La isla del tesoro (capítulo 29), novela de Robert L. Stevenson


Robert Louis Stevenson

Capítulo 29 – La Marca Negra, de nuevo

Durante largo rato los bucaneros mantuvieron su consejo; después uno de ellos entró en el fortín, repitiendo el mismo irónico saludo, que me pareció una burla, y pidió que se le prestase por unos momentos la antorcha. Silver se la entregó secamente, y el enviado volvió a salir, dejándonos a oscuras.

-Comienza la brisa, Jim -dijo Silver, que cada vez iba adoptando un tono más familiar conmigo.

Yo estaba cerca de una de las aspilleras, y miré hacia el exterior. La hoguera se había consumido y sus ascuas eran un débil resplandor; pensé que a causa de ello habían pedido los conspiradores nuestra antorcha. Los vi, formando un corro, hacia la mitad del declive que descendía hasta la empalizada; uno sostenía la antorcha; otro estaba de rodillas en medio, y vi que una navaja brillaba en su mano con siniestros fulgores que reflejaban la luna y las ascuas. Los demás parecían observar las maniobras de éste. Entonces me pareció ver que además de la navaja tenía un libro en la mano; y aún estaba yo preguntándome qué negocio se traería con tan diferentes objetos, cuando vi que se levantaba y todos juntos se dirigieron hacia el fortín.

-Ahí vienen -dije, y me aparté de la arpillera, porque me pareció indigno que me descubriesen espiándolos.

-Bien, que vengan, muchacho, que vengan -dijo Silver con cierto tono jovial-. Aún me queda un tiro.

Entonces aparecieron, atropellándose al decidir quién entrara el primero, y acabaron por empujar a uno de ellos. Avanzó tan pausadamente, que casi resultaba cómico, vacilando con cada pie, y además adoptaba una insólita postura, con un brazo extendido y el puño cerrado.

-Adelante, muchacho -dijo Silver-, no voy a comerte.

Entrégame lo que te han dado para mí. Conozco las reglas, sí, señor. No me opongo a la Hermandad.

El bucanero se adelantó con más ánimo y pasó de la suya algo a la mano de Silver; después se retiró todo lo rápidamente que pudo para unirse a sus compañeros.

El viejo cocinero miró lo que le había entregado.

-¡La Marca Negra! Ya la esperaba -dijo-. ¿De dónde habrán sacado este papel? ¡Pero… ! ¿Qué es esto! ¡Mira! ¡Esto trae mala suerte! Han arrancado este papel de una Biblia. ¿Quién ha sido el idiota que ha roto una hoja de la Biblia?

-¿Lo veis? -dijo Morgan a los suyos-. ¿Lo veis? Ya os lo dije yo. Nada bueno puede venir de esto.

-Bien, ya habéis hecho lo que teníais que hacer -dijo Silver-. Creo que acabaréis todos en la horca. ¿Quién era el mamarracho que tenía una Biblia?

-Era Dick -dijo uno.

-Pues que rece. Creo que a Dick se le ha acabado la suerte, no me cabe duda.

Entonces interrumpió el hombre de los ojos amarillentos.

-Deja esa charla, John Silver -dijo-. Esta tripulación te ha señalado con la Marca Negra por acuerdo de todos, como es nuestra ley; ahora lo que tienes que hacer es leer lo que dice ahí escrito. Después podrás hablar.

-Gracias, George -replicó el cocinero-. Qué bien sabes manejar los negocios, te sabes todas las reglas de carrerilla, y a lo que veo, George, con gusto. Bueno… ¿Qué hay aquí? ¡Ah! «DESTITUIDO »… ¿No es eso? Y muy bien escrito, por cierto; como de imprenta… ¿Lo has escrito tú, George? Me parece que te estás encaramando mucho en esta tripulación. No tardarás en hacerte capitán, y no me extrañaría. ¿Quieres darme una tea encendida? Esta pipa no tira bien.

-Vamos, ya está bien -dijo George-; no vas a seguir burlándote de esta tripulación. Te crees muy gracioso, ¿no? Pero ya no eres nadie, así que baja de ese barril y vota.

-Me parece haber oído que conoces bien las reglas -contestó

Silver desdeñosamente-. Pero por si no es así, voy a recordártelas. Estoy aquí sentado porque soy vuestro capitán, y recuerda que lo soy hasta que me hagáis todos los cargos y yo pueda contestar; y mientras eso suceda, esa Marca Negra no vale ni una galleta. Después, ya veremos.

