Sajalín publica Mooch, la potente novela de Dan Fante (+ capítulo 1)


El aspirante a escritor Bruno Dante lleva meses sin escribir una sola línea, bloqueado. Vive en un edificio de acogida para ex alcohólicos y se gana la vida vendiendo aspiradoras de puerta en puerta bajo el sol abrasador de Los Ángeles. Hasta que lo despiden.

Desesperado, Bruno sigue el consejo de su hermano mayor en Alcohólicos Anónimos y empieza a trabajar en Consumibles Orbit, la empresa de venta telefónica del también ex adicto a la botella y ahora triunfador Eddy Kammegian. Bruno tiene un don especial para engatusar a la gente al teléfono, y antes de trabajar en Orbit ya vendía por teléfono con suma facilidad desde trasplantes de cabello hasta monedas raras o porno.

Dan Fante por Héctor Zerkowitz

Descartado el sueño de convertirse en escritor, Bruno se emplea a fondo en su nuevo trabajo y rápidamente acumula suculentas comisiones en forma de cheques. Parece que finalmente el antihéroe creado por Dan Fante podría sentar la cabeza y disfrutar de la vida cerca del océano, pero entonces se enamora de la mujer equivocada: la ex stripper mexicana y compañera de trabajo Jimmi Valiente.

Bruno inicia una relación de amor-odio con la explosiva mexicana que lo llevará de nuevo a perder el control de su vida y a alejarse, una vez más, del sueño americano…

De ello trata la novela Mooch, de Dante, que Sajalín (colección Al Margen) acaba de editar en castellano con traducción de Claudio Molinari Dassatti, y que estará en las librerías desde el 19 de septiembre. Un historia potente y desgarradora de la que se ha dicho:

Mooch es una poderosa novela sobre lo que significa estar enamorado de una mujer que sólo es bella por fuera, un tipo de relación de amor-odio que recuerda a la de Arturo y Camila en la emblemática Pregúntale al polvo.

Philipp Engel (Qué Leer)

En este libro devastador y aterrador, Fante escribe el tipo de novela emocionalmente atormentada que su padre habría escrito si hubiera pertenecido a la generación de Dan.

Uncut Magazine

Y sí, es posible imaginar a John Fante rendido finalmente a la evidencia: su hijo es un escritor de cojones.

Ferran Llauradó (Rockdelux)

El que sigue es el primer capítulo del libro, que se publica en ZonaLiteratura.com por cortesía de sus editores:

MoochNo había escrito una palabra en meses; ni un cuento, nada. Y odiaba mi trabajo. Pero eso no importaba, con aquel calor abrasador ya nada importaba. Me llevó una hora despegarme de la cama, ponerme una camisa y prepararme para ir al trabajo. Había estado evitándolo desde el jueves.

Una vez en la calle sofocante, quité una nueva multa de debajo del limpiaparabrisas de mi viejo Chrysler, la rompí en cuantos pedazos pude y la lancé al aire. Odiaba estar de nuevo en Los Ángeles. Odiaba no haber bebido en meses. Odiaba estar quedándome calvo. Odiaba mi trabajo. Odiaba los cigarrillos con filtros, el rap y los estúpidos dientazos blancos de Tom Cruise. Y odiaba a la puta Dirección General de Tráfico.

Abrir la puerta de mi Chrysler fue un error. La presión acumulada en el automóvil cerrado durante la ola de calor de varios días me golpeó de lleno en la cara. Fue una explosión de aire viciado, pestazo a vinilo reseco y polvo en suspensión. Una advertencia clara para regresar a mi habitación.

Estaba llegando tarde, así que lancé al asiento del acompañante mi libreta de pedidos, mis cupones y mi kit de muestras, aspiré una bocanada de oxígeno rancio e introduje la llave en el arranque. No ocurrió nada.

Repetí la acción. Nada.

Giré la llave hasta el tope izquierdo para ver si funcionaban aparatos electrónicos, indicadores, luces y demás chismes. El sudor empezó a acumulárseme en la frente y debajo de la camisa, y el trasto seguía sin arrancar.

Probé con la llave de otra manera: la meneé y hasta la sacudí con la esperanza de que el motor arrancara. Aquello había funcionado en otras ocasiones, con otro coche, antes de que mi vida me mostrara los dientes. Pero esta vez no. Seguía sin ocurrir nada.

Un hombre pasó caminando.

