Los argonautas (capítulo 12/final), novela de Vicente Blasco Ibáñez

Vicente Blasco Ibáñez


Dos días antes de llegar a Buenos Aires, el Goethe empezó a remozarse. Trabajaba la marinería de sol a sol bajo la mirada escrutadora de los oficiales. Era una agitación semejante a la de un navío de guerra en vísperas de combate.

La última cubierta se empequeñecía. Las balleneras pendientes sobre el mar eran retiradas al interior, descansando fijas en sus cuñas. Los paseantes veíanse obligados a moverse entre estas embarcaciones, que sólo dejaban accesibles estrechos pasadizos.

Una limpieza minuciosa y paciente retocaba el exterior de la nave desde la línea de flotación a los topes, dejándola como nueva. Por todas partes se encontraban marineros arremangados y despechugados, con un cubo de pintura en una mano y una brocha en la otra. Sosteníanse en peligroso equilibrio sobre mástiles y barandillas. Sentados en andamios y teniendo a sus pies el mar, pintaban los costados del buque balanceándose sobre el abismo.

Desaparecían rápidamente todos los ultrajes que las olas, el aire salino y los roces en las entradas de los puertos habían inferido al trasatlántico. La pintura se esparcía pródigamente, lo mismo que en el tocador de una coqueta vieja. El Goethe quería llegar hermoseado al término de su viaje, y un blanco de leche refrescaba los tabiques de las cubiertas y las cañerías interiores; un amarillo tierno de manteca abrillantaba los mástiles, la chimenea y los brazos de las grúas; un negro intenso ocultaba las desconchaduras del enorme casco, dando a éste un aspecto virginal, cual si acabase de deslizarse por la grada de un astillero.

Los empleados de la comisaría se mostraban más atareados aún que los oficiales de la navegación. Había subido en el último puerto el médico enviado de Buenos Aires para el examen de los emigrantes, y este funcionario, acompañado por aquéllos, iba inquiriendo la salud del rebaño humano acorralado en los extremos de la nave.

Funcionaba en la explanada de popa una estufa de desinfección, y pasaban por ella los trajes de los emigrantes que eran susceptibles aún de cierto uso a juicio de los empleados. Las piezas andrajosas, los gabanes de pieles de imposible despoblación, los calzados rotos, los arrojaban al mar, flotando en la estela del buque un rosario de míseros objetos.

Las personas eran sometidas a ruda limpieza. Desaparecían de golpe las hirsutas melenas y las barbas patriarcales. Cráneos redondos con la sombra azulada del pelo cortado al rape, mandíbulas salientes ostentando aún las erosiones de una afeitada rápida, mostrábanse en el mismo lugar ocupado antes por barbudos personajes de trágico aspecto. Desaparecían igualmente las altas botas oliendo a sebo, las camisas rojas ceñidas al talle por una cuerda, los gorros de piel, las sacerdotales hopalandas. Todos se mostraban unificados por el sombrero hongo y el terno de lanilla comprado previsoramente en un almacén de Europa.

Mujeres y chiquillos eran empujados casi a viva fuerza al baño obligatorio con rudos fregoteos de jabón. Los dos extremos de la nave soltaban por sus caños la mugre líquida del populacho. Al chorro de agua cargada de cenizas y polvo de carbón que arrojaban en el mar los purgadores de las calderas, uníanse dos arroyos de líquido jabonoso y negruzco expelidos por la proa y la popa.

Velaban con interés egoísta los de la comisaría por la salud y la limpieza del rebaño humano. Temían a las oficinas de inmigración de Buenos Aires, prontas a rechazar las gentes enfermas o de contagiosa suciedad, obligando al buque a repatriarlas gratuitamente.

En los «latinos» de proa verificábanse iguales transformaciones. Las comadres de Nápoles y de Castilla abrían sus arcas para extraer sayas y corpiños. La señá Eufrasia tronaba majestuosa con un pañolón de encendidas flores, admirado por todos, y que parecía agrandar su autoridad.

Los árabes, por el contrario, perdían su aspecto interesante. No más casquetes rojos ni pañuelos de colores a guisa de turbantes y fajas. El Emir se había despojado de su caftán de seda, e iba vestido como los demás, con un terno a cuadros y un sombrero tirolés. ¡Adiós poesía! El príncipe de ojos de brasa, que habían perturbado por unas horas a la sensible Nélida, era vendedor ambulante en Buenos Aires. Su comercio consistía en una larga batea llena de objetos baratos, que paseaba con un socio compatriota, alborotando juntos los suburbios de la ciudad con el pregón de su industria: «¡A veinte centavos! ¡Todo a veinte!».

Se había transfigurado también la cubierta de paseo. El espacio parecía mayor. Al disminuir el número de viajeros eran más escasos los sillones, y los paseantes podían caminar sin obstáculos. Además, la gente se ocultaba para hacer los preparativos de desembarco.

Permanecían las señoras en sus camarotes la mayor parte del día arreglando sus equipajes. Sólo después de las comidas se formaban tertulias en el jardín de invierno; tertulias amistosas, sin rivalidades en el traje ni en las joyas, vistiendo cada cual a su gusto, como gentes preocupadas por una tarea extraordinaria y faltas de tiempo para pensar en el propio adorno.

Sólo quedaban horas contadas de viaje: aquel día y parte del siguiente. Al anochecer tocarían en Montevideo, y antes de que amaneciese saldrían para Buenos Aires.

Mostrábanse las gentes poco comunicativas, con una creciente predisposición al aislamiento, agobiadas cada vez más por las preocupaciones que parecía sugerirles la proximidad de la tierra. Los socios fraternales de empresas ilusorias acariciadas durante el viaje se iban distanciando con cierta melancolía. Cosas más inmediatas y mediocres, realidades ineludibles, iban a asaltarlos tan pronto como descendiesen en el muelle terminal.

—De aquel negocio—se decían con mentida sonrisa—ya hablaremos en Buenos Aires. Tiempo nos queda… Habrá que pensarlo bien, porque tiene sus dificultades.

Estas dificultades, hasta entonces no sospechadas, surgían de pronto, como surgen los escollos al rasgarse la bruma cerca de una costa.

Un ambiente de duda, de timidez y mutismo se extendía por el buque según éste iba avanzando. Los emigrantes de popa, esquilados, rapados y vestidos de limpio, permanecían silenciosos, con visible indecisión. Parecían catecúmenos que luego de las abluciones y de vestir nuevas túnicas no saben qué otra ceremonia les aguarda más allá de la puerta cerrada. Miraban con inquietud la tierra que iba costeando la nave, una barrera amarilla, ondulosa, de cumbres bajas. ¿Qué encontrarían en aquella América?… Ya no sonaba el acordeón; los rusos habían olvidado su danza gimnástica.

Los bulliciosos «latinos» de la proa también estaban silenciosos y preocupados, como los navegantes que avistan una tierra nueva. Únicamente el Emir y algunos españoles que llegaban a la Argentina por segunda vez parecían contentos. La gaita pastoril sonaba lo mismo que las otras tardes en el silencio del mar, pero su dulzura bucólica tenía cierto temblor de sonrisa. El tañedor era de los que regresaban a la tierra americana, saludándola con su música simple. En el muelle iba a encontrar los amigos de su pueblo, su familia, todos los atractivos de una nueva patria libremente escogida.

El Morenito callaba, como si se reconociese de pronto sin autoridad y sin fuerza para aleccionar a aquellos jóvenes cansados de admirarle. Lo que ellos admiraban ahora era la faja amarilla de la costa, que iba desarrollando ante el buque sus entrantes y salientes. Veíanse faros, de cuyos vidrios arrancaba el sol una flecha roja; pinceladas blancas que eran pueblos, y masas obscuras, largas, uniformes, que eran arboledas.

Comenzaba a dudar el valentón, sumido en el silencio. Avisábale un obscuro instinto lo quimérico de los planes heroicos concebidos en la soledad oceánica. La tierra cercana parecía repeler sus valerosas concepciones. Percibía en torno de él un ambiente de restricción y de orden más imperioso que el que había dejado a sus espaldas al embarcarse. Tenía menos fe en la posibilidad de una partida para hacerse rico y en todas las matanzas soñadas de indios bravos a tanto por cabeza. Ahora más que antes necesitaba la presencia y el consejo de don Isidro para que le infundiese ánimos con su sabiduría. Pero ¿dónde estaba don Isidro?…

Muchos, en el castillo central, podían haberse hecho la misma pregunta de no estar preocupados con los preparativos del desembarco. Maltrana, desde la salida de Río Janeiro, se dejaba ver muy poco, y más bien parecía huir de la popularidad que le había proporcionado su heroísmo. Esta fuga iba acompañada de un acicalamiento extraordinario de su persona. Se hermoseaba por instantes, a impulsos de un firme deseo de parecer mejor.

«La juventud no es más que una voluntad—pensaba Ojeda—. Cada hora que transcurre parece más joven. Bien se conoce que está enamorado. Nada rejuvenece a un hombre como el amor.»

El fugitivo Maltrana evitaba igualmente el encuentro con su amigo. El día antes sólo le había visto Fernando dos veces: a las horas de comer. Irritado a causa de este apartamiento, acabó por hablarle con hostilidad. Era un Maltrana distinto al de los días anteriores. Nélida le había influenciado, participaba de sus odios, y tal vez por esto huía de él como si fuese un enemigo.

Le felicitó Ojeda agresivamente por su buena fortuna, y Maltrana, con la ceguera del hombre amado, aceptó ingenuamente estos plácemes venenosos… Sí; estaba contento de la vida. Alguna vez le había de tocar a él.

—Bien sé que no soy gran cosa—dijo con falsa modestia; pero así y todo, alguien se ha fijado en mí. A veces tiene éxito la fealdad. Además, me encuentran una cabeza de carácter; voy afeitado, y esto gusta a algunas personas más que los bigotes.

Había desaparecido para los dos amigos todo afecto. Nélida estaba entre ellos fomentando un sentimiento irresistible de rivalidad.

Creyó Fernando que debía romper para siempre con su compañero. Fue un movimiento del que se arrepintió a los pocos instantes, cuando sus palabras ya no tenían remedio.

—Siga usted su buena suerte, Maltrana. Y como puede traerle perjuicios y disgustos el ser amigo mío, que cada cual eche por distinto lado… y como si no nos conociésemos.

Habían pasado sin hablarse la tarde y la noche del día anterior. Durante la comida buscó Isidro con sus ojos la mirada de Fernando, como un perro humilde que intenta volver a la gracia de su dueño. Pero un sentimiento de dignidad y el egoísmo de no perder sus buenas relaciones con Nélida le mantuvieron en silencio. El otro, por su parte, mostrábase fosco, huyendo su mirada de la de Isidro, pero compadeciéndole interiormente. ¡Pobre muchacho! La única culpable era aquella loca, que se había propuesto enemistarlos.

A la mañana siguiente, Maltrana no pudo resistir por más tiempo esta separación, y abordó a su amigo en la cubierta. Parecía desesperado. ¡Que unos hombres como ellos, que hacían el viaje lo mismo que hermanos, fuesen a pelearse al final!…

—No hay mujer que valga lo que una buena amistad… Es una simpleza reñir por esa loquilla, que no sabe ciertamente lo que quiere… Venga esa mano, Ojeda. Y si no quiere darme la mano, déme dos puntapiés: es lo mismo. Lo importante es que volvamos a ser lo que éramos antes.

Y se unió a él como al principio del viaje, permaneciendo a su lado más tiempo que junto a Nélida. Ésta rondaba cerca de ellos, y sólo a fuerza de guiños y manoteos conseguía arrastrar a Isidro por algunos instantes. En vano lo increpaba viéndole con el otro. Manteníase firme en su amistad, y dispuesto a seguir a Ojeda y dejar a Nélida si ésta insistía en sus odios.

Acodados en la borda, contemplaban los dos amigos el color del agua. Había cambiado de tono. Ya no tenía el azul grisáceo de los mares europeos, el azul dorado del trópico ni el azul profundo y luminoso de las costas brasileñas. Ahora su coloración era verde, un verde claro con reflejos amarillentos. Y así como el buque iba avanzando, sobreponíase el amarillo al verde, hasta que las aguas tomaban un color terroso semejante al de los ríos desbordados, como si el Océano recibiera la avalancha de una enorme inundación.

El doctor Zurita se unió a ellos. Era por la tarde, después del almuerzo.

—¿Miran ustedes el agua?—preguntó—. Esa agua ya es nuestra, tiene más de dulce que de salada; viene del corazón de América. Es el río de la Plata, que, al desembocar, se extiende leguas y leguas mar adentro.

Alegrábase el doctor contemplando el color de las aguas, como si con ellas viniese a su encuentro algo de la patria. Aún estaban muy lejos de la desembocadura del río, y sin embargo enviaba hasta allí su corriente, modificando el sabor y el color del Océano.

—Es enorme nuestro río, ¿no?… ¿Qué le parece, che?—preguntaba con orgullo patriótico, gozándose de la estupefacción de Maltrana.

Los dos amigos hablaron de la falsedad de su título. Gaboto lo había bautizado con el título de río de la Plata por varias planchuelas procedentes del alto Perú que le habían trocado las tribus, pero jamás en sus riberas se había encontrado una pepita de dicho metal. Era más justo su primer nombre de «Mar Dulce»: expresaba mejor su acuática inmensidad, sin orillas visibles.

Revivió en la memoria de los dos españoles la tragedia de su descubrimiento. Pocos años después de la muerte de Colón, ya navegaban por estas latitudes los navíos españoles buscando un estrecho para pasar al otro Océano, al llamado mar del Sur, descubierto por Balboa. Deseaban llegar a las espaldas de Castilla del Oro, que así se titulaba entonces la parte conocida de la América Central.

