Los argonautas (capítulo 11), novela de Vicente Blasco Ibáñez

Vicente Blasco Ibáñez


Al detenerse el trasatlántico, después de tantos días de marcha, una sensación de extrañeza pareció circular por todo él, desde la quilla a lo alto de los mástiles.

Fue poco después de la salida del sol, y todos los pasajeros, aun los menos madrugadores, despertaron casi a un tiempo, con el mismo sobresalto del que experimenta una dificultad repentina en sus órganos respiratorios.

Habituados al suave balanceo de la cama, al movimiento de péndulo de las ropas colgantes, al desnivel alternativo del piso, al escurrimiento de los objetos sobre mesas y sillas, como algo natural de esta existencia oceánica, sintieron todos cierta angustia viendo entrar cuanto les rodeaba en rígida inmovilidad. El oído, acostumbrado al roce incesante de las espumas en los costados del buque, al estremecimiento de la atmósfera cortada por el impulso de la marcha, al lejano zumbido de las máquinas extendiendo su vibración por los muros y tabiques del gigantesco vaso de acero, acogía ahora con extrañeza este silencio repentino, absoluto, abrumador, como si el buque flotase en la nada.

Adivinábase la presencia, más allá de los tragaluces de los camarotes, de algo extraordinario. El aire era menos puro, sin emanaciones salinas, con bocanadas de agua en reposo que olían a marisco en descomposición, y junto con esto un lejano perfume de selva brava.

Corrió la gente a las cubiertas casi a medio vestir, y sus ojos, habituados al infinito azul, tropezaron rudamente con la visión de las tierras inmediatas, costas negras cubiertas hasta la cima de bosques lustrosos, de un verde tierno, como si acabase de lavarlos la lluvia.

A ambos lados del buque alzábanse las montañas que guardan la entrada de la bahía de Río Janeiro. A popa, el mar libre quedaba casi oculto detrás de unas islas peñascosas con faros en sus cumbres. Frente a la proa, la bahía enorme estaba enmascarada por el avance de pequeños cabos que parecían cerrar el paso.

Contemplaba la gente el paisaje con la avidez de un descubridor que tras larga navegación alcanza una tierra desconocida, admirando la frondosidad de los bosques tropicales, la forma original de las montañas, todas ellas de bizarros contornos. Parecían bocetos de una estatuaria monstruosa derramados junto al Océano, restos del jugueteo de unas manos gigantescas que se hubiesen entretenido en amasar tierras y rocas. Unas alturas eran cónicas, de regular esbeltez; otras evocaban la imagen de una nariz colosal, de una frente con pestañas, de un mentón voluntarioso.

Estos perfiles se prestaban a diversas combinaciones imaginativas, como las nubes de una puesta de sol. Algunos pasajeros conocedores de la bahía enseñaban a los demás «el hombre que duerme»: una sucesión de cumbres y mesetas que en su conjunto imitan el contorno de un gigante entregado al sueño, con la cara en alto.

Semejantes por sus formas al titubeante ensayo de una Naturaleza en estado de infantilidad o a las primeras intentonas artísticas de un cerebro primitivo, estas montañas eran de un basalto negruzco, que traía a la memoria la corteza rugosa de la higuera o la dura piel del elefante. Entre los bloques, allí donde se había amontonado un poco de humus, elevábase triunfador el bosque tropical, compacta masa de intensa verdura—rayada de blanco por los troncos de los árboles—que invadía todas las pendientes, desde las riberas, en cuyas rocas peinaba el mar sus espumas, hasta las cumbres, rematadas por torres de vigía y baluartes fortificados.

El cocotero y la palmera daban al paisaje un tono de exotismo para la mirada de los europeos. Acostumbrados al pino parasol de las bahías mediterráneas y a los abetos de los puertos del Norte, saludaban con entusiasmo esta vegetación exuberante, que evocaba en su memoria antiguas lecturas de viajes, hazañas de aventureros, chozas de bambú, saltos de fieras, bailes de negros. Era América tal como la habían soñado: al fin iban a sentar el pie en el nuevo continente… Y el plátano grácil, coronado por el amplio surtidor de sus hojas barnizadas, extendíase por todo el paisaje, formando grupos en torno de las blancas construcciones de la playa, remontando los caminos en doble fila, tendiéndose sobre las mesetas en apretados bosques, festoneando las cumbres con la esbeltez de su tallo, que le hacía destacarse sobre el cielo lo mismo que el estallido de un cohete verde.

El vapor permaneció inmóvil algún tiempo, esperando la llegada del práctico. Nadie alcanzaba a ver la ciudad, oculta detrás de los repliegues del terreno. Una neblina roja flotando a ras del agua ensombrecía el último término de la bahía enorme, comparable a un mar interior oprimido entre montañas.

Los que habían presenciado poco antes la salida del sol, recordaban admirados el espectáculo. Era un astro de monstruosas proporciones, hasta parecer distinto al del otro hemisferio, inflamado al rojo blanco y que lo incendió todo con su presencia: aguas, tierras y cielo. La aparición había sido rápida, fulminante, sin el anuncio de nubecillas rosadas ni gradaciones de luz, sin asomar poco a poco su esfera, como en los amaneceres del viejo mundo. Se había roto el horizonte en llamas lo mismo que en una explosión, surgiendo el astro cielo arriba, cual un proyectil inflamado, para no detenerse hasta que su reflejo trazó una ancha faja de resplandor sobre las aguas de la bahía. Y de esta faja, que ondulaba como el galope de un rebaño luminoso, escapábanse fragmentos de oro al encuentro del buque, se deslizaban por sus flancos y huían entre las espumas de las hélices, puestas de nuevo en movimiento.

Brillaban los peñascos de basalto, semejantes a bloques de metal; centelleaban, cual si fuesen proyectores eléctricos, los tejados y los vidrios de las casas de la playa; los bosques despedían luz: cada hoja era un espejo. Los remates de las torres y los mástiles de los buques anclados en la bahía serpenteaban como espadas ígneas por encima de la niebla.

Avanzó el Goethe con majestuosa lentitud, partiendo las aguas de fuego, deslizándose ante las pendientes boscosas, cuyo verdor estaba interrumpido a trechos por unas fortificaciones viejas, de teatral inutilidad. Las baterías modernas, ocultas en el suelo, apenas si se delataban por las gibas de sus cúpulas movibles.

Las magnificencias interiores de la bahía iban desarrollándose ante la muchedumbre agolpada en las bordas del trasatlántico. Aparecían entre los cabos de basalto coronados de vegetación extensas playas con pueblecitos de color rosa y torres de iglesia blancas, rematadas por una cúpula de azulejos. Estas construcciones, que recordaban por sus formas la originaria arquitectura portuguesa, adquirían un aspecto criollo con el adorno del cocotero, el banano y otras plantas tropicales formando bosques en torno de ellas.

Una ciudad flotante pareció surgir del fondo de la bahía según avanzaba el Goethe, elevando sobre la inmensa copa azul las líneas obscuras de sus chimeneas, mástiles y cascos. Eran construcciones monstruosas erizadas de cañones, acorazados de color verdoso ligeros avisos, buques mercantes de todas las banderas. Por las calles y encrucijadas de esta urbe flotante que descansaba sobre sus anclas pasaban y repasaban, diminutos y movedizos como insectos acuáticos, botes y lanchas de diversos colores, con penachos de humo, velas izadas, o moviéndose solos, sin un propulsor visible.

Comenzaron a verse fragmentos de la gran ciudad. El núcleo principal ocultábanlo unas colinas, pero por detrás de ellas asomaron, cual blancos tentáculos, los bulevares vecinos al mar, las luengas barriadas que la ponen en contacto con los pueblos inmediatos. Frente a Río Janeiro, en la ribera opuesta de la bahía, alzábase otra ciudad blanca, Nictheroy. Enviábanse las dos, por encima de la enorme extensión azul, el centelleo de sus techumbres y vidrieras, convertidas por el sol en placas de fuego. Unos vapores iguales a casas flotantes iban de una a otra orilla, estableciendo la comunicación entre ambas poblaciones.

Así como avanzaba el trasatlántico, parecían despegarse de las costas jardines enteros con vistosas construcciones; colinas que sustentaban cuarteles y fuertes; pedazos de roca lisa sobre cuyo lomo de elefante se redondeaban las cúpulas de una batería. Eran islas separadas de la tierra firme por estrechos canales. En otros sitios se introducía el mar tierra adentro, formando hermosas ensenadas con paseos frondosos y blancos palacios en sus bordes. Desde el buque alcanzábase a ver el paso veloz de los automóviles por estas riberas.

Los pasajeros conocedores de la ciudad iban señalando en las montañas más abruptas unos rosarios de hormigas que rampaban entre la obscura vegetación: tranvías funiculares, de una pendiente casi vertical; vagones colgantes que escalaban las cumbres de bizarras formas, puntiagudas como agujas, corcovadas cual una joroba gigantesca, enhiestas y finas lo mismo que un minarete o un hierro de lanza.

Iba aproximándose el Goethe a la ciudad. Apareció ésta detrás de dos islas coronadas de palmeras, avanzando sus primeras casas entre pequeñas colinas en forma de panes de azúcar. Las construcciones destacaban sus fachadas de un rojo veneciano o amarillas sobre la masa obscura de los jardines. Navegaba el trasatlántico en aguas pobladas de reflejos. Los buques y los edificios se reproducían invertidos en su profundidad. Ondulaban en este espejo los mástiles y las arboledas, como serpientes de varios colores. El Goethe, al avanzar, rompía en mil pedazos este mundo fantástico, y los fragmentos de buques y casas alejábanse en los repliegues de las temblonas aguas, sobre las cuales aleteaban las gaviotas.

Rompió a tocar la música del trasatlántico una marcha de belicosa trompetería. Los pasajeros del castillo central admiraban los esplendores de la bahía. La muchedumbre emigrante, amontonada en la proa y la popa, gritaba sin saber por qué, deseando exteriorizar su alegría, saludando con una explosión de vítores, bramidos y silbidos a los buques inmóviles que quedaban atrás del Goethe. Y en las cubiertas de estas naves, los tripulantes, arremangados, interrumpían las faenas de la limpieza para responder al popular saludo con un griterío idéntico. En torno al trasatlántico comenzó a evolucionar un enjambre de vaporcitos y lanchas automóviles con gentes ansiosas de subir a su cubierta. Cruzábanse entre ellas y los de arriba gritos de saludo, agitaciones de pañuelos.

Se despedían los compañeros de viaje con generosos ofrecimientos, a pesar de que unos y otros tenían la certeza de no verse más. Cambiábanse tarjetas con profusión. Los caballeros brasileños besaban las manos de las damas, inclinándose por última vez con solemne cortesía. Ofrecían sus casas en remotos lugares del interior, y los que continuaban el viaje sonreían agradecidos, cual si pensasen hacerles una visita dentro de breve plazo.

Todos se habían vestido trajes de calle, lo mismo los que se quedaban en Río Janeiro que los que seguían la navegación. Estos últimos eran los más impacientes por bajar a tierra. Tenían las horas contadas para visitar la ciudad, y el retraso del buque en acercarse al muelle era acogido por algunas mujeres con pataleos de impaciencia, como si temiesen no desembarcar a tiempo y que la mágica urbe de belleza tropical se desvaneciese de pronto.

Así como el trasatlántico avanzaba tierra adentro, cada vez con mayor lentitud, hacíase sentir un calor húmedo, asfixiante. Ya no soplaba la brisa del Océano libre, aumentada por la velocidad de la marcha. El buque, casi inmóvil, caldeábase con la temperatura de aquel pedazo de mar encerrado entre montañas. Y todos pensaban en lo que sería este calor cuando bajasen a tierra. Los cuellos almidonados y brillantes empezaban a reblandecerse; las manos enguantadas sufrían el tormento del encierro. Muchos empezaban a arrepentirse de su afán de acicalamiento, que les había hecho sustituir los blancos trajes de a bordo con otros más elegantes pero calurosos.

Ojeda encontró a Nélida que venía en busca de él; pero una Nélida casi desconocida, con gran sombrero cargado de flores y un traje vistoso. Era la primera vez que la veía así. Le gustaba más la otra, la de la cabeza descubierta, la blusa blanca o el kimono suelto. Encontraba ahora en ella un aire torpe de burguesilla endomingada.

Pero la joven, sin adivinar estos pensamientos, aprovechó el desorden de la cubierta para repetir una vez más su seducción. Si Fernando quería, aún era tiempo. Guardaba ella en un bolso pendiente de la diestra su dinero, sus alhajillas, todo lo de algún valor que podía servir para la fuga. Él no tenía más que ordenar que echasen su equipaje a tierra: Nélida abandonaría gustosa el suyo. Les era fácil escabullirse en la confusión del desembarco.

Ojeda, en vez de contestar afirmativamente, parecía compadecerse de ella, con la misma conmiseración que si fuese una enferma. ¡Ah, cabeza loca!… Bastante la había hablado en la noche anterior para hacerla comprender lo absurdo de su proposición. Luego se había marchado cabizbaja, sin invitarle a que la siguiese a su camarote y sin mostrar deseos de ir al suyo, con visible mal humor, pero convencida en apariencia. Y ahora, después de una noche de reflexión, tornaba con las mismas proposiciones, como si en su pensamiento movedizo no pudiese abrir surco el consejo ajeno.

—Si tú no quieres—insistió ella con enfurruñamiento—, si te niegas a acompañarme, huiré sola. No te necesito: empiezo a conocerte. Un egoísta… como todos.

Exaltándose con sus propias palabras, le miró hostilmente y aproximó su rostro a él, como si le costase trabajo emitir la voz, enronquecida de pronto.

—No me quieres. No me has querido nunca. Te has burlado de mí… ¡Y yo que te creía distinto a los demás!… ¡Ah, si estuviésemos solos!… ¡Si estuviésemos solos!

Oprimió convulsivamente el puño de la sombrilla que le servía de apoyo, mientras un fulgor de acometividad pasaba por sus ojos. Resurgió en ella la educación de los primeros años. Era la niña de estancia, acostumbrada a presenciar las peleas de los peones y las crueles hazañas de su hermano.

Pero no tardó en arrepentirse de su cólera. Era demostrar tristeza y despecho por la negativa de aquel hombre. Prefirió reír, con una risa forzada, insolente, despectiva.

—Adiós. No me hables más; como si nunca nos hubiésemos conocido… La culpa la tengo yo, por haberte hecho caso.

El despecho la hizo olvidarse de quién había sido el primero en desear la aproximación. Ella sólo podía imaginarse a los hombres marchando suplicantes tras de sus pasos y diciendo la palabra inicial. Se apartó de Ojeda con gesto pensativo, buscando un insulto que conocía de muchos años antes, tal vez desde que aprendió a hablar, pero del cual no podía acordarse. De pronto, sonrió con pueril expresión de venganza. «¡Gallego!…» Y le volvió la espalda orgullosa de este saludo de despedida.

