Por la ciudad de Vargas Llosa, por Juan Pablo Meneses

31/10/2010

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Cuando uno llega a Arequipa es fácil sorprenderse. La Plaza de Armas, grande y bien conservada, es una joya puesta en el centro de la ciudad. De noche, iluminada, puede ser la escenografía para el paseo perfecto: está rodeada de restaurantes con terraza y balcón y turistas y buena música y funcionan hasta tarde. De día, los mercados del centro se aburren de soltar los colores y olores y ruidos más extraños, en un latido constante y al ritmo de la cumbia.

A Arequipa se le conoce como “La ciudad blanca”. Oficialmente se le dice así por las numerosas y magníficas construcciones de templos, conventos, casonas y palacios en sillar blanco, esculpido como filigrana. Extraoficialmente, cualquier arequipeño que lustra semanalmente sus apellidos te dice que es la ciudad con más gente blanca de Perú. Aquí nació el autor que mejor contó el racismo peruano.

La nueva oportunidad para Arequipa llegó el 7 de octubre de 2010 y venía desde Estocolmo. La noticia de que el nuevo Nobel de Literatura era un arequipeño agilizó la maquinaria. En pocas horas, la Municipalidad Provincial de Arequipa propuso crear aquí un comité para que “planifique, organice y ejecute actividades de reconocimiento en honor al escritor Mario Vargas Llosa”.

La primera cita fue a las 48 horas del premio. La sesión fue presidida por el alcalde provincial y tuvo la presencia de representantes de la sede regional del Ministerio de Cultura. Las conclusiones fueron tres: 1. Declarar en Arequipa el 2011 como el año de reconocimiento a Vargas Llosa. 2. Convertir la casa donde nació en un museo sobre sus primeros años de vida. 3. Levantar un monumento al escritor en la Avenida Parra, en el sector de Patio Puno.

El premio a Vargas Llosa ha servido para eclipsar, aunque sea por unas semanas, al verdadero y repetido protagonista peruano de la última década: Gastón Acurio. El chef, principal artífice de la revolución gastronómica peruana, también está instalado en Arequipa. Su embajada aquí se llama Chicha: su nueva marca de locales especializada en comidas tradicionales y que comienza a expandirse como una gripe.

Hasta ahora, las librerías de Arequipa eran una buena oportunidad para conseguir ediciones de escritores peruanos como Jaime Bayly, Alonso Cueto y Santiago Roncagliolo. Sin embargo, los que gozaban de mayor popularidad eran los libros de cocina de Acurio.

Después del Nobel, las cosas han cambiado. Según Javier Ochoa, gerente de las librerías San Francisco, la venta de los libros de Vargas Llosa se cuadruplicaron. Antes, el arequipeño más famoso vendía entre cinco y seis por día. Ahora supera los 25 ejemplares por local.

En el ranking de ventas arequipeñas lo más vendido son La fiesta del chivo, La guerra del fin del mundo y La tía Julia.

Los arequipeños no solamente son famosos por vivir en “La ciudad blanca”. También por su rivalidad con Lima (no siempre retribuida) y por la fama de presumidos de sus habitantes.

El propio Vargas Llosa ha dicho: “Siempre me sentí muy arequipeño y creo que las bromas que se dicen por ahí, que somos arrogantes, antipáticos y hasta locos, se deben a que nos tienen envidia”.

De seguro, un arequipeño como premio Nobel de Literatura cambiará las cosas para la ciudad. Al menos, eso esperan todas las autoridades.

Hay algo singular en toda esta historia: Mario Vargas Llosa tenía menos de un año cuando partió, junto a su familia materna, a vivir a la ciudad boliviana de Cochabamba. Esa rama de su familia, los Llosa, son todos de Arequipa. Pero pese a esos primeros meses, el Nobel nunca volvió a vivir a la ciudad donde hoy se le preparan los más grandes homenajes.

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Fuente: El País de Montevideo

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Un comentario para Por la ciudad de Vargas Llosa, por Juan Pablo Meneses

  1. Alberto Morán on 02/11/2010 at 07:11

    No soy arequipeño, pero amo Arequipa y a los arequipeños y arequipeñas que hacen de esta, una ciudad bella, sabrosa y simpática. Pero no albergo el mismo sentimiento por aquel arequipeño que cree sacar lustre a su apellido con el bárbaro dicho, que esconde un depravado orgullo, de que su ciudad cuenta con la mayor proporción de blancos en el país, como si ello fuera bueno o meritorio.

    Un arequipeño que diga eso, no merece serlo.

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