Díaz de Solís, piloto mayor de Castilla, que mandaba estas naves, al avistar la enorme embocadura metíase por ella, creyendo haber encontrado el ansiado estrecho, pero la dulzura de las aguas le hacía abandonar su ilusión. Aquel mar de agitado y continuo oleaje, sin costas visibles, era simplemente un río. ¡Prodigios que reservaban las misteriosas Indias occidentales a los nautas del viejo mundo!…

Así quedaba descubierto el «Mar Dulce de Solís», pero el descubridor pagaba su hazaña con la vida. Gran marino, pero mediocre hombre de pelea, acostumbrado al tranquilo manejo de las cartas de navegar, al examen de los pilotos en la «Casa de Contratación» de Sevilla, y sin experiencia en los ardides de la guerra indiana, había bajado a tierra creyendo en los signos de paz de los indígenas, y éstos lo habían asesinado a la vista de sus gentes en las orillas del mismo río que acababa de descubrir, asando luego su cuerpo para devorarlo en sagrado banquete. Y la pequeña expedición, que sólo iba a la descubierta, sin haber hecho preparativos de guerra, huía río abajo despavorida por esta tragedia.

El duro Oviedo, historiador y hombre de combate, apenas se apiadaba del infortunio de Solís al hacer su relato. Le parecían naturales estas catástrofes siempre que se enviasen hombres de mar al descubrimiento de las nuevas tierras. Los nautas eran únicamente para el manejo de las naos que condujesen a los verdaderos conquistadores. Y éstos debían ser hombres de coraza, hombres de a caballo, incapaces de confianzas y blanduras.

—¿Saben ustedes—preguntó Maltrana—qué recompensa pidió Solís al rey antes de embarcarse para hacer este descubrimiento?

Acordábase de lo que había leído años antes en los documentos del archivo de Simancas, cuando tomaba notas para una obra de encargo.

La monarquía andaba escasa de dinero en aquellos tiempos, y sus servidores, dando por inútiles las peticiones monetarias, solicitaban como premio concesiones y cargos. Solís, que era una autoridad científica de su época, el primer sabio oficial en las cosas del mar, explotaba su prestigio desde Sevilla, aprovechando todas las ocasiones favorables para formular una petición. Don Fernando el Católico, a su demanda, le concedía los bienes de un vecino que se había suicidado. En aquellos siglos, la fortuna del suicida pasaba a la corona. Luego, a la hora de embarcarse para su última expedición, el piloto mayor solicitaba un premio más extraordinario y raro como recompensa de sus futuros servicios.

—La noble ciudad de Segovia no tenía mancebía—continuó Maltrana—. A juzgar por un informe de Solís al rey, las mujeres de partido distribuían sus favores en unos corrales de ganado de las afueras, y él solicitó para sí y sus descendientes el privilegio de poder establecer una mancebía oficial dentro de los muros de la ciudad. Así se lo prometió el Rey Católico; pero el gran piloto acabó sus días en estas tierras, sin que pudiese montar su industria de Segovia.

Intervino Ojeda al ver el gesto escandalizado del doctor Zurita.

—Cada época tiene su moral y sus preocupaciones. Durante la Edad Media, lo mismo en España que en otros países, el monopolio de las mancebías fue una de las mejores rentas de muchas casas nobles. Esta merced sólo la daban los reyes en pago de grandes servicios. Famosos monasterios gozaban de tal concesión, para aplicar sus productos a las necesidades del culto. Algunas veces eran conventos de mujeres los que disfrutaban dicho privilegio, y sus aristocráticas abadesas recibían sin escrúpulo el dinero de las pecadoras de «cinturón dorado».

Zurita hizo gestos afirmativos. Algo de eso lo había leído él, y no le causaba escándalo el premio solicitado. Lo que llamaba su atención era que en todo el descubrimiento de América únicamente se le hubiese ocurrido solicitar tal merced al primer explorador del río en cuyas riberas había de nacer años adelante la ciudad de Buenos Aires. Se acordó de las innobles industrias establecidas con profusión en la gran urbe inmigratoria por extranjeros ávidos de ganancia; de la trata de mujeres, que extendía desde allí su reclutamiento a diversos países de Europa. La antigua «madre» de la mancebía clásica había sido sustituida por hombres de negocios que comerciaban en carne humana.

—¡Qué casualidad!—continuó Zurita—. Cualquiera diría que Solís adivinaba el porvenir…

La atención de los tres se sintió atraída por los muchos buques que navegaban en dirección contraria al Goethe. Hasta entonces, el Océano se había mostrado con una soledad majestuosa. Sólo después de varios días asomaba en lontananza la nubecilla de un vapor o la pincelada gris de un velero. Ahora se poblaba su extensión amarillenta con buques de todas clases: fragatas cabeceantes que hundían sus proas en la espuma a impulsos de los hinchados trapos; vapores negros que regresaban a Europa después de librar su cargamento de carbón; goletas minúsculas inclinándose sobre las olas con una inestabilidad que arrancaba gritos de miedo a las mujeres agrupadas en las bordas del Goethe. Este tránsito de buques era semejante al de los vehículos y peatones que en pleno campo anuncia la cercanía de una enorme ciudad todavía oculta. Iba entrando el trasatlántico en la gran corriente de navegación que hace del río de la Plata una de las avenidas más frecuentadas del comercio mundial.

Empezó la gente a fijarse en una isla que desde mucho antes había aparecido ante la proa. El buque pasaba entre ella y la costa lejana.

—¡Los lobos! ¡los lobos!—gritaron de un extremo a otro del paseo.

Y corrían los niños, sintiendo la emoción de los cuentos maravillosos que infunden pavor, y tras ellos las criadas, las madres, todas las mujeres, con una curiosidad igual a la de los pequeños.

Pasábanse los anteojos para ver los lobos marinos descansando en filas a lo largo de la isla y en torno a un faro. Algunos de estos animales parecían figuras yacentes sobre el pedestal de una roca. El sol de la tarde se reflejaba en sus húmedas envolturas, dándolas un reflejo de oro. Eran a modo de pellejos de aceite rematados por una cabeza de perro chato. Permanecían inmóviles, flácidos, torpes, bajo la caricia pálida de los rayos solares, rezumando grasa por sus poros. Muchos parecían dormir. Algunos más jóvenes, como si presintiesen un peligro al aproximarse al buque se arrastraban sobre sus cortas nadaderas, arrojándose al agua con el estrepitoso chapoteo de un odre inflado. Luego reaparecían, asomando a flor de agua su cabeza semejante a una pelota negra con mostachos. Esta isla era el término de su avance desde los glaciales mares del Sur. Hasta allí llegaban, viniendo de los bancos de hielo, para explorar la amplia boca del estuario del Plata.

Desapareció el sol tras una barrera de nubes. Esfumábase la costa con una bruma rojiza. El agua tomó de pronto el tono sombrío de un mar de invierno. Muchos se estremecieron de frío en sus trajes veraniegos. Maltrana creyó que el lejano Polo les enviaba su respiración antes de que lograsen introducirse en el abrigo del estuario.

—¡Con tal que no tengamos bruma!—dijo el doctor—. La niebla en el río es de lo más fregado. Hay necesidad de parar a cada momento, de hacer señales, para evitar un choque… ¡Cosa pesada!

Luego invitó a los dos amigos a que lo acompañasen en su visita a las máquinas del buque. No quería desembarcar sin conocer el alma de este hotel flotante en el que había vivido quince días. Deseaba hacer partícipes de sus emociones a las señoras de la familia, pero todas se habían negado: «¡Las máquinas! ¡Ay, no! ¡Qué suciedad!». Y el buen doctor, como si no pudiese realizar la visita sin un compañero que recibiese sus impresiones, insistió, hasta conseguir que los dos amigos le acompañasen por los tortuosos corredores de la cubierta baja.

El mayordomo hizo girar una puertecilla, y se vieron en una especie de patio interior semejante a los que se abren en mitad de los grandes edificios para darles aire y luz. Su altura era la del buque, desde la quilla a la última cubierta, y en sus cuatro paredes blancas y lisas no había otra comunicación con el resto del trasatlántico que la pequeña puerta de entrada. Varias galerías de hierro marcaban los diversos pisos de este departamento que ocupaba toda la parte central del navío.

Un emparrillado de acero dividía el gran pozo cuadrado y blanco en dos secciones. Pasaban a través de él los émbolos de las máquinas, subiendo y bajando incesantemente en sus cilindros verticales. Más abajo de esta plataforma estaban las máquinas, y los tres visitantes llegaron a ellas descendiendo por varias escalerillas de acero. Llevaban en las manos pedazos de estopa para defenderse de la grasa que parecía sudar el metal de las barandas y paredes. Un calor pegajoso oprimía el pecho, al mismo tiempo que pinchaba el olfato con hedores de hulla y aceite mineral.

Al llegar a lo último de este amplio pozo, junto a la quilla, donde estaban las máquinas y sus servidores, el calor era menos denso. Sentíase un latigazo de aire glacial al pasar junto a las bocas de los grandes ventiladores.

Era un panorama de troncos metálicos animados por inquieta nerviosidad; una vegetación de acero que movía sus ramas, subía, bajaba y se entrechocaba, haciendo penetrar los diversos tentáculos unos en otros. El brillante metal lanzaba al moverse un resplandor blanco y viscoso.

Todo este organismo inquieto y vibrador, que parecía fabricado de plata y de grasa, no dormía a ninguna hora. Había empezado su movimiento en el mar del Norte y lo continuaba a través de medio planeta, indiferente al cansancio, lo mismo de día que de noche, a la hora en que los hombres viven, a la hora en que los hombres sueñan, bajo el sol y bajo las estrellas, como si el tiempo y la distancia careciesen de realidad ante su vigor sobrehumano. Las breves inmovilidades en los puertos no significaban para él inercia y descanso. Sus miembros férreos quedaban en corto reposo, pero el fuego vivificante seguía ardiendo en sus entrañas. La sangre blanca del vapor continuaba circulando por el sistema arterial de sus válvulas y tuberías.

Precedidos por un hombre rubio y flemático con galones plateados en las bocamangas y la gorra, iban los tres visitantes por entre las máquinas enclavadas en el fondo de este espacio cuadrangular. Las paredes subían lisas, iguales, sin una ventana, sin el menor resquicio, unidas por las diversas galerías y la plataforma. Pero estos obstáculos únicos eran casi transparentes, con la sutilidad de los enrejados de metal, a través de los cuales pasa la mirada. En lo último, a catorce metros de altura, estaban alzadas las tapas de cristales sobre la cubierta de los botes, dejando ver dos fragmentos de cielo.

El doctor Zurita se enteró minuciosamente de las funciones de las diversas máquinas. Las dos más grandes, que ocupaban con sus majestuosas dimensiones la mayor parte del espacio, eran las generadoras del movimiento del buque, las propulsoras de las hélices. A un lado una máquina más pequeña, productora de la luz; a otro lado la del frío, para los depósitos de alimentos y las necesidades de la vida a bordo, organismo potente y triunfador que en aquella atmósfera cálida, cerca de los hornos inflamados, mantenía sus tuberías y cilindros bajo el forro lagrimeante de una gruesa costra de hielo.

Avanzaron sobre un piso de placas de metal. En unos lugares percibían sus pies la frescura de la humedad; en otros aplastaban como arena crujiente el polvo diamantino de la hulla. De pronto, percibían en sus cabezas un torbellino glacial, inesperado, que cosquilleaba las narices con la picazón del estornudo y parecía querer arrebatarles las gorras. Mirando a lo alto, se encontraban con la boca de un tubo enorme que subía y subía, pulido y circular como el interior de un telescopio, con gran parte de su redondez de intestino sumida en la obscuridad y un débil resplandor de tragaluz allá en lo alto, junto a la boca curva e invisible. Era un ventilador de los que alzaban sus trombones amarillos sobre las diversas cubiertas. Y estos tubos de ventilación, así como otros túneles verticales abiertos desde las máquinas a lo alto del navío, tenían en sus paredes estribos de acero que servían de peldaños; leves escaleras por las que podían trepar las gentes de las máquinas en momentos de peligro.

El guía de los galones plateados abrió una puerta de acero pequeña como una ventana y del espesor de un muro. Su cierre, instantáneo, hermético, absoluto, era semejante al de las piezas de artillería. Iba a enseñarles uno de los dos túneles por los que pasaban los árboles de las hélices. Entraron agachando la cabeza en una galería angosta de más de treinta metros de longitud, ocupada únicamente por una barra de acero que giraba y giraba tendida en sus ajustes, brillando como una espiral de mercurio. Un rosario de bombillas eléctricas alumbraba día y noche la continua rotación en el silencio y la soledad de esta alma metálica, señora absoluta del túnel submarino. El lado interior de la galería era vertical; el exterior abríase en ángulo hacia arriba, marcando el arranque del vientre de la nave. Una lluvia menuda y lubrificadora caía sobre el árbol para facilitar y enfriar el frotamiento de su incesante rotación.

Zurita quiso saber a qué profundidad estaban en aquel sitio. Hallábanse siete metros más abajo de la superficie del Océano.

—¡Lo que nadará en estos momentos sobre nuestras cabezas!—dijo Maltrana, ¡Los apreciables vecinos que tal vez colean al otro lado de esta pared!

Y daba con los nudillos en el muro de acero, sordo, durísimo, semejante a un bloque inmenso, tras el cual era difícil imaginarse la más leve oquedad.

