El tipo, un pigmeo de metro y medio, más o menos, ingresó a la oficina tras dar dos suaves golpes al vidrio de la puerta, sin esperar el adelante de rigor o el habitual pase o entre. Vestía un gastado traje que alguna vez había sido negro, camisa blanca, corbata azul con rombos celestes y zapatillas Adidas marrones, por lo que pude notar luego de un vistazo rasante. En la solapa derecha del saco llevaba una insignia redonda y roja, de plástico, con la clásica efigie del Che Guevara.
Pero por lo que realmente se destacaba, aparte de su no-altura, era por sus facciones ratoniles y por las dos enormes orejas que sobresalían bajo el ala del sombrero cual antenas parabólicas con las que podría escuchar, sin necesidad de artefacto alguno, las transmisiones domingueras de los partidos de fútbol. Más tarde me pregunté cuál sería el mecanismo utilizado para sintonizar la emisora de su preferencia.
Apenas cruzó el umbral y después de pasear la mirada por la estancia, me clavó los ojos como si yo fuese, y no él, el fenómeno de esta historia. Y le sostuve la mirada, frunciendo un poco las cejas en señal de desafío. El primer pelandrún que entrase a mi oficina y lograse amedrentarme representaba el momento en que había llegado mi hora de retiro; lo sabía desde siempre.
Se sentó frente a mi escritorio sin otro preámbulo que una sonrisa estúpida a punto de caérsele por el ángulo derecho del mentón, dejando ver dos hileras de dientes marrones, desparejos y puntiagudos, como de roedor.
–¿Usted es el detective? –disparó sin un buenas tardes, siquiera.
–Ajá –asentí displicentemente.
No movía más que los músculos de la boca para responder, despatarrado en mi sillón giratorio.
–¿Detective privado? –insistió, el muy imbécil.
–Ajá. ¿Por?
–No, por nada…
–¿Entonces?
–Es que creía que este asunto de los detectives privados era algo exclusivo de los yanquis y de las novelas de Raymond Chandler, con la agencia Continental y esas cosas.
En fin, como parecía más nervioso que provocador, con esa mueca ridícula que pretendía ser una sonrisa, traté de tranquilizarlo, tratándose como se trataba de un potencial cliente. La verdad es que no estaba como para andar ahuyentando a posibles maridos engañados –aun cuando el tipejo se lo mereciese visto desde diez kilómetros de distancia.
–Es normal –dije–, no se preocupe. Lo cierto es que este no es un oficio muy divulgado por estos pagos.
–Son pocos, ¿no?
–Un puñado, apenas –acoté, aunque me fastidiara su curiosidad al respecto–. Ni alcanzamos para formar una asociación o sindicato con el cual hacer valer nuestros derechos. Imagínese…
–Me imagino. Y… ¿a qué se dedican habitualmente?
¿Qué podía hacer? ¿Mandarlo a que husmeara en el culo de su abuela…?
–Un poco de todo –respondí, finalmente–. En general, nos contratan maridos engañados –aludí–; pero también compañías de seguros y grandes empresas, si bien esto es un poco más raro.
–Claro, claro… No debe haber mucho mercado para su metier.
–No, en efecto.
–De hecho, fue sorpresivo para mí haber visto su anuncio publicitario en las páginas amarillas.
–No es la primera vez que me lo dicen.
–Digamos que me tiré a la pileta, para probar suerte.
Asentí con un leve movimiento de cabeza.
–Y ahí estaba usted…
Pausa. Él era quien tenía que hablar, pero nada decía; sólo me miraba con ese gesto idiota que me dio ganas de borrar de un soberano tortazo. El miserable comenzaba a sacarme de quicio, como siempre me ocurre cuando se dan largos rodeos innecesarios.
Así que llegó el momento de pasar a la fase dos. Saqué el Old Smuggler y dos vasos del cajón del escritorio; serví una medida para cada uno y le extendí su parte del asunto. Seguidamente encendí un Particulares y le ofrecí el paquete, el que rechazó con un lacónico no fumo.
–¿Y bien? –lo inquirí.
El tipejo se sobresaltó.
–Qué…
–Supongo que usted, señor…
–Bevilaqua, Tony Bevilaqua.
–Supongo, Sr. Bevilaqua, que usted no estará acá por mera curiosidad, ¿no?
–Ah, no, claro, claro –dijo, aliviado–. Es que tengo un… problemita, y la verdad es que no sé a quién recurrir para solucionarlo.
–Los problemas son mi especialidad –le advertí–. Mi segundo nombre es Problema –agregué, fanfarroneando.
–Justamente pensaba que un detective privado podría serme de buena ayuda, teniendo en cuenta las circunstancias especiales que generan mi… actual preocupación. Así que, sin mucha esperanza, más bien ninguna, recurrí a las páginas amarillas y ¡eureka! ahí estaba usted y acá estoy yo.
–Y…
–Qué.
–Qué lo trae por aquí, si se puede saber.
–Es algo… bastante espinoso, digamos.
–Soy todo oídos.
Ambos bebimos y yo le di a mi Particulares, evitando caer en un nuevo e incómodo silencio.
–Lo escucho –insistí.
El enano, ya sin la mueca pretensiosa, se arrellanó en el asiento e inspiró profundamente, como para darse valor. Aunque no podía verlo, imaginé que sus piecitos se mecían nerviosos, como dos pequeñas hamacas, sin llegar al piso.
–La cuestión –dijo, por fin– es que mi… esposa… ha desaparecido.
Ninguna novedad, me dije; lo que esperaba. También, con esa cara…
–Pero no me mal entienda –añadió–. No se trata de nada relacionado con engaños ni cosa parecida, se lo puedo asegurar.
–Ah, ¿no?
–No, Sr. Mayares.
–¿Entonces?
–Sencillamente… desapareció.
–¿Se fue?
–No, no, no…
–¿La secuestraron?
–Hum… Tampoco.
–Pues…
–Desapareció, ¿me entiende? Se esfumó ante mis ojos; se diluyó en el aire mientras tomábamos mate, el jueves pasado. ¿Se da cuenta?
–No, para serle sincero.
También lamenté haberle convidado el whisky.
–Se evaporó ante mis ojos, se desintegró y no la volví a ver…
¡Diantres! El enano parecía estar más loco que yo; de manera que terminé mi bebida y me propuse, armado de paciencia, clarificar la cuestión.
–¿Usted me está diciendo que su esposa desapareció frente a sus ojos, como si fuera un fantasma que se funde con la nada?
–Así es.
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El escritor catalán Luis Goytisolo ganó la 41 edición del Premio Anagrama de Ensayo por su obra Naturaleza de la novela, en el que plantea y desarrolla los aspectos fundamentales de la novela, como qué se entiende por ésta y cuáles son sus orígenes. El libro se publicará en mayo y Librerías –el otro ensayo finalista–, de Jorge Carrión, aparecerá en setiembre





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