Fernando se encogió de hombros, satisfecho y molesto al mismo tiempo. Llegaba la deseada liquidación de su vida oceánica. Había bastado que el buque se aproximase a tierra, para que se rompiesen por sí solas todas las relaciones establecidas en el curso de la navegación. Nélida huía; la pobre Mina se ocultaba, como si experimentase mayor vergüenza que él; Maud apenas era un vago recuerdo…

Pasó la norteamericana varias veces junto a él, sin reparar en su persona, y hasta lo empujó en una de estas evoluciones. Iba trémula, de un costado a otro del buque, erguida dentro de un elegante vestido de viaje, flotando sobre su espalda un largo velo y agitando un pañuelito en la diestra. Sonreía a un bote automóvil que evolucionaba en torno al trasatlántico. En la popa de aquél estaba sentado un buen mozo con pantalones de franela blanca, sombrero de paja y una flor en la solapa de su americana azul. Ojeda lo reconoció, recordando la fotografía entrevista una vez: era míster Power.

Acababa de detenerse el buque, bajando su escala para recibir a los empleados del puerto encargados de revisar sus papeles. Aparecieron en las cubiertas varios marineros mulatos o blancos, pero todos por igual de obscura tez y extremadamente enjutos de carnes. Eran la escolta de los funcionarios del puerto. Saludaron éstos a la oficialidad del buque con grandes curvas de sus chapeos de paja, y entraron luego en el comedor, donde estaban extendidos los documentos entre botellas de cerveza hamburguesa.

Con estos brasileños subieron muchos de los que esperaban en los botes. Ojeda vio que Maud se abalanzaba hacia la escalera de los salones. Míster Power entró al mismo tiempo en la cubierta, con toda la lozanía de su atlética belleza, para recibir, conmovido y ruboroso, el abrazo violento de la señora, que casi se colgó de su cuello. Llovieron besos sobre su bigote recortado, besos ruidosos que a Fernando le pareció que iban dedicados a su persona con una intención maligna. Fingía no verle; estaba de espaldas a él, pero no por esto ignoraba su presencia.

«¡Esta mujer!…—exclamaba Ojeda mentalmente—. ¿Qué mal le he hecho yo? ¿Por qué ese deseo de hacerme rabiar, como si quisiera vengarse de algo?…»

Sorprendió una rápida mirada de ella, pero no pudo ver más. Mrs. Power tiraba de su marido. ¡Ah, su grandote, su grandote adorado! ¡Las cosas que tenía que contarle!… Y desaparecieron en apretado grupo, con dirección al camarote, como si a ella faltase el tiempo para dar sus noticias al hermoso hombretón que la seguía con ojos admirativos y sumisos.

Otra que se marchaba odiándole, pero sin quejas ni reclamaciones. ¡Adiós para siempre!… ¡Que fuese muy feliz!

La voz de Maltrana sonó detrás de él respondiendo a su pensamiento.

—No me negará usted que ha sido una escena tiernísima. ¡Que manera de dar besos tiene esa señora!… Y el simpático mister tranquilo y dichoso, sin ocurrírsele que en uno de estos buques, en mitad del Océano, pueden suceder muchas cosas.

Vio iniciarse un gesto de desagrado en la cara de su amigo por la imprudencia de tales palabras, y se apresuró a cambiar de conversación, fijándose en «el hombre lúgubre», que estaba a pocos pasos de ellos contemplando la ciudad.

—Mírelo… tan tranquilo, como quien no teme nada. Pero toda su calma debe ser pura comedia; por dentro quisiera yo verle. Debe temer que le echen el guante de un momento a otro. Aquel bote de la Aduana con marineros y soldados viene seguramente por él… Siento mucho no presenciar la escena; resultará interesante la apertura del camarote misterioso… Pero el deber es el deber, y apenas toquemos en el muelle me lanzo a tierra con los míos.

Se contemplaba de los pies a los hombros, satisfecho de su aspecto, enfundado en un traje de lanilla negra, que le hacía sudar, ocultas las manos en guantes obscuros y sosteniendo en una de ellas un saquito de viaje.

No era este equipo el más cómodo para bajar a la calurosa ciudad de Río Janeiro; pero el honor, así como impone sus exigencias, tiene igualmente sus uniformes, y el juez supremo de un encuentro estaba obligado a presentarse con el ceremonial propio de su grave investidura. En el saquito de mano llevaba las dos armas que había podido juntar para el combate, después de largas rebuscas y comparaciones entre los revólveres de los pasajeros.

Los otros padrinos, que se veían mezclados en un duelo por vez primera, no le ayudaban en nada, alegando su ignorancia. Isidro, a última hora, dudaba de su trabajo. Tal vez resultase el encuentro algo en desacuerdo con las reglas; pero el tiempo apremiaba, sólo podían disponer de unas horas, y él había hecho todo lo que creía oportuno. La busca de lugar para el combate era lo que más le preocupaba en esta tierra desconocida. Unos muchachos argentinos, recordando sus paseos por Río Janeiro al ir a Europa, se ofrecían a guiarle a cambio de presenciar el duelo.

Algunos pasajeros, reparando en Maltrana y su fúnebre aspecto, le pedían noticias. ¿Pero decididamente iban a llevar adelante aquella locura?… La proximidad de la tierra parecía devolver el buen sentido a las gentes. Otros, que habían admirado el día anterior estos preparativos de muerte, se reían ahora de ellos. La mayoría no se acordaba del suceso. Toda su atención se concentraba en el deseo de pisar cuanto antes aquella tierra maravillosa, para comprar flores, comer frutas frescas y tomar asiento en un café de la Avenida Central, viendo caras nuevas.

Uno de los testigos, comerciante alemán, sentíase influenciado de pronto por la opinión de los más, y apelaba al buen sentido de aquel señor que hablaba en público con tanto éxito. «Señor Maltrana: ¿no era absurdo que dos hombres de bien como ellos se prestasen a esta niñada peligrosa?… ¿No estaban a tiempo para que los adversarios escuchasen una buena palabra?…» A él le obedecería su compatriota, representante de una casa honorable, que no podía comprometer su prestigio y sus muestrarios en locuras impropias de la seriedad comercial. Que el orador, con su poderosa labia, se encargase de convencer al belicoso barón.

Debían bajar juntos, pero solamente para almorzar en un buen hotel, dándose explicaciones a los postres los dos rivales; y él, por amor a la buena amistad y la concordia, iría hasta el sacrificio, pagando el champán a toda la compañía… Pero el señor Maltrana cerraba los oídos a tales intentos de seducción. Además, el belga no cejaba en su guerrera tenacidad.

Un joven argentino iba desde el día anterior detrás de Maltrana, participando con cierta admiración en sus preparativos, ayudándole en la busca de las armas, consultando a los camaradas que conocían los alrededores de Río Janeiro para escoger el lugar del combate. Nunca había presenciado duelos, y mostraba gran interés por ver uno de cerca.

Nacido en una provincia del interior, con la tez algo cobriza, las cejas en ángulo y el pelo duro y espeso, «el amigo Gómez», como le llamaba Isidro con su fraternal exuberancia, mostraba un entusiasmo reconcentrado al hablar de armas y peleas. Aunque vestía a la última moda, con minuciosa corrección, repitiendo los gestos y frases aprendidos durante un año de gran vida europea, este gentleman de tez amarillenta se ponía de color de ladrillo y le brillaban los ojos siempre que giraba la conversación sobre actos de valor, y escenas de muerte, como si resucitase en su sangre la acometividad de los abuelos españoles y de los abuelos indígenas, entreverados en luengos siglos de peleas.

Había oído muchos tiros y visto caer algunos cadáveres. Por tradiciones de familia se mezclaba allá en su provincia en las cosas de la política. Cada elección era una batalla. Los peones iban a votar en cuadrilla detrás de él con el revólver o el cuchillo al cinto. Insultaban los del gobierno: intervenía la policía en favor de éstos; descarga general de una parte y de otra; muertos que se desplomaban sobre la urna de la elección, balazos curados secretamente en un rancho apartado, sin intervención de médicos y de jueces… ¡y hasta la otra!… Él sabía con qué gestos mueren los hombres; pero desafío tal como aparece en comedias y novelas, no había visto ninguno, y sentía impacientes deseos de presenciar esta ceremonia mortal, respetándola de avance como algo misterioso, de imponente liturgia, digno de asombro cual todas las cosas extraordinarias que había admirado en Europa. Por esto agradecía los ademanes protectores de Maltrana, su promesa de llevarle con él para que presenciara el encuentro en lugar preferente, sin perder detalle.

Acabó de detenerse el Goethe junto a un amplio muelle lleno de gentío. Entre las familias que esperaban a los pasajeros, vestidas todas de colores claros y con sombreros de paja, destacábanse algunos grupos de cargadores negros, que eran objeto de admiración para los niños y criadas de a bordo. El muelle estaba cerrado por una verja, detrás de la cual formábanse en filas los automóviles de alquiler esperando a los desembarcantes. La Avenida Central abría en último término su amplia perspectiva, con edificios de diversos estilos rematados por torres puntiagudas, y aceras de pedernales blancos y negros formando mosaico.

Empujáronse los viajeros en las inmediaciones de la escala, que descansaba ya sobre el muelle. Todos querían salir a un tiempo, como si a sus espaldas se desarrollase un peligro, y apenas pisaban tierra llamábanse unos a otros, formando grupos. Caminaban con lentitud, cual si extrañasen el suelo firme, aceptando inmediatamente las ofertas de los guías y los conductores de automóviles. Sentían un ansia de novedad, de verlo todo de una vez, como descubridores que acabasen de abordar a una tierra desconocida.

Disponían de poco tiempo. Junto a la escala, el mayordomo y los camareros repetían a los fugitivos que el buque iba a partir a las doce en punto: ni un minuto de retraso.

Ojeda se vio solo en el muelle. Casi todos los pasajeros estaban ya en la Avenida. Isidro había salido de los primeros, con la gravedad de un notario, vestido de negro, sin soltar el bolso, volviendo la cabeza para recontar su gente: los adversarios, los padrinos, «el amigo Gómez» en clase de protegido suyo y dos jóvenes argentinos agregados a la partida con el carácter de espectadores. Habían ocupado tres automóviles, saliendo en fila a toda velocidad, piloteados por Gómez, que señalaba el rumbo desde el pescante del primer vehículo. ¡A morir los caballeros!…

Aceptó Fernando los ofrecimientos de un chófer mulato, y fiado a su capricho, emprendió una excursión por Río Janeiro. Casi tendido en el automóvil contempló el desfile de calles y paseos, que volvían ahora a su memoria como vagas imágenes de viajes anteriores, pero con grandes reformas.

Corrió la Avenida, poco concurrida a aquella hora matinal. Sus preocupaciones de europeo le hicieron sentir extrañeza al ver junto a los negros mal pergeñados y las negras hinchadas, de jeta monstruosa, con un pañuelo arrollado sobre la cabeza crespa, otros de la misma raza vestidos elegantemente, moviendo con petulancia su bastón y con una flor en la solapa. Damas de idéntico color ostentaban las últimas modas de París, balanceando con orgullo las caderas y sus enormes vecindades, avanzando el belfo desdeñoso bajo el ala de un sombrero floreado.

Luego pasó por las avenidas de Bota Fuogo y Beira-Mar, viendo a un lado el terso azul de las ensenadas y al otro palacios y hoteles modernos con sus jardines de tropical vegetación, en los que predominaba la hoja ancha y abaniqueante. De vez en cuando abríanse en estas masas de construcciones recientes calles angostas con una doble fila de palmeras. Extendían sus plumajes a una altura tres o cuatro veces mayor que la de los edificios, rectas como los fusteles de una columnata, alineadas lo mismo que una tropa de soldados viejos, y ofreciendo en el fondo la rápida visión de un palacete de láctea blancura.

Otras veces era una iglesia la que aparecía igualmente blanca, de una alba intensidad, sólo comparable a la de la espuma, con caperuza de tejas verdes y azules, y en torno de ella gráciles palmeras y rosales gigantescos.

Fernando, ante estos vestigios de la época del Imperio, evocaba en su imaginación el típico caballero del Brasil tradicional, tal como lo había visto en libros y grabados: galante en sus maneras, sentimental y poético como un lusitano, la cara enjuta y pálida, con ancha perilla, sudando bajo la levita negra y el cilindro lustroso del sombrero de copa, un quitasol bajo el brazo y unos pantalones blancos de hilo por toda concesión al clima de su país esplendoroso.

El automóvil lo llevó hasta una playa a través de desfiladeros y túneles perforados en el basalto, después de los cuales reaparecía el caserío. Siguió caminos abiertos en cornisa entre la bahía luminosa y unas pendientes casi verticales cubiertas de bosques de un verde metálico. Atravesó suburbios poblados por gente de raza africana, en los cuales el sonido de la trompa hacía asomar a las puertas unas negras enormes, tetudas, encorvadas por el volumen de sus vientres colgantes, y hacía correr tras de las ruedas un sinnúmero de pequeños diablos desnudos, con la cabeza como una bola de estopa aceitosa, y ostentando en mitad de su abdomen el ombligo en relieve igual a un botón.

Pasó Ojeda mucho rato en el Jardín Botánico, admirando las gigantescas palmeras. Resquebrajadas por una larga vida, sonoras al golpe lo mismo que columnas huecas, iban saltando cual escamas de vejez los ramajes secos y las cortezas, con un estrépito agrandado por la altura del desplome. La proximidad de una montaña, cerrando el paso a toda brisa, hacía más intenso el calor.

Huyó sudoroso de este invernáculo, y otra vez le llevó el automóvil a la Avenida como si diese por agotadas las novedades de la ciudad. El chófer hablaba de los hermosos alrededores, se ofrecía para llevarle a Tijuca, ponderando la maravillosa frondosidad de sus bosques.

En la terraza de un café se agitó una sombrilla con movimientos de saludo. Luego, dos personas abandonaron una mesa, corriendo hacia el automóvil, que se detuvo instantáneamente. Eran Nélida y su hermano.

Sonrió ella a Fernando, como si nada hubiese ocurrido entre los dos, acariciándole con sus ojos. El hermano experimentó una rápida simpatía por Ojeda a verle en automóvil, y sonrió igualmente, alabando el buen aspecto del vehículo. Se contenía para no saltar al pescante tomando asiento al lado del conductor.

Nélida se lamentó de la pesadez de sus padres. Imposible ver nada con estos viejos. Habían dado un rápido paseo por la ciudad, y allí estaban, en la terraza del café, agobiados por el calor, hablando de volverse al buque, sin fuerzas para emprender una nueva excursión. Y ella y su hermano protestaban, ansiosos de verlo todo.

—Llévanos contigo—murmuró al oído de Fernando.

Y sin esperar su aprobación, dio algunos pasos hacia el café para hablar con sus padres, pero sin acercarse a ellos. «Papá, mamá: nos vamos con el doctor Ojeda.» Tampoco se tomó el trabajo de escuchar su respuesta. Dio un empujón al hermano. «Anda, zonzo; trépate en el automóvil al lado del chófer.» Y mientras el «zonzo» la obedecía, ella se sentó junto a su amante. Partió el vehículo a toda velocidad, sin que ninguno de ellos pudiese oír las recomendaciones que hacía la madre, incorporada en su asiento.

Ojeda no sabía adónde ir, y consultó a Nélida. «A un sitio lindo», repitió ésta varias veces. Y el chófer, como si después de tales palabras fuese imposible una equivocación, emprendió el camino de Tijuca.