Parecía estar de camino a su propio vehículo. Iba vestido para la ola de calor y fiel al estilo sport de Los Ángeles. Llevaba maletín, pantalones largos planchados color habano y una camisa hawaiana de seda predominantemente verde con estampado de flores. Reconocí a aquel hombre. Era uno de los vecinos de mi calle, un propietario, con mujercita, perro y sierra circular en el garaje. Nos habíamos cruzado varias veces por lacalle pero nunca habíamos conversado.

A medida que se fue acercando, nos miramos a los ojos durante un instante pero luego salió disparado como una flecha. Y sé por qué: me había reconocido como uno de los inquilinos itinerantes de la «casa de sobriedad», el edificio de acogida para ex alcohólicos que se alzaba en la esquina de su casa. A sus ojos de ciudadano capullo, yo era un perdedor y un comemierda, y aunque llegara a vivir seiscientos años jamás me merecería un simple «hola» de sus labios ni de los de su esposa gordinflona, que pasaba las tardes cavando en su

jardín.

Al pasar junto a mi portezuela, mi vecino aminoró el paso y se inclinó un poco para echar un vistazo rápido. Me dije que quizá se estuviera preguntando por qué el día más caluroso del año y bajo un sol de justicia otro adulto con pinta de ir a trabajar —con su americana, su camisa y su corbata— estaba al volante de un coche con las ventanillas subidas y el motor apagado, dándole una y otra vez al arranque como un tarado sudoroso, asfixiado y subnormal.

Miré mi reloj y vi que eran las diez y cuarto de la mañana. Ya no llegaría a mi reunión de ventas.

Sintiéndome incapaz ya de hacer otra cosa, encendí un cigarrillo. Era el último Lucky de mi paquete. Di una calada y observé cómo las volutas de humo giraban suspendidas en el interior de mi Chrysler. Mi odio lo abarcaba todo, incluso a Dios. Lo odiaba todo.

 

—Albert Berlinski al habla. ¿En qué puedo ayudarle?

—Soy Bruno Dante, señor Berlinski.

—¿Qué ocurre, Dante? ¿Dónde se había metido? ¡Ha faltado a las dos presentaciones que le habíamos preparado para el viernes por la noche!

—He vuelto a tener problemas con mi Chrysler, señor Berlinski.

—Myrna tuvo que dar la cara por usted y volver a citar a sus clientes… y usted ni siquiera llamó.

Aquellos últimos días había estado leyendo una novela de David Martin tumbado a la fresca de mi apartamento. En vistas de aquel calor insoportable, me negaba a salir a respirar el aire contaminado de Glendale —mi zona de ventas— y ofrecer mis productos a desconocidos, de puerta en puerta.

—Estaba esperando —respondí—. Mi mecánico tenía que acabar con otro coche antes de empezar con el mío. Tenía que desmontar todo el motor.

—Hoy es lunes, Dante. Ha tenido tres días para reparar su vehículo. ¿A qué hora piensa llegar?

—El maldito carromato no quiso arrancar esta mañana.

—¿Y qué va a hacer?

—No lo sé. Me he quedado sin palabras, perplejo, ofuscado.

—Supongo que lo que intenta decirme es que no va a regresar a las reuniones de ventas. Naturalmente, deberé comunicárselo al señor Fong.

—Le prometo que repararé el coche y estaré allí esta misma tarde. Le doy mi palabra.

Berlinski hizo una pausa que de inmediato reconocí como «la pausa de la muerte». Es la que viene justo antes de las palabras «está despedido».

—¿Sabe una cosa, Dante? Estamos prolongando lo inevitable. Tráigame las unidades que le queden y le haré el talón correspondiente.

—¡Señor Berlinski, acabo de decirle que iré esta misma tarde!

—Esta mañana hemos hecho el recuento de ventas. El mes pasado usted estaba en el puesto número doce, puesto al que cayó después de estar en el diez.

—Comprendo lo que me dice, señor Berlinski. Sé contar.

—En mayo también estuvo usted en el puesto diez. Ha llegado al puesto diez dos veces, y una al puesto doce. También faltó usted al seminario de Track Selling el sábado pasado. El mismo señor Fong me hizo notar su ausencia cuando repasábamos la estrategia. No haber venido a esa reunión fue un error de su parte.

—Sé que falté al seminario y le juro que me sentí como una mierdecilla de rata por ello. Ese seminario era un paso fundamental en mi camino hacia convertirme en un ambicioso profesional de la venta. Créame, sinceramente deseaba ir y tenía grandes expectativas al respecto. Fue culpa de mi coche.

