Los argonautas (capítulo 10), novela de Vicente Blasco Ibáñez

Vicente Blasco Ibáñez


Después de la comida, Fernando se sentó en el paseo lejos de la música, que empezaba su concierto nocturno.

Estaba triste, y su tristeza era de engaño y arrepentimiento. Aquella pobre mujer había dicho la verdad: las ilusiones de él iban a morir de un golpe con la satisfacción del deseo. Mejor hubiese sido creerla. Todo el edificio fantástico elevado en el curso de sus diálogos se habían venido abajo por un simple encontrón de la realidad. Y Ojeda salía de esta aventura con una gran inquietud de conciencia. ¿Qué hacer ahora?…

¡Pobre Mina! Ella había sido la primera en darse cuenta de la tristeza y el desaliento que habían seguido a su delirio amoroso. Al despertar y serenarse, un gesto suyo de resignación, un adiós humilde, habían dado a entender a Fernando que no se hacía ilusiones acerca del porvenir. Todo estaba concluido. Y cuanto él i dijese por restablecer el pasado sería piadosa mentira, falsedad galante para enmascarar su decepción.

En el resto de la tarde habían evitado encontrarse otra vez: ella como arrepentida de su debilidad, él con remordimiento. Luego de la comida, mientras Fernando quedaba solo en el paseo, con visible propósito de aislarse de todos, Mina emprendió con el pequeño Karl el descenso al camarote, para no volver a mostrarse hasta el día siguiente. Aquella noche ¡ay! no iba a ser de ensueños…

«Muy bien, señor Ojeda… Has hecho infeliz por unos días a una pobre mujer que no ha cometido otro delito que el de amarte un poco. Por un capricho de tu deseo, la has hecho convencerse una vez más de su miseria física, que ella tenía olvidada… Y de todo esto has sacado un remordimiento y la vergüenza de tener que mentir, de tener que ocultarte. No quisiste hacer caso de sus indicaciones y brusqueaste su resistencia. ¡Muy bien!… Te has portado como un caballero.

Cuando estaba más ensimismado, formulando mentalmente estos reproches, oyó una voz de mujer junto a él y vio que un bulto se interponía entre sus ojos medio cerrados y las estrellas del cielo movible extendido sobre el borde de la baranda y el filo del techo.

—¡Siempre solito, siempre pensando!… Tal vez está usted haciendo algunos versos lindos.

Fernando se incorporó a impulsos de la sorpresa más aún que de la cortesía. Era Nélida la que le hablaba. Lo primero que alcanzó a ver fue su boca, de un rosa húmedo, con los dientes agudos, luminosos; la boca de tigresa admirada por Isidro, que le sonreía cual si pretendiese atraerlo.

Turbado por la inesperada presencia, no supo qué decir. Ella agradeció con una sonrisa esta confusión, considerándola como un homenaje a su bizarra hermosura, que hacía perder la calma a los hombres más graves.

—¡Siempre solito!…—volvió a repetir—. Usted no quiere ser mi amigo… Le he mirado muchas veces, le he hablado… y nada.

Encogíase humildemente, como si esta pretendida indiferencia de Fernando—de la que él no se había percatado nunca—le causase gran dolor.

—Y el caso es que yo tengo que pedirle una cosa… Deseo que me escriba algo; dos versos nada más: su firma. Quiero conservar un recuerdo para que mis amigas sepan que he viajado con el señor Ojeda, un poeta de España. Todas las niñas tienen algo de usted: una postal, un verso lindo en el abanico. Y yo no tengo nada… Diga, señor, ¿es que le soy antipática?

Mientras hablaba se había sentado en un sillón al lado de Fernando. Al principio mantúvose erguida; pero lentamente se recostó, hasta quedar con las piernas horizontales, mostrando su adorable bulto a través de la angosta falda.

Ojeda acogió su petición con un apresuramiento galante, balbuceando aún por la sorpresa. Escribiría todo un poema, si esto podía darla placer… Sentíase muy honrado con su petición. ¿Tenía un álbum?… No; ella no había pensado en adquirir este volumen, que mostraban con orgullo muchas señoritas de a bordo. Pero le pediría al comisario del buque un cuadernillo en blanco de apuntaciones o un simple pedazo de papel. Lo que le interesaba era el recuerdo. Y al mismo tiempo daba a entender ingenuamente con sus ojos que se había aproximado a él por entablar conversación más que por el interés que pudieran inspirarle los versos.

Continuó Fernando sus excusas. Nunca la había mirado con indiferencia. Ella era la alegría del buque; la mujer más hermosa e interesante: estaba dispuesto a declararlo en verso. Pero ¿cómo acercarse viéndola secuestrada por sus adoradores, defendida por aquella escolta feroz, que a su vez parecía fraccionada y enemistada por los celos?

—¡Ah, mis adoradores!—exclamó ella riendo—. No me hable de ellos; estoy harta… Le advierto, señor, que yo detesto a los muchachos. ¡Gente egoísta e insufrible! Me gustan más los hombres serios y de cierta edad. Saben querer mejor; rodean a una mujer de mayores atenciones.

Y miraba audazmente a Fernando con ojos de provocación, para que no tuviese dudas sobre la persona a la que iban dirigidos tales elogios.

Se había incorporado Ojeda en su asiento para mirarla también con atrevida fijeza. Un perfume de carne joven, de frescura tentadora, parecía envolverla. No era la dulzura marchita de la alemana ni el esplendor de fruto maduro de Mrs. Power. Hasta la imagen de Teri, que se agitaba en su memoria como un remordimiento, perdió algo de su belleza al ser comparada con esta muchacha… Era un hermoso animal exuberante de vida, de fuerza voluptuosa, que iba derramando generosamente los encantos de su primavera. Algunas veces perdía el sonriente aplomo de su amoralidad; parecía dudar con cierto miedo, pero después seguía adelante con mayor ímpetu, guiada por sus impulsos.

Y esta criatura bella e inconsciente, sin más regla de voluntad que el instinto, venía de pronto hacia él por un capricho inexplicable. ¡Dulces sorpresas de la existencia!… No era posible dudar. Bastaba ver sus ojos fijos en él con un ardor de pasión, dilatándose cual si quisieran absorber su imagen; su boca de frescura insolente y esplendorosa escarlata estremeciéndose con un bostezo amoroso, sintiendo repentinos abrasamientos que hacían salir la lengua de su encierro para pasearse por los labios; sus dientes de devoradora que parecían temblar con el fulgor de un acero pronto a hundirse en la carne… No podía explicarse esta buena fortuna; pero era indiscutible que Nélida, abandonando a su tropa de adoradores, se aproximaba a él, que no había hecho esfuerzo alguno por atraerla. Y despertaba en Ojeda el orgullo sexual que duerme en el fondo de todo hombre; la fatuidad masculina, que se considera irresistible con sólo una mirada o una palabra de femenil aprobación; la fe ciega en el propio valer, que acepta como naturales y lógicas todas las aproximaciones, por inverosímiles que sean.

Recordó Ojeda cuanto había oído contar de las travesuras de Nélida, disculpándolas por adelantado. Tal vez habría en ellas mucho de exageración. Las gentes de a bordo, siempre desocupadas, mentían grandemente. Y aunque todo lo que contaban fuese cierto… ¿qué había de censurable en que él marchase sin compromisos por el mismo camino que otros habían frecuentado antes? «El mar era… el mar.» Estaban aislados del mundo, en medio de la soledad, como si la vida hubiese concluido en el resto del planeta, olvidados de sus leyes y preocupaciones. Cuando volviese a tierra recobraría el fardo de sus compromisos y antiguos afectos. Esta juventud de carne primaveral y firme como la pulpa verde, y con un perfume semejante al de los jardines después del rocío, era un regalo de la buena suerte para compensarlo de su desilusión de aquella tarde. ¡A vivir!…

Se inclinaba hacia ella como si no la oyese bien, y Nélida, por su parte, descansó un brazo en el sillón de Fernando, gozosa de sentir su epidermis en casual contacto con una de sus manos. Hablábanse sin mirar a los que transcurrían junto a ellos, sin reparar en sus ojeadas de sorpresa y sus cuchicheos de comentario. Algunas matronas se erguían dignas y austeras, volviendo los ojos por no verles, pero al llegar a la otra banda del paseo lanzaban la noticia, una gran noticia para la gente ansiosa de novedades.

—¿No saben ustedes?… Nélida, esa loca, ha abandonado a su escolta y está con el doctor español, el amigo de Maltranita. ¡Pobre hombre!

Las niñas, que admiraban y temían a Nélida como la personificación del pecado, se tocaban con el codo al pasar ante ellos.

—Una nueva conquista… Ahora ha caído ese señor tan serio que hace versos… y no baila. ¡Qué Nélida!…

Ella, con su fina observación femenil, se daba cuenta del revoloteo de los curiosos y sentía orgullo por este escándalo, que pasaba inadvertido para Ojeda.

Lo único que notó éste fue la familiaridad cada vez más grande con que le trataba Nélida. No se habían cruzado entre ellos verdaderas palabras de amor. Sólo había osado él algunas galanterías de las que no comprometen, pero la joven le hablaba ya lo mismo que a un amante.

Tenía una confianza absoluta en su poder sobre los hombres. Le bastaba colocar la mirada en uno de ellos para considerarlo suyo, sin molestarse en consultar su aprobación. Era el centro de la vida en aquel pedazo de mundo que flotaba sobre el Océano, y todo el sexo masculino debía girar en torno de su persona. Aquel a quien ella hiciese un gesto, un leve llamamiento, tenía que venir forzosamente a arrodillarse a sus pies. Y satisfecha de este poder de seducción que nadie osaba resistir, seguía hablando con Fernando y se justificaba de las ligerezas de su pasado, de las cuales no le había pedido él cuenta alguna.

Era muy desgraciada—y al decir esto acentuó con asombrosa facilidad el brillo lacrimoso de sus ojos—. Tenía un novio en Berlín que ansiaba casarse con ella, pero los negocios de papá habían roto de pronto su dicha obligándola a embarcarse. ¡Qué infortunio el suyo! ¡Y ella que amaba a este novio con toda su alma!…

Ojeda arriesgó tímidamente algunas observaciones. ¿Y el otro alemán que pasaba a bordo por pariente suyo? ¿Y el belga y los demás amigos?… Pero Nélida le contestó sin el más leve indicio de cortedad. Éstos le servían para divertirse. Era joven: aún no había cumplido diez y ocho años. La vida es corta y hay que aprovecharla. Nada le importaban las murmuraciones; todo se arreglaría al fin casándose, y ella estaba segura de encontrar en América un marido tan pronto como lo creyese necesario. Uno de la tierra no, porque todos en aquel país eran a la antigua, celosos, feroces, intratables en sus preocupaciones. Algún gringo, algún extranjero tentado por su belleza y la fortuna de papá. Y al decir esto sonreía de un modo cínico.

«Esta muchacha es loca—pensó Ojeda, asombrado por la rapidez con que se sucedían en ella las impresiones y la franqueza con que exponía su amoralidad—. ¡Una loca adorable!»

Como si repentinamente se arrepintiese de su cinismo, tomó Nélida una expresión melancólica. No pensaba hablar más con aquellos jóvenes que la asediaban a todas horas. Estaba aburrida de sus peleas y rivalidades; no le inspiraban interés. Faltaba algo en su vida, sin que ella se diese cuenta de lo que pudiera ser. Tal vez por eso había cometido tantas ligerezas y travesuras en el buque. Pero aquella misma noche había adivinado de pronto cuál era su deseo, qué es lo que le faltaba para sentirse dichosa. Y al decir esto, envolvió a Fernando en una mirada hambrienta.

«¡Qué loca!», siguió pensando él, mientras experimentaba la satisfacción del orgullo.

Dudaba un poco de la sinceridad de sus palabras y gestos. Tal vez este acercamiento no era más que un capricho de su carácter tornadizo. Pero aun así, sentía halagada su vanidad, y no dudó un instante en aprovecharse de la aproximación.

Nélida continuó explicando el pasado. Desde que vio a Fernando por primera vez, frente a Tenerife, no había podido olvidarle… Esperaba que se aproximase, pero él se mantenía siempre aparte, y la rutina social no permite que la mujer inicie ciertas cosas. Luego había sufrido mucho viéndole con ciertas mujeres—y la atrevida muchacha tomaba un aire pudibundo al recordar los amoríos de él en el buque—. Odiaba a la señora norteamericana, tan estirada y orgullosa, que nunca había contestado a sus saludos; odiaba también a aquella fea mal trajeada que iba con él en los últimos días. Esta amistad era indudablemente por reírse, ¿verdad?… ¡Un hombre como él exhibiéndose al lado de una pobre madre de familia!… Y al experimentar tales contrariedades había visto Nélida con claridad que era Fernando lo que ella deseaba.

