracias, debe decir usted.

-Ben Gunn -murmuró Silver-, ¡y pensar que tú me la has jugado!

El doctor envió a Gray a buscar uno de los picos que los amotinados habían olvidado en su fuga; y conforme regresamos, caminando ya con toda tranquilidad cuesta abajo hasta donde estaban fondeados los botes, me contó en pocas palabras lo que había sucedido. La historia interesaba mucho a Silver, y en ella Ben Gunn, aquel abandonado medio idiotizado, era el héroe.

Resulta que Ben, en sus largas y solitarias caminatas por la isla, había encontrado el esqueleto, y había sido él quien lo despojara de todo; había localizado el tesoro y lo había desenterrado (suyo era el pico cuyo astil partido vimos en la excavación) y había ido transportándolo a cuestas, en larguísimas y fatigosas jornadas, desde aquel gigantesco pino hasta una cueva que había encontrado en el monte de los dos picos, en la zona noreste de la isla, y allí lo había almacenado a buen recaudo dos meses antes de que nosotros arribásemos con la Hispaniola.

Cuando el doctor logró hacerle confesar este secreto, la misma tarde del ataque, y después de descubrir, a la mañana siguiente, que el fondeadero estaba desierto, fue a parlamentar con Silver, le entregó entonces el mapa, puesto que ya no servía para nada, y no tuvo reparo en entregarle las provisiones, porque en la cueva de Ben Gunn había bastante carne de cabra, que él mismo había conservado; así le entregó todo, y más que hubiera tenido, con tal de poder salir de la empalizada y esconderse en el monte de los pinos, donde estaba a salvo de las fiebres y cerca del dinero.

-En cuanto a ti, Jim -me dijo-, me dolió mucho, pero hice lo que creí mejor para los otros, que habían cumplido con su deber; y si tú no eras uno de ellos, la culpa era sólo tuya.

Pero aquella mañana, al comprender que yo me vería complicado en la siniestra broma que les había reservado a los amotinados, había ido corriendo hasta la cueva, y dejando al capitán al cuidado del squire, acompañado por Gray y el abandonado, había atravesado la isla en diagonal con el fin de estar pronto a auxiliarnos, como fue preciso, en la excavación junto al pino. Y al darse cuenta de que era bastante improbable alcanzarnos, dada la delantera que llevábamos, envió por delante a Ben Gunn, que era hombre veloz en su carrera, para que hiciese lo necesario mientras ellos llegaban. Fue entonces cuando a Ben se le ocurrió retrasarnos con la treta de Flint, que sabía asustaría a sus antiguos compañeros; y le salió tan bien, que permitió que Gray y el doctor llegaran a tiempo y pudieran emboscarse antes de la aparición de los piratas.

-Ah -dijo Silver-, tener a Hawkins ha sido mi mejor fortuna. Porque habríais dejado que hiciesen trizas al viejo John sin la menor consideración, ¿no es así, doctor?

-Ni por un instante -replicó el doctor Livesey jovialmente. Llegamos al fin donde estaban los botes. El doctor, con un zapapico abrió vías de agua en uno de ellos, y rápidamente embarcamos todos en el otro y nos hicimos a la mar para ir costeando hasta la Cala del Norte.

Navegamos ocho o nueve millas. Silver parecía muy fatigado, y a pesar de ello se sentó a los remos, como el resto de nosotros, y así fuimos saliendo a mar abierta por una superficie serena y misteriosa. Poco después atravesamos el canal y doblamos el extremo sureste de la isla, a cuya altura, cuatro días antes, habíamos remolcado la Hispaniola.

Al pasar frente al monte de los dos picos, pudimos ver la oscura boca de la cueva de Ben Gunn, y junto a ella la figura erguida de un hombre vigilando con un mosquete: era el squire, y lo saludamos agitando un gran pañuelo y con tres hurras, en los cuales debo decir que Silver tomó parte con tanto entusiasmo como el que más. Tres millas más allá entramos en la embocadura de la Cala del Norte, y cuál no sería nuestra sorpresa al ver la Hspaniola navegando sola. La pleamar la había puesto a flote y, si hubiera soplado un viento fuerte o una corriente tan poderosa como la del fondeadero sur, posiblemente nunca más la hubiéramos recobrado o la hubiésemos hallado encallada y destrozada contra cualquier roca. Pero por suerte no había percance alguno que lamentar, salvo que la vela mayor estaba destrozada. Dispusimos otro ancla y la fondeamos en braza y media de agua. Entonces regresamos remando hasta la rada del Ron, donde estaba el tesoro; y desde allí Gray regresó solo con el bote a la Hispaniola para pasar la noche de guardia.

Una suave cuestecilla conducía desde la playa a la boca de la cueva. Allí arriba nos encontramos con el squire, que me recibió muy cordial y bondadosamente, sin mencionar mis correrías, ni para elogiarme ni como censura. Sólo vi en él cierto desagrado ante el saludo de Silver.

John Silver -le dijo-, es usted un bribón prodigioso y un impostor…, un monstruo impostor. Me han indicado estos caballeros que no le conduzca hasta los jueces, y no pienso hacerlo. Pero deseo que los muertos que ha causado pesen sobre su alma como ruedas de molino colgadas al cuello.

-Gracias por sus bondades, señor -replicó John «el Largo», haciendo otra reverencia.

-¡Y se atreve a darme las gracias! -exclamó el squire-. Es una grave omisión de mis deberes. Retírese usted.

Después de este recibimiento entramos en la cueva. Era espaciosa y bien ventilada y un pequeño manantial corría hasta una charca de agua cristalina rodeada de helechos. El suelo era de arena. Delante de un gran fuego estaba el capitán Smollett, y en un rincón del fondo, iluminado por los suaves reflejos de las llamas, vi un enorme montón de monedas y pilas de lingotes de oro. Era el tesoro de Flint que habíamos venido a buscar desde tan lejos y que había costado la vida de diecisiete hombres de la Hispaniola. Cuántas mas habría costado juntarlo, cuánta sangre y cuántos pesares, cuántos hermosos navíos yacían en el fondo de los mares, cuántos valientes habrían pasado el tablón con los ojos vendados, cuántos cañonazos, cuánto deshonor, cuántas mentiras, cuánta crueldad, nadie quizá podría decirlo. Sin embargo, aún había tres hombres en aquella isla -Silver, el viejo Morgan y Ben Gunn- que habían tenido parte en esos crímenes y que ahora esperaban tenerla en el botín.

-Entra, Jim -dijo el capitán-. Eres un buen muchacho, claro que en tu camino, Jim; pero pienso que no volveremos nunca a hacernos juntos a la mar. Eres demasiado caprichoso para mi gusto. Ah, y también está usted, John Silver. ¿Qué le trae por aquí?

-Señor, he vuelto a mi deber -contestó Silver.

-¡Ah! -dijo el capitán; y fue todo lo que dijo.

Aquella noche gocé de una magnífica cena junto a los míos, y qué sabrosa me pareció la cabra de Ben Gunn, y las golosinas, y una botella de viejo vino que habían traído desde la Hispaniola. Creo que nadie fue nunca tan feliz como lo éramos nosotros. Y allí estaba Silver, sentado lejos del resplandor del fuego, comiendo con buen apetito y pendiente de si precisábamos algo para traerlo, y hasta participando con cierta discreción de nuestras risas; ah, el mismo suave, cortés y servicial marinero de nuestra anterior travesía.


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