Los argonautas (capítulo 6), novela de Vicente Blasco Ibáñez

Vicente Blasco Ibáñez


—¿Qué día es hoy? ¿viernes?… ¿sábado? He perdido la cuenta del tiempo que llevo en el buque. Los días son dobles… dobles no, triples. Desde que despertamos hasta el almuerzo, un día; del almuerzo a la comida, otro; y de la comida a la hora de dormir, el día más largo para algunos, pues lo prolongan hasta que sale el sol… ¡Y siempre las mismas caras! Vemos las mismas personas cien veces al día. Parece que nos conocemos desde que nacimos… Dígame, Manzanares: ¿en qué día estamos?

Era Maltrana el que hacía la pregunta, en las primeras horas de la mañana, caminando por la cubierta de paseo con el comerciante español. La calle de estribor estaba inundada de luz; la de babor guardaba la humedad del mangueo reciente, con una fresca penumbra de galería subterránea.

Corría la sombra del buque sobre las aguas unidas y tranquilas, como una silueta chinesca. En su lomo se marcaban los perfiles de botes y pescantes y la masa cuadrangular de la chimenea. Tendíase el Océano en calma hasta lo infinito, sin una ondulación, con el verde esmeralda de los mares tropicales, denso y adormecido. No había en él otras espumas que las dos láminas burbujeantes que levantaba la proa al arar su superficie. De vez en cuando, de las aguas removidas surgía un enjambre de peces voladores. Aleteaban lo mismo que enormes libélulas; abríase su tropa en varias direcciones formando abanico, y así volaban a gran distancia a ras del Océano, trazando sobre él restos y sutiles surcos, hasta que el cansancio de la fuga los obligaba a sumergirse otra vez.

Junto a los tabiques de la cubierta de paseo alineábanse los sillones de los pasajeros, pero con una alineación caprichosa, mostrando en lo alto de los respaldos los nombres de sus dueños escritos en tarjetas. Esta rotulación parecía darles una personalidad, un alma. Permanecían agrupados o solos, tal como los habían dejado sus poseedores el día anterior. Unos parecían seguir mudamente las conversaciones interrumpidas de sus amos; otros se mantenían apartados con timidez o con orgullo.

Maltrana pensaba en las altas horas de la noche, horas de misterio y de silencio, cuando todos estos armatostes de madera o junco, ventrudos, echados atrás con orgullo y ostentando la fe de bautismo en lo alto de la testa, se quedaban solos bajo la fría luz de las ampollas eléctricas, teniendo enfrente las tinieblas del mar. Descansaban de crujir y dilatarse con el peso de sus señores; se emancipaban durante media noche de la gravitante servidumbre; llegaba para ellos la hora de la libertad; pero semejantes a los hombres que al creerse salvados por una revolución no hacen más que parodiar a sus antiguos opresores, los sillones repetían en su descanso los actos y gestos de sus dueños.

Uno alto, de madera robusta, con una manta escocesa olvidada en su regazo, rozábase con otro de junco, esbelto y elegante, que tenía un cojín lujoso en el asiento. Parecían requebrarse, continuando silenciosamente las conversaciones a media voz cruzadas durante el día. Los asientos sueltos insistían tal vez en las meditaciones de cifras y negocios que los habían impregnado espiritualmente durante las horas de luz, o miraban con lástima a sus compañeros reunidos con arreglo a las tertulias maldicientes o las atracciones del amor. «Vanidad de vanidades…» Maltrana se fijó en algunos más anchos y profundos, que parecían tener las entrañas quebrantadas, inseguros sobre sus pies, con cierto aire de despanzurramiento. Eran de la señora de Goycochea y otras nobles matronas de una majestad paquidérmica. «¡Pobrecitos!» Creyó ver en ellos gañanes tendidos, con los remos abiertos, respirando jadeantes después de la dura labor; cargadores en mangas de camisa que se limpiaban, renegando, la humedad de la frente luego de haber llevado un piano a cuestas.

—Hoy es viernes—contestó Manzanares—; anteayer salimos de Tenerife… También a mí me parecen dobles o triples los días que llevamos aquí. ¡Y los que nos faltan aún para llegar!… Esta tarde, según dice el capitán, veremos de lejos las islas Cabo Verde… El lunes pasaremos la línea. El viaje no puede presentarse mejor: una lindura… Mire usted qué mar.

Se detuvieron un instante para seguir con ojos regocijados el aleteo de los peces voladores.

—Un mar de romanza—dijo Maltrana—. Da gusto vivir. ¡Qué color! ¡qué luz!… Parece una luz de teatro; el resplandor dorado de una «apoteosis final». ¡Y qué aire! (Respiraba, entornando los ojos, con ansiosa delectación.) Algo nos aburrimos, pero hay que reconocer que esta vida es hermosa. Siento deseos de cantar; me vienen a la memoria todas las cancioncillas dulzonas del golfo de Nápoles.

Y con gran escándalo de Manzanares comenzó a entonar a todo pulmón una romanza. Unos marineros que pintaban de blanco las tuberías para el riego de la cubierta volvieron la cabeza, riendo con simplicidad infantil.

—Pero hombre, ¡cállese!—protestó el comerciante—. ¿Y usted va a Buenos Aires a hacer fortuna?… Lo primero es ser hombre serio, para inspirar confianza. Nadie da crédito a la firma de un cantor. ¡No sea loco!… ¡Todas las gentes de pluma son lo mismo!

—Manzanares, estoy contento de vivir. Me siento más joven… Usted también parece que se remoza. Ayer le pillé en conversación con una de esas francesas. Estaba apoyado en la baranda, mirando al mar, pero hablaba con ella al mismo tiempo en voz baja, como quien no hace nada.

—Hombre, yo soy casado—protestó Manzanares—. No haga malas suposiciones: yo no pienso ya en esas cosas.

Pero Maltrana insistió. Le gustaba la francesa y tampoco le parecía mal Conchita, aquella compatriota que iba sola a Buenos Aires.

—¡Un hombre de mi edad!—exclamó Manzanares—. ¡Y con el estómago perdido!… Esa Conchita es una muchacha decente; no hay más que verla: una señorita. No sea loco, Maltrana. Todos ustedes los de pluma son unos perdidos y creen iguales a los demás.

—¿Y París? ¿Y sus idas de noche a Montmartre?… Acuérdese cómo entretenía la otra tarde a Goycochea y Montaner contándoles sus buenas fortunas… Apuesto cualquier cosa a que si me deja entrar en su camarote encuentro un paquete de fotografías comprometedoras y de cartas de amor.

—No sea loco; no haga juicios temerarios. Deje en paz a las personas tranquilas.

Pero Manzanares decía esto con un tono de mansa protesta, brillando al mismo tiempo en sus ojos cierta satisfacción.

—¡Ah, calavera hipócrita!—prosiguió Isidro—. Cuando estemos en Buenos Aires iré un día a su establecimiento de la calle de Alsina, para decirle a la señora de Manzanares quién es su marido… Así lo haré, a menos que no me soborne con un par de botellas de champán.

Una oleada verdosa se extendió por el rostro del comerciante. Brillaron hostilmente sus ojos, no sabiendo Isidro ciertamente si este furor era por su insolente amenaza o por el convite propuesto. «Buenos días.» La culpa era de él, que hablaba con locos. Y le volvió la espalda, alejándose.

Maltrana se dejó caer en un sillón. Sentíase cansado: este «querido amigo» sólo era generoso para caminar. Así estuvo mucho tiempo, frente al Océano, que titilaba bajo el resplandor del sol, gozando de la sombra de la cubierta, incorporándose y llevando una mano a su gorra cada vez que aparecía un nuevo paseante. Todos eran hombres y caminaban apresuradamente, dando la vuelta al castillo central, con la preocupación de combatir el engruesamiento de la vida sedentaria.

A estas horas las damas permanecían abajo todavía, en los camarotes y las salas de baño. Maltrana había sorprendido algunas veces las intimidades del arreglo matinal al transitar por los pasillos de las cubiertas inferiores, tropezándose con mujeres envueltas en kimonos y batones viejos que apresuraban el paso para refugiarse en sus camarotes, ocultando la cara como si temiesen ser reconocidas. Eran completamente diferentes de las que aparecían una hora después en el paseo. A veces, Isidro sentía ciertas dudas antes de identificarlas. Todas se mostraban considerablemente empequeñecidas y de pesados movimientos al caminar sin el montaje de los tacones. Los pies ligeros, recogidos y saltones lo mismo que pájaros en su encierro diurno de tafilete o de raso, eran ahora planos y deformes dentro de las claqueantes babuchas. Las carnes temblaban al moverse, conservando todavía la blandura y el suelto descuido de las horas de sueño. Las cabezas empequeñecidas y pobres de pelo mostraban unas mechas apelmazadas por la humedad reciente. Las caras tenían un tinte verdoso o sanguinolento; las narices estaban enrojecidas en su vértice.

Después de tales encuentros, evitaba Isidro el tránsito por los corredores a esta hora matinal, temiendo el enojo de las señoras. Al verle luego en el paseo rehuían su saludo o lo contestaban con sequedad, como si le hiciesen responsable de una falta de consideración… Pero el recuerdo de estas sorpresas le hacía sonreír con cierto orgullo. Él había visto; podía juzgar; estaba en el secreto. Y encontraba interesante la vida de a bordo con este contacto promiscuo que impone una existencia común desarrollada en limitado espacio.

Abandonó Maltrana su sillón al reconocer a dos señoras que venían hacia él: las primeras que se mostraban en el paseo. «Conchita y doña Zobeida…» Y las saludó gorra en mano sonriendo obsequiosamente, pues doña Zobeida, a pesar de su modesto exterior, le inspiraba una gran simpatía no exenta de lástima. Según él esta señora ya entrada en años era más niña que todas las pequeñuelas rubias que corrían por el paseo con una muñeca en los brazos.

El mayordomo, poco atento para su aspecto encogido y la pobreza de su traje negro, la había colocado en un camarote de dos personas, dándole por compañera a Concha, la muchacha de Madrid, «esta buena señorita», como la llamaba ella aun en los momentos de mayor intimidad. Regresaba a la tierra natal después de haber pasado unos meses en Holanda cerca de sus nietos. El marido de su hija era cónsul argentino y hacía años que vivía fuera del país. Por primera vez había salido la buena señora de su amada ciudad de Salta para ir en osada peregrinación más allá de los límites de la República, más allá del mar, a una tierra de la que regresaba con el ánimo desorientado, no atreviéndose a formular sus opiniones. «¡Y aquello era Europa!…» Ella, en su asombro, no osaba hablar mal; todo le infundía respeto; únicamente se quejaba de sus privaciones espirituales. «Esas tierras, señor, no son para nosotros; las gentes tienen otras creencias. Hay que buscar dónde oír una misa. No se encuentra un sacerdote que entienda nuestra lengua para confesarse con él.» Y el contento de regresar a su tierra de altas mesetas y vegetación tropical aminoraba la tristeza de dejar a sus espaldas a la hija única y los nietos. La habían rogado que se quedase con ellos. ¡Ay, no! Quien la sacase de Salta, la mataba. Hablando con Isidro por vez primera, le había hecho el elogio de su ciudad.

—Cuando Buenos Aires no era más que Buenos Aires a secas, una aldea mísera, nosotros éramos el reino del Tucumán. Los porteños, ahora tan orgullosos, datan de ayer, son en su mayor parte hijos de gringos emigrantes. Nosotros somos nobles. Usted, que es español, conocerá sin duda nuestro apellido: Vargas del Solar. Tenemos en España muchos parientes condes y duques; un tío mío que se ocupaba de estas cosas mantenía correspondencia con ellos. Había reunido papeles antiguos de la familia; pero con las revoluciones y el haber venido a menos, se olvidan estas cosas. Allá todavía nos llaman «los marqueses». Cuando usted venga a Salta, verá en la puerta de nuestra casa un escudo de piedra. Otras casas también lo tienen… Pero usted, que es hombre que sabe mucho, según dice esta buena señorita (y señalaba a Concha), habrá leído lo que era Salta; sus ferias, a las que venían a comprar mulas desde Chile, Bolivia y el Perú… Nadie mentaba entonces a los porteños: todo nos lo llevábamos nosotros. Mi finado el doctor, que tenía muchos libros, hablaba de todas estas cosas pasadas cuando le ponderaban el crecimiento de Buenos Aires.

«Mi finado el doctor» era su marido, al que designaba por antonomasia con este título. Todo cuanto en el mundo puede decirse de verdad y de justa observación lo había dicho el grave abogado de provincia, que a través de treinta años de viudez se le aparecía ahora cada vez más grande, como la personificación de la sabiduría reposada y el buen sentido ecuánime.

Sentíase atraído Maltrana por la sencillez de palabras y pensamientos de doña Zobeida y el aire señorial con que acompañaba su modestia. Fijábase en su color un tanto cobrizo; en el brillo de sus ojos abultados, de córneas húmedas y dulce humildad en las pupilas, ojos semejantes a los de los huanacos de las altiplanicies andinescas; en el negro intenso de sus pelos fuertes y duros, que los años no podían manchar de blanco.

No obstante el remoto cruzamiento indígena que emergía en esta Vargas del Solar, encontraba Isidro en toda su persona una rancia distinción española, un aire de dama acostumbrada al respeto desde su nacimiento, y que, segura de su valía, puede atreverse a ser familiar en el trato y sencilla en sus gustos. «Esta doña Zobeida, medio india—pensaba Maltrana—, es una señora de Burgos que luego de vigilar las compras de su criada en el mercado entra en una librería para pedir un devocionario “bien cumplido”; una gran dama de Cuenca o de Teruel que por la tarde recibe su tertulia de canónigos y abogados viejos y toman juntos el chocolate, hablando de la corrupción del mundo.» Estos recuerdos evocaban en su memoria a la vieja España, que había dejado huellas imborrables allí donde había descansado sus pies, esparciendo las características de la personalidad nacional por todo el planeta, en las más diversas y apartadas regiones.

La credulidad de la buena señora expandíase en ingenuos asombros ante los embustes y exageraciones que se permitía Maltrana para estremecer su alma inocente. «¡No diga!—exclamaba doña Zobeida—. ¡Vea!… ¡Qué cosas!» Y cuando ella no estaba presente, Isidro prorrumpía en elogios de su candor. Era para él la mejor persona de a bordo. Aquella mujer con nietos guardaba el alma de sus ocho años, incapaz de crecimiento y de evolución; y esta alma permanecía inmóvil y dormida en el envoltorio de su inocencia crédula, lo mismo que los embriones humanos dignos de estudio que se conservan sumergidos en un bocal.

Separada, por su timidez, de las compatriotas elegantes que venían en el buque, habíase unido con un afecto familiar a su compañera de camarote, «esta buena señorita», «esta pobre niña», que marchaba a un país desconocido sin más apoyo que vagas recomendaciones. Isidro, que conocía a Conchita de Madrid, se alarmó un tanto al verla en continuo trato con la inocente señora. Había vivido aquélla maritalmente durante algunos meses con un amigo suyo, «compañero de la prensa»; luego la había encontrado de corista en un teatro por horas y en varias fiestas nocturnas o matinales en los entresuelos de Fornos y en las Ventas.

—Cuidado, niña, con doña Zobeida—había dicho al verse a solas con Concha—. Esa buena señora es un alma de Dios… A ver si metes la pata y la asustas con alguna de las tuyas.

Pero la madrileña sentía también por la buena dama un cariño respetuoso.

—La quiero mucho: ¡si es de lo más buena!… Algunas noches, antes de dormir, la acompaño a pasar el rosario en el camarote. Mira, chico, la quiero como si fuese mi madre… Y eso que yo no he conocido a mi madre.

Esta mañana, doña Zobeida saludó a Isidro con sonrisa tímida y miradas suplicantes. No se atrevía a formular un pensamiento que la había empujado hacia él, y anticipadamente imploraba perdón con sus ojos.

—Hable usted de lo de anoche, Misiá Zobeida—dijo Concha interrumpiendo a la buena señora en sus alabanzas al mar y a la hermosura de la mañana, tópicos con cuyo desarrollo entretenía su timidez—. Isidro es un buen amigo… de lo más servicial. Yo le conozco desde que me llevaban al colegio.

Mentía Concha con aplomo dando a sus amistades con Maltrana este remoto y puro origen, lo que proporcionó a la buena señora una repentina confianza. Su joven compañera la llamaba Misiá, sabiendo que este título honorífico, de origen criollo, le gustaba más, por su sabor patriarcal y rancio, que el Doña, de origen peninsular.

