Kosinski, Sade y Bukowski: tres textos eróticos


Pasos (fragmento)

Por Jerzy Kosinski

Jerzy KosinskiElla nunca supo que yo era su amante aunque habíamos trabajado juntos durante largo tiempo en la misma oficina. Nuestros escritorios estaban en la misma habitación y a menudo, a la hora de almorzar, nos sentábamos el uno junto al otro en el bar.

Desde hacía cerca de un año, yo no la invitaba ya a cenar o a ir al teatro o a los demás espectáculos, a los cuales ella nunca quería asistir. Procuré obtener alguna información sobre ella de mis compañeros de trabajo, pero sabían menos que yo. Esa mujer nunca había tenido una amistad íntima con nadie en la oficina. Uno de mis compañeros afirmó haber oído decir que se había divorciado pocos años antes y que su único hijo vivía con su padre en el sur.

Comencé a seguirla. En cierta oportunidad, me pasé un sábado íntegro acechándola desde el vano de una puerta ubicada enfrente del edificio donde vivía. Esa tarde, salió de su departamento y volvió alrededor de las siete. Antes de las ocho, volvió a salir y se encaminó hacia la calle principal. La seguí hasta que llegó a la plaza, donde llamó a un taxi. Volví a mi puesto de observación.

Esperé parado en el poco profundo vano de la puerta, hasta que la llovizna se trocó en persistente lluvia, empapándome el saco. Después de la medianoche, un taxi se detuvo frente a la puerta y ella bajó, sola.

Cavilé sobre mi obsesión y sobre las absurdas vigilias a las cuales me había llevado. Como, al parecer, no tenía probabilidad de llegar a ser su amante, decidí forjar un vínculo indirecto que me permitiera descubrir algo más sobre ella. Le hablé a uno de mis amigos, quien, supuse, podría establecer contacto con ella y deposité mi confianza en él. Mi amigo se mostró dispuesto a abordar la empresa y comenzamos inmediatamente a urdir un plan factible.

Él empezaría por realizar negociaciones comerciales entre su empresa y la nuestra. Luego, haría investigaciones sobre ciertos productos que manejaba la sección donde trabajaba esa mujer. Dos días después, me comunicó que había concertado una cita de negocios para el día siguiente y que, según todas las probabilidades, negociaría directamente con ella.

Al verlo entrar a la oficina, me sentí en tensión. Sin mirarme, se dirigió hacia el jefe. Luego, le oí hablar con la muchacha.

Esa tarde, me anunció que todo marchaba bien y que había concertado una nueva cita. Después de esa segunda cita, ella aceptó su invitación a cenar.

Al cabo de una semana, la muchacha ya era su amante. Mi amigo me dijo que le era devota y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él: se había trocado en su instrumento y, si yo estaba dispuesto a poseerla, podría arreglar el asunto. Agregó que ya le había exigido a la muchacha que se entregara algún día a otro hombre en prueba de su amor y lealtad a él. Le aseguró que ella nunca sabría la identidad del desconocido, porque sus ojos estarían vendados. Al principio, la muchacha se mostró indignada, asegurando que la humillaban e insultaban. Luego, me dijo mi amigo, consintió.

A la noche siguiente, fui en taxi a la casa de mi amigo. Llegué demasiado temprano y tuve que caminar lentamente por la vecindad. Por fin, esperé en silencio junto a su puerta, escuchando. No oí nada y toqué el timbre: la puerta se abrió y mi amigo me indicó tranquilamente que entrara.

El centro del dormitorio estaba cubierto por una alfonbra circular de lana blanca. Una lámpara proyectaba su luz, resguardada por una pantalla, sobre la mujer desnuda tendida allí: una ancha venda negra le cubría la mitad del rostro, desde la frente hasta la base de la nariz. Mi amigo se arrodilló junto a ella, acariciándola. Me hizo una seña. Me acerqué. De un fonógrafo, surgía una balada melancólica; la muchacha yacía inmóbil, sin adivinar aparentemente la presencia de un tercero en el cuarto.