Muchas veces había preguntado por él a su amigo Isidro, queriendo conocer detalles de su existencia anterior. Maltrana podía decirle el interés que le inspiraban todas sus cosas; cómo ella, que no ponía atención en la vida de los demás—pues bastante tenía con los asuntos propios—, había sido la primera en enterarse de su intriga con Mrs. Power, y cómo había protestado después al verle exhibiéndose junto a aquella verdosa mal pergeñada.

En este momento pasó Isidro junto a ellos por cuarta o quinta vez, mirando, tosiendo, haciendo esfuerzos para que Ojeda reparase en él y le diese motivo de intervenir en la conversación. Nélida le llamó.

—Acérquese, Maltrana. ¿Cómo le va?… Diga si no es cierto que yo le he preguntado muchas veces por este señor… diga si no me he quejado porque su amigo me miraba con cierta antipatía y parecía huir de mí.

Isidro se inclinó con una gravedad cómica. Exacto. Él lo afirmaba con toda clase de juramentos. Y al decir esto, sus ojos iban hacia Fernando, gozándose en su asombro por esta aventura inesperada. ¡Ah, varón digno de envidia!…

—¡Nélida!… ¡Nélida!

Era un llamamiento imperioso de su madre, asomada a la puerta del fumadero. Como de costumbre, dejó que se repitiera muchas veces sin prestar atención; hasta que al fin abandonó, refunfuñando, su asiento.

—¡Señora odiosa!… De seguro que no es nada que valga la pena… Alguna intriga de ésos para molestarme porque estoy con usted.

«Ésos» eran los adoradores, que vagaban desorientados por la cubierta desde que Nélida había huido de su compañía. Les había visto pasar repetidas veces ante ella, hablando en alta voz para atraer su atención, fingiendo luego que contemplaban el mar mientras aguzaban el oído queriendo sorprender algunas palabras de su diálogo… Iba a decirles a estos importunos lo que merecían por sus tenaces persecuciones y por mezclar a mamá en sus asuntos. ¡Qué atrevimientos se permitían sin derecho alguno!…

Cuando empezaba a alejarse con aire belicoso, se detuvo, volviendo sobre sus pasos.

—Espéreme aquí, Ojeda… No se vaya; ahora mismo vuelvo… Piense que me dará un disgusto si no le encuentro. Ya lo sabe… ¡quietecito!

Y le amenazó sonriente, moviendo el índice de su diestra. Al quedar solos Fernando y Maltrana, éste rompió a reír.

—Muy bien, ilustre amigo. Flojo escándalo han dado ustedes esta noche. No se habla en el buque de otra cosa.

El aludido hizo un gesto de extrañeza y asombro. Escándalo, ¿por qué?… Una simple conversación, como tantas otras que se desarrollaban en la cubierta a la hora del concierto.

—Es que la niña tiene su fama muy bien ganada. Y usted también empieza a gozar la suya, en vista de ciertos hechos recientes. Por eso al verles juntos de pronto, cuando hasta ahora no habían cruzado dos palabras, todos suponen un sinnúmero de cosas.

Y Maltrana imitó los gestos de escándalo de las señoras: «Un hombre tan serio y distinguido… siempre con sus libros o escribiendo… y de pronto se lanzaba a “flirtear” sin recato alguno… ¡Hasta con Nélida, que casi podía ser hija suya!… Fíese usted de los hombres. ¡Todos iguales!».

Ojeda se excusó. Él no había hecho nada para aproximarse a esta muchacha. Era ella la que lo había buscado de pronto, sin motivo visible.

—Así es—dijo Isidro—. Hace tiempo le predije lo que iba a ocurrir. Ya que usted no iba a ella, ella vendría a usted… Y ha venido: estaba yo seguro de ello.

Fernando hizo un gesto interrogante: «¿Y por qué?…».

—Vaya usted a saber… Ante todo, esa muchacha es medio loca: ya se habrá usted dado cuenta. Luego, la contrariedad de no verse buscada, su orgullo sublevado al notar que no conseguía su atención. A usted lo consideran buen mozo las matronas más austeras, y lo que es mejor aún, figura como el más «distinguido» entre los hombres serios de a bordo. Tiene también su poquito de leyenda misteriosa. Le suponen grandes amores en el viejo mundo, relaciones con duquesas, princesas o ¡qué se yo más!… En fin, con damas que llevan coronas bordadas hasta en las ropas más interiores, lo mismo que las heroínas de ciertas novelas. ¡Figúrese qué bocado magnífico y tentador para nuestra hermosa tigresa!

Fernando rio de este prestigio novelesco que le suponía su amigo.

—Además, usted ha empezado a distinguirse en los últimos días como un rival de Nélida en punto a escandalizar a las buenas gentes. Sus «flirteos» casi han llamado tanto la atención como los de esa muchacha. Ella y usted son los dos primeros amorosos de a bordo. Y Nélida no puede sufrir rivalidad alguna… ¡Un hombre que se distingue por sus amoríos y no se digna fijar los ojos en ella, que se considera la mujer más hermosa del buque!… No ha necesitado más para correr hacia usted.

Isidro había seguido de cerca la rápida transformación de Nélida. Hacía dos días que le hablaba a cada momento de su amigo con gran interés, preguntándole por su vida anterior. Aquella noche, después de la comida, se había peleado con los jóvenes de su banda en el jardín de invierno, sin saber por qué. Luego, en las cercanías del fumadero, nueva discusión, terminada con una ruptura insultante.

Los admiradores se habían alejado de ella, puestos de acuerdo con maligna solidaridad. Estaban seguros de que al verse sola, en el aislamiento en que la habían dejado las mujeres por sus travesuras anteriores, volvería a buscarlos forzosamente, por tedio y ansia de diversión. Pero Nélida había aprovechado este abandono para ir al encuentro de Ojeda, y ahora los adoradores, chasqueados por el fracaso, no sabían qué inventar para atraérsela.

—Ellos, sin duda, han sugerido a la madre su reciente llamada. Le habrán hablado del escándalo que da Nélida al exhibirse al lado de usted, y la mulatona, que desea reducir a su hija, sin saber cómo, les ha hecho caso.

Mostrábase optimista Maltrana, felicitando a su amigo por su buena suerte. ¡Cosa hecha! Aquella loca podía considerarla como suya. La familia no debía inspirarle inquietud; lo peligroso era la banda, todos aquellos jóvenes habituados al trato de Nélida, unos como amigos, en espera de algo mejor, otros en continua rivalidad, pero satisfechos de la parte de posesión que consideraban ahora en peligro.

Iban a indignarse al ver que un hombre serio, de mayor edad que ellos y que jamás había intervenido en sus fiestas, se llevaba el objeto de sus alegrías. ¡Ojo, Fernando! Había que mirar con cierto cuidado a esta juventud insolente, de varias nacionalidades, que no tenía motivo para guardarle respeto.

—La niña va a caer sobre usted como un fardo pesado. En tierra se resisten mejor estas cosas; aquí tendrá que aguantarla a todas horas. Ha perdido su trato con las mujeres; las más atrevidas sólo la saludan con un movimiento de labios, y al faltarle la sociedad de su banda, se refugiará en usted… ¡Afortunadamente, me tiene a mí, que puedo aligerarle de este peso!…

Apareció Nélida en la puerta del fumadero, mirando hacia el lugar donde estaban los dos amigos. Al ver a Ojeda inmóvil en su sillón, movió la cabeza con gesto aprobativo. Muy bien. Así le quería: obediente.

Mientras ella se aproximaba, Isidro se marchó.

—Hasta luego… Comprendo que estorbo. ¡Buena suerte!

Recobró su asiento Nélida vibrante y nerviosa, golpeando con el abanico un brazo del sillón. ¡Ah, su madre! ¡Aquella mulata antipática, a la que en nada se parecía! Siempre coartando su libertad, siempre con miedo a lo que diría la gente y hablando de virtud. ¡Y si ella repitiese lo que había oído a ciertas criadas viejas traídas de América, que servían a su madre desde el principio de su matrimonio!… La insufrible señora abusaba de su silencio riñéndola en nombre de la moral: una cosa excelente para la edad de ella, pero falta de significación y de utilidad para los verdes años de Nélida.

Se había peleado con la madre porque pretendía llevarla inmediatamente al camarote con el pretexto de que eran las once. Insultó luego en voz baja a los antiguos adoradores, que rondaban cerca de las dos para gozarse en su obra, y sin aguardar contestación había volado otra vez hacia Fernando.

—Si usted lo desea, me retiraré—dijo éste—. Yo no quiero que sufra molestias por mi culpa.

Ella se indignó, como si le propusiese algo contra su honor. Debía permanecer al lado suyo, ahora más que antes. Bastaba que le ordenasen una cosa, para ansiar con irresistible deseo todo lo contrario. ¡Ay, si no temiese estorbar a papá, que estaba jugando al poker con unos amigos! Sería suficiente una palabra suya para que interviniese con toda su autoridad, dejándola triunfante sobre la madre desesperada… Iban a tener que separarse dentro de unos instantes.

—Verá usted cómo llega el zonzo de mi hermano con la orden de que me vaya a dormir… Y tendré que obedecer a esa señora por no dar un escándalo. ¡Qué rabia!

Ojeda pensó con cierta inquietud en las complicaciones y contrariedades que iban a alterar su plácida existencia por obra de esta mujer. Habría de ganarse la simpatía de aquella señora cobriza, luchando además con la mala intención de los de la banda… Y todo ello por un resultado problemático, pues no estaba seguro de que en adelante se mostrase del mismo humor esta muchacha caprichosa y mudable.

Iba a arriesgar una proposición que significase algo positivo, a solicitar una promesa de verse al otro día en lugar menos público que la cubierta de paseo, cuando ella le miró imperiosamente y dijo en voz queda:

—A las doce… Le espero a las doce.

¿A las doce de qué?… ¿Dónde debía estar a las doce?… Nélida pareció impacientarse, al mismo tiempo que sonreía con cierta compasión. ¡Y afirmaban todos que Ojeda tenía talento!… A las doce de aquella noche; y en cuanto a lugar para verse, su camarote. ¿Cuál otro podía ser? Ella le esperaría con la puerta entornada. ¡Qué torpes eran los hombres!…

Así, con sencillez, sin dar importancia alguna a sus indicaciones. Cuando él titubeaba antes de formular una proposición, rebuscando palabras para hacerla más suave, ella había salido a su encuentro, abriéndole el camino rudamente.

Fernando movió la cabeza con gravedad, lo mismo que si se tratase de un lance de honor. Muy bien; a las doce llegaría puntualmente. Nélida dio detalles de su instalación. Ocupaba sola un pequeño camarote; en otro inmediato estaba su hermano; más allá sus padres, en uno más grande. Vería luz en la puerta entreabierta. No tenía más que llegar cautelosamente, arañar la madera… Pero se detuvo en sus indicaciones.

—¡Ya llega ese imbécil!… ¡La orden para ir a dormir!

El imbécil era el hermano, que se presentó saludando a Ojeda con voz balbuciente, mirándolo como a un personaje importante que inspira respeto y poca simpatía.

Nélida, al ponerse de pie, se desperezó con voluptuosa expansión. Parecía más alta, como si su cuerpo se dilatase de los talones a la nuca con el serpenteo nervioso que corría por él.

—Buenas noches, señor… Encantada de las cosas lindas que me ha dicho. No olvide los versos.

La vio alejarse al lado del hermano, que trotaba, no pudiendo seguir sus pasos largos. La satisfacción de una nueva conquista, la inquietud de algo desconocido que iba a revelarse en breve, el orgullo de desobedecer a todos imponiendo su capricho, enardecían la briosa juventud de Nélida, dando nueva frescura a su animalidad triunfante y majestuosa.

Paseó Ojeda por la cubierta para entretenerse hasta la hora de la cita. ¿En qué día estaba?… Miércoles nada más. Era el mismo día en que había entrado por primera vez en el camarote de la Eichelberger. ¡Y él se imaginaba que iba transcurrido mucho tiempo, días y días, semanas, meses, desde esta aventura triste!

Las horas se deslizaban a bordo de un modo irregular, con una celeridad loca o una monotonía interminable, según eran los sucesos. Sólo habían transcurrido unas pocas, y otra vez iba a bajar cautelosamente al interior del buque en busca de una mujer en la que no pensaba poco antes. Si alguien le hubiese anunciado esto por la mañana, al levantarse, habría reído incrédulamente. Contaba con los dedos, para reconstituir en su memoria los sucesos de los últimos días. El domingo, víspera del paso de la línea, Maud. El lunes, la derrota y la burla que le hacían odioso el recuerdo de Mrs. Power. Al otro día, Mina, la melancólica, que había prolongado su dulce encantamiento hasta la tarde del día presente. Y ahora, Nélida, que venía hacia él contra toda lógica, cuando menos podía esperarlo; Nélida, «la de la boca de tigresa—como decía Maltrana en su afición a los apodos homéricos—, la de los ojos de antílope y la carne primaveral».