—Yo no me atrevía—balbuceó la señora—. No me gusta molestar a nadie con mis cosas. Pero esta buena señorita me ha dicho quién es usted; que usted fue grande amigo de su papá y que sabe mucho… y las personas que saben mucho son siempre atentas con las que nada saben. Así era mi finado el doctor.

Y a continuación de este exordio empezó su discurso por el final, mencionando la conversación de la noche anterior con «la buena señorita», de litera a litera, después de haber rezado el rosario. Ya que aquel señor Maltrana era tan bueno, podía ayudarla en su pleito, la magna empresa de su vida y de la de todos los Vargas del Solar, el objetivo de sus ilusiones en las horas de recogimiento, la única petición que ingería en sus rezos por la felicidad de su hija y los nietecitos.

—Vea, señor: se trata de cuatrocientas leguas; unas cuatrocientas leguas cuadradas que son nuestras y nunca acaban de entregárnoslas.

Isidro abrió desmesuradamente los ojos con expresión de asombro y escándalo. ¿Sería una maniática aquella doña Zobeida?…

—¡Cuatrocientas leguas!… Pero eso es un Estado. Es casi una nación.

La señora insistió tranquilamente en la cifra. Cuatrocientas leguas… o tal vez eran más. No se habían mensurado, pero se extendían desde los Andes hasta cerca de Salta. Todos allá conocían el pleito de los Vargas del Solar: hasta los papeles de Buenos Aires habían hablado de él en varias ocasiones. Si alguna vez iba don Isidro al Norte de la República, no tenía más que preguntar: el último arriero de los que pasan a Chile recuas de mulas por la Cordillera le daría razón. Las arrias caminaban semanas enteras por parajes desiertos, en los cuales todavía se aparecían, rodeados de las fragosas tempestades de los Andes, la Pachamama y el Tatacoquena, las dos divinidades indígenas anteriores a la conquista española. Semejantes en todo a las simples imaginaciones humanas que los crearon, estos dioses son arrieros también y llevan tras de ellos recuas silenciosas de llamas cargadas con ricos fardos de coca, la ambrosía del paladar indiano. Y los trajinantes de la Cordillera, al navegar por este océano de tierra roja, peñascos metálicos y dormidos lagos de borato, discernían con su justiciero espíritu la verdadera propiedad del largo camino. «Todo esto es de los marqueses que viven en Salta.» Y los marqueses eran los Vargas del Solar.

—Es nuestro y muy nuestro—continuó Misiá Zobeida—. Allá en nuestra casa guardamos los papeles. El pleito lo empezó mi finado tío, aquel que se carteaba con nuestros parientes de España, condes y duques, como ya le dije; y luego, mi finado el doctor, que sabía mucho, consiguió una sentencia favorable. El campo es nuestro (aquí Maltrana sonreía oyendo llamar campo simplemente a cuatrocientas leguas); el gobierno de Salta ha reconocido que nos pertenece, pero los años pasan y no nos lo entregan. Vea, señor, la cosa no puede ser más seria: una donación del rey… del rey de las Españas; un regalo que le hizo a uno de nuestros abuelos, el alférez Vargas del Solar.

Se interrumpió doña Zobeida, mirando con timidez a Maltrana, como si temiese ofenderlo con sus aclaraciones.

—Usted que sabe tanto habrá comprendido que este alférez era un gran personaje, y que le llamaban así no porque fuese de milicia, sino porque siempre que había nacimiento o casamiento de reyes, él era el que sacaba el pendón del monarca como alférez real y daba el primer viva. Mi finado tío explicaba todo esto con tanta claridad, que daba gusto oírle. También nos leía los papeles del rey, unos pliegos amarillentos, con agujeritos, como si los hubiesen mordido las lauchas, y escritos con una tinta que debió ser negra y ahora es roja como el hierro viejo… El campo no nos lo dieron de regalo: fue donación por ciertos dineros que el alférez envió a España una vez que el rey tenía sus apuros. Y como persona bien nacida y cristiana, el rey correspondió a este favor dándole el campo y el marquesado. Debían ser amigos, ¿no le parece?… El alférez era un gran personaje; y su señora la peruana, ¡no digamos! Todavía allá en mi tierra, cuando ven a una gringa emperifollada o a una china que se da aires de señorío, dice la gente, por burla: «Ni que fuese Misiá Rosa la marquesa».

La buena señora perdía su habitual timidez al recordar a esta abuela, más célebre aún y digna de memoria que el ilustre alférez amigo de los reyes. La contemplaba tal como se la había descrito muchas veces el «finado tío», en el estrado de su caserón de Salta, con ricas medias de seda, de las cuales cambiaba tres pares por día, mirándose con un orgullo de raza sus breves pies estrechamente calzados. Vestía los huecos y floreados guardainfantes que le enviaban de las mejores tiendas de Lima, con perlas en el pecho, perlas en las orejas, perlas esparcidas por todo el traje. Más allá del estrado, sentadas en el suelo y con las piernas cruzadas, estaban unas cuantas negras con sayas de blancura deslumbradora. Una vigilaba el braserillo en el que hervía el agua, otra ofrecía el mate de plata cincelada con boquilla de oro, otra guardaba sobre sus rodillas la guitarra señoril de ricas incrustaciones.

Trotaban jinetes calle arriba, calle abajo, con la vaga esperanza de ver los ojos de brasa de la peruana al alzarse levemente la cortina de alguna reja. A la hora de misa, hidalgos venidos de lejos se hacían los distraídos en la puerta de la iglesia para contemplar la mayor celebridad del país, que llegaba envuelta en su manto negro de seda, por debajo del cual asomaba la recamada falda blanca o o rosa. El alférez iba a su lado, con todo el señorío de su rango. Su chambergo con plumas contestaba solemnemente a todos los sombreros que se elevaban a su paso. Detrás marchaban dos negritos con el parasol y una rica alfombra, sobre la que se sentaba cruzando las piernas Misiá Rosa la marquesa para oír la misa.

El nobilísimo caserón de los Vargas, con sus ventrudas rejas y su escudo de piedra en el portal, sólo admitía las visitas de unos cuantos notables del país. En las épocas de feria animábase con la presencia de rancios hidalgos venidos del virreinato del Perú o del reino de Chile para comprar ganado de tiro; hacendados de la tierra baja llegados de las orillas del Plata para vender sus recuas de mulas, y de algún que otro asentista de negros de Buenos Aires que arreaba una partida de esclavos africanos con destino a las minas del Potosí. Cuando pasaba un nuevo gobernador camino de su ínsula, un obispo en gira pastoral, o los señores de la Real Chancillería, la casa del alférez era su posada, y los viajeros no tenían gran prisa en partir, como si los encantase la belleza y el señorío de Misiá Rosa, cuya fama había salido a su encuentro a muchas jornadas de camino.

La gente menuda hablaba maravillas del noble edificio y de sus riquezas. Una vez por año se cerraban sus puertas un día entero, y los viejos servidores de los Vargas, esclavos y libertos, todos gentes de confianza, tendían cueros en el patio principal, vaciando sobre ellos enormes sacos de monedas. Eran onzas, doblones de a ocho, cruzados portugueses, montones de oro que sacaban anualmente de su encierro subterráneo para que se airease y solease. Y el alférez y su esposa vigilaban impasibles esta operación tradicional, como si su servidumbre removiese sacos de trigo para el consumo de la casa.

Enardecíase doña Zobeida al relatar los esplendores pasados, y Conchita aprobaba moviendo la cabeza, como si diese fe. Habituada a oír todas las noches en su camarote estas grandezas creía haberlas contemplado con sus ojos.

—Y ahora, señor—continuó la vieja—, los Vargas del Solar somos pobres por culpa del pleito que no termina nunca. Las revoluciones y las guerras nos fundieron… Dicen que para que nos den lo que es nuestro es preciso mensurar el campo con arreglo a los títulos, y para hacer esa mensura se va a necesitar un año, o tal vez más, y muchos hombres, que habrán de vivir como se vive en el Polo; y esto costará mucha plata y la habremos de pagar nosotros… Hay en el campo mucha tierra que no sirve: peñascales, montañas; pero hay minas y hay también buenos pastos. Por mí, no me movería a nada: yo necesito poco para mantenerme. Pero están mis nietos, mis pobrecitos, condenados a vivir en esa tierra de gringos; está mi hija, y quiero verla rica en Buenos Aires con el señorío que merece… Además, pienso en mi finado el doctor, que pasó su vida penando por sacar adelante el pleito. Seguramente que se alegrará en la otra vida si le digo cuando nos encontremos después de mi muerte que el campo ya es de la familia y que lo he conseguido yo. ¡Él, que decía que las señoras sólo entienden de las cosas de la casa! Figúrese, señor, aunque sólo se venda la legua a dos mil pesos una con otra, lo que eso representa.

Maltrana la interrogaba con la mirada y el gesto. ¿Y qué tenía que hacer él en este asunto?…

—Lo que yo quiero, señor, es que usted le hable al doctor Zurita, ya que es su amigo y los veo siempre juntos. A mí me da vergüenza acercarme a él sin conocerlo. Creo que ha sido mandón en Buenos Aires. Además, es doctor, y usted ya sabe lo que eso representa. Un doctor manda mucha fuerza, y más si es doctor porteño, pues ahora ellos se lo guisan y se lo comen todo, sin dejar nada para los demás, según decía mi finado… Si es tan amable que quiere oírme, yo le explicaré mi pleito, y a él de seguro le bastará una palabrita a los que mandan para que todo se arregle «sobre el tambor», como decimos allá. Se ve que es un buen caballero, cristiano y serio, como mi doctor. Me han buscado muchas personas de Buenos Aires para encargarse del asunto: hombres de negocios, gente que me daba miedo, y he dicho siempre que no. Mi finado les tenía horror a las «aves negras».

Calló un momento doña Zobeida, como si vacilase, pero luego añadió con timidez:

—Aquí mismo, en el barco, hay un señor que no sé cómo ha sabido lo de mi pleito, y según me dicen, quiere hablarme… Es el papá de esa niña que llaman Nélida, la que siempre anda revuelta con los muchachos. A mí no me gusta hablar de nadie, cada uno que se arregle con Dios; pero, francamente, señor: ¡esa niña que parece una cómica, y fuma, y no respeta a su madre! ¡Y ese padre que no la reta y se ríe de sus travesuras!… Que viva cada uno a su gusto, pero yo no quiero tratos con gringos de tal clase. Prefiero a los míos; y desde que sé que el tal señor desea hablarme del negocio, tengo más ganas de pedir al doctor Zurita que me dé su consejo.

—Lo verá usted, doña Zobeida. Yo me encargo de la prestación.

Sonrió la vieja dama con una alegría infantil, mostrándose aún más locuaz y comunicativa.

—El negocio hubiese llegado a término hace tiempo si mi finado tío viviese. Le habría bastado con enviar una carta a nuestros parientes de España. Pero ocurre lo que ocurre porque el rey de allá no está enterado. Usted, señor, que sabe tanto y que allá en su tierra es doctor indudablemente, o ese otro caballero que va con usted, tan buen mozo, tan distinguido y serio, y que también será doctor, cuando vean al rey díganle lo que nos pasa a los Vargas del Solar, los herederos del alférez. Usted verá al rey seguramente. Los doctores tienen siempre gran metimiento con los que gobiernan: en mi país, todos los amigos del Presidente son doctores… Mi pleito se resolvería «sobre tablas», como quien dice, sólo con que el rey enviase una esquelita al gobierno de Buenos Aires, o mejor aún, al gobernador de Salta, diciendo: «¿Qué es esto, señores? Lo dado, dado está, y entre caballeros no está bien faltar a la palabra. Entreguen ustedes a los descendientes del alférez Vargas lo que mis abuelos tuvieron a bien darle, y no se hable más del asunto». Y tengo la certeza de que así lo escribiría el buen rey si alguien le hablase y le enseñase nuestros papeles.

—Se le hablará—dijo Maltrana con acento de resolución, sin el más leve asomo de risa—. Se enterará de todo el buen rey, y escribirá la carta tan pronto como yo lo vea.

Y como si temiese el contagio risueño de los ojos de Conchita, la cual fruncía los labios para conservar su gravedad, Isidro se despidió de doña Zobeida, repitiendo la promesa de presentarla al doctor después del almuerzo.

Al ir hacia proa, vio apoyados en la barandilla a Ojeda y Mrs. Power, mirando el mar, con los codos y los flancos en apretado contacto. La brisa retorcía como espirales de fuego algunos rizos de la norteamericana que se escapaban de un sombrerillo de tela de oro.

—¡Bien empieza el día para éstos!…—murmuró Isidro—. Y la yanqui parece una niña con ese casquete gracioso de paje veneciano. ¡Qué pedazo de mujer!… Buenos días, señora.

Saludó sin detener el paso, con una reverencia que juzgaba graciosa, «la reverencia de peluca blanca y tacones rojos», según el la titulaba, y vio por un instante unos ojos irónicos y una boca bermeja que contestaban a su saludo.

—Otro que fuese inmodesto—siguió murmurando Maltrana—llegaría a tener sus pretensiones sobre esta señora. No puede verme sin reírse… Así empiezan, según opinión general, las grandes pasiones; y el amigo Ojeda, si no estuviese ciego, como todos los enamorados, debería mirarme con cuidado… Pero dejémonos de pompas y vanidades y atendamos a nuestros amigos. Allí viene uno… Buenos días, monsieur.

Se cruzó con el hombre «fúnebre y misterioso», su vecino de camarote, vestido de luto como siempre y con el rostro cuidadosamente afeitado. Apenas dobló su digna tiesura con una ligera inclinación de cabeza. Luego envolvió a Maltrana en una ojeada fugaz de sus pupilas azules y duras, y siguió adelante, contestando con voz seca: «Bonjour, monsieur».

Rio Isidro, mientras el otro se alejaba como ofendido por el saludo.

—El amigo Sherlock Holmes está enfadado. Se acuerda todavía de la broma de la otra noche. ¡Mal corazón!… ¡Como si todos estuviésemos obligados a vivir tristes y vestidos de luto, como él!… ¿Qué hará en este momento la princesa que guarda encerrada en el camarote?… ¡Y no haber descubierto yo todavía este misterio! ¡Qué vergüenza!

Cesó de pensar en el hombre negro y su incógnita cautiva al volver a la banda de estribor. Dos parejas permanecían inmóviles, en íntima conversación, entre los pasajeros que caminaban por este lado del buque siguiendo su marcha matinal. En último término, hacia la proa, Ojeda y Mrs. Power continuaban acodados en la barandilla. En el extremo opuesto, o sea cerca de Isidro, estaba de pie Manzanares al lado de un sillón de junco con almohadones bordados, en el que aparecía casi tendida una mujer rubia, con un brazo caído y un volumen en la mano. Los ojos del comerciante fijábanse con avidez en la nuca perfumada por las matinales abluciones y todas las blancuras inmediatas revelarlas por la entreabierta penumbra de la blusa. De aquí saltaba su mirada a las redondeces de las piernas, envueltas en calada seda, emergiendo entre el follaje sedoso de las faltas.

Maltrana se acercó a él como si hubiese olvidado la escena de poco antes.

—Aquí le quería pillar, calaverón, tenorio de la calle Alsina… De seguro que está usted declarando su amor a esta señorita, en estilo de factura.

Visiblemente irritado Manzanares por la burlona intervención, se apresuró, sin embargo, a contestar, temiendo que Isidro persistiese en sus bromas.

—No señor; hablábamos de cosas serias, de cosas de allá. La señorita deseaba conocer mi opinión sobre la próxima cosecha.

¡Ah, la cosecha!… Maltrana sonrió al recordar que la próxima cosecha en la República Argentina era el principal motivo de conversación para una gran parte de los que iban en el buque, y un pretexto de continua consulta para aquella francesa rubia, que figuraba en el registro del buque como viajante en modas y sombreros, profesión que hacía torcer el gesto a muchos maliciosamente.

También a él le había hecho la misma consulta mademoiselle Marcela la primera vez que se había aproximado a su sillón, atraído por la novedad de su habla castellana incrustada de palabras francesas e italianismos del léxico popular de Buenos Aires.

Era este viaje el quinto que emprendía a las riberas del Plata, y mostraba una pericia de navegadora trasatlántica en su amabilidad con el personal del buque que mejor podía servirla, en la reserva discreta con que se mantenía aparte de los pasajeros de una clase social superior—especialmente de las señoras, modo seguro de evitarse desprecios y malas palabras—, y en su acierto al escoger su lugar en la cubierta, colocando el mismo sillón de junco, las almohadas y las mantas que le habían acompañado en anteriores viajes. «Yo voy a Buenos Aires casi todos los años—había dicho al curioso Maltrana para cortar sus preguntas insidiosas—. Es mi negocio; viajo por una gran casa de sombreros.» Maltrana, malicioso e incrédulo, pensaba que la hermosa viajera comercial no debía llevar con ella otras muestras que los propios sombreros, un poco fatigados. Para economizar su uso, defendía los postizos de su cabeza rubia con una variedad de gasas de colores adquiridas en los montones de los grandes almacenes de París. Al saber que Isidro iba como ella a la Argentina, le había preguntado por la próxima cosecha, creyéndolo un propietario de aquel país.