Miré los dedos de mi amigo, que se deslizaban laxamente sobre la piel de la muchacha. Mientras ésta se incorporaba a medias, buscándolo con las manos, él le murmuró algo. Ella, abatida, volvió a dejarse caer sobre la alfombra, ocultándole el rostro, arqueando la espalda y cruzando las manos como en procura de protección. Vacilé.

Pacientemente, él volvió a acariciarla. Las cuerdas del cuello de la muchacha se suavizaron y sus dedos se relajaron, pero no cedía. Mi amigo se levantó y, tomando su bata, fue hacia la puerta. Oí que hacía funcionar el televisor en la biblioteca.

Recordando que yo no debía hablar, miré el cabello revuelto de la muchacha, sus muslos nítidamente curvados, la redondeada carne de sus hombros. Sabía que, para ella, yo no era más que un capricho del hombre a quien amaba, una mera prolongación de su cuerpo, de su contacto, de su amor, de su desdén. Sentí que mi deseo crecía mientras estaba de pie junto a ella, pero la conciencia del papel que desempeñaba prevalecía sobre mi deseo de poseerla. Para superar esto, traté de recordar las imágenes de aquella mujer que me había excitado con tanta frecuencia en la oficina: una axila vislumbrada por la abertura de su blusa sin mangas, el movimiento de sus caderas dentro de los límites de su falda

Me acerqué más a ella: se resistió, pero no se apartó. Comencé a tocarle la boca, el cabello, los senos, el vientre y acaricié sus carnes hasta que gimió y alzó los brazos en un gesto que podía ser rechazo o de invitación. Me dispuse a tomarla con los ojos cerrados para borrar su desnudez, rozándole con la cara la lisa venda.

La penetré bruscamente: no se resistió. Con un movimiento al principio tímido y luego casi apasionado, sus manos me atrajeron, aprimiendo mi cabeza contra su pecho. Su cabellera suelta se esparció alrededor de su cabeza, su cuerpo se puso en tensión, sus labios se entreabrieron en un asombro sin voz. Nuestros cuerpos se estremecieron: me dejé caer a su lado.

Quedó rígida, con las manos entrelazadas piadosamente sobre el pecho como la efigie medieval de una santa. Estaba fría y envarada e inmóbil: sólo su crespado semblante no se había rendido aún a la calma que reinaba ahora en su cuerpo. El sudor que cayera entre sus contraídas cejas le manchaba la venda.

Entré al cuarto de baño, haciéndole al pasar una señal a mi amigo. Me vestí y salí del departamento. Cuando llegué a casa, me arrojé sobre la cama. Instantáneamente, mi imagen de ella se dividió en dos: la mujer de la oficina, vestida, indiferente, que iba de aquí para allá, y la muchacha desnuda y de ojos vendados que se entregaba por orden de otro hombre. Ambas imágenes eran nítidas y rotundas… pero se negaban a fundirse entre si. Durante horas, se desalojaron y sustituyeron mutuamente.

Durante la noche, me desperté varias veces, sin poder recordar la forma o el movimiento de su cuerpo, pero recordando vívidamente los menores detalles de su ropa. Me parecía que la desnudaba eternamente, dificultado siempre por montañas de blusas, polleras, cinturones, medias, abrigos y zapatos.

Justine o los infortunios de la virtud (fragmento)

Por Marqués de Sade

Marqués de Sade(…) Este, llamado padre Severino, era un hombre alto y de una belleza áspera, cuyos rasgos juveniles y físico robusto desmentía su edad verdadera, cincuenta y cinco años. El acento musical que adornaba sus palabras sugería su origen italiano, y la gracia de sus movimientos tenía ese estilo que se suele achacar a esa raza de libertinos. (…) El pasillo carecía de luz, y el padre Severino, apoyándose en una pared para orientarse, empujó a Justine por delante. Pasándole un brazo por la cintura, deslizó la otra mano por entre sus piernas y exploró las partes púdicas hasta que localizó el altar de Venus. Allí aferró su mano hasta que llegaron a la escalera que conducía a una habitación que estaba dos pisos más abajo de la iglesia. El cuarto estaba espléndidamente iluminado, y amueblado con gran lujo. Pero Justine apenas observó lo que la rodeaba pues sentados alrededor de una mesa en el centro de la sala se encontraban otros tres frailes y cuatro muchachas… ¡los siete totalmente desnudos!