En cuatro días tres amores… La vida de a bordo quería borrar con la rapidez de los hechos la monótona languidez de su ambiente. En tierra, donde las personas, por más que se busquen, pasan al día muchas horas sin verse, habría necesitado cuatro meses, o tal vez más, para llegar a este resultado. Aquí todo era fácil, gracias al hacinamiento y el tedio de tantos seres distintos y contradictorios, obligados a convivir como las infinitas especies del arca diluviana.

Cerca de las doce cesó Ojeda en sus paseos. Deseaba bajar a la penúltima cubierta sin ser advertido. A estas horas podía llamar la atención verle en las profundidades del buque, a él, que tenía su camarote en el mismo piso del comedor. Las recomendaciones de Isidro le hicieron pensar con cierta inquietud en los jóvenes de la banda. Parecía disuelta esta noche al faltarle la presencia de la señorita Kasper, que era en ella el eje central, el polo de atracción. Algunos de sus individuos estaban diseminados en las mesas del fumadero, siguiendo las partidas de poker. Dos marchaban por la cubierta, y a Fernando le llamó la atención la frecuencia de sus encuentros, como si no le perdiesen de vista.

Aprovechó un momento en que estaba desierto el paseo para deslizarse por una escalera. Bajó dos pisos sin encontrar a nadie. Luego avanzó por un pasadizo, de puntillas sobre la tupida alfombra roja con grandes redondeles, en cuyo centro se ostentaba el nombre del buque. De algunas puertas surgían furiosos ronquidos. Creyó que sonaban detrás de él leves roces, como si alguien le siguiese. Se imaginó ver unas cabezas que le atisbaban asomadas a una esquina del corredor y que de pronto se ocultaron. Pero ya no podía retroceder, y siguió adelante, mirando los números de los camarotes.

La puerta estaba entreabierta, y antes de que él llegase se marcó en su estrecho rectángulo de luz la arrogante figura de Nélida. Iba vestida simplemente con un kimono azul, el mismo que Fernando le había visto comprar en Tenerife. Unos brazos blancos y fuertes, completamente desnudos y que esparcían un perfume de carne fresca recién lavada, salieron al encuentro de él, agarrándose a su pecho como tentáculos irresistibles.

—¡Entra, tonto!—ordenó imperiosamente con voz enronquecida al notar su vacilación—. Ésos andan por ahí… pero no importa. ¡Entra, no pierdas tiempo!

Y tiró de él rudamente, lo mismo que en las callejuelas de muchos puertos tiran de la marinería ebria brazos desnudos con adornos de latón surgiendo de ciertas casas.

Poco después de la salida del sol, despertó Ojeda en su lecho. Sonaba la música en el inmediato corredor, junto a la puerta del camarote. «Hoy es domingo», pensó, en la torpeza del despertar. Pero una extrañeza repentina disipó las últimas brumas de su sueño. Hizo un rápido cálculo de días. No, no era domingo. Además, la música sonaba alegremente una especie de diana de caballería que no podía confundirse con el solemne coral luterano. A continuación de esta diana, una polca saltona con locas cabriolas de clarinete, y luego se retiraron los músicos. «Debe ser una alborada en honor de alguno de los alemanes vecinos míos. Cualquiera diría que era para mí.» Y Ojeda volvió a dormirse.

Dos horas después, mientras se vestía, quiso saber el motivo de esta música, preguntando al camarero que entraba con un jarro de agua caliente. El steward contestó rehuyendo sus ojos. Era un obsequio al pasajero de al lado, un alemán que pasaba las noches jugando en el café hasta que apagaban las luces. Sin duda, los amigos le habían dedicado esta alborada por ser su cumpleaños. Y vagó bajo su recortado bigote una sonrisa de servidor discreto que piensa en la hora de la propina y miente por no molestar al señor.

Arriba, en el paseo, el primero que le salió al encuentro fue Maltrana.

—¿Ha oído usted la música?—preguntó con cierto misterio.

Ojeda quiso mostrar que estaba bien enterado. Sí; era en honor de un vecino suyo que celebraba su cumpleaños.

—No, Fernando; la música era para usted… Cosas de esos chicos, que están furiosos por la traición de Nélida. Una ironía pesada y roma como sus zapatos.

Había sorprendido a primera hora las conversaciones de algunos de la banda, que comentaban con orgullo lo ingenioso de su burla. Al espiar a Ojeda en la noche anterior y enterarse de su buena suerte, habían tenido un conciliábulo en el fumadero, despertando después al jefe de la música para encargarle esta alborada. Era una felicitación que le dirigían los antiguos amigos de Nélida.

En el primer momento tuvo Fernando un arrebato de cólera. ¡A él con musiquitas!… Sentía deseos de insultar a todos aquellos jóvenes, con la temeridad que comunica a todo hombre un amor nuevo. Pero Isidro rio de su indignación. ¿Qué había de malo en aquello?… Podían seguir dedicándole obsequios de tal clase, si era su gusto, mientras él continuaba tranquilamente en el goce de su buena aventura. Con música, ciertas cosas resultan mejor… Y Fernando acabó por reír igualmente de una broma torpe que ridiculizaba a sus autores.

Maltrana le habló luego de Nélida. Debía sentir impaciencia por encontrarse con él. Media hora antes la había visto en el paseo mirando a todas partes, como si lo buscase. Ni siquiera había hecho sus arreglos matinales.

—Iba como si se hubiese vestido a toda prisa, y con la melena alborotada. Debe haber vuelto a su camarote para adecentarse un poco. Tiene hambre de verle. Pero ¿qué diabólico secreto es el suyo, Ojeda, para obtener tales éxitos? Debía comunicarlo a los amigos…

La proximidad de Nélida le hizo callar. Venía ahora la joven muy distinta de como la había visto Isidro poco tiempo antes. Sus crenchas cortas aparecían rizadas; acababa de vestirse un traje nuevo; se movía con menudos pasos empinada sobre altos tacones; adivinábase en toda ella una preocupación por embellecerse y agradar. Su rostro, bajo una capa reciente de polvos, parecía alargado, con leves oquedades en las mejillas, rastros sin duda de emociones debilitantes. Un círculo de sombra orlaba sus ojos, agrandándolos.

Cuando tomó la mano de Fernando la retuvo largo rato, mientras fijaba en él una mirada interrogante… ¿Contento? Él sonrió con la gratitud de un buen recuerdo, satisfecho a la vez de esta ansiedad de la joven por conocer el estado de su ánimo.

Adivinando Isidro lo inoportuno de su presencia, alejóse sin despedirse de ellos. Nélida, al verse sola, se aproximó más a su amante con un impulso de entusiasmo.

—¡Mi rey! ¡Mi dios!… ¡Mi… hombre!

Y faltó poco para que lo besase en plena cubierta. Él se dejaba adorar con un orgullo de varón satisfecho de su persona. Acordábase de Mrs. Power, comparándola con Nélida. Ésta, al menos, conocía la gratitud…

Pasearon juntos con imperturbable tranquilidad. Ella mostraba un visible deseo de espantar a las gentes con su atrevimiento, de enterar a todos de esta nueva aventura, que parecía enorgullecerla. Pasaron ante «el banco de los pingüinos» y ante sus vecinas «las potencias hostiles», con repentino malestar de Ojeda, que deseaba retroceder, pero no se atrevía a decirlo. Afortunadamente, a aquella hora sólo había unas pocas señoras, que fingieron no verles, y luego, a sus espaldas, se miraron con el ceño fruncido y moviendo la cabeza. «¡Qué escándalo!…»

Luego pasaron ante Isidro, que hablaba con Zurita de espaldas al mar. El doctor los siguió con un gesto de cómica admiración.

—Compañero, ¡y qué valiente es su paisano! Cada día con una… ¡y a su edad! Porque él no es ningún mocito… ¡Ah, gallego tigre!…

En las inmediaciones del fumadero estaban sentados unos cuantos de la banda, y al verles venir cambiaron miradas y toses. Ojeda se irguió arrogante, cual si presintiera un peligro. Pasó mirándolos con ojos de provocación, pero todos parecieron ocupados de pronto en importantes reflexiones que les hacían bajar la frente, y no se fijaron en él. Nélida, con un ligero temblor, mezcla de miedo y de placer, se agarraba convulsivamente a su brazo.

Fernando sonrió: mejor era así. ¡Si alguien hubiese osado la menor burla!… Y ella le escuchaba con asombro y satisfacción. ¿Habría sido capaz de pelearse por ella?… ¿Lo mismo que en las novelas o en el teatro?

Y como él contestase afirmativamente, sin jactancia, con sencillez, Nélida casi le saltó al cuello.

—¡Mi rey!… ¡Mi hombre!… ¡Lástima que estemos aquí! ¡Ay, qué beso te pierdes!

Encontráronse con el señor Kasper, que los acogió con toda la bondad de su rostro patriarcal. «Papá… papá.» Su hija le besaba las barbas venerables, insistiendo en esta caricia con un runruneo de gata amorosa. El padre miró a Fernando con ojos dulces y protectores, como si un presentimiento le hiciese adivinar la realidad y lo considerase ya de la familia. El señor Kasper, que hasta entonces sólo había cambiado con Ojeda algunas palabras de cortesía, le habló con familiar confianza, haciendo elogios de su niña. «¡Esta Nélida!… Algo traviesa. No quiere obedecer a mamá… Pero es un ángel, un verdadero ángel.» Y acariciaba sus cortos cabellos con una mano temblona de emoción.

Se habían sentado en un banco, colocándose ella entre los dos. ¡Qué felicidad!… Su padre a un lado, y al otro su hombre. Así deseaba quedar para siempre, mirándose en los ojos de Fernando, oyendo la voz del señor Kasper, una voz de predicador evangélico, que, a impulsos de la costumbre, pasó de los afectos de familia a hablar de negocios.

Daba consejos a Ojeda, demostrando gran interés por su porvenir. Bastaba que fuese amigo de la niña para que él considerase sus asuntos como propios. Debía proceder con mucha cautela en el Nuevo Mundo. Los negocios buenos eran abundantes, pero también las gentes sin conciencia que estaban a la espera de los recién llegados para abusar de su ignorancia. Él sabía que Fernando llevaba capitales para emprender allá algo importante. Maltrana le había hablado de esto. Y por afecto nada más, le ofrecía la ayuda de sus conocimientos para cuando llegasen a Buenos Aires… Porque él esperaba que su amistad no se limitaría a un simple conocimiento de viaje: tenía la esperanza de que en tierra aún serían más amigos.

—¡Quién sabe, señor, si llegaremos a hacer algo juntos! Yo tengo allá…

Y comenzó la exposición de una de las muchas empresas que, según él, le habían arrancado de su tranquilo retiro de Europa, no porque necesitase trabajar, sino porque era lastimoso permitir que se perdiesen negocios tan estupendos.

Nélida, casi de espaldas a su padre, no dejaba que Fernando le oyese con atención. Fijos sus ojos en los de él, buscaba al mismo tiempo una de sus manos, y llevándola detrás de su talle, la oprimía con invisibles apretones. A ella no le interesaban los negocios; podía hablar papá con su voz reposada y musical todo lo que quisiera: no le oía; a ella sólo le interesaba lo suyo. Y movió los labios sin emitir la voz, indicando con marcadas contracciones el mudo silabeo. Ojeda la entendió.

—¡Dueño mío!… ¡Mi dios!… ¡Te amo!

La mano oculta apoyaba estas palabras con fuertes estrujamientos.

Un amigo de Kasper vino a sacarle de la infructuosa predicación, libertando a sus distraídos oyentes. Le esperaban en el fumadero para empezar la partida matinal de poker.

—Hasta luego, señor. Los amigos me reclaman. Tiempo nos queda para hablar de estas cosas.

Y sonrió por última vez a Ojeda, como si contemplase en él un socio futuro de las grandes empresas ofrecidas generosamente.

Al verse libres los dos amantes de su verbosidad serena e inagotable, huyeron del banco, continuando el paseo. Hablaban de subir a la cubierta de los botes, cuando una voz los detuvo sonando a sus espaldas. «Nélida… Nélida…» Ahora era la madre la que salía a su encuentro para hacerla varias recomendaciones sin importancia. Fernando adivinó un pretexto para aproximarse a él. «¡Buen día, señor!» Sus ojos brillantes y húmedos de llama andino acompañaron el saludo con una mirada de atracción. Y sin saber cómo, se vio Ojeda otra vez formando parte de la familia Kasper bajo las miradas protectoras de la mestiza.

Se apoyaron en una barandilla frente al mar. Nélida mostrábase inquieta y displiciente, como si para ella fuese un tormento permanecer al lado de su madre. Por detrás de la cabeza de ésta hacía señas a Fernando; le hablaba con el movimiento silencioso de sus labios. «Vámonos: déjala.» Pero él no podía obedecer, retenido por las palabras amables y las miradas de la señora, que se enfrascaba en un elogio de las cualidades de su hija.