Después, con las frecuentes conversaciones, se había establecido entre ellos cierta intimidad. ¡El dinero! ¡Lo que costaba de ganar y lo necesario que era para la vida!… Y la «bella sombrerera», como la llamaba Isidro socarronamente, entornaba los ojos hablando de los sacrificios que impone el negocio; de lo triste que era abandonar su pisito de la Avenida de Ternes, donde todo estaba en orden y a punto para las necesidades de la vida, con el cuidado de una mujer que sabe dar valor a los pequeños objetos y colocarlos en su sitio. Hablaba con ternura infantil de Chifón, un gato obeso y lustroso, y de dos canarios que había confiado a la portera. Otras veces recordaba melancólicamente al «buen amigo» que vagaría por el bulevar esperando su regreso, un joven verdaderamente chic, aunque pobre, con el que estaba en relaciones hacía algunos años. ¡Y las amigas! ¡Y los teatros! ¡Y había que abandonarlo todo por… el negocio! «La vida es triste, decididamente triste.»

Cuando Isidro, que no podía aproximarse a una hembra deseable sin iniciar un intento de posesión, creyó de su deber mostrarse amoroso de Marcela, ésta acogió sus palabras con cierta severidad… ¡Un hombre que iba al Nuevo Mundo en busca de fortuna pensar en fruslerías amorosas que podían quitarle el tiempo necesario para los negocios! La vida es seria, y hay que aprovechar la juventud para asegurarse un porvenir. Luego, cuando se cuenta con el apoyo de los ahorros, puede uno permitirse alguna locura… ¿No sufría ella igualmente por culpa del negocio, teniendo que hacer sus viajes a América siempre que las amigas de allá le escribían que la cosecha era buena y el dinero iba a circular en abundancia?… En todos los puertos llenaba tarjetas postales con frases de intenso amor aprendidas en las comedias. No podía leer seguidamente unas cuantas páginas de aquel volumen amarillo de tres francos cincuenta, pues se escapaba de su brazo caído o quedaba olvidado sobre el sillón. Pensaba en el «buen amigo», el hombre chic y sin recursos, que dejaba por algún tiempo. Se había hecho retratar numerosas veces por un camarero de a bordo que explotaba la instantánea, y estas hojas de papel saldrían camino de París en la primera escala que hiciese el buque, representándola de pie y mirando el mar con aspecto melancólico, o tendida en el sillón con el rostro apoyado en una mano y ojos «de ensueño», haciendo crochet, leyendo… pero siempre pensando en él.

—Yo tengo mi beguin—continuaba ella, en su lenguaje políglota—. Pero hay que ser seria, ¿no? y pensar en la plata para los viejos días. ¡Si fuese una a hacer caso de todos los que dicen ser enamorados! Macanas, che, créame a mí… Además, usted es pobre, y yo no comprendo a un hombre pobre; no tiene significación para mí; no sé qué pueda ser eso. Conozco a muchos que no tienen un sous y resultan simpáticos; pero los trato como camaradas nada más. Gastón, mi amigo, se arruinó, y aunque ahora está en la puré, volverá a tener plata cuando mueran sus tías… No ponga esa cara de cabotin enamorado; no me conmoverá niente. Soy vieja para creer en eso. ¡A me con la pigolita!…

Y para amostrar su incredulidad de negocianta de amor sorda a todos los gestos, palabras y juramentos de los parroquianos, repetía con delectación la frase criolla, final obligado de todos sus discursos: «¡A mí con la piolita!».

No era Maltrana el único que se había aproximado queriendo perturbar con diabólicas propuestas su tranquilidad de argonauta reflexiva y prudente, aquel quietismo monacal de plácidas digestiones y largas siestas, que era para ella el encanto más grande de las travesías oceánicas. Sus ojos de un azul claro, su cabellera rubia cenicienta, su carne blanca, jugosa y de ligeros tonos amarillos semejante a la fresca pulpa de un melón, parecían valorizarse con nuevos encantos así como transcurrían los días. A cada singladura los paseantes desfilaban con más lentitud ante su sillón, echando miradas de través. Aumentaba el número de los señores graves que permanecían de pie cerca de ella contemplando el mar con aire pensativo, mientras de sus labios fingidamente inmóviles dejaban caer proposiciones con acompañamiento de cifras.

Marcela ya no hablaba con Isidro de la gran casa de París que le había confiado su representación. Parecía olvidada de los sombreros, pero seguía aplicando a su verdadera industria una meticulosa prudencia comercial. ¡Los hombres!… Los unificaba en su pensamiento, viéndolos con idéntica contracción de espasmo lúgubre y el mismo ronquido de agonía, eternos gestos con los que terminaba para ella indefectiblemente toda intimidad. Creía de buena fe, con un escepticismo de profesional fatigada, que todos habían venido al mundo sólo para esto y eran incapaces de experimentar otros deseos.

—En todos los viajes es lo mismo, mon cher. Así como nos acercamos al Ecuador, los hombres se ponen locos y hay que sacudírselos como moscas. Y yo, ¡por nada del mundo!… ¡Aunque me ofrezcan mil! ¡aunque me ofrezcan dos mil! Aquí todo se sabe, y aunque no se supiese, es lo mismo. Después, cuando llegamos a Buenos Aires, se dan importancia por las bondades que una ha podido tener en el buque con ellos, y lo cuentan, y es inútil que se traigan buenas toilettes de París y que una mujer se presente bien. Se pierde importancia, se desvaloriza, como dicen allá, y los amigos que esperan con interés vuelven de pronto la espalda… ¡La novedad! ¡El ser de uno nada más, para que pueda darse importancia y sus amigos le tengan envidia! Usted no sabe lo que en América se paga esto, mon cher. Vale tanto como un vestido chic y mucho más que la hermosura… No; aquí, en el buque, nada. Lo repito: aunque me diesen dos mil; aunque me diesen tres mil…

Admiraba Maltrana la facilidad con que esta joven repetía entre muecas de desprecio las cifras de miles y miles, ella que, semanas antes, en su pisito de la Avenida de Ternes llevaría indudablemente la cuenta del gasto diario con el esmero de una mujer ordenada, aunque de mala vida, que desea hacer ahorros para la vejez. Era la influencia del medio, la marcha hacia el país de la esperanza, que trastornaba diariamente en todos los cerebros las tímidas y estrechas apreciaciones del viejo mundo.

En el buque se hablaba a todas horas de cientos de miles de pesos, de campos de leguas y leguas, de terrenos cuyo valor podía centuplicarse en un sólo día. El franco y los céntimos trabajosamente ahorrados quedaban atrás de la popa, se perdían en el horizonte como algo vergonzoso que convenía olvidar. Eran el ensueño y la miseria de una humanidad anterior que afortunadamente no volvería a existir.

—Hay que ser prudente—repitió Marcela—; piense usted en el negocio y no pierda el tiempo en amores. Los que nacemos pobres no debemos permitirnos estas tonterías. Ya se ratraperá usted cuando sea viejo y rico. Entonces se dará el gusto de arruinarse por alguna muchacha que pueda ser su nieta… Y si ahora tiene usted verdadera necesidad de amor, no pierda el tiempo con nosotras: busque entre las personas «bien» que vienen en el buque. Ninguna de nosotras se atrevería a demostrarse como esa señorita alta, del pelo cortado. Al final del viaje va a resultar que somos las más juiciosas de a bordo.

Era notable la ponderación de esta muchacha que administraba su sexo con el mismo tino de un comerciante que sabe ofrecer o retirar el género a tiempo para mantener su valor.

—La cosecha es magnífica—dijo Isidro aquella mañana, apoyándose en un hombro de Manzanares—. No se preocupe, mademoiselle. Todas en el buque dicen lo mismo. Los Bancos no restringirán los créditos, todo el que pida dinero lo tendrá; y marcharán los negocios, y se vivirá bien, «en el mejor de los mundos»… Pero aunque un accidente inesperado diese al traste con esa cosecha que tanto le interesa, usted no debe afligirse. Aquí tiene a monsieur Manzanares, hombre generoso, que, según parece, está enamorado de usted y se dará por contento si puede hacer su felicidad.

—El señor—dijo Marcela sonriendo—ya sabe que en el buque no acepto nada.

—Bueno; pues será en tierra. Y de seguro que está deseando llegar a Buenos Aires cuanto antes, para poner a sus pies todas las blondas y puntillas de su establecimiento.

Manzanares, con el rostro verdoso y una sonrisa feroz, tartajeaba su protesta.

—¡Pero a usted quién le mete!… ¡Usted qué sabe!

Y tomando pretexto de la llegada de otras francesas que se sentaban junto a Marcela y la saludaron con un «¡bonjour!» malicioso al verla tan acompañada, el comerciante intentó retirarse.

—Espérese, amigo—dijo Isidro—; yo también me voy. Estas señoritas tendrán que hablar entre ellas de sus asuntos.

Señalaba a dos compañeras de Marcela que arreglaban sus sillones para tenderse en ellos, fatigadas sin duda de la ascensión desde los camarotes a la cubierta. La de más edad era alta, gruesa, con el pelo teñido de un rojo de llama y las carnes algo flácidas. Sus ojos verdes tenían un brillo imperioso; sus movimientos eran resueltos y varoniles. Ejercía una autoridad indiscutida en aquella parte del buque donde se reunían sus compañeras, y que las graves damas de a bordo llamaban en voz baja «el rincón de las cocotas». Las amigas la oían como un oráculo cuando solicitaban el apoyo de su experiencia. Todas ellas conocían sus viajes por gran parte del globo, sus audaces travesías en el corazón de América como artista cantante. Su vida era una verdadera novela folletinesca, con encuentros de fieras y de bandidos. Y no obstante su pasado enérgico, permanecía horas enteras en el sillón, anonadada por una fatiga sin causa. Descender al camarote era empresa que le hacía reflexionar largamente, acabando por pedir que la sustituyese una de sus amigas.

La compañera era una jovencita de ojos claros y virginales, encogida y tímida algunas veces y otras con audacias de colegiala revoltosa. En el buque llevaba siempre la cabeza al descubierto, libre de velos y sombreros, dejando que flotase su tupida cabellera, de un rubio obscuro, suavemente ondulada. Mostrábase orgullosa de que «todo fuese suyo». Estaba satisfecha de su juventud, que ignoraba el adorno de los falsos cabellos, y de su piel sana, que no conocía el arrebol del colorete.

Maltrana las saludó a las dos como amigo antiguo.

—Buenos días, mademoiselle Ernestina. Soy, como siempre, el más ferviente admirador de su hermosa cabellera… Mis respetuosos homenajes, madame Berta. Saludo el heroísmo majestuoso de la vieja guardia.

Y sin prestar atención a la palabra risueña pero un tanto fuerte con que la exuberante madama contestaba a su saludo, Isidro se apresuró a huir tras de Manzanares, que se había despegado del grupo.

Empezaba el concierto matinal en la terraza del café. Circulaban los camareros con grandes bandejas cargadas de sándwichs y tazas de caldo. La música parecía extraer racimos humanos de las puertas, escotillas y escaleras. Isidro comparaba el buque con un mueble viejo: bastaba que las vibraciones de los instrumentos de metal lo conmoviesen, para que al momento surgieran las gentes de todos sus poros y orificios como rosarios de parásitos. Varias señoras de las más encopetadas pasaron ante él sin volver la cabeza, desconociéndolo al verle en tan mala compañía.

«Estas matronas tan dignas—pensó él—me van a tomar ojeriza si me encuentran mucho aquí. Huyamos; hay que conservar las buenas relaciones.»

Junto a la puerta del café detuvo a Manzanares.

—Es inútil su empeño—le dijo—. Pierde usted el tiempo. Sé bien lo que le han contestado: «En tierra veremos; aquí, ni por dos mil, ni por tres mil…».

—Déjeme tranquilo; no me… jorobe—rugió el comerciante—. No se ocupe más de mí.

Y separándose con un rudo tirón, se metió en el café en busca de sus amigos.

Maltrana se detuvo en la puerta. No osaba meterse en la penumbra de este salón obscuro y humoso durante el día, y que sólo al llegar la noche hacía resaltar la gloria de sus dorados, de sus escudos policromos y de sus vidrieras de colores bajo guirnaldas de luces eléctricas. Las mesas inmediatas a las ventanas ya estaban ocupadas a aquella hora por los sempiternos jugadores de poker. Isidro los contempló con un desprecio admirativo. Empezaban su tarea diaria, que había de concluir pasada media noche, sin más intervalos que los de las comidas.

«¡Qué gentes!—pensó—. Hacen el viaje sin saber dónde están, sin haber echado una mirada al mar. En el comedor comentan entre bocado y bocado los incidentes del juego. Tomaron los naipes a la salida de Boulogne o de Lisboa, y cuando lleguemos al río de la Plata habrá que gritarles: «Ya hemos llegado; ya estamos en Buenos Aires». Y es posible que aún contesten: «Un momento; aguarden para atracar a que concluyamos la última partida…». ¡Y eche usted copas! ¡Y traiga usted cigarros! ¡Y las más admirables de las señoras, que viven codo con codo entre ellos, juntando su rodilla con la del camarada de enfrente, tragando humo y mirando las cartas con ojos de bruja hambrienta!…»

Huyó de allí, volviendo al paseo, donde se encontró con Fernando, que caminaba solo. Isidro vio reflejarse en sus ojos una alegría interior.

—Marchan bien los negocios, según parece. La conferencia de esta mañana ha dado buen resultado… Caminemos un poco… cuénteme usted.

Pero Ojeda, para desviar la conversación, evitando la solicitada confidencia, aminoró el paso y dio con el codo a su amigo.

—Contemple usted y admire, Isidro. Ahí tiene a uno de los grandes sacerdores del culto amarillo, que se prepara a oficiar.

Señalaba con los ojos al banquero, majestuosamente arrellanado en su sillón, con una rica piel junto a los pies a pesar del calor. La amplia barba de un rojo obscuro descendía hasta el mamotreto que tenía en sus manos, extendiendo el serpenteo de los pelos entre las columnas de cifras escritas a máquina. En una silla inmediata estaban apilados con irregularidad otros legajos, a los que llevaba la mano de vez en cuando para hacer compulsas. Junto a él, su esposa, vestida de blanco con gran profusión de blondas de precio, hacía saltar entre los dedos su inseparable ristra de perlas con gesto de aburrimiento. Al pasar los dos amigos ante ella, sus ojos vagos parecieron concentrarse en Fernando con una mirada breve, pero vehemente y curiosa. El banquero daba órdenes a su secretario para que buscase un nuevo legajo en las diversas piezas que componían su departamento de lujo.

—¿Se ha fijado, Isidro, en los títulos de esos mamotretos?—dijo Ojeda al alejarse unos cuantos pasos—. Proyectos de ferrocarriles, obras de salubridad para ciudades, desecación de terrenos, aguas corrientes, tranvías… Ese señor lleva con él toda una civilización. Y todo es para el Brasil: los más de sus negocios están en San Pablo, a juzgar por los rótulos.

—Lo que yo he visto—contestó Maltrana—es la mirada de la señora del collar. Parece que se aburre al lado de tantos papelotes, y creo que mejor preferiría encontrarse al lado de usted charlando como la yanqui. ¡Ah, las mujeres! ¡su deseo de imitación! ¡su rivalidad instintiva! Esa señora no le vio en los primeros días, no existía usted para ella. Pero desde que anda con Mrs. Power acodándose en la borda, ella y muchas otras, cada día más excitadas por la monotonía de la navegación, empiezan a encontrarlo un poco interesante… No es gran cosa, lo reconozco: algo jamona y blanducha… y con ese perfil de pájaro… y esa nariz que no acaba nunca. Debe ser de Oriente: judía, turca, ¡qué sé yo!… Pero una señora que tiene esas perlas merece siempre atención. Debía usted hacerme amigo de ellos. No se tratan con nadie en el buque. Los dos se mantienen aparte, encastillados en su importancia.

Pero Ojeda sonrió, encogiendo los hombros, y dijo malignamente, para irritar a su amigo:

—Si yo fuese brasileño, temblaría sólo al ver los baluartes de legajos que trae ese buen señor. Dentro de pocos años, si le dejan, se habrá comido San Pablo y todos los otros santos que encuentre a mano, las plantaciones de café y hasta el último de los negros. Estos conquistadores europeos son de un estómago insaciable.