–Caballeros –anunció el padre Severino–, nuestra compañía se verá honrada esta noche por la presencia de una muchacha que lleva a la vez en el hombro la marca de la prostituta y en el corazón la candidez de un infante, y que encierra todo su ser en un templo cuya magnificencia es un deleite contemplar–. Y pasando por detrás de ella, encerró sus senos entre las manos.

(…) Entonces, una vez pasado aquel instante de brutalidad, volvió a sitiar la ciudadela, apretando, ensanchando y empujando a la fuerza una y otra vez hasta que, finalmente, el baluarte cayó. Un horrendo grito de agonía llenó la sala cuando el monstruo invasor desgarró los intestinos de la joven. Palpitante y agitado, el escurridizo reptil lanzó hacia adelante su veneno y después, privado de su rigidez, se rindió a los frenéticos esfuerzos de la joven para expulsarlo. El padre Severino, lívido de furor al verse imposibilitado para mantener el asedio, cayó al suelo inconsolable. (…) Levantándola por el aire con un solo brazo, el gigantesco sacerdote la tendió sobre sus rodillas; entonces, agitando airosamente un látigo, le cruzó tres veces las nalgas. Justine se retorció bajo el ardor de los golpes, pero sus penas sólo habían comenzado, pues el padre Clemente sólo estaba haciendo una prueba. Entonces, satisfecho con su postura y con la forma en que tenía asido el látigo, el odioso fraile alzó el arma de largas lenguas muy por encima de su cabeza y la dejó caer con fuerza sobre la joven. Los bordes cortantes del cuero rebanaron sin piedad toda su carne, dejando brillantes líneas de sangre a su paso; el dolor era tan fuerte que el grito de la pobre niña se ahogó en su garganta. Excitado por la visión de sangre, el bárbaro padre Clemente la azotó entonces con furia vesánica. Ninguna parte de su cuerpo quedó a salvo de su bestialidad. Brillantes, rojos arroyuelos le corrían por la espalda, desde los hombros hasta las nalgas, y rodeaban sus muslos como finas culebrillas de color carmesí. Más excitado aún por este espectáculo, el vicioso sacerdote la forzó a colocarse boca arriba, y pegó su odiosa boca a la de ella, como si tratara de arrebatarle de los pulmones los gritos que su látigo no había podido arrancarle. Alternativamente le chupaba la boca y le golpeaba el abdomen, y cuanto más se agitaba y se debatía Justine en su angustia, más satisfecho parecía él. A veces le mordía los labios, otras le pellizcaba las nalgas, después le golpeaba el pecho con la barbilla, seguidamente le rasguñaba el vientre, pero su furia no parecía aplacarse con nada. Estando los labios de Justine entumecidos ya por tanto mordisco, y su abdomen encarnado por los golpes y arañazos, el diabólico Clemente concentró sus ataques contra los pechos. Amasaba con los dedos los globos de maravillosa suavidad, los apretaba con las palmas de sus manos, los estrujaba el uno contra el otro y después tiraba de ellos para apartarlos; pellizcaba los pezones, metía la cara en el surco que los separaba y mordía su circunferencia. Finalmente, en un alarde de ferocidad, metió uno dentro de su boca y lo mordió con toda fuerza. Nuevamente llenaron el aire los alaridos de Justine y, mientras el padre Clemente levantaba el rostro, lleno de gozo, dos chorros de sangre le corrían por las comisuras hasta la barbilla.

Decadencia y caída

Por Charles Bukowski

Charles BukowskiEra un lunes por la tarde en El Diamante hambriento. Sólo había dos personas, Mel y el camarero. Estar en Los Angeles un lunes por la tarde es como estar en ninguna parte (incluso estar en Los Angeles un viernes por la noche es como estar en ninguna parte; pero más todavía un lunes por la tarde). El camarero, que se llamaba Carl, bebía de algo que tenía debajo de la barra, y estaba allí, frente a Mel, que se encontraba lánguidamente acodado sobre una rancia y pálida cerveza.