—Es un poco loquilla y no hace caso del «qué dirán» de las gentes. Pero aparte de esto, muy hacendosa, ¿sabe, señor?… Y el día de mañana, cuando se case y siente la cabeza, será una excelente madre de familia. Crea que el marido que se la lleve no se arrepentirá.

Y miró a Fernando con ojos interrogantes, cual si le ofreciese esta dicha perpetua esperando ver en su rostro una sonrisa de agradecimiento.

Nélida, a espaldas de ella, continuaba su mímica. Estos elogios a sus facultades de dueña de casa y el deseo de verla madre de familia la hacían encogerse de hombros y contraer el rostro con gestos de repugnancia. «Vámonos—siguió diciendo mudamente—. No la oigas más.»

La madre los dejó en libertad, adivinando de pronto lo inoportuno de su presencia.

—Sigan ustedes su paseo. Las viejas estorbamos siempre a los jóvenes.

Dijo esto con un aire de madre benévola y cariñosa, como si bendijese con los ojos la unión que veía en lontananza.

Al alejarse, Nélida intentó excusarla, avergonzada de sus expansiones maternales.

—No hagas caso. Es una señora a la antigua; una india. Todo lo arregla con matrimonio: todos sus pensamientos van a parar a lo mismo. Apenas me ve con un hombre, cree que debo casarme con él… Casarse, ¡qué vulgaridad! ¡qué grosería!… ¿Quién piensa en eso?…

Y su protesta contra el matrimonio era realmente ingenua, como si le propusiesen algo que le inspiraba escándalo y horror.

El único de la familia que se mantuvo lejos de ellos en toda la mañana fue el hermano. Ojeda le era antipático: prefería a los de la banda. Su seriedad y sus años le inspiraban respeto. Además, tenía la convicción de que aquel señor jamás le convidaría a champán y cigarros, como los otros. Por esto, a pesar del ejemplo de sus padres, se mantuvo apartado del intruso que venía de repente a perturbar su vida.

Después del almuerzo, cuando Fernando tomaba café con Maltrana en el jardín de invierno, pasó Mrs. Power, saludándolo con un ligero movimiento de cabeza, sin la más leve emoción. Ojeda la miró también con indiferencia. Su figura arrogante apenas despertaba en él una remota vibración. Era como un libro olvidado que se encuentra de pronto y evoca la memoria de una lectura que produjo deleite, pero cuyo texto apenas puede recordarse.

Vio ascender luego por la escalinata a Mina llevando al pequeño Karl de la mano. El niño le miró, extrañándose de que no fuese hacia ellos lo mismo que antes. Pero la madre siguió su camino tirando de él, sin volver la cabeza, con la mirada perdida para no tropezarse con los ojos de Fernando. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa: rubor de timidez, de arrepentimiento, de malos recuerdos.

La noticia de su amistad con la señorita Kasper había circulado por el buque con la rapidez que una vida ociosa y murmuradora comunicaba a todos las informaciones. Además, ella exhibía con orgullo su nueva conquista, y tal alarde tranquilizaba a Mrs. Power, que veía borrarse con él definitivamente todos los recuerdos. También alejaba a Mina, temerosa de la insolencia de Nélida. Unas cuantas horas de atrevida exhibición habían bastado para librar a Fernando de sus amoríos anteriores. La muchacha establecía el vacío en torno de ella. Todas las mujeres parecían temer la impetuosidad de este hermoso animal humano exhuberante de fuerza y juventud.

No tardó Ojeda en verla aparecer. Había hecho poco antes una rápida aparición en el jardín de invierno, pero huyó al notar que su titulado pariente el alemán y el barón belga ocupaban la misma mesa de sus padres, con un visible deseo de aproximarse a ella. Después de breve eclipse asomó el rostro a una ventana inmediata al lugar donde estaban Fernando y su amigo. El mudo movimiento de sus labios fue para aquél un lenguaje claro. «Ven…» Y al salir la encontró en la curva del paseo que él llamaba «el rincón de los besos».

Nélida le hablaba con una expresión autoritaria. Él era su dueño… su dios; pero debía obedecerla en todo. Aproximábase la hora de la siesta. En el jardín de invierno se abrían muchas bocas con bostezos de pereza. Las gentes deslizábanse discretamente hacia sus camarotes. Sonaban ronquidos en las sillas largas del paseo. Los duros varones, insensibles al voluptuoso aniquilamiento tropical, dirigíanse hacia la popa en busca de las tertulias del fumadero para reanimar su actividad. Sentíanse repelidos por el silencio y la calma que lentamente se iban esparciendo por la cubierta del buque, como si ésta fuese un claustro de convento a la hora de la siesta.

—Baja, dueño mío, ¿me oyes?… No tienes más que arañar la puerta. Yo abriré inmediatamente.

Le miraba con sus ojos enormes y ávidos, que parecían querer devorarle. La punta de su lengua asomaba como un pétalo de rosa entre los labios súbitamente abrasados. Arremolinadas por la brisa, aleteaban en torno de su frente las cortas melenas, dando a su cara un aspecto diablesco.

Ojeda experimentó cierto asombro. ¡Bajar al camarote!… ¡Tan pronto! Empezaba a inspirarle miedo esta lozanía esplendorosa y audaz de insaciables deseos. Pero tuvo buen cuidado de disimular su inquietud por orgullo sexual. «Dentro de media hora—repitió ella—. Mi dios… ya lo sabes.» Muy bien; no faltaría. Y ella se fue con la satisfacción de que dejaba a sus espaldas un hombre feliz.

Bajó Fernando con las mismas precauciones de la noche anterior, pero esta vez no pudo notar detrás de sus pasos el atisbo del espionaje. Y cuando llevaba mucho tiempo en el camarote de Nélida sobrevino la más penosa de sus aventuras de a bordo: una escena ridícula, de la que se acordaba luego con cierto malestar, temiendo que el burlón Maltrana llegase a enterarse de ella alguna vez.

Golpes repetidos en la puerta, y la voz gangosa del hermano de Nélida, una voz que balbuceaba más que de costumbre por el temblor de la cólera: «¡Abre… abre!». Empujaba la puerta como si quisiera echarla abajo. Por un resto de prudencia habló a través del ojo de la cerradura: «Abre: tienes un hombre en la “cabina”… Se lo voy a decir a papá».

Nélida no se inmutó, como si estuviese habituada a tales escenas. Su cólera fue más grande que su miedo. Mascullaba palabras de furia contra el hermano imbécil. ¿Y no habría una buena alma que lo matase, para quedar ella tranquila?… Adivinó que eran sus antiguos amigos los que por despecho enviaban al hermano delator, luego de revelarle la presencia de Ojeda en el camarote.

—Métete ahí—ordenó imperiosamente, mientras reparaba el desorden de sus ropas ligeras.

Vacilaba él, no pudiendo adivinar el lugar señalado. ¿Dónde quería que se escondiese en aquella pieza tan pequeña?… Pero la muchacha le empujó rudamente, mientras seguían los repiqueteos en la puerta y las voces temblonas y amenazantes.

El doctor Ojeda, como lo llamaban para mayor honor mullos pasajeros, tuvo que agacharse y doblarse a impulsos de Nélida, y acabó por introducir su respetable personalidad debajo de un diván de exigua altura. Luego la joven colocó ante él, formando barricada, una maleta, un saco de ropa sucia y una gran caja de sombreros.

Fernando creyó morir entre la alfombra y los muelles del diván incrustados en su espalda. El calor era sofocante en este encierro, lejos del ventilador y de la brisa que entraba por el tragaluz. Apenas quedó acoplado en tal in pace, sintió que le dolían todas las articulaciones y que su pecho se aplastaba contra el entarimado como si fuese a romperse. Una cólera homicida se apoderó de él. ¡Ah, no! ¡No seguiría allí! Esto sólo podían resistirlo aquellos muchachos de la banda, a los que indudablemente habría escondido ella otras veces de igual modo. Iba a salir, aunque tuviese que matar al imbécil.

Pero no fue necesario. ¡Bueno estaba poniendo Nélida al hermanito!… Al abrir la puerta, lo agarró de un brazo, haciéndolo entrar a empellones. ¡Hasta cuándo se proponía molestarla con sus necedades!… Estaba en lo mejor de su sueño y venía a interrumpírselo con sus historias disparatadas. «Mira bien, zonzo… Abre los ojos, animal… ¿Dónde está el hombre, idiota?…» Y lo zarandeaba, iracunda, mientras el muchacho abría desmesuradamente sus ojos mirando a todos lados, y especialmente al vacío debajo de la cama, como si sólo allí pudiera ocultarse un intruso.

La convicción de su derrota le hizo bajar la cabeza tristemente. Los amigos se habían burlado de él: era una broma de las suyas. Y cuando, confesándose vencido, quiso ganar la puerta, su buena hermana no le dejó partir con tanta facilidad. Primeramente, al abandonar su brazo, le soltó dos buenos pellizcos retorcidos, y luego, junto a la salida, una bofetada sonora: «Para que me molestes otra vez». Quiso el muchacho devolver en igual forma este saludo de despedida, pero al bajar la mano sólo encontró la puerta que se cerraba de golpe y casi le aplastó los dedos.

Nélida deshizo con presteza la barricada de objetos, y otra vez salió a luz el doctor Ojeda, pero despeinado, sudoroso, con la faz congestionada, parpadeando cual si no pudiese resistir la luz.

Ella rio al verle en esta facha, al mismo tiempo que arreglaba amorosamente el desorden de su traje y le sacudía el polvo del encierro.

—¡Mi hombre!… ¡Mi dios! ¡Tan desgraciadito que me lo han de ver!… Él, tan buen mozo, metido en ese escondrijo… ¡Y todo por mí!

Fernando tuvo una mala sonrisa.

—Los otros eran más pequeños, ¿verdad?… Podían ocultarse mejor.

Se arrojó Nélida con ímpetu sobre él con los brazos abiertos.

—No digas eso, viejo mío… no lo repitas. ¡Por Dios te lo pido! Me hace mucho daño.

Y lo besaba con furia, lo aturdía con sus caricias, para disipar el mal recuerdo y recompensar al mismo tiempo la molestia reciente.

Hizo responsable a su hermano de esta cólera de Ojeda, evocadora de malos recuerdos. Aquel imbécil sólo había nacido para hacerle daño. Y esto la llevó a hablar del otro hermano, «el gaucho», como ella le llamaba, que vivía en la Argentina, y era el único hombre capaz de inspirarla miedo. La amenazaba el hermano menor frecuentemente con revelar al otro todas las aventuras de Berlín y las travesuras del viaje apenas hubiesen llegado a Buenos Aires. ¡Y «el gaucho» era temible! Ella sabía desde mucho tiempo antes cuál era la venganza con que intentaba castigarla.

—Pero no hablemos de esto, mi hombre. Di que no me guardas rencor por lo de mi hermano… Repite que me quieres como siempre.

Rencor no podía sentirlo Ojeda; era incompatible con el agradecimiento que le inspiraba esta mujer después del regalo de su belleza hecho liberalmente. Pero en la hora que todavía pasó allí, le fue imposible desechar el mal recuerdo del escondrijo y la torturante posición que había sufrido en él… No volvería al camarote de Nélida. Sentíase sin fuerzas para arrostrar una nueva sorpresa, desafiando el ridículo, considerado por él como el más temible de los peligros.

Ella asintió. Se verían en el camarote de Fernando; lo había pensado aquella misma tarde, pero esperaba la proposición. Tenía deseos de visitarlo. Era indudablemente mejor que el suyo: un camarote en la cubierta de lujo y con ventana grande en vez de tragaluz redondo de los de abajo.

—Convenido: esta noche iré, después de las doce. Deja abierta la puerta.

Esta vez Ojeda dio a entender claramente su contrariedad. Aquella muchacha no aguardaba invitaciones: se convidaba a sí misma, sin consultar el humor y los recursos del dueño de la casa. Nélida le miró con ojos suplicantes. «¿No quieres que vaya?…» Si era por miedo a que la sorprendiesen, no debía tener cuidado. Sabría deslizarse sin que nadie la viese. Podía caminar de noche por todo el buque lo mismo que un fantasma, sin huella ni ruido.

Fernando no se atrevió a sacarla de su error. Sentía además cierto orgullo en arrostrar de nuevo el sacrificio tantas veces repetido. «Ven; te esperaré.» Y después de esto procedieron a la minuciosa empresa de abandonar el camarote sin que los enemigos pudiesen sorprender su salida.

Ella fue la primera en avanzar por el pasadizo, explorando sus ángulos y recovecos. Luego silbó suavemente, como un ojeador que indica el sendero, y Fernando abandonó el camarote apresuradamente, seguido en su fuga por los besos que le enviaba Nélida con las puntas de los dedos.

