Los espectros (capítulo 2), novela breve de Leonid N. Andreyev


Leonid N. Andreyev

La habitación de Pomerantzev estaba arriba, y su ventana daba al bosque. En verano, cuando penetraba por la ventana abierta el aroma de los pinos y de las acacias y se veía sobre la mesa un vaso con flores, diríase que, en efecto, era aquello una casa de campo. Adornaban las paredes tres cuadros que Pomerantzev había llevado, así como un gran retrato de su hijo, muerto de difteria hacía mucho tiempo; todo esto daba a la habitación un aspecto muy agradable. Pomerantzev estaba satisfechísimo de su cuarto, y se pasaba largos ratos contemplando los cuadros, de los que uno representaba una muchacha guardando unos patos; otro, un ángel bendiciendo la ciudad, y el tercero, un rapaz italiano. Invitaba a todos a visitar su cuarto, y tenía una singular complacencia en que el doctor Chevirev fuese a verle lo más a menudo posible. Si alguien—los enfermos o el doctor—se resistía a visitarle, recurría a pequeñas astucias: aseguraba que en su cuarto había un ruiseñor que cantaba admirablemente. De esta manera procuraba atraer gente a su habitación. Los enfermos estaban tan encantados como él de su aposento, y cuando les daba por elogiar la clínica, hablaban de él en primer término. Desde un principio, Pomerantzev se percató de que se hallaba en una casa de locos, pero le tenía sin cuidado: estaba seguro de que, si quisiera, podía convertirse en espíritu puro y volar así por todo el mundo. Los primeros días de su estancia en la clínica volaba cotidianamente a la ciudad, a su oficina; pero después le requirieron quehaceres de más monta, y no atendió ya a su oficina, por falta de tiempo.

Era de alta estatura, enjuto; tenía el pelo espeso, muy negro y enmarañado. Era miope y llevaba lentes muy gruesos. Cuando se reía enseñaba no sólo los dientes, sino las encías también, lo que producía el efecto de que la risa rebosaba en todo su ser. Se reía con mucha frecuencia. Tenía voz de bajo profundo.

No tardó en trabar amistad con todos los demás enfermos, y ocupó entre ellos un lugar de mucho relieve. Se constituyó en protector de sus compañeros de clínica. Se imaginaba ser un personaje muy importante, de una posición muy elevada; pero no tenía un concepto preciso de cuál era tal posición, y sus ideas sobre ella cambiaban muy frecuentemente: tan pronto se creía el conde Almaviva como el gobernador de la ciudad o un taumaturgo y bienhechos de los hombres. La sensación de un poder enorme, de una fuerza infinita y de una gran nobleza no le abandonaba jamás. Con este motivo ponía en su modo de tratar a la gente una benevolencia de gran señor, y rara vez era con ella severo y arrogante. Sucedía esto cuando le llamaban «Egor», en lugar de «Georgi», como él quería que le llamasen. Entonces se indignaba hasta saltársele las lágrimas, gritaba que se intrigaba contra él y escribía largas quejas al Santo Sínodo y al Capítulo de la Orden de Caballeros de San Jorge. El doctor Chevirev, como recibiese una queja de aquéllas, le envió inmediatamente una respuesta oficial en toda regla, en la que le daba una completa satisfacción. Pomerantzev se calmó, y hasta hizo rabiar un poco al doctor, que parecía muy asustado con la queja de su enfermo.

—No hay que apurarse—tranquilizaba éste al doctor—. Ya está todo arreglado.

Los enfermos no eran muy numerosos en la clínica: once hombres y tres mujeres. Vestían como solían hacerlo en su casa, y había que fijarse mucho para darse cuenta de un pequeño desorden en su aspecto exterior, desorden contra el cual Chevirev no podía hacer nada. Llevaban los cabellos, por lo general, bien peinados. Las dos únicas excepciones eran una señora que se obstinaba en llevarlos sueltos, lo que producía una impresión cómica, y un enfermo, llamado Petrov, que llevaba el pelo y la barba muy largos, por miedo a las tijeras, y no permitía que le pelasen, por temor a que le degollaran.

En invierno, los enfermos preparaban por sí mismos un lugar para patinar, y se dedicaban con placer a dicho deporte. En primavera y verano trabajaban en la huerta, cultivaban flores y parecían hombres llenos de salud, normales. En todas estas ocupaciones, Pomerantzev era siempre el primero. Sólo tres de los enfermos no tomaban parte en los trabajos ni en los juegos: Petrov, el de la larga barba; el enfermo que llamaba día y noche a las puertas, y una doncella cuarentona, de nombre Anfisa Andreievna. Durante muchos años había estado empleada como ama de llaves en casa de una condesa, algo parienta suya, donde dormía en una cama muy corta, casi de niño, en la que no podía acostarse sin encoger las piernas. Cuando se volvió loca, creía tenerlas encogidas para toda la vida y encontrarse, por tanto, en la imposibilidad de andar. A toda hora atormentábala el temor de que cuando muriese la colocaran en un ataúd demasiado corto, donde no pudiera estirar las piernas. Era muy modesta, suave, de lindo rostro exangüe, como se pinta a las monjas y a las santas. Mientras hablaba, sus largos dedos blancos arreglaban los encajes rotos de su peto. Le enviaban muy poco dinero para sus gastos, y llevaba trajes extraños, hacía mucho tiempo pasados de moda.

