La isla del tesoro (capítulo 31), novela de Robert L. Stevenson


Robert Louis Stevenson

Capítulo 31 – La busca del tesoro: la señal de Flint

Jim -dijo Silver, cuando nos quedamos solos-, yo he salvado tu vida y tú la mía, eso no lo olvidaré. He visto cómo el doctor te rogaba que escaparas con él y te he visto a ti decir que no, tan claro como si lo hubiera oído, Jim, y eso es algo que apunto en tu favor. Es el primer rayo de esperanza que tengo desde que falló el ataque, y a ti te lo debo. Y ahora, Jim, que vamos a dedicarnos a buscar el tesoro, y quién sabe lo que podrá pasar, y eso no me gusta, tú y yo vamos a estar juntos, hombro con hombro, como se dice, y vamos a salvar nuestro pellejo contra viento y marea.

Uno de los piratas nos gritó desde la fogata que la comida ya estaba preparada, y en seguida volvimos con ellos y nos sentamos en la arena, dando buena cuenta de la cecina y la galleta. Habían encendido una hoguera tan grande como para asar un buey, lo que producía un calor insoportable, y las llamas eran tan altas, que sólo podía uno acercarse a favor del viento. Con el mismo espíritu de despilfarro habían cocinado tres veces más de lo que podíamos consumir, y uno de los piratas, riéndose estúpidamente, echó las sobras al fuego, que chisporroteó y pareció crecer. Aquellos hombres no se cuidaban para nada del mañana; de la mano a la boca, ésa era la única norma de su vida; y aquella imprevisión en cuanto a los víveres, y el sueño pesado de los centinelas, me hizo comprender que, aunque valientes para un abordaje y para jugárselo todo a una carta, eran absolutamente incapaces de algo que se pareciera a una campaña prolongada.

Hasta el mismo Silver, que con el Capitán Flint subido en un hombro estaba sentado comiendo junto a ellos, no parecía censurar aquella disipación. Lo que no dejó de sorprenderme, conociendo su astucia, de la que por cierto últimamente había visto las mejores muestras.

-Ay, compañeros -dijo-, podéis dar gracias a que Barbecue esté aquí. Esta cabeza piensa por vosotros. He conseguido lo que planeaba, sí. Ellos tienen el barco, ya lo sé. Pero aún no sé dónde lo esconden; en cuanto demos con el tesoro habrá que empezar a buscarlo. Y entonces, compañeros, como nosotros tenemos los botes, la victoria será nuestra.

Continuó su plática con la boca llena de tocino. Pareció establecer la confianza y la seguridad de los suyos y, lo que me parece más acertado, la suya propia.

-En cuanto a los rehenes -prosiguió-, de eso han hablado el doctor y este muchacho. Algo he conseguido pescar, y a él le debo estas noticias, pero eso es cuestión aparte. Cuando vayamos a buscar el tesoro, pienso llevarlo conmigo bien atado con una cuerda, porque hay que conservarlo como si fuera polvo de oro, por si ocurre algún percance. Pero entendedlo bien, sólo hasta que estemos a salvo. Cuando tengamos el barco y el tesoro, y nos hagamos a la mar como una buena familia, entonces ya hablaremos del señor Hawkins, sí, y le daremos todo lo que haya que darle, sin escatimar, como pago de sus muchas mercedes.

Los piratas, como es lógico, estaban del mejor talante. No así yo, que empezaba a sentirme roído por un atroz descorazonamiento. Si el plan que les acababa de explicar hubiera sido factible, Silver, que ya era traidor por partida doble, no vacilaría en seguirlo. Aún tenía un pie en cada campo y yo no dudaba de que siempre preferiría las riquezas y la libertad de los piratas a un dudoso escapar de la horca, que al fin y al cabo era todo lo que podía esperar con nosotros.

Sí, y aunque los acontecimientos se desarrollaran de forma que obligaran a su lealtad para con el doctor Livesey, a pesar de ello, ¡qué peligros nos aguardaban! Porque si sus compinches descubrían que sus sospechas eran ciertas, y él y yo hubiéramos tenido que luchar por nuestras vidas -él; un inválido, y yo, un muchacho-, ¡cómo enfrentarnos a cinco marineros vigorosos sin piedad!

A estas cavilaciones mías se añadían las dudas sobre el comportamiento de mis compañeros, su misterioso abandono del fortín y su inexplicable entrega del mapa; ¿y aquellas oscuras palabras del doctor a Silver: «Esté usted preparado para una buena borrasca, cuando den con el sitio»? Es comprensible que mi comida pareciera poco gustosa, y la intranquilidad con que seguí a mis carceleros en su busca del tesoro.

