Los argonautas (capítulo 7), novela de Vicente Blasco Ibáñez

Vicente Blasco Ibáñez


—Sí; dice usted bien. El poder demoníaco de la música, que influye en nuestra suerte, como en otros tiempos influían los astros… El Maestro habla de él al recordar en sus Memorias los años de iniciación… Afina nuestra sensibilidad, para que suframos más intensamente las heridas de la existencia.

Mina Eichelberger, la mujer del director de orquesta, murmuraba estas palabras con el mentón apoyado en el pecho y la mirada fija en Fernando, de pie junto a ella.

Hablaban en la cubierta de los botes, bajo la sombra movediza de un toldo de lona que dejaba avanzar una faja de sol o la repelía, siguiendo el balanceo del buque, largo, suave, apenas perceptible.

Era en la tarde, después del almuerzo, cuando desaparecían muchos pasajeros, adormecidos y abrumados por el calor, buscando continuar la siesta en el camarote bajo el soplo de los ventiladores. Otros, temiendo encerrarse entre los tabiques de acero, permanecían tendidos en los sillones de las cubiertas, bajo la azulada sombra de las lonas, esperando los leves e intermitentes soplos de la brisa sobre el pescuezo sudoroso, en torno del cual se arrugaba el cuello de la camisa como un trapo mojado. Sonaban penosos ronquidos, respiraciones jadeantes, cortando con su estertor animal el augusto silencio de la tarde.

Parecía recogerse el mar, adormecido igualmente, sin otro rumor que el del roce de sus espumas en los flancos del navío. Un crujir de pasos sobre la madera hacía entreabrir algunos ojos, que tornaban a cerrarse apenas se alejaba el paseante importuno. Los gritos de los niños en la cubierta alta, jugando insensibles al sol y al calor, sonaban con extraordinario eco, recordando el vocerío de la chiquillería en la plaza blanca de un pueblo meridional a la hora de la siesta.

Todos los habitantes del buque sentían después del almuerzo una tendencia al sueño, abrumados por el caliginoso ambiente entorpecidos por una elaboración pesada, anonadados y felices al mismo tiempo por las voluptuosas contracciones del tubo digestivo en plena tarea asimilatoria. Era el momento—según Maltrana—de la gran pureza. Los que en otras horas del día rondaban por cerca de las faldas, con miradas invitadoras y palabras insinuantes, permanecían tendidos en las cubiertas. Los que a la caída de la tarde parecían reanimarse con la brisa y se estiraban impulsivamente, lo mismo que fieras carnívoras que despiertan, quedábanse ahora hundidos en los sillones del fumadero con la inconsciencia ciencia de la boa enrollada, siguiendo vagamente las espirales de humo del cigarro.

Parejas amigas, de cuyas intimidades se ocupaban con deleite los murmuradores, permanecían en los asientos de la cubierta, sin verse, sin conocerse, volviéndose la espalda, faltos de fuerzas para cambiar una palabra, deseando tranquilidad y olvido. El bienestar animal de la digestión y la atmósfera ardiente rechazaban el amor a segundo término durante unas horas, como algo molesto e intolerable. Las pasiones anteriores enmudecían. Nadie osaba insinuar una petición por miedo a verla aceptada, teniendo que descender a la asfixiante penumbra del camarote removida por el aleteo del ventilador.

Y fue en esta hora cuando Ojeda entabló su cuarta conversación con Mina Eichelberger. Habían cruzado la palabra por vez primera en la tarde anterior, al avistar el buque las islas de Cabo Verde. Aún no hacía veinticuatro horas que se conocían, y Fernando la hablaba con absoluta confianza, libre de los retrocesos que inspira la timidez, como si un largo trato de años hubiese desgastado entre ellos todas las angulosidades de la prudencia y el miedo. La vida sobre el Océano en una jaula flotante de algunos centenares de metros, donde era imposible moverse sin tropezarse, hacía marchar las amistades vivamente.

Cuando el buque estuvo frente a las islas y los pasajeros contemplaron las montañas, tras las cuales se ocultaba el sol ensangrentando el horizonte, los dos se hablaban ya con rápida confianza y sus manos sentían un estremecimiento simpático al encontrarse entre las hojas de las partituras. Veíanse solos en el salón, olvidados de la gente, que había afluido a los costados del buque. Mina cantaba a media voz, súbitamente ruborosa al pensar que Fernando estaba de pie detrás de ella, dejando caer su mirada sobre su nuca y sus espaldas. Se avergonzaba tal vez, con súbita coquetería, al verse mal trajeada y sin ningún adorno de tocador. Cuando sus manos permanecían inertes sobre el piano y cesaba de cantar, hablaban entonces de la música, de los célebres maestros, del gran mago, del nigromante—nombres que Ojeda daba a Wagner—, insistiendo en estos tópicos que habían servido de pretexto para iniciar su conocimiento.

Las primeras palabras habían sido en inglés, luego en francés, y al fin, como si buscase ella mayor desahogo para su expresión, habló en italiano, un italiano lento, titubeante, recuerdo de una época cercana en la cronología de su existencia, pero remota, muy remota, en sus recuerdos. Era la época de su gloria, durante la cual había cantado fuera de la tierra germánica las obras del más famoso de los maestros alemanes.

El pequeño Karl, niño de gravedad hombruna, al ver a su madre en conversación con este desconocido, había olvidado el libro de estampas, marchando hacia ella para colocarse entre sus rodillas. Abría sus ojos, asombrado por el lenguaje incomprensible que se cruzaba entre los dos, y de vez en cuando, con la tenacidad vanidosa de los pequeños que no toleran verse olvidados, hablaba a su madre en alemán formulando una petición, o se frotaba contra sus rodillas para hacer visible su presencia.

Jugueteaban las manos de Mina en sus cabellos lacios, de un rubio blancuzco, pero distraídamente, con un descuido de madre preocupada, sin que ojos descendiesen hasta él. Miraba a Fernando con una franqueza varonil, cual si fuese un camarada, sonriendo a todas sus palabras sin saber por qué. Fijábanse sus pupilas en las pupilas de él resueltamente, como si quisiera sondearlas con su fluido visual. Pero de pronto arrepentíase de esta confianza, sentía miedo y vergüenza, y giraba la cabeza para escucharle con los ojos perdidos en los pentagramas del libro de música.

Él hablaba mientras tanto, más atento a sus pensamientos mudos e internos que a lo que decía con su boca. La examinaba audazmente, detallando con los ojos toda su persona, sin obtener al final un juicio exacto. ¿Era fea?… ¿Era hermosa, con una belleza exangüe de flor marchita?… Ojeda recordaba ciertos muebles antiguos, de dorados borrosos y nácares opacos, que al abrir sus cajones esparcen un perfume sutil de alma olvidada. Pensaba también en los salones viejos y polvorientos, que guardan entre las grietas de sus muros jirones de ricas tapicerías reveladores de suntuosidades que fueron; en las voces débiles, quejumbrosas por la enfermedad, que de pronto se arrastran con roce aterciopelado o se elevan con la vibración de una perla sobre el cristal, denunciando un pasado de gloria…

Veía su cuello esbelto, de líneas armoniosas y gráciles cuando permanecía en reposo, pero que a la menor contracción marcaba la tirante madeja de sus tendones. Se fijaba en la cortante arista de las clavículas bajo la epidermis mate, de una blancura verdosa que absorbía la luz sin reflejarla. La más leve sonrisa abría en sus mejillas dos tristes oquedades obscuras, que tal vez habían sido antes graciosos hoyuelos. Una consunción interna había devorado las morbideces que suavizan con armonioso almohadillado el cuerpo femenil; pero esta consunción era irregular, fragmentaria, ensañándose en unas partes del organismo y olvidando otras, dejando incólume, con incomprensible respeto, lo más prominente: los pechos todavía frescos y victoriosos sobre el torso enflaquecido, semejante a un doble blasón de mármol en una fachada ruinosa; las caderas de robustez germánica firmes e inconmovibles, como si en ellas fuese más el hueso del armazón que la carne del revestimiento.

La piel, tersa en unos lugares del cuerpo, se aflojaba en otros, dejando dolorosos vacíos entre ella y el óseo andamiaje. Pero la mirada era indudablemente igual que en los tiempos de su gloria. Los extremos de la boca, los ángulos externos de los ojos, remontábanse a un tiempo con la sonrisa, una sonrisa interior, dulce y enigmática como las que pintaba Leonardo. La decadencia física se había detenido piadosa ante la bella expresión de sus labios, encorvados hacia arriba como una luna en creciente. Sus párpados, algo marchitos, filtraban al encontrarse una luz transfiguradora semejante a la del sol sobre las ruinas, que dora el moho de las piedras negruzcas y da alegrías de jardín a las plantas parásitas de los escombros. Un tenue olor de carne perfumada y enferma llegaba hasta Ojeda, pero tan leve, tan vagoroso, que no sabía ciertamente si era su olfato quien lo percibía o su imaginación. Y otra vez pensaba en el ambiente dormido de los antiguos muebles de secreto, que huelen a cartas de amor, polvo, ramilletes secos, cintas olvidadas y polillas.

Por la noche había vuelto a hablar con ella largamente. En las inmediaciones del fumadero, Mina lo presentó a su esposo, aprovechando una rápida salida de éste, que iba a su camarote en busca de tabaco, abandonando a los compañeros y las altas columnas de redondeles de fieltro que denunciaban los bocks consumidos.

El músico se mostró cortés y respetuoso. Era un honor para él estrechar la mano de tan gran poeta. No había leído un solo verso de Fernando, pero en las averiguaciones y curiosidades de los primeros días de navegación, cuando todos desean saber quién es el vecino, Maltrana había hablado del talento poético de su compañero, y esto bastó para que lo designasen por antonomasia con el título de «el poeta». Algunos alemanes, dispuestos a reconocer y acatar todas las diferencias y jerarquías sociales, por una irresistible tendencia a la admiración, le llamaban «el gran poeta»… «un poeta colosal», con méritos tanto más grandes cuanto que vivían perdidos en el misterio de una lengua desconocida.

Ojeda experimentó al examinar al maestro Eichelberger la misma sensación que ante su esposa. Vio algo que había sido, y al no ser, guardaba en su ruina los muertos esplendores del pasado. Los gestos, las palabras, todo en su persona era de un hombre superior al medio en que vivía actualmente. Rebuscaba sus palabras, se atusaba el bigote, un bigote de antiguo germano, con los extremos caídos; se echaba atrás, con aire de inspirado, la luenga cabellera rubia, en la que apuntaban las canas. Pero sus ojos macilentos, de córneas ligeramente inflamadas, los manchurrones rojizos y malsanos de su rostro, cierta timidez al verse en presencia de alguien que por su superioridad le hacía recordar el pasado como un remordimiento, revelaban los vicios tenaces de su vida fracasada. De pronto, para no delatarse en los azares de una larga conversación, se apresuró a despedirse del poeta. Fernando creyó igualmente que el músico huía de mostrarse ante su mujer en esta forma cortés tan contraria a la realidad, temiendo sin duda la muda ironía de sus pensamientos.

Quedaron solos hasta cerca de media noche en un rincón de la cubierta, teniendo entre los dos al pequeño Karl, que empezaba a familiarizarse con Ojeda. Cuando se cansaba de apoyar la cabeza en las rodillas de la madre, iba en busca del nuevo amigo, acogiendo como un gatito manso la caricia de sus manos en la flácida cabellera. El sueño acabó por rendirle, y Mina lo llevó a su camarote, despidiéndose de Fernando con visible contrariedad. Pero a los pocos minutos volvió a subir, como si tirase de ella algo superior a sus preocupaciones de madre, y tuvo una mirada de gratitud para Ojeda al verlo inmóvil en el mismo asiento, cual si prolongase mudamente la entrevista anterior.

Volvieron a hablarse, pero completamente solos, en creciente intimidad, sin prestar atención a la orquesta, que ejecutaba su concierto nocturno de valses sin fijarse en las miradas curiosas de algunos paseantes que parecían tomar nota del repentino acercamiento de dos personas que hasta entonces nadie había visto juntas. Una tos seca y persistente hizo volver la vista a Fernando. Era Mrs. Power con la pareja de compatriotas suyos que pasaba por delante de él fingiendo no verle.

A la mañana siguiente se habían encontrado de nuevo. Mina subió a la cubierta en las primeras horas, mucho antes que los otros días, llevando de la mano a Karl. El pequeñuelo, apenas vio a Fernando, corrió hacia él, dejando flotar sus rubias guedejas sobre el cuello azul de su blusa marinera. Este vínculo de aproximación hizo que los dos se abordasen sonrientes, con la mano tendida, continuando la conversación de la noche anterior. Y una vez terminado el almuerzo, Karl se había encaramado por una de las escaleras que conducían a la última cubierta, atraído por la gritería de los niños en pleno juego. Su madre le siguió, mirando antes en torno para ver si Ojeda estaba cerca. Y éste fue tras ella peldaños arriba, como si le atrajese su pálida sonrisa.

«Aún no hace veinticuatro horas que nos conocemos—pensaba Fernando—. ¡Los milagros del encierro común! En tierra, hubiese necesitado meses para llegar a esta intimidad.»

Se habían aislado los dos en medio del rebullicio que agitaba al pasaje con motivo de las próximas fiestas del paso del Ecuador. Fernando seguía a la alemana en la vida de modesto apartamiento que hasta entonces había llevado, tímida y orgullosa a la vez. La noche anterior se había acercado Isidro a él cuando estaba hablando con Mina. Debía recordarle que era uno de los presidentes del comité organizador de las fiestas, y los señores de la comisión reclamaban su presencia antes de terminar el programa. Pero Ojeda repelió con mal humor el inoportuno llamamiento. Maltrana podía representarle: delegaba en él toda la majestad de su importante cargo.

A la mañana siguiente le buscaron los señores de la comisión. Solicitaban su concurso para la velada literaria y musical, una fiesta en la que todos los pasajeros poseedores de alguna habilidad artística iban a mostrarla, para el gozo estético de sus compañeros de viaje. Sonaba el piano incesantemente en el gran salón bajo los dedos entorpecidos de las señoritas que preparaban su «número». Otros pianos no menos balbuceantes y expuestos a error contestaban desde los extremos de la cubierta, en la sala de los niños y en los camarotes de gran lujo. Voces aflautadas y tímidas vocalizaban romanzas sentimentales, canciones napolitanas, y se interrumpían para decir: «¡Viniendo artistas a bordo! ¡qué atrevimiento!…». Algunas jóvenes, bajo la crítica severa de un tribunal de padres y de tías, recitaban versos en francés, tapándose con un abanico los ojazos ardientes de criolla o la boca carmesí, en la que empezaba a diseñarse la seda de un leve bozo, contorsionando con reverencias de dama versallesca sus caderas en capullo de futuras procreadoras.

Ojeda repelió con terquedad estas invitaciones al «gran poeta» para que recitase algunas de sus obras. Él no gustaba de tales fiestas: no sabía decir bien dos versos seguidos; además, una gran parte de los oyentes no entendían su idioma. Podían dirigirse al conferencista italiano o al abate de las barbas, que hacían el viaje para divertir al público. Él se había embarcado con otros propósitos… Por cortesía, los invitantes se dirigieron también a Mina, recordando que la habían visto sentada al piano. Podía «llenar un número». Pero ella se negó ruborizada, alegando que no era artista, sino la simple esposa del director de orquesta, y su intervención podía molestar a las «estrellas» de opereta que venían en el buque. Y los invitantes no creyeron necesario insistir más cerca de una mujer pobremente vestida y que se apartaba de todos con huraña modestia.

Su trato con Fernando infundía una nueva animación en su existencia. Parecía resquebrajarse después de cada entrevista el aislamiento en que había vivido hasta entonces, como en un caparazón erizado de púas. Y en este resurgimiento contemplábala Ojeda cada día con mayor interés. Iba revelando su pasado fragmentariamente, con titubeos de modestia, cual si temiese fatigar la curiosidad de su amigo. Ruborizábase con la evocación de ciertos infortunios que había deseado olvidar, para mantenerse de este modo en la paz de una vida monótona, sin esperanzas ni recuerdos.