Tenía una confianza absoluta en Pomerantzev, y le rogaba con frecuencia que se cuidase del ataúd cuando ella muriese.

—Es verdad que el doctor me lo ha prometido; pero no tengo gran confianza; su papel es engañarnos, mientras que usted es de los nuestros. Además, no es gran cosa lo que le pido a usted: un ataúd largo costará unos tres rublos más que un ataúd corto. Ya he sacado la cuenta. Pero es preciso que alguien se cuide de eso. ¿Usted me lo promete?

—¡Sí, señora! Cuente usted conmigo. Haré una colecta entre los enfermos y se le construirá a usted un mausoleo en el cementerio.

—Muy bien. Un mausoleo; me parece muy bien. Se lo agradezco a usted muchísimo.

Y su pálida faz se coloreaba ligeramente, como blanca nube matutina herida por el primer rayo del sol.

Hacía mucho tiempo que no creía en Dios, y un día, como hubieran llevado a casa de la condesa unos iconos, cometió con uno de ellos un horroroso sacrilegio. Con este motivo, se cayó en la cuenta de que había perdido el juicio.

Durante los paseos, que eran obligatorios para todos los enfermos, Petrov se mantenía siempre a distancia por temor a un ataque súbito; en verano llevaba en el bolsillo, para defenderse, una piedra, y en invierno, un pedazo de hielo. El enfermo que llamaba a las puertas se mantenía también a distancia. Después de pasar rápidamente por todas las puertas abiertas, se detenía ante la del jardín y se ponía a llamar a ella, sin apresurarse, insistentemente, de un modo monótono, con intervalos regulares. Al principio de su estancia en la clínica tenía los dedos hinchados y cubiertos de cicatrices; pero con el tiempo se fueron tornando insensibles, la piel se endureció, y cuando llamaba, se podía creer que sus dedos eran de piedra.

Pomerantzev se creía obligado a charlar un poco con él siempre que le encontraba.

—¡Buenos días, señor! ¿Sigue usted llamando?

—¡Sí!—respondía el otro, mirando a Pomerantzev con sus grandes ojos tristes y extrañamente profundos.

—¿No abren?

—No—respondía el enfermo.

Su voz era débil, suave, como un eco, y tan extrañamente profunda como sus ojos.

—¡Déjeme usted, voy a abrir!—decía Pomerantzev.

Y empezaba a empujar la puerta, a forzar la cerradura; pero la puerta no cedía. Entonces añadía:

—Descanse usted un poco; mientras tanto, yo llamaré.

Por espacio de algunos minutos, Pomerantzev llamaba concienzuda y enérgicamente con el puño en la puerta. El otro descansaba, frotándose las manos y mirando con ojos asombrados, y al mismo tiempo indiferentes, al cielo, al jardín, a la clínica, a los enfermos. Era de elevada estatura, hermoso y fuerte aún. El viento acariciaba su barba entrecana.

Una vez se le acercó lentamente Petrov y le preguntó con voz queda:

—¿Hay alguien detrás de la puerta? ¿Quién es?…

—¡Es necesario que la abran!

—¡Qué tontería! ¿Y si entra cuando usted la abre?

—Es necesario que la abran.

—¿Cómo se llama usted?

—No lo sé.

Petrov se rió recelosamente y, apretando el pedazo de hielo que llevaba en el bolsillo, volvió de puntillas a su sitio, detrás de un árbol, donde se sentía en seguridad relativa en caso de un ataque súbito.

En general, los enfermos charlaban mucho y se complacían en la charla; pero apenas habían cambiado las primeras palabras, no se escuchaban ya los unos a los otros, y hablaba cada uno para sí. Merced a esto, sus conversaciones tenían siempre para ellos un gran interés.

Todos los días, el doctor Chevirev se sentaba, ya al lado de uno, ya al lado de otro, y escuchaba atentamente lo que los enfermos decían. Parecía que también él hablaba mucho; pero, en realidad, nunca decía nada y se limitaba a escuchar.

Todas las noches, desde las diez hasta las seis de la mañana, permanecía en el restorán Babilonia, y era incomprensible cómo tenía tiempo para dormir, para vestirse con tanto atildamiento, para afeitarse diariamente y aun para perfumarse un poquito.


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