-Tengo que contarte una cosa -dijo Mel.

-Adelante -dijo el camarero.

-Bueno, la otra noche me llamó por teléfono un tipo con el que trabajé en Akron… Se quedó sin trabajo, por la bebida, y se casó con una enfermera y la enfermera lo mantiene. No me gustan demasiado esos tipos…, pero ya sabes cómo es la gente, se cuelgan de ti.

-Si -dijo el camarero.

-Pues el caso es que me telefoneó… Oye, ponme otra cerveza. Esta mierda sabe a rayos.

-Vale, pero basta con que la bebas un poco más de prisa. Al cabo de una hora, claro, empieza a perder cuerpo.

-Bien… me dijeron que habían resuelto el problema de la carne… y yo pensé: ‘¿Qué problema de la carne…?’ Me dijeron que fuera a verles. Yo no tenía nada que hacer, así que fui. Jugaban los Rams y el tipo, Al, pone la tele y nos sentamos a verla. Erica, así se llama la mujer, estaba en la cocina preparando una ensalada y yo había llevado un par de cajas de cerveza. Digo: oye, Al, abre unas botellas, se está bien aquí y hace buena temperatura, el horno está encendido.

“Bueno, se estaba cómodo. Parecía como si hubiesen tenido una discusión un par de días atrás y las relaciones estuvieran otra vez tranquilas. Al dijo algo sobre Reagan y algo sobre el paro, pero yo no tenía nada que decir; todo eso me aburre. Sabes, a mí me importa un carajo que el país esté o no esté podrido, mientras a mí me vaya bien.

-Natural -dijo el camarero, sacando el vaso de abajo de la barra y echando un trago.

-Pues bien, ella sale de la cocina, se sienta y se bebe una cerveza. La enfermera. Se puso a explicar que todos los médicos tratan a los pacientes como a ganado. Que todos los malditos médicos van a lo suyo y nada más. Creen que su mierda no apesta. Ella prefería tener a Al que a un doctor. Una estupidez, ¿no?

-No conozco a Al -dijo el camarero.

-En fin, nos pusimos a jugar a las cartas y los Rams iban perdiendo, y, al cabo de unas manos, Al me dijo: ‘Sabes, tengo una mujer muy rara. Le gusta que haya alguien mirando mientras lo hacemos’. ‘Así es -dijo ella-, eso es lo que más me excita’. Y Al va y dice: ‘Pero es tan difícil encontrar a alguien que mire. En principio parece muy fácil encontrar a alguien que mire, pero es dificilísimo’.

“Yo no dije nada. Pedí dos cartas y puse una moneda de cinco centavos. Ella dejó caer las cartas y Al dejó caer las cartas y los dos se levantaron. Y va ella y empieza a andar hacia el otro lado de la sala. Y Al detrás… ‘¡Eres una puta, una maldita puta!’, dice él. Aquel tipo, llamándola puta a su mujer. ‘¡So puta!’, gritaba. Y la arrincona en un extremo del cuarto y le pega un par de sopapos, le rasga la blusa. ‘¡So puta!’, grita él de nuevo, y le da otros dos sopapos y la tira al suelo. Luego le rasga la falda y ella patalea y chilla.

“El la levanta y la besa, luego la lanza sobre el sofá. Se le echa encima, besándola y rasgándole la ropa. Luego le quita las bragas y se pone a darle al asunto. Mientras está dándole, ella mira desde abajo para ver si los miro. Ve que sí y empieza a retorcerse como una serpiente enloquecida. Así que se lanzan al asunto hasta el fin. Después, ella se levanta, se va al cuarto de baño, y Al a la cocina por más cerveza. ‘Gracias –dice cuando regresa–; ayudaste mucho’”.

–¿Y luego qué pasó? –preguntó el camarero.

–Bueno, por fin los Rams remontaron el partido, y había mucho ruido en la tele y ella sale del baño y se va a la cocina.