Más que el miedo a ser sorprendido, le había molestado lo ridículo de esta situación. ¡Qué cosas llegaba a hacer un hombre serio influenciado por aquella vida de a bordo, que retrogradaba las gentes a la niñez!… El miedo al ridículo despertó su conciencia por una acción refleja, haciéndole ver la imagen de Teri que le contemplaba con ojos crueles y un rictus desesperado…

Pero no había que pensar en esto. Ya purificaría su alma cuando estuviese en tierra. Por el momento, su abyección resultaba irremediable, y cada vez iría en aumento mientras no abandonase este ambiente. Era esclavo del «gran tentador» de que hablaba Isidro. Sólo le faltaba arrastrarse como los impuros de las leyendas convertidos en bestias.

Durante la comida, el astuto Maltrana, que parecía adivinar sus pensamientos más recónditos, le abrumó con muestras de interés formuladas inocentemente.

—Tiene usted mala cara, Fernando. ¡Ni que hubiese visto ánimas durante la siesta!… ¡Qué color! ¡qué ojeras!… Coma mucho; la navegación es larga, y usted necesita tomar fuerzas.

Pero al ver que Ojeda se molestaba por estas amabilidades, adivinando su malicia, abandonó todo disimulo, añadiendo con admiración:

—Compañero: le envidio y le tengo lástima. Es usted un valiente, ¡pero lo que se ha echado encima!… Antes del término del viaje deseará llegar a tierra, lo mismo que un náufrago que se ahoga.

La comida de esta noche era con banderas y guirnaldas. En el fondo del comedor brillaban unos transparentes iluminados con dos inscripciones en francés y alemán: Au revoir! Auf Wiedersehen! Era el banquete de adiós a los viajeros: una comida igual a todas, pero con un discurso del comandante y otro del «doktor», que en nombre de los alemanes y extranjeros agradeció, con lenta fraseología semejante a un crujido de maderas, las grandes bondades que aquél había tenido con el pasaje. Cuando la doctoresca lucubración llegó a su término, la gente, puesta de pie con la copa en la mano, lanzó los tres ¡hoch! de costumbre, mientras la música atacaba la marcha de Lohengrin.

—No llegamos a Río Janeiro hasta pasado mañana—dijo Isidro, siempre bien enterado de la marcha del viaje—. Pero la despedida ha sido hoy, para que la gente que se queda en el Brasil pueda dedicar el día de mañana al arreglo y cierre de equipajes. Esta noche es la última de gran ceremonia, y las señoras van a guardar sus vestidos y joyas. La etiqueta del Océano sólo existe entre Lisboa y Río Janeiro. En los dos extremos del viaje se puede bajar al comedor con la indumentaria que uno quiera. El protocolo neptunesco no se ofende por ello.

Luego de la comida iba a efectuarse en el salón el reparto de premios a los triunfadores en los juegos olímpicos y a las señoritas que se habían presentado con mejores disfraces en la fiesta del paso de la línea. Después de esta ceremonia empezaría el concierto, para el cual venían haciéndose tantos preparativos desde una semana antes.

Maltrana hablaba de esta fiesta con orgullo, presentándose como su principal organizador. Había vigilado los ensayos durante varios días, yendo del piano del salón, junto al cual probaba su voz Mrs. Lowe con toda la autoridad que le confería su estatura de dos metros, al piano del comedor de los niños, donde la señora viuda de Moruzaga hacía memoria de sus habilidades de soltera acompañando con un trémolo dramático los versos franceses recitados por una de sus hijas. Además, unas niñas brasileñas se preparaban para tocar a cuatro manos una sinfonía; las artistas de opereta contribuirían con varias romanzas; uno de los norteamericanos pensaba disfrazarse de negro para rugir su música con acompañamiento de ruidosos zapateados; y hasta fraulein Conchita, cediendo a los ruegos de varias señoras entusiastas de las cosas de España, había accedido a ponerse de mantilla blanca, cantando con su hilillo de voz algunas canciones de la tierra. El maestro Eichelberger, gran pianista, improvisaría para ella un acompañamiento. Y si lo reclamaba el público, la muchacha se atrevería a bailar cierto «garrotín» de exportación aprendido en una academia de Madrid de las que preparan «estrellas danzantes» para el extranjero.

—Pero con recato y decencia, niña—había aconsejado Maltrana—. Comprímete aquí: échale agua a tu baile. Cuando llegues a tierra podrás lucirlo por entero.

Satisfecho de sus gestiones como organizador, hablaba de otros artistas, talentos ignorados que había sabido descubrir entre la masa de los pasajeros. Y terminaba por declarar modestamente que él también «aportaría su concurso» inaugurando el concierto con un discursito en honor de las señoras, hermosa pieza de oratoria meliflua que llevaba aprendida de memoria y seguramente iba a afirmar su prestigio ante las nobles matronas.

—De ésta—declaró—desbanca Maltranita al abate de las conferencias. Usted lo verá, Ojeda.

No; Fernando no pensaba verlo. Sentíase sin energía para arrostrar el tormento de tanto y tanto canto de aficionado en el estrecho salón, entre un público abaniqueante y sudoroso. Prefería dar un paseo por la parte alta del buque, contemplando el espectáculo de la noche.

Así lo hizo. Pero al circular por las dos últimas cubiertas volvía siempre a las inmediaciones del salón, confundiéndose con el público menudo de criadas y niños que miraba por las ventanas. Antes de principiar la velada, Nélida se había aproximado a él, con su vestido escotado color de sangre. Tenía que asistir a la fiesta con toda su familia: ¡un verdadero tormento! pero esperaba que Fernando ocuparía una silla cerca de ella. Y al saber que no entraba en el salón, casi lloró de contrariedad. «Al menos no te vayas lejos; asómate de vez en cuando. Que yo te vea; que yo sepa que estás cerca de mí…» Durante el concierto, los ojos de ella fueron de ventana a ventana, y al reconocer entre las cabezas del público exterior la cara de Fernando, enviábale por encima de su abanico sonrisas acariciadoras, besos apenas marcados con un leve avance de los labios, guiños malignos que comentaban la marcha del concierto y los errores de los ejecutantes.

De este modo vio Ojeda cómo se movía su amigo en el salón con aire de autoridad, cual si fuese el héroe de aquella fiesta, abriéndose paso entre las sillas para ir en busca de las artistas, inclinándose ante ellas con su «saludo de tacones rojos», dándolas el brazo para conducirlas al estrado y quedándose junto a la pianista o la cantante, al cuidado de sus papeles, e iniciando las salvas de aplausos.

Era su noche. El discursito cuidadosamente preparado había obtenido un éxito enorme. Las miradas de todas las señoras que podían comprenderle iban hacia él con admiración y gratitud. «¡Qué monada el tal Maltranita!… ¡Qué hombre tan dije!… ¡Qué habilidoso!…» Y él aceptaba con modestia estos elogios formulados por las damas según los términos admirativos de cada país. En su declamación dulzona las había abarcado a todas, jóvenes y viejas, alcanzando sus elogios hasta a las sotanas que figuraban entre ellas, lo que le dio motivo para ensalzar la religión, representada allí por sacerdotes de todo el latinismo. El obispo italiano dilataba su cara con un gesto de contento infantil; el abate francés sonreía inquieto, como si viese nacer un temible rival; don José agradecía la alusión, admirándolo con patriótico orgullo. «¡Qué don Isidro tan vivo!… ¡Si yo tuviese su labia para las señoras!»

Al terminar el concierto, la gente se esparció por la cubierta, ansiosa de respirar aire libre. Era cerca de media noche. Las niñas se quejaban del calor, intentando con este pretexto desobedecer a las madres, que proponían un descenso inmediato al camarote. Los pasajeros más corteses iban saludando a las señoras que habían intervenido en el concierto, sonando en su coro de alabanzas los más estupendos embustes. Todas ellas aceptaban sin pestañear la afirmación de que en caso de pobreza podían ganarse la vida con su talento musical. Mrs. Lowe, escoltada por su marido, que llevaba bajo el brazo un rimero de partituras, acogía estos elogios con foscas contracciones de su rostro caballuno. Sentíase ofendida por la falta de gusto de los oyentes: sólo la habían hecho repetir su canto dos veces, cuando ella traía ensayadas una docena de romanzas. El público se lo perdía.

Un grupo de señores viejos acosaba a Conchita con sus felicitaciones. Algunos, prudentes y calmosos hasta entonces, parecían agitados por un cosquilleo eléctrico. Muy bonitas las canciones, aunque ellos no habían entendido gran cosa… ¡pero el baile! ¡aquella danza serpenteante, con unos brazos que parecían hablar!… Doña Zobeida sonreía, contenta del triunfo de «esta buena señorita», haciendo confidente de sus entusiasmos a don José el clérigo, que la escoltaba igualmente con toda la autoridad de su sotana.

—Pero ¿ha visto qué lindura, padrecito?… Nuestra niña es la que ha gustado más a los señores… Ya lo decía mi finado el doctor, que sabía de esto como de todo. Para bailar con gracia, las españolas.

Y perdiendo su timidez, ella misma presentaba a Conchita de grupo en grupo, aceptando como algo propio los requiebros interesados que los hombres dirigían a la bailarina.

Maltrana no se mostraba menos ufano por su triunfo oratorio. Al encontrarse con Fernando tuvo el gesto petulante de un cómico que sale de la escena… ¿Le había visto? ¿Qué opinión era la suya?…

—Yo creo que me los he metido en el bolsillo… Los amigos me miran como si fuese otro hombre. Parecen arrepentidos de haberme tratado hasta hace poco como un insignificante… Van a darme una fiesta en el fumadero: una fiesta íntima… en mi honor.

Era una despedida de los pasajeros alegres a los amigos que se quedaban en Río Janeiro; pero por el éxito reciente de Maltrana, la dedicaban también a su persona.

—Va a ser famosa—continuó Isidro con entusiasmo—. Asistirán señoras, muchas señoras; todas las coristas de la opereta, que me han oído desde puertas y ventanas sin entenderme seguramente, pero ahora me contemplan con respeto y cuando paso junto a ellas murmuran algo que debe ser de admiración… Venga usted con nosotros.

Fernando se excusó: pensaba retirarse inmediatamente a su camarote. Maltrana frunció el entrecejo, como si recordase algo molesto, y aprobó su resolución. Hacía bien. Aquella fiesta era igualmente para despedir al barón belga y a otros amigos suyos que se quedaban en el Brasil. En el aturdimiento de su gloria había olvidado que los de la banda estaban furiosos contra Ojeda, y a última hora, con la insolencia que da el vino, eran capaces de provocar una escena violenta.

—Hasta mañana; le contaré lo que ocurra… No tema que esta noche vaya, como las otras, a golpear el camarote misterioso. Eso se acabó… Por cierto que el hombre lúgubre no se ha dejado ver en todo el día. Debe estar temblando con la idea de que pasado mañana llegamos a Río. Verá usted cómo lo primero que se presenta en el buque es la policía para echarle esposas en las manos… Yo no me equivoco.

Al entrar Fernando en su camarote experimentó una gran sorpresa viendo el retrato de Teri… Luego se avergonzó de la inconsciencia en que vivía, semejante a la del ebrio que recuerda los propios asuntos cual si fuesen de otra persona. Los hechos anteriores a su embarque eran para él como sucesos de una existencia distinta, ocurridos en otro planeta, y de los que sólo guardaba ya una débil memoria. Vivía ahora en un mundo nuevo, reducido, aislado, que iba vagando por el infinito azul, y sólo le interesaban las inmediatas necesidades de su existencia oceánica…

Nélida iba a llegar: ¡y quién sabe con qué comentarios de juventud insolente y triunfadora saludaría la belleza de Teri, de un esplendor melancólico, fino y suave, como el de las primeras mañanas de otoño!…

Para evitar un sacrilegio llevó sus manos al retrato, ocultándolo entre las ropas del armario. Al hacer esto tembló con una inquietud supersticiosa. Temía que un poder inexorable y oculto que él no legaba a definir con claridad le castigase por su cobardía… Tal vez perdiera a Teri para siempre, después de haber osado ocultar su imagen. ¡En amor hay tantas afinidades misteriosas, tantos choques inexplicables a través del tiempo y la distancia!… Pero estas preocupaciones de hombre imaginativo, trastornado por una vida de encierro, duraron muy poco. Un ruido de pasos en el inmediato corredor le hizo volver al presente. Era un vecino que se retiraba. Nélida no tardaría en presentarse, y era ridículo que él la recibiese vistiendo aún el smoking de la comida.

Luego de desnudarse se cubrió con un pijama, tomó un libro, y esperó leyendo y fumando. El interés de la lectura se apoderó de él al poco rato. Nélida, con toda su gentileza, carecía del encanto de este libro: la novedad.

Transcurrió mucho tiempo, y cuando empezaba a dudar de que ella viniese, percibió un leve ruido en el inmediato corredor; menos que un ruido: un roce, las ondulaciones del aire por el desplazamiento de un cuerpo silencioso. Era ella que avanzaba cautelosamente.