¡Su brillante entrada en la vida, mucho antes de conocer al maestro Eichelberger, cuando la aplaudían en los teatros de Alemania y aprendiendo luego el italiano interpretaba las obras de Wagner en las escenas de Europa y América!… Diez y nueve años; su voz no era portentosa: justa y precisa nada más; la necesaria para cantar su parte sin ahogos. Pero los entusiastas del gran mago la apreciaban porque sabía entrar «en la piel de los personajes». Wagner poeta, creador de héroes épicos, intérprete de conflictos humanos, le inspiraba tanta adoración como Wagner músico. Durante mucho tiempo, por un fenómeno de artística adaptación, había creído ser Brunilda. Su verdadera personalidad era la de la hija de Wotan. Sólo vivía de noche, a la luz de las baterías escénicas, acompañada en sus pasos y lamentos por la música misteriosa que surgía del abismo orquestal. El pecho encerrado en los mamilares de la coraza de escamas, el metálico casquete rematado por dos alas blancas, la lanza vibradora en una mano, el manto purpúreo siguiendo con una flotación de bandera su paso vigoroso de virgen fuerte: todo esto había sido la realidad. La vida en los hoteles, los viajes por mar y por tierra, las míseras rivalidades de profesión, eran un ensueño incierto e incoloro, un limbo del que sólo guardaba pálidos recuerdos.

El poder demoníaco de la música la había poseído por entero, transportándola a las regiones de una vida superior. La grosera realidad, cortina engañadora que oculta a nuestros ojos la suprema belleza para que nos resignemos a la penumbra de una existencia práctica y vivamos como bestias mirando al suelo, rasgábase para ella todas las noches así que pisaba las tablas.

Sentía su alma bañada en divina tristeza cuando el padre-dios, iracundo y bondadoso a un tiempo, la castigaba por su desobediencia, aletargándola sobre el peñasco que había de rodear el fuego con un muro rojo de ondeantes almenas. Cantaba con la alegría de un pájaro que saluda al día y al amor cuando la despertaba Sigfrido, el gran niño sin miedo y sin prudencia, y al despojarla de su armadura le arrebataba la virginidad. ¡Adiós, grandeza fría de los dioses! Ella quería ser mujer, con todos los dolores y las pobres alegrías de los humanos.

Estremecíase aún al recordar el final de la gran epopeya, ante la pira fúnebre rematada por el cadáver del héroe, cuando, tremolando la antorcha vengadora que convierte en cenizas el reino de los dioses, expresaba su pena y su sabiduría. Era su tristeza la de la mujer superior que ha amado a un ser ligero, valeroso e inconstante, y en la hora suprema lo plañe y disculpa sus faltas. La gran verdad, resumen de todas las experiencias de la vida, la verdad que buscamos a tientas y desechamos muchas veces al encontrarla; la que sólo reconocemos en el último momento, cuando ya es imposible recomenzar y los errores no tienen remedio, salía de su boca llorosa: «Renuncio a mi divina ciencia y se la doy al mundo. Sepan los hombres que la felicidad no es la riqueza, ni el oro, ni el poder de los dioses. No es tampoco la pompa del rango supremo, ni los lazos mentirosos de las convenciones sociales, ni las rigurosas reglas de una hipócrita ley. En la alegría como en la tristeza, sólo existe para el hombre una fuente de felicidad: ¡el amor!».

Y la pasión que ponía Mina en su voz comunicábase a los que la escuchaban. En sus peregrinaciones de teatro en teatro, acompañada por su madre—viuda de un militar bávaro muerto en la campaña de Francia—, la joven se había visto diversas veces solicitada en matrimonio. Un millonario de la América del Norte quiso casarse con esta alemana de la que hablaban los periódicos y cuyos retratos gozaban el honor de ser exhibidos al lado de los presidentes de la gran República y los más famosos boxeadores.

Cantantes de porvenir le ofrecieron la asociación matrimonial para hacer ahorros en común, amasando una gran fortuna. Pero ella llegó a los veinticinco años sin prestar oído a estas proposiciones que atentaban contra su gloria, hasta que conoció el amor en la persona del maestro Eichelberger. Tal vez no fue amor: tal vez fue lástima. Las mujeres sienten desarrollarse en su pecho el sentimiento de la maternidad mucho antes de ser madres y lo aplican a todo hombre que les inspira un interés de conmiseración, confundiendo el amor con la piedad. Se había engañado voluntariamente, interesada por los defectos del músico.

—Fue en Dresde donde nos conocimos—dijo Mina—. Él, a pesar de su juventud, tenía cierto renombre de compositor. Todos le creían destinado para algo más grande que dirigir una orquesta. Algunas de sus romanzas empezaban a ser populares en Alemania; una sinfonía suya había sido aplaudida en los conciertos de Berlín. Trabajaba poco, su vida era borrascosa, y yo pensé que le faltaba, como a todos los hombres superiores en la primera época de su vida, un cariño que lo guiase, el amor de una compañera inteligente que lo sostuviera en el buen camino.

Se acordaba de la juventud del gran mago, de su primera mujer, Mina Planer, hacendosa y burguesa, que seguía la carrera de cantante como un oficio, pero que supo facilitar la producción creadora de su esposo defendiéndolo de los acreedores, organizando un hogar modesto que sin ella no habría tenido jamás el gran músico.

—Creía encontrar en la semejanza de nuestros nombres una identidad de destinos. Yo podía ser la Mina de este nuevo Wagner que empezaba a surgir de la obscuridad. Y así se inició lo que no fue nunca amor, sino un gran sacrificio por la gloria… ¡Ay! ¡Cómo nos envenena el arte cuando lo hacemos consejero de nuestra pobre existencia!

Se buscaban, con una simpatía intelectual, entre los demás artistas, vulgares jornaleros de la música. Mina le había recibido frecuentemente contra la voluntad de su madre, señora de rígidos principios que no podía transigir con los desórdenes del maestro. Hablaban juntos de Él, del demiurgo, del nigromante; se extasiaban ante el piano, con los nervios estremecidos por el poder demoníaco de su música. Un día, Eichelberger llegaba borracho a estas entrevistas, completamente borracho. ¡Esta semejanza más!… También Wagner, a los veinte años, cuando era simple director de orquesta de Magdeburgo y no tenía otras obras que Las hadas y la sinfonía de Cristóbal Colón, había llegado beodo una noche a la habitación de Mina Planer. Y la consecuencia de esta embriaguez de Wagner fue su matrimonio con una mujer que no creía mucho en su talento, pero supo cuidar de su cocina y salir adelante de los apuros pecuniarios con el sentido práctico de una antigua obrera habituada a la miseria. La suerte marcaba su camino a la otra Mina. Ésta, más inteligente, sabría «redimir» al joven maestro, que sólo necesitaba el apoyo del amor para revelarse como un genio. Y después que Eichelberger, beodo, pasó la noche en su cuarto, el matrimonio fue cosa decidida y la madre tuvo que resignarse.

Entristecíase Mina al recordar este suceso: el gran error de su existencia, el cambio fatal de rumbos. Se llevaba una mano a la frente, como si quisiera arrancarse un recuerdo tenaz para arrojarlo al Océano… ¡Los crueles engaños del arte! ¡Las intermitencias del talento, que en unos apunta como flor seductora con los días contados y en otros tiene la inmovilidad grandiosa de la montaña!…

—Usted habrá visto arrastrando una existencia de miseria artistas de hermosa voz, que sin embargo cantan en los cafés como mendigos. La gente se indigna contra esta injusticia de la suerte. Hay que ayudarlos, hay que llevarles a la ópera. Y cuando van a ella, el fracaso más desolador acompaña su intento. Saben cantar bien una romanza, pero no pueden con una ópera entera. Al final del primer acto se enronquecen; al segundo, han perdido la voz; antes del final, tienen que huir… Y lo mismo se encuentran talentos frágiles en todas las artes: talentos en capullo que no se abren nunca, que carecen de vigor para abrirse y se marchitan y mueren.

Ojeda asintió con movimientos de cabeza. Pensaba en los pintores de bocetos «geniales» que nunca llegan a terminar un cuadro; en que hacen concebir optimistas ilusiones con fragmentos poéticos o cortos relatos y jamás pueden escribir un libro. Mina decía bien: no bastaba cantar la dulce romancita, breve como un suspiro; había que cantar la ópera entera, sin ronqueras ni desfallecimientos. El arte exigía paciencia, y sobre todo, fuerza, mucha fuerza. La voluntad era una inspiración.

—Mi marido—continuó ella con desaliento—no pasó de las obras de su juventud. Dio con éstas «todo lo que tenía de artista». ¡Y yo que le creía un genio!…

Le había visto agitarse como un emparedado, pugnando por levantar la enorme losa caída sobre él, interpuesta entre los ojos de su espíritu y la luz ansiada. Y Mina no tenía siquiera el consuelo de la ignorancia, no podía engañarse como otras mujeres que creen ciegamente hasta el último instante en el talento de sus maridos y atribuyen su desgracia a injusticias de la suerte. Dábase cuenta de la debilidad artística de Eichelberger, seguía con mirada dolorosa su descenso, reconocía la razón de aquella indiferencia creciente que rodeaba su nombre.

Por desesperación o por ansia de consuelo, él se entregaba cada vez con mayor tenacidad a su vicio predilecto. Bebía sin recato, olvidado ya de los miramientos que había tenido con ella en los primeros meses de matrimonio. Acompañábale la embriaguez hasta en las funciones más difíciles de su profesión. Ocupaba muchas veces estando ebrio el atril de director. Los teatros empezaban a rehusar sus ofrecimientos. Su nombre no inspiraba confianza: antes bien, era acogido con risas ultrajantes. Quejábanse los artistas de sus cambios de humor, de sus cóleras alcohólicas, que perturbaban los ensayos con un estrépito de batalla. Su desprestigio comenzó a influir en el renombre artístico de la esposa. A fuerza de comentar los incidentes de su existencia matrimonial, el público la encontraba menos interesante.

Ojeda creyó adivinar en la faz triste de Mina un sinnúmero de miserias inconfesables. Se imaginaba la vuelta del teatro de estos dos seres que ya no podía entenderse: ella resignada, con mudos gestos de desesperación; él embrutecido por la amargura del fracaso. Tal vez sus disputas habían terminado con golpes; tal vez al entrar en la casa, titubeante y oliendo a alcohol, este falso Wagner, con una pesadez brutal, había puesto su puño en la cara de Mina, la criatura de ensueño que intentaba «regenerarlo».

Hablaba ella lacónicamente al hacer memoria de esta parte de su vida, como si quisiera salir cuanto antes de los dolorosos recuerdos.

—Mi madre murió… y yo tuve a Karl, para mayor desgracia. Quedé enferma, creo que para siempre: enferma por ser madre; enferma por haber sido esposa… ¡Ah, ese hombre!… Y sin embargo, no es un malvado: es un niño grande inconsciente; un niño que se ha vuelto cruel al convencerse de su fracaso; un egoísta que se refugia en la bebida y sólo a ratos se da cuenta del daño que me ha hecho… Yo perdí la voz, me marchité siendo aún joven, y tuve valor para huir del teatro antes de alegrar a las compañeras con una ruina total. Él… ya lo ve usted: al frente de una compañía de opereta, marcando con la batuta valses vieneses. ¡Un hombre que ha dirigido Tristán y Los maestros cantores!… Sólo para un viaje por América ha podido encontrar quien lo contrate. El empresario le riñe como si fuese un corista, y se propone vigilarlo en tierra para que no beba antes de las representaciones.

El público había olvidado a Mina completamente. Su nombre no era más que un vago recuerdo para los entusiastas que guardaban memoria de los intérpretes wagnerianos. Las glorias escénicas mueren pronto…

—Hace poco he encontrado mi nombre en una revista. Hablaba de mí como de una joven de grandes esperanzas que se perdió prematuramente. Muchos me creen muerta; el articulista se lamentaba de mi triste fin… Y a mí no se me ocurrió decir una palabra que desvaneciese el error. La Schamale (mi nombre de teatro) está bien muerta; muerta para el público que tanto la aplaudió, muerta para ella misma, que no quiere acordarse de nada… Ahora sólo falta que Frau Eichelberger, la mujer fea y enferma de un director de opereta, muera también, pero de verdad, para olvidar de una vez los grandes errores de su vida.

Y aquella tarde, al lado de Fernando, en la última cubierta del buque, mirando el Océano, repitió con desesperación:

—El poder demoníaco de la música, que influye en nuestra suerte como antiguamente influían los astros… A él debo mi desgracia, y sin embargo, lo amo.

El mar luminoso, azul, estaba cortado por una ancha faja de reflejos de sol, camino de fuego triangular que descansaba su vértice en el horizonte y su base incierta y temblona en un costado del buque. Las cumbres de las pequeñas ondulaciones palpitaban erizadas de fulgores como fragmentos de espejo. Los ojos se contraían, fatigados por el excesivo resplandor del cielo y del Océano, que parecía abrasar la retina.

Mina y Fernando, para evitarse la molesta refracción, apartaban sus ojos del horizonte, mirando debajo de ellos mientras hablaban. Extendíase a sus pies un tercio del buque, toda la sección de proa, el hocico férreo que iba arando con tenacidad infatigable los campos oceánicos, verdes y luminosos de día, obscuros y abullonados de noche con una arista fosforescente en cada pliegue como el lomo de una sirena.

Al mirar abajo, experimentaban la sensación del viajero que contempla a un pueblo desde la plataforma de una torre..

Las diversas cubiertas del trasatlántico descendían como peldaños, para volver a remontarse en el extremo opuesto, donde formaban el castillo de proa. A una regular profundidad, veían el principio de la cubierta del comedor: un entarimado húmedo, en el que descansaban los brazos de dos grúas con sus articulaciones de ruedas dentadas, y del que surgían varios trombones de ventilador pintados de blanco con la garganta escarlata. Más adelante, la gran plaza del combés estaba oculta bajo un toldo de lona, y de esta tienda surgía el palo trinquete, un gran mástil de acero amarillo y hueco, semejante a un alminar, en torno del cual se alineaban los brazos de descarga, cirios gigantescos atados en haz alrededor de la cofa. Y de esta cofa a las bordas, se tendían en ángulo los cordajes de acero, las escalas para la marinería, todas las lianas férreas que la construcción naval hace crecer en torno de los mástiles para asegurar su estabilidad y facilitar su acceso. En último término, el castillo de proa, espacio triangular que tenía en su vértice un pequeño mástil para la bandera de la Compañía cuando el buque entraba en los puertos. Y en este triángulo, ocupado por los cabrestantes a vapor que elevaban o descendían las anclas, también abrían los ventiladores sus tentáculos respiratorios, sus bocas de serpentón ávido de oxígeno.

Las invisibles palpitaciones del mar en la tarde serena hacían que el triángulo de la proa se elevase y descendiese, como una cabra saltadora y juguetona, al partir las aguas con su filo. Este movimiento parecía circunscrito a aquella parte del buque, pues sus vibraciones se amortiguaban al extenderse por los flancos y apenas eran sensibles en el resto de la gigantesca construcción. Las espumas, luego de elevarse junto a la proa formando dos surtidores de leche pulverizada, resbalaban por los costados en grandes redondeles semejantes a los anillos de luz sideral. Corrían de proa a popa las aguas removidas, dos ríos verdes, agitados, tumultuosos, abiertos en la inmovilidad azul del Océano. Los peces voladores saltaban por enjambres, se abrían en grandes abanicos de plata y rosa, volando lejos, muy lejos, en vistoso chisporroteo, arando la superficie con el arañazo de sus colas, hasta que, fatigados, volvían a sumirse en la profundidad.

Cuando la proa quedaba dormida por algunos minutos, el buque parecía inmóvil, clavado en el mismo sitio. La velocidad de su marcha hacía ver con un engaño óptico que era el Océano el que venía corriendo a su encuentro en gigantescos repliegues que se empujaban unos a otros. Los ojos abarcaban un anfiteatro azul, inmenso, monótono, que borraba la noción de volúmenes y distancias. Luego parpadeaban con una sensación de extrañeza al replegarse en esta cáscara férrea perdida en el infinito, con su hervidero de hormigas sobre el lomo.

A espaldas de Mina y su compañero sonaban los discos de madera resbalando sobre la cubierta, empujados por las palas de los jugadores. Cada vez que uno de ellos venía a colocarse sobre un buen número del cuadro trazado en el suelo, estallaba el grupo infantil en palmoteos y gritos, que hacían revolverse en sus sillones a los pasajeros dormitantes.

Karl, con aire pensativo y un dedo en la boca, contemplaba de cerca el juego de estos niños mayores que él. De pronto, como si experimentase la necesidad de ser protegido, huía y se pegaba a las faldas de su madre, que, atenta a la conversación, no hacía caso de sus llamamientos insistentes. Cansado de pasar inadvertido, atraíale otra vez la gritería de los muchachos, volviendo lentamente hacia ellos.