—Fernando, no barbarice—dijo Maltrana poniéndose serio—. No sea reaccionario, no sea poeta. Ese hombre se comerá lo que quiera, y hará muy bien si es que le dejan, pues tales son las leyes de la vida; pero va a prestar a la civilización un gran servicio. Hombres como él son los que han hecho la América que nos atrae y los que la harán todavía más grande. Figúrese usted cuando haya convertido en realidades todas las grandes obras que lleva en sus papeles… ¡Qué importa que abuse en cuanto a la recompensa! Sea él quien sea y salgan de dónde salgan los millones que ponga en línea de combate, es un representante del santo capital, un sacerdote, como usted dice, de mi religión, y yo lo venero… ¡Lástima grande que se muestre tan gran señor y sólo me conteste con una mirada fría de sus lentes de concha y un gruñido de mala educación cada vez que intento hablar con él del buen tiempo y de la felicidad del viaje!…

Acababan de doblar la curva del paseo en la parte de proa, y toda la calle de estribor se ofreció ante sus ojos. Maltrana se detuvo, viendo los sillones despegados de la pared y esparcidos hasta obstruir el paso. Eran señoras las que los ocupaban, sólo señoras, y algunos transeúntes retrocedían, no queriendo continuar su marcha a través de estos grupos femeniles que tomaban la cubierta como algo propio, sin importarles dificultar la circulación.

—Mire usted, Ojeda. Ya se está reuniendo «el banco de los pingüinos».

Y ante el gesto de extrañeza de su acompañante, dio una explicación. Este mote de «pingüinos» no era de su cosecha. ¡Que le librase Dios de tamaño atrevimiento!… Los «pingüinos» eran las señoras más notables de a bordo, matronas argentinas que al no poder ocupar el trasatlántico entero, lo mismo que un yate propio, se habían concentrado en esta parte del buque como asustadas y ofendidas del contacto con los demás. Era un muchacho argentino, que regresaba a su tierra después de varios años de vida en París, el inventor de este apodo un día que hablando con Maltrana se lamentaba del carácter de sus compatriotas, tachándolas de hurañas y poco sociables.

—Mire usted a nuestras mujeres, y aprenda, galleguismo—había dicho—. Se han refugiado en un extremo del buque aislándose de las demás gentes. Se mantienen con los codos apretados para que nadie pueda entrar en su grupo. Recuerdan a los pingüinos del Polo Sur, esos pájaros bobos que sólo pueden vivir ala con ala formando filas en las aristas de las rocas.

Y desde entonces, la gente joven, en sus tertulias del fumadero, llamaba «el rincón de los pingüinos» a esta parte del buque donde pasaban el día aisladas del resto del pasaje sus madres, sus hermanas y las respetables amigas de sus familias. Este «rincón de los pingüinos» era mirado poco a poco con cierto respeto, hasta convertirse, algunos días después, en un lugar envidiable. Los paseantes se abstenían de dar la vuelta en redondo a la cubierta y volvían sobre sus pasos para no turbar las conversaciones de las damas. Sólo algún gringo despreocupado o de egoísmo insolente pasaba sobre sus gruesos zapatos por entre los sillones, sin darse la pena de entender el significado de las miradas furiosas que despertaba su atrevida presencia.

Tácitamente, en virtud de un obscuro instinto de todos los pasajeros, se había efectuado en la cubierta una gran división de clases. El costado de estribor era el de la plebe sin valía social, el de los viajeros sin nombre y las pasajeras de vida sospechosa. En este lado, a partir del fumadero, se encontraba «el rincón de las cocotas»; luego, «la sección cómica», o sea, los numerosos sillones de los cantantes masculinos y femeninos de la compañía de opereta; «la gallegada», donde se juntaban los españoles; y el grupo de «la gringada», mucho más numeroso, compuesto de comisionistas alemanes que pensaban penetrar con su muestrario hasta el corazón de América; relojeros suizos, de aspecto bonancible, pero prontos a irritarse con una cólera fría que tardaba mucho en disolverse; pequeños negociantes británicos; agricultores escandinavos establecidos en el extremo Sur; rubias alemanas que iban en busca de sus maridos, y los ganaderos norteamericanos, que al caer la tarde estaban ya medio ebrios. El banquero de la barba roja y sus voluminosos legajos, la esposa y su collar de perlas y el secretario siempre con un cuello de camisa alto y brillante, manteníanse en este lado de estribor entre la gente insignificante, para demostrar con su indiferencia ostentosa que estaban muy por encima de todas las divisiones sociales que se implantasen en el buque.

—Fíjese en el respeto que infunden los «pingüinos»—dijo Maltrana—. Las coristas de opereta pasean cogidas del talle por casi toda la cubierta, riendo, empujándose, mirando a los hombres; pero al dar la vuelta a la parte de proa y llegar adonde estamos, encuentran a nuestras damas haciendo labores de gancho con una majestad de reinas, leyendo Fémina o conversando sobre los méritos y relaciones de sus respectivas familias, e inmediatamente retroceden cerrando el pico. Ninguna tiene valor para deslizarse ante el imponente areópago. La otra noche le propuse por medio de intérprete a una de esas rubias que pasásemos juntos ante los «pingüinos», creyendo enorgullecerla con este sacrificio y que me lo gratificase después. Pero la pobrecita casi palideció de miedo: «Nein… nein», como si le hubiese propuesto echarnos de cabeza al mar.

De la sociedad modesta de estribor, las únicas que pasaban por allí eran doña Zobeida y Conchita. La buena dama de Salta saludaba a las «porteñas» con su aire señoril y bondadoso, a estilo antiguo, y seguía adelante sin permitirse mayores intimidades. Ni aquellas grandes señoras deseaban su amistad, ni ella necesitaba de su apoyo. Las más viejas contestaban a este saludo con cierta simpatía, como si adivinasen en ella algo heredado y común que se iba perdiendo en sus propias personas. Las jóvenes miraban con extrañeza a «la buena mujer», acogiendo sus sonrisas como si fuesen de una antigua criada familiar.

Conchita era menos bondadosa, y pasaba con manifiesta hostilidad entre los grupos que obstruían este pedazo de cubierta perteneciente a todos. Las damas vestidas por los grandes modistos de París tenían miradas de burlona conmiseración para sus trajes de gusto madrileño y manufactura casera. Pero ella erguía la pequeña estatura de maja goyesca, unía los codos al talle y pasaba adelante moviendo las caderas, mirando con sus ojillos punzantes a las favorecidas de la fortuna. Su andar y su gesto parecían decir: «¿Y a mí qué?… ¿Y a mí qué?…».

Cerca de este grupo majestuoso, y buscando su contacto, estaban otras damas, a las que llamaba Maltrana «aspirantes a pingüinos». Eran la esposa y las niñas de Goycochea el español, la señora del millonario italiano, cuyo collar de perlas rivalizaba en valor y continuas exhibiciones con el de la mujer del banquero, sus hijas, la institutriz inglesa y toda la familia de la Boca que traía a su costa a Monseñor.

—Vea, Fernando, con qué aire de sonriente humildad acogen esas señoras cualquiera palabra de los «pingüinos». Son más ricas tal vez que las otras, pueden permitirse mayores lujos, pero no pasan de ser «gente mediana», y las otras son «gente bien», como ellas dicen. Sus maridos, gallegos o gringos, han hecho fortuna como la hicieron los padres o los abuelos de las otras, procedentes también de Europa. No hay entre ellas más diferencia que una generación o dos de vida americana. El origen casi es el mismo. ¡Pero lo que representa socialmente esa diferencia!…

Ojeda asintió, recordando la época de su vida pasada en Buenos Aires como secretario de Legación.

—Ríase usted, Isidro, de las castas sociales de Europa. Allá, casi todos somos unos; la educación y la inteligencia nivelan a las gentes. Pero en estos países democráticos, los ricos de ayer necesitan aislarse, para que los demás crean en su importancia. Además, la continua afluencia de aventureros les obliga a defenderse con un estrecho tacto de codos. La «gente bien» son los que tuvieron en Buenos Aires un bisabuelo tendero poco antes de la Independencia, que vendía pañuelos rojos a los indios, paquetes de mate a los blancos, y compraba esclavos negros para revenderlos en el interior. Todas las mejores familias se enorgullecían de poseer un tenducho abierto, gran riqueza para aquellos tiempos de parvedad. Después, el abuelo se disfrazó de gaucho, sin serlo, para dar gusto al dictador Rosas, y tomó su mate teniendo por sillón un cráneo de caballo. Otro abuelo copió a los románticos franceses en su traje, su peinado y su énfasis, peleando en los muros de Montevideo contra el tirano y disparándole odas y folletos en los momentos de reposo. Además, tuvo que vivir ojo alerta para que el tal déspota no le echase la garra e interrumpiese sus entusiasmos literarios haciéndolo degollar con un cuchillo mellado… Luego, el padre fue el primero que realmente tuvo plata, y empezó a montar la casa y la familia en su rango actual. Creyó en Mitre y peleó por él… Pero la carne ya no se abandonaba en la Pampa como una cosa sin precio, y en vez de fabricar odas se dedicó a cercar con alambre leguas y leguas de tierra, haciéndolas suyas, y a poner la marca propia en los ganados sin dueño…

—Y estas «aspirantes»—interrumpió Maltrana, cuando se haya borrado el recuerdo de sus maridos gringos o gallegos (como se ha perdido el de los pobres tenderos de hace un siglo) y sus hijos o sus nietos se casen con los de las otras, serán a su vez «gente bien», grandes duquesas sin título de la aristocracia trasatlántica.

—Cierto. Y por esto mendigan el contacto de los que están más arriba con una tenacidad a prueba de humillación. Acaban de llegar de lo más bajo con grandes penalidades; ya tienen el dinero: ahora les falta el lustre social… Y empujan hacia arriba con su audacia de antiguos emigrantes que no conoce la vergüenza ni el ridículo. Como le he dicho antes, puede usted reírse de las castas sociales de Europa. Entre una comiquita de París y una gran duquesa de las que figuran en el Gotha, hay menos distancia que entre una joven millonaria reciente, hija de emigrantes, y una señorita cuyo padre tiene tal vez hipotecadas las tierras y cuyos abuelos vinieron a América también de emigrantes… pero hace ochenta años.

Maltrana siguió explicando el diverso carácter de los otros grupos que se sentaban en la banda de babor. En último término, cerca del fumadero, los comerciantes germánicos dormitaban en sus sillones con un viejo ejemplar del Simplicissimus sobre la cara. Ciertas parejas inglesas deleitábanse pacientemente con las aventuras de correctos personajes, bien vestidos y de buena renta, relatadas en novelas de cuatro volúmenes en las que no ocurría nada, absolutamente nada. Y entre esta gente y el bando de los «pingüinos», con sus admiradoras anexas, estaba otro grupo, al que daba Isidro el título de «gran coalición de potencias hostiles», compuesto de señoras de nacionalidades diversas, atraídas por una antipatía común. Maltrana las designaba con hermosos sobrenombres, lo mismo que los personajes homéricos. La chilena, «cuello de cisne», era a modo del núcleo central de esta célula de la sociabilidad trasatlántica, y en torno de ella aglomerábanse varias uruguayas, «las de los bellos brazos», y algunas brasileñas, «las de los ojos de antílope».

Por la mañana, al subir a cubierta, se saludaban las de uno y otro grupo con ceremoniosa sonrisa. «Buen día, señora; ¿cómo amaneció usted, señora?…» Y a continuación iba cada uno a ocupar el territorio propio, empujando su sillón para que quedase bien marcado el vacío fronterizo, la separación insalvable entre unas naciones y otras. Las «potencias hostiles» manteníanse alineadas a lo largo de la pared con una corrección militar, cuidando de no obstruir el paseo, para que todos apreciasen la diferencia entre unas gentes y otras.

De vez en cuando, los «pingüinos», parleros y movedizos en sus explosiones de exuberancia, lanzaban una sonrisa amable del lado enemigo, pero la sonrisa quedaba perdida en el espacio o era contestada con leves movimientos de cabeza. Las «potencias» fingían ignorar esta vecindad, procuraban colocarse en sus asientos de tal modo que sólo presentasen al lado contrario la punta de un hombro, y cuando más se alborotaba el bando de los «pingüinos», riendo de una noticia o admirando un objeto raro, ellas miraban obstinadamente al cielo o al mar con una indiferencia inconmovible.

Las «aspirantes a pingüinos», colocadas entre los dos grupos, cazaban las sonrisas de unas y las palabras de otras, aprovechándolas para entablar conversación. Estaban contentas de la vida íntima del buque, que no exige presentaciones para que las personas se conozcan.

A pesar de la falta de cordialidad de los dos grupos, casi todos los días se establecía entre ellos una momentánea relación. Así lo exigen las buenas prácticas diplomáticas; así viven las naciones armadas hasta los dientes, prontas a despedazarse, pero enviándose embajadores y mensajes afectuosos.

La chilena abandonaba el asiento, desdoblando su soberbia estatura para avanzar por la cubierta «con la majestad de la reina de Saba»—según Isidro—, seguida de un séquito de confederadas. El bando contrario acogía la visita diplomática con gran removimiento de sillones, para ofrecer los mejores sitios, y la conversación desarrollábase lánguidamente sobre recuerdos de elegancia y de grandes compras. Cada vez que las unas exaltaban los méritos de un modisto o un joyero de la calle de la Paz o la plaza Vendôme, las otras murmuraban con una voz blanca y una modestia agresiva: «Nosotras no podemos permitirnos eso; en nuestro país somos muy pobres. Eso ustedes y nadie más». Y miraban al mismo tiempo con maliciosa complacencia sus trajes y sus joyas, de igual valía que los de sus rivales.

Los «pingüinos», a su vez, enviaban una diputación de matronas al territorio hostil, y su presencia parecía excitar la laboriosidad de las visitadas, que acometían con nuevos bríos sus labores de gancho y de bordado, siguiendo la conversación sin levantar cabeza del trabajo. Algunas veces, ninguno de los dos campos se decidía a ir en busca del otro, y los encuentros eran en terreno neutral, en el grupo de las «aspirantes», donde tomaba asiento la familia italiana de la Boca con su obispo.

¡Adorado Monseñor! Las damas del país intermedio lo miraban como una gloria propia. Gracias a él, las señoras de ambos lados venían a visitarlas, atraídas por el brillo purpúreo de su faja de seda y el esplendor de su cruz de oro. Y Monseñor, sonriendo bonachonamente, se esforzaba por mostrarse galante y pretendía entretener al femenil concurso con chistes aprendidos en el seminario y recuerdos de sus estudios clásicos. Virgilio era su mayor adoración: lo recordaba con más frecuencia que a los Padres de la Iglesia; todo lo había dicho y adivinado. Anécdotas modernas se las atribuía al poeta, como si con esto las diese nuevo valor. Y cada vez que abría la boca para hablar en su idioma, ya sabían las señoras cuál iba a ser el exordio: «dice il poeta Virgilio…». Y lo que decía il poeta era una historia leída por el obispo meses antes en cualquier periódico católico.

Otra relación de cordialidad se establecía diariamente entre los diversos grupos. Por la tarde, antes de la hora del té, cuando los pasajeros dormitaban en sus asientos y ardientes cuchillos del sol se introducían en la penumbra del paseo por los intersticios de las lonas, danzando acompasadamente de una cabeza a otra con el movimiento del buque, como si fuesen péndulos de luz, las niñas bajaban a sus camarotes para volver a subir con grandes cajas llenas de dulces. Iguales a las procesiones de vírgenes que desfilan en los tímpanos de las catedrales llevando como ofrenda entre ambas manos un cofre de reliquias, las vírgenes americanas de falda trabada, altos tacones y paso airoso iban de grupo en grupo regalando dulces: «¿Un bombón, señora? ¿Un chocolate, señor?…».

—Es incalculable, amigo Ojeda, la masa de confitería que esas muchachas han metido en el vapor. Cada amiga, al despedirlas en París, ha creído su deber aportar el correspondiente cofre. No pasan dos días sin que cada una de ellas le quite la cubierta a un nuevo embalaje de bombones. Cajas Imperio con la Recamier o Josefina tendidas en un sofá; cofres forrados de seda con pastorcitos de Wateau, verdaderas maletas de terciopelo flordelisado… Y las pobrecitas, ¡tan amables! con el gusto de exhibir los regalos de sus relaciones, hacen todas las tardes su ronda en el lado distinguido de la cubierta, y la gente pasa el viaje mascando caramelos y chocolates con crema.