Ella tomó una mano del amante entre las suyas, y al recostarse en el asiento casi descansó la cabeza en su hombro. Mostrábase arrepentida de su escena en el buque pocas horas antes. Fernando conocía su carácter; debía perdonarla. Y con este deseo de perdón, faltó poco para que lo besase en plena calle.

Pasaban junto a ellos otros automóviles descubiertos con pasajeros del Goethe. Parecía haberse multiplicado su número prodigiosamente al fraccionarse en grupos. Casi todos los vehículos que rodaban a aquella hora por la ciudad estaban ocupados por ellos. Se les veía igualmente en los tranvías o estacionados en las puertas de tiendas y cafés. Saludábanse con espontáneo gozo, manoteando y gritando cual si fuesen compatriotas que se tropezaban después de larga ausencia.

Alarmado Fernando por estos encuentros, recomendó a la joven cierta prudencia en su actitud. Podían verlos: después serían los comentarios en el buque. Además, señalaba al hermano, sentado a dos pasos de ellos, mostrándoles la espalda, mientras intentaba asombrar al chófer con su vasta erudición en marcas de automóviles. Pero Nélida levantó los hombros. ¡Lo que le importaba aquel tonto! ¡Ojalá arreglase Dios las cosas de modo que cayese del asiento y las ruedas lo convirtiesen en papilla!…

Luego apretaba la mano de Fernando con más fuerza, mirándose en sus ojos.

—Viejito mío, di que me perdonas… ¡Ay, si tú quisieras! ¡si tú quisieras!

Otra vez despertó en ella el deseo de la fuga. Hablaba de esto sin recato, como si el hermano no pudiese oírla. Aquel infeliz no existía para ella: lo despreciaba. Y sin embargo, por una contradicción de su carácter, sentía a la vez gran miedo pensando en lo que podría decir cuando llegase a Buenos Aires.

Aún estaban a tiempo. Ella imploraba la conformidad de Fernando poniendo unos ojos suplicantes. Abandonarían al hermano con cualquier pretexto, y éste se volvería al buque con sus padres, cansado de esperar.

Pero Ojeda acogió tales proposiciones con una sonrisa de conmiseración. Era una loca: inútil todo esfuerzo para disuadirla. Ella apeló entonces a las lágrimas, último recurso femenil; y Fernando, para distraerla, comenzó a ensalzar la belleza del paisaje. Interrumpía sus desesperadas reflexiones con llamamientos para que fijase los ojos en la tupida arboleda y la maravillosa vista de la bahía. El remedio fue eficaz.

—¡No me quieres, me has engañado!—gemía Nélida—. Me dejas ir al encuentro de mi hermano. Tú serás responsable de lo que ocurra.

Y cuando más afligida parecía, la vista de un arroyuelo entre las peñas, de un árbol enorme, o del mar lejano ofreciéndose a través de la columnata de troncos, la hacían incorporarse en su asiento a impulsos del entusiasmo y sonreír, complacida, mientras unas lágrimas retrasadas se desplomaban de sus párpados, enrojeciendo su nariz.

El automóvil había dejado atrás los suburbios de Río Janeiro. Subía por un camino tortuoso, entre bosques, hacia el poblado de Boa Vista, y a cada revuelta agrandábase el panorama y era más fresco el viento.

A un lado de la pendiente extendía la montaña su rápido declive de rocas obscuras, de una rugosidad paquidérmica. El humus fecundo, la temperatura tropical, la humedad que manaba por todas partes, habían cubierto estas laderas de prodigiosa vegetación.

Surgía de la tierra amontonada entre los bloques negros, de las grietas y oquedades de la piedra, como si ésta tuviese en aquel paisaje maravilloso un poder de fecundidad. Estos árboles, de un verde obscuro, eran de hojas charoladas, sin la más tenue veladura de polvo, cual si estuviesen recién lavados. Sus troncos no alcanzaban un diámetro grande, más bien parecían gráciles y débiles por su recta esbeltez y su altura enorme. La humedad que refrescaba continuamente sus raíces les hacía crecer apretados como los tallos de la hierba. El ansia de recibir la caricia del sol impulsábalos hacia arriba atropelladamente, pugnando por sobrepasarse unos a otros. Eran a modo de hebras de una inmensa cabellera verde.

La fuerza vital de cada árbol expandíase en línea recta, sin encontrar espacio suficiente para ensancharse en tal aglomeración. Los troncos, esbeltos y altísimos, tenían en su remate una copa reducida, pero su enorme cantidad formaba una compacta masa verde, una bóveda que mantenía al suelo en perpetua sombra. Al filtrarse los rayos de sol por el caparazón de hojas, llegaban a la tierra húmeda como varillas de oro atravesando oblicuamente la penumbra del subterráneo.

En esta semiobscuridad movíanse insectos de alas vistosas; correteaban escarabajos de colores; desarrollaban su serpenteo los hilos de agua rezumados por la piedra, uniéndose en arroyos que descendían rumorosos por los bordes del camino. Sobre la masa uniforme del bosque elevaban las palmeras sus alminares empenachados. Algunos troncos faltos de hojas cubríanse de colgantes pabellones de fibras, semejantes a vestiduras que cayesen en andrajos.

Al otro lado del camino, por entre la empalizada de los troncos y las copas de los árboles crecidos en la pendiente, mostrábanse a cada revuelta la ciudad y la bahía. Las masas de techumbres rojas y pardas estaban igualadas por la distancia. Avenidas y calles formaban un entrecruzamiento regular de blancas cintas. Notábase en ellas el movimiento humano como un tenue hormigueo. A trechos lo cortaba el rápido deslizamiento de algunos puntos brillantes: automóviles y tranvías. Emergían muchas torres sobre este caserío: unas, albas o rosadas, con caperuzas de tejas de colores; otras, de férreo y puntiagudo casquete, con paredes de cemento. Y sirviendo de fondo al panorama, la enorme y tranquila copa de la bahía, con su terso azul moteado de buques, orlada de blancos pueblecitos y encerrada entre montañas negras de perfiles casi humanos.

El chófer iba mostrando con patriótico orgullo las nuevas bellezas que ofrecía el paisaje a cada vuelta de su volante. Daba nombres a las aglomeraciones de caseríos y a los picos gibosos de las cumbres. Hablaba de las bellezas de Tijuca, que aún estaban por ver: la Cascatinha, una caída de agua más allá del Alto de Boa Vista; la Cascada Grande; la Mesa do Imperador, las Grutas de Agaziz, la «Gruta de Pablo y Virginia».

Nélida palmoteó de entusiasmo al oír el último nombre. Quería ver cuanto antes este lugar. Recordaba vagamente un libro que había leído con el mismo título. Era una historia de amor, y esto bastaba para excitar su curiosidad.

—Vamos a ver en seguida lo de Pablo y Virginia—exigió con su ímpetu de niña caprichosa—. Debe ser muy lindo… Yo no sabía que eran de este país.

Llegó el automóvil al Alto de Boa Vista, extensa plaza limitada por el bosque y unas casas bajas, con jardines en el centro y un kiosco de conciertos. Volvió el vehículo a sumirse en la penumbra de la arboleda por un camino estrecho y pendiente. La vegetación era más densa, más salvaje, aglomerándose en los declives de barrancos y precipicios. Pasaba el camino de una altura a otra sobre puentes de un solo arco. El ruido del automóvil hacía correr vertiginosamente sobre sus cuatro patas a extraños roedores que tomaban el sol junto a la ruta. En la maleza adivinábase un misterioso rebullimiento de animales ocultos que escapaban despavoridos, tronchando ramas secas y haciendo llover hojas.

Cerca de la Cascatinha, al pasar una revuelta del camino solitario, vieron tres automóviles parados, y cerca de ellos un ir y venir de hombres. Ojeda presintió inmediatamente quiénes eran éstos, al mismo tiempo que el hermano de Nélida creía reconocerlos, llamándolos por sus nombres.

Se habían tropezado con Maltrana y su tropa. Iban a caer en pleno desafío. Fernando se puso de pie, gritando imperiosamente al chófer para que retrocediese. Tuvo que imponer su voluntad a los dos acompañantes, que parecían entusiasmados por el encuentro. Los agarró del brazo para que no saltasen a tierra mientras el chófer evolucionaba penosamente en el estrecho camino dando la vuelta.

El hermano quiso reunirse con sus amigos, como si en esta soledad pudiesen hacerle algún obsequio. Nélida miraba ansiosamente, temblándole de emoción las alillas de la nariz. ¡Qué interesante!… ¡Ver cómo se peleaban los hombres!… ¡Y tal vez alguno de los dos quedase herido!… Hablaba de esto como de un hermoso espectáculo que iba a perder por culpa de Ojeda. No se le ocurrió por un momento que ella podía ser la causa original de este suceso.

Intentó hacer frente a Fernando. Protestaba de sus imposiciones, y le habló de usted, para dar mayor dureza a su protesta.

—Quiero ver todo Tijuca; quiero ir adonde vivieron Pablo y Virginia. Acuérdese de su promesa: un hombre debe tener palabra.

Él contestó que el buque partía a las doce, y la visita a todo el bosque necesitaba muchas horas. En cuanto a Pablo y Virginia, ni eran del Brasil ni la gruta tenía de ellos otra cosa que el nombre.

—Yo quiero verlos…—repitió Nélida—. Eso lo dice usted por engañarme. No me da la gana de volver a la ciudad.

Pero Ojeda se acordó oportunamente del mercado de Río Janeiro, donde estaban a la venta toda especie de animales de los que produce el trópico: monos de diverso pelaje, loros parleros, vistosos papagayos. La ofreció un regalo para someterla a la obediencia: podía escoger entre estas maravillas de la fauna brasileña. Y bastó tal promesa para que, olvidando a los que dejaba a su espalda, volviese al amoroso tuteo.

—¿De veras, mi viejo?… ¿Vas a regalarme un monito pequeño… así… así?—y achicando la distancia entre ambas manos, se imaginaba un simio de inverosímil pequeñez—. ¿No te parece mejor un loro de los que hablan?… ¿Dices que me regalarás las dos cosas?… ¡Ah, mi viejito rico… mi negro!

Y como estaban en pleno bosque, se fue sobre Ojeda, besándolo a espaldas del hermano.

La rápida aparición del automóvil en las inmediaciones de la Cascatinha había producido cierta alarma en Maltrana y sus compañeros. El testigo pacificador, que tanto había rogado a Isidro para impedir el lance, sintió gran miedo y no menor contento al notar la llegada del automóvil. Sin duda era la policía, que, avisada por alguien del buque, venía a sorprenderlos. Y lo mismo pensaron los demás.

Por esto cuando el automóvil dio la vuelta, alejándose, desearon todos finalizar el acto cuanto antes, evitándose una sorpresa que consideraban inminente.

Llevaban dos horas de vagar por los alrededores de Río Janeiro. Los jóvenes argentinos que guiaban a la comitiva habían indicado varios lugares adecuados para el encuentro. Llegaban a ellos, y siempre les salían al paso transeúntes molestos, o veían próximas algunas casas que parecían vomitar niños y perros atraídos por la presencia de los automóviles.

Un chófer, sin adivinar cuál era el propósito de los viajeros, había propuesto la excursión a Tijuca. Y después de pasado el Alto de Boa Vista, al rodar en pleno bosque, les había seducido el bello panorama de la Cascatinha.

—Aquí—ordenó Isidro con su autoridad indiscutible—. Jamás se habrá efectuado un desafío con tan hermoso telón de fondo. ¡Lástima que no venga con nosotros un operador cinematográfico! ¡Qué cinta pierde el mundo!…

Apartábase la ladera de la vecindad del camino, formando un exiguo valle. La roca aparecía entre los árboles cortada verticalmente, y desde lo más alto de ella desplomábase una masa de agua chocando con las puntas salientes del basalto. Hervía esta agua en varias caídas con blancos espumarajos. El menudo polvo que levantaban sus burbujeos tomaba los reflejos del iris bajo la luz del sol. Ennegrecidas y sudorosas las piedras por la humedad, brillaban cual si fuesen bloques metálicos. La vegetación tropical movía las anchas manos de sus hojas goteantes.

Hundíase la cascada en una pequeña laguna, corriendo después, espumosa y susurrante, por los pendientes canalizos entre las peñas. La vegetación enmarañada y las rocas sueltas sólo dejaban descubierto y accesible un reducido espacio de suelo desigual.

Maltrana pensó en las dificultades que ofrecía este terreno para el combate, pero le sedujo su belleza y no quiso ir más lejos. ¿Dónde encontrar decoración más interesante para una muerte posible? Había que elevar la voz, pues el choque de las aguas dominaba todos los otros ruidos. Era a modo de los trémolos orquestales que dan en el teatro un realce conmovedor a palabras y gestos. Isidro se sintió más grande en este ambiente húmedo y sonoro. El bosque inmóvil parecía contemplarlo con sus mil ojos verdes, entre asombrado y curioso.

Comenzó a dar órdenes a los otros padrinos, que lo seguían como los neófitos siguen al gran sacerdote de un culto nuevo. «¡Que se retirasen los automóviles un poco más allá de la cascada! No convenía que los conductores presenciasen el acto.»

Y Maltrana fue obedecido. Los chóferes hicieron retroceder sus carruajes; pero luego, con las manos a la espalda, fingiendo distracción, volvieron socarronamente al mismo sitio, ganosos de saber en qué iba a parar este misterio.

Con el mismo éxito se libró de otro testigo importuno: un chicuelo obscuro de color, desnudo de piernas y con gran sombrero de paja, que al ver llegar la comitiva se apresuró a salir de un toldo de cañas, limpiando un vaso en un arroyo y ofreciéndolo después lleno de agua hasta los bordes.

Era el espíritu guardador de la cascada. Bajo su sombrajo, sobre una mesita, tenía varios botes de cristal con azucarillos y otros dulces, ennegrecidos y acartonados por el tiempo. Pasaba las horas en absoluta soledad, contemplando el revoloteo de los pájaros de colores en las frondosidades inmediatas, extrayendo melodías del monótono canturreo de las aguas, hablando tal vez con el pensamiento a las náyades de la Cascatinha, que le mostraban en su gracioso rebullir sus grupas de blanca espuma y aterciopelado iris.

—Toma, «menino», y márchate de aquí.

Maltrana hizo que uno de los testigos le diera unas monedas para que se fuese, y además le llamó «menino»—lo único que sabía de portugués—, con lo cual creyó halagarlo.

Pero el «menino» se guardó los cuartos, y en vez de marcharse se pegó a él, como si adivinase la importancia de su persona. Y ya no pudo moverse sin encontrar ante su paso al mulatillo con el sombrero echado atrás, elevando sus ojos hasta los de él, bebiendo con la mirada sus palabras y sus gestos, como si estuviese en presencia de un prestidigitador y no quisiera perder detalle.

Se resignó Isidro a estas desobediencias, vulgares tropiezos de la realidad… Pero había que proceder con rapidez. ¡Adelante!

Midió a grandes zancadas un espacio de veinte metros, que era el convenido en un papel que llevaba en la mano. Un poco mayor resultaba la distancia marcada por sus pasos. Pero era él quien había propuesto los veinte metros, y con el mismo derecho podía medir treinta o cuarenta si le daba la gana… Un detalle sin importancia. ¡Adelante también!