El extremo del árbol, que en sus incesantes vueltas se perdía al final del túnel, les inspiraba no menos admiración. Ni un ruido, ni el más leve roce. Y sin embargo, la espiral de plata, atravesando la popa del buque, surgía en pleno Océano para levantar un torbellino espumoso con las revoluciones vertiginosas de sus uñas retorcidas. La idea de que estaban a siete metros bajo del agua, y que bastaría la más pequeña grieta en el túnel para morir instantáneamente, aislados por la puerta inconmovible, produjo cierta angustia en Maltrana.

—Esto ya está visto. ¿Si fuésemos a visitar algo más interesante?…

Su pasaje por las calderas fue breve; las hornallas en fila expelían un calor infernal. Asomáronse a un departamento negro, en el cual se agitaban varios hombres medio desnudos, con un gorrito blanco en la cabeza. Eran de pelo rubio, flacos, como si el excesivo calor hubiese derretido su grasa, pero con gruesos tendones y robustas coyunturas, que al menor esfuerzo se marcaban vigorosamente. Cuando abrían la portezuela de un horno para echar en él paletadas de carbón, su resplandor lo iluminaba todo con reflejos de incendio, y los hombres blancos de ojos azules aparecían grotescos y terribles bajo el hollín que tiznaba sus caras y sus miembros. Al cerrar la portezuela volvía el departamento a sumirse en una penumbra saturada de polvo de carbón. Los pies se movían como en una playa crujiente sobre la hulla desmenuzada. Un sabor de humo y de grasa descendía por las gargantas.

Volvieron a las máquinas, y junto a ellas escucharon las explicaciones del guía. En las entradas y salidas de los puertos, en todo momento difícil, el primer ingeniero se colocaba en una galería alta, lo mismo que el comandante del buque tomaba su sitio en el puente. Los dos gobernantes de este mundo interoceánico vigilaban sus respectivas funciones: uno la dirección; otro el movimiento. Y el telégrafo interno de señales unía las dos inteligencias con rápidas comunicaciones.

Junto al primer ingeniero se colocaba el segundo, encargado de recibir los avisos del puente y transmitirlos abajo a las máquinas. Dos maquinistas—que con la afición germánica a los títulos y jerarquías se titulaban ingenieros terceros—cuidaban, cada uno por separado, de los dos grandes motores que hacían marchar al buque. Otro ingeniero tercero vigilaba las máquinas auxiliares productoras de la luz y el frío.

Al terminar el viaje redondo, cuando el trasatlántico regresaba a Hamburgo, sus máquinas eran reparadas minuciosamente. Durante quince días recibía los mismos cuidados que un caballo de carreras que se prepara para una nueva corrida.

Los tres visitantes admiraron el silencio y la sumisión con que estos organismos enormes cumplían sus funciones cual si tuvieran un alma y se sometiesen voluntariamente a una disciplina. Ni el más leve ruido alteraba el silencio del metal que se movía envuelto en la sordina de la grasa. Todos los organismos funcionaban con la suavidad discreta del lubrificante.

El acero arrollado en tubos, extendido en placas, alargado en émbolos, redondeado en discos, permanecía callado e impasible, sin transpirar el misterio ruidoso de las potencias que se agitaban en sus entrañas. Su rigidez no dejaba adivinar con palpitaciones materiales el agua abrasadora, el vapor asfixiante, el fuego anonadador, a los que bastaba el más leve escape para atraer la catástrofe y la muerte. Las fuerzas ciegas y crueles estaban domadas, canalizadas, sumisas, dúctiles, se transformaban en silencio; realizaban sus transmutaciones de vida con religioso quietismo. Únicamente el calor espeso, pegajoso, húmedo, con su perfume picante de hulla, denunciaba la presencia del gran misterio de los tiempos modernos: la engendración del movimiento en el seno del metal.

Isidro se maravillaba de la sencillez con que estas máquinas gigantescas cumplían su función.

—¡Quién diría que estamos en un buque!—exclamó—. Usted, Fernando, que es poeta, u otro escritor profesional, si hubieran de describir esta parte del Goethe, ¡qué cosas tan hermosas dirían… y tan falsas! De seguro que el lugar donde estamos sería el templo del fuego y las máquinas los altares. El viejo dios Baal saldría a colación, y además un sinnúmero de imágenes interesantes sobre la lucha del buque, que lleva una hoguera en sus entrañas, con el ímpetu de las frías olas: el conflicto entre el fuego y el agua…

Tal vez este lugar del trasatlántico ofrecía un interés dramático en noches de tempestad, cuando los hombres alimentaban las inquietas máquinas, expuestos a quemarse mientras arriba pasaban las olas sobre la cubierta, y todo el buque temblaba y se acostaba bajo los fieros golpes. ¡Pero ahora!…

—Es difícil imaginarse—continuó Maltrana—que estamos en el Océano y estas máquinas sirven para remover las aguas marchando sobre ellas. En nada se adivina la proximidad del mar. Lo mismo podrían ser las máquinas de una fábrica de zapatos o de tejidos. Sólo falta el ruido de los talleres para que la ilusión sea completa.

Subieron después las escalerillas, respirando con deleite al llegar a la cubierta. La tarde estaba cada vez más obscura, como si en mitad de ella fuese a caer la noche. No se veía la costa. Una muralla gris alzábase entre ella y el buque, y parecía avanzar con lentitud, devorando el verde polvoriento de las aguas.

—¡Pucha! ¡La niebla!—exclamó Zurita—. Tenemos para rato. A saber cuándo llegaremos a Montevideo.

Separáronse los tres, como si experimentasen la necesidad de hablar con otras personas después del mucho tiempo que llevaban juntos. El doctor se fue en busca de las damas de su familia, para contarles lo que había visto. Ojeda siguió adelante por la cubierta, en silencioso paseo. Maltrana le abandonó al pasar ante «el rincón de las cocotas». Le atrajo el verlas a casi todas con los sillones juntos, apretadas en torno de Madama Berta, la andariega veterana, cuyos consejos oían religiosamente en asuntos de América. La proximidad al término del viaje las hacía buscarse y apelotonarse con una solidaridad profesional, como si adivinasen peligros cercanos que debían arrostrar en común.

Las que hacían su primer viaje eran miradas por las otras con lástima y envidia. ¡Quién tuviese sus ilusiones!… Recordaban las esperanzas risueñas, las doradas mentiras que las habían acompañado en su llegada al río de la Plata. Y después, ¡habían visto tanto!…

Berta calló al notar que un hombre se había aproximado al grupo. Pero era Maltrana, un amigo de confianza, y siguió hablando a la joven Ernestina, la de la hermosa cabellera, a la que rodeaban todas con cierta predilección, cual si fuese una hermana menor, inocente y mimada. Sus gracias decadentes y artificiales parecían avivarse al contacto de esta juventud inconsciente y esplendorosa.

—Cuando yo llegué aquí, hace quince años—dijo Berta—, ¡qué cosas traía en la cabeza! Iba a poner el pie en el país del oro; tenía miedo de llegar tarde, de que otras se me adelantasen pillando lo mejor… Creía que el buque no avanzaba con bastante rapidez por el río; contaba los números pintados en unas boyas que marcan el canal para los vapores grandes. Sesenta y cuatro… sesenta y tres; ya no faltaban más que sesenta y tres kilómetros para llegar a Buenos Aires. ¡Bestia de mí! Siempre se llega demasiado pronto. ¡Para lo que se encuentra al final!…

Y una sonrisa de cansancio dejaba al descubierto su dentadura con engastes de oro.

Ernestina expuso sus ilusiones, acompañándolas con un gesto de humildad. Ella era artista y ansiaba la gloria. Su porvenir estaba en el teatro. Iba a hacer la vida alegre y tarifada en esta América, de la que le habían dicho maravillas, pero por escaso tiempo y con pretensiones modestas. Sólo aspiraba a reunir cincuenta mil francos. Con esta cantidad y su aspecto, que no era del todo malo, pensaba abrirse paso en París. Obligaría a un director de teatro a que la contratase, interesándose en su empresa con unos cuantos miles de francos; pagaría a los críticos. Lo importante era debutar, y luego… ¡luego!… Brillaba en sus ojos el resplandor de ilusión y de engaño que inflama a todos los visionarios de la gloria. ¡Cincuenta mil francos!… ¿No los encontraría en aquel país de ricos una mujercita como ella, amable y joven… y artista? Y su fe en el porvenir se apoyaba especialmente en esta última cualidad.

Las oyentes la escuchaban con expresiones contradictorias. Unas creían realizable su ilusión. Otras, fatalistas y melancólicas, torcían el gesto. Sabían lo que podía alcanzarse en aquella tierra. Vivir nada más… y gracias. Al principio, una gloria rápida, y luego, la miseria: una miseria peor que la de Europa.

—¡Cincuenta mil francos!—dijo Berta—. No es mucho. Todo depende de la suerte: del primer amigo que encuentres. Tal vez los hagas en dos meses, tal vez tardes años; tal vez no los juntes nunca.

Y le daba consejos inspirados por su larga experiencia. El peligro era el hombre americano, el jovencito simpático y moreno, arrogante unas veces, como macho dominador, dulzón otras, con una suavidad de manteca, gran bailarín, que conquistaba a las mujeres meciéndolas en sus brazos al compás del tango, generoso y manirroto hasta el deslumbramiento en las primeras semanas de la iniciación, hábil después para recobrar lo suyo y llevarse algo más si era posible, con pretexto de pérdidas en el juego.

Berta iba indicando los remedios autoritariamente, como un sargento que lee a los reclutas los artículos de la Ordenanza.

—Lo primero que debes hacer es dejarte el corazón en el barco y bajar a tierra sin él. Aquí no venimos a enamorarnos: venimos a hacer plata. Eso es… Luego, cuando recojas dinero no lo guardes contigo, pues te lo sacarán. No, no muevas la cabeza: te lo sacarán. Tú no sabes qué gentes hay en Buenos Aires; lo mejorcito de cada país. Yo soy yo, y sin embargo me han engañado muchas veces. Las mujeres somos bestias cuando nos vemos solas en un país extranjero y sentimos la necesidad de un verdadero amigo… Todos los sábados irás al Banco Francés para depositar tus ahorros. O mejor aún, los giras directamente a Francia. Así no corres el peligro de que tu amigo se entere y te los haga sacar del Banco, convenciéndote a fuerza de besos o de bofetadas… Toma siempre dinero; no aceptes acciones ni papelotes de ninguna clase.

En esto último insistió mucho la veterana, como si aún estuviera latente en su memoria algún recuerdo penoso. Señores que pasaban por millonarios se dejaban adorar meses y meses sin soltar más que insignificantes obsequios, hasta que al fin la pobre mujer creía llegado el momento de realizar sus esperanzas formulando una petición. «Mi gringa linda: no te puedo dar plata porque los negocios andan mal. Además, la plata la gastarías inmediatamente. Voy a darte algo mejor que asegure tu porvenir; voy a despojarme de un papel magnífico.» Y le entregaba un rimero de acciones correspondientes a una de tantas empresas ilusorias que diariamente se iniciaban en el país. La mujer guardaba los papeles, creyendo poseer una fortuna. El negocio no daba producto todavía, ¡pero más adelante!… Fortalecíase su fe con el ejemplo de empresas salidas de la nada en esta tierra de milagros, que habían llegado a realizar las más fabulosas ganancias.

—Y la pobre—continuó Berta—sigue adorando al hombre que la ha hecho rica, y cuando intenta realizar su resma de títulos, se entera de que únicamente pueden servirle para empapelar su dormitorio.

Apiadábase la veterana de la suerte de muchas que habían llegado a Buenos Aires con el propósito de hacer dinero en pocos meses, regresando inmediatamente a París, y llevaban años y años encadenadas por la miseria, sin esperanza de volver.

La prudente Marcela, la que preguntaba a todos por la cosecha, asintió con movimientos afirmativos.

—Su esperanza—dijo—es la misma de los hombres, que siempre aguardan un buen negocio el día siguiente. Y así se les pasan los años; y como están solas, para alegrarse un poco se entregan a la morfina, a la cocaína, al opio, al éter.

Ignoraba la policía tales vicios. Como las gentes del país no gustaban de ellos, no constituían un peligro nacional. Eso era para las gringas nada más. Se vendían en la gran ciudad los venenos consoladores profusamente, y las desesperadas, sin fuerzas para volver y sin esperanza en el porvenir, entregábanse a ellos, contrayendo horrorosas enfermedades.

Las más expertas del grupo convenían en sus apreciaciones. Buenos Aires, una buena plaza de negocios para la que supiera guardar franca la salida. Una ratonera mortal para la que se quedaba dentro.

—Nosotras somos «golondrinas»—dijo Marcela—, lo mismo que esos segadores italianos que llegan todos los años en el momento de la cosecha, recogen sus jornales y se vuelven a su país. Es lo mejor.

Maltrana sonrió contemplando a esta banda de cocotas golondrinas que anualmente levantaban el vuelo desde París si las noticias de la cosecha eran buenas. Durante su permanencia en la ciudad de la esperanza, se apiadaban de las compañeras que habían quedado dentro del cerco con las alas rotas, sin fuerzas para saltar, ebrias de veneno que reavivaba falsamente las ilusiones de su primero y único viaje.

Un movimiento general de las gentes que ocupaban la cubierta interrumpió esta conversación, haciendo abandonar sus sillones a las francesas. Corrían todos al costado de estribor para ver en la tarde brumosa el bulto negro de un barco igual al Goethe que avanzaba sobre él como si fuese a embestirlo. Algunos empezaron a sentirse inquietos por esta aproximación; pero cuando los dos buques estuvieron próximos, se fue abriendo la distancia entre sus cascos. Era un trasatlántico de la misma Compañía de navegación, que acababa de salir de Montevideo con rumbo a Europa. Venía de los puertos del Pacífico, salvando los grandes oleajes de los mares del Sur y los canalizos tortuosos del estrecho de Magallanes bordeados de montañas de hielo.