En el curso de sus ofrendas llegaban hasta el extremo de babor, en las cercanías del fumadero, allí donde empezaban a borrarse las severas diferencias sociales, y las gentes que se tenían por distinguidas confraternizaban con las de la banda opuesta. Las vírgenes portadoras de arquillas se encontraban con sus hermanos, primos y futuros novios, que pasaban el día en el café o sus inmediaciones.

Esta juventud, con la cabeza descubierta, la cabellera partida en dos crenchas negras, abultadas, lustrosas, impermeables, que ningún huracán podía alterar ni conmover, y el menudo pie encerrado en botines de charol de alto empeine y vistosa caña, siempre que salía del fumadero volvía los ojos con cierto temor hacia el «rincón de los pingüinos». Allí estaban sus madres y parientas y las respetables amigas de sus familias; pero antes la fuga que dejarse atrapar por una cariñosa llamada y sufrir media hora de conversación en tan noble compañía. «¡Viejas pesadas! ¡Señoras macaneadoras!…» Y esperaban a que pasasen las primas o las futuras novias para unirse a ellas y atraerlas dulcemente hacia la popa o la banda de estribor, donde reían y saltaban como escolares en libertad.

Otras veces permanecían juntos y silenciosos, contemplando el mar, teniendo a sus espaldas la mirada irónica de las francesas tendidas en sus sillones o la sonrisa de las coristas alemanas a las que hablaban ellos por la noche, a última hora, murmurando cifras.

—Yo admiro a esos muchachos—dijo Maltrana—. ¡Qué visión de la realidad! ¡Qué concepto de la vida y sus necesidades! Todos vuelven a regañadientes a su tierra: llevan París en el corazón. La otra noche, el hijo mayor del doctor Zurita me consultaba sobre su porvenir. Apenas llegue a Buenos Aires, piensa exigir a «su viejo» que lo envíe a Europa… Quiere estudiar en París no sabe qué… pero en fin, quiere estudiar, sin aproximarse por esto al Barrio Latino, que encuentra poco chic y con mujeres ordinarias. Y me preguntó con adorable sencillez si un muchacho puede vivir con cuatro mil francos al mes, que es lo que se propone pedir al viejo… «Cuatro mil palos», pensaba yo. Pero al mismo tiempo sentí ganas de abrazarlo, por el alto concepto que le merecen las necesidades de la juventud.

Para justificar las señoritas este avance hacia los parajes ocupados por sus amigos, continuaban su tarea distributiva entre los señores adormilados que fingían leer en las inmediaciones del fumadero. «Señor, ¿un bombón?…» Y el gringo, despertado de su lectura por la voz juvenil, levantaba los ojos del volumen alemán o inglés y metía la mano en la arquilla murmurando: «Grachias, mochas grachias». Luego, volvía a sumirse en el libro adormidera. «Señor, ¿un chocolate?» Y el brasileño de tez amarilla y picudas barbillas, enjuto y anguloso, como si el sol ecuatorial hubiese absorbido toda su grasa, saltaba del sillón con galante apresuramiento, como si le fuese en ello la vida: «Muito obrigado… ¡oh! muito obrigado». Y sólo al estar lejos la señorita osaba devolver la gorra a su cabeza y la cabeza al respaldo del asiento.

Cuando los diferentes grupos de damas que ocupaban la banda de babor se reunían, entablando una conversación general, era indefectiblemente para prorrumpir en quejas contra las inclemencias del Océano y los atentados que se permitía con sus personas. Los cuellos cambiaban de coloración, no obstante el cuidado de huir de los rayos del sol. El aire salino los obscurecía, dándoles un tono de pan moreno; la piel blanca de las rubias amarilleaba con la tonalidad del marfil viejo. La brisa húmeda barría los polvos de la cara, conservándolos únicamente en las arrugas y oquedades de la piel, formando un barrillo blanco. Alborotábanse los peinados en el hueco de una puerta, en una encrucijada de corredores, al pasar de una banda a otra, dejando al descubierto los artificios y retoques de los añadidos, lo que las obligaba a preservar estos secretos capilares bajo un turbante de gasas.

Si algunos caballeros respetables se aproximaban a los grupos de damas para conversar con ellas, hasta las más viejas, que parecían ajenas a las vanidades mundanales, los repelían con dengues juveniles.

—¡Ay, no se acerquen ustedes! Estamos horribles. Con este maldito mar está una impresentable. Todas tenemos algo verde en la cara.

Y los caballeros se creían obligados a ensalzar las grandes ventajas del viaje, durante el cual se satura el organismo de sales benéficas. Lo que se perdía en distinción se ganaba en saludable rusticidad. De noche, todas eran igualmente hermosas en el ambiente cerrado del comedor y los salones.

Una solidaridad de sexo borraba de pronto las envidias y antipatías que separaban a los grupos femeniles. Señoras de diverso bando se juntaban para recorrer la cubierta con ojo avizor. Las inquietaba una ausencia larga de los maridos. Y cuando los veían a través de las ventanas del fumadero jugando al poker, con la mirada fija en los naipes y la frente rugosa, preocupada, sonreían satisfechas, lo mismo que si acabasen de sorprenderlos practicando una virtud.

Sus inquietudes reaparecían al encontrarlos en plena cubierta, aunque estuviesen enfrascados en una conversación de negocios. Andaban por allí cerca las rubias de la opereta, las cocotas viajeras, un sinnúmero de temibles peligros; y sin una palabra que revelase su inquietud, cada una se aproximaba a su marido, se colgaba de su brazo, intervenía en la conversación, lo paseaba por toda la cubierta, y únicamente se decidía a soltarlo en la entrada del fumadero, con la promesa de que volvía al poker o a tomar una copa.

Algunas que aún no habían salido de la primera juventud y llevaban poco tiempo de matrimonio, paseaban casi todo el día del brazo del esposo con aires de tiple enamorada, inclinando la cabeza sobre el hombro de él, como si la cubierta fuese el jardín de «Fausto». Por dignidad de clase, gozosas de jugar un rato a «señora mayor», distinguiéndose de las solteras, permanecían entre las respetables matronas; pero de pronto sentíanse agitadas por un hormigueo irresistible. No veían a su maridito. ¡Quién sabe lo que estaría ocurriendo en la otra banda del buque o en la cubierta de los botes! ¡Con tantas malas mujeres que venían en este viaje! ¡No haber un vapor limpio de tentaciones, sólo para personas decentes! Y corrían sin saber adónde, como si hubiese sonado de pronto la señal de alarma.

Una actividad extraordinaria hacía ir y venir aquella mañana por la cubierta, en grupos parleros, a las jóvenes de diversa nacionalidad. Abordaba cada una a sus amigos y conocidos con un papel y un lápiz en las manos. Iban recogiendo para las fiestas equinocciales, y antes de inscribir el donativo discutían y protestaban, queriendo aumentar la cifra.

—Vea, Fernando—dijo Maltrana—, cómo se mueve el abate francés, el conferencista de las barbas, entre las señoras, cuya admiración desea conservar. Para él no hay divisiones, y salta de un grupo a otro. Los «pingüinos» lo consideran suyo porque se lo han recomendado las grandes damas de la colonia de París. A las «aspirantes» las deslumbra hablando de las princesas y duquesas que lleva tratadas en su vida de predicador mundano. Pretende halagar a las «potencias hostiles» hablando de sus países con grandes elogios y dando a entender que en Europa todos saben a qué atenerse en la apreciación de unos pueblos y otros, distinguiendo entre el valor real y el bluff. Mírelo cómo distribuye a las señoras los libros de que es autor y periódicos con su retrato. ¡Ah, comediante!… Lleva en su equipaje colecciones enteras de todas las revistas ilustradas que han hablado de sus predicaciones en Canadá, Estados Unidos, Australia y no sé cuántos sitios más. Las hace circular y las recoge luego cuidadosamente, lo mismo que un tenor… Eso es, un tenor: un tenor de sotana.

Y hablaba con irónico asombro de las múltiples y mediocres habilidades del abate viajero y verboso: conferencista, pintor, escultor, poeta y músico. Maltrana sabía esto por uno de los periódicos que repartía él mismo.

—Me lo prestó una señora algo devota que tiene empeño en que yo admire al abate. Y como a mí nada me cuesta dar gusto, me mostré asombrado. «Pero señora, ese hombre es Leonardo: el gran Leonardo de Vinci». Y mis palabras han tenido un éxito loco, pues cuando el doctor Zurita y otros argentinos socarrones se burlan del abate y dicen que es un vivo que va a Buenos Aires en busca de plata, las damas de su familia se indignan y me sacan a colación como argumento decisivo: «Es Leonardo, el que pintó La Cena: Leonardo de Vinci. Lo dice Maltranita, que es un mozo que escribe y ha tratado a muchas eminencias…».

Ojeda rio de la seriedad con que relataba su amigo estos accidentes de la vida de a bordo.

—Ahora, las buenas señoras—continuó Isidro—, quieren que una noche dé el abate un concierto de piano, sólo para ellas… Ya han desistido de oírle una conferencia que estaba en proyecto. «El Cyrano de Rostand y el idealismo cristiano…» ¿Qué le parece el tema? ¿Se ríe usted?… Por algo lo alaban las buenas matronas, diciendo que es un cura moderno de lo más moderno. Pero el abate no quiere oír hablar de conferencias a bordo; se niega a desembalar su mercancía gratuitamente antes de la llegada al mercado. Se reserva para un teatro de Buenos Aires.

Maltrana buscaba con los ojos al otro conferencista, el profesor italiano, que se mantenía lejos de las señoras, en las inmediaciones del fumadero, entre los lectores soñolientos, con una columna de volúmenes y revistas al lado de su sillón.

—Los «pingüinos» le saludan porque tiene un nombre conocido, y ellas respetan instintivamente la celebridad. Le han hecho firmar un sinnúmero de tarjetas postales con «pensamientos» filosóficos y galantes para ellas y para todas sus amigas coleccionistas; le han sacado retratos con autógrafo, y ahora, terminada la explotación, no se acuerdan de él. Es un sabio de malas ideas. El abate las acapara a todas.

Quedó Maltrana pensativo, y dijo luego a Fernando:

—Creo que usted y yo podíamos dedicarnos a eso de las conferencias. Según parece, gusta mucho en América y proporciona dinero. ¡Qué países tan interesantes! ¡Pagar por oír discursos!… ¡Tantos que hablan gratuitamente en nuestra tierra, y aun así no encuentran las más de las veces quién los escuche!

Recordó Ojeda su vida en Buenos Aires años antes y las conferencias a que había asistido. Los pueblos jóvenes sienten el mismo afán de los escolares aplicados y curiosos, que, luego de oír las lecciones de los maestros, desean conocer las interioridades de su vida. No les bastaban los libros y las obras de arte enviados por el viejo mundo; querían ver de cerca la personalidad física de sus autores.

—Y todos los años, amigo Isidro, llegan a Buenos Aires hombres ilustres con el pretexto de dar conferencias, pero en realidad para satisfacer la curiosidad de los argentinos y para orgullo de las numerosas colonias europeas, que al exhibir y festejar al compatriota célebre, parecen decir: «No todos somos unos ignorantes que aramos la tierra o vendemos detrás de un mostrador. Bueno es que estos criollos se enteren de que en nuestro país hay “doctores” mejores que los suyos…» Y las gentes, al saber que ha llegado el autor de un libro que leyeron hace tiempo por casualidad, o el personaje político cuyo nombre encuentran todas las mañanas en el periódico, se dicen: «Vamos a ver de qué casta es ese pájaro». Gastan unos pesos para encerrarse en un teatro, de cinco a siete, y arrullados por la voz del conferencista comparan su rostro con los retratos publicados, se fijan en el corte de su levita (convenciéndose una vez más de que en la Argentina visten las gentes mejor que en Europa), y hasta cuentan las veces que bebe agua. Además, se dan el gusto de ponerlo en caricatura y le atribuyen anécdotas en las que aparece asombrado al enterarse de que en América ya nadie gasta plumas. Porque allá, las gentes tienen empeño en que los europeos se los imaginen como indios emplumados, para poder reírse después, con un gozo infantil, de la gran ignorancia de los del viejo mundo.

Cesó de hablar Ojeda, sonriendo como si le regocijasen interiormente sus recuerdos, y luego continuó:

—Las señoras que por curiosidad llenan los palcos, desaparecen a la tercera conferencia, y hacen bien, porque se aburren a morir. Ellas sólo gustan de los conferencistas que recitan versos… Pero quedan los intelectuales del país, los «doctores», que asisten con una hostilidad manifiesta, y al entrar se dicen unos a otros: «Vamos a ver qué nos cuenta ese señor». Luego, a la salida, protestan a coro. «No ha dicho nada nuevo; no hemos aprendido nada, absolutamente nada…» ¡Como si el encontrar algo nuevo fuese cosa de todos los días! ¡Como si un hombre que encontrase algo nuevo en su país fuese a decir a sus compatriotas: «Tengan ustedes paciencia, aguarden un poquito. Voy a tomar el trasatlántico para contar a los señores de América mi descubrimiento, y en seguida vuelvo…»! ¡Como si con los medios de comunicación de nuestra época y lo difundido que está el libro, fuese posible ir a parte alguna con una idea reciente sin que al momento salten treinta o cuarenta diciendo: «Eso ya lo sabía yo…»!

—Entonces—interrumpió Maltrana—, en esos viajes de los conferencistas la llegada es siempre más gloriosa que el regreso.

—Ciertamente. Cuando nuestro buque fondee en Buenos Aires, verá usted banderas, oirá músicas y aclamaciones. Luego, satisfecha la curiosidad sobreviene la indiferencia, y los héroes de un día se reembarcan sin otro acompañamiento que media docena de amigos que quedan allá como cónsules de su renombre y encargados de sus negocios. Los únicos que no olvidan son los «doctores», que para convencerse de su propia superioridad, repiten: «No ha dicho nada nuevo. Lo sabíamos todo…». Y esto ocurre porque nadie en la vida expone la verdad corajudamente; porque el conferencista debía decir el primer día a su público: «Todos ustedes, que viven batallando por el dinero, deben figurarse por qué he hecho yo esta larga travesía, viniendo a una tierra que no tiene el Partenón, ni las Pirámides, ni la Alhambra. No sería correcto colocar mi sombrero en mitad de una acera, diciendo: “Yo soy Fulano de Tal, que he venido a verles. Echen algo para que me lleve un buen recuerdo de este país de riquezas”. Por eso prefiero exhibirme en un teatro y justificar la generosidad del público con dos horas de aburrimiento y vulgaridades…». En el fondo, esto y nada más es una serie de conferencias. Un pretexto para que el país se muestre generoso con la celebridad que lo visita.

—Ya veo claro—dijo Maltrana—. Una especie de premio Nobel que la Argentina se permite el lujo de regalar a alguien que es conocido por algo, siempre que se tome el trabajo de ir a pedirlo en persona… Con la diferencia de que este premio Nobel es por cotización popular.

—Exacto. Y no crea usted que el país pierde nada con ello. Para su gloria mundial, jamás dinero tan bien gastado como los cinco pesos que cuesta oír una conferencia. El conferencista, al llegar a u país, olvida con la distancia los arañazos de los remotos «doctores» y sólo ve el cheque que guarda en la cartera. Una cantidad de poca importancia para allá; pero que traducida a dinero de Europa representa cincuenta mil o cien mil francos: el producto de media docena de libros, el sueldo de ocho años de cátedra ganado en un par de meses.

Ojeda se imaginaba las consecuencias del viaje. La esposa del hombre ilustre renovaba el mobiliario y el vestuario de la familia; los dos cónyuges adquirían una casita de campo para que los niños se criasen mejor; todos en el hogar prorrumpían en elogios a la Argentina, y los amigos y hasta las más lejanas relaciones fijaban su atención en este país maravilloso, donde no hay más que agacharse para encontrar plata. Los compañeros del ilustre maestro se mordían los labios de envidia, y cuando en los azares de la existencia encontraban a alguien venido de la Argentina, aunque fuese un necio, lo adulaban y lo acosaban, dando a entender que ellos también irían allá… a la más ligera invitación. El conferencista considera como un deber escribir un libro que demuestre su agradecimiento, un libro concebido a través de gratos recuerdos, y que resulta ampuloso y glorificador como una oda de encargo oficial. Y cuando algún malhumorado ruge contra la lejana República, dando a entender que las cosas son en ella muy distintas de como las imagina el optimismo, el grande hombre salta indignado en defensa de un país cuyo nombre mencionan siempre con veneración su mujer y sus hijos.