Después de fijar con una rama el sitio de cada adversario, se hizo atrás, contemplando el terreno como un artista que abarca su obra en conjunto. Resultaba algo desigual. Uno de los dos iba a quedar muy en alto, con el vientre casi al nivel de la cabeza de su contrincante. Pero había de conformarse con los defectos del terreno: las circunstancias no permitían gran minuciosidad en los preparativos. Un detalle igualmente baladí. ¡Adelante otra vez!

Sólo entonces volvió la cabeza, fijándose en sus compañeros. A un lado estaban los padrinos, que seguían sus operaciones con respetuoso silencio, no osando aportar a ellas su ignorancia perturbadora. Más allá, con discreta separación, los dos enemigos, que se volvían la espalda, muy ocupados en seguir la caída de las aguas o el revoloteo de los pájaros sobre las copas de los árboles.

El amigo Gómez, con su curiosidad ávida de trágicos sucesos, le había seguido en estos preparativos. Tras de él iba el mulatillo, abriendo los ojos cada vez con mayor asombro al no comprender nada de tales brujerías. Los dos jóvenes argentinos agregados a la expedición se habían subido a la cumbre de una roca, y allí estaban sentados con las piernas colgantes. Abajo podían verlo todo igualmente, pero ellos se consideraban simples espectadores, y habían querido ocupar un lugar de preferencia, un palco, en vez de permanecer mezclados con los artistas.

Sorteó Maltrana, echando una moneda en alto, el lugar de cada uno de los combatientes. Luego los acompañó a sus respectivos sitios con una gravedad fúnebre. Él los apreciaba mucho, «¡mis queridos amigos!» pero en lances tales desaparece el afecto, y sólo habla el deber, el terrible deber.

Al tener a cada uno en su puesto, lo palpaba minuciosamente, extrayendo de sus ropas la cartera, el monedero, las llaves, los papeles, todo lo que pudiera ser un obstáculo para la bala mortal. A continuación le abrochaba la chaqueta, le subía el cuello, para que el blanco de la camisa no sirviese de punto de mira, los manoseaba a los dos cariñosamente, lo mismo que una madre manosea a sus niños antes de enviarlos al paseo. Pero su bondad no iba más allá del tacto. En cambio, ¡la mirada autoritaria y cruel!… ¡la voz, que parecía un esquilón fúnebre al formular sus pavorosas recomendaciones!…

El implacable director iba a poner las armas en sus manos dentro de breves momentos, pero antes dictó a uno y a otro los detalles del combate, para que no surgiesen errores. Cuando los dos estuvieran listos, él daría la voz de «¡Fuego!», añadiendo: «¡Uno… dos… tres!». En el espacio comprendido entre estos tres números debían disparar. El que hiciese fuego antes o después, «quedaría descalificado… sería un felón, un miserable… y el menosprecio de todo el mundo que tiene honor caería sobre él, persiguiéndolo durante toda su existencia.

¡Terrible Maltrana! Revolvía los ojos con una expresión anonadadora al hablar de felonías y traiciones, como si dispusiera de horrorosos castigos para los culpables. Su voz adoptaba un tono pavoroso, y los dos contendientes ya no pensaron desde este momento en fijar bien su puntería ni en la posibilidad de ser heridos. Su única preocupación fue no incurrir en el enojo de aquel hombre que podía marcarlos con un estigma eterno ante el mundo del honor; seguir sus lecciones cual discípulos obedientes; disparar—fuese la bala adonde fuese—dentro del término marcado. «Fuego: uno, dos, tres.

Luego de esto se decidió Maltrana a abrir la maletilla de mano que encerraba su arsenal. Extrajo de ella dos revólveres iguales recogidos en el buque, y con pausada solemnidad los abrió, para que todos los padrinos examinasen su interior. El amigo Gómez, como experto en armas, presenciaba la ceremonia.

—¡No hay más que una cápsula!—exclamó escandalizado, cual si acabase de descubrir una irregularidad.

Maltrana le miró severamente. Joven: las condiciones del combate habían sido establecidas de antemano por las personas serias allá presentes. Se cambiarían dos balas nada más.

—Pero en cada revólver no hay más que una—protestó el señorito mestizo.

—Joven—volvió a decir Maltrana con una condescendencia protectora—: cambiar dos balas significa que cada combatiente sólo dispara una.

Y como sospechase cierto conato de gesto burlón en la faz cobriza y los ojos estrechos de Gómez, añadió:

—No se necesita más para matar a un hombre. Todos los que yo he visto morir tuvieron bastante con una bala. No lo olvide usted, joven.

El joven se calló, arrepentido de su audacia, sintiendo respeto por aquel hombre extraordinario que había presenciado tantos combates y muertes.

Para borrar el mal efecto de sus objeciones, se prestó a ser portador de la valija de las armas hasta el lugar que ocupaban los adversarios. Los tres padrinos, dando por finalizado su trabajo preparatorio, que no podía ser más pasivo, se hicieron atrás instintivamente algunos pasos. Iba a hablar la pólvora.

Maltrana, extrayendo un revólver de su encierro, montaba la llave y lo puso en la mano del barón, alejándose luego hacia el otro combatiente. Gómez dio un consejo rápido al belga, que quedaba en guardia con el arma en alto.

—Compañero, apunte a los pies. Yo conozco los revólveres; siempre envían la bala por arriba. Créame: a los pies… siempre a los pies, y hará carne seguramente.

Luego, en el lado opuesto, dio el mismo consejo con voz queda y ojos relucientes de entusiasmo. «A los pies, compañero. Tírele a los pies, y le mete la bala en la barriga. Yo sé algo de esto…» Los dos le agradecieron su bondadosa indicación con un leve saludo. Pero tenían aspecto de preocupados; pensaban en otras cosas; aguzaban el oído para no sufrir las consecuencias de un retraso fatal: repetían mentalmente lo mismo: «Uno, dos, tres…».

Fue a colocarse Maltrana al margen de la línea de fuego, entre los dos combatientes algo más cerca del alemán, que era el que ocupaba el lugar alto. Sospechó un instante que estaba demasiado cerca y podía alcanzarle una bala en su desvío. Pero él era el director, todo lo había organizado y todos le debían obediencia. Las armas estaban cargadas por él, y no era aceptable ni correcto que un proyectil se permitiese la insolencia de ir en su busca.

Gómez dudó también por un instante si se retiraría, pero al ver inmóvil al maestro se pegó a él. Donde estaba un hombre, bien podía estar otro. Además, creyó perder algo de este espectáculo nuevo, del que esperaba grandes emociones, si retrocedía algunos pasos.

Se dispuso Maltrana a dar principio al duelo, pero antes, como un actor que prepara la frase decisiva y mira al público, volvió los ojos en torno de él. Momento de emoción. Los otros padrinos se habían ido más lejos aún; los tres chóferes, enterados al fin del objeto de la correría, se agrupaban al pie de un peñasco, avanzando las morenas cabezas, abriendo los ojos ávidamente, pero sin que éstos reflejasen emoción alguna. Los dos argentinos seguían en lo alto de la roca, con las piernas colgantes, silenciosos y atentos como espectadores que ven levantarse el telón. El chicuelo de la cascada había huido al ver los revólveres, con un trote de perro inquieto, refugiándose bajo el telón. Desde allí, cual si temiese por la integridad de aquellos bocales de dulces, que eran la fortuna de la familia, abarcándolos en sus brazos, avanzaba la jeta, mirándolo todo con ojos de antílope asustado.

Pareció reflejar el paisaje la emoción general. No graznaban los loros en las inmediatas espesuras; los monos habían cesado de saltar entre las ramas; pasó mucho tiempo sin que sonase la caída de una hoja o de una corteza de árbol. Hasta la cascada parecía cantar con sordina, cual si estuviesen balbucientes y asustadas las blancas divinidades ocultas en sus linfas.

Se acordó Maltrana repentinamente de que era el primer orador a bordo del Goethe, y consideró oportuno hacer intervenir su elocuencia. Nunca encontraría mejor escenario para colocar un discurso. Y el primero en conmoverse con lo patético de sus palabras y el temblor de su voz, fue él mismo. Recordó la estrecha amistad que había unido a los dos adversarios, su viaje «arrostrando los peligros del mar». Un momento de olvido o de error había provocado un incidente lamentable; pero los buenos caballeros, cuando llegan adonde ellos habían llegado, sin miedo y sin reproche, podían darse todavía una explicación leal, evitando el lance.

Un padrino aprobaba; otro torcía el gesto, poseído de súbita belicosidad. No habían ido hasta allí para oír sermones. Que disparasen pronto las armas, y a escapar, antes de que pudieran sorprenderles. Los dos argentinos se miraban en lo alto del peñasco.

—¡Pucha! ¡y qué bien habla el gallego!

El amigo Gómez murmuró, como si empezase a perder la fe en el maestro:

—¡Cuánta ceremonia para matarse dos hombres!… ¡Qué macana!…

Isidro estaba conmovido realmente, con una emoción algo parecida al miedo. Estos desafíos arreglados a la ligera, por salir del paso, resultaban muchas veces los más trágicos. Un pavoroso presentimiento le avisaba que los proyectiles no iban a perderse. A alguien iban a tocar.

Y como los adversarios permanecieran callados y era visible la impaciencia de los demás, Maltrana dio por fracasada su elocuencia. «Sea lo que el destino quiera…» Se quitó el sombrero con solemnidad teatral; inclinó la cabeza como si por delante de él pasase la fatalidad.

—Saludo a dos caballeros que van a morir.

Dijo esto con verdadera emoción, cual si la muerte de ambos fuese para él un suceso inevitable; y afirmando la garganta con largo carraspeo, lanzó los gritos de mando.

—¿Listos?… ¡Fuego! Uno… do…

No pudo terminar. Sonaron casi al mismo tiempo dos ruidos semejantes al golpe de unas tabletas, dos chasquidos de tralla con dos nubecillas de humo.

Ambos contendientes seguían en pie; se miraban como extrañados de que no hubiese ocurrido nada. De pronto, el barón echó a correr hacia su enemigo, éste avanzó a su encuentro, y chocaron ambos sus pechos, mientras los brazos se cruzaban espontáneamente en un estrujón amoroso.

Los argentinos se removieron en su altura con voces de extrañeza y protesta. ¿Ya no disparaban más? ¿Y aquello era todo?… Les habían robado el dinero.

—¡Tongo… tongo!—gritaron al mismo tiempo.

Uno de ellos, cogiendo un pedazo de roca suelta, quiso arrojarla a guisa de felicitación sobre los adversarios reconciliados. El otro fue a imitarle; pero ambos se detuvieron, sorprendidos, deslizándose luego peñón abajo… Había un herido. Maltrana se encorvaba con un pie entre ambas manos. Gómez pretendía sostenerlo; los padrinos corrían hacia él.

A continuación de los disparos había sentido un choque en el pie derecho, un choque violentísimo, mucho más doloroso que un pisotón, y que agitó con estremecimientos de suplicio toda la sensibilidad de esta parte de su cuerpo. Estaba herido, y su inquietud fue en aumento al mirarse el pie y no ver en él señal alguna de perforación ni goteo de sangre.

Gómez mostrábase indignado por la torpeza de uno de los dos tiradores.

—¡Hijo de una gran pulga!… ¡Si me llega a dar a mí!

Le brillaban los ojos de un modo alarmante sólo al pensar que aquella bala perdida hubiese podido tocarle. Llevábase instintivamente una mano a su cintura. El amigo Gómez había asistido al desafío llevando su revólver, por lo que pudiese ocurrir.

Todos rodearon a Isidro, manoseándolo, buscando en vano la herida que le arrancaba hondos suspiros. Ni rastro del proyectil. Sólo una leve depresión del cuero del zapato sobre el mismo lugar entumecido por el dolor.

Buscaba Gómez, mientras tanto, con la cabeza baja examinando el suelo. Su instinto de hombre de campo, habituado a estudiar los más pequeños accidentes de la inmensa llanura argentina, su con los maravillosos «rastreadores», adivinos de la Pampa, le hizo encontrar la explicación de este misterio. Señaló a algunos pasos un diminuto orificio abierto en el suelo. Allí estaba enterrada la bala. Mostró después un guijarro partido recientemente, a juzgar por la blancura interior de sus fragmentos. Éste era el causante de todo. El proyectil, antes de hundirse en la tierra, había chocado con una piedra junto a los pies de Maltrana, y los fragmentos de ésta eran los que le habían golpeado.

Isidro, al enterarse de que no estaba herido, sintió menos dolor. «No es nada, señores. Muchas gracias.»

El amigo Gómez, desencantado por el final pacífico del acto, y furioso al mismo tiempo por la posibilidad de que una bala le hubiese alcanzado a él estando junto al maestro, murmuraba tenazmente:

—¡Pucha!… ¡qué desgraciados son estos gringos! ¡Qué mal tiran!

Y sus dos compatriotas, a pesar de la distracción que les había producido el incidente de Maltrana, continuaron gritando con expresión burlona: «¡Tongo… tongo!».

Sintióse molestado Isidro por las murmuraciones de estos «queridos amigos» que habían asistido al encuentro por benevolencia suya. Ignoraba lo que pudiese significar la palabra tongo; pero por si equivalía a farsa o engaño, se apresuró a decir con toda su autoridad:

—Esto ha sido un hermoso encuentro, ¿oyen ustedes, jóvenes?… Lo digo yo, que he presenciado muchos actos de igual clase… Y como nada queda por hacer, vámonos a tomar algo.

Los adversarios, con la alegría de su reconciliación, apenas se habían fijado en los demás. Se estrechaban las manos, se sonreían como amantes.

Todos experimentaron el regocijo de vivir que se siente después de un peligro; todos sufrieron de pronto el hambre que llega irremisiblemente a la zaga de la emoción.

Roncaron de nuevo los motores de los automóviles, el niño de la cascada abandonó su refugio con la esperanza ilusoria de que se fijasen en él y le diesen algo por despedida, y otra vez se vieron Maltrana y su séquito pasando a gran velocidad entre las frondosidades de Tijuca. Pero ahora no iban silenciosos y preocupados; el sol era más vivo, los árboles más verdes. Reparaban todos en la hermosura de los pájaros, que hacían vibrar en el aire sus plumajes de colores. La velocidad de los vehículos dejaba detrás de su estela de polvo y humo un temblor de árboles conmovidos, de hojas que caían, de ramas que se entrechocaban, con gritos y saltos de los inquietos simios refugiados en sus copas.

Al llegar a Boa Vista hicieron alto frente a una tienda de comestibles que era al mismo tiempo taberna y café: el único establecimiento que encontraron abierto.

Su entrada fue en tropel, lo mismo que una invasión famélica. Los preparativos del duelo les habían obligado a salir del buque sin almorzar. El dueño de la tienda, un español cachazudo, no sabía cómo atender tantas y tan diversas peticiones. Querían comer; indicaban platos a su gusto, y el tendero contestaba a todos afirmativamente, pero aplazando el cumplimiento de sus promesas por una o dos horas, el tiempo necesario para ir y volver a Río Janeiro.