Hablaba Mina con tristeza del mundo viejo que dejaban a sus espaldas. ¡Ah, Berlín!… Este nombre hacía revivir los recuerdos más tristes de su vida, años de pobreza desesperada, de humillaciones crueles, de vergonzosa decadencia. Marchaba hacia las tierras nuevas con la ilusión de algo mejor.

Ojeda, al oír esto, sonrió imperceptiblemente. También la esperanza guiaba el viaje de la infortunada walkyria. El Nuevo Mundo era el único remedio para la gran equivocación que había trastornado su existencia. Mina se lanzaba a esta aventura por su hijo, por el porvenir del pequeño Karl, único vínculo que la unía a la existencia. ¿Qué podía desear?… Más allá de sus esperanzas de madre, no había para ella ninguna ilusión. Todo había terminado: ni hermosura, ni gloria, ni siquiera salud le guardaba el porvenir.

—Soy vieja a la edad en que otras mujeres empiezan el verano de su vida. Los años han caído sobre mí de golpe: llevo el peso de los míos y los de las otras que son felices… Las desgraciadas cargamos con nuestra edad y las edades de las que siendo dichosas prolongan su juventud. Yo creo a veces que tengo mil años… ¡Y enferma! ¡Arrastrando para siempre las consecuencias de haber sido madre!…

Deteníase al decir esto con prudente rubor, no osando confesar las internas tribulaciones que agitaban su organismo. Sus ojos iban hacia Karl con la expresión amorosa y triste de una artista que contempla su obra, fruto de penalidades, jirón doloroso de su propia existencia. Había salido de sus entrañas, pero era también el hijo de su marido.

Fernando creyó adivinar los pensamientos de la madre en la fijeza con que miraba la cabeza voluminosa de Karl. El niño tenía un aspecto demasiado grave para sus pocos años, un aire de vejez prematura.

—¡Cómo temo por su destino!—dijo Mina—. Paso las horas mirándolo en silencio. ¿Qué será? ¿qué saldrá de él?… A veces creo que puede ser un grande hombre, un genio, ¡quién sabe! Las madres nos creemos todas predestinadas a dar prodigios al mundo. Dice cosas superiores a su edad. ¡Y ese gesto grave, como si le bullesen en la cabeza pensamientos que no acierta a formular!… Otras veces me asusto. Es muy débil; la enfermedad le asalta en toda clase de formas. Le dan ataques cuando lo contrarían… Es el hijo de él: un hijo de padre degenerado.

Las lágrimas asomaban a sus párpados, pero una resolución enérgica sucedía a este desaliento. ¿Quién podía adivinar qué rehabilitaciones morales la esperaban a ella en una vida nueva al otro lado del Océano? Tal vez hasta el mismo Eichelberger se regenerase con el trabajo. Y si este trasplante de un hemisferio a otro no producía efecto en el músico, seguramente influiría en el hijo, que estaba en edad para sentir la impresión del cambio de medio. Pensaba quedarse en el nuevo continente: sentía horror a la vida de Europa. Cuando terminasen los compromisos con el empresario, se establecerían en Buenos Aires o en otra ciudad. Ella y su marido darían lecciones de canto. Karl podía emprender una de las muchas carreras prácticas que enriquecen a los ciudadanos de los países jóvenes. Todo menos volver al país de origen, tierra de lágrimas que le hacía recordar las noches frías junto al fuego mortecino, con el hijo en los brazos, esperando hasta altas horas el paso titubeante del maestro y sus balbuceos de beodo; los embargos afrentosos; las groserías de los acreedores; las tristes reflexiones ante una mesa que a veces se cubría de abundantes alimentos con los inesperados altibajos de la existencia bohemia y se manchaba con la espuma del champán, pero en la que casi siempre el pan y las patatas eran lo único valioso. Y a impulsos de la esperanza, que pone la dicha más allá de la realidad del momento, en la incertidumbre de lo ignoto, veía Mina la salud, la paz y el olvido en aquel país de misterio hacia el cual la llevaba el buque, tierra maravillosa de la que no conocía ni el idioma.

El pequeño, agarrado a una mano de su madre tiraba de ella con melopea quejumbrosa. Había sonado la hora del té; los muchachos, abandonando su juego, estaban abajo en el comedor. Mina se despidió de su amigo, y los extremos de sus ojos y su boca se contrajeron hacia arriba con una sonrisa pálida que parecía iluminar el rostro: «sonrisa de luna», según Ojeda.

—Hemos hablado mucho tiempo. Siempre estamos juntos. ¿Qué van a decir de nosotros las señoras que usted trata?… ¿Qué dirá esa norteamericana tan hermosa y tan elegante al ver que le robo su conversación?… Pero conmigo no hay celos posibles. Soy fea, soy pobre; en todo el buque no se encuentra una mujer que vaya peor vestida que yo.

Y a pesar de la tristeza con que dijo estas palabras, algo de su antigua coquetería de artista festejada y admirada por la muchedumbre se mostró a través de su sonrisa, rejuveneciéndola con llamarada fugaz.

«¡Qué gran mujer debe haber sido!—pensó Fernando—¡Y qué desgracia la suya!»

Mientras se alejaba, llevando de la mano a su hijo, él la siguió con ojos de conmiseración.

Al descender a la cubierta de paseo encontró Fernando al doctor Zurita, que hablaba con Maltrana, apoyados los dos en la baranda, frente al mar. La soledad del Atlántico traía a su memoria el recuerdo de los argonautas de España, que habían sido los primeros en violar el secreto de los desiertos azules.

—Venga acá, doctor—dijo Zurita a Ojeda, aplicándole el título universitario—. Estábamos conversando de cosas de su país, de los primeros navegantes que se lanzaron por estos mares. ¡Qué hombres corajudos! ¡Cosa bárbara!… Yo siento orgullo al hablar de ellos. Al fin, todos somos de la misma sangre. Mi abuelo era gallego. Es decir, gallego no; pero ya sabe usted que en mi tierra nos queda la fea costumbre de llamar «gallegos» a todos los españoles. Era de cerca de Burgos, y yo he hecho en dos automóviles, con toda mi familia, el viaje de París a Madrid sólo por ver el pueblo de donde procedemos. Y les dije a los míos: «Miren, niños, y aprendan; de aquí salieron los abuelos de ustedes». Me conmoví un poco al ver la pobreza de donde venimos. Pero mi muchachada (gente alegre y de poco seso) se reía y lo encontraba todo muy feo y miserable… Parece mentira que de esas poblaciones de color de yesca, en las que apenas se encuentra agua para lavarse, saliesen hace siglos los hombres sin miedo que se lanzaron por estos pagos.

Se generalizó la conversación, y al fin fue Ojeda el único que habló, recordando con entusiásticas palabras las hazañas de los argonautas oceánicos. Después del primer viaje de Colón, los puertos españoles habían sido como palomares abiertos, de cuyas bocas se escapaban con las alas tendidas las frágiles y audaces carabelas. Los espejismos del oro y el espíritu de aventura desarrollado por siete siglos de guerra con el sarraceno empujaban a los audaces. Salían a descubrir pequeñas flotas autorizadas por los reyes, pero eran más las expediciones clandestinas, muchas de las cuales quedaron en el misterio. Estas expediciones secretas, costeadas por los mercaderes de Sevilla y Cádiz, iban dirigidas por compañeros del Almirante conocedores de la ruta de las Indias o por marinos improvisados. Hasta los sastres—según un autor de la época—sentían la ambición de meterse a descubridores.

Duros hidalgos que jamás habían visto el mar lanzábanse en el ignoto Océano con una confianza asombrosa. Tomaban el mando de la carabela o de la nao, sin otro auxilio y consejo que el de algunos navegantes costeros, con la misma tranquilidad que los paladines tantas veces admirados en los libros de caballerías se metían en el primer barco misterioso que encontraban en una costa desierta. Escribanos de Andalucía abandonaban sus protocolos para transformarse en descubridores; mercaderes amagados de ruina huían de la lonja para comprar un barco con el resto de su fortuna y lanzarse a lo desconocido. ¡Qué de catástrofes ignoradas en esta lucha con el misterio geográfico, sin más guías que la fe y la santa ignorancia! ¡Qué de buques descendidos a las simas oceánicas cuando regresaban con noticias de tierras nuevas que había que volver a descubrir años después!…

La ansiada riqueza se dejaba entrever un momento y huía medrosa ante las proas de los nautas. Los indígenas de las costas hablaban de enormes riquezas y de monarcas poderosos, señalando siempre al interior, más allá de las montañas que parecían tocar el cielo, y de las ciénagas temblorosas, inmensos mares de hierbajos acuáticos. Pero de los rescates con estas gentes cobrizas, pródigas en relatos portentosos y míseras en realidades, sólo traían los navegantes algunas perlas deformes mal perforadas o vistosos guanines, joyeles de oro bajo labrados en sutiles hojas.

Al volver al puerto español con mágicas noticias y pobre cargamento, los acreedores asaltaban al descubridor y embargaban el bajel dándose por engañados. Muchos habían preparado sus viajes tornando víveres, armas y buques a los usureros con un 80 por 100 de interés. Descubridores de pueblos que luego fueron célebres por sus riquezas se veían al regreso amenazados de pasar de la carabela a la cárcel. Los reyes tenían que intervenir con piadosas cédulas para amansar a los prestamistas, proponiendo arreglos. Nautas obscuros, huyendo de los rumbos del Almirante, ponían decididos la proa al Sur, sin miedo a las pavorosas noticias que circulaban sobre el fuego del Ecuador. Un Pinzón llegaba a las costas del Brasil mucho antes de que esta tierra fuese descubierta casualmente por una expedición portuguesa que navegaba hacia las Indias asiáticas.

En este revuelo de alas blancas que la primera noticia del descubrimiento lanzó a las soledades oceánicas, la marcha audaz siempre adelante, por mar y por tierra, a través de tempestades, montañas, estrechos y lagunas, fue la consigna general. ¡Llegar o morir! Nadie regresaba al puerto de partida sin haber visto algo extraordinario y traer muestras maravillosas. Y los que no volvían estaban en el fondo del Atlántico encerrados en el ataúd de su carabela, que se petrificaba lentamente cubriéndose de moluscos, mientras en sus rotos mástiles ondeaban como verdes gallardetes las algas de la profundidad. Otros no eran ya más que esqueletos en una playa desierta, descarnados por los pájaros de presa, mondados hasta el tuétano por los infinitos enjambres de la selva tórrida, donde todo se mueve y hierve con vida devoradora, blanqueados y secados por el fuego del sol hasta convertirse en frágil cal.

Y entre estos aventureros de la primera hora del descubrimiento, la hora de los navegantes, de los argonautas, de los héroes de carabela, pobres y tristes, que no sacaron el menor provecho de sus empresas y abrieron el camino a los conquistadores férreos de a caballo que llegaron poco después, se distinguían dos como hombres entre los hombres: Alonso de Ojeda y Diego Méndez.

Fernando repetía con entusiasmo su propio apellido al hablar de aquel varón fuerte, al que consideraba su ascendiente glorioso.

—Ojeda es en el Nuevo Mundo lo mismo que Aquiles en la Ilíada o el Cid en el Romancero. ¡Qué hermosa muestra de hombre!…

Los cronistas de la época lo pintaban pequeño de cuerpo, agraciado de rostro, con una agilidad y una fuerza sorprendentes. Gran amigo de pendencias, salía siempre de ellas «haciendo sangre a sus contrarios, sin que jamás se la hiciesen a él». Siendo paje de la corte, cuando los reyes estaban en Sevilla, apoyaba un pie en la base de la torre de la iglesia Mayor—la famosa Giralda—, y arrojando una naranja a lo alto, la hacía llegar hasta las campanas. En otra ocasión, siguiendo a la reina Isabel en una visita al último piso de la misma torre, vio un madero que avanzaba horizontalmente en el vacío como unos veinte pies. De un salto se puso sobre él, corrió hasta su extremo con ligereza y seguridad, «como si caminase por una sala», dio la vuelta y regresó por el mismo camino, riendo a susto de la buena reina y los gritos de sus damas.

Era protegido del obispo Fonseca, encargado por los monarcas de la preparación de expediciones y proveeduría de las nuevas tierras: algo así como ministro de Marina y de Colonias todo a la vez. El Almirante, que conocía las hazañas de este mozo y sus méritos de hombre de espada, se lo llevó en el segundo viaje para las peleas de tierra adentro, pues él sólo era hombre de mar. Otros capitanes iban en la expedición, veteranos de las guerras con el sarraceno; pero el inquieto Ojeda, mozo de veinte años, se sobrepuso a todos ellos.

Colón, que deseaba aprisionar en Santo Domingo al cacique Caonabo, organizador de la resistencia indígena, vio fracasadas todas las malicias y felonías que con arreglo a la mala fe de la época fue aconsejando a Mosén Pedro Margarit y sus tenientes. Sólo consiguió su propósito al encargar a Ojeda esta captura. El paje de Cuenca, el pendenciero de Sevilla, avanzaba tierra adentro con unos pocos hombres, hasta llegar al campo del cacique. Allí seducía al salvaje con buenas palabras, le engañaba, sacándolo de entre los suyos, y le ponía por sorpresa unas esposas en las manos. Luego montaba en el arzón de su caballo al indio gigantesco, como un galán que roba a su dama, y en un galope de leguas y leguas llevábalo hasta el campo español. Tan maravillosamente audaz resultaba este rapto, que el mismo Caonabo, en su nobleza de guerrero primitivo, despreciaba al Almirante por haber ordenado tal vileza sin atreverse a realizarla personalmente, y sólo quería conversar y comer con Ojeda, admirando su atrevimiento al arrebatarle de entre sus súbditos. En los combates con los indios cargaba el primero, sin mirar si le seguía su gente. Junto a su caballo, lleno de cascabeles, saltaba el fiel compañero de todas sus empresas, un perro de pastor, llamado Leoncico, combatiente feroz, que en las distribuciones de víveres gozaba por sus hazañas ración de arcabucero.

Pronto se movió Ojeda por cuenta propia en las inmensidades del mundo nuevo mientras Colón realizaba sus últimos viajes. Vuelto a España, empezó la serie de sus descubrimientos, apoyado pecuniariamente por los mercaderes de Sevilla, que hacían crédito a su valor. Uno de los Pinzones, Juan de la Cosa, el más experto de los pilotos, Américo Vespucio y otros navegantes de fama, dirigieron sus buques. Los marinos gustaban de ir con este capitán, el más valeroso y audaz de la primera época de la conquista.

Corrió las costas de Venezuela en busca de perlas, y acabó por establecerse en lo que después fue América Central, y que los conquistadores llamaban entonces «Castilla del Oro». Una india le acompañaba como amante, guía e intérprete. Los aventureros jóvenes encontraban casi siempre entre las mancebas cobrizas ofrecidas por los azares de su existencia alguna que se apoderaba de su corazón y vivía compartiendo sus peligros. El hidalgo cristiano, al unirse con ella, había creído necesario purificarla con el bautismo—el mejor regalo, según las ideas de la época—, dándola el nombre de Isabel, en recuerdo de la buena reina.

La vida de Ojeda en la gobernación de Urabá, sin otros recursos que los que él podía agenciarse, lejos de sus compatriotas establecidos en Santo Domingo, y olvidado de España, fue un continuo batallar. Su ciudad de San Sebastián, mísera ranchería de paja y barro con un fuerte de maderos, era la primera que con carácter permanente fundaban los conquistadores en la tierra firme.

Tribus de hábiles arqueros la sitiaban a todas horas, lanzando flechas empapadas en incurables venenos. Eran las temidas «flechas de hierba», que hinchaban el cuerpo del herido con negruzca y mortal tumefacción. Los víveres del país—el pan de cazabe, los frutos de la selva, la carne de los roedores—había de conquistarlos diariamente a punta de espada. Los combates y las enfermedades diezmaban a los habitantes.

Juan de la Cosa, el sabio piloto autor del primer mapa de las Indias, había muerto atado a un poste por los naturales, erizado de «flechas de hierba», que convirtieron su cuerpo a las pocas horas en una masa de negra putrefacción. En los míseros bohíos del pueblo gemían los conquistadores mal heridos, hambrientos, temblando de calentura. Ojeda, al frente de unos cuantos, salía diariamente a combatir por la comida.