—Como acabo de decirle, ese asunto ya ha sido resuelto para el bien de la empresa.

—Señor Berlinski, nunca compre usted un Chrysler. Son como el excremento de jabalí. Ya no sorprende a nadie que los japoneses y otros conglomerados extranjeros estén invadiendo nuestro país. Mi coche es solo otra prueba de la muerte de la puta economía estadounidense y el sueño americano. ¿Cree usted que el señor Fong querría hablar conmigo personalmente?

—Esta decisión la he tomado yo, no el señor Fong. A partir de hoy usted ya no trabaja para nosotros. Traiga las unidades que le queden, su kit de muestras y sus talonarios de cupones.

—Está haciendo leña del árbol caído, señor Berlinski. Le sugiero que reconsidere su decisión… me cago en Dios.

—¿Cuántas unidades tiene en el maletero?

—Tengo las dos aspiradoras Kerby, una Hoover vertical y las cinco Dirt Devils de mano que distribuyeron entre los miembros de mi grupo después del show. Ocho aparatos en total. ¿Por qué no me da otra oportunidad, señor Berlinski?

—Traiga los aparatos. Yo mismo le prepararé el recibo.

—¿Eso es todo? ¿Estoy despedido?

Al otro lado de la línea se hizo el silencio.

—Muy bien, señor Berlinski… Pero antes de que me cuelgue quiero compartir algo con usted. ¿Me permite hablarle de hombre a hombre? ¿Puede darme treinta putos segundos de su valiosísimo tiempo de ejecutivo de ventas?

—Estoy ocupado, Dante. Estoy haciendo el resumen de ventas de los tres grupos. Ya hablaremos cuando venga.

—Usted y yo hemos hablado mucho por teléfono, señor Berlinski, hasta dos o tres veces el mismo día. Incluso más, si yo me perdía de camino a una presentación y tenía que comunicarme para que usted me indicara cómo llegar. ¿Es cierto o no es cierto…?

—Tráigame los aparatos, Dante. Me aseguraré de que usted reciba su talón.

— …Solo quería decirle, señor Berlinsky, que siempre que terminaba de hablar con usted, volvía a subirme al coche con la sensación de haber interactuado con un soplapollas infrahumano capaz de la misma empatía y sensibilidad interpersonal que los capullos de las ventanillas de información de la Dirección General de Tráfico. Quiero que sepa que siempre lo he considerado a usted un amargado y un gilipollas integral.

—Sin los aparatos de muestra no hay talón.

 

Revisé mis bolsillos y encontré cuatro dólares. Suficiente para el periódico, un paquete de Lucky Strike y un café grande del 7-Eleven. Volví a subir a mi dormitorio, me quité la americana, la corbata, los pantalones, y los lancé contra la pared.

Me puse la camisa del día anterior y mis vaqueros sucios. Era como estar en compañía de viejos amigos.

En el suelo del ropero, encima de la Smith-Corona que me dejó mi padre, encontré mi gorra de los Yankees con las iniciales de Nueva York bordadas en la parte delantera. Me la puse, me resguardaría del calor. Mi padre, Jonathan Dante, llevaba once meses muerto. Murió sin un duro, con el corazón destrozado, cobrando una pensión vergonzosa del gremio de escritores y setecientos sesenta y dos dólares mensuales en concepto de jubilación. Un guionista olvidado… Yo había dejado Nueva York y regresado a Los Ángeles para verlo morir y heredar su máquina de escribir. Tres meses antes la había palmado mi primo Willie gracias a la priva y a una sobredosis. El gordo y loco Willie murió a los treinta y cinco años.

Dos funerales de parientes en menos de un año.

En el suelo junto a la máquina de escribir, dentro de la bandeja para folios, estaba el único escrito que no había tirado desde mi llegada a Los Ángeles, un cuento de veinticinco páginas llamado Compatibilidad. Cogí los folios, observé la carátula arrugada y después las teclas negras y gastadas de la máquina. Me devolvieron una mirada como la de los balseros a la deriva. Dejé caer los folios en la oscuridad del ropero y lo cerré de un portazo.

En la calle, de camino a la tienda, tuve una visión, un destello que iluminó mi entendimiento. Mi dificultad, mi verdadero problema, no eran ni mis depresiones, ni el alcoholismo, ni mis fracasos laborales; ni siquiera ese miedo secreto de ser un puto majara desquiciado. Mi problema eran las personas, y me tenían rodeado.

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