Ambos buques se saludaron con los bramidos de sus chimeneas y pasaron muy próximos, pudiendo verse los pasajeros de uno y otro. Las bordas estaban ocupadas por figurillas semejantes a muñecos que agitasen automáticamente los brazos con un punto blanco en su extremidad: el pañuelo o la gorra. Habíase izado la bandera en las dos popas, y los alemanes la saludaron con un entusiasmo gritón: «¡Hoch!… ¡hoch!». La música del Goethe subió a la cubierta de los botes, y en los intermedios del bramar de la chimenea oíanse los golpes del bombo y el armónico mugido de los instrumentos de metal. En el buque de enfrente también se destacaba el brillo de los cobres y las figuritas de los músicos, puestos en círculo en la última cubierta. Cuatro trompetas larguísimas, cuatro tubos semejantes a los que guiaban la marcha de los legionarios romanos, abrían sus bocas doradas por encima de las cabecitas, y en los intervalos de silencio llegaba hasta el Goethe su lejano rugido.

Los chilenos se entusiasmaron al ver este buque que venía de su patria. Algunos habían corrido a la oficina telegráfica para conocer los nombres de los compatriotas que iban a Europa en el otro trasatlántico, y los repetían entre ellos. Sonaban en su conversación apellidos vascos y andaluces de arcaico eufonismo: apellidos de los que sólo se conservaba en la Península un recuerdo tradicional en crónicas y comedias de otros siglos. Acogían con el interés de un gran suceso la noticia de los que marchaban al viejo mundo. Todos eran amigos, todos eran algo parientes en aquella República de clases cerradas, donde el gobierno y la riqueza se mantienen en posesión de las antiguas familias coloniales, cada vez más unidas por los matrimonios dentro de la misma casta.

—¡Viva Chile!—gritaban enérgicamente saludando a las lejanas figuritas.

Miraban aquel buque lo mismo que si fuese suyo porque venía de su país; aclamaban a las pequeñas personas alineadas en sus bordas creyendo reconocerlas; acogían como una respuesta a estos vivas el rugido apagado que llegaba hasta ellos por encima del mar. Algunos, con el enardecimiento de su entusiasmo, daban el viva extravagante y heroico de las grandes batallas el que acompaña al populacho armado y patriótico de los «rotos» en sus empresas hazañescas, la aclamación reveladora de un carácter testarudo, capaz de ir adelante por encima de todos los obstáculos.

—¡Viva Chile, m…!

El buque se alejó con sus trompetitas brillantes en lo alto y la muchedumbre liliputiense alineada en los diversos pisos. Un rayo de sol pálido iluminó su popa durante algunos instantes con reflejos de oro antiguo. Luego, como si el Océano hubiese despertado únicamente para presenciar este encuentro, se restableció la sombra, y algo más denso que la sombra asaltó al Goethe a los pocos minutos.

Una muralla gris avanzaba sobre él, devorando el azul del cielo y el verde amarillento del mar. La niebla envolvió al buque cuando entraba en la embocadura del estuario. Empezó a navegar con lentitud. Algunas veces parecía detenerse, como si fluctuase indeciso, no sabiendo qué dirección seguir, y poco después reanudaba la marcha. Rasgaba la «sirena» de minuto en minuto con un aullido lúgubre esta noche blanca sobrevenida en plena tarde. A corta distancia de las bordas cerraba la bruma toda visualidad. Los que miraban abajo sólo veían unos cuantos palmos de superficie acuática. Más allá, el humo turbio y denso lo devoraba todo. El mástil de trinquete y la proa eran débiles sombras, siluetas borrosas, pálidos dibujos sobre un fondo gris.

Muchos pasajeros, especialmente las mujeres, mostraban inquietud. Excitaban sus nervios los rugidos de la chimenea, que parecían llamamientos de socorro. Irritábales no poder ver, marchar a ciegas por unos parajes de frecuente navegación. Pensaban en la posibilidad de un choque en esta atmósfera formida y traidora. Hubiesen preferido la vida estrepitosa de una tempestad.

A los rugidos del trasatlántico contestaban, apagados por la distancia y la bruma, los de otros buques. Tal vez estaban próximos. La niebla atenúa los sones. Para suplir la intermitencia de los bramidos de la chimenea, la campana del vapor tintineaba incesantemente, movida por un grumete. Este repiqueteo, semejante a un toque de misa, excitaba aún más la nerviosidad de las señoras. Criticaban muchos al capitán porque seguía adelante, exponiéndolos a un choque con otro buque o a encallar en los bajos del río.

De pronto, un silbido en el puente, un estrépito en la proa de cabrestantes sueltos y cadenas escurriéndose. El buque quedó inmóvil; acababa de anclar, en espera de que se aclarase la atmósfera.

Y entonces, por una de esas inconsecuencias propias de las muchedumbres, se reprodujo la protesta en los mismos que se habían quejado al ver el buque en marcha. ¡Estos alemanes cachazudos y prudentes! Un capitán de otro país hubiese seguido adelante.

Las mujeres golpeaban el suelo con el pie. ¿Cuándo entrarían en Montevideo? Tal vez pasasen la noche en el río; tal vez no llegarían a Buenos Aires en todo el día siguiente. El doctor Zurita hablaba de nieblas que habían durado tres días.

—Y aquí nos quedaremos, lo mismo que si estuviésemos en una isla… ¡Qué fregatina!

Pronto se cansaron los pasajeros de contemplar la cortina de bruma. Muchos creían ver en su densa superficie bultos negros que surgían de pronto y se agrandaban, siluetas de buques viniendo sobre ellos a todo vapor. Acabaron por resignarse, mostrando un valor fatalista; lo que hubiese de ocurrir era inevitable. Además, el buque seguía lanzando cada medio minuto un bramido indicador de su presencia. Y paseaban por la cubierta con cierto entorpecimiento, con una sensación de extrañeza en los pies, que ya estaban acostumbrados a la movilidad del suelo. Se habían encendido todas las luces en el interior del buque; sonaba el piano del salón, y pasaban junto a las ventanas parejas de danzantes ganosos de aprovechar la inercia de la espera.

El fumadero no tenía un asiento libre. Muchos sentían la necesidad de beber, para quitarse el mal sabor que la niebla dejaba en las gargantas. Los artistas de opereta aparecían con sus mejores trajes. Se habían vestido a media tarde para bajar a tierra, creyendo que antes de una hora estarían en Montevideo. La inmovilidad del buque los colocaba en una situación algo ridícula: ellas oprimidas en sus vestidos flamantes, con grandes sombreros, sin atreverse a tomar asiento por miedo a ajar las faldas; ellos con el bastón en la mano, sufriendo el tormento del cuello alto entre las demás gentes que conservaban los cómodos trajes de viaje. ¡A saber cuándo podrían desembarcar!… Todos se lamentaban con gestos teatrales de este contratiempo de última hora.

Ojeda ocupó una mesa en la terraza de fumadero con su compatriota Conchita.

—Paisana, vamos a llegar—había dicho al verla—. Permítame que la invite a tomar algo. Celebremos el buen viaje.

Ahora que se veía sin amistades femeniles gustábale conversar con la graciosa madrileña, a la que apenas había prestado atención en los días anteriores. Y ella, adivinando que este acercamiento repentino sólo era por el deseo egoísta de no verse solo, burlábase de sus aventuras en el buque.

—A usted, paisano, únicamente le interesa lo extranjero. No tiene ni una mirada para lo de casa… ¡Claro! Las de la tierra somos poco distinguidas, no tenemos chic, como dicen esas señoras que hablan con Isidro.

Fernando la miró con interés creciente. Conchita estaba libre de la virtuosa presencia de doña Zobeida, que andaba por abajo en arreglos de equipaje. Los ojitos negros tenían una expresión maliciosa y prometedora. A él no le parecía mal la madrileña… ¡Pero en víspera de la llegada a Buenos Aires! ¡Cargar con un nuevo compromiso un hombre como él, que iba a la ventura!…

Su conversación giró al poco rato sobre el dinero y la nueva vida que les esperaba allá. ¿Qué pensaba hacer Concha al desembarcar? ¿Tenía algún amigo en aquella tierra?… Pero la muchacha rio con una inconsciencia valerosa. Nadie la esperaba, ni ella necesitaba apoyo alguno. Entraría en Buenos Aires como en su casa; lo mismo que si hubiese nacido allí.

—Y dinero, ¿sabe usted, paisano? ni una peseta, ni una perra gorda. Tengo el gusto de desembarcar con el bolsillo limpio. Quiero que conste así, para cuando yo vaya en automóvil, tenga collares de perlas y los periódicos publiquen mi biografía con retrato. Me quedaba un poco de dinero, ¡muy poco! al bajar en Río con doña Zobeida. La pobre señora me convidó y yo la convidé; luego volvió a obsequiarme, y yo, por no ser menos, le devolví el obsequio. Total, que en automóviles, refrescos, frutas del país y demás, se me fue el dinero. A lo último me quedaban diez pesetas, y me las gasté en sellos y postales, enviando recuerdos a los amigos y amigas de España. No me queda ni una mota. ¡Limpia por completo! Así camina una más ligera.

Reía con cierta agresividad, como si desafiase al porvenir. Cuando llegara a Buenos Aires, subiría a un coche, el primero que le saliese al paso, ordenando al cochero que la llevara a un hotel español. En el hotel pagarían el importe de la carrera. Y luego, a vivir, a esperar… En peores trances se había visto. Una mujer como ella podía correr el mundo sin una peseta. No todos los hombres iban a ser tan adustos y distraídos como uno que ella conocía—aquí Ojeda saludó irónicamente, no sabiendo qué contestar—. Tenía antiguos amigos en Argentina: señores que había conocido durante su paso por Madrid; unos, americanos; otros, españoles establecidos en Buenos Aires. Ignoraba sus domicilios, pero ella averiguaría.

—Yo soy capaz de descubrir dónde se acuesta el diablo. Además, cuento con la suerte, con lo que una no espera. Me da el corazón que se presentará algo bueno.

Fernando la habló de las francesas que iban en el buque. Tal vez tuviese más suerte que ellas. ¡Quién sabe a lo que llegaría en Buenos Aires! Pero la española torció el gesto. Ella no ambicionaba joyas, ni pretendía llamar la atención por su elegancia. Vivir bien y nada más.

—Isidro dice que yo soy una mujer para la gente… clásica. No sé lo que será eso. A mí me gustan los hombres serios; nada de ruidos. Vivir con uno como en familia.

Pretendió Ojeda tentar su codicia de mujer, hablando de los diamantes que conquistaban en Argentina y Brasil las cortesanas viajeras. Pero Conchita torció otra vez el gesto con expresión de protesta.

—No; yo no quiero diamantes. ¡Para como los ganan muchas!… Yo soy clásica, como dice Isidro, y no me presto a ciertas cosas. A mí me gusta como Dios manda, ¿se entera usted?… como Dios manda.

Y no pudo dar explicaciones más claras sobre qué es lo que Dios manda, pues se presentó doña Zobeida, que, terminados sus quehaceres, iba por la cubierta en busca de «la buena señorita». Corrió la gente hacia el balconaje de proa, como si la atrajese una gran novedad. El buque se movía otra vez; iba avanzando lentamente. Persistía la bruma, pero era menos densa. Los ojos alcanzaban a ver a mayor distancia a través de su blanco humo.

Esta marcha devolvió el buen humor a los que se preparaban a bajar en Montevideo. Era un avance tímido pero continuo a través de la bruma, que se presentaba en oleadas densas, como si la atmósfera se solidificase a trechos. Deslizábase esta cortina río abajo y resurgía el Goethe a una niebla menos espesa, que transparentaba los perfiles lejanos como fluidas siluetas. Al poco tiempo, una nueva avalancha cegadora pasaba sobre el buque, y así iba avanzando éste, con rápidos tránsitos, de una obscuridad absoluta a una penumbra vaporosa y láctea.

La luz macilenta que había podido filtrar el día a través de estos cortinajes lóbregos acababa de extinguirse con la llegada de la noche. El buque aparecía iluminado desde las cubiertas bajas a los topes. Sus costados estaban agujereados como negros panales por los ojos ígneos de los tragaluces. Los reverberos de las cubiertas daban a la niebla invasora un temblor irisado. En ciertos momentos, el trasatlántico parecía inmóvil, y únicamente al avanzar la cabeza fuera de la borda se convencían los pasajeros de que marchaba, oyendo el chapoteo invisible de sus flancos.

Ojeda vio pasar a Mina junto a él, una Mina distinta en su aspecto exterior a la que había conocido hasta entonces, siempre vestida de blanco y con la cabeza descubierta. Un gabán obscuro la envolvía del cuello a los pies. Su rostro estaba medio oculto por un ancho sombrero y un velo tupido. Ella, que en los días anteriores evitaba todo encuentro con Fernando, pasó repetidas veces junto a él. Hasta creyó adivinar a través del velo que sus ojos le miraban intencionadamente.

Al llegar en sus evoluciones cerca de una escalerilla de la cubierta de botes, volvió Mina la cabeza con muda invitación y subió rápidamente. Fernando, después de una espera prudente, fue tras de sus pasos.

Se encontraron arriba en una láctea penumbra atravesada por la flecha roja de las luces solitarias. Nadie más que ellos. Experimentaron cierta cortedad al verse frente a frente, como si se arrepintieran de esta entrevista. A los pocos momentos chorreaba la humedad por sus ropas. Sentían las manos humedecidas, e instintivamente las guardaron en los bolsillos. Toda su vida se concentró en los ojos.