—Yo que creía—interrumpió Isidro—que estos conferencistas eran unos amables burlones, que después de explotar la credulidad americana se reían de ella…

—Tal vez hayan pensado así algunos; pero al final los explotados son ellos, pues por impulso propio hacen al volver a sus tierras una propaganda que de ser obra del gobierno costaría millones. ¡Quién sabe cuánta parte tienen ellos en la fama reciente y mundial del país adonde vamos! Bien puede ser que alguno haya hecho surgir en nosotros la primera idea inicial de este viaje con una lectura que ya no recordamos…

Isidro, que al mismo tiempo que escuchaba a su amigo seguía con los ojos el curso de los paseantes, le tocó en un codo, interrumpiendo sus palabras.

—Mire usted a la sin par Nélida. Acaba de subir a la cubierta, y ya van saliendo del fumadero sus adoradores… ¡Saludo a la pasajera más hermosa de todo el buque!

Nélida dilató los frescos labios, contestando con su sonrisa felina a la genuflexión versallesca de Isidro. Luego pasó ante «el banco de los pingüinos» irguiendo su aventajada estatura, desafiando con su mirada cándida el enojo de las imponentes señoras. Las más fingieron no verla, para no responder a su saludo. Algunas contestaron «Buen día, niña» con voz triste y ojos de conmiseración, como si fuese una enferma cuyo fin consideraban próximo.

—Esa Nélida es de una audacia estupenda—dijo Maltrana—. Sabe que todas las señoras hablan de ella con escándalo, y las saluda como en los primeros días, cuando la creían una muchacha juiciosa. Los desprecios y los bufidos resbalan sobre su persona sin molestarla.

Habló Isidro de la indignación de las matronas, que consideraban como un tormento viajar con sus hijas teniendo que sufrir la compañía de Nélida.

—Prohíben a las niñas que la saluden, cuando en los primeros días de navegación era la más agasajada por todas ellas… Pero las niñas fingen obedecer, y la buscan en secreto, lejos de las mamás. ¡El encanto de rozar lo prohibido! ¡La mágica atracción del pecado!… Por las tardes, mientras las señoras dormitan, suben ellas con Nélida a la última cubierta para que las enseñe a bailar el tango… pero el tango tal como se baila en los cafés nocturnos de Berlín. Piensan como excusa que cuando bajen a tierra ya no la verán más, y que aquí en el buque todo resulta bien.

Siguió Nélida adelante, hasta llegar al extremo de babor, donde estaba sentada su madre, teniendo a un lado al hijo medio imbécil y al otro el venerable jefe de la familia, que balanceaba su cabeza de patriarca entornando los ojos, cual si acariciase mentalmente un negocio nuevo.

—La pobrecita—continuó Isidro—siente por las mañanas el amor de la familia y va en busca de su padre. Lo besa, juguetea con él como una gata, y al mismo tiempo se da el placer de seguir con el rabillo del ojo la impaciencia de sus admiradores, que se mantienen a distancia, ansiosos de juntarse con ella. ¡Criatura ingenua y refinada!… Pero fíjese, Fernando: usted, que me cree poca cosa, y no le falta razón, mire con qué impaciencia me aguardan mis admiradoras.

Y señaló disimuladamente el grupo de damas en el cual algunas las más viejas, volvían sus ojos hacia Maltrana, como invitándole a aproximarse.

—Yo tengo mi público, y como todo hombre notable, tengo también mis enemigos y detractores. No puedo aproximarme a las nobles matronas y cambiar con ellas un saludo, sin que alguna me diga: «Cuéntenos algo. Usted que lo sabe todo, Maltranita, díganos qué ocurre en el buque». Y me tienen de pie ante ellas, para que no se borren del todo las distancias sociales, hasta que de pronto las hago reír o las cuento algo que las interesa vivamente, y entonces alguna, con repentina solicitud, me dice: «Pero siéntese usted, siéntese aquí y no sea zonzo». Y encoge las piernas para que me siente en el extremo de la silla larga, como un paje a los pies de la dama… La viuda de Moruzaga, que tiene millones y millones, gusta de hablarme a solas para que me entere de los encantos y virtudes de su esposo. ¡Pobre señora! ¡Una verdadera enamorada! Sólo vive cuando puede hablar de «su finado». Y si la conversación cambia de tema, pierde todo interés para ella y parece dormirse con los ojos abiertos.

Una idea repentina hizo abandonar a Maltrana su tono ligero.

—Pero ¿se ha fijado usted, Ojeda, en el modo de ser de estos hermanos nuestros? Los primeros días, al oírles, decía yo: «Somos iguales: iguales salvo algunas diferencias de acento y sintaxis…». Y no señor; no somos iguales. ¿Cómo me explicaré?… Unos y otros tocamos el mismo instrumento, pero tenemos distinto oído para apreciar los sones. A lo mejor, digo algo que por casualidad me resulta gracioso, algo que en España pasaría por un «golpe» de ingenio, y las buenas señoras permanecen insensibles, como si no me entendiesen. Luego, en el curso de la conversación, suelto una necedad infantil, un chiste de colegio, que en Madrid me valdría una rechifla, y mi público ríe esta inocentada y la repite como una brillante manifestación de ingenio.

Ojeda, recordando sus viajes por América, asintió a las palabras de su amigo. No sólo había divergencia en la apreciación de los sones del instrumento común del idioma: se diferenciaban también en la agilidad y la fuerza para su manejo.

—En muchos de esos países—dijo Fernando—, las gentes hablan con una lentitud penosa, como si la rebusca de las palabras fuese acompañada de los dolores de un parto. Las mujeres especialmente sólo tienen cuerda verbal para cinco minutos, y luego quedan mudas, mirándose unas a otras. Únicamente se animan cuando hay que «pelar» a alguien; pero éste es un fenómeno verbal no sólo de América, sino de todos los países del planeta.

—Sí; hablan poco—dijo Maltrana—. Gustan de escuchar, pero su capacidad auditiva es tal vez tan limitada como su capacidad verbal. A la larga se fatigan de oír, aunque la conversación les interese. Parecen ofenderse de haber permanecido mucho rato en silencio, y se vengan llamando «macaneador» al mismo cuya palabra han solicitado. Lo que no se entiende, lo que no gusta, ya se sabe que es «macana».

Isidro empezó a apartarse de su amigo.

—Le dejo, Fernando; me reclama mi público. En los primeros días tenía más éxito. Pasaba de un grupo a otro: de los «pingüinos» a las «potencias hostiles»; pero no se puede dar gusto a todos a la vez. Ahora, con las «potencias», el saludo nada más; frías y corteses relaciones de diplomacia. La última vez que me acerqué al grupo, la chilena «cuello de cisne» me dijo con una sonrisa de cuchillo: «¿A qué viene usted aquí, patero? Déjenos en paz y vaya a hacer la pata a sus argentinas». Y aunque esto de que le llamen a uno adulador es un poco fuerte, al consejo me atengo, ya que a la Argentina voy.

Intentó tirar del brazo a Ojeda para atraerlo hacia el grupo.

—Venga usted conmigo. Las señoras tendrán mucho gusto en oírle. Usted ha sido presentado a todas ellas, y le encuentran muy simpático. ¿No quiere?… Sin duda está usted ofendido por lo que le dije, de que las niñas le encontraban «muy buen mozo, pero algo viejón»… No haga usted caso. Es una consecuencia de la mentalidad simple de estos pueblos que aún viven cerca del tronco primitivo, o sea de la Naturaleza sin artificios ni refinamientos. Para ellos, una buena moza de treinta y cinco años es una vieja, y un hombre digno de ser amado debe tener veinte años cuando más. Sólo admiran la existencia en capullo, como en tiempos de la vida de tribu… Y eso cuando en Europa cada año que pasa hace retroceder hasta los confines de la vejez el límite de la edad amorosa. Balzac haría reír hoy con su novela La mujer de treinta años. Las damas de cuarenta son ahora las conquistadoras más temibles. En el teatro, galanes cincuentones disputan sus amantes a los jovencitos y acaban por llevárselas… ¡Viejón, y sólo tiene usted treinta y seis años! No haga caso de las opiniones de estas gentes recién desbastadas, que en punto a refinamientos sólo copian lo exterior y ostensible… Decididamente, ¿no quiere usted venir?… Hasta luego.

Fernando permaneció solo algunos minutos, acodado en la borda, siguiendo con los ojos el resbalar del agua removida por los flancos del buque. Sobre el lomo verde del Océano giraban flores de espuma rematadas por una espiral que se perdía en la profundidad. Luego emprendió un paseo por la cubierta, y ante el grupo de señoras se llevó una mano a la gorra con saludo mudo, sin volver la vista. Rozó, al pasar, a Isidro, que hablaba de pie, y oyó una voz femenina que le interrumpía con interés: «¡No diga!… Eso es muy curioso. Siéntese, Maltranita, y cuente».

Continuó Ojeda por el lado de babor, saludando a las «potencias hostiles» y a un grupo de argentinos y brasileños que hablaban de las estancias rioplatenses, de las fazendas de café, del valor de los campos, mezclando cantidades de leguas y millones de pesos. El señor Oneglia, el millonario italiano, que reposaba, enorme y flácido, en un sillón especial, lejos de su familia, ansiosa de rozarse con la «gente bien», abrió un ojo al oír los pasos de Fernando y lo protegió con un saludo gruñente, volviendo a sumirse en su noche poblada de cálculos. Al lado de él, como si la afinidad de gustos les impusiese este contacto, se sentaban los tres comerciantes españoles. Más allá, el conferencista italiano levantó la cabeza y descansó un libro en las rodillas para saludar a Ojeda. Cerca del fumadero, la madre de Nélida pareció acariciarle con sus ojos de brasa y el padre le gratificó con una sonrisa protectora. La niña, hastiada ya de las expansiones familiares, se había despegado de ellos y reía en la puerta del fumadero, escoltada por su hermano y todos los admiradores, que parecían desnudarla con los ojos.

Llegó Fernando hasta la terraza del café, atraído por el Canto de la Primavera, de Mendelssohn, que tocaba la música. Apenas se hubo apoyado en la baranda para escuchar, vio que un cuerpo se aproximaba a él, velando la luz del sol, y oyó una voz enérgica que recortaba duramente las palabras.

—Buenos días, señor Ojeda… Usted perdonará la libertad que me tomo, pero yo soy amigo de don Isidro, y tal vez le habrá hablado de mi persona… Usted dispense que me acerque así como así, ¡pero entre compatriotas! ¡somos tan pocos en el buque!… Por eso me he dicho: «Aunque no sea correcto, voy a saludar a ese señor».

Era el cura español que Maltrana le había enseñado varias veces de lejos: un hombrecito moreno, enjuto, vivo en sus movimietos, al que encontraba Fernando cierto aire ágil y garboso de banderillero. Su delgadez hacía más visible la exuberancia de un abdomen puntiagudo que parecía pertenecer a otro cuerpo. Una cadena algo negruzca, con llaves de reloj y medallas, se tendía de la botonadura de la sotana a un bolsillo del pecho. Dos dedos enrojecidos por el tabaco sostenían un cigarrillo. La cabeza, de pelo duro e intensamente negro rayado de canas prematuras, ocultábase en parte bajo un casquete redondo de seda, igual al que usan los tenderos.

—José Fernández, sacerdote, para servir a Dios y a usted—dijo el cura haciendo la presentación de su persona.

Mostró la fuerte dentadura de hombre de campo, con una sonrisa humilde que delataba el deseo de intimar con este compatriota, el personaje más eminente de cuantos venían en el buque, según su opinión.

La música había cesado de tocar, y el cura aprovechó este silencio para expresarse con la exuberancia de un verboso falto de amistades que busca ocasión de esparcir su facundia. La franqueza española le hizo tratar a Fernando confianzudamente a las pocas palabras, lo mismo que si fuese un antiguo camarada, acompañando cada avance de su intimidad con humildes excusas: «Usted perdone; pero aquí no es como en tierra. Pasamos la vida juntos; estamos en la soledad del mar, confiados a la voluntad del Señor… ¿Conque usted también va a Buenos Aires, don Fernando?… ¡Vaya, vaya! Allá vamos todos, y quiera el Altísimo que los negocios le resulten bien, conforme a sus deseos».

Hablaba el buen clérigo sin interrupción, y Ojeda iba entresacando fragmentos de su historia de estos períodos de charla confidencial. Tenía a su madre en un pueblecillo de Castilla la Vieja; además, una hermana mal casada, con una turba de hijos, y todos confiaban en él, que era la gloria de la familia, «el señor cura», el ser excepcional. Último descendiente de una línea de míseros jornaleros del campo, había conseguido emanciparse de la servidumbre del terruño gracias a cierta viveza de ingenio demostrada en la escuela del lugar y a la protección de una señora vieja que le había costeado la carrera del sacerdocio.

—Carrera corta, don Fernando. Yo no soy teólogo; no soy doctor en nada. Cura de misa y olla nada más; pero ¡lo que he trabajado en esta vida! ¡y lo que me queda que penar!… Mi cuñado es infeliz, un buen hombre, que no sirve para nada, y yo tengo que mantenerlo, y a la pobre viejecita, y a mi hermana, y a todos los sobrinos, que se creen superiores a los demás del pueblo porque cuentan con un tío cura. He sido vicario, trabajando del alba a la noche por seis reales al día: peseta y media, don Fernando. He sido párroco suplente en lugares de mala muerte, y después de enviar a mi madre lo que ganaba (menos de lo que gana un guardia civil), tenía que mantenerme de los regalos de los feligreses pobres. Y todavía el barbero del pueblo y otras malas lenguas murmuraban de la vida regalona que llevamos los de la Iglesia… Cuando vivía en Madrid, cerca del diputado del distrito, solicitando un puesto mejor, he andado hecho un azacán de sacristía en sacristía pidiendo misas como el que pide limosna. He pasado mucha hambre; no tengo vergüenza en decirlo: mucha hambre por sostener a los míos; y por esto voy allá, a ver si cambio de suerte.

Calló un momento don José, como si vacilase, temeroso de exponer sus ideas, y al fin continuó en voz baja:

—Dicen que España es un país católico, el más católico de la tierra. Así será, pero no hay en él dos pesetas para los clérigos de mi clase, para los que trabajamos de veras. Hay dinero para la Iglesia, pero se lo llevan otros… otros.

En la vaguedad de su mirada, en la timidez de su voz, había cierta protesta contra los que vivían en las alturas.

Fernando quiso saber cómo se le había ocurrido la idea del viaje.

—Tengo allá compañeros de seminario. Un muchacho que estudió conmigo vive en Buenos Aires, y me ha escrito maravillas de aquella tierra, invitándome a ir con él. Antes era mucho mejor: faltaban gentes de nuestra clase; ahora, en cada buque llegan sacerdotes de todos los países. Pero no importa: en la capital se puede vivir bien a la sombra de una parroquia, y además hay el campo, donde cada semana se funda un pueblo y hace falta un cura… También tengo condiscípulos en Chile y otras naciones del Pacífico. Allá creo que aún se presenta la cosa mejor para nosotros. Me escriben que hay señora que da cien pesos de limosna por una misa. ¡Y en España que no pasa nadie de tres pesetas!…

Complacíase Ojeda con esta franqueza de don José al comparar las ganancias del sacerdocio en los dos hemisferios. Había hecho bien en embarcarse: seguramente le esperaba allá la fortuna.

—No es tan fácil, don Fernando; hay mucha concurrencia. Me dicen que los curas italianos trabajan por lo que les dan, y han abaratado los precios. Como que muchos se ayudan con un oficio, y cuando vuelven de la iglesia a casa, son sastres de viejo o remiendan zapatos… En aquellas tierras los hombres se muestran, según mis noticias, algo indiferentes con nosotros. Lo mismo que en la nuestra. Hay que buscar el apoyo de las mujeres, y para esto me ha prometido don Isidro presentarme a esas señoronas ricas que hablan con él y se sientan en la parte de proa. Parecen muy entusiasmadas con el obispo italiano: «Monseñor, aquí; Monseñor, allí», pero yo soy español, y ¡quién sabe!… Me gustaría encontrar una señora rica que me protegiese.

Fernando sonrió, algo asombrado de la naturalidad con que don José hacía esta declaración. ¡Qué cinismo tranquilo!… Y quiso acompañar su risa tocándole en el pecho con un dedo, pero se detuvo al ver su gesto de sorpresa.

—Se equivoca usted, señor Ojeda. Yo soy un indigno pecador en muchas cosas… menos en ésa. Tengo mis defectos, como todos los hombres, pero lo que usted cree… ¡nunca! Yo no pienso jamás en esas niñerías. ¡Yo soy muy hombre!

