El deseo (capítulo 25/final), novela de Hermann Sudermann



Hermann Sudermann por Max Slevogt

Ocho días después.

¡Al fin se ha realizado mi deseo! Me he arrojado en sus brazos, me he embriagado con sus besos, he llorado hasta la saciedad sobre su hombro.

Estoy serena, enteramente serena, he probado todo lo que la vida podía todavía ofrecer de felicidad a una pecadora como yo.

¿Y ahora?

Desde hace horas, me encuentro frente a esta última y grave cuestión: ¡huir o morir!

Es necesario que me decida esta misma noche por una u otra de estas alternativas, pues Roberto vendrá mañana para llevarme a la tumba de Marta.

Antes que seguirlo allí, prefiero morir. Aun admito que lleve la hipocresía hasta no caer de rodillas sobre esa tumba para confesarle todo; admito que el horror que me inspiraría a mí misma, no me ahogue, que encuentre el miserable valor de casarme con él; ¿qué existencia llevaría a su lado?

¿Para qué aferrarse a una dicha que uno mismo ha hecho imposible desde mucho tiempo atrás? Pasaría por esta tierra semejante a una pobre criminal a quien se lleva a la muerte, eternamente torturada por el temor de descubrirme a sus ojos y, a pesar de eso, llena del deseo de gritar mi falta al mundo entero. ¡Cómo podría dormir en ese lecho que he deseado ver que mi hermana abandonara para bajar a la tumba! ¡Cómo vivir entre esas paredes en que todavía están inscritas en letras de fuego esas palabras: «Oh, si ella muere!»

Voy a razonar fríamente conmigo misma, como conviene a una persona que hace el balance de su vida.

¿Ser su esposa? Eso es imposible, bien lo sé.

¿Huir? ¿Qué haría en medio de extraños? Los conozco; conozco a los hombres y los desprecio. Ellos me han hecho daño, seguirán haciéndome sufrir. Todo lo que me queda de fe, de amor y de esperanza, no descansa ya más que en él.

Pues bien, ¿morir? Los frascos de morfina están ahí, en salvo en el fondo de mi gaveta; un presentimiento me decía que algún día los necesitaría, cuando los reservaba secretamente, a despecho de las órdenes de mi anciano tío el doctor. Las pocas horas de sueño que he perdido me serán devueltas así al céntuplo.

Escribiré todavía una carta a mi tío; él será mi heredero y mi confidente. Quizá podrá disimular mi suicidio y hacer que Roberto no lo sospeche.

A él, ni una palabra de despedida. Esto es doloroso; pero es necesario que sea así.

• • •

He salido furtivamente y he corrido a poner la carta en el buzón. El sereno anunciaba la media noche. ¡Qué desierto y obscuro está el mundo! El viento pasa estremeciéndose por los tilos; aquí y allí brilla tristemente una luz que parece alumbrar secretos dolores.

Por el camino avanza un hombre ebrio que exhala sordos gruñidos y quiere atacarme. En torno mío las tinieblas, la miseria y la rudeza; en mi alma el remordimiento y una pasión que jamás se saciará, he ahí lo que me reservaba el porvenir. En verdad, nada tiene ya que ofrecerme esta vida.

Mucho se habla y se escribe sobre las angustias de la muerte: yo no siento indicios de ellas. Me encuentro bien ahora, después de haber llorado a mi gusto. Las lágrimas que no podían darse libre curso, me ponían en el pecho un peso aplastador.—Y dicen que llorar da sueño. ¡Buenas noches!


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