Debíamos ser un curioso espectáculo para cualquiera: todos vestidos con ropas de marinero, y todos, menos yo, armados hasta los dientes. Silver llevaba dos mosquetones en bandolera, cruzados en pecho y espalda, un enorme machete en el cinturón y una pistola en cada bolsillo de su casaca. Para rematar aquella insólita figura, el Capitán Flint iba subido en su hombro chillando todo su vocabulario de cubierta. Yo iba detrás, atado por la cintura con una cuerda, y el cocinero tiraba del extremo unas veces con sus manos y otras con sus dientes. Supongo que yo debía parecer un oso bailarín.

Los demás iban cargados con picos y palas, que habían traído a tierra desde la Hispaniola, y sacos con tocino y galleta, sin olvidar el aguardiente. Todos los víveres procedían, como pude comprobar, de nuestras reservas, lo que me aseguraba que algo extraño había pactado entre Silver y el doctor, como se desprendía de las palabras de Silver aquella noche, ya que de no existir tal pacto él y sus cómplices, sin el barco, se hubieran visto forzados a vivir de agua de los arroyos y de lo que pudieran cazar; y el agua no hubiera estado muy limpia, creo, y dudo de la cacería, dada la puntería de los marineros, aparte de considerar bastante reducida su provisión de pólvora.

Equipados de esta guisa, nos pusimos en marcha; venía hasta el herido en la cabeza, que mejor hubiera estado a la sombra del fortín. Caminamos en fila hacia la playa, donde nos esperaban dos botes. También los botes habían sufrido las consecuencias de la embriaguez general de aquella tripulación, pues uno tenía rota la bancada y los dos estaban llenos de barro y agua. Pensaban llevar los dos botes como medida de seguridad, y se repartieron en ambos y empezamos a remar a través del embarcadero.

Según navegábamos comenzaron las discusiones sobre el mapa. La cruz roja era demasiado grande para señalar con exactitud el lugar, y los términos escritos al dorso, un tanto ambiguos. El lector recordará que decían:

«Árbol alto, lomo del Catalejo, desmorando una cuarta al N. del N.N.E.

Isla del Esqueleto E.S.E. y una cuarta al E. Diez pies.»

El árbol alto era, pues, la señal más importante. Ahora bien: frente a nosotros el fondeadero estaba cerrado por una meseta de doscientos a trescientos pies de altura, que se unían por el norte a las estribaciones meridionales del Catalejo, volviéndose a elevar hacia el sur en aquel abrupto promontorio que cortaban los acantilados, el monte Mesana. La meseta estaba cubierta de pinos de muy diferente talla. Varios elevaban cuarenta o cincuenta pies su limpio color sobre el resto del bosque, ¿pero cuál de ellos era el «árbol alto» del capitán Flint? No había brújula para guiarnos.

Pese a ello, todos los piratas habían ya elegido su árbol favorito antes de llegar a la mitad del camino, y sólo John «el Largo» se encogía de hombros y les decía que aguardasen.

Remábamos despacio, como había ordenado Silver, para no cansar a los hombres antes de tiempo, y después de una larga travesía desembarcamos en las cercanías del segundo río, el que desciende por uno de los barrancos del Catalejo. Desde allí, torciendo a la izquierda, empezamos a ascender hacia la meseta. Al principio el terreno, pesado y fangoso, con una casi impenetrable vegetación, retrasó mucho nuestra marcha; pero poco a poco la pendiente fue haciéndose más dura y pedregosa y los matorrales clareando. Aquélla era ciertamente una parte de la isla de las más agradables. Una aromática retama y numerosos arbustos con flores sustituían la hierba. Bosquecillos de verdes árboles de nuez moscada alternaban con las rojizas columnetas y las largas sombras de los pinos, y el olor de las especies de los unos se mezclaba al aroma de los otros. El aire fresco y vigorizante, lo que, bajo los ardientes rayos del sol, refrescaba nuestros sentidos.

Todos los piratas empezaron a corretear, gritando con gran contento. Se esparcieron como un abanico, y en el centro, tras ellos, Silver y yo caminábamos, yo atado a mi cuerda y él renqueando y fatigado, con mil tropezones. Alguna vez tuve que ayudarlo o hubiera caído rodando cuesta abajo.

Llevábamos más de media milla en nuestra subida y ya estábamos alcanzando el borde de la meseta, cuando uno que iba destacado hacia la izquierda empezó a llamar a gritos, como sobrecogido por el terror. Todos empezaron a correr en aquella dirección.