Ella fue la primera en romper el silencio.

No podía resignarse a dejar el buque sin hablar con él por última vez, sin decirle adiós. Y Fernando, emocionado por el tono de humildad con que hablaba esta mujer, sacó las manos de los bolsillos buscando las suyas. ¡Mina!… ¡Brunilda adorada!… De su existencia en medio del Océano, ella iba a ser el único recuerdo que permanecería en pie.

La alemana habló al principio con timidez, en tercera persona, evitando el tuteo de la pasión; pero luego, con súbita familiaridad, se expresó libremente, lo mismo que cuando paseaban por la cubierta a altas horas de la noche.

— Me has hecho mucho daño. ¡Lo que yo he sufrido!… Quise odiarte, y no pude… Al verte con otra, huía, huía, detestando a tu compañera; pero a ti no. Y ahora no he podido alejarme sin decirte adiós.

¡Ay! Si él no hubiese sentido la fatal curiosidad… Si se hubiera limitado a amarla como ella quería… ¡qué felicidad la de los dos!…

—No puedo censurarte. Tú eres hombre y necesitas la posesión; y yo soy una pobre enferma, sin otros encantos que los del alma, los que no se ven… Y ahora, adiós; tal vez para siempre, tal vez por algún tiempo nada más. ¡El mundo es tan pequeño!…

La compañía iba a desembarcar en Montevideo. Trabajaría tres semanas en esta ciudad, mientras quedaba libre un teatro de Buenos Aires.

—Pronto iré adonde tú estarás… pero ¡quién sabe! Aunque vivamos en el mismo sitio, no nos veremos. Somos de distintos mundos; tú no te acordarás de mí. ¿Quién soy yo?… Ni siquiera una buena memoria: una decepción, un recuerdo penoso.

Él protestó con toda la vehemencia de su carácter, apasionado y elocuente cuando estaba en contacto con una mujer. Guardaría memoria de ella mientras viviese. Las otras no habían dejado en su recuerdo más que una sensación de penosa hartura.

—No te creo—dijo ella—. Tú sí que serás el mejor recuerdo de mi existencia… Me has hecho sufrir mucho. Tu fuga me hizo ver una decadencia y una miseria que tenía olvidadas. Pero aun así, ¡gracias, muchas gracias! Te debo la única felicidad que he conocido.

Vivía ella embrutecida por el desaliento, resignada a no conocer otra vez el amor, encanto de la existencia. Y llegaba él, para fijarse en su belleza marchita, inadvertida de los otros, y la despertaba misericordiosamente, tomándola en sus brazos, elevándola hasta su boca.

Esta felicidad había durado poco. Un pequeño rayo de sol, una risa de oro en el limbo de su existencia: un relámpago de luz alegre, y luego la noche otra vez, la desesperación de reconocer su decadencia. Pero a pesar de esto, repetía sus palabras de gratitud. ¡Gracias, muchas gracias! Se llevaba con ella algo que no le iban a quitar: la dulce melancolía del recuerdo, que puede embellecer la penumbra de una existencia resignada. Pensaría en él, como en un otoño suave, cuando sintiese el frío de la soledad.

—Aunque no me des más, ya has hecho bastante… Tal vez sea mejor que no volvamos a encontrarnos. Te veré en mi recuerdo cada vez más grande, más atractivo… Y ahora, adiós. Separémonos. Tengo que hacer abajo.

Fernando, que horas antes apenas se acordaba de ella, sintióse triste al abandonarla. Experimentó la melancolía del actor que empieza a «entrar en su personaje» y ve que le arrebatan de pronto el papel. Había saltado atrás con el pensamiento, suprimiendo unos días, y se contemplaba en el silencio de la noche equinoccial paseando por «el rincón de los besos» sosteniendo con un brazo a la romántica alemana, próxima a desvanecerse de sentimentalismo. Las palabras de entonces volvían a sus labios: «¡Novia mía!… ¡Mi walkyria!».

Aquella mujer era la única en el buque que le había amado con desinterés. ¿Y quería separarse de él así, fríamente, sin añadir algo a sus palabras?…

Estaban cogidos de ambas manos, con los dedos entrecruzados. Él tiró sin encontrar resistencia, y ella, sumisa, adivinando sus deseos, dejó caer la cabeza sobre un hombro de Fernando. Mina no habló, pero él creía escuchar su voz infantil y medrosa, tal como había sonado abajo noches antes: «Boca, sí… Cabina, no…».

Su beso fue triste, dificultoso. Sus caras, al juntarse, estaban húmedas y chorreantes por la niebla. Ella besó como en la primera noche, de abajo arriba, entornando los ojos, palpitantes las alillas de la nariz, frunciendo los labios, como una flor que cierra sus pétalos. Pero Fernando sólo encontró en esta caricia una sensación lejana, semejante a la de un perfume desvanecido, a la de una música borrosa. Además, el ala del sombrero se clavó en su frente, el velo arremolinado le raspó una mejilla, la punta de un alfiler largo, que parecía animado de vida maligna, buscó traidoramente uno de sus ojos.

Ella se separó con rudo tirón. ¡Adiós! ¡adiós! Y al estar junto a la escalerilla, volvió aún la cara hacia Ojeda para despedirse con voz trémula:

—¡Novio mío!… ¡mi poeta! Acuérdate alguna vez.

Al descender Fernando a la cubierta de paseo, vio a Mina hablando en alemán con otras de la compañía. Pasó junto a ella, y al encontrarse con sus ojos, éstos le miraron indiferentes, sin la más leve emoción, cual si fuese un desconocido.

Empezaron a marcarse a través de la niebla, cada vez más clara, varios puntos de luz: unos, fijos; otros, intermitentes, parpadeando como ojos de cíclope. Una nube rojiza se extendía frente a la proa sobre el perfil negro de la costa. Debía ser el reflejo de una ciudad iluminada… ¡Montevideo!

Y otra vez la inconstancia de la muchedumbre se puso de manifiesto con alabanzas al capitán por haber avanzado sin extravíos a pesar de la niebla.

Abríanse grandes claros en el cielo al rasgarse la bruma. Eran largos colgantes de intenso azul en los que flotaban enjambres de estrellas. Al poco rato, una brisa fresca barría los últimos jirones, que se amontonaron más allá de la popa, río abajo, formando una barrera blanca.

Quedaron completamente al descubierto, con la limpieza de un cuadro recién lavado, la superficie del estuario y la costa negra con sus resplandores de faros y de pueblos. El oleaje rompía y entremezclaba los reflejos de los astros, haciendo danzar estas luces sin calor, lo mismo que fuegos fatuos.

Volvió a lanzar sus bramidos el Goethe en la noche serena, manteniendo su marcha lenta, cual si no se atreviese a avanzar solo. Después de la comida se agolparon los pasajeros en las bordas, atraídos por una novedad. Una luz venía al encuentro del buque al ras de las aguas; una luz que se agitaba locamente en continuo balanceo, ocultándose con frecuencia al interponerse una ola entre ella y el navío.

Algunos pasajeros reconocieron esta luz. Era el vaporcito del práctico de Montevideo. Desde lo alto del Goethe, inmóvil como una isla, parecían insignificantes las ondulaciones que venían a chocar contra sus costados; pero al mirar la luz que se aproximaba titubeante, algunas mujeres daban gritos de angustia. El vaporcito, ancho y profundo, de robusta chimenea, navegaba, sin embargo, como un pedazo de corcho a merced de las olas, sacudido, retorcido, zarandeado por encontradas fuerzas. A veces desaparecía su luz, como si se la hubiesen tragado las aguas, y tras largo eclipse volvía a aparecer más allá, donde nadie esperaba verla.

—¡Qué río el de la Plata!—dijo con orgullo el doctor Zurita a Isidro—. Y lo que usted ve no es nada… Hay que pasarlo un día de tormenta… Algunos que no se marean yendo a Europa, echan hasta el alma en un vapor del río.

El buque del práctico entró en la zona iluminada del Goethe. Los pasajeros vieron abajo una ancha cubierta mojada por el oleaje, unos cuantos hombres con impermeables, la boca de una chimenea que cesó de arrojar humo, y las luces de varios faroles. Una escala de cuerda cayó desde el trasatlántico y un hombre gateó por sus travesaños. A los pocos minutos sonaron en lo alto del buque los timbres de señales para las máquinas. Se despegó el vaporcito, alejándose con violento y grotesco cabeceo, semejante a los traspiés de un beodo. El Goethe, con el práctico en el puente, aceleró su marcha, poniendo la proa rectamente a Montevideo.

Empezaron a surgir rosarios de luces entre las masas de sombra de la costa. Unas eran rojas y mortecinas; otras, blancas y erizadas de fulgores: una procesión cada vez más larga y de filas múltiples según el vapor iba avanzando. En lo alto del cielo, un astro poderoso centelleaba con intermitencias, rasgando la obscuridad. Los uruguayos saludaron esta faja parpadeante de luz con patriótico entusiasmo. Era el faro del Cerro; el monte que al ser visto por los primeros navegantes españoles dio, según la tradición, su nombre a la ciudad.

Las luces se iban extendiendo profusamente. Alineábanse en dobles filas, indicando el trazado de los bulevares exteriores; otras más débiles punteaban con rangos superpuestos la negra masa de los edificios. Junto al agua brillaban los focos eléctricos del muelle y las linternas multicolores de los buques.

Rompió a tocar la banda del Goethe la marcha triunfal con que saludaba el ingreso en los puertos. A un lado del buque surgió un murallón con espumas en su base. Era la escollera. Viéronse muelles con puente agolpada en sus bordes; edificios altos; arranques de calles que se perdían en lontananza entre una doble fila de árboles y faroles; luces movibles de tranvías y automóviles.

Algunos pasajeros se agitaban de un lado a otro de la cubierta, como si les faltase el tiempo para desembarcar.

—¡Ya estamos!… ¡Ya hemos llegado!

Pasó el Goethe por entre buques tan enormes como él, trasatlánticos que iban con rumbo a Europa o a los puertos del Pacífico, y sólo anclaban unas horas, cerca de la embocadura, para salir inmediatamente. Sus luces rojas, verdes y blancas reflejábanse con violento serpenteo en las aguas removidas por el paso continuo de lanchas y remolcadores.

Cuando la gente del Goethe creía que el buque iba a seguir avanzando, hasta pegarse a un muelle, se detuvo en mitad de la dársena, lo mismo que los otros trasatlánticos, y sonó en su proa el estrepitoso rodar de las cadenas de anclaje. «¡Fondo!…» Quedó inmóvil la nave, e inmediatamente la rodearon los pequeños vapores que evolucionaban en torno de ella. Aglomerábase el gentío en sus cubiertas agitando pañuelos, dando gritos para llamar la atención de los pasajeros del trasatlántico alineados en las bordas. Y muchos de éstos, al avanzar sus cabezas para ver mejor a la muchedumbre que llenaba los pequeños buques, reconocieron caras amigas, saludándolas con gritos de regocijo y preguntas sobre los ausentes.

Unos eran de Buenos Aires, y habían bajado el río para dar la bienvenida a las familias que regresaban de Europa; otros esperaban el momento de subir al trasatlántico, por curiosidad o por exigencias del oficio.

El Goethe había encendido en sus costados poderosos focos de luz verde, que daba a los rostros un tono lívido, haciendo palidecer los faroles de las embarcaciones inmediatas. Después de larga espera quedaron francas las escalas del buque, lanzándose por ellas la muchedumbre como si subiera al asalto.

Los primeros en entrar fueron los vendedores de periódicos, pregonando los últimos diarios y revistas de Buenos Aires y de Montevideo. Arrebatábanse los viajeros el papel impreso, ansiosos de enterarse de las noticias de su país, como si temiesen que durante su aislamiento en el mar hubieran ocurrido los sucesos más extraordinarios. Después subieron corredores de los hoteles de Buenos Aires y agentes de empresas de transportes, ofreciendo sus servicios. Todos hablaban de la gran ciudad situada al final del estuario, como si ella existiese únicamente y la otra que estaba a la vista fuese una simple portería del río. Esparcíanse por el trasatlántico los que habían llegado de Buenos Aires para saludar a sus amigos. Gritos, llamadas, reconocimientos, abrazos, preguntas por los parientes que esperaban allá.

Los pasajeros con destino a Montevideo desfilaban por una escala especial hasta un vaporcito de amplia cubierta. Todas las damas de la opereta bajaron estos peldaños de madera con el gesto majestuoso de una reina de teatro que desciende por una escalinata de cartón. Las «estrellas» de la compañía avanzaban entorpecidas por los grandes ramos que les había enviado el empresario a guisa de saludo. Hasta las coristas parecían otras al descender a tierra. Contestaban a los saludos de Maltrana con una discreción de grandes señoras que abandonan su incógnito. Ya estaban en América. La fortuna, indudablemente, les reservaba gratas sorpresas. Había que hacerse valer, olvidando las promiscuidades del buque.

Fernando vio a Mina que bajaba la última, llevando el niño por delante y sosteniendo en sus brazos varias ropas y paquetes. Pasó junto a él como si no quisiera verle, contestando a su mirada de despedida con un ligero movimiento de cabeza.

«¡Adiós, Karl!…» La mano de Ojeda había acariciado al niño, y éste movió la cabeza, considerándolo un instante con la expresión del que recuerda de pronto a una persona olvidada. Luego se alejó de él sin un saludo, sin una sonrisa, con el enfurruñamiento de su gravedad precoz.