Encuentro hubo del que surgió llevando en su rodela, según los cronistas, las señales de más de trescientos flechazos. Otras veces era tanto el peso de los enemigos arremolinados sobre él, que se doblaba y seguía combatiendo de rodillas, cubriéndose con el escudo. La pequeñez de su cuerpo ágil y escurridizo le servía tanto como la fuerza de sus brazos, y de todas las peleas salía incólume, «sin que le sacasen sangre». Los indígenas creíanle poseedor de maravillosos amuletos. Ojeda también se consideraba protegido por el cielo gracias a un cuadrito antiguo de la Virgen, regalo de Fonseca, que llevaba pendiente del cinturón de la espada.

Cuatro indios arqueros se apostaron para herir a traición al capitán blanco que salía indemne de los combates, y un día que Ojeda avanzaba por la selva, extrañando la ausencia de enemigos, recibió un flechazo en un muslo. Por primera vez su cuerpo manaba sangre. La herida, que era «de hierba», ennegrecióse rápidamente por la acción del tósigo. Entonces se mostró con bárbara grandeza el coraje de aquel hombre. Hizo que calentasen en una hoguera el peto y el espaldar de una coraza, y cuando las dos planchas de acero estuvieron al rojo blanco, ordenó que se las aplicasen al mismo herido con unas tenazas. Negábase el cirujano a esta horrible curación, pero él le amenazó con la horca para que obedeciese. Chirriaron las carnes bajo el bárbaro cauterio, esparciendo un hedor de sacrificio humano. Para no desmayarse, hizo Ojeda que le envolviesen con sábanas empapadas en vinagre. Una pipa entera se consumió en este remedio; y el caudillo, gracias al espeluznante tormento, sufrido sin una queja, pudo salvarse.

La pequeña ciudad, falta de subsistencias, estaba próxima a perecer. En esto se presentaron inesperadamente unos piratas españoles, mandados por un tal Bernardino Talavera, audaz facineroso. Montaban en un buque que habían robado a un mercader genovés y se ofrecían para vender víveres a los sitiados. Ojeda, convaleciente de su herida, se embarcó con ellos para solicitar auxilios del gobernador de Santo Domingo. Pero antes de abandonar a su mísera gente quiso darla un capitán, y fijó su elección en un mozo extremeño llegado poco antes a las Indias, en el éxodo de gente de espada que siguió al de los navegantes: éxodo que llamaba Fernando «la segunda hornada de conquistadores». Este soldado, que había hecho el aprendizaje de la guerra indiana al lado de Ojeda, llamábase Francisco Pizarro.

La accidentada navegación con los piratas fue la última y más penosa aventura de don Alonso. Autoritario y duro, quiso tomar el mando apenas se vio sobre la cubierta del buque, imponiendo su disciplina a Talavera y sus bandidos. Pero éstos se sublevaron contra él y lo metieron en la cala cargado de cadenas. A pesar de esto, el prisionero no cesó en su brava actitud, asegurando que había de ahorcarlos a todos apenas llegasen a tierra. Y tanto era su prestigio, que no se atrevieron a hacer nada contra él. Muchas veces le pedían consejo, por la experiencia que había adquirido en las cosas de la navegación, y le sacaban de su encierro para que dirigiese la nave. Acabaron por abandonar ésta en las costas de Cuba, y marcharon después meses y meses por la isla todavía inexplorada, deseosos de aproximarse a Santo Domingo, pero sin saber ciertamente adónde iban, sumiéndose en ciénagas, combatiendo a los indígenas o transigiendo con ellos, atormentados por el hambre, que mataba a muchos. En esta marcha desesperada, el cautivo Ojeda se veía elevado por sus guardianes al rango de jefe cada vez que había que combatir a un grupo indígena, tratar con un cacique benévolo u orientarse en el desierto de barrizales temblorosos que se tragaban a los hombres. Él solo valía tanto como los otros. Luego, pasado el peligro, don Alonso volvía a ser prisionero de estos desalmados, que lo aborrecían por ser superior a ellos, y así marchaban juntos, condenados a tolerarse por la comunidad del infortunio. «Nunca—dice un cronista—se vio a gente pasar tantos trabajos para venir a parar en la horca.»

Cuando después de grandes tribulaciones por mar y por tierra llegaron a países sometidos a las autoridades castellanas, Talavera y sus hombres fueron ahorcados y don Alonso se vio envuelto en procesos que amargaron sus últimos tiempos. La gobernación de Urabá, que le había dado el rey, ya no existía. La mayor parte de sus soldados habían dejado en ella los huesos: otros habían perecido en el mar; sólo Pizarro y unos cuantos predestinados como él consiguieron volver a Santo Domingo.

El antiguo paje de doña Isabel arrastró en la ciudad colonial la mísera existencia de los conquistadores sin éxito. Fue un veterano malhumorado y pronto a reñir entre la bohemia juvenil de capa y espada que llegaba de la Península soñando con la conquista de tesoros y reinos. Se organizaban nuevas expediciones. Pizarro poníase a sueldo de diversos capitanes. Por las calles de Santo Domingo paseaba su garbo otro extremeño, enamoradizo, espadachín y algo letrado, que se apellidaba Cortés.

El capitán del primer Almirante, el socio de Vicente Pinzón, el compañero de Juan de la Cosa, el jefe de Américo Vespucio, veíase cada vez más olvidado. Era un desconocido para aquellos mozos que llegaban de España, pasando junto a él sin reconocer sus canas y sus méritos. Desde la isla metrópoli tomaban vuelo, lanzándose lo mismo que pájaros de presa sobre distintas partes de las Indias misteriosas con mayor éxito que don Alonso, desgraciado como todo precursor. Los únicos que se acordaban de él eran los acreedores, para sus pleitos y procesos, y los muchos enemigos, a los que había ofendido con altiveces y pendencias. Más de una noche, el pobre conquistador, al volver a su tugurio, hubo de tirar de espada contra gentes que le esperaban para matarlo.

—Así acabó, obscuramente—dijo Ojeda—, el primero y más infortunado de los héroes de la conquista. Su muerte quedó en el misterio. Unos dicen que se metió a fraile en los últimos años y pidió al morir que lo enterrasen en la puerta del convento, para que todos hollasen su tumba, castigando de este modo su soberbia y demás pecados. Otros niegan que fuese fraile, y dicen que la pobreza le hizo refugiarse en el monasterio de Santo Domingo, como un parásito, viviendo de la sopa de la comunidad… El hambre fue el único miedo del héroe. Le habían predicho que moriría de inanición, y en sus expediciones cuidaba siempre de llevar alimentos en los bolsillos. La profecía no se realizó al correr por selvas y desiertos o al navegar en buques de escasos víveres. Pero casi fue un hecho cuando el viejo conquistador tuvo que buscar el amparo en un monasterio en aquella ciudad colonial donde nadie le hacía caso.

—¿Y el otro?—interrumpió el doctor Zurita con viva curiosidad—. Ese Méndez del que habló usted antes.

—Diego Méndez—continuó Ojeda—fue un héroe de distinta clase; un «superhombre del mar», como diría el amigo Maltrana. Su aventura portentosa asombra aun en los tiempos presentes. Era un mozo sevillano que acompañó a Colón en sus últimos viajes, cuando, viejo, enfermo y sin poder encontrar los tesoros portentosos que había prometido, sentía crecer la indiferencia en torno de su persona. Méndez fue el discípulo fiel que acompaña siempre a los grandes hombres en su agonía. Las últimas cartas del Almirante lo elogian y lo recomiendan a la gratitud de sus descendientes, que jamás hicieron nada en su favor. Cuando, en el último viaje, el más desgraciado de todos, el descubridor se veía en un apuro, sus ojos lacrimosos de viejo buscaban a Méndez. «¡Hijo!, ¡hijo!», le decía. Y el «hijo» encontraba en su coraje o en su vivo ingenio de andaluz un recurso para salir del mal paso.

Al explorar el Almirante las costas de la América Central, que él tomaba por las de Asia, quedábase en sus naves, y era Diego Méndez el que bajaba a tierra para adquirir noticias y acopiar víveres. Completamente solo, metíase entre las tribus de Veragua, que se estaban juntando para caer de improviso sobre los navíos, inmovilizados en una bahía cerrada por las arenas.

Méndez era recibido por el más temible de los caciques en una choza que tenía por adorno trescientas cabezas de enemigos, y los asombraba cortándose en su presencia con unas tijeras pelos y barbas, operación mágica para los indígenas. Sus curaciones de llagas y otras enfermedades le valían el respeto de un brujo, y gracias a esto pudo vivir entre los indios, avisando a Colón de sus proyectos. Él fundó el primer pueblo del continente, anterior en algunos años al de Ojeda; pero esta población a orillas del río Belén o Yebra, que gobernaba con el título de Factor, tenía que defenderse día y noche de los ataques de los indios. Con veinte hombres armados de espadas y rodelas y dos pequeños cañones de los que llamaban «de fruslera»—metal procedente de las roeduras de piezas de azófar—, hizo frente durante mucho tiempo a los naturales, que, según decía Méndez en su testamento, «flechaban y garrochaban desde lejos como quien agarrocha toro, y eran las flechas y tiradores tantos como granizo; e algunos dellos se desmandaban para venirnos a dar con las machadsnas o macanas—mazas o porras—, pero ninguno dellos volvía, porque quedaban allí cortados brazos y piernas y muertos a espada…».

Al fin, tan inaguantable era esta hostilidad, que el Almirante reembarcó a Méndez con su gente e hizo velas sin haber puesto el pie en tierra firme.

Luego sobrevenía la más penosa y difícil de las aventuras de Colón. La «broma», temida calamidad de los mares tropicales, consumía la madera de los navíos. Las chusmas, extenuadas por el manejo continuo de bombas y calderos, sentíanse impotentes ante el Océano, que invadía en lenta marea ascendente la concavidad de los agrietados cascarones. Así navegaron treinta y cinco días, creyendo ir hacia Castilla cuando estaban más lejos de ella que al salir de Veragua. Hubo que abandonar un navío, que, «agujereado y comido de gusanos, no podía sostenerse sobre el agua», y los otros dos, al llegar con grandes trabajos a las playas de Jamaica, fueron zabordados a tierra, convirtiéndose en casas o fortines de tablas corroídas.

Del castillo de popa, con sus torneados balconajes, a la proa, rematada por el esculpido mascarón, se tendieron techos pajizos iguales a los de las chozas indianas. Al tocar tierra, Diego Méndez, contador de la flota, había repartido el último racionamiento de bizcocho y de vino. Nada quedaba en las despanzurradas bodegas. Una población famélica y desesperada de doscientos setenta cristianos movíase en torno de los cascos en seco.

Ocultábanse los naturales del país, y el hambre, atraída por la soledad, se aproximaba a todo correr. No podían esperar auxilio alguno. Santo Domingo estaba a muchas leguas de distancia y no les quedaba ni un batel para intentar esta travesía audaz. El Almirante, enfermo, debilitado por la vejez, afligido por la presencia de su pequeño Fernando, no sabía qué hacer. «¡Hijo!, ¡hijo!», exclamaba, implorando el consejo de Méndez. Y el mozo, sin miedo y sin pereza, tirando de la espada, metíase tierra adentro con sólo tres hombres, yendo de tribu en tribu a la compra de víveres, que pagaba con cuentas azules, peines, cuchillos, cascabeles y anzuelos. Sus acompañantes volvieron a las naves con la comida, y él siguió adelante por las costas de la isla, completamente solo, hasta que pudo comprar a un cacique una canoa, dándole por ella una bacineta de latón que guardaba en la manga, el sayo y una camisa, de dos que tenía.

En este tronco hueco, ocupado por seis indios remeros y dirigido por él, regresó siguiendo la costa, después de muchos días de ausencia, al lugar donde estaban encallados los navíos, recibiéndolo el Almirante con besos y grandes transportes de alegría. Sólo los dos se daban cuenta de la peligrosa situación. Los indios, que cazaban y pescaban por sus tratos con Méndez, traían víveres al campamento, pero su presencia era cada vez menos regular, y todo hacía temer que desapareciesen para volver luego con enemigos. Colón temía que pusieran fuego una noche a los secos y resquebrajados cascos.

No había otra esperanza que avisar a Santo Domingo para que un buque viniese por ellos. Pero ¿cómo ir allá?… «Señor, yo iré», dijo Méndez. En la canoa comprada por él arrostraría los peligros de un golfo impetuoso de cuarenta leguas entre dos islas donde tantas naos de descubridores se habían perdido, teniendo que luchar además con la furia de las corrientes. El Almirante le besó en los carrillos. «Bien sabía yo que sólo vos osaríais tomar esta empresa. Dios nuestro Señor os sacará de ella con victoria como de las otras.»

Puso Méndez su canoa a monte, le echó una quilla postiza, la dio de brea y sebo, clavó en la proa y la popa algunas tablas para que no se entrase el mar, como lo haría siendo rasa, montó un mástil con su vela y metió los mantenimientos necesarios para él, otro cristiano y seis indios, pues la canoa sólo podía cargar ocho personas. Despidióse de Su Señoría y empezó a seguir la costa de Jamaica hasta el extremo oriental, o sea el más próximo a Santo Domingo, realizando una navegación de treinta y cinco leguas.

En el camino le hicieron prisionero ciertos indios salteadores del mar, y se libró de ellos milagrosamente. Luego, cuando estaba acampado en el extremo de la isla, esperando que el Océano se amansase para emprender la travesía audaz, cayeron sobre él otros indios, que determinaron matarlo. Pero mientras jugaban su vida a la pelota pudo escaparse, y volvió otra vez al campamento, tras una ausencia de quince días, cuando Colón le creía muerto o en Santo Domingo. Persistiendo en su propósito, pidió una escolta que le acompañase al cabo de la isla, para poder esperar con seguridad una ocasión de tiempo bonancible, y el Almirante le dio setenta hombres al mando de su hermano el Adelantado don Bartolomé. De esta manera volvió al extremo oriental de Jamaica, y allí estuvo cuatro días, hasta que, viendo que el mar se amansaba, se despidió de todos, encomendándose a Nuestra Señora de la Antigua.

Navegó en alta mar durante cinco días y cuatro noches, sin soltar un instante el remo que le servía de gobernalle, sin poder moverse en aquella embarcación que al más leve movimiento desordenado podía zozobrar. Así llegaron a la isla Española, abordando al cabo Tiburón cuando hacía dos días que él y sus compañeros no comían ni bebían, por haberse perdido las provisiones con los golpes de mar. Todavía navegó ciento treinta leguas por las costas de la Española en la frágil embarcación, hasta dar con el Comendador Ovando, que era el gobernador, y presentarle las peticiones de auxilio del Almirante. Después hubo de esperar varios meses en Santo Domingo a que volviesen naves de España, pues en más de un año no se había acercado buque alguno. Al fin llegaron tres naos de la Península; Méndez compró una, y cargándola de pan y vino, cerdos, carneros y frutas de la isla, la envió a Jamaica, donde llevaba Colón siete meses de abandono, animado en su infortunio por celestes visiones. Un eclipse de luna, anunciado por él con aires de brujo, había servido para que los naturales atendiesen a la manutención de sus hombres.

—Méndez se volvió a España—dijo Ojeda—y acompañó al Almirante en sus últimos y tristes años. Colón lo recomendó a su familia, y la familia no hizo nada por él. El hijo de Colón, segundo virrey de las Indias, le había ofrecido el cargo de alguacil mayor de Santo Domingo, pero se lo dio a un pariente suyo. El valeroso hidalgo vivió muchos años, muchos; llegó a alcanzar el gobierno de don Luis, el nieto de Colón, y su madre la virreina gobernadora… A la hora de la muerte, al redactar en Valladolid su heroico testamento, declaraba con amargo orgullo que, pudiendo ser por sus trabajos el más rico hombre de la isla si los descendientes del Almirante hubiesen cumplido sus promesas, era el más pobre de ella, pues no tenía ni una casa en que vivir sin pagar alquiler.

La gloria de sus hazañas, algo olvidadas, le preocupó en los últimos instantes al disponer su sepultura. Quería que lo enterrasen bajo una piedra grande, la mejor que encontraran sus herederos, y que sobre ella hiciesen grabar: «Aquí yace el honrado caballero Diego Méndez, que sirvió mucho a la Corona Real de España en el descubrimiento y conquista de las Indias…». Y con la gravedad de un gran señor que dispone los cuarteles y demás adornos heráldicos de su tumba, describió el escudo que debía encabezar la inscripción: «Ítem: En medio de la dicha piedra se haga una canoa, que es un madero cavado en que los indios navegan, porque en otra tal navegué yo trescientas leguas, y encima pongan unas letras que digan: Canoa».