No experimentó sorpresa al ver cómo giraba la puerta del camarote sin que apareciese alguien en el espacio recién abierto. Luego, Nélida entró de golpe, o más bien, saltó, con la alegría de un gimnasta que llega al final de una carrera de obstáculos. Sacudía en torno de la frente el manojo de sierpes de su cabellera; dejaba flotante sobre su cuerpo el sutil kimono, que había llevado recogido hasta entonces, como si quisiera replegarse, disminuirse en su marcha silenciosa.

—¡Cú… cú!—dijo al entrar, con risa triunfante—. ¡Aquí me tienes!

Se arrojó en brazos de Fernando con cierta emoción, como si éste fuese su primer abandono; luego se apartó rudamente, a impulsos de su movilidad caprichosa. Encendió todas las luces del camarote para examinarlo mejor. Tocaba los libros apilados en el diván, en la mesita y hasta en el lavabo; revolvía los papeles; mostraba una curiosidad infantil ante los objetos de tocador y las ropas de Ojeda. Su deseo de verlo todo adquirió un carácter alarmante.

—Tú debes tener retratos, cartas de amor. ¡A saber lo que traes de Europa guardado en tus maletas!… Enséñame tus conquistas, viejo mío. Muéstramelas… para que me ría.

Luego admiró el camarote. Era más grande que el suyo; el techo más alto, y sobre todo, en vez del tragaluz redondo, tenía ventana, una verdadera ventana como las de las construcciones terrestres. Saltó sobre el diván para sentarse en el alféizar de ella, sacando parte de su cuerpo fuera del buque. Un grato escalofrío hizo temblar su espalda: estremecimiento de frescura por el viento que levantaba el buque en su marcha y que corría sobre su piel, hinchando la tela del suelto kimono; estremecimiento de miedo al verse suspendida en el vacío y la noche, bastándole un leve movimiento de retroceso para caer en el mar.

Ojeda la sostuvo, agarrando sus piernas. Con esta atolondrada podía temerse todo. Y Nélida agradeció su miedo como una manifestación de amor, acariciándole la cabeza, hundiendo sus manos en sus cabellos, alborotándolos.

—Figúrate, negro, que yo me dejase caer así… ¡Ah… ah… ah!—y al lanzar esta exclamación, se echaba atrás, obligando a Ojeda a un esfuerzo violento para retenerla—. Por pronto que se enterasen en el buque e hicieran alto, pasaría mucho tiempo. Pero tú te echarías al agua detrás de mí, ¿no es cierto, mi viejo?… Vendrías a hacerle compañía a tu nena en medio del mar, y nadaríamos juntos hasta que nos buscasen… Y si no nos buscaban, nos ahogaríamos juntos… ¡así!… ¡bien juntitos!

Con la excitación del peligro se abrazaba a él fuertemente, tirando hacia afuera, como si en realidad desease caer de la ventana arrastrando a su amante.

Éste se libró con rudeza del abrazo juguetón e imprudente. Estaban en medio del Océano, lejos de toda costa. Bastaba una leve falta de equilibrio, para que ella se desplomase en aquellas aguas negras que pasaban y pasaban junto al flanco de la nave. Sería un chapuzón en el misterio y el olvido; una caída sin esperanza. Nadie podía verla; la muerte era segura. Y aunque alguien la viese y el buque se detuviera, volviendo sobre su marcha, resultaría difícil encontrar un pequeño cuerpo flotante en esta lóbrega inmensidad que parecía de tinta.

—Nélida, ¡por Dios! baja de la ventana.

Pero ella reía de su miedo, segura al mismo tiempo de la fuerza con que la mantenían sus brazos. «¡Ah… ah… ah!» Y echaba el cuerpo atrás, en el vacío, con tal ímpetu, que Ojeda hubo de hacer grandes esfuerzos para sostenerla.

—Di que si yo cayese te echarías de cabeza para salvarme… Di que morirías por tu nena…

Aprobó Fernando todo cuanto ella quiso pedirle, y sólo así pudo conseguir que abandonase la ventana, estrechamente abrazada a él, contemplándolo con admiración.

—¿De veras que morirías por mí?… Repítelo viejito rico, que yo lo oiga… Dilo otra vez, mi negro.

La gratitud perduró en Nélida gran parte de la noche. En la obscuridad, sin más luz que el tenue fulgor sideral que entraba por la ventana, volvió a llamar a Ojeda «viejito» y «negro», dos palabras amorosas del nuevo hemisferio a las que él no había podido habituarse todavía, y que en medio de los transportes pasionales le hacían sonreír.

Cuando brilló de nuevo la electricidad estaban los dos sentados en un diván. Nélida, por un brusco cambio de su carácter tornadizo, hablaba ahora con tristeza y miedo. Contaba los días que faltaban para la llegada a Buenos Aires. ¡Cuán pocos eran!… Recordaba a su hermano mayor, el rudo estanciero, que en las últimas cartas enviadas a Berlín profería contra ella terribles amenazas, comentando las denuncias que le había dirigido el hermano pequeño.

—Y ese zonzo de seguro que apenas lleguemos le va a contar no sólo lo de Alemania, sino lo del buque; lo tuyo también. ¡Ay!, ¿qué va a ser de mí?

Ella, que en su valerosa inconsciencia no temía a nadie de los que la rodeaban, temblaba con sólo el recuerdo de este hermano, al que había podido apreciar en un breve viaje a la Argentina realizado tres años antes acompañando a su padre.

—Con él nadie bromea. Es un bárbaro… ¡Y si hablase sólo de matarme! La muerte no me da miedo; al fin, todos hemos de pasar por ella. Pero me amenaza con algo peor. Me quiere cortar la cara, me la quiere quemar con vitriolo, para que los hombres huyan de mí y yo me consuma de desesperación. ¡Qué horror!…

Temblaba sólo al pensar en este suplicio, más temible para ella que la muerte, no dudando un instante de que su hermano era capaz de cumplir tales amenazas.

Guardaba un vivo recuerdo de su gesto fosco, de su propensión a la violencia, de su mirada lúgubre. Ojeda, escuchándola, se imaginaba el tipo. Era un homicida, al que había faltado una ocasión para el desarrollo de sus facultades. ¡Interesante la familia Kasper con sus variados productos del cruzamiento razas!…

—¡Ay! Si tú me amases de verdad…—continuó ella, implorándole con sus ojos—. Tú que eres capaz de echarte al mar por mí, podías hacerme feliz con mucho menos… Di, mi viejo, ¿quieres hacer algo que yo te pida?…

Fernando, acosado por sus ruegos, prometió obedecerla. ¿Qué deseaba?… Una cosa insignificante, que expuso ella con sencillez. No quería ir a América: marchaba hacia Buenos Aires como un animal que va al degolladero. Aún estaban a tiempo los dos para ser dichosos. Bajarían en Río Janeiro, se esconderían, dejando que partiese el vapor, y tomarían pasaje en otro buque de los que volvían a Europa… ¡Ah, el hermoso Berlín! En ninguna ciudad de la tierra se vivía con más felicidad.

Casi saltó Fernando de su asiento a impulsos de la sorpresa. ¿Volver a Europa, cuando aún no había llegado al término de su viaje? Sólo podía admitir esta proposición como una broma. ¿Y sus negocios?… ¿Qué iba a hacer él en Berlín?…

Nélida se sintió ofendida por la extrañeza que mostraba su amante.

—No me quieres, bien lo veo. Todos los hombres sois lo mismo. Muchas promesas, y luego retrocedéis ante el sacrificio más pequeño… ¡Egoístas!

Se quejaba como si acabase de descubrir una gran infidelidad, ella, a la que había visto Ojeda en trato amoroso con otros hombres y que dejaba a sus espaldas, en Europa, un pasado del que iba a pedirle cuentas «el gaucho» vengador. Sólo llevaban dos días de amores, y se extrañaba de verse desobedecida, como si los hombres no tuviesen otra obligación que seguirla en todos sus caprichos y su insolente juventud fuese el centro del mundo, en torno del cual debían girar personas y sucesos.

—Me mataré—dijo con energía—. Y si no me mato, me marcharé sola. Yo te juro que no llego a aquella tierra… ¡Qué horror!

Acordábase de los meses que había pasado en Argentina tres años antes. Era un país para mujeres como su madre. Buenos Aires aún podía tolerarse; pero ellos iban a vivir en una ciudad del interior, cerca de la estancia que dirigía su hermano.

—Por toda diversión una plaza en la que toca una música algunas noches. Las niñas se pasean por un lado, como manadas de pavos, y los hombres por otro; sin hablarse, dirigiéndose miradas, lo que allá llaman afilar, y sin atreverse a un saludo. Luego, el encierro en casa todo el día… la conversación con las amigas de mamá. No: ¡primero morir! Yo necesito ir a Berlín. ¡Si tu conocieses lo hermoso que es Berlín!…

Intentaba vencer la resistencia de Ojeda con los recuerdos de aquella capital, en la que había transcurrido lo mejor de su vida. Ella no conocía París. Su padre se había negado siempre a llevar su familia a esta ciudad. Se enfurecía el señor Kasper, como un profeta bíblico, al hablar de la moderna Babilonia, urbe corrompida, inventora de malas costumbres… ¡Ay, Berlín! Tal vez las parisienses fuesen más elegantes, más finas que las otras; pero en Berlín todo era grande. Los cafés y los teatros, más enormes que los de París. Los establecimientos nocturnos copiaban los títulos de Montmartre; pero si en una sala parisién danzaban cincuenta parejas, en la de Berlín bailaban doscientas; si en una parte se destapaban diez botellas, en la otra eran cien; y si en los bulevares había batallones de mujeres sueltas, en la metrópoli germánica podían formarse cuerpos de ejército con las hembras en disponibilidad.

Todo era abultado, inmenso, colosal, en aquella urbe disciplinada; hasta la alegría y la licencia, que habían sobrevenido como resultados del triunfo. Y la mestiza de alemán y de criolla hablaba con nostalgia de la vida nocturna de Berlín, de todo lo que había conocido y gozado en su absoluta libertad de «señorita educada a la moderna».

—Tú sólo has visto aquello como viajero; además, conoces poco el idioma. No sabes lo que es la vida allá. ¡Si la conocieras!… ¡Si accedieses a venir conmigo!

Y en la inconsciencia de su entusiasmo, sin darse cuenta de la penosa impresión que causaba en Ojeda, empezó a hablarle de sus aventuras. Tema una amiga, hija de alemán y de norteamericana, cuyos padres vivían en Berlín después de haber hecho fortuna en los Estados Unidos. Las dos se escapaban de sus casas por la noche para ir a los cafés más célebres en compañía de unos novios con los que nunca habían de casarse. Este acompañamiento no las impedía cenar con ricos señores de la industria y de la Banca que celebraban un buen negocio. Los dueños de los establecimientos las atraían y las halagaban a ellas y a otras de su clase. Eran señoritas, con un encanto superior al de las otras mujeres. Sabían mantener sus aventuras en un término prudente, con más bullicio y atrevimiento que las profesionales, pero sin permitir nunca el atentado irreparable. Mostrábanse expertas en la tentación que enardece al parroquiano y le hace volver. Y para asegurarse el auxilio de estas colaboradoras, los gerentes les daban primas sobre lo que hacían gastar a los señores, algunos centenares de marcos al mes, que eran una entrada supletoria para vestidos y sombreros, compensando de este modo el regateo económico de sus familias.

—Un gran país—continuó Nélida—. Allí únicamente se vive. ¿Y tú no quieres llevarme? ¡Tan dichosos que seríamos los dos!… Di, ¿por qué no quieres?

Fernando quedó indeciso. No sabía qué contestar a esta loca, de una amoralidad desconcertante. Era inútil exponer razones de honor, hablar de su dignidad, que no podía adaptarse a este género de existencia. Jamás llegaría a entenderle.

Para salir del paso aludió a las dificultades materiales que se oponían a su plan. ¿Qué iba a hacer él en Berlín? ¿De qué podían vivir? Para estas aventuras se necesita dinero, y él no lo tenía.

Nélida abrió los ojos con asombro. No podía comprender un hombre sin dinero. Todos los que ella había conocido hasta entonces lo tenían en abundancia, o al menos jamás se preocupaban visiblemente de su carestía. ¡Un hombre sin dinero!… Le parecía inaudita esta revelación, y miró a Ojeda como si acabase de descubrir en él nuevos encantos y perfecciones.

Ella tenía dinero para los dos. Ignoraba cuánto: tal vez mil quinientos marcos. Y repitió varias veces la cifra, dándola gran importancia por ser dinero suyo: ahorros de la vida en Berlín… Además de esto, tenía sus pequeñas alhajas, regalos de amistad, que llevaría con ella. No necesitaban de grandes cantidades para llegar a Berlín, y una vez allá, todo les sería fácil. Contaba con amigos, muchos amigos; una mujer sale fácilmente de apuros. Ojeda sólo tendría que ocuparse de los gastos de su persona, y si era necesario, ella ayudaría también a su viejito… a su negro.

—¡Nélida!—protestó Fernando.

Pero no quiso decir más. ¿Para qué?… Ni él aceptaba aquel viaje, ni ella, con la movilidad de sus fugaces impresiones, se acordaría tal vez de esto a la mañana siguiente.