Golpeábase el pecho con arrogancia al hacer esta viril declaración, y Ojeda admiraba la incoherencia del pobre sacerdote, que repetía con orgullo su calidad de masculino como prueba de virtud.

—Soy muy hombre, don Fernando, y por eso me deja indiferente ese pecado tonto en el que usted piensa y que sólo proporciona escándalos y quebraderos de cabeza… Otros pecados, no digo que no…

Una sonrisa de malicia infantil arrugó sus mejillas morenas, en las que se marcaba la mancha azul de la recia barba. Quedaron al descubierto sus dientes apretados, deslumbradores, que denunciaban una gran fuerza triturante. Contemplando su ávido brillo, creyó Ojeda en la pureza de aquel hombre. La voluptuosidad había contraído en él todos sus tentáculos, para replegarse sórdidamente en el paladar y el estómago.

Maltrana le había hablado algunas veces del apetito insaciable de don José, de la prontitud con que acudía al comedor apenas sonaba la trompeta, de la profusión con que recolectaban sus manos emparedados y galletas en las bandejas a la hora del té, del entusiasmo con que elogiaba la abundancia nutritiva a bordo del Goethe. Su capacidad de alimentación sólo era comparable, según Isidro, a la de un náufrago que se salva o a la de un habitante de ciudad sitiada que se rinde después de varios años. Cuarenta generaciones de jornaleros hambrientos comían por su boca.

En aquel mismo instante, mirando Ojeda hacia el paseo de babor, vio a Isidro que acababa de abandonar su conversación con las señoras y venía hacia él. Pero se detuvo ante la familia de Nélida. El padre, sin moverse de su asiento, hablaba con Martorell, el poeta bancario, y Maltrana, después de escucharles unos segundos, se inmiscuyó en la conversación.

—Yo necesito, para abrirme paso, una señora que me proteja—continuó don José—. Pero eso no es fácil; en nuestro mundo hay modas, como en todos los mundos, y vanidades y categorías. Yo soy un pobre cura que sólo sabe cumplir como buen trabajador.

—Debía usted imitar—dijo Ojeda—a ese abate francés que tanto entusiasma a las señoras.

—¡Cállese, señor!—protestó el cura—. Yo no sirvo para titiritero. Los españoles no sabemos hacer comedias: tenemos más seriedad… ¡Yo soy muy hombre!

Y resumía su indignación con un fiero golpe en el pecho, afirmando varias veces que era muy hombre.

—Tal vez en tierra me sea más fácil abrirme paso. Yo no soy cura a la moda, pero soy cura español, y esto algo debe valer entre gentes que son de nuestra sangre, hablan nuestra lengua y profesan el catolicismo porque España fue la primera en descubrir sus tierras. Ahí está la buena señora doña Zobeida, ese ángel de bondad; para ella no hay más sacerdote a bordo que yo: el obispo y el abate, como si fuesen zapateros. ¡Ojalá se resolviese lo de su pleito y cambiase de fortuna! Ciertamente que no me olvidaría… Además, en aquella tierra, según dicen, el exceso de dinero y la abundancia de negocios malean a los sacerdotes. Unos se dedican a la cría de caballos o de bueyes, otros prestan dinero a los feligreses sobre las cosechas. Pero yo llego a trabajar sólo en lo mío, para cumplir como bueno, y me contento con poco. Mi felicidad sería un curato en esos campos donde la carne va tirada, según dicen, y el pan lo mismo. Mi madre no puede venir, porque le tiene miedo al mar; pero traeré a mi hermana, que es guisandera fina, y malo será que no coloque a mi cuñado y dé carrera a los sobrinos… ¡Señor, que así sea!

Quedó indeciso y silencioso, como si agitasen su cerebro nuevas e inesperadas ideas.

—Líbreme el Altísimo de un engaño—dijo—; pero yo pienso, don Fernando, que nosotros en América somos algo. Tal vez no sabemos tanto o somos menos atrevidos que ese parlanchín de las barbas, pero somos más serios, más sencillos. Nuestro catolicismo es para América más… ¿cómo me explicaré?… más…

—Más clásico—interrumpió Ojeda, para sacar al cura de su apuro.

—Eso es—dijo don José tras una vacilación, como si pesase la palabra no comprendiéndola bien—. Más clásico, más con arreglo al país, y por esto las personas buenas y sencillas que no se curan de modas deben recibirnos mejor a nosotros que a esos sacerdotes extranjeros que parecen gente de teatro.

Permanecieron los dos en silencio, y Ojeda volvió a tener la misma visión del día anterior… «¡Buenos Aires!» También este nombre mundial había titilado un instante, como parpadeo de mística lámpara, en la penumbra de la sacristía, evocando la ilusión de una mesa abundante, una mesa de hartura, y en torno de ella una familia robusta y saludable, segura del porvenir, rodeando al sacerdote rico… Y allá iban todos, siguiendo el revoloteo de la esperanza, hacia un mundo de fértiles soledades faltas de hombres, llevando como precio de su entrada fuerzas, iniciativas y apetitos: unos sus brazos, otros su inteligencia, otros el ávido capital ansioso de copular con la tierra y reproducirse hasta lo infinito… y hasta aquel pobre cura llevaba su misa, su catolicismo español, más serio, más… clásico.

La llegada de Maltrana interrumpió estas meditaciones.

—¿Qué dice don Pepe?…

Y acompañó el familiar saludo con una suave palmada en el abdomen del clérigo. Éste se inclinó sonriendo. «¡Qué don Isidro tan alegre y simpático!… Era imposible enfadarse con él…»

Al ver juntos a los dos amigos, el cura pareció contraerse en su humildad.

—Ustedes tendrán que hablar—dijo mirando a su reloj—. Va a ser mediodía. ¡La hora del almuerzo! Me hace falta un poco de paseo para despertar el apetito.

Y se alejó, seguido por la risa de Maltrana, que lamentaba irónicamente la inapetencia del cura.

Ojeda quiso saber qué había hablado su amigo con Martorell y el padre de Nélida.

—Hablábamos de negocios—dijo Isidro con repentina gravedad y una expresión de misterio—, de un gran negocio que llevamos entre manos. ¡Quién sabe si antes de un año seré rico, muy rico, más que usted, que quiere ir al desierto a roturar la tierra!… Las amistades sirven de mucho, y yo las tengo buenas.

La mirada interrogante y asombrada de Ojeda le invitó a continuar en sus confidencias. Dudó un momento, como si temiese la burla de su amigo, y al fin dijo con resolución:

—Vamos a fundar un Banco apenas lleguemos a Buenos Aires… No se ría usted, Fernando; me lo esperaba. Es cosa seria. Martorell pone la idea y su experiencia de técnico. El señor Kasper, el padre de Nélida, pondrá el capital que se necesita para empezar; poca cosa, según el catalán, que entiende mucho de esto. Yo… no sé lo que pongo en el negocio, pero seguramente pondré algo, pues entro en él, y mis consocios parecen contentos de tenerme en su compañía.

Echóse a reír Ojeda con tal fuerza, que su espalda chocó con la barandilla, doblándose hacia la parte exterior. «¡Maltrana banquero! ¡Maltrana fundador de un Banco, cuando apenas tenía unas pesetas para desembarcar!…»

—No se burle—dijo éste, algo amoscado—. La cosa no es para tanto. ¿Vamos o no vamos a una tierra de riquezas y prodigios?… Si usted oyese a ese muchacho catalán, la sencillez con que explica las cosas se convencería de que lo del Banco es asunto serio. ¿Y qué tiene de extraordinario que yo llegue a ser un gran banquero en un país donde todos, al llegar, cambian de profesión y cada uno se descubre con facultades y aptitudes que no sospechaba en Europa?… Aquí en el buque no se oye hablar más que de millones y de negocios estupendos. Todos llevamos nuestro plan gigantesco para asombrar al Nuevo Mundo y encadenar a la fortuna. Hasta los que se volvieron de América desesperados retornan con nuevos bríos. ¿Por qué no ha de tener Maltrana su negocio?… Crea usted que los que han fundado Bancos allá no valían más que yo ni tenían el talento de Martorell, que es un águila para estas cosas.

Pasado el primer acceso de hilaridad, admirábase Ojeda de la convicción con que hablaba su amigo del futuro negocio. Sentía, indudablemente, la influencia misteriosa que había observado él en anteriores viajes. Un ensanchamiento de la ilusión, hasta los confines más absurdos de lo irreal, dominaba a los viajeros. El aislamiento en medio del Océano empequeñecía o anulaba todos los obstáculos con que se tropieza viviendo en tierra firme. La inmensidad del mar parecía dilatar los cerebros y los ojos. Todos pensaban en grande y veían sus propias ideas con retinas de aumento. Y como la ilusión de los unos no oponía obstáculos a la esperanza de los otros, todos se empujaban locamente, dando por realizadas las cosas en este galope de optimismo.

Los vecinos de asiento, que durante los primeros días de navegación se habían mirado hostilmente en la cubierta de paseo, buscábanse ahora, no pudiendo vivir separados, y hablaban horas y horas de los futuros negocios ideados en comandita, sin cansarse de manosearlos para apreciar mejor su mérito, examinándolos, como una piedra preciosa, faceta por faceta. Un hálito de heroísmo despreciador de los obstáculos hacía vibrar los cerebros. La vieja Europa, meticulosa, cobarde y retardataria, quedaba atrás; las hélices la enviaban los espumarajos de las aguas rotas como un salivazo de despectivo adiós. Por la proa llegaba el viento del Nuevo Mundo, la respiración de una tierra de valerosos sin escrúpulos ni remordimientos, donde el absurdo triunfa, siempre que vaya acompañado de la tenacidad y la audacia.

Si para un negocio se necesitaban tierras, las tierras se adquirirían. Los futuros triunfadores ignoraban cómo ni por qué medio, pero se adquirirían, y… basta. Éste era un detalle de poca importancia. Si se necesitaban grandes capitales, se encontrarían igualmente. No había que preocuparse de esto. Lo importante era el negocio, el gran negocio de estupenda novedad que se les había ocurrido—novedad que consistía en trasplantar algo viejo y tradicional de Europa—, y calculaban las seguras ganancias: tanto por mes, tanto por año, tantos millones a los cinco años, creyéndose, en fuerza de ilusión, casi al final de esta rápida carrera de la suerte.

Algunos, con inagotable generosidad, sentían el deseo de hacer partícipes de su estupenda fortuna a todos los allegados, y cada mañana admitían un nuevo socio, ofrecían graciosamente una parte a un nuevo auxiliar, hasta el punto de no saber con certeza qué restaría para ellos, los geniales inventores. Otros, más ásperos de alma, empezaban a mirarse con recelo y suspicaz vigilancia, temiendo una mutua traición en el negocio que aún estaba por venir. La riqueza achica los corazones y los endurece. Y lo más extraordinario era que todos abominaban de la imaginación como de una facultad deshonrosa y ridícula. «Nada de ilusiones: hay que ver las cosas tales como son, y en el caso de exagerar colocarse en lo peor. Pongamos que sólo se gana la mitad; pongamos que sólo es la mitad de la mitad…» Y tras estos cálculos descendentes, que revelaban su odio a toda fantasía, siempre resultaban millonarios.

Los más entusiastas y de fe inconmovible eran los que habían estado en América y volvían a ella por segunda o tercera vez. Los neófitos, que escuchaban con asombro sus profecías de riqueza, parecían dudar de repente. Era la timidez europea que resucitaba. «Yo he estado allá, y sé lo que es aquello—decía el compañero viejo—. Nada de miedo; esta vez, con mi experiencia, estoy seguro del éxito…» Y Maltrana, burlón y escéptico, que iba a América sin saber ciertamente para qué, se había sentido de pronto arrebatado, lo mismo que los otros, por este huracán de optimismo.

—Sí señor; un Banco—repitió mirando a Ojeda con expresión algo agresiva—. Vamos a fundar un Banco, y no comprendo que un negocio serio le produzca a usted tanta risa. Las cosas están magníficamente ideadas. Ese chico catalán, aunque despreciable como poeta, es un gran organizador; y el señor Kasper será un pillo, si usted quiere, pero en los negocios la picardía es un mérito. El plan no tiene falla por ninguna parte.

Y lo exponía con la sequedad de un grande hombre ofendido por la ignorancia de su auditorio. Fundar un Banco era cosa corriente en aquellos países. Cada semana nacía uno, según le había dicho Martorell. No había calle principal de Buenos Aires que no tuviese unos cuantos. Lo más importante era encontrar una buena casa y amueblarla con muebles ingleses, «serios», «distinguidos», y mostradores de caoba brillante. Además, eran necesarios un enorme rótulo dorado, juegos de banderas para las fiestas patrióticas, y gran iluminación nocturna en la fachada. Capital para empezar: dos o tres millones de pesos.

—Usted creerá haberme aplastado preguntando: «¿Dónde está el capital?…». Se hacen figurar todos esos millones y más si se desea en los Estatutos, y sobre todo en las vidrieras y el rótulo, con letras de a dos palmos. Pero en realidad se empieza con treinta o cuarenta mil pesos… Y también me dirá usted: «¿Dónde están?…». El señor Kasper, que tiene en gran aprecio a Martorell y cree en el negocio, promete traerlos. Además, contamos con los buenos señores que entrarán en el Directorio… Siempre se encuentran media docena de tenderos deseosos de figurar al frente de un Banco. Gusta mucho poder decir a los amigos: «Esta tarde tengo sesión de Directorio». Da importancia escribir a los parientes de Europa, a los papanatas de la tierra, en el papel del Banco con un membrete que impone respeto, en el que se consignan los millones del capital y las operaciones del establecimiento. El catalán, que «conoce el corazón humano» y es gran aprovechador de vanidades, tiene echado el ojo desde su viaje anterior a unos cuantos compatriotas. Éstos aportarán fondos, tomarán acciones para ser del Directorio, y luego que funcione el Banco… ¡a vivir! Daremos dinero al 30 por 100 (lo que es fácil allá, según dice Martorell), prestaremos con hipoteca, para quedarnos con los bienes hipotecados; un sinnúmero de bellas maldades, que explica mi consocio con su hermosa sonrisa de hiena poética.

Quedó en silencio Maltrana, como si se examinase interiormente.

—¡País de asombros!—continuó—. ¡Yo banquero, yo que he hecho sufrir tanto a los prestamistas de Madrid!… ¡Tierra de transformismos, donde los albañiles se hacen agricultores, los curas fugitivos se convierten en padres de familia y los señoritos arruinados entran de cajeros de confianza en las casas de comercio!…

—¿Ya tienen ustedes título para el Banco?—preguntó Ojeda.

—Ése es el obstáculo, el único escollo con que tropieza hasta ahora nuestro negocio. Lo del título es importante. Casi va el éxito en encontrar algo que suene bien, que se pegue al oído, inspire confianza y tenga un carácter internacional, lo más internacional que sea posible. Los consocios no se ponen de acuerdo en lo del título; lo único indiscutible es que, sea cual sea su dimensión, deberá añadírsele «y del Río de la Plata». Porque allá, según Martorell, todos los Bancos, aunque se titulen rusos, chinos o noruegos, llevan como final de rótulo «y del Río de la Plata». Sin esto, no hay respetabilidad posible.

Volvió a quedar en silencio Isidro, pero su rostro se animó durante esta pausa con su acostumbrada expresión de malicia.

—Yo tengo mi título, un título de lo más universal. Abarca las diversas nacionalidades de las gentes que vendrán a nosotros y halaga al mismo tiempo el sentimiento regionalista. Hasta he tenido en cuenta el lugar de nacimiento de mis dos compañeros. «Banco de Westfalia, de Tarragona y del Río de la Plata.» Pero los socios no lo aceptan.

Fernando miró fijamente a su amigo. ¡Famoso Maltrana! En él la gravedad era siempre de corta duración. Nunca se sabía ciertamente dónde cesaban sus emociones, dando paso a la fría burla.

En lo alto del buque vibró la señal de mediodía, un rugido que hizo temblar los pasillos y tabiques del trasatlántico y se dejó absorber sin eco alguno por el sordo infinito del Océano.

—Las doce: vamos a almorzar.

Cerca de la proa vieron algunos pasajeros que señalaban la línea del horizonte, discutiendo con frases breves. Contraían los ojos para dar mayor potencia a su visualidad; pasábanse de mano a mano los gemelos prismáticos, explorando el límite del Océano, sobre cuyo lomo se abullonaban tenues vapores. «Ya se ve Cabo Verde…» Otros dudaban. No eran las islas: eran simples nubes. Y todos, como si despertasen de la calma letárgica del mar, mostraban un deseo famélico de ver tierra, de distinguir aquellas islas en las que no había de detenerse el buque.