Una disposición extravagante, mezcla de hidalgo orgullo y amarga ironía, cerraba el testamento del argonauta. Colón, antes de morir, había instituido un mayorazgo con los grandes bienes que poseía en las Indias. El pobre Méndez, sin una casa «donde morar sin alquiler», no quiso ser menos que su antiguo jefe e instituyó un mayorazgo con todos sus bienes. Estos bienes eran un mortero de mármol, que estaba en poder de un hijo de Colón y siete libros, que constituían toda su fortuna.

—El testamento cita los libros—añadió Ojeda—. Un tratado en verso sobre la venganza de la muerte de Agamenón, otro tratado de las Querellas de la Paz, la filosofía moral de Aristóteles y las obras de Erasmo, el autor de moda en aquel entonces… Esto prueba que los conquistadores no fueron brutos heroicos, incapaces de escribir su nombre, como se ha creído después, equiparándolos a todos con el duro e iletrado Pizarro.

—¡Qué hombres!… ¡qué hombres!—murmuró con admiración el doctor Zurita.

Maltrana, seducido por el entusiasmo de sus compañeros, habló también de los conquistadores. Después de la lucha de siete siglos con los moros, la empresa de las Indias había sido la más popular, la más española. Las guerras en Italia, Flandes y Francia, todas las empresas de Europa, eran negocios de reyes, pleitos hereditarios en los que tomaba parte la nación por obediencia, sin iniciativa alguna, acompañada muchas veces de otros pueblos. El tercio castellano era, como la legión romana, un núcleo de combate rodeado de enjambres de tropas auxiliares. En torno de los arcabuceros y piqueros españoles de amarillo coleto, marchaban los espadachines italianos de capa negra y los lansquenetes alemanes con acuchilladas calzas y pesadas alabardas. Las victorias españolas iban suscritas muchas veces por generales extranjeros.

—En las Indias no—dijo Maltrana—. En las Indias todo es nuestro: el soldado, el caudillo y el navegante. Hasta el dinero de las empresas de descubierta fue dinero popular. Los reyes sólo dieron subsidios para los primeros viajes. Luego, la iniciativa privada se lanzó a los descubrimientos por mar y por tierra, y en menos de un siglo dejó contorneado y explorado medio mundo.

Las modernas sociedades comerciales, las empresas por acciones, habían hecho su primera aparición en aquella España apenas salida del caos medieval. Un capitán con vagas noticias de una tierra nueva encontraba siempre un cura poseedor de ahorros, un escribano ávido, un hidalgo capaz de vender sus terruños, que se asociaban con él para la aventurera empresa, facilitando capitales con los que se adquirirían barcos, armas y víveres. El rey sólo daba su licencia, reservándose a cambio de ésta el quinto de las ganancias.

Marchaban los soldados a la conquista sin paga alguna. Eran socios industriales con una participación variable, según si iban a pie o mantenían caballo, si poseían arcabuz o disponían únicamente de espada y rodela. Unas veces, al partir la expedición de un gran puerto, se consignaban las condiciones de la empresa en solemnes capitulaciones notariales; otras, los héroes que no sabían firmar hacían decir una misa, y en el momento de la consagración tiraban de sus espadas, y con la otra mano sobre la hostia, juraban mantenerse fieles a sus pactos y compromisos. Esto no impedía que al llegar la hora del triunfo los juramentos se degollasen sacrílegamente por el reparto de unos señoríos tan grandes como la Península, con montañas que años después habían de vomitar metales preciosos por las gargantas de sus bocaminas.

Algunas expediciones partían apresuradamente, antes de completar sus preparativos, por miedo al arrepentimiento de los capitalistas o las exigencias de los acreedores. Hernán Cortés, en su viaje para la conquista de Méjico, había tenido que hacerse a la vela apresuradamente, antes de completar la provisión de víveres, por miedo a un embargo de los prestamistas.

Los formulismos legales acompañaban a los aventureros en sus lejanas empresas. El escribano era un personaje importante en toda expedición. Los Reyes Católicos habían recomendado, al iniciarse los descubrimientos, que se procediese con dulzura en el trato de los indígenas. Por esto los primeros navegantes, cada vez que al abordar a una isla o una costa de tierra firme eran recibidos por los indios con flechazos y pedradas, antes de tomar la ofensiva llamaban al escribano real, le pedían testimonio de cómo habían sido acogidos en son de guerra, viéndose en la imperiosa necesidad de defenderse; y una vez cumplida esta formalidad papelesca, disparaban las lombardas y arremetían espada en mano.

Los tres hombres, contemplando el Océano desde la borda de aquel trasatlántico provisto de las mismas comodidades de un gran hotel, recordaban las pobres embarcaciones montadas por los héroes del descubrimiento. Las carabelas, buques ligeros de rápido andar y escaso calado, que no tenían espacio para la carga ni el pasaje, sólo habían servido en las primeras navegaciones de exploración. Al poco tiempo de ser descubiertas las Indias, era la nao la que cruzaba el Atlántico, el pesado galeón, redondo de casco y de velamen, alto de popa, cuyo vientre podía transportar las gentes, bestias y herramientas necesarias para las nuevas tierras.

La monotonía abrumadora de estas navegaciones de meses y meses sólo era alterada por los peligros del Océano y por los que provocaban la imprevisión y la ignorancia propias de la época. Perdíanse muchos buques. Las primeras naos del descubrimiento iban montadas sólo por hombres. Luego, los galeones de la colonización llevaban mujeres y niños, familias en masa que se trasladaban al Nuevo Mundo, y cuando creían ver sus costas eran tragadas por la tormenta, bajando para siempre a las profundidades del mar. Los marinos expertos, amaestrados en anteriores viajes, no eran suficientes en número para las expediciones, cada vez más numerosas, a las tierras colonizadas.

Pilotos de los mares de Europa avanzaban a ciegas por el Atlántico, siguiendo inciertos derroteros en los portulanos recién dibujados. Cuando se consideraban todavía lejos del punto de llegada, surgía de pronto la costa ante el morro chato del galeón. Otras veces creían hallarse junto a las Indias, y una estima más exacta de las leguas corridas les hacía ver con terror que estaban aún en mitad del camino, con las provisiones agotadas, y lo que era más horrible, con sólo unos barriles de agua. Los hombres querían matar, enloquecidos por la sed; las mujeres, de rodillas, enseñaban a sus pequeñuelos, pidiendo por caridad unas gotas de líquido.

¡Los dramas ignorados que había presenciado aquel testigo azul mudo e inmenso! ¡Los naufragios que no habían dejado como rastro ni una tabla!…

Avanzaba la nao bajo la dirección y la autoridad despótica del piloto, una especie de brujo que hablaba con los vientos y las olas. El capitán era el jefe del combate, el hombre de espada, el primero de todos en presencia de una nave hostil o de una costa abordable; pero en pleno mar obedecía, lo mismo que los demás, al grave piloto, agorero personaje que examinaba el color de las aguas, el vuelo de las gaviotas, la intensidad de los vientos, los tintes del alba y las nubes sangrientas de la puesta del sol.

Ocupaba un lugar en lo más alto de la popa, llamado «el tabernáculo», sentábase en un sillón de brazos semejante al de los antiguos barberos, y desde él gritaba sus órdenes a los proeles, mozos, grumetes y pajes, marinería despechugada, medio desnuda y famélica, en antigua relación con toda clase de parásitos. Al cerrar la noche se apagaban en el buque fuegos y luces, por miedo al incendio. Quedaban fríos hasta la mañana siguiente los hornillos de la cocina. No había más resplandor que el de la lumbre de la bitácora; y al encenderla, el paje de guardia decía, según costumbre: «Amén y Dios nos dé buenas noches; buen viaje, buen pasaje haga la nao, señor capitán y maestre y buena compaña».

Quedaban dos pajes cerca de la bitácora velando la ampolleta, un reloj de arena que molía—dejaba pasar—su contenido en media hora. Así medían el tiempo en la obscuridad de la noche. Y siguiendo una tradición, decían los pajes al entrar de guardia:

Bendita la hora en que Dios nació,
Santa María que lo parió,
San Juan que lo bautizó.
La guarda es tomada;
la ampolleta muele,
buen viaje haremos, si Dios quiere.

Cuando acababa de pasar la arena de la ampolleta, o sea cada media hora, uno de los pajes debía gritar, para que lo oyesen los marineros:

Buena es la que va,
mejor es la que viene;
una es pasada y en dos muele,
más molerá si Dios quiere.
Cuenta y pasa que buen viaje faza.
¡Ah de proa; alerta, buena guardia!

Y los marineros de proa contestaban con un grito o un gruñido para dar a entender que no dormían.

Tripulantes y pasajeros formaban corrillos en la obscuridad, hablando de los misterios y leyendas del mar, dando nombres y propiedades mágicas a los astros que brillaban entre el cordaje y las velas negras. A media noche, cuando todos sentían cerrarse sus ojos e iban en busca de las hamacas y petates, verificábase el relevo de la guardia, entrando de cuarto los que habían de velar hasta que rompiese el día, y los pajes gritaban otra vez:

—Al cuarto, al cuarto, señores marineros de buena parte. Al cuarto, al cuarto en buena hora de la guardia del señor piloto, que ya es hora. Leva, leva, leva.

El sábado, a la caída de la tarde, era la gran fiesta en el navío. Rezábase la salve «y otras prosas», como decía Colón en su diario. Se improvisaba un altar con imágenes y velas encendidas, reuniéndose ante él tripulantes y pasajeros.

—¿Somos aquí todos?—preguntaba el maestre.

—Dios sea con nosotros—respondía a coro la gente.

Quitábase la caperuza el maestre antes de replicar:

Salve digamos,
que buen viaje hagamos.
Salve diremos,
que buen viaje haremos.

Y todos los del buque, proeles, grumetes, lombarderos, soldados, hidalgos, damas, sirvientes y niños, entonaban la salve en la tarde moribunda, mientras el sol teñía de anaranjado las velas y el mar levantaba con sus choques la pesada cáscara del galeón.

Con la salve y la letanía no terminaban los rezos. Un paje que hacía funciones de monacillo al lado del maestre recomendaba después con su voz infantil:

Digamos una Ave María
por el navío y la compañía.

—Sea bien venida—contestaba la multitud.

Y cuando se finalizaba este rezo, el maestre saludaba a todos con grave compostura.

—Amén, señores, y que Dios nos dé buenas noches.

No todos los navegantes eran piadosos y confiaban su suerte al cielo. En el primer siglo del descubrimiento, esparcíase entre la gente marinera la leyenda del piloto Carreño, un argonauta osado y blasfemador, enemigo de Dios y de los santos. A pesar del ambiente diabólico que rodeaba su nombre, las tripulaciones lo recordaban con envidia en las grandes calmas, cuando el galeón permanecía inmóvil semanas enteras en un mar como un espejo, sin el más leve soplo de brisa.

Este maldito del Océano, que hacía recordar al «Holandés errante» y a otros pilotos en pecado mortal, había realizado un viaje desde las Indias a Cádiz en sólo tres días. Pero hay que advertir que la nave iba tripulada por una legión de demonios disfrazados de marineros, que le habían ofrecido sus servicios. La travesía se efectuó en un continuo huracán. Pasajeros y soldados no podían tenerse de pie sobre el buque, tembloroso por la velocidad y próximo a romperse. El piloto Carreño, sentado en el tabernáculo, tenía que agarrarse a su cadira de mando para que el loco movimiento de la nave no lo arrojase al mar.

Los demonios, espíritus traviesos, ejecutaban las maniobras al revés de las voces náuticas que daba Carreño. Cuando éste ordenaba a la tripulación, ágil y maligna como una tropa de monos, «Larga escota», los demonios juguetones aferraban las velas del trinquete y de la mesana. Y cuando mandaba «Iza», ellos amainaban. Pero los diablos resultan inocentes siempre que tienen que vérselas con la malicia del hombre: su destino es ser engañados a la larga por el pecador, y el hábil Carreño, al comprender la bellaquería de sus revoltosos marineros, ordenó en adelante todo lo contrario de lo que en realidad quería que ejecutasen. Así se salvó la nao, y Carreño, en tres días, engañando al demonio, pudo pasar de un mundo a otro.

La sed era el tormento de los largos viajes interrumpidos por las calmas. Corrompíase el agua, y los alimentos, salados en demasía, excitaban en todos el ansia de beber. Las familias emigradoras se sustentaban con las provisiones que habían hecho antes de embarcar. El fogón de la nave era llamado «la isla de las ollas» por su gran número, pues cada grupo cuidaba de la suya. Y cuando llegaba la hora de la comida, los mismos pajes que acababan de tender para los marineros un mantel en el suelo, con platos de madera, daban a gritos la señal.

—Tabla, tabla, señor capitán, piloto, maestre y buena compaña. Tabla puesta, vianda presta. Agua usada para el señor capitán y maestre y buena compaña. ¡Viva, viva el rey de Castilla por mar y por tierra! Y quien le diere guerra, que le corten la cabeza. Y quien no dijera amén, que no le den de beber. Tabla en buena hora, quien no viniere que no coma.

Y comían los tripulantes al principio de la navegación carne salada de vaca; luego, huesos sin tuétano vestidos sólo de algunos nervios; los viernes y vigilias, habas guisadas con agua y sal; y en las fiestas recias, abadejo, que era plato de gran lujo. Quedaban los más con hambre pero dábanse por contentos siempre que el paje encargado de la gaveta del vino pasase con frecuencia ante ellos taza en mano.

Olvidaban los pasajeros todos los martirios y miserias de la navegación a la vista de las Indias. Abrían las cajas para sacar camisas blancas y vestidos nuevos; limpiábanse de los menudos compañeros de viaje repugnantes y molestos, que volvían a refugiarse en las rendijas de las naos; se ceñían la espada. En cuanto a las pobres damas, macilentas por el mareo y las privaciones, transfigurábanse al llegar a las nuevas tierras. Deshacían los cadejos de sus greñas abandonadas, animábanse el rostro con blanco solimán y roja cochinilla, «saliendo de bajo de cubierta—según un viajero de entonces—tan bien tocadas, rizadas, engrifadas y repulgadas, que parecían nietas de las que eran en alta mar».

La gloria, la riqueza y hasta el gobierno de pueblos estaban al alcance de todos al otro lado de los mares. Siguiendo los pífanos y atambores de los tercios y el flamear de las banderas con águilas de doble cabeza, el pobre hidalgo iba al encuentro de la gloria, pero también de la miseria. Después de largas campañas en Flandes o en Italia, tenía asegurada una espera no menos luenga en las antesalas de los palacios, con el memorial en las rodillas, solicitando una recompensa de criado por los pelotazos de hierro y los acuchillamientos recibidos en las batallas contra el turco y el herético. Los altos puestos los acaparaban los cortesanos de nobleza tradicional, los descendientes de los que habían peleado en la Península contra el sarraceno.

Embarcándose para las Indias todo era posible. Bastaba fundar un pueblo para ennoblecerse por este hecho, colocando ante su nombre el honorífico Don. Mozos de vida airada, acostumbrados a peleas nocturnas con las rondas de alguaciles y a largas estancias en la cárcel por deudas, convertíanse al otro lado del Océano en magníficos señores que destronaban emperadores, colocaban otros en su lugar, o concluían por sentarse en el trono. Algunos, a la hora en que sus madres, vistiendo zagalejos de roja bayeta, daban de comer a las gallinas en sus corrales de Extremadura y Andalucía, se casaban, lo mismo que los caballeros andantes, con grandes princesas de tez pálida y ojos oblicuos, criaturas de enigma y ensueño que llevaban sobre la frente la borla multicolor de la autoridad y en el pecho áureas placas con sagrados jeroglíficos.

Y todos los días, durante un siglo, chirriaban al amanecer las puertas del caserío vasco, del tapial pardo de Castilla, del casuchín morisco enjalbegado y oprimido en la calleja andaluza, de la corralada extremeña envuelta en olor de estiércol cerduno, y los mozos emprendían la marcha, ligeros de ropa y ágiles de piernas, cantando como los mancebos que encontraba Don Quijote en sus correrías, con una vieja espada al hombro a guisa de bordón de peregrino y pendiente de ella el hato de ropa con toda su fortuna: unas calzas nuevas, los gregüescos, dos camisas, un rosario, unos naipes gastados, lo más preciso para llegar a virrey o a marqués de título sonoro y exótico al otro lado del mar. Y de todos los extremos de la Península, siguiendo rutas convergentes como las varillas de un abanico, estos alegres romeros de la aventura y la ilusión venían a unirse con una firme amistad, tal vez por toda la existencia, al pie de las carabelas y galeones que se balanceaban pesadamente en la desembocadura del Guadalquivir esperando el lombardazo de partida.