Sonó un gran estrépito en las cubiertas superiores: ruido de voces, correteos. Luego las fuertes pisadas se alejaron hacia la popa, acompañando una violenta discusión. Debían ser los de la banda, que se peleaban entre ellos.

—Márchate—dijo Ojeda—. Son las tres. Esas gentes pasean por todo el buque antes de acostarse, y te pueden sorprender.

Aceptó el mandato Nélida, más por despecho que por obediencia amorosa. Sus besos de despedida fueron glaciales. Fruncía las cejas; brillaba en sus ojos un resplandor hostil.

—No me quieres, bien lo veo… Otro se consideraría feliz si yo le permitiese acompañarme en mi fuga, y tú parece que estás arrepentido de conocerme… Cualquiera diría que te he propuesto un crimen.

Fernando murmuró algunas excusas… Era un asunto que merecía ser pensado. Tal vez se decidiese al día siguiente. Pero ella, adivinando la falsedad de sus palabras, no quiso oírle. «¡Adiós!» Le empujó para ganar la puerta, cerrándola tras ella ruidosamente, como si ya no le importase guardar recato alguno.

«¡Adiós!», contestó Ojeda al quedar solo. Levantaba los hombros, sonreía con una expresión de cansancio, le pareció más agradable su camarote sin otra presencia que la suya… ¡Muchacha loca, adorable por una hora e insufrible por toda una noche!… Reía francamente al recordar las extrañas proposiciones de Nélida. ¡A Berlín él!… ¿Qué se le había perdido allá?… Y todo porque la niña le tenía miedo al hermano medio salvaje. Era una solución digna de su cabeza destornillada.

Con estos comentarios fue desnudándose, y al apagar la luz experimentó entre las sábanas la voluptuosidad del que se ve solo después de haber sufrido una compañía enojosa. ¡Ah, las mujeres! ¡Lástima grande no poder vivir sin ellas! Ojeda, que empezaba a dormirse, dio algunas vueltas en su nebuloso pensamiento a la vulgarizada frase del dramaturgo escandinavo. Siempre que una contrariedad amorosa le impulsaba a separarse de una mujer, se decía lo mismo: «El hombre aislado es el más fuerte…». ¡Ay! Fácil era aislarse cuando el organismo parece crujir de fatiga y la hartura quita todo encanto a las tentaciones. Pero transcurría el tiempo; la mujer despreciada adquiere mayor valorización a cada vuelta de sol; y el deseo, al renacer en las entrañas, las araña como un demonio implacable, diciendo burlonamente a cada zarpazo: «Toma, hombre aislado; toma y aguanta, ya que eres el más fuerte…».

Despertó Ojeda al día siguiente con los sonidos de la música, que daba su concierto matinal. Cuando subió a la cubierta era muy tarde. Muchos esperaban el toque de mediodía para entrar en el comedor. Adivinó Fernando en las miradas de algunos y en el secreto de ciertas conversaciones que un suceso extraordinario había ocurrido en el buque.

Vio venir hacia él a Maltrana con la majestad sombría de un hombre cargado de secretos. Las miradas de algunos pasajeros tendidos en sus sillones le seguían con cierta admiración. Parecía haber crecido en una noche. Era otro, con la mirada grave, la frente pesada, los brazos cruzados sobre el pecho y un índice apoyado en la boca, lo mismo que si adoptase un gesto de pensador viéndose rodeado de máquinas fotográficas.

—Tengo que hablarle.

Dijo esto con tono de misterio, y se llevó a su amigo hacia el extremo de proa.

—¿Por casualidad trae usted una caja de pistolas de desafío?…

A pesar de que Ojeda, en vista del aspecto de su compañero, estaba preparado para las peticiones más absurdas, no pudo reprimir su sorpresa… ¿Pistolas de desafío?… ¿Es que «por casualidad» viajaban las gentes con una caja de ellas en el equipaje?… Maltrana se excusó. Recordaba que su compañero había tenido varios lances, y esto le hacía suponer que bien podría llevar con él esta clase de armas.

—Siento que usted no las tenga, Fernando, y no sé cómo salir del paso. Hay un duelo pendiente a bordo, y los adversarios, así como los otros testigos, me han hecho el honor de confiarse a mi pericia, encargándome la preparación del combate. Una misión difícil.

El desafío iba a realizarse a la mañana siguiente en tierra, con el mayor secreto, durante las pocas horas que el buque permanecería anclado, y él tenía que establecer las condiciones, para lo cual le era necesario, ante todo, encontrar las armas.

No faltaban éstas en el buque. Todos los pasajeros tenían la suya, y hasta algunas señoras ocultaban en sus camarotes el arma de fuego niquelada, brillante y graciosa como un juguete. Había revólveres de todos los calibres, pistoletes automáticos de diversos mecanismos. Un argentino hasta le había ofrecido para el caso dos carabinas de repetición, con balas blindadas, que llevaba para su estancia. Pero todas eran armas vulgares, prosaicas, de última hora; armas sin tradición, que no podían servir por falta de títulos para que dos caballeros se matasen. Él necesitaba espadas o pistolas antiguas que se cargasen por la boca, como ordena el ceremonial del honor, armas poéticas consagradas por el teatro y la novela; y toda aquella gente sólo podía ofrecerle ferretería moderna, falta de nobleza, que funcionaba como un reloj y distribuía la muerte con mecánica exactitud. No había podido encontrar a bordo ni siquiera dos sables, arma híbrida, arma mestiza, que era como una transición entre las unas y las otras.

Ojeda interrumpió estas lamentaciones. Quería saber el motivo del duelo y quiénes eran los combatientes.

Se expresó Maltrana con triste dignidad. Había sido al final de la fiesta en su honor, cuando más contentos y fraternales se mostraban los amigos. Muchos se habían retirado a sus camarotes. Eran las tres de la madrugada. Al cerrarse el fumadero habían subido a la cubierta de los botes para terminar el jolgorio en el camarote del belga, que iba a separarse al día siguiente de la honorable sociedad. Llevaban a prevención algunas botellas, y al quedar vacías éstas, probaron a beber cierto alcohol de tocador, agua de Colonia o algo semejante, riendo de las muecas y náuseas que el líquido perfumado provocaba en algunos.

—Cuando más contentos estábamos, surgió la pelea entre el belga y ese alemán pariente de Nélida, los dos amigos más íntimos, siempre juntos desde que entraron en el buque. Yo creo que en el fondo se odiaban sin saberlo. Inútil decir a usted quién es el verdadero culpable… ¿Quién ha de ser?… Nélida. Y lo más gracioso del caso es que ninguno de los dos la nombró, pero ambos la tenían en el pensamiento. Estaban furiosos desde hace días, desde que la muchacha se fijó en usted. Fue una suerte que no anduviese usted anoche por el buque. Hubiésemos tenido un disgusto.

Los dos rivales se hacían responsables del apartamiento de la joven. Cada uno de ellos se imaginaba que de haber quedado solo al lado de ella habría podido retenerla. Pero se habían estorbado con su mutua presencia, acabando por cansar a Nélida en fuerza de rivalidades y celos. Y este odio silencioso que los dos llevaban en su pensamiento había estallado en la madrugada con la rapidez y la incoherencia de las querellas de borrachos. Unas cuantas palabras ofensivas, a las que no prestó atención el resto de la banda, y de pronto, botellas por el aire, bofetadas, lucha cuerpo a cuerpo.

—Algo muy triste, amigo Ojeda. Por voluntad del alemán, allí mismo hubiese terminado el incidente. Él tiene un ojo hinchado y el otro lleva en un carrillo algo que parece un tumor. Los dos iguales. No se necesitaba más para volver a ser amigos… Pero el belga entiende las cosas de otro modo. Saca a colación su baronía, y además creo que ha sido subteniente de no sé qué guardia nacional o reserva de su país. En fin, que ha arrastrado sable y tiene empeño en batirse con su amigote, para después estrecharle la mano con toda tranquilidad. Y los dos se han confiado a mí en esto del duelo.

Maltrana se excusó modestamente.

—No extrañe usted esta predilección. Se han enterado de que yo tuve en nuestra tierra algunos desafíos (porque con ellos me iba el pan), y me miran con tanto respeto como si fuese de la Tabla Redonda… Además, ha influido igualmente mi triunfo oratorio de anoche, el nuevo prestigio que me rodea. Uno que habla bien es sabido que sirve para todo… hasta para gobernar pueblos.

Y como Fernando no podía darle lo que necesitaba, se alejó en busca de las armas. Iba a hacer la misma pregunta a otros pasajeros de distinción, y si éstos no tenían «por casualidad» una caja de pistolas, arreglaría el encuentro a revólver, escogiendo dos completamente iguales entre los muchos que le habían ofrecido.

Al pasear Ojeda por la cubierta vio a los adversarios, uno en la terraza del fumadero y otro en el balconaje de proa, ostentando ambos en la cara, sin recato alguno, las huellas del choque nocturno. La banda se había dividido según sus opiniones y afectos, quedando un grupo en torno del alemán y otro junto al barón. Los dos se mantenían en actitud arrogante, como actores que vigilan sus movimientos sabiendo que todas las miradas están fijas en ellos.

De Nélida no se acordaba nadie. Este choque, que podía tener consecuencias trágicas, había quitado todo interés a la inquieta muchacha y sus insolentes veleidades. Ojeda la vio venir hacia él pasando ante el grupo que formaban el barón y sus amigos en la terraza del fumadero. Todos la consideraron con indiferencia, y ni siquiera volvieron los ojos para seguirla mientras se alejaba. La atención era para el héroe, que, con el carrillo hinchado, relataba por cuarta vez cierto desafío terrible en el que casi había matado a su rival.

Al reunirse Nélida con Fernando le habló con apresuramiento. Iba buscándole desde una hora antes por todo el buque… ¡Lo que le ocurría a ella por culpa del hermano!…

—Cuando veas a papá, dile que estuviste acompañándome hasta las tres de la mañana en el comedor y que me encontraste a la una. Él te preguntará; pero aunque no te pregunte, dile eso de todos modos.

Había cometido una imprudencia la noche anterior al ir en busca de él, dejando olvidada la llave en la puerta de su camarote. El «zonzo», o sea el hermano, ansioso de venganza por los golpes de la tarde, había cerrado la puerta al notar su salida, guardándose la llave. Inútiles los ruegos de Nélida cuando, al volver en la madrugada, intentó ablandar a su hermano llamando a la puerta de su camarote. Se fingía dormido. Y ella había pasado el resto de la noche en una silla del comedor, a obscuras, invisible para los de la banda, que andaban divididos de un lado a otro con la agitación de la pelea reciente.

Los criados que estaban de guardia podían atestiguar que había pasado la noche en el comedor. Simple asunto de cambiar las horas, asegurando que estaba allí desde mucho antes. Todos los criados del buque sonreían al verla y estaban prontos a afirmar lo que ella les pidiese…

Una escena borrascosa de familia cuando el digno señor Kasper y su mujer se levantaron y abrió el hijo la puerta del vacío camarote. «Nélida ha pasado la noche fuera.» Pero Nélida sobrevino como una fiera, y hubo que arrancar al «zonzo» de entre sus manos. Aquel bandido se había aprovechado de una corta salida suya por exigencias higiénicas para cerrar la puerta, dejándola fuera del camarote, obligada a vagar por el buque, expuesta a peligros y murmuraciones… todo por el deseo de calumniarla.

Ella había pasado la noche sentada en el comedor; tenía testigos: los criados que estaban de guardia. Aún podía ofrecer un testimonio más importante: el doctor Ojeda, que la había encontrado a la una y media, cuando él se retiraba a su camarote, acompañándola hasta las tres. ¿Cuándo iba a terminar de martirizarla este malvado?…

La madre tomaba partido por el hijo, mirándola a ella con ojos iracundos. Era la vergüenza de la familia: los iba a matar a disgustos. «Papá… papá», imploraba Nélida. Y el señor Kasper reflexionaba como un rey justiciero, acariciándose las barbas. ¡Prudencia! Había que pesar bien las cosas para ser equitativo. La niña ofrecía pruebas, y el tonto únicamente sabía insistir en su acusación, sin añadir testimonio alguno. Y casi sentenció por adelantado, intentando dar un repelón al muchacho. «¡Raza maliciosa y vengativa! Nada bueno podía esperarse de su sangre.»

Nélida no tenía miedo al enojo de sus padres, pero necesitaba convencerlos de su inocencia para que le sirviesen de fiadores ante el hermano temible que la esperaba al término del viaje. ¿Y aún se resistía Fernando cuando ella le hablaba de huir, como si le propusiese algo disparatado? No, no iría a Buenos Aires: estaba resuelta a escaparse al día siguiente… Pero la inmediata realidad le hizo insistir en sus recomendaciones:

—Cuando papá te pregunte, ya sabes lo que debes decir… Y si no te pregunta, háblale tú. Hazlo, mi viejo; sé buenito. Allí lo tienes, cerca del fumadero, hablando con el señor Pérez. Él se alegra mucho de verte: dice que eres la mejor persona de a bordo.