Miraba Isidro la ciudad, alabando su hermoso aspecto.

—Ya estamos en nuestra América, Ojeda. Crea usted que bajaría con gusto, pero no me place ver una ciudad de noche, y el buque saldrá antes del amanecer.

Ojeda había estado en Montevideo años antes, y guardaba un buen recuerdo.

—Algún día la veremos—dijo—. Vamos a ser vecinos de ella. Un viaje de una noche nada más… ¡Quién sabe cuántas veces tendremos que volver por aquí!…

Un estallido de aplausos, acompañado de vibrantes aclamaciones, sonó en la cubierta superior. El curioso Maltrana corrió escalera arriba, y Fernando tras él. Una muchedumbre llenaba el jardín de invierno y el salón. Algunas banderas tricolores desplegábanse sobre las cabezas descubiertas.

—¡Los gringos! ¡Vamos a ver a los gringos!—decían los niños en el paseo, acudiendo curiosos, atraídos por los aplausos.

Varias comisiones de sociedades italianas de Montevideo habían venido a saludar a su compatriota el conferencista ilustre de paso para Buenos Aires. Todos se lamentaban de que no descendiese inmediatamente en su ciudad; le pedían que volviera cuanto antes a Montevideo. Isidro se fijó en los diversos aspectos de los comisionados: unos, bien vestidos, revelando en el empaque de sus personas la satisfacción de una fortuna recién conquistada; otros, más humildes, con el aspecto de obreros endomingados; pero todos rebosando un orgullo patriótico por esta visita, que les recordaba la tierra lejana y parecía aumentar su propia importancia en el país de adopción.

El conferencista, que había pasado casi inadvertido durante la travesía, se agigantaba ahora de golpe con este homenaje popular. Muchas señoras que apenas se habían fijado en él, sonreían y lo encontraban «muy distinguido de figura».

Un mocetón italiano, representante de una sociedad obrera, saludó al professore con un discursito aprendido de memoria. Lo recitó de buena fe, con la convicción de que estaba trabajando por la gloria de su país. Celebraba la llegada del grande hombre como la aparición del día, con enfático lenguaje: «Egregio professore: Voi siete come la stella del mattino…». Y mientras aplaudían los compatriotas, «la estrella de la mañana» acariciábase las barbas y se afirmaba los lentes pensando en su contestación.

—¿Y el abate?—dijo Maltrana—, ¿Dónde estará el otro conferencista?

Habían vuelto los dos amigos al paseo, huyendo del sudoroso calor y los empellones de la gente aglomerada. Cerca del café vieron al abate rodeado de tres jóvenes que habían venido de Buenos Aires para darle la bienvenida.

—Poco éxito—dijo Isidro—. El italiano lo aplasta con sus masas. Fíjese usted: tres jovencitos nada más, tres niños de buena familia, que indudablemente vienen enviados por sus mamás.

Ojeda movió la cabeza negativamente. Los recibimientos eran distintos, cierto; pero faltaba ver el final, el resultado positivo de las conferencias.

—Los dos vienen a ganar dinero, y eso es lo que en realidad les importa. Verá usted cómo el otro, a pesar de tantas aclamaciones, músicas y banderas, no se lleva lo que el abate.

Al seguir circulando por la cubierta, vieron nuevas personas que se habían agregado a los grupos de viajeros. Todas las familias argentinas rodeaban a alguien que había realizado el viaje a Montevideo para saludarlas. Y el recién llegado hablaba y hablaba, para satisfacer su curiosidad ansiosa de novedades.

En la terraza del fumadero encontraron a todos los Kasper sentados a una mesa gravemente, como si celebrasen un consejo de familia. Frente a Nélida estaba un mocetón alto, tostado por el sol y de mirada dura.

Maltrana pasó rápidamente mirando a otro lado, cual si quisiera evitarse saludos y presentaciones.

—¿Se ha fijado usted?—dijo a Ojeda algunos pasos más allá—. Es el hermano, el centauro de la Pampa, que ha venido a esperarlos; el vengador que amenaza a su hermana con desfigurarle el rostro… La pobrecita está desde esta tarde con un susto mortal. Un radiograma les hizo saber que el bárbaro los esperaba en Montevideo, y en seguida me rogó que no me acercase a ella. Veremos en qué para esto.

Al otro lado del paseo encontraron al «hombre misterioso». Maltrana, al verle, experimentó gran sorpresa. ¡Oh prodigio! El hombre lúgubre no estaba solo; tenía un amigo. Hablaba con él un joven que parecía por su aspecto un ayuda de cámara.

—Esto va poniéndose claro, Ojeda. Algún cómplice que viene a darle aviso. La policía lo espera indudablemente en Buenos Aires… Pero ese amigacho parece un criado de casa grande. ¿No estarán preparando juntos algún mal golpe?… De todos modos, vamos a saber la verdad mañana. Yo no me voy sin averiguar lo que encierra el camarote.

Fatigados de codearse con la gente de tierra que llenaba las cubiertas, se refugiaron en el fumadero. También era extraordinaria la concurrencia en este salón. Casi todas las mesas estaban ocupadas. Los pasajeros obsequiaban a los amigos que habían venido a saludarles.

Miró Fernando con melancolía esta vasta pieza, en la que se había deslizado para algunos toda la vida trasatlántica.

—La última noche, Isidro. Puede usted decir adiós al buque. Mañana a estas horas, con las nuevas impresiones de tierra, tal vez nos habremos olvidado de él.

Acostumbrados los dos a la existencia de a bordo, experimentaron cierta tristeza al pensar que no verían más estos lugares, en los que habían transcurrido quince días de su vida, equivalentes a quince meses por sus largos tedios y sus rápidos sucesos. Ojeda sintió la necesidad de solemnizar con algo extraordinario esta última noche, y pidió champán.

—Una botella para los dos, ¿le parece bien, Maltrana? Saludamos al río de la Plata; presentémonos alegremente ante la fortuna que nos espera… ¡Por nuestra suerte!

Y luego de chocar las copas quedaron silenciosos, mirando atentamente los adornos de aquel salón, como si lo viesen por vez primera y quisieran llevarse impresa su imagen en el recuerdo. No se habían fijado hasta entonces en los escudos que adornaban las paredes entre guirnaldas doradas de frutas y hojas. Eran los de todas las naciones en cuyos puertos tocaba el buque, añadiéndose a ellos los de Paraguay y Chile. Una cúpula de cristales de colores elevábase sobre el artesonado de oro obscuro. Profundos sillones de cuero se agrupaban en torno de las mesas de roble. En éstas, muchos ruedos de fieltro, indicadores de los bocks consumidos, y grandes fosforeras con receptáculos de níquel llenos de colillas de cigarro. Los ventiladores zumbaban a todas horas, limpiando el ambiente de humo. El piso de mosaico ofrecía una nitidez propicia al resbalón.

En el fondo estaban, como siempre, los devotos del poker, ajenos a los sucesos exteriores, con los naipes en la mano, espiándose impasibles. Su número era menor. Unos se habían quedado en Río Janeiro, otros acababan de descender en Montevideo; pero estas deserciones no entibiaban la fe de los leales; antes bien, su fervor parecía recrudecerse. Era la última partida: al día siguiente iban a separarse. Y jugaban olvidados de todo, sin saber con certeza si el buque estaba inmóvil o había reanudado su marcha.

Un gran retrato de Goethe adornaba el testero del salón. Presidía el poeta con su olímpica sonrisa el manejo de las barajas y el continuo beber de una parte del rebaño trasatlántico acorralado en el buque de su nombre. Una columna caída le servía de asiento y una campiña desolada de melancólico fondo. Sombreaba sus facciones de helénico dios un amplio chambergo y cubría sus vestidos con una túnica blanca, a modo de gabán de viaje. Con este exterior un tanto grotesco lo había representado el artista, soñando sobre las ruinas del agro romano.

Maltrana lo miró con más atención que otras veces, como si se despidiese de él.

—Digamos adiós al noble amigo don Wolfgang, que ha visto con paciencia tantas necedades nuestras… Este fue un hombre feliz. No se vio obligado, como nosotros, a correr el mundo en busca de dinero. La fortuna fue pródiga para él, como una de esas viejas apasionadas que gustan de proteger a los buenos mozos. Todo lo tuvo: genio, belleza, gloria y amor. Hasta conoció el orgullo de gobernar a los hombres… Pero a pesar de su egoísta felicidad, supo ver desde sus alturas, como nadie, las inquietudes y las ambiciones de los pobres mortales. Acuérdese de su héroe, amigo mío; haga memoria de cómo terminó su existencia… Fue un colega de usted, un colonizador.

Ojeda sonrió al recordar, por estas indicaciones de su amigo, el final del insaciable Fausto. Había gozado dos grandes amores, Margarita y Elena, y ni la ingenua burguesilla alemana ni la hija tentadora de los dioses le hicieron conocer la verdadera felicidad. La ciencia fue para él otro desengaño; y lo mismo el imperio sobre los hombres, la «potencia de dominación», con todas las satisfacciones del orgullo… Al final de su existencia creía encontrar la verdadera dicha dedicándose al progreso de sus semejantes, colonizando una isla, levantando en ella la ciudad futura, en la que todos serían iguales, regidos por la santa poesía… Y para la realización de esta empresa luchaba con la tierra salvaje y con las aguas, abriéndolas un enorme canal.

—Sí—continuó Fernando—; fue un colonizador, después de haber sido enamorado, sabio y monarca. Pero cuando consideraba su obra triunfante, Mefistófeles, el diabólico compañero, malvado y burlón, reía a sus espaldas. «Infeliz: cree estar abriendo un canal, y está abriendo su propia tumba.»

—Pero a usted no le ocurrirá eso. Usted es joven, y tiene más ilusiones que el famoso doctor.

Fernando hizo un gesto de indiferencia. No le inquietaba el porvenir. La muerte llegaría para él lo mismo que llega para los demás, inesperadamente, sin consultar las ambiciones y las necesidades de su víctima. Si los hombres pensasen en la muerte a todas horas, pocos querrían trabajar, convencidos de antemano de la inutilidad de sus esfuerzos.

—Creo lo mismo que usted—concluyó animosamente—. Yo removeré la tierra y abriré canales, sin abrir por eso mi tumba… Mi sepultura está en Europa. Pero ¡quién sabe las cosas que nos aguardan antes de morir en este país al que vamos llegando!

Después de media noche, se retiraron los dos amigos a sus camarotes. Había disminuido la gente en las cubiertas y salones. Los comisionados italianos, con sus banderas y sus vítores, estaban ya en tierra, y lo mismo que ellos, los demás habitantes de Montevideo venidos al trasatlántico para saludar a los amigos. No quedaba en torno del Goethe ningún vaporcillo de pasajeros. Ahora eran fuertes gabarras las que flotaban junto a la nave. Movíanse ruidosamente las maquinillas de descarga. Sus brazos amarillos pasaban enormes fardos de las bodegas de proa y de popa a las chatas embarcaciones. Esta operación iba a prolongarse hasta la madrugada. Además de las mercancías, había que echar a tierra el enorme bagaje de la compañía de opereta: cofres de vestuario, decoraciones, equipajes de los artistas.

Al entrar en su camarote, Ojeda experimentó la sorpresa de la inmovilidad. Estaba acostumbrado al zumbido remoto de la máquina, que comunicaba un ligero temblor a las paredes. Le hacía falta el crujido de las maderas, el ruido continuo de agua corriente debajo de la ventana. Creyó estar ahora en una casa de tierra firme. Todo inerte, como si el buque fuese de ladrillo con profundas raíces en el suelo. El silencio nocturno, cortado por relámpagos de ruido, era igual al de una fábrica. Cuando Fernando empezaba a dormirse, reanudábase de pronto el rodar de las maquinillas acompañado del griterío de los obreros ocupados en la descarga.

El buque no podía zarpar hasta después del amanecer. Aguardaba el capitán a que subiese la marea para remontar el río.

Despertó Ojeda, en la mañana siguiente, cuando entraba el sol por la ventana de su camarote. Su primera impresión fue de sobresalto. Algo extraordinario había retrasado la salida del buque. Éste parecía inmóvil, como si aún permaneciese anclado frente a Montevideo. Pero al aproximarse a la ventana, no vio la ciudad ni los numerosos buques surtos en el puerto. Una extensión infinita de agua se abrió ante sus ojos; pero era un agua amarillenta a trechos, más allá rojiza, con el leve rizado de un oleaje corto e incesante.

Navegaba el buque como si avanzase entre algodones, sin un choque, sin el más leve balanceo. Su profunda quilla parecía resbalar sobre rieles invisibles. Las aguas, al partirse ante su vientre, eran sordas y no levantaban jaboneo de espumas. Los ojos, habituados al azul intenso del Océano, parpadeaban con cierta extrañeza ante la extensión amarilla, semejante por su color a una pradera seca.

En la cubierta de paseo encontró Fernando a los pasajeros vestidos con trajes de calle, como si les faltase tiempo para saltar a tierra. Muchos hombres llevaban ya guantes y bastón. Las señoras iban puestas de sombrero, con abrigos recientemente adquiridos en París. Tal vez eran demasiado gruesos para la temperatura reinante, pero ellas tenían prisa de exhibirlos al saltar a tierra, contando con la admiración o la envidia sonriente de las amigas.

Faltaban aún varias horas para llegar a Buenos Aires. Las orillas, sin una colina, sin altos bosques, permanecían invisibles y el río desarrollábase inmenso y solitario como el mar. De vez en cuando, sobre las aguas rojas, que parecían de barro líquido, cabeceaba una boya con un farol en la cúspide y un número blanco en el vientre, indicador de los kilómetros entre Buenos Aires y Montevideo. El Goethe marchaba entre una doble fila de estas balizas, que marcaban el canal para los buques de gran calado. A los lados de este canal surgían inmóviles los barcos del dragado, como negras ballenas dormidas a flor de agua. Veíase el rosario oblicuo de sus enormes tanques entrando en el agua y saliendo con un chorreo de fango removido.