Eran «la segunda hornada» de exploradores, los que habían de contornear el mundo recién descubierto, a través del naufragio y la muerte. Embarcábanse años después los de «la tercera hornada», los conquistadores de reinos y fundadores de ciudades, que, mal avenidos con la paz del triunfo, acababan por pelearse entre ellos sañudamente en una guerra de banderías estúpida y feroz.

Los reyes vivían vueltos de espaldas a estas tierras de misterio, cuyas riquezas tan decantadas sólo fueron una realidad algunos años más tarde. Preocupados con sus guerras y negocios de Europa, miraban indiferentes este éxodo y abrían la mano liberalmente a toda demanda de nuevas conquistas y permisos de navegación.

—Un autor de aquella época—dijo Maltrana—escribió un libro titulado Los seis aventureros de España, y cómo el uno va a las Indias, y el otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro está preso, y el otro anda entre pleitos, y el otro entra en religión. Y cómo en España no hay más gente destas seis personas sobredichas… Así era: no había más. Éste era el estado a que podían aspirar los que tenían voluntad y coraje. Las Indias representaban, según Cervantes, «el refugio y el amparo de todos los desesperados de España»; y como la desesperación era el estado natural de los españoles de entonces, de aquí que el libro debió tener una segunda parte, verídica y lógica, relatando cómo el aventurero de Indias se quedaba allá para siempre; y los aventureros de Italia y Flandes, aburridos de un heroísmo pobre y sin gloria, acababan por irse al Nuevo Mundo; y el preso hacía lo mismo al salir de la cárcel; y el pleiteante seguía idéntico camino, viéndose sin otra subsistencia que la sopa boba; y hasta el fraile acababa sus días en un monasterio colonial adoctrinando vírgenes cobrizas y cuidando los naranjos recién traídos de la Península…

—En esta fuga hacia las tierras nuevas—dijo Ojeda—, ¿quién podrá conocer jamás la cifra exacta de los que salieron y no llegaron? ¡Cuántas catástrofes ignoradas!… Algunos autores extranjeros afirman que en tres siglos le costó a España treinta millones de hombres la colonización del Nuevo Mundo. Seguramente exageran; pero hay que pensar que esa magna colonización desde la mitad de los actuales Estados Unidos al paso de Magallanes la acometió ella sola con sus propios recursos. Hoy, el americano ha cambiado mucho de su tipo original. ¡La mezcla que esto supone! ¡El enorme envío de virilidad que fue necesario para aclarar la sangre india de su cobre nativo!…

Durante el primer siglo de la conquista, embarcábanse los aventureros en los primeros buques que encontraban disponibles, vasos antiguos apenas recompuestos y guiados por cualquier piloto costero que se prestaba a dirigir la expedición. Las administraciones de entonces no conocían la estadística. Además, eran frecuentes los viajes clandestinos, sin papeles. Nadie se preocupaba de la seguridad de los viajes ajenos: cada uno que velase por sí mismo. Se confiaba en Dios y no se tenía miedo a nada.

Una expedición al mando de un viejo capitán de Indias salía de Cádiz para la isla de las Perlas, en las costas de Venezuela. El día era bonancible, el mar liso y tranquilo; pero el galeón estaba tan desencuadernado y podrido, que apenas navegó una hora se fue a pique instantáneamente a la vista de la ciudad, ahogándose todos sus tripulantes.

—Esta catástrofe—dilo Maltrana—metió algún ruido, porque entre los aventureros iba el hijo único de Lope de Vega, mozo poeta deseoso de seguir una de las seis carreras de los hidalgos de entonces. Pero ocurrían con mucha frecuencia estos naufragios por imprevisión o por audacia, sin que de ellos quedase noticia alguna… ¡Si este mar pudiese contarnos todos los dramas ignorados del descubrimiento!

El doctor Zurita asintió gravemente. Mucho le había costado a España su gran empresa de Ultramar. Tal vez su decadencia provenía de esto.

—Así es—contestó Ojeda—. Unos atribuyen esa decadencia a las guerras europeas; pero las naciones que peleaban con nosotros experimentaron iguales pérdidas, y no por esto decayeron… Otros echan la culpa al exceso de religiosidad, que nos metió en empresas absurdas. Tal vez sea esto cierto, pero en parte nada más. Naciones hubo entonces tan fanáticas como la nuestra, y sin embargo no se vieron en peligro de muerte… La causa principal de nuestra decadencia, o más bien dicho, de nuestra anemia, debe buscarse en la colonización de las Indias. Un organismo sana de las heridas que recibe, por tremendas que sean. Lo peligroso, lo mortal, es un desangre que dura años, que dura siglos: un flujo inatajable con el que se escapa la vida…

Fernando describió a la vieja España como una de esas madres prolíficas en exceso que marchan sobre sus piernas un tanto vacilantes, entre sus hijos, grandotes, robustos, sonrientes con la confianza de la salud. Sufren todas las enfermedades y no tienen ninguna: su única dolencia cierta es la debilidad, la anemia, la escasez de una vida que han ido repartiendo y malgastando generosamente. Cada hijo se ha llevado un jirón de su existencia.

—Y figúrense ustedes—continuó Ojeda—lo que representa para España haber dado a luz cerca de una veintena de cachorros que están al otro lado del mar viviendo por cuenta propia, unos adelantados y cultos, otros impulsivos y montaraces, pero todos de su sangre y su apellido y con las ilusiones de la juventud.

Maltrana asintió a estas palabras, pero añadiendo una opinión suya. El mal de España había sido no descansar hasta la vejez.

—Nuestro país es por su historia algo semejante a una olla que hierve siglos y siglos sin que nadie la aparte del fuego para que se enfríe su contenido. Los grandes pueblos de Europa, después del hervor fundente durante el cual se mezclaron sus razas y se borraron sus antagonismos, pudieron descansar en la paz. Este reposo les ha servido para solidificarse, engrandecerse y adquirir nuevas fuerzas. España no; España no conoció el descanso. Durante siete siglos hierve con el burbujeo de las luchas de raza y los antagonismos religiosos. Al fin se verifica de cualquier modo la fusión de los diversos ingredientes. Ya está hecha la mixtura nacional, tal vez de mala manera, pero ya está hecha. Hay que retirar la vasija del fuego para que se cristalice el contenido y sea algo más que líquido y vapores.

Pero en este momento crítico, España descubría las Indias y por alianzas monárquicas se encontraba dueña de media Europa. Y en vez de descansar, volvía a hervir con un fuego mayor, se hinchaba con un burbujeo loco, absurdo, el más extraordinario, atrevido e insolente que consigna la Historia. Una nación relativamente pequeña, mal situada en un extremo del mundo viejo, y que además pretendía unificarse expulsando a los españoles hebreos y musulmanes por ser de distinta religión, emprendía al mismo tiempo la empresa de colonizar medio globo y de mantener bajo su autoridad lejanas naciones europeas que no eran de su idioma ni de su raza.

Y el líquido, hinchado por el fuego, adquiría fantásticas proporciones, pareciendo mucho más grande de lo que realmente fue; esparcíase en oleadas fuera de la vasija, para perderse sin utilidad alguna, hasta que acabó por apagar la lumbre. Y cuando la olla descansaba al fin, enfriándose, sólo tenía en su interior leves residuos. Lo mejor se había escapado en vapores gloriosos o quedaba esparcido por el mundo en manchas, en pequeños terrones, sin formar una masa homogénea.

—¡Ay, si hubiésemos descansado a tiempo como otros pueblos!—dijo Maltrana—. ¡Si hubiese transcurrido un siglo o dos entre la constitución nacional y nuestras grandes empresas!… Pero estiramos la pierna más allá de la sábana, que era corta. Nunca se ha visto un despilfarro de vida y de energías más glorioso e inútil.

El doctor Zurita protestó de esto último.

—Inútil no. En lo que se refiere a las empresas de Europa, indudablemente… Pero queda la América, todas las repúblicas que hablan español, y que más allá de sus diferencias de constitución nacional son iguales por su alma y sus costumbres.

Ojeda asintió. El loco despilfarro de la energía española únicamente había sido reproductivo en las Indias. Viajando por diversas repúblicas del Nuevo Mundo en sus tiempos de diplomático, había apreciado la grandeza histórica de España mejor que con la lectura de los libros apologéticos.

En un país americano de clima frío, donde crecían lo mismo que en Europa el pino y el abeto y las montañas estaban coronadas de nieve, salía al encuentro del viajero el idioma castellano, y con él las viejas casas de escudos coloniales en el portón y los entonados señores de solemnes maneras semejantes a los hidalgos antiguos. Hasta el presidente de la República llevaba un apellido rancio y sonoro, igual al de los galanes de capa y espada de las comedias de Calderón. Luego, al saltar a otro país de cocoteros y bosques enmarañados, con ríos como mares, llanuras de infernal ardor, volcanes de cima humeante y lagos suspendidos entre cordilleras vecinas a las nubes, volvía a encontrar vestido de blanco, con el sombrero de paja en la mano, el mismo hidalgo cortés y ceremonioso; la dama de breve pie y ojos andaluces, discreta, juguetona y devota como una tapada de Lope; el antiguo convento colonial con sus torres encaperuzadas de azulejos que desgranan el campaneo de las horas en las tardes ardorosas o las noches lunares sobre calles de rejas ventrudas impregnadas de perfume de naranjo y de jazmín. Y otro presidente le recibía en audiencia, ostentando un apellido de vieja cepa, y era idéntico a los demás en su porte caballeresco y sus hazañas de caudillo voluntarioso y corajudo.

Desde las fronteras de Texas a los hielos de Magallanes, vivía España y viviría luengos siglos en el doctor sentencioso, trasatlántico, descendiente de Salamanca y Alcalá; en la dama graciosa y devota que imita las últimas novedades de la elegancia exterior, pero guarda el alma de sus abuelas; en el caudillo aventurero que renueva al otro lado del Océano los romances medievales de la Península; en la irresistible admiración por el valor y la audacia que sienten hasta los más ilustrados, colocando el coraje por encima de todas las virtudes humanas.

Podía un cataclismo continental hundir la Península ibérica bajo las aguas; y si con esto desaparecía la España nación, no por ello iba a morir la España pueblo, la España verbo, el alma española. Al otro lado del mar, en las costas del Atlántico y el Pacífico, o acopladas en las laderas de los Andes como los nidos de los cóndores, existían miles de ciudades unificadas por el idioma, las costumbres y un concepto peculiar del honor. Ochenta millones de seres hablaban el castellano y pensaban en él. El catolicismo, firme y dominador en unas naciones de América, débil y transigente en otras, era también una fuerza tradicional que mantenía viviente el pasado, común a todas ellas.

Los europeos aprendían el español para entenderse con los pueblos jóvenes de América. El castellano era el tercer idioma mundial gracias a su difusión en el Nuevo Mundo. España renacía en el verdor y belleza de sus hijas.

—Y esto es algo—dijo Ojeda—. Nuestro loco despilfarro de otros tiempos no se ha perdido del todo gracias a América.

Sus amigos asintieron. No, no se había perdido.

—Sólo un país como la Península—continuó Ojeda—, de clima africano y al mismo tiempo con mesetas de frío glacial, podía dar una raza preparada para la colonización de un mundo tan grande y diverso. Así únicamente se comprende que unos mismos hombres llegasen a fundar ciudades que están a más de dos mil metros de altura, en las que se respira con dificultad, y ciudades al nivel del mar, bajo el Ecuador, en un ambiente de infierno. Sólo un pueblo sobrio y de vida dura como el español podía acometer la empresa de poblar un mundo con el que la gente aún era más sobria y había poco de comer o no había nada absolutamente. El peligro para el conquistador no fue la flecha del indio; fueron la soledad y las inmensas distancias, y sobre todo, fue el hambre.

Zurita intervino, con la precipitación del que oye hablar de algo que conoce mejor que sus interlocutores.

—De eso puedo decir mucho. Yo he colonizado, ¿sabe, amigo?… Yo he vivido en el desierto, y allí conocí lo que habían sido los antiguos españoles y lo mucho que les debemos… Nosotros hemos sido injustos con ellos. Nos educan mal por patriotismo: nos inculcan mentiras desde la niñez. Cuando yo iba a la escuela estaban más vivos que ahora los odios de la lucha por la Independencia, y eso que había pasado más de medio siglo. España era una madrastra cruel y los españoles unos «gallegos» brutos, que sólo habían sabido esclavizarnos y explotarnos… Y esto nos lo enseñaban en idioma español, y además, el maestro y los discípulos llevábamos todos apellidos españoles. Hablábamos de los «gallegos» como de un pueblo bárbaro que hubiese conquistado nuestro país cuando ya estaba constituido y en plena civilización, retrasando su progreso, por lo cual lo habíamos expulsado gloriosamente después de tres siglos de tiranía… De hombre continué en la misma ignorancia. Los que nacemos en una ciudad ya hecha no nos preguntamos cómo se formó y quiénes pusieron sus cimientos. Cuando deseamos salir de ella, es para irnos a Europa y rabiar de emulación viendo que hay cosas mejores que las nuestras. Nunca miramos atrás ni nos preocupan nuestros orígenes.

Hizo una pausa el doctor, como si le molestase un mal recuerdo.

—Yo mismo—añadió—siento cierto remordimiento al pensar en mi abuelo. ¡Pobre señor! Cuando de niño me enfadaba con él, le llamaba «gallego» y recordaba los grandes hechos de la Independencia, que habían servido, según mis ideas, para echar a patadas del país a una banda de extranjeros explotadores… Al viajar por el interior de mi tierra, vi claro; me di cuenta de los sufrimientos y trabajos de aquellos hombres que fueron extendiendo por el desierto la civilización de su época. Sólo los que viven en las ciudades y no salen al campo (al campo inculto que aún no conoce la mano del hombre) pueden hablar con desprecio de nuestros remotos ascendientes.

El doctor recordaba su vida de joven, cuando había colonizado tierras vírgenes recientemente abandonadas por el indio.

—Tuve que sufrir toda clase de privaciones: hasta pasé hambre muchas veces. Y eso que tenía cerca el ferrocarril, y los ríos podía remontarlos en buques de vapor en vez de ir a remo, y el trasatlántico me traía en menos de un mes los encargos de Europa… Entonces me di cuenta de lo que hicieron los primeros españoles, sin otros medios de comunicación que la recua o la carreta, teniendo que echar seis u ocho meses para recorrer distancias que hoy salva el ferrocarril en dos o tres días. Cuando querían remontar el Paraná, yendo de Buenos Aires a la Asunción a remo y a vela por las revueltas del río, les costaba este viaje tres veces más tiempo que para ir a España. Naves de la Península llegaban muy de tarde en tarde, si es que no naufragaban. Y a pesar de tantos obstáculos, nuestros ascendientes fundaron los núcleos de las ciudades que ahora tenemos, crearon las primeras ganaderías, adaptaron a nuestro suelo los productos del viejo mundo, lo prepararon todo para que los europeos que llegasen después no se murieran de hambre… El español colocó la mesa en América, fabricó los asientos y puso el pan. Ésta es una imagen que se me ocurre. Después, otros pueblos más adelantados han traído las salsas refinadas de civilización, los hermosos adornos de mesa; pero sin el primero, que preparó lo más necesario, no habría banquete.

—Así es—dijo Maltrana—. Pero el que produce en la vida lo preciso y vulgar no alcanza nunca la fama del que fabrica lo superfino y agradable. Nadie sabe quién inventó el pan y quién tejió la primera tela. Ningún pueblo les ha levantado estatuas. Y crean ustedes que los inventores del pan, del paño y de la cocción de los alimentos fueron más grandes y dignos de gloria que los autores de todas las maquinarias de nuestra época.

—En la formación de los países americanos—insistió Zurita—ocurre lo que en los grandes edificios que ahora se construyen. Muy pocos ven el andamiaje interior de acero; ninguno desea conocer el nombre de los que trabajaron en los profundos cimientos. La admiración es toda para los adornos y «firuletes» de la fachada… Y quien asentó nuestros cimientos y levantó la parte sólida de nuestro palacio, fue España. Los otros pueblos han llegado mucho después, a la hora de los adornos y balconajes, para dar lo cómodo y lo lindo. Lo más duro, el trabajo ingrato y peligroso de albañilería, lo hizo «la vieja».