-Oh, no te apures por eso -replicó George-, que sabemos lo que hacemos. Primero: has sido tú quien ha hecho picadillo a esta tripulación, y no tendrás el descaro de negarlo. Segundo: has sido tú quien ha dejado escapar a nuestros enemigos, cuando ya los teníamos en el cepo. ¿Por qué? Yo no lo sé; pero eso no servía sino a sus intereses. Tercero: has sido tú quien nos impidió atacarles en la retirada. No, John Silver, te hemos calado; tú estás de acuerdo con el enemigo, y eso es grave. Y, por último: ese muchacho.

-¿Eso es todo? -preguntó Silver con mucha serenidad.

-Y suficiente -replicó George-. Y no tenemos por qué mojarnos con tu zambullida.

-Bien. Y ahora, escuchadme, porque voy a responder a esos cuatro puntos; pienso contestar uno por uno. He hecho trizas este viaje, ¿no es así? Muy bien; pero todos vosotros conocíais lo que yo quería hacer, y sabéis muy bien que, si se hubiera hecho, ahora estaríamos a bordo de la Hispaniola y, además todos, vivos y bien sanos, con la tripa llena de pastel de ciruelas y con el tesoro bien estibado en la bodega. ¡Por todos los temporales! ¿Y quién lo ha impedido? ¿Quién me forzó la mano, cuando yo era el legítimo capitán? ¿Quién me señaló con la Marca Negra, supongo que ya desde el mismo día que desembarcamos? ¿Quién ha empezado este baile? Ah, es un hermoso baile, y en eso estoy de acuerdo con vosotros, y hasta se parece mucho a un zapateado marinero, pero al cabo de una cuerda en el Muelle de las Ejecuciones, sí, mirando a Londres, sí, señor. ¿Y quién tiene la culpa? Pues Anderson, o Hands… ¡O tú, George Merry! Tú que eres el que tiene más que callar, más que todos estos que te han echado a perder. Y ahora tienes la osadía de envalentonarte y tratar de destituirme para nombrarte tú mismo capitán. ¡Tú! ¡Tú, que nos has hundido a todos! ¡Por Satanás que en mi vida he visto cosa parecida!

Silver hizo una pausa y vi en los rostros de George y de todos sus secuaces que aquella arenga había hecho efecto.

-Eso en cuanto a tu primera cuestión -exclamó el acusado enjugándose el sudor de su frente, pues había hablado tan vehementemente, que hasta el fortín parecía temblar-. Y os doy mi palabra de que me repugna hablar con vosotros. No tenéis lealtad ni sentido común, y no sé en qué pensaban vuestras madres cuando dejaron que os enrolaseis. ¡Hacerse a la mar! ¡Caballeros de fortuna! Mejor serviríais para sastres.

-Sigue, John -dijo Morgan-. Contesta a otras cuestiones.

-Ah, las otras. .. -repuso John-. Crees que son buenas, ¿no es así? Aseguráis que esta aventura se ha malogrado. Y si de verdad supieseis lo malograda que está, no sé cómo os vería. Porque estamos tan cerca de sentir la soga al cuello, que se me estira sólo de pensar en el patíbulo. Podéis tratar de imaginaros colgados con cadenas y con los pájaros aguardando, y los marineros río abajo señalándoos con el dedo mientras se dicen unos a otros: «¿Quién es aquél?», y el otro: «¿Aquél? ¡Pero si esjohn Silver! Yo lo conocía». Oigo el ruido de sus cables de boya a boya. Bueno, pues cada hijo de madre está ahora al filo de eso, y todo gracias a Hands, a Anderson y a ti, George, y a todos los idiotas que han sido nuestra perdición. Y para acabar, si queréis saber lo referente a este muchacho, bien… ¡Que revienten mis cuadernas! ¿Es que no sirve de rehén? ¿Es que vamos a desperdiciar un rehén? Nunca. Puede ser nuestra última carta, y no me extrañaría que así fuera. ¿Matarlo? No seré yo, compañeros, el que lo haga. Y… sí, me he dejado tu tercera acusación. Habría mucho que discutir sobre ese punto. Quizá no signifique nada para vosotros el poder disponer de un doctor de verdad, con estudios, que venga a visitaros todos los días; tú, John, con tu cabeza rota, y tú, George, hace seis horas estabas tiritando con la malaria y tus ojos tienen el color de la corteza del limón ahora mismo. Tampoco me parece que sepáis que tiene que venir un barco de socorro. Pero así es, y no falta mucho para que arribe, y entonces sí que os alegrará tener un rehén. Y en cuanto a la segunda, ¿por qué hice el trato?… Pero si vosotros mismos estabais tan asustados, que me pedisteis de rodillas que lo hiciera. Y además, ¿de qué hubiéramos comido? Hubiéramos muerto de hambre. Claro que según vosotros todo eso no es nada. Bien, ¡mirad! ¡Y si dijera que es por esto por lo que lo hice!