El trasatlántico avanzaba lentamente, como si su quilla mordiese en el fondo ocultos obstáculos. Estremecíase al remover un légamo secular, venciendo ocultas resistencias. En torno de su vientre se obscurecían las aguas con una nube negra que subía de la profundidad. Las espumas levantadas por las hélices tenían en su hervor manchas de detritus. Un viento a ráfagas, más violento que el del Océano, pasaba sobre esta superficie, levantando un oleaje encontrado que chocaba imponente en los flancos de la nave, sin producir en ella la menor conmoción. Media hora después, al cesar el viento, la superficie del río quedaba casi inmóvil.

Fuera de las líneas de balizamiento pasaban a todo vapor, o con las velas desplegadas, numerosos buques. Eran fragatas que iban a descargar, Paraná arriba, en el puerto de Rosario; vapores de tres pisos, sin mástiles y de escaso fondo, parecidos a casas flotantes, que hacían el servicio diario entre Buenos Aires y Montevideo; reducidos paquebotes, iguales en su forma a los grandes trasatlánticos, que remontaban el estuario con rumbo al Paraguay y a las escalas fluviales del corazón del Brasil, en plena selva virgen.

Ojeda vio a Maltrana venir hacia él sonriente y amistoso como si le faltara tiempo para comunicarle gratas noticias.

—Lo de la familia Kasper queda resuelto. Nélida acaba de presentarme a su temible hermano… En cuanto al camarote misterioso, ya no tiene misterio… Hace un rato he estado hablando con «el hombre lúgubre».

Y como si gozase manteniendo latente la curiosidad de Fernando, empezó por hablar de Nélida y su familia. ¡Todos contentos! El hermano pequeño atolondrado por las reprimendas de la madre y el enojo patriarcal del señor Kasper, parecía haber olvidado sus amenazas, absteniéndose de hacer revelaciones al hermano mayor. Nélida le cedía a perpetuidad el loro y la mona regalados por Ojeda, y esta merced generosa había acabado de extinguir sus antiguos rencores. Ocupado en sus caricias a estos compañeros, no se acordaba de nada.

El padre y su montaraz primogénito habían pasado varias horas en la noche anterior y en esta mañana hablando de negocios. Y Nélida aprovechaba la menor pausa para acariciar con gestos felinos y engañosos al sombrío centauro, que también parecía haber olvidado con la emoción sus recelos y sus amenazas. Acababa de encontrarse Isidro con ellos en el fumadero, y Nélida le había presentado al hermano.

—Un bárbaro; créame, Ojeda. Mirada torva, dificultad en el hablar, como si no se acordase de las palabras, y un apretón de manos que aún me duele. Pero me dio las gracias como pudo al saber por Nélida que yo y otro señor compatriota mío habíamos tenido grandes atenciones con ella. Hasta me ha invitado a que vaya a pasar unos días en su estancia. ¡Qué vida ésta del Océano! ¡Qué cosas ha visto el buque!…

—¿Y lo del camarote?—preguntó Fernando—. ¿Qué es lo que hay dentro de él?

Otra vez lanzó exclamaciones Maltrana ponderando las sorpresas de aquella vida sobre el mar, abundante en novedades y contrastes. Venían viajando sobre catorce millones en oro apilados en la bodega; y por si no bastaba tanta riqueza, él había dormido todas las noches junto a una señora millonaria, cuya presencia en el trasatlántico muy pocos conocían.

—¿La ha visto usted?—preguntó Ojeda, francamente interesado por esta noticia.

—No pienso verla: no me tienta la curiosidad. Ha perdido todo interés para mí… Porque le advierto, Fernando, que la tal señora, mi vecina de camarote, murió hace un mes en París, y es su cadáver el que viene con nosotros a Buenos Aires.

Acababa Isidro de enterarse. El mayordomo del buque le había revelado el secreto viendo próximo el término del viaje.

—La pobre señora tenía un nombre poético un tanto raro: doña Matutina Flores. Parece que en esta tierra bautizan a las gentes con nombres algo originales… ¡Los millones de la noble matrona! No sé cuántos: unos dicen treinta, otros cuarenta… En fin, muchas casas en Buenos Aires, leguas y leguas de campos, miles y miles de vacas, acciones de todos los Bancos serios. Vivía en París, como todo argentino rico que se respeta, rodeada de hijas, hijos, yernos, nueras y nietos. Una familia numerosa, una verdadera tribu, pero con víveres en abundancia. Y al morir doña Matutina la llevan a enterrar a Buenos Aires, según su póstuma voluntad. Los hijos y los yernos no han querido hacer el viaje con ella (esto les enternecería mucho), pero vienen en otro buque, para repartirse la herencia sobre el terreno.

—¿Y el hombre misterioso?…

—Es simplemente el mayordomo que tenía la difunta en su hotel de la Avenida del Bosque… Un majestuoso doméstico, que sabe guardar las distancias lo mismo que un diplomático, y por eso se mantenía aparte, con un digno espíritu de clase. ¡Y yo que tomaba esta tiesura por orgullo!

El recuerdo de sus pasadas curiosidades surgió en Maltrana como un remordimiento.

—¡Pobre doña Matutina!… Que me perdone desde el cielo los escándalos que he dado ante su puerta… Ni la conozco ni me deja nada; pero la tengo cierta simpatía. Ya ve usted: ¡medio mes de dormir juntos, sin otra separación que un tabique de madera!… ¡Y tantas veces que la han recordado las señoras argentinas en sus tertulias de la cubierta, sin sospechar que la tenían debajo de sus pies!… Los herederos se han portado bien. En vez de meterla en la bodega, la han alquilado un camarote, como si fuese una persona viva. ¡Corazones generosos!… ¡Las atenciones y finezas que inspiran unas docenas de millones!…

Isidro no podía abandonar el recuerdo de este cadáver acompañándole invisible en su viaje.

—Reconocerá usted que han ocurrido muchas cosas en quince días. Las sesiones nocturnas en el fumadero, amoríos, golpes, el desafío de Río Janeiro, que por poco me cuesta un pie, millones en oro acuñado debajo de nuestras plantas, un cadáver de iluso echado al mar, quince noches pasadas junto a otro cadáver que también representa millones… ¡qué novela! ¡Y yo que he pasado en Madrid meses y meses de casa al café, del café a la redacción y de la redacción a otros sitios… sin que me ocurriese nada extraordinario!… El único remordimiento que siento después de tantos sucesos es el de mis insolencias involuntarias con la pobre doña Matutina y los sustos que he dado a su guardián. ¡Que ella me perdone! ¡Lástima no habernos conocido un poco antes, para que me hubiese dedicado un pequeño recuerdo en su testamento!…

A la hora del almuerzo, los pasajeros comieron apresuradamente, deseando volver cuanto antes a la cubierta. Esperaban ver Buenos Aires de un momento a otro. Se iba aproximando el trasatlántico a la ribera argentina. No alcanzaba a distinguirse ésta por ser muy baja, pero sobre la línea del agua extendíanse algunos borrones horizontales, siluetas de lejanas arboledas.

El número de buques aumentaba considerablemente. Muchos permanecían inmóviles. Los veleros cabeceaban con los trapos caídos a lo largo de los mástiles, en espera de las irregulares palpitaciones del viento. Cuando éste llegaba, movía como un escalofrío las blancas superficies de las arboladuras. Otros, anclados y con los palos desnudos, aguardaban no se sabía qué.

Más allá, fue pasando el Goethe entre filas de vapores de diversas hechuras y capacidades. Formaban una ciudad flotante, una ciudad muerta, sin otro signo de vida que algún bote que se deslizaba de un buque a otro. Los cascos parecían envejecer en esta inmovilidad, cual si llevasen años y años de espera en medio de las aguas turbias, encallados para siempre, sin esperanza de volver a los azules horizontes del Océano. Aguardaban su turno para entrar en las dársenas de Buenos Aires, repletas por el tráfico mundial, y esta espera en medio del río, a algunas millas del puerto, prolongábase en ciertas épocas del año semanas y semanas.

Los pasajeros del Goethe se despedían previsoramente antes de avistar Buenos Aires. A última hora, la urgencia del desembarco, la necesidad de reunir los equipajes, la visita de la aduana, hacían olvidar a los amigos. Ofrecíanse unos a otros los respectivos domicilios, cruzábanse tarjetas. Las niñas se decían adiós con un conato de lagrimeo.

Iba a disolverse todo el mundo. Su historia no había alcanzado a durar un mes, ¡pero con vida tan intensa!… La separación daba mayor relieve a los recuerdos. Gentes que se habían mirado al principio de la travesía con notoria hostilidad se lamentaban de esta separación. «¡Tanto como hemos simpatizado!… ¡Tan buenos ratos que hemos vivido juntos!…» Las damas, que en los primeros días del viaje se mantenían por orgullo nacional en diversos grupos enemigos, despedíanse ahora con una tristeza casi lacrimosa. Nadie se acordaba ya de las diplomáticas tiranteces entre los «pingüinos» y las «potencias hostiles».

El doctor Zurita dio tarjetas a Maltrana y Ojeda. Su cortesía era un tanto ruda, pero ingenua, verdadera. Él no gustaba de palabras: ya sabían que era su amigo.

—Y usted, galleguito simpático—dijo a Isidro—, si necesita algo de mí, búsqueme. Buenos Aires es grande, cada uno va a lo suyo, pero alguna vez precisará a usted el arrimo de un compañero.

Despidiéronse de Maltrana todos sus «queridos amigos», los jóvenes de las fiestas nocturnas en el fumadero. Algunos le daban cita para aquella misma noche en restoranes frecuentados por personas alegres. Le presentarían a ciertos amigos muy simpáticos: todos «gente bien».

El grupo de chilenos dijo adiós a Isidro con francos ofrecimientos. Su tierra no era Buenos Aires; había menos dinero, menos lujo, pero la vida era tal vez más alegre.

—Godito: cuando se canse de estar con los «cuyanos», venga a hacernos una visita. No hay más que pasar los Andes. Verá mujeres con manto, como en su tierra; verá bailar la cueca. ¡Y qué remoliendas!… Véngase y no sea leso.

Mientras, Ojeda, desde el mirador de proa, contemplaba la muchedumbre aglomerada en las bordas, ansiosa de ver cuanto antes la deseada ciudad.

Una mujer, alborotado el pelo y enrojecidos los ojos, gemía a un lado del combés. Cerca de ella, unos chicuelos gritaban lagrimeando también; pero de pronto parecían olvidarse de su dolor para mirar, como los demás, a la línea del horizonte, esperando la aparición de un prodigio. Eran la viuda y los hijos de Muiños. Hasta poco antes no habían conocido la noticia de su muerte. Le creían en la enfermería, aceptando los piadosos embustes de don Carmelo. «¡Pachín!», aullaba la viuda. Una preocupación única volvía continuamente como tema obligado de sus lamentaciones. «¡Lo han echado al mar!… ¡No lo veré más!» Y los pequeños la hacían coro, como una cría de perritos abandonados. «¡Padre!… ¡padre!» ¡Qué sería de ellos!…

La señá Eufrasia era la única que intentaba consolarlos con sus palabrotas enérgicas. Los demás, enardecidos y contentos por la proximidad de la tierra soñada, volvían la cabeza, huyendo de sus lamentaciones.

Subido en un caramanchel, un hombre tocaba la gaita, saludando a Buenos Aires con el mugido melancólico del inflado pellejo. En el castillo de proa sonaba la flauta pastoril de los árabes. Algunos niños, agarrados de la mano, daban vueltas siguiendo el ritmo de la música.

De pronto, un grito compuesto de numerosas exclamaciones, un alarido igual a los que debieron surgir de las proas de las primera carabelas:

—¡Allí… allí! ¡Ya se ve!

Iba surgiendo del fondo del río una nube blanca con negros manchurrones; algo que subía y subía lenta y continuamente, como una aparición teatral por la boca de un escotillón. La parte blanca e irregular de la nube eran casas; lo negro, arboledas de jardines.

Alguien en la proa rompió a aplaudir con el irresistible entusiasmo de las muchedumbres en las reuniones populares. Esta iniciativa fue contagiosa, y todos batieron las manos, extendiéndose sobre el río un estrépito semejante al del granizo chocando con el cristal. «¡Buenos Aires!… ¡Viva Buenos Aires!» Y cesaban de aplaudir para echar en alto gorras y sombreros. Un enjambre de puntos negros subía y bajaba sobre la proa del Goethe. Al cesar por un momento las aclamaciones, percibíase el lloro de la gaita gallega, el gorjeo de las cañas árabes y el trágico aullido de la pobre hembra y su cría: «¡Pachín! ¡Lo echaron al agua!… ¡Padre! ¡padre! ¡Qué será de nosotros!…»

El entusiasmo popular se comunicó a los pasajeros del castillo central. La música se había colocado en el avante del paseo y rompió a tocar la consabida marcha, aunque el buque estaba lejos de la ciudad. Muchos pasajeros caminaban marcando el paso al compás de la música, lo mismo que los chicuelos que desfilan delante de un regimiento. Algunas parejas bailaban, esforzándose por ajustar sus saltos al ritmo de la marcha.

Fernando torcía el gesto ante la desmesurada explosión de entusiasmo.