Se abalanzaron entonces a los comestibles que estaban a la vista: pastelillos y dulces de diversas épocas, artísticamente moteados con deyecciones de moscas a pesar de su encierro entre cristales. El dueño, detrás del mostrador, atendía al remedio de esta hambre general abriendo latas de sardinas y cortando lonchas de salchichón blanducho. Todo pasaba en extravagante mezcla por los ávidos esófagos: el salchichón revuelto con soda, los pasteles bañados en aceite de sardinas. Y cuando su famélica nerviosidad empezó a calmarse, rompieron a hablar del desafío como de un suceso remoto, de un hecho histórico envuelto en las maravillosas nieblas de la lejanía, que todo lo agiganta. Los burlones que habían gritado «¡tongo!» modificaban su opinión al verse lejos del lugar del combate. Una bala podía haber tumbado a cualquiera de los dos adversarios con la misma facilidad que casi había dejado cojo a Maltrana. Y ahora que sentían en el estómago una grata pesadumbre, les pareció el asunto muy digno de respeto.

También Gómez empezaba a sentir cierto orgullo por haber presenciado el duelo. Un espectáculo interesante que podría relatar a sus amistades. Y poseído de súbita consideración por los combatientes, quería deslumbrar al alemán con el relato de las batallas políticas allá en su provincia, tenaces encuentros revólver en mano, sin otros testigos que los peones, que disparaban también; desafíos gauchescos, jamás terminados sin sangre.

El belga había acaparado a Maltrana en un rincón. Iban a separarse en Río Janeiro, pero él no podía quedar así, con buenas palabras nada más, sin un documento que atestiguase su conducta caballeresca. Necesitaba el acta del encuentro, para unirla a muchas otras en el archivo de su honor.

Otra vez el español de la tienda se vio apremiado por los llamamientos de aquellos señores, que pedían toda clase de artículos de escritorio, como si estuviesen en una oficina. Sólo pudo ofrecerles una ampolleta de tinta clarucha y una pluma roma. En cuanto a papel, Isidro, que deseaba hojas de pergamino con cantos dorados para este documento destinado a larga vida, tuvo que contentarse con un bloque de hojas comerciales llevando en un ángulo el membrete del establecimiento: «Frutos López. Productos do paiz e estrangeiros.» Pero el honor ennoblece cuanto toca, y él se aplicó a redactar un documento, con pasajes de emoción dramática, ayudado por el barón, que le socorría en sus dudas sobre la sintaxis francesa. Porque el acta era en francés, para mayor solemnidad; el belga no la tenía por aceptable en otro idioma.

Empezó a impacientarse el resto de la comitiva por este trabajo laborioso. Nada quedaba en la tienda digno de ser devorado. Gómez y sus compatriotas se entretenían saltando los bancos de la plaza. Los padrinos pensaban con nostalgia en el comedor del buque. Eran las once en el reloj de la tienda, y el Goethe zarpaba a las doce. Tenían miedo de quedarse en tierra por culpa del tal documento, y por esto suspiraron de satisfacción al poner la firma apresuradamente, corriendo luego a los automóviles.

Cerca de mediodía lanzó el trasatlántico un rugido de aviso. Fueron acudiendo a esta primera llamada los pasajeros que estaban en los cafés de la Avenida, aburridos de la espera y del calor, sin saber qué hacer en la ciudad, deseando verse cuanto antes en pleno Océano bajo la brisa del mar libre.

Volvían a sus camarotes para recobrar las frescas ropas de viaje, despojándose de los vestidos trasudados. Paseaban por las cubiertas con la misma satisfacción del que paladea el regalo de la casa propia después de un viaje penoso. Entraban en el buque con una emoción de gratitud, lo mismo que si volviesen al pueblo natal. Experimentaban el bienestar del propietario que recobra las comodidades de su vivienda al volver a encontrar colgados y en orden todos los objetos de uso personal que les recordaban una vida oceánica de diez días, equivalente a diez años.

Rugió por segunda vez la chimenea y se acodaron todos en las barandas para presenciar la llegada de los otros compañeros. Desembocaban los automóviles en el muelle a toda velocidad, viniendo a detenerse frente al buque, al otro lado de la verja. Junto con los pasajeros subían al trasatlántico grandes ramos de flores, cestos de frutas tropicales, monos y loros que saltaban sobre los hombros de sus nuevos dueños pugnando por libertarse de las ataduras que los retenían.

Sonó el tercer rugido y se miraron los pasajeros, consultándose para saber cuántos permanecían en tierra. Faltaban muy pocos.

La gente se agolpó en las bordas, saludando con gritos y aplausos irónicos a los que llegaban retrasados. En la proa y la popa formaban los emigrantes dos masas obscuras, sobre las cuales se agitaban los pequeños redondeles blancos de las cabezas. Miraban de lejos aquella ciudad a la que no habían podido descender, como miran los presos en conducción paisajes y estaciones por las aberturas de un vehículo celular. Lo único que conocían de esta tierra eran las frutas que unos vendedores negros les arrojaban desde el muelle.

Muchos de aquéllos, fatigados de admirar palmeras y caseríos blancos, acababan por volver las espaldas, refugiándose en los sitios más frescos y sombreados. Únicamente sentían verdadero interés por el país de su destino, la tierra de la esperanza, donde les aguardaba, según sus informes, la fortuna impaciente. Ellos iban a Buenos Aires.

Una explosión de gritos y aplausos saludó el automóvil en el que llegaba Nélida con su hermano y Ojeda. Los padres, que habían sido de los primeros en regresar al buque, aguardaban impacientes. Pero el señor Kasper cortó con una acogida cariñosa la belicosidad de su cónyuge, irritada por esta tardanza. Juntos admiraron el pajarraco rojo y verde que sostenía Nélida en una mano. Lo llevaba con frecuencia a sus mejillas, besándole el corvo pico. El afán de novedad le hacía reclamar luego un mono que ostentaba su hermano en un hombro, bestiecilla inquieta con ojos de demente y una cola doble de larga que su cuerpo. El muchacho intentaba resistirse: entre el mono y él se había establecido desde el primer momento una dulce simpatía. Pero Nélida se lo arrebató, paseando sus labios frescos por la temblona cabecita del simio.

Los esposos Kasper se conmovieron al saber que los dos animales eran regalo del doctor Ojeda. Miraron en torno para darle las gracias por sus atenciones con la niña, pero hacía rato que se había retirado a su camarote, deseando librarse cuanto antes de la sociedad de Nélida.

Habían llegado al buque en franca enemistad. Hasta el último momento habló ella de la conveniencia de fugarse. Propuso nuevos paseos por el interior de Río Janeiro, se retardó en los cafés y las tiendas, con el visible propósito de que pasase el tiempo y el trasatlántico se marchara sin ellos. Al final, Ojeda se había irritado, imponiendo autoritariamente la vuelta inmediata al Goethe. Y Nélida, ofendida, sólo había tenido desde entonces palabras tiernas y caricias para los dos animales. En cuanto a él, lo detestaba.

Comenzó a zarpar el vapor. Soltáronse los cabos que lo unían a tierra; la proa se apartó del muelle. Rugía la música la marcha de partida. Algunos pasajeros se mostraron inquietos recordando a los de la comitiva del desafío. Se iban a quedar en tierra. Indudablemente había ocurrido una desgracia.

Y cuando todos, con un pesimismo contagioso, daban por segura la catástrofe, se produjo un movimiento general hacia la borda que enfrentaba al muelle. ¡Ya llegaban!… Salieron de la Avenida los tres automóviles a toda velocidad, y una vez junto a la verja, saltaron de sus asientos los pasajeros, yendo a todo correr hacia el buque. En aquel momento su costado se despegaba del muelle con lentitud. Hubo que bajar otra vez la escala. Un minuto más, y habrían tenido que alcanzar al Goethe en un bote en mitad de la bahía.

Maltrana subió el primero con su valija de mano, no queriendo contestar a las preguntas de los curiosos. Tenía prisa de ganar su camarote para cambiarse de ropa. La gente, al ver que volvía sólo el alemán con los padrinos y acompañantes, dio por cierta la catástrofe, con la afición que muestran las masas por los finales trágicos. El barón belga estaba herido: tal vez había muerto a aquellas horas. La noticia dio la vuelta al paseo, despertando en las señoras un coro de lamentaciones: «¡Un mozo tan cumplido! ¡Qué desgracia!…».

Los amigos del alemán, viéndolo sano y triunfador, se lo llevaban al fumadero con abrazos y palmadas en la espalda. Sonaron los taponazos del champán como prólogo de la descripción del combate. Algunos pasajeros volvían la espalda con indignación para no presenciar esta apología del homicidio. Mirando al muelle cada vez más lejano, con sus personas súbitamente empequeñecidas, fijáronse en un hombre que agitaba el sombrero y abría los brazos haciendo locos movimientos de despedida.

—¡Pero si está allí!… ¡Si es el belga, que nos dice adiós!…

La noticia hizo correr al pasaje en masa a un lado del vapor. Sí; era él: todos lo reconocían. Y a pesar de la distancia, gritaron los más, enviándole un saludo por encima del agua azul, entre el revoloteo de las gaviotas y las palmeras de una isla que parecía avanzar poco a poco enmascarando el muelle.

En el centro de la ciudad se había despedido el belga de la comitiva para quedarse en su hotel. Pero luego se arrepintió. Su deber era ir a decir adiós a los demás compañeros de viaje. ¡Quién sabe qué mentiras contarían aquellos buenos amigos al relatar el desafío! Había que hacer constar que estaba incólume como el otro…

Corrió al puerto, agitándose con desesperación al ver que se alejaba el buque sin que nadie reparase en su persona. Y cuando al fin llegó hasta sus oídos el bramido de saludo, se creyó recompensado de todos sus sinsabores y penalidades de hombre de honor. ¡Adiós, Goethe! ¡Adiós Nélida!… Tal vez la voz de ella se había unido a esta aclamación de despedida.

Se enfrió el entusiasmo de la gente al enterarse de que los dos adversarios estaban sanos y enteros. Los mismos que poco antes parecían indignados en nombre de la civilización y la dulzura de las costumbres, lamentando la muerte del belga, torcían ahora el gesto cual si fuesen víctimas de una broma de mal gusto. «¡Farsantes!… ¡Alarmar a personas respetables con un desafío de morondanga!…»

Sobre las ruinas de los dos adversarios, súbitamente caídos de la gloria, iba elevándose un nuevo héroe. Gómez y sus amigos, deseosos de hacer constar que ellos lo habían presenciado todo, hablaban de Maltrana, de sus palabras elocuentes, de la serenidad con que se había expuesto a la muerte, del balazo en un pie. El afán que siente todo cuentista de amplificar y abultar los sucesos, para tener en suspenso a sus oyentes, les hizo lanzarse de buena fe en las más absurdas exageraciones, ensalzando los méritos del director del combate. «¡Qué Maltrana tan corajudo!… ¡Qué tigre!»

Y mientras se formaba y consolidaba en las cubiertas rápidamente un prestigio de héroe para Isidro, éste, con toda calma, tomaba un baño y se vestía de blanco, luego de repeler aquel traje de lanilla que le había atormentado con su peso lo mismo que una armadura.

Al salir del camarote se tropezó con «el hombre fúnebre».

«¡Y yo que me lo imaginaba a estas horas en la cárcel!…—pensó—. No habiendo sido aquí, será en Buenos Aires. La policía de allá debe estar mejor informada.»

Le produjo alguna sorpresa ver que «el hombre fúnebre» iniciaba un asomo de sonrisa y de saludo. «¡Ah, bellaco!» Ahora le miraba como si quisiera hacerse amigo suyo. Era sin duda a impulsos del miedo que acababa de pasar… Y acogiendo esta muda amabilidad con desdeñosa altivez, siguió adelante, sin responder al saludo.

La gloria salió a su encuentro. Le rodearon las gentes en la cubierta, mostrando gran interés por su salud. Hasta las damas menos comunicativas le pedían noticias. Ahora sí que podía llamarlos a todos de verdad «mis queridos amigos». Sonreían algunas señoras, con el dulce reproche femenil que lamenta y celebra a un mismo tiempo las temeridades del valor, y le amenazaban cariñosamente moviendo una mano con el índice en alto. «¡Ah, calaverón!… ¡Mala persona!»

El doctor Zurita, enterado por sus hijos de lo ocurrido, se acercó a Maltrana con la irresistible simpatía que inspiran los actos de coraje a todos los de su país.

—¡Ah, gallego diablo!… Ya me lo han contado todo. Muy bien… Tome uno de hoja.

Y le dio el mejor de sus habanos como un tributo de admiración.

Todos le miraban los pies, fijándose en sus zapatos blancos de lona. Los otros los guardaría seguramente abajo como un recuerdo. Muchos querían examinarlos para apreciar los destrozos del proyectil. Las mujeres, con súbita inquietud, le obligaban a sentarse al lado de ellas.

—No haga locuras, Maltranita; tenga cuidado. Las heridas en los pies, por insignificantes que parezcan, traen a veces malos resultados.

Y algunas se lanzaban a recordar heridas sufridas por individuos de su familia, accidentes de la vida en la Pampa, con cuyo relato se iban olvidando del héroe.

—No pasee, señor; ande lo menos posible. Es un consejo de la experiencia.

Esto le dijo en francés una voz tímida y respetuosa; y al levantar los ojos, vio Maltrana al «hombre lúgubre». ¡Éste también se unía a la general admiración!… ¡Un hombre que se hallaba bajo la amenaza del presidio dejaba en olvido su propia suerte para interesarse por su salud!… ¡Qué gran cosa el valor!

El último en aproximarse fue Ojeda, cuando ya se habían disuelto los grupos de admiradores. A la mirada interrogante de Fernando, que parecía asombrado, contestó con un guiño malicioso y un leve encogimiento de hombros. No había de qué asustarse.

—Todo mentira—murmuró con voz tenue—; «pura parada», como dicen los criollos. Pero deje usted que se hinche el entusiasmo. Con esto no se hace mal a nadie… Vamos a almorzar.

El buque había salido de la bahía. Deslizábase entre islotes de tupida vegetación y escollos que emergían sus negras cabezas con greñas verdes. Las montañas de forma humana parecían alejarse tierra adentro. La ciudad se había ocultado, dejando en la memoria de todos una visión de blancas construcciones, altas palmeras, ensenadas azules bordeadas de jardines, rostros congestionados por el calor, ropas húmedas y sudorosas. La brisa del mar libre esparció su hálito vivificante por todo el buque.

Con los preparativos de salida se había retrasado el almuerzo, y esta tardanza, así como la variedad de flores sobre las mesas y los víveres adquiridos en tierra, dieron nuevo encanto a la general nutrición. Todos comían con apetito, celebrando la frescura del comedor luego de la pesadez caliginosa de la ciudad. Algunas mesas estaban libres, y los pasajeros esforzaban su memoria para recordar a los que se habían quedado en Río Janeiro. En otras se agrupaban los brasileños recién embarcados. Iban a Montevideo, y allí transbordarían a los vapores fluviales que, siguiendo el Paraná y el Paraguay, llegaban, tras veinticinco días de viaje, al corazón de su país.

Maltrana había realzado su triunfo manteniéndose en serena modestia, fingiendo no ver las miradas curiosas y admirativas. El señor Munster le hablaba ahora con respetuosa gravedad, no osando permitirse más bromas con un hombre que andaba a tiros y almorzaba luego tranquilamente sin acordarse del peligro. El doctor Rubau le contempló con melancólica conmiseración. «¡Ah, juventud, loca juventud!… ¡Tan apreciable que es la vida!» Lo afirmaba él, vestido siempre de negro, refractario al trato de las gentes, con una marcada tendencia al encierro y al llanto.

