El deseo (capítulo 24), novela de Hermann Sudermann


Hermann Sudermann por Max Slevogt

Quince días después.

Es un hecho, Roberto me ama. Ha venido a pedir mi mano. Ahora sé que hay una expiación. ¡Ah, si estas torturas no purificaran!

Jesús; ya no tengo en vos la ingenua fe de la infancia, pero habéis sido hombre, habéis sufrido como yo; os imploro… pero no, esto es locura, vuelve en ti, mujer, cálmate. ¿Acaso no hay un descanso eterno en el cual puedes refugiarte libremente, si te faltan las fuerzas para sobrellevar los dolores de esta existencia? ¿Quién te lo impide?

Me ama; lo he conseguido. Pero, para que me amara, ha sido necesario que Marta pereciera y que yo me perdiera en un abismo de crimen y de vergüenza, del cual ningún poder del Cielo ni de la tierra podría arrancarme.

Estoy muerta; muertos también deben estar mis deseos y mis esperanzas; y a mi sangre que se rebela, hierve y se agita cuando pienso en él, sabré calmarla por fuerza, si no…

¡Oh, qué actitud tenía delante de mí! Las palabras salían lentas y tímidamente de sus labios; sus miradas plañideras, que parecían implorar socorro, buscaban las mías y sin embargo apenas osaban desprenderse del suelo; en su embarazo, enroscaba entre sus dedos la extremidad de su barba y golpeaba con el pie cuando no podía encontrar la palabra justa. ¡Oh, pobre niño grande, amado mío! ¿No viste que todo mi ser me precipitaba a tus brazos y ardía por permanecer en ellos eternamente? ¿No viste que mis labios temblaban de deseo de posarse en los tuyos y de quedarse suspendidos de ellos hasta mi último suspiro?

¿No viste nada de eso?

Debiste, pues, dar fe a las palabras que te dije, casi sin tener conciencia de ello. Mi corazón las ignora completamente; te lo juro. Te amo y te amaré hasta mi último pensamiento, y el último aliento que se escapará de mis labios será tu nombre.

Y ¿cómo has podido creer en el pretexto que te di? ¡Dejarte a una mujer rica! ¡A ti para quién querría mendigar por los caminos, por quién querría gastarme los ojos, hacerme sangrar los dedos cosiendo si lo necesitaras!

¿Te acuerdas de aquella noche, en casa de mis padres, cuando aspirabas a la mano de Marta? ¡Cómo puedes, si la recuerdas, hacerme la injuria de aceptar mi miserable excusa!

Y cuando me diste la mano al decirme adiós, ¿por qué me dirigiste una mirada tan triste, tan humilde? ¿No sabías que esa mirada me torturaría sin cesar, noche y día, como el reproche de una grave falta que he cometido para contigo?

No, amigo mío, eres el único ser en el mundo que nada tenga que reprocharme. He procedido lealmente contigo, y hoy más que nunca, ¡aunque jamás hayas sido más indignamente engañado que hoy!

¡Si tan sólo pudiera decirte cuánto te amo! ¡Con qué placer moriría en el acto! ¡Colgarme una sola vez de tu cuello, ocultar una vez mi cabeza en tu hombro y llorar lágrimas de sangre!

No me vuelvas a mirar así, mi querido niño grande, como para hacer creer que te he desdeñado con razón, que te he encontrado demasiado simple y demasiado indigno de mí, pues, ¡mira, no sé lo que haría!

¡Que Dios te preserve de mí y de mi amor!


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