Y tiró al suelo un papel que reconocí en seguida: era el mapa amarillento con las tres cruces rojas, el que yo había encontrado en el paquete de hule con el cofre del capitán.

No pude ni imaginar por qué razón se lo habría entregado el doctor.

Pero si eso me resultaba inexplicable, más increíble fue aquel mapa para los amotinados. Saltaron sobre él como un gato sobre un ratón. Se lo pasaron de mano en mano, arrancándoselo los unos a los otros, y por los juramentos y gritos y risotadas que les escuché proferir, se hubiera dicho que ya tenían en sus manos el oro, y más, que ya se habían hecho a la mar con él, seguros de un triunfo.

-¡Sí! -dijo uno-, es de Flint, no hay duda: J. F. y la rúbrica, como una lanzada, así lo hacía siempre.

-Muy bonito -dice George-, ¿pero dónde está el barco para poder zarpar y llevarnos el tesoro?

Silver se levantó violentamente, apoyándose en la pared.

-Te lo aviso, George -gritó-. Si dices una palabra más, tendrás que vértelas conmigo. ¿Dónde está el barco? ¡Y yo qué sé! Tú eres quien debía decir cómo, tú y los demás que habéis perdido mi goleta con vuestra torpeza. Pero no, no sois capaces, no tenéis ni la inteligencia de una cucaracha. Sabías hablar con respeto; vuelve a hacerlo George Merry, vuelve a hacerlo.

-Hazlo -dijo el viejo Morgan-. Verdaderamente Silver es nuestro capitán.

-Así me parece -dijo el cocinero-. Tú perdiste el barco y yo he encontrado el tesoro. ¿Quién merece más reconocimiento por su empresa? Y ya no’ tengo más que decir; sólo una cosa: ¡por el infierno!, renuncio a mi mando. Elegid a quien os dé la gana, yo ya no quiero ser vuestro capitán.

-¡Silver! -gritaron-. ¡Barbecue siempre! ¡Barbecue para capitán!

-¿Con que esa canción tenemos ahora? -exclamó el cocinero-. Me parece, George, que tendrás que esperar otra oportunidad; y da gracias a que no soy hombre vengativo. Pero nunca he tenido esa tendencia. Y ahora, camaradas, ¿qué hago con la Marca Negra? Ya no vale para mucho, ¿verdad? Lo siento por Dick, que se ha echado encima la maldición, y por la Biblia,

-¿No se remediaría besando el libro? -preguntó Dick, que indudablemente se sentía muy intranquilo por la maldición que pensaba haber atraído.

-¡Una Biblia con una hoja rota! -dijo Silver burlándose-. No, ya no vale así. Jurar ahora sobre ella sería como jurar sobre un libro de baladas.

-¿De verdad que ese juramento ya no obligaría? -dijo entonces Dick con cierta alegría-. Pues entonces me parece que vale la pena guardarla.

-Toma, Jim -me dijo Silver entregándome la Marca Negra-: Ahí tienes una curiosidad.

Era un redondel pequeño del tamaño de una moneda de una corona. Uno de los lados estaba en blanco, porque era de la última hoja; en el otro había uno o dos versículos del Apocalipsis, y recuerdo algunas palabras que me impresionaron profundamente: «Fuera perros hechiceros, fornicarios, homicidas… ». La cara impresa estaba ennegrecida con carbón, el cual empezaba ya a desprenderse y me manchó los dedos; la otra, limpia, llevaba escrita una sola palabra, también con un tizón: «DESTITUIDO». Todavía conservo ese curioso recuerdo, pero el tiempo ha borrado esa palabra y no queda mas que un débil arañazo, como el que pudiera hacer una uña.

Después de aquellos acontecimientos la noche transcurrió tranquila. Bebimos una ronda de aguardiente y nos echarnos todos a dormir; Silver, para vengarse de George Merry, lo puso de centinela y lo amenazó de muerte, si abandonaba su puesto.

Tardé mucho en poder cerrar los ojos, y Dios sabe que tenía bastante sobre lo que meditar: había matado a un hombre aquella tarde, mi situación era muy peligrosa, y el asombroso juego en que ahora me metía Silver, tratando de mantener en un puño a los amotinados y agarrándose con la otra mano a todos los medios posibles, y hasta imposibles, de pactar por su lado y salvar su miserable vida. A él todo eso no le impidió dormir plácidamente y roncar con estrépito; era mi corazón el que sufría por Silver, a pesar de ser un malvado, y pensé en los peligros que lo cercaban y en el infamante patíbulo que ya estaba esperándolo.


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