Aira traduce a Renard y LBE lo publica: El señor de la luz


El señor de la luzCharles Christiani, joven historiador, decide ir por unos días a La Rochelle. Antes lo distrae una excursión a la isla de Aix en el Boyardville, donde conoce a una muchacha de quien se enamora a primera vista. Poco tarda también en descubrir que se trata de un amor prohibido: ella es Rita Ortofieri, pertenece a una familia corsa enemistada con los Christiani desde los tiempos de Napoleón: como Montescos y Capuletos.

Un pedido lo obliga a viajar a otra posesión familiar, el castillo de Silaz, donde los caseros han descubierto —por la noche, tal como debe ser— un fantasma y claman despavoridos por la presencia del señor. Armado de paciencia ante esas supersticiones de provincia, Charles enfrenta el enigma para descubrir un secreto preservado por los años, el secreto de los cristales del señor de la luz, que revelará la intriga entre Christiani y Ortofieri y cambiará para siempre su modo —y el nuestro— de mirar la historia.

Para contar esta narración extraordinaria, Maurice Renard apela a todos los procedimientos de la novela decimonónica y les aporta la velocidad luminosa de un estilo incomparable: la belleza de una pincelada marina, la dicha de una definición oportuna, un retrato de los personajes que nos remite a las profundidades admirables de la literatura alemana romántica tanto como a los perfiles perfectos que trazaba Julio Verne.

Con El señor de la luz, la novela del francés Maurice Renard traducida por primera vez al castellano por César Aira y editada por el sello argentino La Bestia Equilátera, llega un libro que puede leerse como una clásica historia romántica en un contexto delirante; una novela de misterio -develar el asesinato se vuelve central- o una de ciencia ficción; o un inusual repaso histórico que va de la Revolución Francesa y Napoleón, pasando por la Restauración hasta la modernidad, justo un año antes de La Gran Depresión.

Los locos años 20, el atentado de Fieschi o las tensiones sociales de una Francia que por entonces administraba el territorio de Sarré (hoy alemán), se cuelan en la trama con la misma importancia que las asombrosas placas “hallazgo de un corsario en una isla que se hunde”, o la pasión fulminante del protagonista y Rita, herederos de familias antagónicas.

Esta publicación tiene un valor agregado: los lectores pueden empezar a conocer una parte muy representativa de la CiFi escrita por autores franceses de inicios del siglo XX, que estuvo relegada por años y no trascendió mucho más allá de Julio Verne, porque se trata de un género considerado mayormente anglosajón (por definición) o anglófilo (por imitación).

Renard “pertenece al núcleo de autores importantes dejados de lado por el mainstream editorial, y no al de los que se invocan a cada rato como raros”, indica Luis Chitarroni, de LBE, a lo que añade que “no puede existir mejor traductor para El señor… que Aira”, porque es su obra preferida de Renard.

Aira “ama con la misma seriedad y delicadeza tanto las convenciones de la novela francesa como sus exabruptos y extravíos; hace oscilar la línea de belleza natural de la narrativa de Julio Verne a Raymond Roussel sin perder el equilibrio; y permite leer lo tradicional y extravagante de Renard como si la novela hubiera sido escrita la primera vez en la lengua en que la leemos”, resume el editor.

Más conocido por Las manos de Orlac, historia de un cirujano que pierde sus manos y le injertan las de un asesino, Renard escapa a la noción clásica de ci-fi con una pródiga imaginación y una fuerte toma de posición: para él el escritor debía ejercer de divulgador y científico, presentando a sus lectores los avances del progreso.

Fuera de las convenciones -sus obras oscilan entre el terror, la intriga y la anticipación- legó creaciones como El peligro azul, donde seres extraterrestres invisibles visitan la Tierra con intensiones malsanas; o Doctor Lerne, imitador de Dios, uno de los grandes clásicos de las historias protagonizadas por científicos locos, en este caso en un laboratorio de horrores.

Maurice RenardMaurice Renard nació en Châlons-sur-Marne el 28 de febrero de 1875 y murió el 18 de noviembre de 1938 en Rochefort. A los diez años se trasladó con su familia a una finca de Reims; su padre, Achilles, había sido nombrado presidente del tribunal de instancias. La familia era “una familia laboriosa, ornada de virtudes ancestrales y fiel a sus prejuicios”.

Temprano descubrió a Edgar Allan Poe en la traducción de Baudelaire y su destino literario quedó sellado. Después, a Hoffmann y a los románticos alemanes (de quienes por genealogía artística procede Poe), a los narradores escandinavos, a Erckmann-Chatrian (el orden, por supuesto, no es jerárquico).

El teatro resultó una pasión precoz. Escribe: La langosta, boutade patológica en un acto y seis alucinaciones casi simultáneamente con un homenaje a Victor Hugo: Vox saeculi. Después, una serie de imitaciones (del japonés medieval, del siglo XVIII francés) de técnica muy avezada: forma parte del entrenamiento de ser uno mismo ensayar lo diverso.

La obra de madurez da muestras de una imaginación absolutamente única y de una pasión inveterada por la literatura. De los títulos, el más famoso de todos es Las manos de Orlac (1921), que fue llevado al cine en varias oportunidades (en 1924 por Robert Wiene, con Conrad Veidt; en 1934, por Karl Freund, con Peter Lorre, entre las más famosas). El film tuvo una gran repercusión (la segunda versión es la que ve el Cónsul en Bajo el volcán de Lowry).

Otros títulos: Fantômes et fantoches (1905), Le Docteur Lerne, sous-dieu (1908), Le péril bleu (1912), Monsieur d’Outremort (1913), L’Homme truqué (1921), Un homme chez les microbes (1928), Le professeur Krantz (1932). El señor de la luz es de 1933.


Fuentes: La Bestia Equilátera / Télam

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