Y le empujaba dulcemente, extremando los gestos y miradas de seducción. Ojeda, con su pasividad habitual ante el mandato de una mujer, siguió este impulso, dirigiéndose en busca del señor Kasper. ¡Qué de embustes y enredos con esta muchacha!… Afortunadamente, el día de la liberación estaba próximo; y una vez en tierra, no la vería más.

Sonrió el patriarca a Fernando, sin interrumpir por esto su conversación con Pérez. Hablaban de política, conviniendo los dos en un gran amor por los gobiernos fuertes y en la necesidad de fusilar a todos los enemigos de la autoridad. El señor Kasper odiaba las repúblicas, gobiernos de pelagatos con levita, de parlanchines hambrientos. Los pueblos debían ser regidos por hombres a caballo, con deslumbrantes uniformes. Y satisfecho de que a él le hubiese tocado esta suerte al nacer en Alemania, abrumaba con ironías y sarcasmos a la más célebre de las Repúblicas. Nunca había querido vivir en París. ¡Una nación gobernada por abogados y periodistas! ¡Un pueblo sin moralidad y casi sin familia! Todo el mundo sabía esto…

Ganoso de retener a Fernando, dejó que Pérez se marchase en busca del tercer aperitivo de la mañana, y al quedar solos, fue el patriarca el que inició la explicación deseada por Nélida.

Ya sabía él que el señor Ojeda había acompañado a la niña gran parte de la noche en el comedor. Le daba las gracias por su amabilidad. No podía haber encontrado mejor acompañante que él, un caballero distinguido y serio. Eran querellas entre muchachos; una genialidad de su hijo menor, que le proporcionaba muchos disgustos. La sangre de los abuelos criollos despertaba en sus venas… Su hijo mayor era más equilibrado; pero en cuanto a carácter, allá se iba con el otro. ¡Gente interesante y temible!… Nélida y él eran más tranquilos, más alemanes, de genio siempre igual.

Hacía elogios de la hija predilecta, olvidando por completo el incidente de la noche anterior, sin pedir nuevas aclaraciones, librando a Ojeda de la necesidad de mentir, diciéndolo él todo, como si estuviese mejor enterado que nadie por el solo testimonio de Nélida. Y acompañaba sus palabras con tales sonrisas, que Fernando acabó por sentirse desconcertado. «Este señor es tonto—pensaba—, tonto como su hijo menor.» Pero luego parecía dudar. «O tal vez es un fresco. El mayor sinvergüenza que he conocido.»

Mientras tanto, el señor Kasper pasaba con suavidad del elogio de su hija a hablar de los negocios de América, tema en el que insistió hasta el toque de mediodía, que deshizo los grupos, empujando las gentes al comedor.

Después del almuerzo, muchos pasajeros, en vez de permanecer arrellanados en los asientos del jardín de invierno como gentes faltas de ocupación, tomaron rápidamente el café y salieron cual si fueran en busca de algo importante. Los pupitres de los salones y del fumadero estaban ocupados por hombres y mujeres que escribían y escribían, teniendo ante ellos un montón de cartas cerradas con las direcciones puestas. Por encima de sus cabezas pasaban manos rapaces, apoderándose con profusión de sobres y pliegos. Corrían los criados, no sabiendo cómo acudir a tan diversos llamamientos. Todos pedían lo mismo: papel y plumas.

Se interpelaban los viajeros para implorar el préstamo de un estilógrafo. Improvisábanse escritorios entre las tazas de café, así como en las mesas de la cubierta y sobre los pianos. Todos habían sentido de pronto la necesidad de escribir. Al día siguiente llegaba el Goethe a puerto, y las gentes despertaban de su ensueño azul que había durado diez días. Se acordaban de que existía el mundo, de que no estaban solos en el planeta, y había una vida más allá de la oceánica extensión, con la que iban a ponerse de nuevo en contacto.

Los hombres se apartaban de las señoras, a las que habían cortejado hasta entonces. Ceñudos y preocupados, buscaban un rincón y mordían el cabo del palillero ante el pliego virgen, no sabiendo cómo reanudar sus ideas. Las mujeres parecían más graves y silenciosas, poseídas de súbito ascetismo. Rehuían las conversaciones, como si fuesen peligrosas para su virtud. Deseaban estar solas, y movían en este aislamiento su pluma lentamente, con vacilaciones entre línea y línea, cual si temieran decir poco o decir demasiado.

Isidro, que no había de escribir a nadie—pues sólo pensaba enviar a su hijo una postal con grupos de negros al bajar a tierra—, contempló irónicamente esta fiebre grafománica. ¡Qué de embustes sobre el papel; historias fingidas a última hora para llenar pliegos, sin que se trasparentase la verdad! ¡Qué de juramentos de eterno recuerdo, cuando los pobres recuerdos de tierra no habían salido de los equipajes y en ellos permanecían encogidos, cual prendas sin uso, mientras el olvido y el afán de placer sin consecuencias se había enseñoreado del buque!… Maltrana pensó que si toda esta avalancha de mentiras se solidificase repentinamente, el pobre Goethe se iría al fondo no pudiendo resistir tan enorme peso.

Entre los que escribían estaba Ojeda. Inclinado sobre un velador del jardín de invierno, iba llenando pliegos, lo mismo que en la víspera de la llegada a Tenerife. Pero ¡ay! su carta era ahora un trabajo literario y reflexivo. Los recuerdos venían a interrumpir su escritura, como la otra vez; pero estos recuerdos no evocaban dulce melancolía, sino vergüenza y remordimiento.

Once días escasos habían transcurrido entre las dos cartas. ¡Qué de sucesos!… ¡Qué de traiciones y vilezas! Sentía dudas sobre su personalidad: creía que durante este tiempo se había verificado en él un prodigioso desdoble. Ya no era el mismo que de todo corazón lanzaba sobre el papel los apasionados juramentos de la pareja wagneriana. «Alejados el uno del otro, ¿quién nos separará?…» Estas palabras hacían levantarse en su recuerdo, como testimonio de infidelidad, varias figuras de mujer: Maud, Mina, aquella Nélida que rondaba por cerca de él, que asomaba a la ventana inmediata su rostro insolente y le hacía señas con los ojos, con los labios, para que saliese cuanto antes.

Afortunadamente, la proximidad de la tierra iba a desvanecer esta embriaguez voluptuosa del Océano que le había mantenido en amable inconsciencia.

El recuerdo de Teri, adormecido durante el viaje, resurgía más vigoroso, con mayor relieve, abultado por la luz exageradora del remordimiento. Y este remordimiento parecía añadir un nuevo incentivo a su amor. Era algo semejante al sacrilegio o al parentesco, que sazonan ciertas pasiones con el acre y atractivo perfume de lo prohibido y lo monstruoso.

Al sentir intranquila su conciencia, adoraba a Teri mucho más que cuando podía contemplarla sin miedo frente a frente. «La quiero—pensó—como no la he querido nunca. La traición y la necesidad de hacerse perdonar dan un interés nuevo al amor. Son como salsas picantes que renuevan el gusto de un plato conocido…» ¡Ah, pobre Teri engañada, que tal vez no se enteraría nunca de estas infidelidades! Él iba a expiar sus delitos adorándola con mayor vehemencia; iba a vivir en su imaginación una luna de miel ideal, rodeándola de todos los esplendores de un culto, como el pecador que se prosterna agradecido ante la imagen que perdona y le mira con ojos de misericordia.

Fortalecido por tales propósitos, siguió escribiendo con más soltura e ingenuidad, como si fuese el mismo hombre de diez días antes y esta carta igual a la que había enviado desde Tenerife. Pero no era el mismo; veíase obligado a reconocerlo. Sus pecados le ligaban a aquel buque, y mientras no saliese de él, serían inútiles sus esfuerzos para volver al pasado.

Cada vez que huían sus ojos del papel, encontraban una sombra en la ventana. Era Nélida que se aproximaba con su sonrisa audaz, sin miedo a la curiosidad de las gentes. Tosía para indicar su impaciencia; movía los labios, adivinándose en ellos las mudas palabras de admirativa pasión: «¡Dueño mío… viejo… mi negro!».

Inútiles estos llamamientos. El continuaba su carta con la memoria ocupada por el recuerdo de Teri, pero esto no le impedía, por costumbre o por «honradez profesional», el contestar con sonrisas y movimientos de cabeza a las caricias silenciosas de Nélida.

Fatigada ésta de la inmovilidad de Ojeda, acabó por apartarse de la ventana, yendo hacia el avante del paseo, donde estaban Isidro y el doctor Zurita.

Miraban el horizonte como si esperasen ver tierra. ¡América! ¡Pronto verían América!… El doctor hablaba de esto con cierta emoción. Hacía días que el buque costeaba su amado continente, pero de muy lejos. Ahora se aproximaba a él, pero no se vería tierra hasta muy entrada la noche… Y a la mañana siguiente, la bahía de Río Janeiro.

Nélida, que se había aproximado a los dos hombres, saludándolos con un leve movimiento de cabeza, miraba al doctor. ¡Muy simpático el viejo! Para ella, todos los hombres eran simpáticos. Debía haber sido en su juventud un buen mozo. Su hijo mayor también lo era. Lástima grande que le gustasen tanto las coristas de la opereta y sólo supiera hablar de París, como si en el resto del mundo no existiesen mujeres.

Zurita saludó a la joven con un gesto de antiguo galán y no se ocupó más de ella. ¡Interesante la muchacha!… Pero él tenía su familia a bordo, sus niñas y cuñadas, y deseaba evitar a todas ellas relaciones de amistad que podían ser peligrosas.

Siguió hablando el doctor bajo la mirada vaga de Nélida, que no entendía gran cosa de la conversación de los dos hombres.

—Yo me imagino, che, lo que debieron sentir aquellos españoles al distinguir la primera isla… La alegría con que Rodrigo de Triana, el marinero de Colón, debió lanzar el grito de «¡Tierra!».

Maltrana intervino con cierto orgullo al poder lucir sus conocimientos delante de Nélida. Además, su triunfo oratorio había desarrollado en él un deseo vehemente de hacer sentir a todos la autoridad y el peso de sus palabras.

—Hay error en eso que dice usted, doctor, y que es lo que dice igualmente casi todo el mundo. Ni el que descubrió primero la tierra de América se llamó Rodrigo de Triana, ni fue marinero de Colón.

Con tal nombre no figuraba ningún tripulante en el primer viaje. Quien dio el grito del descubrimiento era un tal Rodríguez Bermejo, natural de Sevilla, y sin duda el Almirante, al hablar de él, convirtió el Rodríguez en Rodrigo, y añadió el Triana por haber vivido en dicho barrio. Entre la gente de mar era muy frecuente la desfiguración de nombres por apodos y por el lugar de nacimiento. Además, Juan Rodríguez Bermejo no fue marinero de la nao Santa María, que montaba el Almirante, sino de la carabela Pinta, mandada por Pinzón, que iba siempre a la cabeza de la escuadrilla por ser la más velera.

—Fue la Pinta la que avistó, a las dos de la mañana, la isla de Guanahaní, y Rodríguez Bermejo el que dio el grito de «¡Tierra!…». Pero Colón, al volver a España, dijo que era él mismo quien a las diez de la noche, o sea cuatro horas antes, había visto una luz «como una candelica subiendo y bajando», y que esta luz procedía de la isla. Hay que tener en cuenta que el Almirante estaba entonces a unas catorce leguas de la isla, y ésta es completamente baja, sin una colina. Imposible verla a una hora en que la Pinta, que iba navegando muy por delante, no había alcanzado todavía a distinguir tierra. La luz fue indudablemente la de la bitácora de la carabela de Pinzón, que avanzaba entre la nao del Almirante y la isla todavía lejana.

Calló un momento Isidro, gozándose en la curiosidad del doctor, que le escuchaba muy atento.

—El resultado de todo esto—continuó—fue una gran injusticia. Los reyes habían prometido un premio de diez mil maravedíes al primero que descubriese tierra, y Colón, que no perdonaba provecho, se atribuyó dicha suma, fundándose en lo de «la candelica». Pinzón, que podía atestiguar la verdad, acababa de morir; y el pobre Rodríguez Bermejo, al verse injustamente despojado por el grande hombre, sin que nadie atendiese sus quejas, sintió tal desesperación que se pasó al África y renegó de la fe cristiana, haciéndose moro. Éste fue el final del primero que con sus ojos vio la tierra americana.

El doctor Zurita estaba pensativo.

—De suerte, che—murmuró—, que la vida civilizada de nuestro hemisferio empieza por una injusticia, por un acto de favoritismo, por el abuso de un mandón.

Maltrana asintió: así era. Y el doctor sonrió maliciosamente, como si después de saber esto comprendiese mejor la historia del Nuevo Mundo.


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