Después del almuerzo, Ojeda se encontró solo en el jardín de invierno. Su célebre amigo estaba acaparado por la atención general y no venía a sentarse a su lado cual otras veces. Pasaba de mesa en mesa; lo rodeaban los jóvenes, que acabaron por llevárselo al fumadero.

Notábanse grandes claros en la concurrencia. Las gentes no parecían las mismas de antes. Había desaparecido la inconsciencia alegre de la vida oceánica. Todos, al pisar el muelle, habían sentido que pertenecían al suelo firme, recordando de pronto las preocupaciones de su existencia anterior. La tierra recobraba sus derechos sobre ellos, y al volver al buque eran otros. Ya no vivían la vida del presente, con olvido del resto del mundo, como si la humanidad hubiera muerto, los continentes se hubiesen hundido y no quedasen sobre el planeta otras personas que este puñado de seres flotando sobre un arca de acero, sin tener que preocuparse de la comida, que encontraban siempre pronta, sin miedo a los compromisos sociales de un mundo lejano, con los apetitos en libertad y la conciencia soñolienta.

Los negocios resurgían en la memoria de todos con mayor premura, como si en este período de olvido hubiese aumentado su interés. Cada uno pensaba en la causa que le había arrastrado a este hemisferio. Los residentes en América sentían los primeros asaltos de la inquietud. ¿Qué malas noticias saldrían a recibirles? ¿Cómo iban a encontrar los negocios después de su ausencia?… Los que iban a las tierras nuevas por primera vez sufrían la angustia de la incertidumbre, la duda del que va a arrostrar una prueba decisiva. Y todos, obsesionados por sus pensamientos, se apartaban y aislaban para reflexionar mejor.

Restablecíanse las distancias sociales, que en mitad del viaje parecían haberse suprimido. Las caras ya no sonreían. Todos, con gesto de preocupación, evitaban la familiaridad. Parecían tener miedo de que las relaciones amistosas de a bordo se prolongasen en tierra. Un intento de aproximación y de confidencia se traducía como amenaza de inmediatas peticiones.

Los de menos fortuna, que hasta entonces habían gastado pródigamente, con la facilidad que proporciona el crédito, comenzaban a restringir sus necesidades extraordinarias en el comedor y en el fumadero. Se acordaban de pronto de los numerosos vales que llevaban firmados: iba a llegar el momento de ajustar cuentas con el mayordomo. Un ambiente de tristeza y desasosiego se esparcía por el buque, velando las voces y haciendo languidecer las conversaciones. Los sitios vacíos inspiraban el melancólico recuerdo de los ausentes. El salón de invierno ofrecía el aspecto de una reunión de familia después de una desgracia.

Ojeda también estaba triste. La soledad favorecía el desarrollo de sus remordimientos. Pensaba con vergüenza en sus aventuras, y a la vez, por una contradicción bizarra, pensaba también en Nélida, extrañando su ausencia. Esperaba verla aparecer de un momento a otro en la ventana inmediata, lo mismo que en las tardes anteriores. Se habían separado con enojo al llegar al buque; pero estos enfados eran siempre en ella de corta duración, y horas después se aproximaba, anunciando con maliciosos guiños su propósito de bajar al camarote… Pero hoy transcurría el tiempo sin que Nélida apareciese.

Cansado de este abandono, salió Fernando a la cubierta, y al dirigirse hacia el lado de proa, lo primero que vio en «el rincón de los besos» fue a Nélida tendida en una silla larga, con los ojos entornados, dejando al descubierto una buena parte de sus piernas, cubriéndose la cara con una mano como si quisiera ocultar su rubor, mientras a través de los dedos brillaban sus ojos de malicia. Y sentado junto a ella estaba Maltrana, el heroico Maltrana, expresándose con vehementes gesticulaciones, echando el busto hacia adelante, cual si la muchacha tirase de él con magnética fuerza.

Al ver a su amigo, mostró Isidro cierta turbación, se cortó su verbosidad, lo mismo que si acabara de sorprenderle en algo vergonzoso. Ella, por el contrario, miró a Ojeda con expresión de reto, añadiendo en voz fuerte:

—Continúe usted, Isidro. Eso que dice es muy lindo, muy interesante.

Y acompañó sus palabras con un gesto exagerado de voluptuosidad y abandono, indicando el gran placer que le causaban las palabras del héroe.

Fernando siguió adelante, con más asombro que despecho por esta revelación… ¡Maltrana también! Había bastado que las gentes lo celebraran por una hora, para que aquella muchacha fuese en su busca a impulsos del insaciable y veleidoso deseo. El discurso de la fiesta y la aventura del tiro hacían de él un hombre interesante, un héroe apetecible, y allí estaba Nélida junto a él, con los ojos húmedos, una sonrisa de adoración y la lengua paseándose ávida sobre el rosa de los labios. Isidro iba a ser el heredero de todos.

Para evitarse las miradas de ella y su sonrisa vengativa, no quiso pasar otra vez por este rincón de la cubierta. Abajo, en la explanada de proa, sonaba una música pastoril, y por los intersticios del toldaje veíanse saltar las cabezas de varias personas con el ritmo de la danza.

Le había hablado Isidro algunas veces de los bailes de los árabes instalados en esta parte del buque, y no sabiendo adónde ir, quiso presenciarlos, bajando a la explanada. Aglomerábase la muchedumbre, dejando un reducido espacio a los danzarines. La llegada a América después del aislamiento en medio del mar había difundido una gran alegría en el rebaño ansioso de esperanza. Se aproximaban al término del viaje. ¡Buenos Aires!… Ya estaban casi tocándola. Cuatro ranchos y cuatro sueños los separaban nada más de la ciudad-ilusión. Iban a llegar más pronto de lo que deseaban: cuando ya se habían familiarizado con la vida del Océano y su prisa era menos apremiante.

Un sirio, erguido sobre un rollo de cables, tañía una triple flauta fabricada con cañas, y al son del gangueo bucólico movíanse sus compatriotas. Eran hombres morenos, de luengos bigotes: corpulentos unos, hinchados de grasa, con la obesidad amarillenta y blanducha de los orientales; enjutos otros, angulosos, alargados y sueltos de miembros, lo mismo que los caballos de carrera. En recuerdo de la patria lejana, habíanse ceñido pañuelos a guisa de turbantes alrededor de sus purpúreos gorros, y otros más vistosos como fajas en torno a los riñones. Danzaban puestos en fila, con grandes contoneos de caderas y vientres. Sus hembras manteníanse aparte, como hijas de un pueblo en el que la mujer vive aislada, sin participación en los regocijos públicos.

A la cabeza de la fila, dirigiendo las evoluciones de la danza y acompañándola con patadas y gritos, destacábase un joven altísimo y enjuto de carnes, con nariz aguileña, fino bigote y ojos ardientes. Se cubría con un caftán sucio y magnífico de seda roja bordada de oro. Estos bordados habían tomado con los años un empañamiento verdoso. La seda, deshilachada en los sitios de mayor roce, dejaba escapar las vedijas de algodón de su acolchado. Pero a pesar de esta ruina y de los pantalones y botines de obrero europeo que dejaba ver por debajo de la vestidura oriental, el árabe de Siria ofrecía un hermoso aspecto.

Ojeda lo reconoció: era el Emir. Varias veces, al hablarle Isidro de las danzas de los árabes, había mencionado a este joven, alabando su postura de caballero del desierto, que hacía recordar a los héroes de las Orientales cantados por el romanticismo.

El imaginativo Maltrana no había vacilado en darle un nombre y una dignidad. Era, según él, un emir en desgracia. Como lo incluía en el número de sus «queridos amigos», estaba bien enterado de que marchaba por segunda vez a Buenos Aires, donde ejercía pequeñas industrias. Pero esta vulgar realidad desechábala Isidro, por no estar de acuerdo con los deseos de su imaginación, y el joven árabe era un emir, según él, y todos sus compañeros, con mujeres e hijos, fieles súbditos que seguían a su príncipe en el destierro.

A la cabeza de la fila formada por sus vasallos, el Emir balanceábase sobre las caderas, levantaba un pie y lanzaba relinchos bajo la mirada protectora de la señá Eufrasia, que, subida en un caramanchel, presidía la fiesta con toda la majestad de su busto corpulento. Al reparar la buena mujer en Ojeda, se atrevió a sonreírle. Sabía que era español por haberle visto algunas veces con don Isidro.

—¿Ha visto usted, señor, qué moritos graciosos? Y ahí donde usted los ve, con esas caras tan feotas, son unos infelices: más buenos que el pan. Los mejores de todos.

Su marido, el hombre del sombrerón y la faja abultada, se aproximó al escuchar estas palabras. Se adivinaba qué iba a decir, como de costumbre, ansioso de fingida autoridad: «Calla, Ufrasia, y no molestes a este caballero. Las mujeres no sabís na de na». Pero no pudo decirlo.

El flautista lanzó unas notas en falso y calló después, como si se le hubiese atrancado algo en la garganta. Los bailarines quedaron inmóviles, agarrados del talle, una pierna en alto, mirando hacia el castillo central con ojos súbitamente congestionados.

Fernando miró también, influenciado por este silencio, y vio a Maltrana que acababa de descender por una escalerilla de hierro. En mitad de la escalera estaba Nélida mirando a la muchedumbre extendida a sus pies, orgullosa de la emoción que despertaba su presencia. La falda corta y estrecha se había subido impúdicamente con el movimiento de descenso, dejando a la vista una pantorrilla larga, de curva armoniosa, enfundada en una media de seda gris con rayas caladas. En la parte más alta, entre la media y el pantalón, mostrábase un pedazo circular de carne desnuda, blanca y ligeramente sonrosada como el nácar húmedo.

Adivinó ella la causa de esta turbación colectiva, de este silencio repentino, pero quiso prolongar la situación con una coquetería cruel, sonriendo ante el popular homenaje. A Ojeda le pareció oír mentalmente un alarido general, un relincho inmenso que subía hasta el cielo; y no lo lanzaban las bocas, repentinamente secas: partía de los ojos extraviados, de las ropas estremecidas, de las narices palpitantes. La miraban lo mismo que los pueblos primitivos debieron mirar la primera revelación celeste.

Maltrana, al pie de la escalera, torció el gesto e hizo señas, con el enfado de un propietario futuro que ve prodigado sus bienes. Ella, al fin, quiso fijarse en sus extremidades, y sin emoción alguna arregló el desorden de la falda, borrándose la divina aparición como la luna entre nubes.

Sólo entonces volvió la flauta a lanzar sus pastoriles gorjeos y los danzarines reanudaron sus evoluciones. Por toda la explanada circuló inmediatamente una noticia, con la prontitud colectiva de las muchedumbres para inventar y aceptar embustes. Era don Isidro con su novia: una novia millonaria. Se iban a casar apenas llegasen a Buenos Aires.

La señá Eufrasia se aproximó a ellos con gesto admirativo: «¡Ah, don Isidro! ¡Y qué bien ha sabido usted escoger! Los hombres de talento tienen magnífico ojo para estas cosas. ¡Que sea para bien! ¡Que dure muchos años!…». Y las otras mujeres, árabes, italianas, españolas, se agrupaban en torno de Nélida, admirando su hermosura, sorbiendo el aire cual si quisieran apropiarse algo de su perfume, empujándose para sentir el roce de sus miembros, conmovidas aún, a pesar de la identidad de sexos, por lo que habían visto aparecer en mitad de la escalera. Sentían cierto orgullo al estar próximas a una de aquellas señoritas que sólo habían visto de lejos, asomadas a los balconajes del castillo central.

La gente joven que Maltrana había encontrado algunas veces junto a la verja que cerraba el paso a los camarotes, espiando las idas y venidas de camareras y criadas, manteníase a cierta distancia, contemplando a Nélida con una admiración casi homicida. La devoraban todos con los ojos. Parecía que de un momento a otro iban a caer sobre ella, despedazándola.

Odiaban de pronto a don Isidro, admirándolo más que antes. Nunca les había parecido tan grandioso. ¡Ah, los ricos! Tenían la plata, tenían las comodidades, y además se llevaban las mejores mozas. A impulsos de la envidia hacían comparaciones, pasando su mirada de la fresca Nélida a las pobres hembras despechugadas, sucias y curtidas por el sol. Una porquería todas ellas. ¡Ah, miseria!…

El Emir se había despegado de sus compañeros para ejecutar un solo de danza. Acompañado por la flauta y agitando entre ambas manos un pañuelo rojo, bailó frente a Nélida, como si la dedicase todos sus gestos y contorsiones. Movía las caderas con femenil vaivén, lo mismo que las almeas, provocando grandes risas por sus estremecimientos lascivos. Las nobles facciones del príncipe del desierto caído en la desgracia se borraban bajo el temblor de unos gestos simiescos. Sus negras pupilas parecían arder con un fuego azulado, mientras las córneas se estriaban de sangre. Miró a Nélida con una fijeza desconcertante; pero ella, en vez de mostrar turbación, avanzaba el rostro y abría la fresca boca riendo con todo el esplendor de sus dientes, como si se burlase de las angustias del pobre Emir. Pero su imparcialidad de muchacha experta en la apreciación y descubrimiento de los méritos varoniles, por ocultos que estuviesen, hizo justicia al árabe.

—¡Qué lindo!—dijo volviéndose a Maltrana, mientras el otro seguía bailando—. ¡Qué hermoso pedazo de hombre!… Lástima que esté aquí.

Ojeda, que permanecía cerca de ellos, pensó que era una suerte para su amigo que los reglamentos del buque no permitiesen al Emir dar un paso fuera de la proa. De poder abandonar a la masa emigrante para ocultarse en los recovecos del castillo central, el infortunio de Maltrana era seguro.

Cuando el árabe cesó de bailar, jadeante y sudoroso, ella avanzó por la explanada con el aire de una princesa que visita a sus vasallos. Se reflejaba en su persona la popularidad de Isidro, y éste, por su arte, extremaba las sonrisas, las palmadas cariñosas, las palabras de falso afecto, lo mismo que un buen rey que desea mostrarse estrechamente unido con su pueblo.

Nélida miró varias veces a Fernando gozosa de que presenciase su triunfo. A su lado jamás había recibido tales homenajes. Sólo guardaba para ella contradicciones y negativas. Era más buen mozo que Maltrana: conforme; pero no era un héroe.

Como el baile había terminado, Fernando se volvió al castillo central. Quiso dejar a Nélida gozando de su gloria, acogiendo serena como un ídolo la curiosidad de las mujeres y el deseo vehemente de muchos hombres, que la seguían con pasos de tigre. Tenían el mismo gesto de los antiguos corsarios berberiscos rondando sobre la cubierta de la galera en torno de una beldad recién conquistada. De estar solos habrían tirado de la muchacha todos a la vez, descuartizándola para hacerla suya.

Maltrana, separado de Nélida por unos instantes, hablaba con Juan Castillo y don Carmelo. Venía éste de la enfermería de ver a Pachín Muiños, el emigrante que preguntaba a todas horas cuándo llegaba el buque a Buenos Aires.