Abajo en el comedor almorzaban muchos con cierta precipitación, como gentes que han de ir al teatro y aceleran la comida por miedo de llegar tarde. «Tierra: ya se ve tierra», decían de mesa en mesa con una alegría infantil. Más impacientes, algunos se levantaban de sus asientos con la servilleta en la mano, y alargaban el pescuezo queriendo distinguir por las ventanas del comedor aquellas islas ante las cuales iban a pasar de largo y de las que hablaban todos como de una tierra de promisión.

Después del almuerzo, la gente tomó el café a toda prisa y los salones quedaron abandonados, sonando en el vacío el abejorreo de los ventiladores y los trinos de los canarios. Todos se amontonaban hacia la proa, en las bordas de la cubierta, ansiosos de ver las islas. Empezaron a marcarse en el horizonte las gibas obscuras y borrosas de unas montañas emergiendo del mar. Cansados al poco rato de esta contemplación monótona, muchos retrocedían. ¿No era más que aquello? Iba a transcurrir una hora larga antes de que estuviesen frente a ellas. Además, el buque pasaba muy lejos… Volvían al fumadero a continuar sus partidas de poker, o formaban en la cubierta los corrillos habituales, hablando tendidos en el sillón, hasta que el cabeceo de la somnolencia les hacía levantarse titubeantes, camino del camarote, para continuar la siesta.

Ojeda y su compañero, acodados en la baranda, miraban con interés las siluetas de las islas destacándose como nubes puntiagudas sobre el azul sereno del horizonte.

—Hasta aquí llegó Colón—dijo Fernando—. El Almirante, que había navegado siempre hacia Poniente, puso en el tercer viaje la proa al Sur, buscando descubrir tierras nuevas por la parte del Austro. Pero más allá de estas islas tuvo miedo, y torció el rumbo para seguir la ruta de siempre. Le espantaron los calores del Ecuador; creyó que de seguir hacia el Sur acabarían por arder sus naves. Tal vez influyeron en su credulidad de visionario las leyendas de que rodeaba la pobre geografía de entonces a la línea equinoccial.

Recordó después los incidentes de su tercer descubrimiento. Los rayos del sol eran tan intensos, que el Almirante, según consignaba en sus cartas, temió que incendiasen navíos y personas. Caían sobre la escuadrilla frecuentes turbonadas, pero estas lluvias de pegajosa tibieza sólo servían para hacer tolerable el calor durante unas horas. Colón las acogió como un socorro providencial, creyendo que sin ellas todos hubiesen perecido. Iba enfermo; le inquietaba la desaparición en la línea del horizonte de los astros que guiaban a los navegantes en los mares del hemisferio boreal, así como la aparición de otras estrellas ignoradas que a cada singladura iban remontándose en el cielo.

Renacían en su memoria las opiniones de la época sobre la línea equinoccial y lo que existía detrás de ella, doctrinas aprendidas en su vagabundaje por los conventos y los puertos, conversando con hombres de ciencia y navegantes.

Para muchos, en el hemisferio del Austro estaba el Paraíso terrenal. El Ecuador, con sus calores irresistibles, era «el gladio o cuchillo ígneo versátil» que había puesto Dios entre los hombres y el Paraíso para que ninguno de los hijos de Adán pudiese volver a él. Los poetas de la antigüedad y los Padres de la Iglesia acordábanse maravillosamente al fantasear sobre esta parte del mundo absolutamente ignorada. Más allá del Ecuador estaba la tierra llamada «Mesa del Sol», por la dulzura de su clima y la generosa abundancia de sus productos. En ella vivían seres felices que, al no tener que preocuparse de las necesidades de la vida—pues la Naturaleza, pródiga, les ofrecía todo con exceso—, dedicábanse al estudio de las causas naturales, y especialmente de la astrología. Arim, la «ciudad de los filósofos», era el centro de la «Mesa del Sol».

En esta parte de la tierra, por ser la más noble, había de estar forzosamente el Paraíso. Los astros influían en nuestra existencia poderosamente. Todo se desarrollaba en el suelo, no con arreglo a su propia bondad, sino por «las nobles y felices influencias de las estrellas que están sobre él», causa universal de vida. «A cielo noble correspondía tierra nobilísima», y como las constelaciones del ignorado hemisferio eran, según la ciencia de la época, «las mayores, más resplandecientes, más nobles y perfectas, y por consiguiente de mayor virtud, felicidad y eficacia que las de Aquilón», de aquí que bajo su resplandor debía estar forzosamente la mejor de las tierras, o sea el Paraíso.

La cabeza es la parte más noble de «todas las cosas naturales y artificiales, la más adornada y de mejor hechura, de donde procede la influencia a los otros miembros del cuerpo». ¿Y dónde estaba la cabeza de la tierra?… En el ignorado Austro, en el Sur, como le ocurre al árbol, que, aunque tiene la cabeza oculta abajo, no podría extender las ramas, con sus frutos y pájaros, si esta cabeza dejase de enviarle su nutrición y su fuerza. Y el fuego, fuente de vida, nacía en el Austro, se engendraba en él, y una barrera de este fuego tendida circularmente en el Ecuador impedía el paso de un hemisferio a otro.

El descubridor, alarmado por los insufribles calores que le salían al encuentro, vio en ellos una confirmación indiscutible de las opiniones de los hombres doctos de su época, y volvía la proa a Poniente, no osando avanzar más en el temido Austro.

Una gran sorpresa le esperaba. El mundo no era redondo, como habían creído Ptolomeo y otros. Podía ser esférico en el hemisferio boreal, donde aquellos sabios habían hecho solamente sus estudios; pero este otro hemisferio por cuyos límites navegaba él tenía la «forma de una pera, que es redonda salvo allí donde tiene el pezón, que es más alto, o la de una pelota con una teta de mujer puesta encima», y el extremo de tal pezón era «la parte del mundo más propincua al cielo».

Los buques, al continuar hacia Poniente, aunque parecía que navegaban por un océano llano e igual, subían y subían, siguiendo el lomo ascendente de esta protuberancia del planeta. El Almirante reconoció esta subida en la frescura del aire, cada vez más sensible según se avanzaba al Oeste, aunque las naves siguiesen el mismo grado, y sobre todo en las particularidades que ofrecían tierras y gentes. Así como el descubridor se había ido aproximando a la línea ígnea del Ecuador, el sol quemaba con más fuerza, las tierras estaban más calcinadas y los habitantes eran más negros. En Cabo Verde y en Sierra Leona llegaban las gentes a la más extrema negrura y las tierras parecían quemadas. Y sin embargo, al poner proa al Oeste, siguiendo la misma latitud, refrescaba el aire, y el Almirante encontraba en las costas de Venezuela la isla de la Trinidad, «de temperancia suavísima—según sus escritos—, con tierras y árboles muy verdes y hermosos, como en Abril las huertas de Valencia, y la gente de muy linda estatura y casi blancos, más astutos y de mayor ingenio que los negros, y no cobardes».

Todo esto era porque las tierras y las personas estaban más en alto, más cerca de las buenas regiones del aire, en las laderas de aquel pezón gigantesco que alteraba la redondez del hemisferio austral. Y la hipótesis del Paraíso, cabeza de la tierra, situado en el noble Austro, se convertía en certidumbre para el Almirante. En el vértice del pezón estaba el antiguo lugar de delicias; y el Orinoco, que endulzaba el mar, asombrando a los navegantes con su sábana inmensa, era uno de los cuatro ríos que descendían del Paraíso.

Fernando y su amigo, que hablaban de estas fantasías del Almirante paseando por la cubierta, se detuvieron ante las ventanas del gran salón. La voz tenue del piano, tocado en sordina, atrajo la curiosidad de Isidro.

—Mire usted, Fernando. La alemana, la mujer del director de orquesta, que se aprovecha de que no hay gente en el salón. Cerca de ella está su niño… ¿Qué toca? ¿Wagner?… No; eso lo conozco; es de Schubert: El rey de los álamos. Vea cómo mueve la boca. Canta, pero no la oímos bien… No; no se acerque: la vamos a espantar como el otro día… Bueno; que le vaya a usted bien: mucha suerte.

Esto último lo dijo al ver que Ojeda, repentinamente, como si obedeciese a una decisión anterior, se separaba de él. Desapareció por la puerta de babor que daba entrada a los salones. Maltrana le vio pasar por entre las mesas del jardín de invierno, ocupadas por unos cuantos pasajeros dormitantes. Luego entró en el salón y fue a sentarse cerca del piano, junto al pequeñuelo cabezudo, que contemplaba los grabados de un gran volumen con aire reflexivo de persona mayor, arrullado por la música de su madre. Ésta, al notar la presencia de un hombre que la escuchaba fijos los ojos en ella, hizo un gesto de sorpresa y contrariedad, se respingó, como si fuese a abandonar el piano, pero con súbita resolución continuó en su asiento. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa de busto antiguo.

—¡Qué Ojeda!—murmuró Isidro mirando por los cristales—. Veremos en qué viene a parar toda esta música.

Sintióse sin fuerzas para seguir paseando por la cubierta. El calor había dispersado a las gentes. Todos gozaban la frescura de la siesta, ligeros de ropa, en el interior de sus camarotes o en los encontrados huracanes de los ventiladores del fumadero.

El buque cabeceaba perezosamente, con largos intervalos de calma, sobre las extensas ondulaciones de un mar denso, centellante, enrojecido como metal en fusión. Ni el más leve soplo agitaba las lonas de la cubierta, tendidas de las barandas hasta el techo como un tabique rígido, obscuro y ardiente.

Maltrana se dejó caer en uno de los varios sillones que ostentaban el rótulo de «Doctor Zurita y familia», y allí quedó en agradable sopor, sin saber ciertamente si estaba dormido o despierto. Oía sonar el piano lejos, muy lejos, como una musiquilla de liliputienses. «Ahora es Wagner—pensaba—; eso lo conozco: Parsifal, “El encanto del Viernes Santo”… Ahora es Schubert: el “Quinteto de la Trucha”. ¡Cosa graciosa!… Ahora… ahora…» Y no pudo reconocer nada más, porque dejó de oír la música.

Se hundía, se hundía en un agujero negro, acompañado por la melodía tenue, que se iba adelgazando lo mismo que un hilo cada vez más tirante, hasta romperse y ser devorada por el silencio.

De pronto volvió a la vida al sentir una mano en un hombro. Abrió los ojos, y vio al doctor Zurita de pie ante él, con un puro en la boca sonriéndole.

—Levántese, amigo y tome uno de hoja. Hoy no ha venido usted por el tributo.

Le ofreció su estuche inagotable lleno de cigarros habanos. Eran las tres. El doctor había dormido su corta siesta habitual, y encontrándose solo, deseaba charlar con Isidro. Éste se puso de pie para encender el cigarro, y su vista buscó a través de las ventanas del salón. Había enmudecido el piano, pero la alemana continuaba en la banqueta, revolviendo las hojas de las partituras y escuchando a Fernando, que, acodado en la tapa del instrumento, la hablaba de cerca. La amistad estaba hecha gracias a la música, complaciente mediadora que no necesita de presentaciones.

El doctor quiso pasear, y Maltrana le siguió dando chupadas al cigarro de bravío perfume.

La proximidad de la línea equinoccial parecía alegrar a Zurita. Estaban cerca de su hemisferio, iban a entrar en él antes de dos días.

—Es, como quien dice, volver a casa, mi amigo. Yo soy muy americano y tengo unas ganas locas de ver mi cielo. ¡Cuántas noches, en Europa, me privé de mirarlo, porque no podía encontrar en él la Cruz del Sur!… Y mañana tal vez la contemplemos. Mi muchachada no comprende estas cosas del viejo.

Sentía impaciencia por llegar a su tierra, ver a los amigos, enterarse de la marcha de los negocios, pisar las calles de Buenos Aires. Las capitales de Europa eran dignas de su admiración, ¡pero Buenos Aires!…

—Pronto llegaremos, si Dios nos ayuda—continuó alegremente—. Allí se demostrará, galleguismo simpático, lo que usted vale y lo que lleva dentro. A ver si algún día llega a ser archimillonario y yo puedo contar con orgullo que hizo conmigo su primer viaje… Pero hay que trabajar, ¿sabe, che?… Nada de creer que allí se encuentra plata con sólo agacharse a tomarla. Se miente mucho. La gente va allá con la cabeza llena de exageraciones. Además, la plata no se hace en un mes ni en un año: hay que contar con el tiempo, que vale tanto como el trabajo; hay que dedicar a una empresa, sea ésta cual sea, la mayor parte de la vida.

Habían dado la vuelta entera al paseo, y el doctor se detuvo cerca de las ventanas del salón. Otra vez sonaba el piano. Isidro vio a su amigo de pie junto a la artista, con los ojos fijos en su nuca inclinada, esperando una indicación de su cabeza para volver las hojas de la partitura.

—Vea, Maltranita. Lo importante en nuestra tierra es comprar algo, poseer algo, ser propietario, y luego el país, que va siempre hacia adelante, se encarga de enriquecerlo a uno, siempre que tenga paciencia y serenidad. ¿Por qué cree usted que somos un pueblo aparte de los demás y vienen a fundirse con nosotros gentes de todo el mundo?…

El doctor hacía esta pregunta con una expresión de malicia bonachona en los ojos y la boca. Maltrana se apresuró a repetir todos los lugares comunes que había oído sobre la tierra argentina. La feracidad del suelo virgen, la falta de braceros, la facilidad de crédito para el trabajo…

—Yo he reflexionado mucho, mi amigo, sobre las cosas de mi patria, y creo que su poder de atracción consiste en que en ella no hay aritmética. ¿Se entera usted?… Más bien dicho, que su aritmética es distinta de la que se usa en los demás pueblos. En Europa y fuera de ella, dos y dos son cuatro siempre. ¿No es eso?… Pues en la Argentina jamás ha sido así.

Guardó silencio, como si se gozase en la estupefacción de Maltrana, y luego continuó, con una sonrisa doctoral:

—En los tiempos coloniales, cuando la vieja España nos tenía como niños en la escuela, y aun mucho después, en la época de nuestras revueltas, dos y dos jamás fueron cuatro. No había quien sumase, quien pusiese los dos números uno sobre el otro. Nos vestíamos con tejidos domésticos; matábamos los animales para aprovechar únicamente el cuero y el sebo, dejando la carne a los caranchos; cultivábamos la tierra para las necesidades de casa nada más… Después vinieron los buenos tiempos de la exportación y de la inmigración, y dos y dos tampoco fueron cuatro. Se valorizó todo de un modo loco, y dos y dos fueron ocho, dos y dos son doce, y a lo mejor se levanta uno de la cama, y sin más trabajo que haber estado durmiendo se encuentra al despertar con que dos y dos hacen veintidós… ¡Qué país, mi amigo!

Maltrana le escuchaba enarcando las cejas con sincero asombro, como si esta paradoja del doctor le librase el gran secreto del país adonde él iba.

Comprendido; lo importante era tener dos sumandos, por simples que fuesen: dos y dos. El país se encargaba después de hacer la adición con arreglo a su aritmética maravillosa.

—Pero esa aritmética tiene a veces sus fracasos—continuó el doctor, acentuando su sonrisa—. La del viejo mundo, tímida y rutinaria, es inconmovible. Dos y dos siempre son cuatro, ni más ni menos. Allá, en nuestra tierra, cada diez años tiembla todo, sin que acierte nadie a descubrir el por qué del cataclismo. Años de sequía y malas cosechas… Algunas veces, ni esto. Guerras que se desarrollan al otro lado del planeta, en países que no conocemos ni nos importan un poroto; restricción de crédito, falta de dinero, Bancos a los que dan «corrida», como dicen allá, y que ven sus puertas llenas de gente que retira sus depósitos; propietarios que desean vender y no encuentra a quién; capitalistas extranjeros que no quieren hipotecar… y entonces, dos y dos son uno… dos y dos son nada… y el que no tiene aguante para esperar que la aritmética recobre su antigua originalidad, queda reventado para toda la siega.

Maltrana continuó la paradoja del doctor con una objeción. Día llegaría en que dos y dos fuesen eternamente cuatro en aquel país: cuando sus campos quedasen divididos en pequeñas fracciones, los desiertos estuvieran ocupados por una población densa, y se elevasen las aguas hasta las tierras resquebrajadas ahora de sed junto a ríos enormes como brazos de mar.

—Así será—dijo el doctor—. Dos y dos serán cuatro en la Argentina alguna vez… Indudablemente, dentro de siglos. Pero entonces—añadió con tristeza—nadie irá a ella; porque para encontrarse con la misma aritmética del país natal, con la novedad de que dos y dos sólo hacen cuatro, no hay hombre que sienta deseos de moverse de su casa.


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