«Es demasiado—pensó—. ¡Cuánta dicha habría de contener ese país para dar gusto a tanta gente!…»

Percibíase con toda claridad sobre el cielo azul la blanca silueta de Buenos Aires. Fernando, que la había visto años antes y guardaba el recuerdo de una ciudad inmensa, pero chata, casi a ras de tierra, sin otros salientes que las torres exiguas de sus iglesias, quedó sorprendido al distinguir construcciones altísimas, rascacielos como los de las metrópolis norteamericanas, edificios rematados por minaretes y cúpulas, que brillaban lo mismo que fanales con el reflejo del sol. Comenzaba a ser una ciudad tentacular, distinta exteriormente de la que él había conocido.

Un remolcador ancho, corto, profundo, que recordaba por sus formas la forzuda robustez del toro, vino al encuentro del trasatlántico, pegándose a sus costados para echar a bordo al práctico. Otro remolcador del mismo aspecto se colocó junto a la proa, marchando aparejado con el Goethe, como un perrillo trotador al lado de un elefante.

Los pasajeros olvidaron la ciudad para atender a sus equipajes de mano. Los stewards iban sacándolos de los camarotes y los alineaban en cubiertas y pasillos.

Crecía Buenos Aires con rapidez prodigiosa. No era su aparición igual a la de las ciudades situadas en altas costas, que se dejan ver horas antes de llegar a ellas. Situada en una ribera baja, los buques la distinguían cuando ya estaban junto a ella. Su presencia era casi instantánea y se ensanchaba como una gota de agua en un papel secante, cubriendo las riberas con su dilatación, extendiendo sus irradiaciones lo mismo que si las casas corriesen, queriendo ocupar cuanto antes los terrenos vecinos.

Los emigrantes callaban, con los ojos dilatados por la curiosidad. Adivinó Fernando los pensamientos de estas gentes, muchas de las cuales venían en derechura de la soledad de los campos.

«¡Qué grande!… ¡qué grande!»

Maltrana buscó con sus ojos al señor Antonio el Morenito. De seguro que había olvidado por el momento sus planes originales para hacerse rico. Tal vez sentía un poco de duda, de miedo, y pensaba como los otros: «¡Qué grande!».

—Y sin embargo, esto no tiene nada de grandioso—dijo Isidro—. Es una ciudad vulgar. Si no fuese por el río, la fachada resultaría fea… Pero se presiente que detrás de la fila de edificios que distinguimos, y que es como el testero de la ciudad, existen kilómetros y kilómetros de tierra cubiertos de viviendas. No se ve la grandeza, pero se adivina. Sentimos lo mismo que en presencia de un muro detrás del cual se mueve una muchedumbre invisible.

Los dos amigos volvieron la cabeza al notar que Conchita se apoyaba en la baranda junto a ellos. Habíase despedido repetidas veces de doña Zobeida, pero ésta iba luego en su busca para hacerle nuevas recomendaciones. La buena señora pensaba salir aquella noche para su amada Salta. Le daban miedo el ruido y el movimiento de Buenos Aires, a pesar de que venía de Europa. Eran las impresiones de la niñez que persistían en ella. Se apiadaba de su compañera de viaje; ¡pobre niña! ¡sola en aquella tierra de perdición llena de extranjeros!…

Miró Conchita la ciudad con el ceño fruncido y apretando los labios.

—Es grande, ¿eh, paisana?—dijo Isidro.

—Sí… grande es. Más de lo que yo creía—contestó la joven.

Se adivinaba en ella cierta desorientación. Tal vez sentía miedo al pensar en su entrada audaz, sin una moneda en el bolsillo. Pero no tardó en reponerse de estas vacilaciones. Brillaron sus ojos con un fulgor hostil, lo mismo que si fuese a entrar en pelea, y tendió una mano hacia la ciudad, como invitándola a que la esperase:

—¡Yo te arreglaré… marica!

No le daba miedo con toda su grandeza. Y mientras los dos amigos reían de este exabrupto, la muchacha huyó, llamada una vez más por doña Zobeida.

Los remolcadores tiraban del Goethe, que había quedado con las hélices inmóviles, confiándose a su dirección. Estaban ya en la embocadura de una de sus múltiples dársenas, gigantescos rectángulos de agua encuadrados de muelles y docks.

Veíase la orilla cubierta de edificios todos iguales, enormes construcciones que ocupaban en fila muchos kilómetros. Arrastrábase el ferrocarril a lo largo de este cordón de depósitos, barrera interminable a la simple vista entre el río y la ciudad. Los tranvías y automóviles brillaban veloces por unos instantes en los intermedios entre unos edificios y otros.

Apareció a estribor la arboleda de una punta de muelle, con un edificio empavesado de banderas de señales.

El agua tenía la suciedad de los espacios cerrados. Las espumas eran negruzcas. La proa del buque partía islotes de basura, que al abrirse enviaban sus fragmentos hasta los muelles. Sobre los maderos flotantes destacábanse el lomo verdoso y los ojos saltones de unas ranas enormes. Algunos pájaros acuáticos nadaban en torno del navío, irguiendo sus largos cuellos.

A espaldas del Goethe quedaba el río libre, amarillo, rizado, lo mismo que una llanura de hierba seca. Los buques veleros, con sus trapos al viento, parecían molinos enclavados en esta falsa pradera. Al pasar el trasatlántico entre los buques inmóviles, corrían las tripulaciones a las bordas para saludarlo con gritos y agitación de gorras. Flotaban en las aguas, como harapos blancos, muchos pescados muertos, tendidos sobre el lomo, sacando el hinchado vientre.

Maltrana, acostumbrado a ver anclar los buques en mitad de los puertos o amarrarse a un muelle en el espacio anchuroso de una bahía, extrañábase ante los poderosos trasatlánticos alineados como bestias en unas dársenas cuadradas semejantes a corrales acuáticos, y pasando de una a otra, sumisos al tirón de los remolcadores. Al quedar sin movimiento, parecían los buques mucho más grandes, oprimidos entre muelles y edificios, cual si estuviesen encallados.

El desembarcadero atrajo igualmente su curiosidad. Era a modo de una estación de ferrocarril, con férrea cubierta, salones de espera, depósitos de equipajes y largas verjas, detrás de las cuales se agolpaba la muchedumbre. Venía el trasatlántico a acoplarse al muelle lo mismo que un vagón se junta con el andén, y los pasajeros no tenían más que avanzar por una corta rampa para verse en tierra.

Llegó el Goethe hasta el desembarcadero, después de varias maniobras de los remolcadores. Un vapor italiano acababa de despegarse de aquél y se retiraba a otra dársena, luego de soltar su cargamento humano. Más allá, un vapor con bandera española echaba también gente a tierra.

En el fondo del desembarcadero, una muchedumbre obscura se apretaba contra las verjas. Ondeaban banderas tricolores sobre este mar de cabezas. Un estrépito de músicas lejanas contestaba a la banda del Goethe cuando ésta hacía una breve pausa en sus marchas incesantes.

—Los italianos que esperan a su grande hombre—dijo Ojeda—. Nos conviene salir antes de que organicen su manifestación.

Sobre el andén del muelle, una fila de marineros, llevando machete en el cinto, contenía a los grupos que habían penetrado con permiso: comisiones que aguardaban a los dos conferencistas, familias ansiosas de saludar a sus parientes y amigos que agitaban pañuelos, sombreros y bastones, preguntando de lejos con gritos estentóreos cómo les había ido por Europa.

Y mientras los marineros procedían diligentemente al amarre del buque, continuaban sonando las músicas, los lejanos vivas, y un griterío de saludo cruzábase entre las gentes aglomeradas en las bordas y el negro hormiguero humano.

—¿A usted le espera alguien?—preguntó Isidro, como si le doliese que ellos dos fuesen los únicos que no tuvieran un amigo en el muelle.

Fernando no supo qué contestar. Miró a las gentes de buen aspecto que ocupaban el andén, sin alcanzar a ver al tío de su cuñado.

Hubo un empujón general en las cubiertas. ¡A tierra! La salida estaba libre. Y los dos amigos, pasando un pequeño puente, sintieron bajo sus pies la estabilidad del suelo firme, marchando entre los grupos que avanzaban al encuentro de los pasajeros con las manos tendidas o los brazos en alto, prontos al estrujón cariñoso.

Un joven con acento español abordó a Fernando. «¿El señor Ojeda?…» Venía de parte del tío de su cuñado.

—Mi principal ha tenido que ir a su estancia: negocio urgente; volverá mañana. Pero todo está listo… Tiene usted habitación en un hotel de la Avenida de Mayo.

Los guió entre los grupos que se abalanzaban hacia el trasatlántico. Casi se vieron solos en la sala de equipajes, y el registro de sus maletas de mano se efectuó con rapidez. El joven empleado se quedaba allí para ocuparse en el pronto despacho del equipaje grande.

Salió con ellos del edificio a una explanada llena de muchedumbre, donde estaban las banderas y las músicas. La manifestación italiana voceaba con prematuro entusiasmo, creyendo que iba a aparecer de un momento a otro el grande hombre esperado «Eviva il professore! Eviva!»

Ojeda y Maltrana avanzaron entre el gentío casi tambaleándose, como embriagados por la sensación del suelo firme bajo sus plantas y el vaho que despedía caldeado por el sol. Un reloj señalaba las cuatro de la tarde. Junto a sus ojos revolotearon unas moscas pesadas y pegajosas, las primeras que salían a su encuentro en la nueva tierra.

Respiraron con delicia al verse sentados en un automóvil descubierto, con sus pequeñas maletas entre los pies, corriendo velozmente a lo largo de los muelles. A un lado, la ciudad; al otro, la interminable fila de depósitos, cortada por callejones, al extremo de los cuales se veían cascos de buque, chimeneas, arboladuras, pabellones ondeantes de todos los países.

Las calles de la ciudad que desembocaban en la ancha ribera eran todas de breve y pronunciada pendiente.

—Es la antigua barranca—explicó Ojeda—sobre la que construyeron los españoles la ciudad. Más allá todo es llanura igual, uniforme. Esta pendiente es la única que existe en Buenos Aires. Antes, el agua llegaba hasta ella. Las tierras por las que marchamos fueron ganadas al Plata.

Atravesó el automóvil varias líneas de ferrocarril tendidas a lo largo del río. Pasaba entre largas filas de carros enormemente cargados, que hacían temblar el suelo. De los depósitos surgían los más diversos olores, revelando el movimiento y la vida de un gran puerto.

Luego, los vehículos mercantiles fueron más escasos, y aumentó el número de automóviles y tranvías. Pasaron a lo largo de un jardín. A un lado, frente al río, grandes edificios y aceras con arcadas, bajo las cuales hormigueaba la muchedumbre jornalera.

Subieron una cuesta, y en lo alto de ella vieron extenderse un palacio con los muros de color de rosa. Más allá se abría una plaza blanca con un jardín en el centro.

—Aquí se fundó Buenos Aires—dijo Ojeda—. Ese caserón es el palacio del Gobierno, lo que llaman «la Casa Rosada». La plaza es la de Mayo. Aquel templo griego, la catedral; ese obelisco blanco, la pirámide de la Independencia.

Remontaban la cuesta algunos grupos de hombres de campo llevando a la espalda fardos de ropas. Sus mujeres marchaban junto a ellos, mirándolo todo con ojos de asombro. Los pequeños trotaban delante, con la boca abierta por la misma impresión de sorpresa. Eran emigrantes que acababan de desembarcar de los buques llegados antes que el Goethe, y se metían ciudad adentro, en compañía de los amigos que les habían esperado en el puerto.

—Todos somos unos—dijo Ojeda alegremente—. Todos venimos a lo mismo. Sólo que ellos entran a pie y nosotros en automóvil.

La Avenida de Mayo abrió ante ellos su larga perspectiva: dos filas de altos edificios y dos líneas de aceras orladas de árboles, con grandes escaparates y numerosos cafés y hoteles, que esparcían fuera de sus puertas mesas y sillas. En mitad de la calle una hilera de candelabros eléctricos, y en último término, algo esfumado por la lejanía, un palacio blanco, el Congreso, con una cúpula esbelta que ocupaba gran parte del cielo visible entre la doble fila de casas.

Maltrana, a impulsos de una alegría pueril, empezó a empujar a su amigo juguetonamente.

—¡Buenos Aires!… ¡Ya estamos en Buenos Aires!

Luego miró obstinadamente al fondo de la Avenida, fijándose en la cúpula esbelta, que parecía irradiar luz sobre el cielo, teñido de rojo por el sol decadente de la tarde.

Volvía a su memoria el recuerdo de los argonautas y sus aventuras por alcanzar el Vellocino de oro.

—Nosotros, argonautas modernos y vulgares, no tenemos que esforzarnos por ir en su busca. Nos sale al encuentro. Ahí está. ¡Mírelo cómo brilla!

Y señaló la cúpula, que reflejaba los rayos solares en sus aristas y en los focos de cristal incrustados en sus curvas. El celeste azul que le servía de fondo tomaba igualmente un resplandor de oro. ¡Presagio feliz! Maltrana no pudo contener su entusiasmo.

—Sonría usted, Fernando. El cielo se viste de gala para recibirnos. Cualquiera diría que llueve oro. Fíjese bien. Es un chaparrón de libras esterlinas. ¡Tierra prodigiosa!

Ojeda sonrió con dulce lástima ante el entusiasmo de su amigo.

—Sí; sobre esta tierra llueven libras, pero en su pesadez se meten hondas… ¡muy hondas! Prepárese, Maltrana; tome fuerzas. Hay que agacharse en posturas dolorosas para alcanzarlas… hay que sudar mucho para llegar hasta ellas.

Buenos Aires-París
1913-1914


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