—Hombre perdido—dijo el de la comisaría—. El médico lo ha desahuciado; pero él sigue entre la vida y la muerte, y cuando habla, es para preguntar siempre lo mismo: «¡Buenos Aires!… ¿Cuándo llegamos a Buenos Aires?».

Por la mañana, en la bahía de Río Janeiro, habían tenido que hacer esfuerzos los enfermeros para sostenerle en la cama. Quiso huir apenas notó la inmovilidad del buque. ¡Ya habían llegado a Buenos Aires! Le engañaban; querían mantenerle en aquel encierro so pretexto de su salud. Y el panorama de la vecina ciudad entrevisto por un tragaluz al incorporarse en el lecho, había servido para aumentar su desesperación. Aún había sido ésta más grande al ponerse el buque en marcha. Se creía de regreso a su tierra, después de haber estado junto a la ciudad-esperanza, donde le aguardaban la salud y la riqueza.

—El pobrecito está en pleno delirio—continuó don Carmelo—. En vano le dicen que vamos a Buenos Aires y que llegaremos pronto. Cree que volvemos a su país; y si al fin duda, pide que lo llamen a usted, señor Maltrana. «Que venga don Isidro. Él lo sabe todo: él me dirá la verdad…» Podía usted verle. Su presencia le serviría de consuelo.

Pero Maltrana hizo un gesto evasivo. Tal vez más tarde lo visitase. Ahora tenía mucho que hacer: no podía dejar sola a esta señorita.

Don Carmelo, acordándose de las obligaciones de su empleo, se lamentó de la presencia de Muiños en el buque. Llevaba realizados varios viajes sin que ocurriese una defunción a bordo. Examinaban a las gentes antes de admitirlas, pero este hombre los había engañado con su aspecto de salud en el momento del embarque… La muerte es triste en todos los lugares, pero aún más en el mar… ¡Lo que él había visto!

Recordó un viaje que había hecho a Buenos Aires en otro buque conduciendo una gran masa de emigrantes del Norte de Europa. A los pocos días se declaraba una epidemia entre las gentes de tercera clase.

—Todas las noches echábamos al mar dos o tres. Nuestra preocupación era que no se enterasen los pasajeros de primera. Jamás he visto un viaje con tantas fiestas. Casi todos los días banquete extraordinario; por las noches veladas musicales, bailes. Y mientras tocaba la música arriba y bailaba la gente, nosotros metiendo a los muertos en cajones, echándolos al mar y conservando a las familias en los sollados para que no escandalizaran con sus gritos. Cuando llegamos al término del viaje, la mayor parte de los pasajeros de primera ignoraban lo ocurrido, y protestaron al ver que los sometían a cuarentena. Treinta y ocho cadáveres al agua mientras ellos bailaban… ¡Qué cosa el mar, caballeros! ¡Qué secretos los suyos!

Resignado de antemano a toda clase de emociones, hablaba tranquilamente del próximo fin de este compatriota. Podía haberse muerto la noche anterior, y lo habrían enterrado en Río Janeiro. Podía morirse tres días después, y le darían sepultura en Montevideo o Buenos Aires. Pero indudablemente iba a fallecer durante la travesía, tal vez en la misma noche, y lo echarían al agua. Había que desembarazarse prontamente de estos fardos, que únicamente sirven para entristecer a los demás. En los buques sólo pueden tolerarse los cadáveres de los ricos, porque van convenientemente embalsamados y sus herederos pagan bien. El carpintero de a bordo estaba haciendo en aquellos momentos el cajón para Pachín Muiños. El mismo don Carmelo acababa de comunicarle la orden.

Isidro no escuchó más. Nélida le hacía señas para marcharse. En medio de su entusiasmo por la popular recepción, experimentó la joven un sentimiento de menosprecio y asco hacia aquellas gentes. Las vio de pronto como si acabaran de rasgarse unos velos sonrosados interpuestos entre ellas y sus ojos. Los hombres le parecieron sucios y de una avidez amenazante. Las mujeres, con una humildad bestial o francamente envidiosas, eran inferiores a las domésticas que la servían. Creyó percibir más abajo de su espalda roces insolentes, tocamientos de atrevida curiosidad, disimulados por la aglomeración. Hasta se imaginó sentir en los más recónditos secretos de su cuerpo un hormigueo de sanguinarios invasores, ansiosos de hartarse de carne nueva y rica, que tal vez acababan de abandonar el pellejo de aquellas comadres.

—Vámonos—dijo con angustia y miedo.

Y trepó por la escalera, sin importarle esta vez la delectación que proporcionaba a una gran parte del público con el divino espectáculo de sus faldas recogidas.

A media tarde empezó a acentuarse el movimiento del buque. El cabeceo suave de proa a popa, al que se habían acostumbrado todos y que pasaba inadvertido, como un movimiento necesario para la vida igual al de la respiración, se hizo por instantes más violento. El sol descendente estaba velado por una barrera de vapores; la luz era grisácea, lo mismo que la de una tarde invernal; el mar, azul obscuro, se plegaba en largas ondulaciones. Una brisa fresca y violenta, que parecía anunciar la tempestad, hizo correr a los grumetes para recoger los toldos y subir los gruesos cristales del balconaje de proa, dejando abrigada esta parte del paseo.

Las olas, de larga pendiente, silenciosas, dormidas, uniformes, sin el más leve penacho blanco, no eran de gran altura, sin embargo el trasatlántico saltaba al encontrarse con ellas, elevándose a ambos lados de su proa dos surtidores de espuma. Veíase desde la mitad del paseo cómo se remontaba la popa cual si fuese a volar, hundiéndose después con una rapidez que angustiaba a muchos, produciendo en su diafragma una sensación de vacío.

Corrían las gentes al balconaje para presenciar detrás de los cristales los asaltos del mar en cólera, un espectáculo extraordinario después de tantos días de bonanza.

Maltrana, invisible hasta entonces, apareció por breves momentos al lado de Ojeda.

—Vamos a tener tormenta—dijo frotándose las manos con una expresión de contento—. Esto no podía continuar; tanta calma era para aburrir a cualquiera. Un viaje sin borrasca es deshonroso. Luego, al bajar a tierra, no habríamos tenido nada que decir. Es como si un autor escribiese una novela marítima, olvidándose de colocar en ella la obligada descripción de una tempestad.

Pero Ojeda movió la cabeza negativamente. No había tal tempestad: un poco de movimiento al pasar el golfo de Santa Catalina; un simple incidente de viaje.

A pesar de las promesas de seguridad y las sonrisas de los oficiales del buque, muchos pasajeros contemplaban con un gesto de indignación el Océano, lo mismo que si se quejasen de la infidelidad de un amigo. Cuando todos vivían olvidados del mar, éste se hacía presente con una cólera insólita. Y las miradas dolorosas, los gestos de desagrado, parecían decir con un silencio de protesta: «Esto no es lo convenido».

Los niños se aglomeraban en el balconaje subidos en sillas y bancos para ver la llegada de las olas. La superficie triangular del castillo de proa subía y bajaba al tropezarse con las arrugas azules e inmensas que venían a su encuentro. Descendía como si se la tragase el abismo, y luego disparábase hacia lo alto lo mismo que un animal que se encabrita, temblando sus flancos con el choque de las fuerzas ocultas. Dos montañas de espuma rematadas por sutiles cresterías asaltaban la proa, esparciendo una nube de polvo líquido. La espuma, al caer sobre la cubierta, convertíase en agua, corriendo en ondulante lámina por las pendientes del entarimado y escurriéndose luego por las canaletas. Estas rociadas incesantes llegaban hasta el balconaje, empañando los vidrios con el goteo de sus lágrimas.

Brillaba como metal la madera del combés y del castillo de proa bajo la continua inundación. Los emigrantes estaban ocultos en los sollados. De vez en cuando, un marinero con impermeable amarillo y casco encerado atravesaba el combés por alguna necesidad del servicio, recibiendo impasible las fuertes salpicaduras del Océano, hundiendo sus botas altas en el río salado que cada ola hacía rodar de una banda a otra del buque.

Mezclado Ojeda con las gentes que presenciaban este espectáculo, fijó más su atención en las explosiones de la alegría infantil que en los asaltos del mar. Los niños se agitaban alborotando a la llegada de las olas. «¡Otra!… ¡otra!», gritaban con trémula alegría al ver desarrollarse ante la proa una nueva colina azul. Quedaban en suspenso, conteniendo la respiración, los ojos súbitamente agrandados. Sobrevenía el golpe, encabritábase la proa, remontábanse en el espacio los dos fantasmas de espuma para desplomarse en cascadas, y un «¡ah!» de satisfacción descongestionaba los pechos. A veces, si el choque era mayor, la punta del Goethe, en gallarda rebeldía, alzábase por encima de las olas, sin que éstas llegasen a invadirla. La gente menuda pataleaba entonces de entusiasmo, prorrumpía en aclamaciones y saludaba la valentía del buque con una salva de aplausos. Algunas personas mayores contemplaban este regocijo con ojos lastimeros. «Ciega inocencia, desconocedora del peligro… ¡Siempre que aquella marejada no fuese en aumento!…» Muchos pasajeros no se atrevían a moverse de sus sillones y permanecían con la frente en una mano, pálidos, los ojos cerrados, cual si les hubiese acometido de pronto el sueño.

Pasando de un ventanal a otro para ver mejor la llegada de las olas, Ojeda se encontró al lado de Mina. La rubia cabeza de Karl, que se agitaba con sonoras risas a cada golpe de mar, le hizo fijarse en la mujer que estaba detrás sosteniéndolo entre sus brazos. Como si le avisase el magnetismo de una mirada fija en sus espaldas, la madre volvió la cabeza, palideciendo al reconocer a Fernando. Era la primera vez que se encontraban juntos después del paso de la línea. Se adivinó en su nerviosa inquietud un deseo de huir, de restablecer la indiferencia que los había mantenido apartados.

Intentó hablar Ojeda. Pasó una mano acariciante por la sedosa cabeza de Karl, pero apenas si éste se volvió a mirarle, ocupado como estaba en la contemplación del mar. Igual suerte tuvieron sus palabras a Mina. Ella sólo contestó con leves movimientos de cabeza, con forzados monosílabos, mientras su palidez iba tomando un ligero tinte de rubor. No ocultaba su vehemente deseo de huir. Parecía tener miedo, no de Fernando, sino de ella misma. Y prometiendo a su hijo que desde otro sitio vería mejor la llegada de las olas, lo puso en el suelo y le tomó una mano, alejándose después. «Buenas tardes, señora.»

Quedó desconcertado por esta fuga y experimentó al mismo tiempo cierta satisfacción. Ella no le había mirado con odio al marcharse. Sus ojos más bien eran de tristeza. Tenía miedo al recuerdo. Había sentido, al verle, la nostalgia del pasado, la melancolía de las antiguas ilusiones.

Paladeó Ojeda la amargura de los poderosos en desgracia, que miden con orgullo toda la grandeza de su caída. Días antes podía considerar como suyas tres mujeres en aquel mundo flotante. Se habían sucedido junto a él proporcionándole la dulce ilusión más o menos verídica que acompaña el amor. Ahora se veía solo, completamente solo en este buque, que también parecía envejecer al llegar a la última parte de su viaje, encabritándose en mares obscuros y violentos después de haberse deslizado sobre azules y luminosas extensiones impregnadas de sol… La novela trasatlántica de Ojeda llegaba a su fin. Debía decir adiós a las ilusiones y refugiarse en la fidelidad de sus recuerdos, lamentablemente olvidados durante el viaje.

Este propósito de renunciación alegraba su conciencia, pero molestaba al mismo tiempo su orgullo de hombre, estableciendo en su interior una violenta dualidad. Le era muy dolorosa la indiferencia de las mujeres después de haberlas tenido a su merced, sumisas y adorantes. Y le dolía igualmente, a pesar de su afecto amistoso, que fuese un Maltrana el heredero de su buena suerte, el que iba a escribir con gestos de héroe el epílogo de una de sus novelas vividas.

Su vanidad se rebelaba contra este final. En buena hora si él hubiese roto con Nélida después de una escena dramática. Pero habían ocurrido las cosas de un modo tan confuso e ilógico, que no sabía Fernando ciertamente si era él quien había repelido a la joven o ella la que le había abandonado a impulsos de un nuevo deseo.

Pasó el resto de la tarde hablando con unos brasileños que iban a transbordar en Montevideo, siguiendo ríos arriba hasta el interior de su país. Le distrajo como un libro de aventuras la conversación con aquellos hombres enjutos, huesosos, de una palidez enfermiza, cuya mirada parecía tener fulgores de fiebre. Eran ingenieros y altos empleados de ferrocarriles en construcción. Estas líneas audaces iban partiendo el silencio centenario de inmensas selvas que permanecían inexploradas desde el primer empuje del descubrimiento.

Habían de luchar con la maraña de la vegetación, la inmensidad del pantano, la ponzoña de insectos y reptiles y la maldad de los hombres. Con el revólver al cinto presidían el trabajo de centenares de peones de todas razas y nacionalidades. Habían de vivir siempre en guardia contra las asechanzas del blanco, el más maligno de los bípedos, terrible residuo de todas las aventuras y desesperaciones de Europa. El combate con el microbio era también un gran peligro en esta guerra por la civilización de la tierra virgen. Bien lo indicaba el aspecto de aquellos hombres, decrépitos en plena juventud, heridos para siempre por la frígida estocada de la fiebre. Y ellos, desconociendo sus propios males, hablaban con horror de las dolencias que asaltaban a los hombres en la penumbra de la selva al remover el humus secular y las vegetaciones dormidas: grandes abscesos de la piel que acababan por rebullir lo mismo que un hormiguero, avivándose la carne en gusanos; emponzoñamientos de la sangre que mataban en breve tiempo a un hercúleo jayán; rápidas consunciones, devoradoras de grasas y de músculos, que sólo respetaban el esqueleto, dejándolo flotante dentro de la piel, cual si esta fuese un traje demasiado grande. Perecían a docenas los hombres junto a los rieles. La conquista de una laguna o de un bosque por las cintas de acero era tan mortífera como la toma de un reducto artillado.

A la caída de la tarde vio Ojeda pasar a don Carmelo mirando a todos lados. Iba por el buque en busca de Maltrana sin poder encontrarlo.

—Ese pobre se muere—dijo en voz baja—. Está en las últimas. Tal vez no exista en estos momentos. Y el infeliz llama a don Isidro; quiere verlo para saber si realmente vamos a Buenos Aires. Una manía de moribundo… Yo he pensado que nada cuesta darle esta satisfacción, y voy en busca de Maltrana hace media hora. Es extraño que no lo encuentre. ¿Sabe usted dónde está?

Ojeda hizo una señal negativa… Y sin embargo, de querer él, lo hubiese podido encontrar en dos minutos. Nélida e Isidro habían desaparecido desde media tarde.

Al anochecer, cuando acababa de sonar el toque preparatorio de la comida, volvió a encontrarse con don Carmelo.

—Se acabó. El pobrecillo ha muerto. Voy a ver al carpintero para que lo tenga todo listo. Esta noche… ¡al agua!… ¡Pobre galleguito!