“Al empieza otra vez con lo de Reagan. Dice que es el principio de la decadencia y caída de Occidente, lo mismo que decía Spengler. Todo el mundo es codicioso y decadente; la corrupción está por todas partes. Y sigue un buen rato con el mismo rollo.

“Luego, Erica nos llama a la cocina, donde está puesta la mesa, y nos sentamos. La comida huele bien: un asado adornado con rodajas de piña. Parece una pierna entera, tiene un hueso que parece casi el de una rodilla. ‘Al –digo–, esto parece una pierna humana de la rodilla para arriba’. ‘Eso es –dice Al–. Eso es exactamente lo que es’”.

–¿Dijo eso? –preguntó el camarero, tomando un trago del vaso que tenía bajo la barra.

–Sí –contestó Mel–, y cuando oyes una cosa así, no sabes exactamente qué pensar. ¿Qué habrías pensado ?

–Yo habría pensado que estaba bromeando –dijo el camarero.

–Claro. Así que dije: ‘Estupendo, córtame una buena tajada’. Y eso fue exactamente lo que Al hizo. Había también puré de patatas y salsa, puré de maíz, pan caliente y ensalada. En la ensalada había aceitunas rellenas. Y Al dijo: ‘Ponle a la carne un poco de esa mostaza picante, ya verás qué bien le va’. En fin, le eché un poco. La carne no estaba mala. ‘Oye, Al –le dije–, ¿sabes que no está nada mal? ¿Qué es?’. ‘Lo que te dije, Mel –me contesta–, una pierna humana, la parte de arriba, el muslo. Es de un chaval de catorce años que encontramos haciendo auto-stop en Hollywood Boulevard. Lo recogimos, le dimos de comer y estuvo tres o cuatro días viéndonos a Erica y a mí hacerlo; luego nos cansamos de aquello, así que le degollamos, le limpiamos las tripas, las echamos a la basura y lo metimos en el congelador. Es muchísimo mejor que el pollo, aunque en realidad a mí me gusta más la carne de ternera’.

–¿Dijo eso? –preguntó el camarero, sacando otra vez el vaso de abajo de la barra.

–Eso dijo –contestó Mel–. Dame otra cerveza.

El camarero le puso otra cerveza. Mel dijo:

–En fin, yo seguía pensando que todo era un broma, ¿comprendes? Así que dije: ‘Está bien, déjame ver el congelador’. Y Al va y dice: ‘Bueno… Ven’, y abre el congelador y allí estaba el torso, la pierna y media, dos brazos y la cabeza. Troceado así, como te digo. Todo parecía muy higiénico, pero, la verdad, a mí no me pareció del todo bien. La cabeza nos miraba, aquellos ojos azules abiertos, la lengua colgando…, estaba congelada hasta el labio inferior.

“‘–Dios mío, Al –le digo–. Eres un criminal…, ¡esto es increíble, esto es repugnante!

“‘–Espabila –me dice–, ellos matan a millones de personas en las guerras y reparten medallas por ello. La mitad de la gente de este mundo se está muriendo de hambre mientras nosotros estamos sentado viéndolo por la tele’.

“Te aseguro, Carl, que a mí empezaron a darme vueltas las paredes y no podía dejar de mirar aquella cabeza, aquellos brazos, aquella pierna troceada… Una cosa asesinada está tan callada, tan quieta; es como si pensases que una cosa asesinada debería estar chillando, no sé.

“En fin, lo cierto es que me acerqué al fregadero y vomité. Estuve vomitando mucho rato. Luego, de dije a Al que tenía que largarme. ¿No habrías querido tú largarte de allí, Carl?

–Rápidamente –dijo Carl–. A toda máquina.

–Bueno, pues el caso es que va Al y se planta delante de la puerta y dice: ‘Escucha…, no fue un asesinato. Nada es un asesinato. Lo único que hay que hacer es pasar de las ideas con que nos han cargado y te conviertes en un hombre libre…, libre, ¿entiendes?’

“‘–Quítate de delante de la puerta, Al… ¡Déjame salir de aquí!”