—Y cuanto más quieran ustedes elevar su edificio—dijo Ojeda—, cuanto más grandioso y solemne lo deseen, más tendrán que bajar en busca de los cimientos para reforzarlos, so pena de venirse abajo.

—Hay que haber vivido en el desierto—continuó el doctor—para darse cuenta de lo que trajeron con ellos los conquistadores y los servicios que prestaron a la civilización. Yo sufrí mucho al crear mis estancias, y sin embargo, pensaba: «Este caballo que me lleva de un lado a otro lo trajeron los españoles. Antes de venir ellos, no existía. Estas vacas y estas ovejas que puedo matar y comer las trajeron ellos también. La galleta que me llevo a la boca procede del trigo que ellos sembraron los primeros». Y no podía moverme en mi pobreza sin encontrar que las pocas comodidades que me rodeaban las debía a los atrevidos españoles que avanzaron y murieron en el desierto para que un día pudiese yo avanzar a mi vez. Y me preguntaba: «Pero ¿qué había aquí antes de que ellos llegasen? ¿Qué comía la gente?…». La gente era escasa, y para comer solo había maíz, mandioca y carne del huanaco. Esto a juzgar por lo que yo he visto en mi tierra. Dicen que en el Perú y en Méjico había mayores medios, porque era más numerosa la gente. Así debió ser, pero me temo que en los relatos haya mucha exageración de los hombres de pluma, cuentos maravillosos… lo que ustedes llaman «literatura».

Ojeda, que escuchaba pensativo, habló a su vez.

—Y hay que pensar, doctor, en los esfuerzos que costaría llevar al Nuevo Mundo cada uno de esos productos destinados a la aclimatación, en pequeños buques, con la gente hacinada.

Tripulantes y soldados dormían sobre las tablas. Los capitanes y personajes tenían por toda comodidad una colchoneta arrollada en el castillo de popa. Las provisiones eran saladas o avinagradas, para resistir los cambios de temperatura. Las grandes calmas del Océano hacían escasear con su larga inmovilidad la provisión de agua. Muchos vendían una a una sus prendas de ropa a cambio de algunos vasos de líquido terroso y recalentado, y llegaban desnudos al término del viaje. Y en medio de esta sed rabiosa, había que economizar líquido para dar de beber al caballo, al toro procreador, a la vaca de vientre, al naranjo en maceta, al olivo de plantel, a todas las novedades animales y vegetales que llevaban allá como tesoros, estimados en más que la vida de los hombres… Y como si no bastasen tantas tribulaciones, habían de abrirse paso a cañonazos entre los buques enemigos, ingleses, holandeses o franceses, que, según las variaciones de la política española, les salían al encuentro para impedir sus viajes.

—España—terminó Ojeda—dio a América todo lo que tenía, lo bueno y lo malo.

—Y no dio más porque no tenía más—dijo Zurita—. Los otros países no creo yo que tuviesen más que dar en aquellos tiempos… Pero nosotros, legítimos descendientes de los españoles, hemos heredado de ellos la mala lengua, la tendencia a hablar contra España y hacerla responsable de todo.

—Ahí tenemos al amigo Pérez—dijo riendo Maltrana, ese buen mozo subido de color que admira a Inglaterra hasta en sueños. Ése hace responsable a la madre patria de todo lo de América: de la sequedad o del exceso de lluvias, de la pereza de los indios, hasta de la escasez de ferrocarriles.

—La mala lengua heredada, es cierto—dijo Ojeda—. El individualismo orgulloso del español, que se cree defraudado por ser de su país y habla contra él a todas horas, convencido de que al nacer en otra tierra hubiese sido mucho más grande.

—Una injusticia—dijo Zurita—es también hablar tanto de la crueldad de los españoles con el indio. ¿Cómo civilizar una tierra sin barrer antes la gente que la ocupa si es que se opone a esa civilización?… En la antigua América española, los pueblos más adelantados son ahora aquellos que tienen menos indios. En los Estados Unidos quedan tan pocos, que los enseñan en los circos como una curiosidad. En mi país sólo se encuentran en las fronteras del Norte, y cada vez son menos. Chile ya no guarda más que una muestra de los antiguos araucanos.

—Es curioso—dijo Maltrana volviendo a sonreír—. Casi todas las repúblicas americanas, en su odio a España, han cantado al indio primitivo, que hizo frente a los conquistadores, pintándolo como un héroe poseedor de todas las virtudes. Pero muchas de esas repúblicas, después de su independencia, se han dedicado a matar al indio, a suprimirlo con una crueldad más fría y razonada que la de los virreyes y gobernadores, a organizar el exterminio metódico y el reparto de los niños, para que no quedase ni simiente… Nietos de gallegos y vascongados han cantado los intentos de rebelión de los indios contra la metrópoli, viendo en ellos los primeros vagidos de la Independencia, cuando no fueron más que revueltas de razas, sublevaciones de color. En el caso de triunfar los indios, lo primero que hubieran hecho es dar muerte a los criollos blancos, abuelos o padres de los caudillos de la emancipación americana.

—Yo no soy de ésos—protestó el doctor—. Yo creo que el principal defecto de la colonización española fue su empeño en transformar al indio, en hacerlo cristiano: empresa difícil y de escasos resultados. Vean el ejemplo de las grandes naciones modernas: cuando les estorba su paso un pueblo refractario, lo suprimen… Inglaterra, con su virtud protestante y su lagrimeo bíblico, ha borrado del planeta razas enteras. España no pudo hacerlo. Tenía que poblar un hemisferio, le faltaba gente para tanta extensión, y hubo de transigir con los naturales. Además, hay que tener en cuenta el espíritu devoto y la perniciosa facilidad del español para engancharse con la primera india que le salía al paso y constituir con ella santa familia cargada de hijos. Los pueblos modernos, cuando conquistan un país, envían remesas de mujeres blancas para que los colonizadores no malgasten la semilla nacional en mestizamientos. Y si a pesar de esto surge el mestizo, no lo reconocen.

—El conquistador—dijo Maltrana—, aconsejado por el sacerdote, creyó vivir en pecado mortal si no se casaba con la madre de sus hijos, y a veces la manceba india, por obra de las hazañas de su marido, llegaba a ser doña Inés, doña Luz o doña Violante con escudo nobiliario y gobernación de tierras.

—En los Estados Unidos—dijo Ojeda—, la gente europea se mantuvo en su pureza blanca, y por eso llegó adonde ha llegado. Cada uno, al emigrar, se llevaba su mujer, y los casamientos se hacían siempre dentro de la raza. Pero aquella tierra está, como quien dice, a las puertas de su antigua metrópoli, los viajes eran más rápidos, más frecuentes, y mayor el trasplante de personas. Además, vivieron mucho tiempo concentrados en las costas, dejando el resto del país a los salvajes, avanzando lentamente, con paso seguro, hasta que, casi en nuestra época, de un solo golpe se desbordaron por la enorme extensión, decididos a acabar con el indio, refractario a la cultura; y el indio acabó… España, desde el primer momento quiso verlo todo, explorarlo todo. Sus primeros descubridores estuvieron en sitios a los que luego no ha vuelto ninguna persona civilizada. Y este esparcimiento loco de fuerzas disgregadas y curiosas tuvo como consecuencia, en muchos lugares, que en vez de hacerse el indio español, fue el español el que se hizo indio, sumándose por el amor y las relaciones de familia a la raza que intentaba dominar.

—Así les va a los pueblos de tal origen—dijo sonriendo el doctor—. Yo, mis amigos, tengo opiniones muy personales en lo que se refiere a los países de América. Soy americano, pero no indio. Cuando veo una nación donde la gente es blanca en su mayoría, me digo: «Éstos trabajarán en paz, y seguramente irán lejos.» Cuando veo por todas partes caras cobrizas y pelos de cerda, tuerzo el gesto: «Mal; éstos sólo pueden dar de sí enredos, politiqueos, una vanidad ridícula, revoluciones para ocupar el Poder, bailes, músicas y versos… muchos versos…».

Los dos amigos rieron al oír las últimas palabras del doctor.

—Yo he trabajado en el campo—continuó éste—, y sé por experiencia que sólo puede emprenderse un negocio con trabajadores de raza blanca o con emigrantes de Europa, que conocen el valor del dinero, ahorran y tienen un concepto exacto de los deberes de la vida. ¡Lo que me han hecho sufrir indios y mestizos!… Trabajan de un modo loco cuando les acosa el hambre, pero apenas cobran una semana, desaparecen para ir a emborracharse y le dejan a usted plantado. ¡Cómo llevar adelante una empresa con tales auxiliares!… Más de una vez he envidiado a los conquistadores, que, con arreglo a las costumbres de su época, podían dirigir palo en mano a unas gentes incapaces de un trabajo serio y continuo. Sólo el que ha colonizado puede comprender la conducta de aquellos españoles. Tuvieron que implantar la civilización de su época sin otra ayuda que la de unos niños grandes que únicamente se mueven a impulsos del temor. Los doctores, que viven en las ciudades y todo lo han encontrado hecho (sin saber ciertamente cómo se hizo), pueden permitirse sensiblerías y declamaciones.

Hablaron después de esto de los «grandes crímenes» de los conquistadores.

—Eran gente dura, violenta—dijo Ojeda—, y hasta entre ellos mismos dirimían con sangre sus cuestiones. Pero no eran mejores ni peores que los hombres de espada que en los mismos años hacían la guerra en Europa. ¡Es curiosa la injusticia del mundo con los conquistadores de América!… Algunos los describen como monstruos excepcionales de maldad, algo de que no hay ejemplo en la Historia; y un siglo después que ellos realizasen su conquista, se desarrollaban en el corazón de Europa la guerra de los Treinta Años y otras guerras de religión, con degüellos en masa de pacíficos campesinos y quemas de pueblos enteros con todos sus habitantes…

—Igualmente son ridículas—dijo Maltrana—las lamentaciones por el trabajo de los indios en las minas. Cualquiera creerá que sólo trabajaban ellos. El indio servía para el arrastre de los minerales, como hoy mismo sirven los hombres libres en las minas que carecen de maquinaria. Pero con el indio trabajaban obreros españoles, mineros enviados de la Península, que sufrían tanto o más que ellos… Siempre tendrá la humanidad que realizar, para vivir, pesados trabajos, abrumadoras funciones. Hoy, después de tanta civilización, centenares de miles de blancos sufren igualmente en las minas, y es injusta esa sensiblería que se calla cuando la víctima es uno de su raza y sólo se enternece cuando el que pena es de otro color… Como España estuvo gravitando sobre Europa durante siglo y medio y dejó resentidos por su dominio a muchos pueblos, no ha habido mentira ni exageración que la venganza haya dejado de lanzar después contra ella.

—Gran cantidad de las patrañas que circulan sobre nuestras colonias—dijo Ojeda—son obra de un editor. Los libreros tuvieron gran influencia en la historia de América. Su mismo título (con menosprecio de Colón) se lo dio un librero de la frontera francesa, el editor de las cartas de Américo Vespucio. Y muchas de las mentiras que circulan con un carácter tradicional contra los españoles coloniales las inventó un librero flamenco.

Era Teodoro de Bry, impresor de Lieja, que de 1570 a 1602 estuvo publicando libros y estampas para alimentar en Europa la curiosidad por los sucesos de las Indias y el odio a España, dominadora del viejo mundo en aquel entonces. El buen flamenco hizo obra patriótica desacreditando por todos los medios a los españoles les que gobernaban su país. Pero esta obra apasionada fue indigna de la credulidad que le dispensó la ignorancia general. Las afirmaciones del editor Bry, que jamás estuvo en las Indias, que imprimió todo cuanto le ofrecían siempre que fuese contra España, y vivió un siglo después del descubrimiento, se aceptaron con el mismo respeto que si fuesen documentos de testigos presenciales. Inventó retratos de Colón, e inventó igualmente ridículas historias sobre la vida del Almirante y la injusticia y crueldad de los españoles.

—El librero Bry—continuó Ojeda—fue el autor de ese cuento soso e imbécil sobre «el huevo de Colón»… ¡La suerte de ciertas tonterías! Muy pocos conocen lo que fue el descubrimiento ni tienen una idea aproximada de Colón; pero todos saben la perogrullada del huevo, fábula insulsa digna de un ingenio flamenco.

—Cierto es—dijo Maltrana—que una buena parte de lo que se ha propalado contra los españoles de América se inventó en Europa por gentes que nunca estuvieron allá. Algunos autores americanos del siglo xviii protestaron de la exageración de esas invenciones, pero su voz no tuvo eco. Luego, al iniciarse la Independencia, los revolucionarios americanos adoptaron como suyas muchas de las afirmaciones europeas, aceptándolas a ojos cerrados con el apasionamiento de la lucha, y aún colean los tales embustes en la enseñanza que se da en las escuelas del Nuevo Mundo.

—Al empezar la decadencia de nuestra patria—añadió Fernando—, de Italia, de Flandes, de Holanda, de Alemania, de Inglaterra y de Francia, países que tenían mucho que vengar, pues durante siglo y medio les había molestado enormemente la preponderancia española, llovieron volúmenes hablando de las grandes crueldades sufridas por los indios. Rousseau puso de moda el hombre primitivo, libre en plena Naturaleza, y los indígenas americanos fueron el tipo perfecto de la víctima aprisionada y desfigurada por la civilización. Abates folicularios, para halagar al público, lloraban sobre la desgracia de unos pobres indios que sólo habían visto pintados en estampas lo mismo que mascarones de Carnaval.

—El barón de Humboldt—interrumpió Maltrana—, el único extranjero de capacidad que vio de cerca la América de entonces viajando por casi toda ella, decía que los indios gobernados por la autoridad colonial, torpe y formulista, pero a la vez tolerante y floja, bien podían ser envidiados por los campesinos de Europa, que vivían con mayor miseria, y especialmente por los campesinos de Francia antes de la Revolución… Muchos de los crímenes coloniales, que fueron a la misma hora crímenes de todo el resto del mundo… ¡literatura, pura literatura!

—No lo tome usted a broma—dijo Ojeda—. La literatura entró por mucho en eso. Cuando se inició en América el movimiento de emancipación, Chateaubriand reinaba sobre el mundo y Atala era el libro sublime. «¡Triste Chactas!», cantaban con voz llorosa acompañadas de arpa o de guitarra todas las damas de ambos hemisferios. Y el indio de moda, interesante, gallardo y filosofador, era para los revolucionarios un argumento más contra la tiranía española.

—Y lo gracioso fue—dijo Maltrana—que el indio, en casi todos los países de América, en vez de irse con la revolución, que lo compadecía y ensalzaba, se mantuvo aparte de ella o defendió hasta el último momento al rey, formando en los ejércitos monárquicos, donde por cada soldado peninsular había cuarenta o cincuenta de color. Y terminada la revolución, al verse vencedores los enemigos de la tiranía, se dieron buena prisa en acabar con el «triste Chactas», pasándolo a cuchillo en muchos países de nuestra América, quemando sus tolderías, repartiéndose a sus hijos, o mezclándolo en las luchas civiles para que fuese carne de cañón.

Otra vez volvieron a hablar de los primeros conquistadores. Al iniciarse su éxodo, el pueblo español estaba en el apogeo de su vigor. Siete siglos de pelea continua con el moro habían virilizado sus costumbres. Hombres de guerra jugaban a detener una muela de molino en plena rotación. Otro, con una cortesía de gigante, arrancaba en una iglesia la pila de agua bendita para que mojase con más comodidad sus dedos una dama de baja estatura. Todo español era soldado. Las continuas algaradas, cabalgadas y rebatos en los límites de los reinos musulmanes y cristianos obligaban al labriego a arar la tierra con las armas prontas. Una operación agrícola costaba muchas veces una batalla. El árabe le enseñó a cabalgar en corceles indómitos; la tradición del país, que databa de los auxiliares de Aníbal, hacía de él un peón infatigable. La lucha de guerrillas, sorpresas y emboscadas, armado a la ligera, le preparó para buscar en las selvas de América al enemigo escurridizo, invisible y de golpe certero.