-No puede ser que haya encontrado el tesoro -dijo el viejo Morgan pasando ante nosotros-; el tesoro debe estar más arriba. Lo que en realidad sucedía era cosa bien distinta, como pudimos comprobar, cuando llegamos a aquel sitio. Al pie de un pino bastante alto, y como trenzado en una planta trepadora, que había distorsionado algún huesecillo, yacía un esqueleto humano del que aún pendía algún jirón de ropa. Creo que todos, por un instante, sentimos que nos recorría un escalofrío.

-Era un marinero -dijo George Merry, quien, más osado que los demás, se había acercado y examinaba la tela-. Buen paño marinero.

-Sí, sí -dijo Silver-, es muy probable. Tampoco esperaríais encontrar aquí a un obispo, creo yo. Pero ¿no os dais cuenta de que los huesos no están en forma natural? ¿Por qué?

Y era cierto: mirando con cuidado, resultaba evidente que el esqueleto tenía una postura que no era natural. Aparte de cierto desorden (producido acaso por los pájaros que lo devoraban o por el lento crecer de la trepadora que lo envolvía), el hombre estaba demasiado recto: los pies apuntaban en una dirección, pero las manos, levantadas y unidas sobre el cráneo, como las de quien se tira al agua, apuntaban en la dirección opuesta.

-Se me ha metido una idea en mi vieja cabeza -dijo Silver-. Veamos la brújula. Aquélla es la cima de la Isla del Esqueleto, que sobresale como un diente. Vamos a tomar el rumbo siguiendo la línea de los huesos.

Así se hizo. El esqueleto apuntaba directamente en dirección a la isla, y la brújula indicaba, en efecto, E.S.E. y una cuarta al E.

-Me lo figuraba -exclamó el cocinero-. Es un indicador. Allí está el rumbo que lleva a la estrella polar y a nuestros buenos dineros. Pero, ¡por todos los temporales!, frío me da de pensar que ésta es una de las bromas de Flint, no me cabe duda. El y los otros seis estuvieron aquí, solos, y él los mató uno por uno, y a éste lo trajo aquí, y lo orientó según la brújula. ¡Que reviente mis cuadernas! Los huesos son grandes y el pelo parece que fue rubio. Ah… éste debía ser Allardyce. ¿Recuerdas a Allardyce, Morgan?

-Ay, sí -repuso Morgan-, me acuerdo; me debía dinero, me lo debía y encima se llevó mi cuchillo cuando vino a tierra.

-Hablando de cuchillos -dijo otro-, ¿por qué no buscamos el de éste? Flint no era hombre que registrara los bolsillos de un marinero, y no creo que los pájaros se lleven nada de peso.

-¡Por todos los diablos que llevas razón! -exclamó Silver.

-Aquí no hay nada -dijo Merry palpando por entre los huesos y los jirones de tela-: ni una moneda de cobre ni una caja de tabaco. Esto no me parece tampoco muy normal.

-No, ¡por todos los cañonazos! -dijo Silver-, no lo es. Ni tampoco creo que sea bueno, puedes asegurarlo. ¡Por el fuego de San Telmo, compañeros, que no quisiera encontrarme con Flint! Seis eran y de los seis sólo quedan huesos. Seis somos nosotros.

-Yo lo vi muerto con estos ojos -dijo Morgan-. Billy me hizo entrar con él. Allí estaba con dos monedas de un penique sobre sus ojos.

-Muerto, sí… seguro que estaba muerto, y en los infiernos -dijo el de la cabeza vendada-; si hay un espíritu que pueda volver, ése es Flint. ¡Qué gran corazón y qué mala suerte tuvo!

-Eso es verdad -observó otro-: recuerdo cómo se enfurecía, y luego gritaba pidiendo más ron, o se ponía a cantar «Quince hombres»; sólo cantaba esa canción, compañeros, y os digo que desde entonces no me gusta mucho cuando la oigo. Hacía más calor que en un horno y la ventana estaba abierta, y yo escuchaba esa canción una y otra vez… Y a Flint se lo llevaba la muerte.

-Vamos, vamos -dijo Silver-, no hablemos más de eso. Muerto está y se sabe que los muertos no andan; al menos, supongo que no andan de día, eso es seguro. Tanto pensar mató al gato. Vamos a buscar los doblones.

Nos pusimos en marcha; pero a pesar del calor del sol y de aquella luz deslumbrante, los piratas no se mostraban ya tan alegres, sino que caminaban juntos y hablando en voz baja. El terror del pirata muerto había sobrecogido sus espíritus.


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