“Va y me agarra de la camisa y empieza a rasgármela… Le aticé en la cara, pero seguía rasgándome la camisa. Le atizo otra vez, y otra, pero era como si el tipo no sintiera nada. Los Rams seguían en la tele. Me aparté de la puerta y entonces llega su mujer corriendo, me agarra y empieza a besarme. No sabía qué hacer. Es una mujer corpulenta. Conoce muy bien todos esos trucos de las enfermeras. Intenté quitármela de encima, pero no pude. Noté su boca en la mía, está tan loca como él. Empecé a empalmarme, no podía evitarlo. De cara no es muy atractiva, pero tiene unas piernas y un culo de primera y llevaba un vestido ceñidísimo. Sabía a cebollas hervidas y tenía la lengua gorda y llena de saliba; pero se había cambiado, se había puesto aquel vestido (verde) y al alzárselo vi las bragas color sangre y eso me enloqueció y miré , y Al tenía la polla afuera y estaba mirando.

“La eché sobre el sofá y empezamos en seguida con el asunto, con Al allí pegado, jadeando. Lo hicimos los tres juntos, un verdadero trío, luego me levanté y empecé a arreglarme la ropa. Entré en el baño, me remojé la cara, me peiné y salí. Y al salir, allí estaban los dos sentados en el sofá viendo el partido. Al tenía una cerveza abierta para mí y me senté y la bebí y fumé un cigarrillo. Y eso fue todo.

“Me levanté y dije que me iba. Los dos dijeron: ‘Adiós, que te vaya bien’, y Al me dijo que les hiciese una visita de vez en cuando. Entonces me encontré fuera del apartamento, ya en la calle, y luego en el coche, alejándome de allí. Y eso fue todo.

–¿Y no fuiste a la policía? –preguntó el camarero.

–Bueno, sabes, Carl, es complicado…, en realidad, fue como si me adoptasen en la familia. Fueron sinceros conmigo, no quisieron ocultarme nada.

–Pues, tal como yo lo veo, eres cómplice de un asesinato.

–Mira, Carl, lo que yo pensé fue que esa gente, en realidad, no me acababa de parecer mala gente. He conocido gente que me cae muchísimo peor y a la que detesto muchísimo más, que nunca ha matado a nadie. No sé, en realidad, es desconcertante. Incluso pienso en aquel tipo de congelador como si fuera una especie de gran conejo congelado…

El camarero sacó la Luger de abajo de la barra y apuntó a Mel con ella.

–Está bien –dijo–, vas a quedarte ahí congelado mientras llamo a la policía.

–Mira, Carl…, tú no tienes por qué decidir en este asunto.

¿Cómo que no? ¡Soy un ciudadano! No puedo permitir que gilipollas como tú y tipos como tus amigos anden por ahí congelando gente. ¡El próximo podría ser yo!

–¡Escucha, Carl, escúchame! Oyeme lo que te digo…

–¡Está bien, adelante!

–Es un cuento.

–¿Quieres decir que lo que me contaste es mentira?

–Sí, era un cuento. Una broma, hombre. Te lié. Ahora, guarda esa pistola y vamos a tomarnos un whisky cada uno.

–Lo que me contaste no era mentira.

–Te he dicho que sí.

–No, no era mentira… Diste demasiados detalles. Nadie cuenta una mentira así. No era una broma, no. Nadie gasta esas bromas.

–Te aseguro que es mentira, Carl.

–No, no puedo creerte.

Carl se inclinó hacia la izquierda para arrastrarse hasta el teléfono. El teléfono estaba allí, sobre la barra. Cuando Carl se inclinó hacia la izquierda, Mel agarró la botella de cerveza y le atizó con ella en la cara. Carl soltó la pistola y se llevó la mano a la cara y Mel saltó sobre la barra y volvió a atizarle (ahora detrás de una oreja) y Carl se desplomó. Mel cogió la Luger, apuntó cuidadosamente, apretó el gatillo una vez, luego metió el arma en una bolsa de papel marrón, saltó la barra, enfiló hacia la entrada y salió al Boulevard. El indicador del parquímetro junto a su coche ya estaba en rojo. Subió al coche y se alejó del lugar.


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