Semejantes a los legionarios romanos, que lo mismo peleaban en tierra que en el mar, los aventureros de la conquista fueron a la vez navegantes, jinetes incansables en las pampas inmensas y duros andarines de las selvas vírgenes, sufriendo los rasguños de la espinosa vegetación, el acecho de los indios, la acometida de las fieras los tormentos del hambre y de la sed. Algunos que desembarcaron en Méjico acababan por establecerse en los confines de la Patagonia. Otros, abandonando la vida regalada a orillas del Pacífico, lanzáronse a través de bosques y desiertos, siguiendo el curso de ríos como mares, para salir al Atlántico por las bocas del Amazonas. El pie incansable valía tanto en ellos como la mano férrea y el ojo de pájaro de presa.

El hambre, un hambre que sólo podía sufrir el español, habituado a las sobriedades de su raza, le acompañó en sus exploraciones por las peladas altiplanicies de los Andes y las llanuras pantanosas sin término. Aventurábase en desiertos de los que parecía haber huido toda vida animal. El cielo de triste azul relampagueaba y temblaba cargado de electricidad, sin soltar una lágrima de lluvia; el suelo de bronce no permitía que la más leve brizna de hierba adornase sus peñascales; la llama y la vicuña torcían su carrera de trote femenil para no internarse en esta desolación, glacial unas veces, tórrida otras. Ni una planta ni una bestia se encontraban en las soledades de leguas y leguas… Y por allí pasó el hombre, por allí caminó sin guía el aventurero español, a impulsos de su heroica ignorancia, que le hacía marchar en línea recta, siguiendo el revoloteo ilusorio de la Quimera, siempre en busca de las montañas de oro.

Unos eran estudiantes mal avenidos con las bayetas escolásticas o mozos de labranza que, deslumbrados por el mágico esplendor de las Indias, se improvisaban guerreros en las tierras nuevas. Los más eran combatientes de las guerras de Europa, segundones de ilustres casas, hidalgos pobres que habían hecho su aprendizaje en los tercios de Italia y de Flandes y asistido al saco de Roma: soldados orgullosos de sus hazañas y un tanto indisciplinados, que consideraban a sus jefes como iguales. Cada uno de ellos era capaz de tomar el mando, y en momentos difíciles, obrando por cuenta propia, remediaba las faltas de su caudillo y obtenía la victoria. Su orgullo estaba acostumbrado al respeto y al miedo del capitán. Cuando éste no podía ahorcarlo, lo halagaba cortesanamente. Los generales llamaban en España a sus gentes «señores soldados». El duque de Alba, acostumbrado a tratar con fiereza a reyes y papas, apellidaba a los guerreros de sus tercios «Muy altos y poderosos hijos», ponderando «el gran amor y afición que les tenía».

Y de entre estos hombres de guerra altivos, crueles y caballerescos, que paseaban su arcabuz como un cetro, su casco abollado como una corona, sus harapos como una gloria, surgían Ercilla, Cerotes, Calderón y tantos otros ingenios. En pacto eterno con el hambre y la pobreza, condenados desde mozos a ver sus hazañas mal recompensadas y sin otro porvenir que una vejez de mendicidad, podía sin embargo el más humilde de ellos, si le ayudaba la suerte en las Indias, convertirse en señor de luengas tierras y virrey de un Imperio.

—La literatura—dijo Ojeda—influyó mucho más de lo que creen en la empresa de la conquista. Los años que siguieron al descubrimiento fueron de gran difusión para las lecturas heroicas, difusión que duró un siglo, hasta que Cervantes escribió su famosa obra.

En 1492 se imprimían por primera vez los libros de caballerías; Nebrija publicaba la primera gramática castellana; se representaban en corrales y atrios de conventos las primeras farsas; caía Granada y se embarcaba Colón. Todo en un año: el descubrimiento de un mundo nuevo, la unidad nacional, el nacimiento del teatro, la formación y reglamentación definitivas del lenguaje y la popularidad, por medio de la imprenta, de los libros de caballerías, que en costosos infolios caligráficos sólo habían servido hasta entonces de recreo a opulentos magnates como don Alvaro de Luna… El hidalgo pobre, el mozo camorrista, el viandante aventurero, conocieron por sus propios ojos las sergas del caballeresco Amadís y gritaron de entusiasmo con las hazañas de Palmerín y Tirante el Blanco.

—Las almas sensibles y creyentes—continuó Fernando—paladearon las gestas del místico guerrero Perceval y los amores del caballero Tristán de Leonis con la infortunada reina Iseo, historias de amor y de muerte de los trovadores medievales, que en nuestros días ha remozado Wagner como argumentos de sus poemas… Las veladas en ventas y mesones discurrían ligeras en torno del candilón, que trazaba un círculo rojo sobre las páginas de la maravillosa historia impresa. Un estudiante de clérigo o un bachiller leía en alta voz, rodeado de un círculo de caras cetrinas, con el ceño fruncido y la boca palpitante de emoción… Uno de los venteros del Don Quijote declara como la mejor joya de su casa los viejos libros de caballerías olvidados por un caminante.

Estas historias disparatadas y heroicas agrandaban los ánimos, quitando toda significación a la palabra «imposible». Los más de los lectores y auditores llevaban espada al cinto, y al enterarse de las desaforadas batallas con gigantes partidos por mitad, dragones despanzurrados, fugas de inmensos ejércitos de malandrines, endriagos y salvajes, vencimiento de terribles encantadores y liberación de princesas cautivas, pensaban con emulación y envidia: «Lo mismo haría yo si se presentase la ocasión. Pero… ¿adónde ir?… ¿Cómo empezar?».

Los caballeros aventureros con existencia real conocidos de las gentes, el valiente Juan de Merlo, rompedor de lanzas en la corte de Borgoña, o los peleadores del «paso honroso» con Suero de Quiñones, habían vagado de corte en corte sin mayores hazañas que los torneos. ¿A qué parte del mundo caían las ínsulas y tierras de encantamiento para los hombres ansiosos de maravillosas aventuras?…

Y mientras toda una generación soñaba con los ojos puestos en el libro y una mano en la cruz de la tizona, íbase agrandando el radio de los argonautas al otro lado del Océano. Detrás de las islas de recientes desengaños extendía la inmensa tierra firme un mundo de misterios. Los que volvían de allá, adornado el casco con raros plumajes, hablaban de ejércitos de hombres cobrizos y fieros que sacaban el corazón a los enemigos para ofrecerlo a sus dioses; de esbeltas y ligeras amazonas con sólo un pecho, para tirar mejor del arco; de tritones mostachudos en los ríos, sirenas en las desembocaduras, perlas en los golfos y grandes bloques de oro nativo, del que enseñaban fragmentos… ¡Las ricas ínsulas no eran ficciones de los libros! ¡Había tierras en las que un paladín podía crearse un reino a golpes de espada!… Y la juventud corrió a llenar con sus armas y sus ilusiones las naos de Sevilla y Cádiz; y una vez en el otro mundo, empezaban la epopeya de los «navegantes de tierra firme», más dolorosa y más heroica que la de los navegantes del mar.

En las selvas de América, nunca exploradas, vieron hipógrifos, licornios y grifos iguales a los de los amados libros; las mordeduras de serpiente no eran mortales si se les aplicaba una amatista; la piedra bezoar sanaba todas las dolencias, y el mismo Carlos V pedía para las suyas este remedio encantado de los conquistadores. Árboles misteriosos daban la muerte a todo el que descansaba a su sombra, y otros sugerían dulces sueños de embriaguez. Grupos de hombres armados, sin más guía que el indio mentiroso y fantaseador o el eco de una tradición confusa, iban de la Florida a la Patagonia, del Callao a la desembocadura del Orinoco, en busca del valle de Jauja, lugar paradisíaco de delicias y harturas, del Imperio de las Amazonas, de la «Ciudad de los Césares», áurea metrópoli que nadie vio jamás, o de la Fontana de Juventud, suprema esperanza de los conquistadores de barba canosa que sentían decaído su vigor. Pedro de Alvarado tenía que luchar contra los conjuros de una india gorda, temible hechicera igual a las encantadoras de los poemas antiguos. En un combate mataba de una lanzada a un águila verde que pretendía sacarle los ojos, y al caer, el ave de presa tomaba la forma de un indio muerto. Era un cacique que, merced a los encantamientos de la bruja, se había convertido en águila para cegar al conquistador.

Hombres razonables y equilibrados no hubieran seguido adelante. Una visión ordinaria de la realidad les habría impulsado a retroceder o a tenderse en el suelo, desalentados. Pero la ilusión, sirena encantadora, coleaba en el aire junto a estos locos heroicos en sus horas de desfallecimiento.

Cuando en las altiplanicies estériles marchaban casi arrastrándose, las entrañas roídas por el hambre y las piernas petrificadas por el frío, la esperanza, como un relámpago, reanimaba su vigor. Tal vez al trasponer la próxima altura verían entre las nieves un valle frondoso con palacios chapados de oro. ¿Por qué no?… Visiones más portentosas habían salido al encuentro de los paladines en tierras de misterio. Y tirando del cinturón para correr la hebilla unos cuantos puntos, acallaban de este modo el estómago hambriento y seguían adelante con el mosquete al hombro, el talle gentil y la ilusión aleteando ante sus ojos.

El oro, que huía de ellos en las cumbres, los aguardaba sin duda en los profundos valles de asfixiadora torridez, como rayos de sol petrificados por el suelo ardiente. Y en busca del gran rey que todas las mañanas, luego de bañarse en el lago sagrado, se revolvía en montones de polvo de oro, cubriéndose de pies a cabeza con esta costra deslumbrante, avanzaban los aventureros por pantanos infinitos, hundiéndose en el légamo con la pesadez de sus armaduras, chapoteando como hipopótamos de acero en un fango de siglos.

Marchaban días, semanas, meses, por la llanura casi líquida. Dormían sobre troncos caídos, teniendo que espantar en mitad del sueño la vecindad de los caimanes. Guisaban su alimento sobre un trípode de ramas, devorando con fango hasta el pecho el ave acuática o el lagarto mal chamuscados. Un paso en falso les bastaba para desaparecer. La mala alimentación y las calenturas hacían de ellos feroces espectros enfundados en mortajas de hierro.

La desgracia y el ansia de vivir los convertían en seres crueles, sin misericordia. La muerte iba con ellos y para ellos. No sólo habían de defenderse de la hondonada invisible, de la mandíbula del saurio y el colmillo del reptil: el guía, el indio que marchaba a su lado, era un enigma inquietante. Imposible adivinar la verdad en la mueca servil de su mascarón cobrizo. Muchas veces, cuando más descuidado caminaba el hombre invencible, el hombre de acero con el trueno al hombro, los indígenas caían sobre él, lo enlazaban entre las lianas de sus brazos, y juntos chapuzábanse en la laguna como racimo de miembros palpitantes, contentos de perecer a cambio de ahogar al blanco.

Los que por benevolencia de la muerte desafiaban impávidos el clima, el hambre, los hombres y las fieras continuaban su avance, viendo en tanta miseria una preparación necesaria para obtener la gloria y la riqueza. Les aguardaba al otro lado del pantano o de la selva la ciudad de encantamiento, con sus techos deslumbrantes y un monarca poseedor de montañas de esmeraldas, que acabaría por darles su hija más hermosa y con ella todos sus tesoros. Tal vez en el último momento les cortase el paso algún dragón de siete cabezas vomitando llamas; pero ellos se encargaban de rajarlo con la buena espada de Toledo y la ayuda de su patrón el señor Santiago.

—Tal era la influencia del libro de caballerías—continuó Ojeda—, que el emperador Carlos V dio un decreto prohibiendo la importación y lectura de tales obras en las Indias. Los aventureros de espíritu caballeresco, afligidos por los abusos de los gobernadores, ejercían la justicia por su mano, lo mismo que el hidalgo manchego. Tomando ejemplos en los libros, formábanse en las nacientes ciudades de las Indias corporaciones caballerescas, cuyos individuos, con el título de «conjurados», se comprometían a defender con la espada los derechos de la viuda y el huérfano y a combatir las injusticias del poderoso.

El conquistador se adaptó a la nueva tierra y a las costumbres del indígena con asombrosa prontitud. El individualismo español encontraba un encanto irresistible en la vida errabunda del indio, con pocas leyes, ninguna autoridad, escaso trabajo, continuo viaje y un solo afecto: la familia.

—Así fue—dijo Maltrana—. En todas las historias de la conquista se habla de expediciones de españoles que descubrieron compatriotas procedentes de una expedición anterior, los cuales llevaban varios años viviendo entre los indios. Un naufragio, un retraso en la marcha, un combate desgraciado, les hacía caer prisioneros, y si libraban la piel en el primer momento, acababan por hacerse de la tribu y constituir familia. Los españoles encontraban con asombro al mozo de Sanlúcar, de Triana o de un pueblecillo de Extremadura con el pecho pintarrajeado, corona de plumas y un anillo en la nariz, apoyado fieramente en su arco y barboteando trabajosamente un castellano que casi había olvidado. Lloraba al recordar la Virgen de su tierra, pero cuando los compatriotas le incitaban a seguirles, sus lágrimas eran de desesperación. «¡Ay, no! ¿Y la familia?…» Y presentaba a la respetable compañera cobriza, con ojos de diablo y mejillas cubiertas de chafarrinones, y tras ella, la nidada de mesticillos, ágiles como gamos, con panzas ávidas de sepultar todo lo viviente.

Con igual facilidad se adaptó el soldado español a la guerra indígena. Los pasos de los ríos, las lagunas infinitas, las lluvias torrenciales, la dificultad de conservar la pólvora, hicieron cada vez más escasas las armas de fuego. La lanza, la espada y la rodela acompañaron al conquistador en sus expediciones de tierra adentro. El combate, para los viejos soldados que habían conocido las batallas más famosas de Europa, fue en adelante la «guazabara». La táctica, contenida en la Milicia Indiana, de Vargas Machuca, consistió en dar la «trasnochada» y dar el «albazo», o sea sorprender al enemigo astuto y escurridizo en plena noche o al romper el día. El aventurero sustituyó las botas guerreras por la alpargata o la abarca de piel de potro; la coraza por el peto acolchado de algodón, que le servía de almohada durante la noche; el casco por el morrión de cuero; la capa por el poncho indiano.

—El indio vino al fin a él—interrumpió Zurita sonriendo—, pero él hizo la mitad del camino yendo hacia la hembra india. Y el resultado de este encuentro fue una raza nueva, todo un mundo: la América que hoy conocemos.

Ojeda había quedado absorto desde mucho antes, sin oír lo que decían Isidro y el doctor. Resucitaba en su memoria la conversación que había tenido con Mina aquella misma tarde, y el recuerdo de la artista evocaba el de Wagner y sus héroes. ¿Por qué pensaba en esto?… «Tal vez—se dijo mentalmente—porque esos conquistadores fueron héroes de epopeya, héroes en plena Naturaleza, como los del poema nibelúngico…»

Su vaguedad imaginativa fue contrayéndose, hasta dar forma a figuras precisas. Vio a Wotan, el dios majestuoso y débil, forzado a castigar con momentánea cólera a la hija desobediente. «Padre—implora sollozando la walkyria—, ya que me has excluido de la raza de los dioses y como débil mujer he de dormir sobre esa roca hasta que el primero que pase se apodere de mi virginidad, ¡que no sea yo la esposa de un débil mortal, de un cobarde!… Evítame esa afrenta… Si en los brazos de un hombre he de caer esclava, haz que la llama surja en torno de mí al eco de tu palabra; rodéame de un baluarte de fuego, para que sólo un héroe de corazón firme y fuerte, valiente como un dios, pueda despertarme y hacerme suya.»

Igual a Brunilda, la virgen morena había dormido, no años, sino siglos, guardada en su letargo por la azul extensión de los océanos, más insalvable que las barreras de llamas. Sólo un héroe de corazón fuerte podía despertarla… Y al oír los pasos férreos del conquistador, los ojos de la india virgen parpadearon, extendió los brazos, y sus pechos vinieron a aplastarse sobre el peto de una armadura.

Era el héroe prometido; el amor que despierta bajo la caricia del guantelete metálico; el abrazo fecundador acompañado en sus temblores por un tintineo de armas.

Y para llegar hasta ella, el héroe no había tenido que combatir el obstáculo del fuego, que se salva con sólo un impulso de coraje… Su firmeza y su paciencia habían sido tan grandes como su valor ante los océanos que desalientan por su inmensidad; las montañas que crecen y se repiten así como se va avanzando por sus rugosidades; los bosques obscuros y laberínticos, en los que se pierden la luz del sol y las huellas de los pasos; las llanuras desoladas que no terminan nunca.


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