Maltrana se presentó en el comedor cuando los camareros servían el segundo plato. Tomó asiento junto a su amigo con cierta timidez, a pesar de la satisfacción y el contento de sí mismo que respiraba su persona. Fernando notó algo extraordinario en su aspecto. Lucía una flor en la solapa del smoking. De su cabeza surgía un perfume fuerte. Adivinábase que había hecho gastos extraordinarios en la peluquería. Emanaba de toda su persona un manifiesto deseo de embellecerse, de hacer olvidar el Maltrana de antes.

Apartó los ojos de los de su amigo, temiendo ver en éstos una expresión de reproche.

—El enfermo de que me habló usted muchas veces ha muerto hace poco rato.

«¡Ah!…» La exclamación de Isidro revelaba indiferencia. ¿Qué iba a remediar con su dolor? Él tenía cosas más importantes en qué pensar.

—Ha muerto llamándole—continuó Ojeda—. El pobre necesitaba consuelo y quería verle. Pero don Carmelo lo ha buscado a usted inútilmente por todo el buque.

Otra vez lanzó Maltrana la misma exclamación incolora. Y huyendo los ojos, hizo un gesto evasivo. Él tenía mucho que hacer: había estado en su camarote hablando con Martorell del futuro Banco… Y no dijo más, como si temiera que Fernando le acusase de mentiroso por haber visto al catalán en algún otro sitio durante la tarde.

Acabaron de comer los dos silenciosamente. En vano pretendió Maltrana animar la conversación con sus palabras; su amigo se mostraba impasible. Él también estaba preocupado, mirando a cada instante hacia la mesa donde tomaba asiento el señor Kasper con su familia.

Había amainado el oleaje después de cerrar la noche. Unas ondulaciones largas e irregulares conmovían el buque de tarde en tarde, pero la proa las saltaba con facilidad.

En el comedor era menos numerosa la concurrencia. Muchos habían tomado su alimento sobre cubierta, temiendo marearse en el encierro de abajo. Luego de comer, la tranquilidad del mar serenó los ánimos y las digestiones, restableciéndose cierta alegría en el jardín de invierno. Unas pasajeras de Río tecleaban en el piano del salón y buscaban romanzas en los montones de partituras, ganosas de lucir sus habilidades ante las gentes que venían de Europa. Algunos jóvenes hablaban de improvisar un concierto, una fiesta íntima. El cielo se había aclarado; lucían las estrellas entre harapos de nubes en fuga; las rugosidades del Océano eran cada vez menos sensibles. Todos sentían un deseo de exteriorizar el regocijo de la calma.

Ojeda tomó su café solo. Isidro, que acababa de sentarse junto a él, huyó al ver asomar una cabeza sonriente en la ventana inmediata. ¡Lo mismo que él! La vida en este buque era semejante a las vueltas de una rueda.

Cuando salió a la cubierta, se detuvo en aquel lugar que en momentos de alegría había llamado «el rincón de los besos». A través de los vidrios del balconaje miró la proa, que oscilaba sobre el mar obscuro. Entre ella y el castillo central reflejábanse las luces eléctricas en el piso del combés, brillante aún por las rociadas de las olas. A aquella hora estaba desierto: la muchedumbre emigrante se aglomeraba en los sollados.

Vio Fernando en el rojo cuadro de una puerta del castillo de proa agitarse varias siluetas con furiosos manoteos; le pareció escuchar muy lejos voces dolorosas, un ruido de disputa. La curiosidad y el deseo de entretenerse con algo le impulsaron a descender hasta el combés. Volvió a oír allí los lamentos: unos ayes histéricos de mujer llorosa, alaridos de muchachos, semejantes al aullar de perrillos abandonados. La familia de Pachín gritaba frente a la puerta de la enfermería, defendida por un marinero impasible.

Fernando vio a la mujer con los ojos rojizos de lágrimas y el pelo en desorden; vio a los hijos que gritaban, pero con los ojos en seco, haciendo coro a su madre. No sabían nada, pero el instinto les había avisado de repente la proximidad de la desgracia; el mismo instinto simple y misterioso que hace aullar a las bestias domésticas, como si oliesen la presencia de la muerte.

Querían entrar en la enfermería para ver a Pachín y tranquilizarse. Acogían con incredulidad las palabras de un camarero español que, obedeciendo la consigna, les juraba por su salud que el enfermo estaba mejor. Chocaban sin éxito contra el marinerote rubio que obstruía la puerta con su rudeza de roca. El médico había prohibido la entrada y era inútil insistir.

Un nuevo personaje se mezcló en esta escena violenta. Era el señor Antonio el Morenito, apiadado de los lamentos de aquellas gentes y furioso de la dureza de los alemanes.

—¡Por vía e Dió! Esto es pior que la Inquisisión… Y esto quien lo arregla e un servior, aunque er buque se vaya a pique.

Con la magnanimidad de un caballero andante protector de la viuda y el huérfano, tomaba bajo el amparo de su brazo a esta mujer llorosa y sus pequeños aulladores.

—¿Qué queréis ustedes? ¿Ver ar enfermo?… Pues lo veréis, aunque tenga que echarle las tripas ajuera a ese rubio fachendoso que está en la puerta.

Prorrumpía en insultos y amenazas contra el marinero, que no podía entenderle. Hablaba con vagas alusiones de la temible navaja, cuyo escondrijo nadie lograba encontrar. Iba a salir a luz de un momento a otro.

—Y si la saco, se acaba too… ¡too!

Sintió una mano en un hombro y volvió la cabeza. Era don Carmelo el de la comisaría: el hombre que le inspiraba más respeto en el buque; todo un caballero, y además paisano.

—Tú, Morenito, ya has acabado de armar escándalo, porque lo digo yo, ¡ea! Te vas abajo a dormir en seguía, o te hago bajar de dos patás.

El bravo se encogió. Únicamente de su padre y de aquel señor aguantaba verse tratado así. Pero don Carmelo era un ángel, se portaba bien con los pobres, y él sabía distinguir a las personas buenas, obedeciéndolas. A pesar de esta sumisión, aún masculló protestas.

—¡Mardita sea! Pero lo que yo digo: ¡si esto es pior que la Inquisisión! ¡Si esta pobre mujer quié ver a su marío!

Don Carmelo intentó disuadir a la familia. Al día siguiente verían al enfermo… si es que estaba mejor. Por el momento era imposible. Les infundió tranquilidad y confianza, acostumbrado como estaba al trato de la muchedumbre emigrante. Y el Morenito, pasándose al lado suyo con un repentino cambio de humor, repetía todas sus palabras, apoyándolas con la autoridad de su braveza. Lo que dijese aquel caballero, paisano suyo, era la verdad. No más llantos ni alborotos; el enfermo estaba mejor, ya que don Carmelo lo afirmaba. Debían irse abajo a dormir.

Al desaparecer todos por la escalera del sollado, el de la comisaría habló a Ojeda en voz baja. Una hora después, cuando los emigrantes estuviesen encerrados, vendría el carpintero para meter el cadáver en el cajón. No había que esperar, como otras veces, las horas reglamentarias. Cuanto más pronto saliesen de esto, sería mejor.

—El pobresillo está negro como un carbón. ¡Da lástima verle!… A las once, ¡al agua! Si usté quiere presensiá esa cosa…

Al volver juntos hacia el castillo central, don Carmelo quedó un instante en suspenso, como si se le ocurriese una idea. ¿Por qué no llamaban a don José, aquel cura español? En los otros viajes, cuando había que echar al agua un muerto, el comandante o el primer oficial suplía la falta de sacerdote. Recitaba una plegaria en alemán, con la gorra en la mano, ante el pesado féretro, y después la orden de costumbre «Désele cristiana sepultura.» Y el cajón caía al mar. Pero en este viaje podían disponer de un clérigo, y el muerto era católico. Ojeda debía decir algo a don José para que asistiese a la fúnebre ceremonia. Y aquél aceptó, yendo en busca del cura.

Estaba ya en su camarote preparándose para dormir, pero al saber lo que deseaban de él, se enfundó de nuevo en la sotana. Era un bracero de la Iglesia, siempre dispuesto al trabajo. De sermones, poca cosa; de problemas teológicos, menos; pero para confesar ocho horas seguidas y ayudar a un cristiano a bien morir, allí estaba él, insensible al cansancio, sin miedo a los contagios de la enfermedad, habituado a la agonía humana con un coraje profesional.

Quiso ir derechamente a la enfermería para recitar junto al cadáver todas las oraciones del caso que tenía en sus libros. ¿Por qué no le habían llamado antes, cuando aquel pobre vivía aún?… Fernando tuvo que contener su celo. No debían bajar hasta el último momento. Los del buque querían mantener el suceso en secreto. No convenía llamar la atención de los emigrantes.

Sentáronse los dos en el paseo, junto a las ventanas del salón. Había empezado en éste la improvisada fiesta. El piano sonaba incesantemente. Al principio del viaje nadie sabía tocar: el miedo al ridículo, la falta de trato, hacían fingir a todos una absoluta ignorancia musical. Ahora todos se mostraban ansiosos de lucir sus habilidades, y apenas se retiraban del teclado unas manos, caían otras sobre él vigorizadas por el descanso. Voces femeniles entonaban romanzas sentimentales en italiano, cancioncillas picarescas en francés y jotas de zarzuela española.

El buen don José sintió despertar en su pensamiento algo así como un embrión filosófico por la fuerza del contraste.

—Lo que es la vida, señor Ojeda—murmuró gravemente—. Éstos cantando y riendo, y nosotros, a cuatro pasos de ellos, esperando la hora para echar al agua a un hombre. ¡Mundo de engaño!… ¡Mundo de trampa!

Fumaba incesantemente, aprovechando la generosidad de Ojeda, que le ofrecía cigarro tras cigarro. Su cabeza empezó a oscilar. Se entornaban sus ojos para abrirse de repente con un azoramiento de sorpresa, volviendo a cerrarse poco después. Al fin se durmió, y su respiración estuvo próxima a convertirse en sonoro ronquido. Tenía la costumbre de acostarse temprano. Además, la música ejercía sobre él una influencia letárgica.

Pasó Maltrana junto a ellos. Nélida estaba en el salón y él vagaba por la cubierta. Al saber que aguardaban para asistir a la fúnebre ceremonia, se le escapó un gesto de contrariedad. Formuló varias excusas para justificar su ausencia, pero en vista de que la ceremonia era a las once de la noche, se ofreció a ir con ellos. Esta hora no trastornaba sus planes.

Aparecieron don Carmelo y el primer oficial con cierto apresuramiento, como si deseasen finalizar cuanto antes el lúgubre deber para irse a dormir.

—Cuando ustés gusten, cabayeros—dijo el de la comisaría.

Despertó don José con nervioso sobresalto, y bajaron todos a la explanada de proa. Cuatro marineros sacaban de la enfermería un cajón de madera blanca cepillada recientemente. Sus brazos desnudos lo sostenían con visible esfuerzo. El pobre Pachín menudo en vida y debilitado por la enfermedad, pesaba mucho en la muerte. A lo grueso del cajón había que añadir varios lingotes de hierro depositados por el carpintero junto a su cuerpo.

Quedó el féretro sobre una gran tabla apoyada en la borda. El buque había aminorado la marcha. Desde lo alto del puente, alguien oculto en la obscuridad seguía la ceremonia.

—A usted le toca, padre—dijo don Carmelo.

Se quitó el birrete don José, y todos quedaron igualmente con la cabeza descubierta. Habíanse apagado las luces del combés para evitar que algún curioso pudiese ver la ceremonia desde las cubiertas del castillo central.

Estaban en la obscuridad, silenciosos, encogidos, lo mismo que si preparasen un crimen. Eran fantasmas negros en torno de un cajón blanco inclinado hacia el mar. No teman más luz que la de las estrellas. Las nubes, sólidas como murallas al caer la tarde, se habían esponjado hasta convertirse en montones sueltos de transparente plumón, por cuyos intersticios asomaban los astros. El mar batía con sus últimos estremecimientos los costados del buque. Iba adormeciéndose según avanzaba la noche.

El sacerdote comenzó a murmurar sus oraciones entre aquellos hombres emocionados, con la cabeza baja, puestos los pies sobre un vaso flotante de acero debajo del cual existía una profundidad de varios kilómetros verticales de agua, un mundo de misterio que iba a tragarse como insignificante molécula el despojo humano.

Rezaba el cura, y a lo lejos parecían contestarle las ventanas del salón, bocas de luz que lanzaban arpegios de piano y trinos de romanza. Las oraciones fúnebres hablaban de la tierra, materia original, del polvo al que retornamos, del gusano compañero miserable de nuestro último sueño.

Ojeda se imaginaba el pobre cementerio de aldea donde habría podido descansar eternamente el mísero Pachín, bajo lágrimas de escarcha en el invierno, entre flores y revoloteos de insectos al llegar el verano. Aquí no volvería a la tierra madre. La oceánica aventura había trastornado el final de esta existencia. Los crustáceos iban a cubrir su último encierro con una capa pétrea; los escualos, lobos de la profundidad, golpearían con su morro y sus aletas la envoltura de madera husmeando la carne oculta; las algas trenzarían en torno sus verdes y ondeantes cabellos, hasta que la fúnebre cáscara se pudriese, confundiendo su contenido con la líquida inmensidad.

Calló don José, como si ya no recordase más oraciones. Bendijo el féretro, y entonces avanzó el primer oficial con aire militar, lo mismo que un jefe que ordena una descarga de fusilería en un entierro de soldado.

—Désele cristiana sepultura—dijo en alemán.

Los marineros que sostenían contra la borda el tablón lo levantaron como una palanca, y el féretro fue deslizándose, hasta que cayó bruscamente en el Océano. Fue un ruido semejante al de una de aquellas olas que sordamente venían a chocar con el navío.

¡Adiós, Pachín!… Ojeda creyó oír un lamento lejano, una voz imaginaria en este chapoteo de las aguas abiertas por el pesado ataúd y que volvieron a cerrarse sobre su remolino de proyectil: «¡Buenos Aires!… ¿Cuándo llegaremos a Buenos Aires?…».

El buque avanzó con más velocidad, recobrando su marcha normal. Maltrana había desaparecido. Ojeda y el cura volvieron a la cubierta de paseo.

Don José lamentaba la suerte de aquel hombre que no conocía y sobre cuyo cadáver invisible había hecho descender su bendición. ¡Infeliz! ¡Sepultado en el mar!…

Pero Fernando no participaba de sus lamentaciones. Todos que muriesen así. La vida es el deseo, la ilusión, la certeza de que el próximo mañana nos traerá la felicidad: un mañana que nunca llega. «¡Buenos Aires!… ¿Cuándo llegaremos a Buenos Aires?…» Y el infeliz había muerto sin llegar. Mejor era así: mejor que perecer en la tierra deseada poco tiempo después, sin otra visión que la cruda realidad.

Felices los que mueren abrazados a la quimera… Bienaventurados los que no ven cumplidos nunca sus deseos y viven en el engaño, alegría de nuestra existencia.

Y al subir por una escalerilla de hierro recibieron en la cara el soplo musical de las enrojecidas ventanas del salón. Una voz de mujer cantaba el amor, la única verdad y la mentira más grande de nuestra vida… ¡Pobre vida, que no puede marchar por sus propias fuerzas y necesita el apoyo de la ilusión!


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